CAZATESOROS:
SYDNEY Y LAS ZAPATILLAS ROJAS
Por Sigma
Tras el largo viaje de vuelta desde Europa Oriental, Sydney
Fox se encontraba exhausta, había sido una búsqueda muy difícil y complicada, lo
único que quería ahora era tomar un largo baño de tina y luego dormir por dos
días seguidos.
-Bueno, ha valido la pena -pensó mientras dejaba las maletas
en su alcoba.
Encendió su radio-despertador en una de sus estaciones de
música favorita (una clásica), recogió su bata y se encamino al cuarto de baño.
-Al fin conseguimos encontrar las legendarias "zapatillas
rojas" del cuento –sonrió para si al recordar la famosa historia: una vez que la
chica empezó a bailar con las zapatillas encantadas no pudo parar hasta que la
salvó su príncipe. Una historia infantil más... se había encontrado con
fenómenos sobrenaturales antes, pero esto era demasiado ridículo.
Lentamente se desnudó: primero los ya sucios pantalones de
trabajo y las botas, quedándose solo en sus pantaletas tipo bikini, luego su
blusa, dejando sus morenos y redondos senos libres de toda prenda. Abrió la
llave del agua y esperó a que se calentara.
-Espero que Nigel se sienta mejor -susurró para si; lo había
llevado a su casa aprovechando que le quedaba de camino a su hogar, el pobre se
había torcido un tobillo durante la búsqueda y necesitaba el descanso aun más
que ella.
Sydney escuchó un ruido en su habitación, se puso la bata y
salió cautelosamente, pero no parecía haber nada fuera de lugar. Una de sus
maletas estaba caída de costado junto a la cama, seguramente se había caído...
-¡Uff, tengo que relajarme –pensó mientras sacudía la cabeza
y volvía al baño, en donde ya se acumulaba el vapor.
Equilibró la temperatura y cuando la sintió a su gusto
introdujo su bronceado y curvilíneo cuerpo en el agua, lentamente se enjabonó la
cabeza, sus esbeltos brazos, sus torneadas piernas, que aunque muy fuertes, no
se notaban musculosas sino bien formadas, femeninas.
Después de lavar su vientre empezó con su busto, sus pezones
se endurecieron y ella se relajó dejándose llevar por la sensación, recargando
la cabeza totalmente hacia atrás y cerrando los ojos.
Cuando salió del baño, ya más relajada y descansada, se
recostó todavía en bata en la cama; el cabello todavía húmedo le caía sobre el
pecho como los hilos de una negra telaraña. Pero aun tenía cosas por hacer antes
de poder ir a dormir, así que se levantó y comenzó a secarse la cabeza frotando
vigorosamente la toalla en su cabeza. Mientras lo hacia se quedó mirando su
maleta de mano.
-Tengo que poner las zapatillas a buen recaudo hasta el lunes
que las lleve a la universidad –pensó algo preocupada. A pesar de no ser cosa de
magia se trataba sin duda de una prenda de gran valor pues parecía provenir del
siglo XIV, siendo probablemente más antiguas, quizá originarias del Medio
Oriente y pertenecientes a la nobleza.
-Las pondré en la caja fuerte –decidió- Al menos estaré más
tranquila.
Cuando terminó de secar su largo y sedoso cabello, abundante
y casi negro, lo peinó varias veces para evitar que se le enredara al dormir.
Después deshizo el equipaje y finalmente se dirigió a su maleta de mano para
tomar las zapatillas.
Se sentó de nuevo en la cama, en la radio había terminado un
concierto de violín y los comentaristas estaban dando sus opiniones antes de la
publicidad.
Sydney sacó el paquete de tela roja que envolvía la reliquia
que habían encontrado tan lejos de su lugar de origen y decidió darle un vistazo
antes de guardarlas para asegurarse que de todo estaba bien.
Colocó el paquete en la cama y lo desenvolvió lentamente,
todo parecía bien pero pensó que sería mejor observar detenidamente la reliquia.
En verdad eran preciosas, unas sandalias de suave piel color rojo obscuro, casi
vino; tres finas tiras de cuero que cruzarían paralelas sobre el empeine del pie
mas otra que sostendría flojamente el talón de quien la usara, la plana suela
era muy delgada y parecía bastante flexible, como si fueran más unas zapatillas
de ballet que sandalias.
-Es evidente que no son para la calle sino para estar en casa
–dedujo Sid- es increíble que un objeto tan frágil se haya conservado de manera
tan perfecta después de tantos siglos, sin duda el tratamiento que le hayan dado
revolucionaria la industria de la piel actual.
A pesar de su sencillez, su acabado eran tan suave y
exquisito que se notaba que eran para mujer, eran demasiado finas para el pie de
un hombre, además de pequeñas.
-Mmmmm, me pregunto si...
Sydney las colocó en el suelo y puso su pie desnudo a lado de
ellas, parecían de su medida...
El rostro de Sid se iluminó con una sonrisa traviesa.
-Bueno, ¿por qué no? No le haría daño a nadie con probarme un
poco unas antiguas zapatillas de la nobleza de medio oriente –pensó divertida.
Con mucho cuidado se colocó la del pie derecho, luego
extendió su pierna poniéndola totalmente recta y el pie en punta, tras moverla
un par de veces para ver como lucía se puso la otra, extendió ambas y miro como
las zapatillas estilizaban sus de por si bellas extremidades.
-¡Vaya, en verdad se ven preciosas! Tendré que copiar el
diseño y mandar a hacer unas iguales para mi.
Se levantó y dio un par de pasos para sentirlas al caminar,
de inmediato notó lo cómodas que eran.
-Uff, es casi como ir descalza, como si llevara unas medias
¡Si no fuera por la tira del talón se me podría salir el pie de ellas y casi no
me daría cuenta.
Aun antes de quitárselas, Sid ya estaba pensando en
volvérselas a poner antes de llevarlas a la universidad, justo entonces los
comentaristas de la radio terminaron de presentar la siguiente obra y comenzó la
melodía: un veloz concierto para violín.
Sidney se quedó un instante parada, le pareció oír, o más
bien percibir algo, era como una vibración u ondulación que parecía venir de
piso de la habitación. Pero al mirar hacia abajo sus ojos se abrieron como
platos por la sorpresa. ¡Su pie derecho taconeaba al ritmo de la música sin que
ella lo hiciera concientemente!
