Una razón
Recuerdo hace un tiempo, no mucho, quizás unos 5 años, haber
leído a un autor de este tipo de relatos, era un relato extraño y del tipo que
me gustan. Su nombre no lo sé, firmo como "anónimo". Pero decía algo que me dejo
pensando por mucho tiempo y que sigo pensando.
El decía; "Pensar que la vida nos pone situaciones excitantes
cada día de nuestra vida, es en realidad, un tremenda falacia". En teoría estoy
de acuerdo, la vida no esta llena de estas situaciones, y no es que sea malo,
solo que nuestra sexualidad es tan poderosa, que no se puede comparar con la de
ningún otro animal, de hecho es tan poderosa que se diversifica en millones de
actividades que ejecutamos todos los días todas las personas. Es decir, aunque a
muchos les cueste trabajo aceptarlo, cada acción que realizamos, lo hacemos
gracias a nuestra energía sexual. Si lo quiere en palabras bonitas, lo hacemos
gracias a nuestra energía positiva, la de amor, la de vida. No es de extrañarse
que no haya situaciones cachondas a cada momento de nuestra vida en el sentido
sexualmente explícito de la palabra, sino que hay sexo donde quiera que uno
mire.
En lo personal, puedo decir con toda seguridad que tales
experiencias son nulas en mi vida, soy un tipo muy solitario que puede pasar
semanas sin hablar con otra persona. Pero no por eso debo pensar que mi vida es
mala. Y a fin de cuentas, uno siempre se puede entretener, con o sin morbo, de
las experiencias de otras personas, quizás con un poco de celos, pero basta
comprender que si no nos toco vivirlas, fue porque probablemente no nos hubiera
gustado, o mas probablemente, porque en realidad no las deseábamos lo suficiente
para buscarlas... Así que si uno quiere tener esas experiencias, debe buscarlas,
con la mejor voluntad y con poco egoísmo, sin pensar en perjudicar a otra
persona Ahora, también hay casos en que la suerte tiene su parte, pero uno debe
comprender que es eso, suerte, nada mas y uno debe aceptarlo, no porque tenga
que hacerlo, sino que es la verdad, y la verdad siempre nos hará felices... en
fin....
Todo esto va, porque tengo que aceptar, que tengo una
increíble envidia y celos con Alfredo, el protagonista de esta historia... aun
que pensando en lo que le ha tocado vivir el resto de su vida, quizás no debería
de estarlo.
Hay cosas que no recuerdo muy bien sobre estos hechos, pero
me acuerdo de ellos. La época en que pasaron, así como mi edad actual no tiene
importancia, lo que me importa son los hechos... y quizás la edad que tuve por
aquel entonces.
Vivía en un departamento de una zona residencial un poco
alejado del centro de la ciudad de México, en teoría era hijo único. Pero solo
en teoría. Mi padre era gerente de un banco, y debo reconocer que no era
precisamente un tipo de lo mejor. Sin duda me quería, pues era su único hijo...
varón.. y el único que nació bajo... digamos... un marco legal de matrimonio.
Así que tenía su afecto y cuidaba sus atenciones conmigo, pero sin duda era un
patán con las mujeres. Por alguna razón nunca pudo transmitirme su desprecio por
las mujeres y el saber tratarlas como objetos de placer y lujo. Tal vez la
influencia de mi madre en mis primeros ocho años de vida fue muy decisivo al
respecto. Mi madre era una mujer fuerte, decidida que no se dejaba pisotear por
nadie, pero hizo el terrible error de enamorarse de aquel hombre que era mi
padre.
No tardo en darse cuenta que el hombre en cuestión era un
mujeriego cualquiera, si bien no era un borrachote, esto era mas por su
responsabilidad en el banco dónde trabajaba. Después de 10 años de matrimonio,
decidió largarse, muy, muy lejos, ahí dónde la nieve es casi eterna, la gente es
amable y el seguro social es efectivo. Desde entonces la veía muy pocas veces,
algunas navidades o veranos.
