Ya ultimé todos los detalles y está todo listo para hacerte
pagar por tu despreciable e insultante comportamiento. Te llamo...
- Vístete completamente de negro. Ven inmediatamente y
espérame delante de la puerta de mi cochera. Repito: ¡inmediatamente! Obedece,
furcia.
Te encuentro 10 minutos más tarde esperándome en el sitio
indicado. Cuando me voy acercando a ti me miras, una pequeña sonrisa se insinúa
en tus labios y tus manos se juntan y frotan nerviosas.
- Estúpida puta indisciplinada, ¡baja la mirada! –te grito-
¿Cómo te atreves a mirarme con ese descaro?
Saco de un bolsillo un pañuelo negro y te vendo los ojos,
asegurándome que no puedes ver nada. Abro el maletero de mi coche y te empujo
dentro. Gimoteas y un tímido "no, no…" se escapa de tus labios.
- No te muevas, no grites, no hagas nada hasta que venga a
sacarte de aquí. Si oigo el más mínimo ruido te amordazaré y ataré.
Me pongo al volante. A esta hora hay poco tráfico y puedo
cruzar la cuidad en apenas media hora. Al llegar a nuestro destino te hago salir
del maletero y te guío, puesto que sigues con los ojos vendados, tirándote del
brazo hasta unas escaleras que descendemos. Tras bajar los 9 peldaños empujo una
puerta y entramos. Andamos unos cuantos metros y abro otra puerta, la cruzamos y
llegamos al que es nuestro destino final.
- Ya llegamos. ¿Cómo que dónde estamos? No empieces ya con
tus impertinentes preguntas. Estamos en el lugar más indicado para una furcia
como tú. Estamos en una auténtica casa de putas, en un burdel. Vamos a empezar
por ponernos cómodos y esperar. Pronto tendremos visita.
Sigues con los ojos vendados. Te sientes perdida y te noto
algo temerosa. Oigo que no puedes retener otra pregunta… "¿Visita?"
- Si, mi pequeña zorra, tendremos visita y, como ya veo que
intuyes, esa visita forma parte de tu castigo. Me imagino que te preguntas quién
nos va a visitar. Quizás temas (o, ¿desees?) que te vaya a entregar a todos los
hombres que se encuentran arriba, en el bar del prostíbulo, dejándose desplumar
por las rameras a base de pagar copas, medio borrachos y desesperados por follar
alguna de esas furcias. ¿Te imaginas que vas a tener todas esas pollas para ti?
¿Crees que va a consistir en eso tu castigo? Sabiendo lo puta que eres supongo
que sí. Ya se te mojó el coño imaginando algo así, ¿verdad? Déjame ver…
Te quito a tirones la ropa y quedas solo en tanguita y
sujetador negros. Te llevo de un empujón hacia una rústica mesa, grande y
sólida, que se encuentra en el centro de la habitación y te hago inclinarte
sobre ella, hasta que tu cabeza queda pegada al tablero. Separo el hilito del
tanga de tu rajita y compruebo, metiendo los dedos por ella, que tu coño, como
sospechaba, ya está húmedo de deseo. Lo penetro con un dedo y lo muevo dentro de
ti, empujándolo hasta el fondo y con un movimiento circular. Tu gimes de placer
y yo siento que mi polla comienza a engordar dentro de mi pantalón de cuero
negro.
¡Pero no hemos venido hasta aquí solo para que te pajee el
coño! Se supone que has de ser castigada y así va a ser.
Saco algunos objetos de los bolsillos de mi cazadora (por
supuesto, negra y de cuero) que voy depositando sobre tu espalda. Primero te
coloco las esposas. Con los brazos separados, una en cada mano atándote a las
argollas de acero que cuelgan de los costados del tablón de la mesa. Te agarro
el pelo de un puñado y, levantándote la cabeza, te ordeno abrir la boca.
- Más, bien abierta perra, como la abres para que meta en
ella la polla entera y eyacule directamente en tu garganta, así, si, muy bien.
Te coloco la mordaza. Te introduzco la pelotita de goma dura,
de color rojo, en la boca y paso por tu cabeza las dos correas de cuero negro
que la retienen para que quede fija y no la puedas escupir.