El otro pie comenzó a subir y bajar el talón al ritmo;
entonces Sid decidió que lo mejor era quitarse las zapatillas, quiso sentarse
entonces en la cama pero sus piernas no le obedecían y sus caderas comenzaban a
girar con la música, eso fue todo, decidida se inclinó para quitárselas pero
justo entonces la música aumentó de volumen súbitamente ¡y llegó el caos!
Todo se volvió borroso y Syd ya no podía controlar ninguna
parte de su cuerpo, estaba como atrapada en un cuerpo ajeno, se retorcía y
giraba en consonancia con la música, sus manos se levantaban muy en alto, su
espalda se arqueaba, daba saltitos, recargaba las manos en la pared mientras su
cintura se seguía balanceando, o se arrodillaba mientras movía las caderas de un
lado a otro, adelante y atrás o extendía las piernas. En uno de estos pasos la
bata se deslizo de sus hombros y cayo al piso, con lo que la hermosa profesora
continuó bailando desnuda.
Se dio cuenta de que podía controlar su cuello y cabeza un
poco, con algo de esfuerzo volteó para ver sus piernas, las vio tensarse y
relajarse alternativamente antes de levantarse y seguir de manera totalmente
independiente a su voluntad.
Syd gritó por la sorpresa pero solo emitió un suave gimoteo
-Nooooo... ¿Que demonios...esta pasando? ¡Las zapatillas en
verdad están encantadas! –susurró.
Se sentía casi sofocada por su veloz baile cuando se dio
cuenta de una rara sensación que se empezaba a propagar desde sus pies, un calor
empezaba a subir desde la punta de sus pies por sus tobillos, sus pantorrillas,
sus rodillas y muslos hasta su entrepierna, en ese momento esa energía se
apoderó de la vagina de Sydney Fox.
Sintió como su vulva se humedeció, su clítoris se endureció y
aun contra su deseo empezó a excitarse sexualmente, la sensación se extendió de
su feminidad al resto de su cuerpo: sintió mariposas en el estomago, sus senos
se volvieron muy sensibles y sus pezones estaban como piedras de una manera casi
dolorosa, pero seguía siendo increíblemente placentero, sus manos se sentían
flotar, la boca se le hizo agua e inconscientemente se empezó a pasar la lengua
por los labios, de pronto se dio cuenta de que estaba perdiendo la noción de lo
que le pasaba debido al placer.
-Nooo...que...está...pasándome –comenzó a jadear mientras
seguía bailando a toda velocidad.
Cuando la música alcanzo su etapa climática una mano de Sid
se lanzó sobre sus senos y comenzó a acariciarlos. Su redondez inferior, la
parte superior, donde estaría su escote, y sus pezones... tan sensibles que
cuando los apretó y retorció se le escapó un indeseado gritito.
-¡No, par...a...a...a...aaaaahh...! –su primer orgasmo la
golpeó como un látigo hecho de seda, pero la música seguía...
Su otra mano empezó a acariciarle entre las piernas, el
interior de los muslos, los labios, el clítoris... Ya no saltaba ni sus piernas
se movían de su lugar, pero su cuerpo entero seguía girando y balanceándose
rítmicamente. Un dedo empezó a entrar y salir de su vagina a ritmo con la
música, luego dos, y tres.
-¡Basta! -gimoteó Sid tanto a las zapatillas como a si misma
por el traicionero placer que la invadía y no podía controlar; su espalda se
arqueó, su rostro se volvió hacia el techo, su boca se abrió formando una "o" y
sus ojos se fueron hacia atrás durante un instante.- ¡Ya...no ma...a...a...
aaaaaaahhh!
En una explosión final Sydney tuvo un segundo orgasmo aun más
poderoso que el anterior, justo en el instante que la música terminaba de golpe.
Se desplomó como un títere sin hilos, con su cuerpo húmedo por el sudor y la
habitación saturada por el fuerte aroma de su sexo.
Mientras se reponía jadeando en el piso, Sydney notó que
paulatinamente recuperaba el control de su cuerpo y aunque estaba algo cansada,
en unos minutos se sentía perfectamente y todo parecía normal, comenzó a pensar
si habría sido presa de una ensoñación demasiado real, hasta que comenzó otra
melodía...
Se sentía todavía algo aturdida por lo que tardo en darse
cuenta de que se estaba levantando involuntariamente, solo hasta que empezó a
dar pequeños saltos por la habitación se dio cuenta de que estaba empezando todo
de nuevo.
-¡Dios, no! ¡No de nuevo! -gimió con sus brazos sobre la
cabeza y su pierna derecha extendida frente a ella. Empezó a sentir de nuevo el
calor invadiéndola, pero esta vez estaba preparada.
Bastó el instante de un silencio dentro de la melodía para
que se lanzara y se sacara una de las zapatillas tras bajar la correa del talón.
De inmediato se sintió de nuevo en control y lo primero que hizo fue quitarse la
otra zapatilla, luego se sentó en la cama y miró las extrañas prendas por un
rato.
-Esto es muy raro –decidió al fin- lo mejor será que las
guarde en la caja fuerte y advierta sobre este fenómeno cuando las entregue en
la universidad, ¡aunque no se si me creerán!
Las recogió cautelosamente, dispuesta a soltarlas ante
cualquier cosa rara, pero todo seguía normal, al parecer tenían que estar
puestas para que el embrujo funcionara. Las envolvió en la tela y las guardo en
la caja fuerte en el suelo del guardarropa. Al fin se puso un camisón y se
recostó, pensando en lo que este fenómeno significaría.
-Sería como una especie de castigo, o quizá una prenda para
las esclavas de los nobles que las haría un espectáculo de su agrado. En
cualquier caso ahora me parece algo siniestro.
Volteó a ver el reloj. Era más de media noche y se sentía
agotada, cerro los ojos y de inmediato se quedó dormida.
Pero desde la ventana de la habitación unos ojos semiocultos
habían estado observado todo lo ocurrido.
Sydney dormía cómodamente sobre un costado, las mantas se
habían movido durante la calurosa noche y sus piernas, todavía brillosas por el
sudor, reflejaban suavemente la luz de la luna.