Sin embargo, no permití que la personalidad de mi padre me
dominara, y de hecho, creo que era la actitud dominante de mi padre lo que lo
impidió. Pero bueno, solo tenía 12 años cuando mi vida comenzó a cambiar de
forma tan radical como lo había sido la separación con mi madre.
Ella llego un día soleado y precioso de primavera, un día tan
radiante que hasta podría jurar que el ambiente olía a flores, que la gente era
feliz y que todo iba bien. Su llegada no fue sorpresiva, arreglamos una recámara
para ella, solo con lo indispensable, ella sabría que hacer con su espacio.
Su edad al llegar, 22 años, su nombre; Ana. Un nombre común,
tal vez muy corriente, y tal vez a primera instancia su apariencia era
corriente, pero bastaba abrir un poco los ojos, mas de lo que uno hace al
caminar en la calle, para darse cuenta de su belleza, distinta a una sociedad
que exige a la belleza piel blanca y ojos claros.
Ana era alta, morena, con unos enormes y magníficos ojos
color negro, un cabello igualmente negro y largo, como una noche sin luna, una
verdadera piel de bronce.
Supongo que para seguir hablando de ella, me debo de olvidar
un poco de mi tono melodramático e intentos de metáforas con el que me gusta
escribir, para soñar que soy un escritor gordo e importante.
Seré claro con ella. Aparte de los niños y mi padre, no me
parecía conocer a nadie que no tuviera una erección al verla. Unos pechos
grandes y sensuales, una cintura estrecha, llena de armonía y perfección, y unas
caderas redondas, firmes y eyaculatoriamente sensuales, piernas largas y
jóvenes, que obligaban a la mente masculina a imaginarlas rodeándole a uno.
Esa fue la impresión que me dio Ana, a pesar que solo tenía
12 años y sabía poco de mujeres y el sexo... solo tenía 12 años... y ella era mi
media hermana.
Era mayor que yo por 10 años. Fue el resultado de una
borrachera de mi padre y un sexo pasajero y poco protegido. Mi padre no la
reconocía auténticamente suya, pero igual ayudaba a ella y a su madre en la
manutención de ella. Por supuesto, mi padre no era de las personas favoritas de
Ana, para ella, él solo había sido un cabrón desgraciado que la había plantado y
se había echado a correr.
Sin embargo ahora tenía que aprovechar que era, a fin de
cuentas, su padre. Ella era de Jalisco, y ahora que tenía 20 años, tenía que ir
a casa de aquel hombre que detestaba para poder cursar una carrera que no
existía en su estado natal... o al menos no en una escuela muy prestigiosa y
cara.
Así que mi padre se ofreció a pagarle los estudios,
mantenerla, y dejar que viviera en su casa con su hijo.
Tengo que reconocerlo de él. Aparte de su madre, (y a veces
lo dudo) Ana era a la única mujer que trataba bien y sin desprecios. De todas
sus hijas que dejo botadas, ella fue la única que mas o menos reconoció, y a la
única que le dio algún tipo de atención.
Pero bueno, dejemos la chachara sentimentalista de recuerdos
familiares y anécdotas que interesan poco, y hablemos de algo mas importante, de
Ana, y algo menos importante, de mi.
Mientras no estuviera presente mi padre, Ana era una joven
muy social y locuas, su actitud abierta y a veces desinhibida contrastaba mucho
con la mía. Era agradable, quizás a veces neurótica, pero era algo que los
hombres pasaban por alto por su salvaje sensualidad que desprendía por cada poro
de su piel. Podía decir cosas que uno no se imaginaba fácilmente en cualquier
momento. No tuvo problemas en hacer amigos y amigas en su universidad, y mucho
menos en hacerse con un novio apuesto y considerado.
Ella tenía sus ideales y su forma de vivir, era responsable y
madura, como se podría esperar de una niña que creció sola con su madre,
aprendiendo rápidamente sobre el valor del dinero, de los amigos y del amor.
¿Qué puedo decir mas de ella?