- ¿Que ocurre, puta? ¿No te gusta este nuevo regalito? ¿Te
sientes asfixiar? ¿Por eso gruñes y respiras tan fuerte por la nariz produciendo
ese asqueroso ruido a mocos sorbidos, puta babosa? ¿Que esperabas? Esto es el
principio de tu castigo. Tú te lo buscaste, ¿recuerdas?
Separo tus piernas y ato cada uno de tus tobillos a una pata
de la mesa con una correa. Por último, te arranco el tanga, desgarrándolo, y te
coloco dos pincitas metálicas, unidas por una cadenita, mordiéndote los labios
del coño. Te quejas y debates como una perra dolida.
- Sé que las pincitas aprietan y su mordisco duele –te digo
tirándome sobre ti, aplastando tu delgado cuerpo con todo mi peso y colocando mi
boca pegada a tu oído- pero te recomiendo no quejarte más, aguantar y calmarte,
no agraves tu caso. ¿Ves lo que ocurre cuando se es una maldita furcia
indisciplinada y se incumplen los deseos de su Amo? Te advertí que si me
desobedecías me enfadaría mucho y tú, a pesar de eso, me insultaste con tu sucio
comportamiento de ramera barriobajera.
Recordar ese comportamiento reaviva mi cólera y comienzo a
azotarte el culo. Con fuertes palmadas que golpean la blanquita y delicada piel
de tu lindo trasero, haciéndola pasar a un intenso color rojo. Las palmadas, que
resuenan en la habitación, actúan como una llamada, ya que al cabo de unos
minutos se oye la puerta abrir. Apenas ceso de azotarte unos segundos y
continuo, dejando caer una nueva e intensa lluvia de azotes sobre tus nalgas,
mientras nuestros visitantes entran y vienen a colocarse junto a nosotros. Sigo
castigándote el trasero con dureza hasta que siento el brazo comenzar a cansarse
y tus quejas y sollozos llenan la habitación. Cuando ceso de golpearte oyes una
voz decir…
- ¿Es esta tu perra? ¿La pequeña furcia impertinente? Que
joven es, parece una niña. 19 añitos, ¿no es así? ¡Que linda! Creo que aún
estamos a tiempo de hacer de ella una buena puta disciplinada y respetuosa, una
buena perrita. Quizás tan buena como la mía. ¿Viste? ¿Que te parece?.
Respondo, con sincera admiración, que es magnífica, que
enseguida salta a la vista el excelente trabajo hecho sobre ella y la
maravillosa esclava que se adivina que tiene que ser. Envidiable.
Imagino que estás sorprendida, ¿verdad? No tanto por el hecho
de comprender que nos visita otra pareja de Amo/sumisa, sino más bien porque la
voz que escuchaste es… ¡femenina! Porque en realidad son AMA y sumisa.
Así es. Te quito la venda de los ojos. Tras unos segundos
vuelven a acostumbrarse a la luz y puedes vernos a todos, ya que estamos
enfrente de ti, al otro extremo de la mesa. Junto a mi ves una mujer madura, de
unos 45 años, tan alta como yo, con una impresionante melena rojiza, toda
vestida de ajustado vinilo negro que marca su impresionante pecho y las suaves
redondeces de su maduro pero aún muy deseable cuerpo. Se trata de Cora, una
vieja amiga mía y la propietaria de este burdel. Detrás de ella se oculta
tímidamente su sumisa, una tierna jovencita de más o menos tu edad que Cora hace
avanzar, para que puedas verla bien, dando un fuerte tirón de la correa de perro
que rodea su cuello.
Cora no aparta la mirada de ti. Se adivina deseo en esa
mirada y eso, mi pequeña puta, no augura nada bueno para ti. Me tiende la correa
de su sumisa y me pregunta, sin dejar de mirarte, si puede ocuparse un poquito
de ti. Le respondo que por supuesto, que no dude en hacer contigo todo lo que
desee. Agarro la correa de su perra y Cora me pide que se la vigile y me indica
que, si me apetece, puedo jugar con ella. Tomo buena nota, ya que la joven
sumisa se ve obediente y disciplinada y, además, está deliciosa, y mi excitación
comienza a dispararse. Pero de momento prefiero ver que te tiene reservado mi
amiga Cora, experta en adiestramiento de jóvenes furcias rebeldes como tú.