La profesora no pudo escuchar un suave siseo entrando por la
puerta de su casa, ni percibir el dulzón aroma químico que invadió el aire a su
alrededor, pronto su sueño se hizo mucho más profundo...y artificial. Un sonido
de pisadas se acercaba a su habitación.
Syd despertó relajada y recuperada, se giró suavemente entre
las mantas y vio en la ventana la potente luz, ¡parecía ser casi medio día!
-Debí estar más cansada de lo que creía –pensó. ¡Pero al
tratar de levantarse se encontró con que no podía mover los brazos! Volteo y se
arqueó lo que pudo para ver lo que pasaba, los tenía inmovilizados detrás de su
espalda, ambos antebrazos, desde el codo hasta la muñeca, unidos por un complejo
entramado de cintas y correas.
-¿Qué es esto? –dijo. Pero al despertar por completo se dio
cuenta de que ya no estaba en su casa, se trataba de una alcoba inmensa toda
adornada con satén y seda gris. Al mirarse se dio cuenta de que también su ropa
era distinta, le habían puesto un brasier de seda negro, una tanga a juego,
medias negras con elástico a la altura del muslo y unas zapatillas negras de
charol cerradas, con gruesas correas en los tobillos y tacones de aguja de diez
centímetros.
Tras levantarse dio algunos pasos tentativos en los tacones,
pues no acostumbraba a usarlos tan altos y aunque se tambaleaba ligeramente no
tuvo problema alguno. Al asomarse por la ventana no vio más que campos verdes
hasta donde alcanzaba la vista.
-Vaya, debo estar en mitad del campo –refunfuño.
Se acercó a la ancha puerta de roble, pero estaba cerrada con
llave.
-¡Maldita sea! –exasperada dio un pisotón en el piso
alfombrado. Aunque intentó forzar la cerradura sabía que era difícil con las
manos libres, pero atada como estaba era imposible.
Escuchó pasos acercándose por el pasillo así que de inmediato
se ocultó a un lado del umbral; la manija giró y Syd vio como la puerta se
movía. Entró un hombre con un pasamontañas sobre la cabeza y una bandeja con
comida que de inmediato puso en una mesita junto a la puerta. Pero al no ver a
la chica en la cama y girar la cabeza buscándola recibió en el estomago una
potente patada que lo hizo doblarse seguida de un puntapié en el costado que lo
derribó. Sydney corrió, o más bien lo intentó, lo que hizo fue trotar dando
pasitos mientras se bamboleaba curiosamente. Tal era uno de los motivos por los
que le habían puesto las altas zapatillas puntiagudas, además de la manera en
que estilizaban y embellecían sus piernas.
Pero en cuanto salió al pasillo Syd escuchó un corto pitido
seguido de una potente música, parecía un vals, y de inmediato Sydney se quedó
congelada un instante en donde estaba, ¡antes de empezar a bailar sobre las
puntas de los pies! ¡Era el caos!
-¿Qué? ¡No puede ser, no de nuevo!
Ya no controlaba su cuerpo. Se movía por el pasillo dando
giros, sobre una pierna, sobre otra o sobre las dos, daba saltos con las piernas
totalmente abiertas, caía de rodillas y sacudía la cabeza de un lado al otro. El
calor del deseo comenzó a subir de sus pies hacia todo su cuerpo. La bella
profesora empezó a sudar.
-Que lástima profesora Fox, ¿pensó que sería tan fácil? –Dijo
una voz frente a ella. En medio del caos del baile Sid pudo levantar la mirada y
vio al enmascarado parado ante ella observándola. Estaba preocupada pero no
podía sino seguir bailando ante el desconocido.
De pronto el enmascarado se le acercó, la tomó de la cintura
y empezó a llevarla en el baile, sin poder evitarlo su cuerpo se movió bajo la
guía del extraño, siguiéndolo. Totalmente sorprendida, Sydney logro mirar hacia
sus pies sin comprender lo que ocurría.
-No lo ha entendido ¿verdad profesora? para hacerlo más
interesante yo añadí los zapatos de tacón, pero las zapatillas rojas son tan
finas y delgadas que las lleva puestas debajo –le aclaró el enmascarado- así no
se las podrá quitar fácilmente, pero para asegurarme le he atado las manos.
Al decir esto el enmascarado bajó la mano que tenía en la
cintura de Sid y se apoderó de la redondez de su nalga, le dio un par de
apretones y la oprimió contra su cuerpo posesivamente.
-Usted y yo nos vamos a divertir mucho mi querida profesora.
El contacto con su ahora sensible cuerpo hizo que la
indeseada excitación creciera exponencialmente. Sus hombros se fueron hacia
atrás y sus senos se aplastaron contra el jersey del enmascarado, sus pezones se
frotaron enloquecedoramente contra la seda del sostén.
-Uuuunnnhh –gimió Sid- ¿quién...eres? –logró articular
mientras cerraba los ojos y lanzaba la cabeza hacia atrás, exponiendo su
garganta.
-Ah, puedes hablar a pesar de las zapatillas, muy bien. Esto
lo hará todo más interesante; en su momento sabrás mi nombre, pero por ahora
llámame X –dijo mientras su mano volvía a bajar para acariciar los tersos y
bailarines muslos de la mujer.
Aunque Sydney no estaba acostumbrada a tan altos tacones,
bailaba con una seguridad y habilidad increíbles, surgidas sin duda de la magia
de las zapatillas rojas.
X se apartó un poco y pasó lentamente sus manos por los
costados de la profesora, pero reuniendo toda su voluntad Sid consiguió
apartarse de él saltando al ritmo de la música.
-Muy bien profesora, tiene voluntad de hierro, pero no le
servirá de nada –dijo X a la vez que sacando un pequeño control remoto oprimía
un botón. La música aumentó de volumen claramente.
A Sydney todo le dio vueltas y la vista se le nubló, se
sentía confundida, no sabía si seguir resistiéndose, o a que se resistía, estaba
perdida bailando mientras su excitación seguía aumentando incontrolablemente.
Sintió un brazo rodeándola por detrás de su espalda para
después pegarla a su cuerpo, siguiendo el ritmo de la música comenzó a bailar
con el extraño que le empezó a murmurar en el oído.