Yo era un niño de 12 años, de piel un poco blanca, cabello
castaño oscuro y ojos casi del mismo color cuando ella llego a la casa por
primera vez vestida con una blusa rosa y unos pantalones de mezclilla poco
ajustados. Y sin embargo me dejo profundamente impresionado. Había empezado a
tener mis primeras erecciones y sueños húmedos hacía pocos meses, y su presencia
hizo que tales cosas fueran mas frecuentes. Para mi, ella no era una hermana, y
ni siquiera la veía como a una prima, apenas si nos habíamos visto en mis 12
años de vida. Para mi ella era una hembra candente y deliciosa, que de repente,
se venía a vivir a mi casa... y a los pocos meses fue la principal, si no única
causa de hacerme venir.
Quizás fue que yo me desarrolle mas rápido que los otros
muchachos, o tal vez por la presencia de Ana lo que me hacía masturbarme cuando
menos una vez al día. Al principio eran orgasmos en seco, mientras tenía su
figura en mi mente. Pero en cuanto mas pensaba en ella mas parecían reaccionar
mis cojones por efecto, y así, a los pocos meses mi orgasmo se acompaño con un
líquido un poco transparente y un poco blanco, para después transformarse en
autenticas lecheradas volcánicas que dejaban hecho un desastre el lavabo, pero
que me llenaban de orgullo. Para mis adentros, entre mas leche sacara, mas
hombre era, y por supuesto, en mi imaginación todo iba a parar entre las piernas
de Ana.
Mi imaginación no iba mas aya de verla desnuda o de
imaginarme con ella haciendo el amor. De nuevo, por el temor a mi padre y a sus
represalias no me atreví jamás a investigar mucho sobre el sexo, y mucho menos a
tener revistas o películas sobre el género. Tampoco en la escuela fui muy
instruido en eso, y por supuesto que no me refiero a clases especializadas sobre
el tema, sino que mi escuela, al ser privada, era férreamente católica antigua,
y el tema del sexo jamás se tocaba. Tan católica que cuando decíamos los 10
mandamientos, nos cambiaban el "No fornicarás" con un "Te respetaras a ti mismo"
o algo así, con tal de no explicarnos que es fornicár.
Y con los amigos era igual, nadie tenía material de ese tipo,
pues teníamos padres similares, y si había alguien que llegaba a tener algo, no
se atrevería a llevarlo a la escuela, la pena por ser sorprendido era la
deshonrosa expulsión. Tampoco se podía aprender algo por la práctica, pues mi
colegio era para varones exclusivamente, incluido el profesorado también.
El aprender a masturbarme fue de las únicas cosas que
realmente aprendí en la escuela, y no fue algo muy directo que digamos, algunos
de mis amigos mas extrovertidos platicaban de aquello sin ningún descaro, y en
cierta medida nos "educaron" en como se hacía, aun que fuese solo diciéndonos
como lo hacían ellos.
Ahora, mi relación con Ana era algo extraña. Como dije, para
mi era la materialización del orgasmo, casi no me acercaba a ella y trataba de
no tener mucho trato, tan solo tenerla cerca causaba placentera incomodidad en
mi entre pierna, a veces me tranquilizaba lo suficiente para platicar un poco
con ella en la noche, cuando no llegaba muy tarde. Pero era difícil hablar con
ella, pues yo era el "hermanito pequeño". El hermano que ella nunca tuvo...
bueno... que tenía pero no... Me llamaba simplemente "Fito" o mas frecuente
"Alfredito".
Mientras los días pasaban, mi rutina fue acostumbrándose a
ella poco a poco, trataba de verla como lo que era, una hermana, pero no podía.
Mi joven entrepierna no parecía comprender el parentesco familiar y sanguíneo
que había, ella solo era una tía buena que se había mudado a mi casa y que
dormía a no mas de 10 metros de mi. No usaba ropas muy atrevidas, mucho menos en
la casa, pero por mas discreto que fuera su atuendo, el solo verla caminar con
sus largas piernas por la casa hacía que la sangre me hiciera ebullición y
corriera a darme satisfacción al baño.