Obligo a la joven perrita a arrodillarse y la mantengo con la correa corta, la
cabeza muy cerca de mi polla, que se nota abultando en el pantalón, y
colocándola de manera que pueda ver también el espectáculo.
Cora comienza por acariciarte el pelo, la espalda, tu aún
enrojecido culito, tus muslos… Encuentra la cadenita de las pinzas que muerden
tu coño y tira de ella. Tu cuerpo da una sacudida y se te oye un gemido de
dolor, apagado por la pelota de goma de tu boca.
- ¿Te duele, perrita? -te pregunta Cora acercando sus labios
a tu oído y dándote un besito suave sobre la mejilla.
Tras unos segundos y ante la ausencia de respuesta por tu
parte vuelve a tirar, esta vez más fuerte y varias veces seguidas, de la
cadenita. Vuelves a tener espasmos de dolor, el grito que nace en tu garganta
casi atraviesa la pelota de goma, empiezas a respirar muy fuerte por la nariz y
tu cara a ponerse colorada. Al mismo tiempo algunas lágrimas comienzan a
resbalar por tus mejillas.
- Te hice una pregunta, zorra. ¿Te duele? –Repite Cora
gritando directamente en tu oído.
Asientes con la cabeza, muy rápido, sigues llorando y cada
vez te vas poniendo más roja por la dificultad para respirar.
- Puta niñata, aprende que has de contestar siempre cuando se
te hace una pregunta. De hecho es la única situación en que se te permite
expresarte estando en público, no lo olvides nunca, ¿entiendes?
Vuelves a asentir, mientras lágrimas y mocos resbalan por tu
cara, la cual se está poniendo de un preocupante color granate oscuro.
- ¿Te gustaría que te sacara la mordaza? Podrías respirar
mejor, ¿quieres?
De nuevo indicas que si con la cabeza. También yo me empezaba
a preocupar de ver el color que tomaba tu cara, creo que te estabas asfixiando
de verdad y admiro la capacidad y la experiencia de Cora para llevar el dolor y
el sufrimiento hasta su punto límite.
Una vez sin la pelota en la boca puedes respirar mejor y
recuperas poco a poco tu color natural al proporcionar a tu cuerpo el oxígeno
necesario. Gimes y lloriqueas, y Cora limpia tu cara con una toalla que saca de
un pequeño armario y acaricia tu cabecita casi con ternura. Mientras hace esto
veo que se frota el coño contra el canto de la mesa y adivino que está muy
excitada. Vuelve a acercarse a tu oído y te dice suavemente…
- Otra cosa que nunca debes olvidar es que has de ser
agradecida cuando se te conceda algún favor. Te voy a dar la oportunidad de
demostrarme lo agradecida que me estás por haberte sacado esa mordaza de la
boca.
Entonces sube a la mesa, se levanta la ajustada y corta falda
hasta la cintura y se coloca justo frente a tu carita, con las piernas abiertas,
colocando una a cada lado de ti.
-Vas a comerme el coño como una puerca hambrienta, hasta que
me hagas correr sobre tu cara. Aplícate, zorra, quiero sentir tu lengua hurgarme
bien el coño o te volveré a colocar la mordaza y te azotaré hasta hacerte
asfixiar y ahogarte en tus propios mocos.
Y, agarrando tu pelo de un puñado, empuja tu cabeza y aprieta
tu boca sobre su coño abierto, que tú comienzas a lamer. Yo me desplazo, tirando
de la correa de la sumisa, para ver mejor como te comes ese coño de vieja puta y
la cara de placer de Cora. Veo tu cabeza hundida entre los muslos separados de
la mujer y oigo el mojado ruido de succión que tu boca produce mientras chupas y
lames el empapado coño. La escena me excita tanto que me abro el pantalón y dejo
libre mi pene. Tiro de la correa y obligo a la sumisa a meterse mi rabo dentro
de la boca.
- Mámame la polla, pequeña ramera, mmmmm, así, chúpamela,
siii, ahhhhhhhh.
Mientras la sumisa me chupa la verga te acaricio el coño con
un dedo, haciéndolo resbalar por entre tus labios mordidos por las pincitas.
Estás mojada, excitada, y sentir tu coñito húmedo y lubricado enciende mi deseo.