-¿Le gusta el baile profesora? –le pregunto para después
morderle el lóbulo de la oreja, mientras Sid sentía su erección a través de su
ropa de seda y los pantalones de él.
-¡Oooooohh...si...me encanta! –respondió en un gemido
involuntario, olvidándose de todo menos las sensaciones que la invadían, sus
caderas se movían delante y atrás frotándose contra la entrepierna de su
compañero de baile. Quería tocarse y no podía, pero mientras él lo hiciera por
ella, nada más le importaba...
-Bien profesora, ¿seguimos? Quizá quiera descansar... –dijo
sonriendo el hombre tras ella, pero estaba tan perdida en el trance pasional que
no soportó la idea de detenerse en ese momento.
-Nooo...sigue...sigue –le contestó susurrando con voz ronca.
Mientras ella seguía moviendo sus caderas rítmicamente contra las de él, sintió
como unas manos ajenas a las suyas le acariciaban los senos sobre el sostén en
pequeños círculos.
-Seguiré si me dice que le gusta –dijo deteniéndose y
apartándose de ella.
Con la piel húmeda del sudor, las caderas moviéndose en
círculos, los hombros hacía atrás y los ojos entrecerrados Sydney susurró:
-Me gusta, no pares.
-Otra vez profesora.
-Me gusta...
-Otra vez, más fuerte.
-¡Me gusta!
-Grite profesora.
-¡Me gustaaaaaaa! –gritó al fin Sydney arqueando desesperada
su cuerpo, abriendo las piernas en compás para al final derrumbarse de rodillas.
La música se había detenido en mitad del grito pero su mente estaba
recuperándose de la confusión y del descontrol de su cuerpo.
-¿Qué me ha...hecho? ¿Qué...es esto? –jadeó cansada y con sus
cabellos cayendo sobre la mitad de su rostro.
Unos brazos la levantaron y la llevaron cargando hasta la
habitación donde la depositaron suavemente en la cama. Allí X sacó unos gruesos
brazaletes de piel unidos a cadenas y se los colocó en los esbeltos tobillos
inmovilizándolos.
-Creo que te mereces una explicación, llevo años estudiando
ciencias ocultas y conozco la leyenda de las zapatillas, pero las verdaderas,
las que encontraste, eran una prenda de un antiguo imperio oriental para
esclavizar a chicas de harem e incluso a princesas que no colaboraban, no solo
las obligaba a bailar sino que las volvía sexualmente accesibles, excitándolas,
hipersensibilizando su cuerpo y nublando su sentido común, pero más aun,
mientras estaban atrapadas en el trance que el baile provocaba, las chicas
podían ser fácilmente sugestionadas en diversas cuestiones, como sus gustos, su
comportamiento e incluso sus sentimientos, solo se necesitaba tiempo. Como usted
pronto sabrá.
-No se atreverá...
Sidney comenzó a tirar lentamente de las cadenas de sus
tobillos, probando su resistencia, mientras tensaba los músculos de sus brazos y
abría y cerraba los puños.
-Si que me atreveré profesora, en cuanto supe por mis
contactos que usted las había encontrado, pensé en conseguirlas, robándoselas
por supuesto, como una reliquia de lo oculto para mi colección, pero al
descubrir que funcionaban y ver lo bella que era usted, decidí emular a los
grandes señores de la antigüedad, empezando mi propio harem moderno,
combinándolo con mi ingenio y tecnología. Usted será mi primera esclava
profesora Fox.
-¡No lo conseguirá! Escaparé y mis colaboradores me
encontraran.
-No lo creo, verá, usted esta bastante lejos de su ciudad en
un pequeño rancho de mi propiedad, puede gritar lo que quiera pues nadie le
escuchará, de hecho quiero oírla gritar, aunque no de dolor...
-¡Está loco!
-Eso ya se verá, pero por ahora le daré de comer. Y si no
quiere debilitarse será mejor que lo acepte.
Sydney le miró con odio pero abrió la boca cuando el hombre
le acercó la cuchara con comida.
Al despertar al día siguiente, Sydney se encontró libre de
las zapatillas pero encadenada de los pies y con sus manos esposadas tras la
espalda, llevaba una pijama de seda cómoda, minutos después X entro en la
habitación.
-Hola profesora, ¿empezamos el nuevo día?
Sid volteo su rostro lejos del enmascarado sin hablar. Este
encadeno sus pies juntos y la soltó de la cama, la llevo al baño y la ayudo a
realizar sus necesidades, Sid se sentía humillada, incluso la metió en la bañera
y le dio una ducha, siempre comportándose con la frialdad de un medico. Tras
secarla la llevó de vuelta a la habitación, donde la recostó y le puso las
zapatillas rojas.
-Muy bien, hoy te pondrás esto, ¿que te parece? –le dijo
mientras le mostraba las ropas que colgaban de un gancho.
-¡Sueñas X! Lo dejaré hecho pedazos antes de permitir que me
lo pongas –respondió indignada Sydney.
-¿En verdad? Veamos profesora –se burló X mientras oprimía un
botón del mando. Un melodioso tono agudo invadió la habitación, el cuerpo de Sid
se tensó sin control y perdió la noción de todo...
Minutos después se recuperaba para encontrarse con que tenía
puestas las ropas que le habían mostrado: un corset blanco que le daba a su
cuerpo las curvas de un reloj de arena, resaltando y estrechando su cintura, a
la vez que sus medias copas levantaban y separaban sus senos, del corset salían
ligas que sostenían unas medias blancas de seda a la altura de sus muslos, el
ajuar se completaba con unas pantaletas de encaje muy estilizadas que resaltaban
sus nalgas, en los pies y sobre las zapatillas rojas le había puesto unos
zapatos de ballet rosas atados con tiras que entrecruzándose subían por sus
pantorrillas, terminando en un doble nudo.
Sydney yacía boca abajo, sus manos estaban atadas fuertemente
con una manga de cuero que unía su muñeca derecha con el codo izquierdo y la
muñeca izquierda con el codo derecho, X estaba apretando las tiras del corset de
varillas, forzando sus pezones a rozarse contra el interior de terciopelo de las
copas y obligándola a sacar sus pechos.