Esa era mi rutina; escuela, amigos, estudios, Ana, orgasmo,
ver la televisión y a dormir. No dejaba de pensar en alguna cosa con la cual
acercarme a Ana, y en cierto sentido, me reprimía hacerlo, en el fondo, no
quería que pasara nada, si es que podía pasar, pero también en el fondo, deseaba
verla desnuda rodeándome con sus piernas.
Pero bueno, como siempre pasa en estas historias, algo tenía
que pasar. Fue una sucesión de eventos que pasaron al azar, y a los cuales poco
a poco tuve el valor de que ocurrieran a mi voluntad. Esto fue ya con varios
meses de tener a Ana en la casa, unas semanas después de mi treceavo cumpleaños.
Un sábado cualquiera, en la noche. Yo me encontraba mirando
tranquilamente la televisión, Ana acababa de salir del baño recién duchada, iba
a salir a una reunión un poco elegante. Como siempre, el verla solo cubierta de
una toalla, me había endurecido un poco, y en realidad no miraba la televisión,
estaba jugando en mi mente con Ana, cuando de repente, ella salió de su cuarto,
como si nada, a recoger su vestido que había dejado sobre el sofa, llevaba
puesto solamente un sujetador, unas bragas de color rojo, muy discretas, muy
pequeñas, y magníficas y unos zapatos de tacón altos. Camino al sofa, y se
inclino para levantar su vestido. Naturalmente yo no le había quitado el ojo
encima del monte de su pubis, y en cuanto se inclino, mi vista fue a sus pechos
ligeramente atrapados en la escasa tela.
- ¿No has visto mi enchinador? – me pregunto
levantando la cabeza, apenas si me dio tiempo de levantar la vista.
- No... no lo he visto – respondí pasmado, con cara
de muerto.
- Hmm.. bueno...
Tomo su vestido, dio la vuelta y mentiría si dejara que miré
otra cosa que su culo perfecto con una tira de color rojo entre los glúteos.
Antes de que cerrara la puerta de su cuarto, yo ya podía
sentir como se iba empapando mi ropa interior producto del orgasmo que tuve al
verla. Apenas si reaccione, si me moví, simplemente mi semen salió como por
voluntad propia, inundándome de placer sin que yo mismo lo notara.
Tuvieron que pasar un par de minutos para que me diera cuenta
de lo que había pasado y fuera a asearme.
Ese día me di cuenta que me gustaba la ropa interior
femenina. Ahora, en mis fantasías, ya no me imaginaba a Ana desnuda, sino con
ese conjunto rojo.
Poco a poco me atreví a acercarme a las tiendas de ropa
interior femenina, tan solo para ver los modelos, e imaginarme a Ana con ellos.
No paso mucho tiempo antes de que deseara de nuevo verle en ropa interior, de
hecho hasta desapareció el deseo de verla desnuda.
La pregunta era como.
A Ana le gustaba suficientemente su intimidad para siempre
dejar la puerta de su habitación cerrada. El hecho de que esa fuese apenas la
primera vez que la veía con poca ropa en todos sus meses en la casa me parece
que puede comprobarlo.
Las puertas, tanto del baño como de su recámara tampoco
ayudaban, no había aberturas y hay que aceptarlo, ya no hacen cerrojos grandes
como antes.
También pensé en ocultar una cámara en su cuarto, pero ¿qué
cámara?. Mi padre tenía sus cosas cuidadas bajo llave, y yo no tenía acceso a su
cámara de video, y una fotográfica no servia si yo no estaba ahí para apretar el
botón.
Eso me hizo pensar en ocultarme en su armario para espiarla,
los armarios de mi casa tenían aberturas perfectas para poder espiar. Pero
también pensé que si entraba a su recámara para cambiarse después de un baño,
probablemente abriría el armario para tomar la ropa. Eso tampoco funcionaría.
Después pensé en entrar en su habitación por la noche,
descubrirla y mirarla, pero no me atraía la idea en lo mas mínimo, Ana parecía
tener el sueño ligero y se despertaba por cualquier cosa.
Así que después de pensar en los planes complicados, pensé en
los mas simples; que le pidiera de favor si podía caminar con ropa interior por
la casa...