Cuando la tierna perra de Cora me acaba de poner la polla bien tiesa y dura con
su mamada, saco la polla de su boca para venir a metértela en el coño. Y,
agarrándote el culo con las manos, te empiezo a follar fuerte, sintiendo en cada
una de mis embestidas mis huevos venir a tocar las pinzas que sigues teniendo
puestas y provocando que tu boca venga a meterse más adentro de la raja de Cora
que ya, por los fuertes gemidos que emite, está para correrse.
Finalmente, apretando con fuerza tu cabeza contra su coño,
lanza un fuerte bufido e inicia un movimiento rápido y convulsivo de cadera
contra ti, como si quisiera meterte toda entera dentro de su sexo, abandonándose
completamente a su vicioso placer, hasta tal punto que se le escapa un sonoro y
largo pedo, el cual imagino que, por tu postura, te debes de haber comido
entero, mi pequeña cerda, y grita su placer…
- Siii furcia, ahhhhhhh, cómemelo, perra, siiiiiii, méteme la
lengua entera, ahhhhh, me corro en tu cara, guarra, ohhhhhhh".
Al mismo tiempo noto que también tu te corres con las
furiosas embestidas de mi rabo, gritas de placer y yo acelero mis idas y venidas
buscando también el mío para finalmente, al cabo de un par de minutos, correrme
yo también. Me separo de ti y veo tus jugos mezclados con mi semen y un poco de
sangre (supongo que por culpa de las pinzas) caer resbalando por tus muslos.
Vuelvo tirar de la correa de la sumisa y le ordeno limpiarme la polla con la
boca. Ella obedece inmediatamente y chupa y lame mi aún gorda y erecta verga
haciendo desaparecer todo rastro de la abundante corrida que acabo de disfrutar.
Durante unos minutos permanecemos en silencio, sintiendo aún
en nuestros cuerpos el placer de los intensos orgasmos que acabamos de sentir.
Cora, tras arreglarse la falda, enciende un cigarrillo y toma asiento en una
silla. Fuma en silencio y su expresión denota satisfacción. Cuando termina el
cigarrillo viene hacia mí y me pregunta si considero que ya has sido
suficientemente castigada.
- Tratándose de una primera sesión, quizás baste -me dice no
muy convencida.
Le contesto que aún quiero culminar tu castigo con algo que
tenía pensado y que le comento. Será la guinda sobre el pastel. Ella se muestra
de acuerdo y se aleja de mí con una maliciosa sonrisa cómplice en sus labios en
dirección del armarito. Tras sacar de él un objeto, chasquea los dedos y su
sumisa, hasta ese momento totalmente inmóvil, corre a su lado.
Cora la acompaña tirando de la correa de perro hasta ti y le
ordena desnudarse. Ella responde, muy tímidamente, y dejando oír por primera vez
su dulce vocecita… "Si, Madame". Cora la contempla con admiración mientras se
desnuda. Es evidente que la vieja puta está muy satisfecha y (¿enamorada?) babea
de deseo por su joven sumisa. No puede retener las ganas de apretarle los pechos
y chuparle y morderle los pezones. Le hace subir sobre la mesa, apenas a unos
centímetros de ti y, colocándola a cuatro patas, le lame y penetra el culo con
la lengua. Tu no pierdes detalle de la escena y Cora, al percibirse, continua
penetrando el culito de la joven con un dedo, bruscamente, metiéndolo bastante
profundo, y te pregunta:
- Dime puta, ¿te excita ver el culo de mi perrita lamido y
penetrado?
Tu respondes un simple… "Si".
- Estupendo -responde Cora- admira entonces el espectáculo.
En ese momento yo me acerco a la mesa, subo a ella
arrodillado detrás de la sumisa y comienzo a frotar mi semierecta polla contra
su dulce culito. Cora os ordena a las dos sumisas besaros, que os comáis la
lengua la una a la otra. Vosotras obedecéis al instante y comenzáis a devorar
vuestras lenguas. Seguís así un rato, concentradas únicamente en vuestro lúbrico
beso, que ambas parecéis apreciar ya que gemís y empezáis a mover sensualmente
vuestros cuerpos de putitas viciosas.