-Maldito...seas –fue todo lo que dijo Sid mientras se
retorcía y sentía que le faltaba el aire. X la levanto y le puso una falda de
gasa que apenas llegaba a la mitad de sus muslos.
-Me las pagarás, antes o después te haré pagar por esto
–gruñó la mujer mirando a X con odio.
-Me gusta su espíritu profesora, solo tengo que encaminarlo y
será una amante excelente.
-¡Jamás¡
-Ya veremos, ahora no se mueva –se inclinó sobre ella con un
paquete de maquillaje para mujer. Ella volteó su cara al otro lado.
-Profesora, quédese quieta o la haré bailar toda la noche
hasta que se le revienten las piernas –le amenazó X sonriente.
Con la mano X la obligó a mirar al frente, expertamente le
pintó una sombra de ojos rosada, oprimiendo con el pulgar y el índice en las
mejillas la obligó a hacer con los labios el gesto de un beso, entonces le pintó
los labios en un color rojo intenso con mucho cuidado.
Después arrojó a Sidney sobre la cama, le quitó las cadenas
de los pies y salió de la habitación para volver con un tripié y una cámara de
video.
-¿Lista para bailar de nuevo profesora? –dijo mientras
acomodaba el equipo para captar buena parte de la habitación.
-¡No se atreva a filmarme! –gritó Sid incorporándose.
-Ah, ya veo que si está lista –respondió mientras encendía la
cámara- ¿Sabe? el baile de las zapatillas varia de acuerdo a la música, en
especial basándose en los recuerdos subconscientes del portador, y usted es muy
culta ¿verdad?
-No, no me haga esto.
-¿Le gusta el ballet doctora? –encendió la música con su
control remoto.
Una rápida melodía de música clásica sonó por toda la
habitación a un volumen alto, Sid sintió la conocida vibración subiendo desde el
suelo por sus piernas, no pudo evitar mirar hacia abajo al sentir movimiento,
sus pies estaban levantándose lentamente, cada vez más rectos y tiesos, ante su
sorpresa estaba parada de puntitas con las blancas piernas perfectamente rectas,
entonces empezó a dar pasitos rítmicos.
Giraba sobre las puntas, en un pie, en otro, dio un par de
saltos cortos, se detuvo junto a la cama y subió uno de los pies todavía en
punta, su rostro se volteo hacia arriba y continuó moviéndose. El calor ya
comenzaba a invadirla.
-No por favor...
Las manos de X se posaron en su cintura y comenzaron a
guiarla en su baile, Sid intento resistirse.
-Déjeme...
-Creo que necesitamos más volumen...
-Nooooo...
Todo se volvió borroso para ella. Solo quería bailar y
tocarse. De las manos que estaban en su cintura una bajó a su muslo y el otro
subió para acariciar la piel que brillaba sobre su escote.
-Aaaaa, no, no, no –el cuerpo de Sid estaba de nuevo en
llamas, sus pezones duros eran acariciados por el interior del corset, las
pantaletas que casi se metían entre sus nalgas le acariciaban en todo momento la
sensible entrepierna.
-Mire profesora –le susurraron al oído- mírese en el espejo,
mire que bellas son sus piernas, ¿no son preciosas?
Ella estaba confundida.
-¿Cómo? Yo, no...
-Si, lo son, mírelas.
Sydney no pudo evitar mirar el espejo, su mirada era soñadora
con sus párpados entrecerrados, sus labios brillantes y entreabiertos, un escote
enorme y precioso en el que sus senos parecían prisioneros que quisieran
escapar, su pequeña cintura exagerada por el corset, hacia que sus caderas
parecieran más grandes. ¡Pero sus piernas! se veían tan torneadas y suaves,
contrastaban en su blancura con lo bronceado de la piel de sus muslos que se
notaba entre las medias y la pantaleta, tan exquisitas, tan...
-...fuertes, ¿verdad profesora?
-¿Cómo? Pero... -Sidney no sabia ya si esas ideas venían de
ella o de lo que X le susurraba mientras movían sus caderas pegadas al unísono,
estaba tan confundida...tan excitada...tan sonriente.
Se vio a si misma sonreír, una sonrisa satisfecha al ver sus
piernas formando un cuatro, sus hermosas piernas, ¡la excitaban tanto!...
-...tanto! ¿verdad profesora? –la música había alcanzada su
momento climático.
-Yo... –Sid sentía besos en su cuello y una erección contra
su vientre.
-¿Verdad? -X la giró e inclinó contra la mesita doblándola
por la cintura.
-No... –ella sintió que le bajaban las pantaletas fácilmente
pues era lo último que le habían puesto al vestirla.
-¡¿Verdad?! –X le introdujo dos dedos en la vagina, sus
piernas no se movían pero su cintura y caderas bailaban en círculos con él,
estaba ya muy húmeda y algo de liquido le escurría por el muslo. En ese momento
X empezó a darle unas suaves nalgadas al ritmo de la música.
-¡Aaaaahhh! –gimió Sid.
-¡Dígalo profesora! –X le sacó el seno de corset y empezó a
pellizcarle el pezón.
En respuesta las piernas de Sydney se tensaron y abrieron en
"v" al máximo posible, poniéndose de puntitas mientras gritaba:
-¡Si! ¡Si! ¡Mis piernas me excitan! ¡son preciosaaaaauuuu...
–el orgasmo fue tan intenso que Sid se enderezó. La música terminó y la
profesora cayó sobre la mesita jadeante y aturdida.
Sydney despertó relajada y con una sonrisa, pero al recordar
donde estaba el gesto se desvaneció de sus labios, de inmediato intentó
levantarse y se encontró con que no tenía encadenados los pies, lo cual la
animó, empezó a explorar de nuevo la habitación, las únicas puertas que pudo
abrir fueron las del baño y el guardarropa, no pudo encontrar nada útil en el
primero y en el segundo se encontró con ropa tan llamativa y atrevida que se
sonrojó; decidió mejor sentarse en la silla del tocador para pensar que hacer.
Solo entonces se fijó en lo que le habían puesto: un sostén
de encaje rojo obscuro con varillas que realzaba su escote, unas pantaletas de
corte francés a juego y unas medias rojas sostenidas por un liguero que Sid
llevaba ajustado a la cintura, tras dar un suspiro ante el humillante conjunto,
se reclinó en el respaldo y recargó la cabeza hacia atrás para despejar su
mente.
