Espera
Cuando me dieron mi primer reloj tenía siete años. Ahora
podía ser más fácil esperarte cuando bajabas la calle desde la avenida, con tu
paso característico por la acera contraria a la de mi casa. El escalón de mármol
gris estaba gastado allí donde me sentaba cada día, acechándote, mientras
regresabas a tu casa para el almuerzo sin mirarme siquiera como si yo fuese
invisible.
Buscaba yo empero esa mirada, esa mínima señal de
reconocimiento, trataba por todos los posibles medios a mi alcance que notaras
mi presencia ahí, a escasos quince metros, esperándote cada día aunque lloviese
o rajase el sol.
Si te dirigías al almacén para una compra rápida de último
momento, allí detrás iba yo con el producto de mi alcancía destripada por las
dudas a buscar algo innecesario para que supieses que pisaba la huella de tus
pasos, tenía un nombre, una existencia, podía ser lo que quisieses tú que fuera
con solo sugerirlo, aun sin palabras.
Pero no cruzabas tu mirada con la mía, ávida, suplicante,
despechada, inútil.
Volvías a tu casa despacio, como si fueras a darme tiempo de
alcanzarte sabiendo que nunca podría hacerlo. Un día –quizá tú no lo recuerdes,
pero yo lo tengo aún presente- te agachaste en el trayecto a acariciar un gato
atigrado que saltó del muro del jardín de los Moyano. Ese gato arisco y distante
que se frotó contra tu pierna pidiéndote atención lográndolo, y tú te detuviste,
acariciándole la cabezota y la panza que te entregó confiadamente como si fueses
conocido de siempre. Odié a ese gato, ¡yo, que amo a esos animales soberbios y
distantes con pasión, me permití un sentimiento semejante!
El poseer un reloj me permitía calcular los tiempos, adecuar
mis movimientos en función de los tuyos, adivinar qué harías y cuanto llevaría
hacer cada cosa. Desde mi escalón podía verte estudiar en el minúsculo jardín,
sentado junto a la cerca de ligustros enfrentándome sin mirarme jamás. Podía ver
tu mano dirigirse a la entrepierna para sobarla detenidamente, de arriba abajo,
de abajo a arriba, unos cuatro minutos por reloj, con tu mirada clavada en el
libro, impasible. Podía ver tu lengua acariciar tu labio inferior mientras lo
hacías, gozando de ese contacto demorado mientras leías. Si hubieras desviado la
mirada, unos grados tan solo sobre tu horizonte, te habrías encontrado con un
idéntico gesto proyectado como un reflejo de tu propia sensualidad calle por
medio. Pero no, nunca mirabas hacia donde estaba yo, espiando tus menores
movimientos sin perder jamás las esperanzas.
No recordarás seguramente que ese domingo cuando al salir de
misa coincidimos en la pila y mi mano se hundió junto a la tuya para recoger el
agua de la vida, te rocé apenas, y el contacto de tus dedos mojados me produjo
una descarga eléctrica como si en vez de haber tocado tu mano te hubiese tocado
más abajo, esa bragueta que tanto te alisabas al estudiar tus libros sentado
junto a la cerca.
No dijiste una palabra, no miraste siquiera para saber de
quién sería la mano osada que te rozara bajo el agua, te persignaste como
protegiéndote de ese peligro que cada día te acechaba sin pausa ni descanso y
con tu paso cansino cruzaste la avenida en dirección a tu casa.
Di que me paró doña Amelia la catequista, para preguntarme
por mi madre, de otro modo hubiese seguido tu camino por la otra acera como de
costumbre, contando los pasos, traspasándote la espalda con mis ojos, nunca
saciándome de verte allí, tan cerca y tan distante. Apenas llegué a la casa,
arrojé el libro de misa sobre la cama y corrí como de costumbre al escalón de la
entrada calculando el tiempo que te llevaría cambiarte de ropa y venir a
sentarte con tu libro para acariciarte la entrepierna.
Te pusiste un short holgado, los huecos de las piernas eran
demasiado grandes para las tuyas a pesar de ser robustas y bien torneadas. Ese
no te lo había visto nunca, por más que conociese al dedillo toda tu ropa.
Desde mi escalón pude ver cómo por una de las perneras
deslizabas tu tranca y le corrías el prepucio disimuladamente para frotar su
cabeza con la misma mano que me había chocado bajo el agua. No me mirabas,
claro, pero no era tu mano la que te subía y bajaba la piel morosamente sobre el
lubricado glande: era la mía, todavía deliciosamente mojada con el agua sagrada
que te producía breves espasmos de inquietud mientras tu vista no se despegaba
del libro ni siquiera un instante.
Desde la vereda de enfrente di una breve ojeada a mi reloj,
haciendo un pronóstico sobre el tiempo que me llevaría hacerte correr con la
fuerza del recuerdo y mi mirada...
Y no me equivoqué. Cinco minutos después, al tiempo que mi
madre me llamaba para sentarme a la mesa del almuerzo, pude ver el chorro que se
estrellaba sobre los ligustros de la cerca mientras tú, distraído como siempre,
dabas vuelta la página de tu libro con la mano empapada.