Mientras tanto y ante el espectáculo, mi polla vuelve a
ponerse dura y lista para taladrar el culito de la linda perrita que tengo
delante, postrada a cuatro patas y gimiendo de deseo como una furcia en celo. Y
Cora ha venido a colocarse detrás de ti. Tu no la has podido ver prepararse,
ocupada en comerle la lengua a la otra perra, pero la vieja zorra se a colocado
el objeto que sacó del pequeño armario, un cinturón con un enorme consolador en
la parte delantera.
Ambos estamos preparados y cuando Cora me hace un signo con
la cabeza, os penetramos el culo a las dos, fuerte, de golpe, al mismo tiempo,
yo sodomizando la perrita y Cora follándote a ti, con el consolador
perfectamente acoplado en su cintura. A la sorpresa sigue el dolor, abandonáis
vuestro beso y levantáis las cabezas lanzando un… "Aaaaahhhhhhh", mezcla de
sorpresa y dolor. Gritas y suplicas a Cora que se detenga. Te debates y veo que
de nuevo las lágrimas corren por tu cara. Es cierto que Cora te ha introducido
un enorme rabo de plástico en el culo, sin ni siquiera lubricarlo con gel, y te
lo mete y mueve sin compasión ni delicadeza. Me miras como suplicando clemencia,
o esperando mi ayuda mientras que yo, al tiempo que sodomizo la joven perra de
Cora, que por cierto parece empezar a disfrutar mucho con mi polla, te digo…
- ¿Ves, putita? Te gusta humillarme, ¿verdad? Te gusta ir por
ahí a buscar pollas y que te las vayan metiendo, furcia rabalera, desobedeciendo
mis órdenes, ¿no es así? Pues ahora paga, sufre.
Seguimos así, rompiéndoos el culo, un buen rato. Tu no
pareces experimentar aún mucho placer, más bien dolor, pero la zorra que estoy
enculando gime como una gata en celo y mira suplicante a su ama, la cual,
condescendiente y en recompensa a su impecable comportamiento durante toda la
sesión, la autoriza a abandonarse y dejarse llevar al placer hasta llegar al
orgasmo. Un orgasmo intenso y fuerte que le llega pronto, tras unas cuantas
embestidas fuertes de mi polla acentuadas por los rápidos y sincronizados
movimientos de nuestros cuerpos. Un orgasmo que le hace gritar y retorcerse de
gusto sobre la tabla de la mesa. El sentir una hembra correrse de esa manera es
algo que me vuelve siempre loco por lo que yo también enseguida siento venir mi
orgasmo y continuo follando fuerte ese ensanchado y encharcado culito.
Seguidamente, saco la polla del culo de la chica y, agarrándoos del pelo, junto
vuestras cabezas para descargar mi leche sobre vuestras caritas de furcias. En
ese momento Cora deja de encularte y se empieza a pajear el coño con el
consolador.
Lanzando un grito de salvaje placer, empiezo a escupir los
chorros de mi esperma sobre vuestros rostros y os ordeno lameros las caras y
volveros a besar como antes. También se oyen los suspiros de Cora corriéndose a
su vez con ese enorme consolador metido entero en el coño y mirando su sumisa
con la cara duchada por mi leche y lamiendo la que corre por la tuya para
después compartirla contigo al meterte la lengua en la boquita.
De nuevo necesitamos dejar pasar unos minutos para recuperar
la consciencia tras la intensidad de nuestro placer. Después nos vestimos todos
(salvo tú, claro) y Cora sale de la habitación tirando de la correa de su sumisa
sin decir nada, sin una palabra de despedida.
Te libero de todas tus ataduras y te ordeno recoger tus
ropas, que se encuentran tiradas por el suelo en un rincón de la habitación, y
vestirte. Cuando terminas vuelvo a vendarte los ojos y abandonamos el local.
Cuando salimos a la calle ya está bien entrada la noche y
hace frió. Vuelvo a introducirte en el maletero del coche y emprendo el viaje de
regreso a mi casa. Al llegar y dejarte salir te digo a modo de despedida…
- Lo de hoy no fue más que un pequeño aviso. Espero que hayas
aprendido la lección y a partir de ahora cumplas a rajatabla todas las órdenes
que te dé. De lo contrario, la próxima vez, recibirás un auténtico castigo que
no olvidarás en toda tu vida. Ahora regresa a tu casa y lávate. Das asco de ver,
estás despeinada, tu cara asquerosamente sucia y apestas a puta.