Distraídamente cruzó las piernas a la altura de las rodillas.
-Mmmm, que suaves son estas medias –susurró Sydney- son casi
como una caricia constante.
Durante un instante se distrajo pensando en ello y
mirándolas.
-Se sienten tan sedosas –impulsivamente levantó una pierna
bien derecha y la observó detenidamente- mmmm, si, cuando escape tendré que
empezar a usar más a menudo de estas, hacen que mis piernas luzcan tan torneadas
y suaves.
Sin darse cuenta observó fijamente el contraste de la piel de
sus muslos con el rojo de la ropa.
-Mis piernas se ven tan exquisitas y fuertes –pensó Sid a la
vez se pasaba distraídamente la lengua por los labios.
Inconscientemente empezó a frotar una pierna con otra,
disfrutando la suavidad de las medias rojas que X le había puesto la noche
anterior; mientras se imaginaba sus pies en unos elevados tacones (rojos claro),
empezó a morderse el labio inferior y a entrecerrar los ojos pensando en como
lucían sus pantorrillas y muslos con minifalda. Frotaba sus muslos tratando así
de acariciarse la entrepierna, su respiración se aceleró.
El graznido de un ave en la distancia la saco de su
ensoñación. Con los ojos y la boca bien abiertos por la sorpresa, Sid se dio
cuenta de lo que estaba haciendo, se detuvo y sacudió la cabeza incrédula.
-X esta alterando mi comportamiento, estoy segura –vagamente,
como en una neblina, recordaba que desde hacia días el enmascarado le decía algo
sobre sus piernas, entonces se dio cuenta de que su pantaleta estaba
humedeciéndose en la entrepierna.
-¡Dios, tengo que hacer algo y pronto!
Y de hecho hizo algo, pero no precisamente lo que esperaba.
Sydney bailaba un ritmo tropical y cadencioso vestida con una
corta falda de paja y un par de medios cocos como sostén, su cuerpo se ondulaba
sensualmente, en sus pies llevaba las zapatillas rojas y encima unas sandalias
negras de tacón de 10 centímetros, formadas por una serie de tiras
entrecruzadas. Llevaba las manos atadas y fijadas tras la nuca con un complicado
sistema de correas, estaba calculado para que pareciera como si ella las hubiera
puesto ahí para destacar sus pechos y su cuerpo entero estaba cubierto por una
brillante capa de aceite que relucía ante la suave luz de la habitación. X la
observaba sin perder detalle mientras Sydney comenzaba a sacudir las caderas de
manera salvaje y veloz.
La profesora llevaba varios minutos perdida en el trance del
baile, en ese momento X se le acercó, le pasó la mano por la cintura y comenzó a
bailar con ella. Pronto de lo único que Sid era consciente era de sus cuerpos
pegados y de su creciente excitación.
-¡Uuuunnnnhh! -gimió suavemente.
Finalmente X se sentó en el brazo de un sillón y atrajo a la
profesora, colocando su pierna entre las de ella, con lo que cada movimiento de
su cintura acariciaba su clítoris. Pronto estaba jadeando, mientras el ritmo de
a música iba en aumento y para colmo el encapuchado había empezado a acariciarle
el vientre, los costados, las nalgas, sus manos desataron el bikini de cocos y
comenzó a acariciarle los senos en pequeños círculos.
-¡Noooo! Por favor, no más... –la cabeza de Sydney giraba
sobre el cuello.
-Bien, me detendré si tú aceptas el nombre con el que te
bautizaré, ¿qué dices? –le dijo X sin dejar de acariciarla y de retorcerle los
pezones.
-No... no lo... haré –respondió ella desafiante.
-¿Ah, no?
X tomó a Sid de la cintura, la levanto y la llevó hasta un
muro donde enganchó las ataduras en su nuca a un enorme y grueso garfio
inmovilizándola. Puso sus manos en los muslos morenos y brillantes, comenzó a
abrirlos. Sid se retorció y consiguió cerrarlos.
-¿Más volumen? –dijo X mientras oprimía un botón.
-¡Por favor, nooo!
Los muslos de Sydney Fox se abrieron como por encanto, el
encapuchado la ayudó e introdujo en su vagina un enorme consolador vibratorio,
poco a poco hasta que estuvo en su sitio, finalmente le coloco un par de
pantaletas de encaje negro para mantenerlo en su lugar.
X sacó otro control remoto y oprimió un botón, con lo que el
consolador comenzó a vibrar despiadadamente, Sid sacudía la cabeza de lado a
lado mientras sus caderas subían y bajaban saboreando el nuevo placer.
-¡Déjeme! –susurró débilmente.
-Le encanta esto ¿verdad? Su cuerpo excitado por una máquina,
no tener control sobre su placer ¿No?
-Aaaahh, por favor...
Las caderas de Sydney seguían moviéndose al ritmo de los
tambores.
-Vamos, admítalo mi dulce profesora –dijo, reforzando sus
palabras con caricias en los senos de Sid.
-Yo...
-Vamos... –le animó X.
-Si...me encanta...
-Otra vez.
-Me encanta.
-Otra vez.
-¡Me encanta!
-Muy bien, ahora le diré su nuevo nombre –los tambores
alcanzaron su momento climático.
-¡Por favor, no!
-A partir de ahora te llamarás Piernas, Piernas Foxy, ¿te
gusta?
-No, no
-Oh si –el encapuchado aumentó el nivel de vibración del
consolador con el control remoto.
-Aaaarrgggghh –Sid se mordió el labio y su cuerpo se sacudía
frenéticamente mientras la música le ensordecía.
-¿Quién eres? –le preguntó de nuevo mientras la acariciaba.
-Soy Sydney Fox.
-¿Quién eres? –pregunto de nuevo y empezó a chuparle los
pezones.
-Soy...Sydney...Fox...nnnnggh.
-¿Quién...? –X le bajó las pantaletas y tomando la base del
consolador comenzó a meterlo y sacarlo de ella rápidamente al ritmo de la
música.
-Aaaah...soy Syyd..ney...Fo...xyyy –satisfecho con el avance,
X le volvió a meter el consolador para luego ponerle otra vez las pantaletas.
-¿Quién...? –mientras las caderas de Sydney subían y bajaban
con el ritmo de la música, el encapuchado tomo sus piernas, las separó y las
estiró levantándolas para que ella las viera.
-Mire, ¿recuerda quien es ahora?
Las piernas de la profesora relucían por el aceite y el
sudor, exquisitamente estilizadas en los tacones altos, sus ojos entrecerrados
se quedaron fijos en las hermosas extremidades. Sid empezó a repetir frases
tratando de mantener el control de su mente, pero sus piernas la distraían y X
le susurraba ideas que alteraban lo que ella decía.
-Soy Sydney Foxy, son mis piernas, soy Sydney Foxy, son mis
piernas, soy Sydney Foxy, son mis piernas, soy...Piernas Foxy, soy de...Sydney,
soy Piernas Foxy...
-¿Quién eres? –la pregunta le golpeó con el estruendoso fin
de la música y un igualmente estruendoso orgasmo...
-¡Soy Piernas Foxy! ¡Soy Piernas Foxy! –jadeó Sydney con los
ojos cerrados, desplomándose y quedando colgada del garfio que sostenía sus
ataduras, mientras, X le acariciaba suavemente las piernas.
-¡Maldita sea! –gruñó Sid- no puede ser, no recuerdo mi
nombre, ¡oh Dios!
Llevaba varios días confundiéndose de nombre entre el "nuevo"
que X le puso y el suyo, pero ese día ya no podía recordar el verdadero, lo
único que venía a su mente era el ridículo apodo de "Piernas Foxy". El cual
odiaba, no solo por ser tan sexista y humillante sino por que, muy en el fondo
de su ser, ahora disfrutaba cuando X le llamaba así.
Llevaba varios días sin que X le encadenara los pies,
simplemente le ponía las zapatillas rojas y encima unas increíblemente suaves
mallas negras que llegaban algo más arriba de sus rodillas, se ajustaban como
una segunda piel a su cuerpo y eran sorprendentemente elásticas y resistentes.
En el pasillo había un sensor de movimiento que tocaba música en cuanto
detectaba algo, así que "Piernas" no podía salir del cuarto que además tenía en
las ventanas barrotes reforzados.
-Basta –pensó Piernas- aprovecharé que aun es de noche para
buscar una manera de escapar.
Se levantó y se puso las "cómodas" zapatillas para casa, con
tacones de 5 cm de alto, que había junto a la cama.
-Una señorita no puede estar jamás en casa sin unas
zapatillas decentes –pensó Piernas frunciendo de inmediato las cejas, aunque
brevemente, dudando ante esa lógica. Pero no tenía tiempo para pensar en sus
piernas, de hecho trataba de evitarlo en lo posible, pues tan pronto lo hacía
comenzaba a excitarse con solo verlas y terminaba pasando horas tratando de
acariciarse y frotarse contra las suaves sabanas de la cama.
Mientras caminaba con cuidado, se detuvo un momento frente al
espejo de cuerpo entero que había frente a ella.
-Mmmm, mis piernas están preciosas –susurró mientras empezaba
a posar para si misma. Además de las mallas llevaba unas pantaletas estilizadas
de seda y una batita negra, semitransparente y con encaje que dejaban ver
fácilmente sus bellos senos.
-Guau, también lucen bellas mis tetas –de nuevo Piernas dudó
ante esa manera de referirse a su cuerpo, pero no recordaba otra forma de
referirse a esos morenos y exquisitos globos de carne, además de otras
definiciones que consideraba vulgares.
Entonces vio sobre la mesa junto a la puerta un mando a
distancia, ¡parecía el que X usaba para controlarla con música! Rápidamente se
acercó y se inclinó para observarlo, tenia solo diez teclas con números del 1 al
9 y un botón rojo, ¡quizá con este pudiera desactivar el sensor o la música del
pasillo!
Con sus manos de nuevo unidas a lo largo del antebrazo por
unos gruesos brazaletes de metal forrado con suave tela, a Piernas le costo algo
de trabajo oprimir varios botones de números pero sin obtener resultado, al
final decidió probar con el botón rojo.
Piernas Foxy se enderezó de inmediato, algo había cobrado
vida en su entrepierna, algo cálido y vibrante; entonces lo entendió.
-¡En algún momento X me puso un consolador en el coño! –otra
palabra que no le parecía correcta, pero era la única que recordaba- ¡y el mando
lo activa!
En efecto la vibración cálida se extendía de su sexo a todo
su cuerpo lentamente.
-¡No! Debo escapar –Piernas trató de apagarlo con el mando
oprimiendo de nuevo el botón rojo, pero no funcionaba, la vibración no solo
seguía sino que aumentaba.
-¡No, no ahora! –sin poder evitarlo se dejó caer en la cama y
comenzó allí a retorcerse. Cada vez la música era menos necesaria para
excitarla, bastaba ya con unas cuantas caricias e incluso recuerdos para que se
pusiera a cien por hora.
-¡Tengo que pensar! -Para hacerle todo más complicado, X
había colocado un enorme espejo en el techo sobre la cama, Piernas podía verse
perfectamente, sus deliciosas extremidades enfundadas en negro se estiraban y
encogían sensualmente, sus caderas se movían en círculos, sus senos lucían mas
apetitosos, su cabello enredado le daba un aire salvaje y su boca entreabierta
parecía una rica fruta para morderla.
-¡Tengo...que...resistir! –susurró tratando de controlarse,
pero la vibración del consolador era cada vez más poderosa. De repente, a la
mente de Piernas llego su reflejo en el espejo y no pudo evitarlo ya.
-¡Aaaah...aaah...aaaaaaahhh! –gritó al fin sin control.
Se quedó allí recostada, mientras, el consolador se había
apagado.
En su cámara, X observaba a Sid en un monitor y sonreía
mientras manejaba otro mando.
Minutos después, Piernas sintió que el consolador volvía a
vibrar, pero esta vez lo hacia al ritmo de una música lenta y sensual, sin poder
evitarlo se levantó y comenzó a bailar por la habitación. En un altavoz se
escuchaba la voz de X:
-Piernas es sexy...piernas adora los tacones altos...piernas
se viste para excitar...piernas siempre usa medias...piernas usa solo lencería
sexy....-las sugestiones seguían y seguían mientras que piernas estaba en trance
y apenas se daba cuenta de que las aceptaba y absorbía. La vibración en su
vagina aumentó y también el volumen de la música y la voz.
-¡Nooooo!
Piernas se levantó de la cama de un salto y tras ponerse sus
tacones de casa se fue al baño, después de una ducha se arregló rápidamente, si
quería escapar debía lucir bien, escogió el traje más sexy que encontró y se lo
puso de inmediato.
Era una vestido de doncella francesa, negro con un pequeño
delantal blanco, y tan corto que apenas ocultaba el borde de sus medias negras
que casi llegaban a la entrepierna donde se conectaban a un liguero, todo
rematado con volantes de encaje blanco. Un movimiento demasiado veloz dejaría a
la vista su tanga negra y si se inclinaba demasiado sus pechos, reforzados y
levantados por un sostén de varillas, que lucían tanto en su enorme escote
cuadrado, amenazaban con salirse. Se recogió el cabello en una cola de caballo y
se puso unas zapatillas de charol con tacón de aguja de 10 centímetros y al
final una pequeña cofia blanca en la cabeza.
Se miró en el espejo y posó unos minutos para si misma, se
inclinaba enseñando el escote, se mandaba besos o se ponía de perfil parando las
nalgas.
-Mmmm... creo que tengo algo de tiempo para jugar un poco
antes de escapar –Piernas se recostó para comenzar a acariciarse con una mano
los senos y con otra entre las piernas, mientras se miraba en el espejo del
techo, disfrutando de las sensaciones y fantaseando con su propio cuerpo que
exudaba sensualidad por cada poro de su morena piel.
-Aaaahhh...si...si...eso es –estaba disfrutando tan
intensamente que no le importaba el hecho de que casi estaba gritando.
-¡Me encanta!... ¡Si, si, si! –su cuerpo se arqueo con el
veloz orgasmo que alcanzó. Lo disfrutó y quería más...pero tenía que escapar.
Se levantó y cautelosamente se acercó a la puerta dando
cortos pasos debido a la altura de sus tacones, la abrió lentamente y se asomó
al exterior. Todo parecía tranquilo, pero Piernas decidió no arriesgarse y
manteniendo el equilibrio como pudo se deslizó despacio pegada a la pared
tratando de acercarse al final del pasillo, pero era muy difícil, a cada paso la
sensación de las medias en sus piernas la acariciaban, y en las paredes había
una gran cantidad de espejos en los que al verse se sentía inmensamente sexy.
Allí estaba, al final del pasillo se encontraba la única otra
puerta que había visto en el edificio, si pudiera llegar a ella antes de ser
descubierta...
Poco a poco se acercó, hasta que al fin estaba en la salida,
de repente escuchó ruidos en el altavoz por lo que se apresuró a entrar, pero se
quedó congelada al hacerlo, se trataba de una alcoba adornada de color vino con
una gran cama de bordes redondeados y un escritorio cubierto de aparatos de alta
tecnología. Más allá había otra puerta, seguramente conectada con una salida, se
acerco de inmediato a ella, se trataba de una simple puerta de doble hoja y
manijas doradas, Piernas sabía que no tenía seguro, pero... no podía abrirla,
era como si no supiera su funcionamiento, como si se encontrara ante un objeto
extraterrestre incomprensible, sabía que podía salir por ella pero no podía, eso
la desesperaba... y la excitaba.
-¡Pero que me pasa! –susurró- no puedo disfrutar ser dominada
y controlada...
-¿Ah no? –dijo una voz conocida tras ella.
Una mano tomo a Piernas por el cuello y la arrojó con
violencia hacía la cama, al caer alcanzó a poner las manos y una rodilla sobre
el colchón, iba a levantarse pero una voz imposible de desobedecer le ordenó:
-No te muevas Piernas.
-¡Dios! Tengo que resistir –pensó.
Pero perdió su concentración al comenzar a escucharse en la
habitación una música rítmica y sensual, Piernas sintió que se debilitaba su ya
dañada voluntad.
Unas diestras manos le bajaron la tanga y levantaron su corta
falda, dejando al descubierto sus suaves y perfumadas nalgas. De inmediato
Piernas sintió el aire fresco acariciando su entrepierna, sus pezones se
endurecieron y sensibilizaron y el calor comenzó a invadir su cuerpo.
-¡Basta! –gruño, tanto para X como para si misma... ¡Estaba
disfrutando el ataque!
Antes de darse cuenta Piernas estaba siguiendo el ritmo de su
atacante que era casi el mismo que el de la música que la dominaba.
-Ríndete a mi Piernas, ahora me perteneces -le susurró X al
oído al momento de penetrarla por detrás, mientras sus manos acariciaban todo su
cuerpo: sus pechos, su cuello, sus caderas.
-Nnnnggh...nnnngh...nnnngh...no...por...nnngh...favor.
-¡Ya no tienes escape, Piernas, me perteneces en cuerpo y
alma! ¡Dilo para mi! –gruñó X mientras le daba varias nalgadas al ritmo de sus
rápidas embestidas- me necesitas para tu placer, ya no puedes escapar aunque
pudieras.
-Aaaaahh...si...soy tuya...aaaahhh –grito Piernas al fin al
alcanzar un forzado orgasmo y perdiendo el sentido ante tanto gozo.
X se levanto de la cama y recostó a Piernas para después
cubrirla amorosamente con una colcha antes de quitarle sus zapatillas, sus
bellos pies enmediados tenían las uñas pintadas de negro, pero no llevaba las
zapatillas rojas...
En una iluminada vitrina de la habitación se encontraban
expuestas las zapatillas rojas, relucían perfectas y llevaban varios días allí.
Ya no eran necesarias para controlar a Piernas, Syd había sido finalmente domada
y convertida en una concubina excitable, tímida pero inmensamente sensual.
X le dio a su esclava un beso en la mejilla y salió de la
habitación apagando la luz. En la semipenumbra se escuchaba una lenta melodía,
mientras Piernas deslizaba sus piernas sobre la sedosa cama al ritmo de la
música...
FIN