La opción me atraía bastante porque eso me haría las cosas
tan fáciles, ella solo tenía que aceptar, y mi pincha estaría feliz eyaculando
dentro de mis pantalones al verla por la casa. Hasta me imaginaba que ella
llegaría a preguntarme que conjunto me gustaría que usase ese día... Un
agradable pensamiento.
El único problema era que se trataba de arriesgar mucho, y en
un raro momento de lucidez, me di cuenta que las probabilidades de que aceptara
eran casi nulas.
Nunca he sido muy inteligente, así que mis "brillantes"
planes se detuvieron en eso. Me di cuenta que tan solo pensar en preguntarle
cuando ella estaba presente, hacía que temblara de miedo. Su belleza intimidaba
bastante.
Un día, en la tarde después de volver de la escuela, tuve una
pequeña idea. Ella había salido con su novio y probablemente no regresaría hasta
muy tarde. De mi padre, ni hablar, ya fuese por trabajo o por diversión, no
volvía a la casa hasta después de las 10 de la noche. Lo dude un poco, pero tome
una decisión.
Me metí a su recámara, con el corazón a mil por hora, sin
creer lo que estaba a punto de hacer. Abrí su armario y me puse a hurgar en sus
cajones.
No tuve que buscar mucho, en el primer cajón que abrí,
encontré sus calcetas y medias, eso no me interesaba, al menos no en ese
momento, pero al segundo encontré sus sujetadores.
El cajón estaba bien acomodado, y tuve cuidado de no
desarreglarlo ni hacer nada que indicara mi presencia ahí. Mi pene estaba muy
atento a lo que hacía, admire las piezas por un momento, y luego me puse a
observar cada una con detenimiento. Me sorprendió que casi todas eran iguales a
las que veía en las tiendas de lencería. Pequeños, con encajes, suaves y
hermosos, pase mis manos sobre ellos, al mismo tiempo que con la otra mano me
acariciaba. El color negro y rojo predominaba, también el blanco pero menos, y
uno que otro de verde y azul.
Cerré el cajón, pensando en volver a él después, y abrí el
siguiente. De igual forma que con los sujetadores, me encontré con sus bragas, y
digo bragas con duda, porque en realidad todas eran tangas, pequeñas y
diminutas, de muy variados y vistosos colores. Los rosas mexicano, azules y
amarillas eran de tela común, pero solo eran triángulos para cubrir el pubis y
el resto eran puro hilo y resortes. Los rojos y negros, que eran de nuevo la
mayoría, eran de encaje, con un poco mas de tela, pero no mucha, no se podría
hacer ni un pañuelo pequeño.
Me di cuenta que todo ese tesoro sensual estaba a mi
disposición, siempre y cuando Ana jamás me descubriera.
Volví al cajón de los sujetadores. Con mucho cuidado y
fijándome en los dobleces, saque uno negro, que me gusto en cuanto lo vi, me lo
lleve al baño, y con él con una mano, me di una gozada de leyenda, con mucho
cuidado de no manchar en lo absoluto la prenda. En cuanto termine, volví a su
habitación y lo deje exactamente como lo había encontrado.
Estuve expectante los dos días siguientes, por si ella había
notado que había hurgado su ropa. Había sido muy cuidadoso, pero mi miedo a ser
descubierto me hacía temblar. Por supuesto, no lo noto, y no había signos de que
lo hubiera notado.
Después hice otro experimento, tome unas bragas suyas, de las
que estaban mas escondidas en el cajón, y lo oculte en el cesto de la ropa
sucia, entre algunas sábanas. Si ella notaba que faltaban, probablemente lo
anunciaría.
Sin embargo, paso una semana, luego dos, y ella parecía no
haberse percatado de que le faltaba ropa, hasta como la tercera semana,
descubrió que la prenda estaba al fondo del cesto, a pesar que ella ya había
lavado su ropa.
No lo dude mas, y al día siguiente, tome un sujetador y una
tanga, me metí a mi cuarto, me quite la ropa, y me puse a palpar esas prendas y
a masturbarme con ellas en la mano. Me paso por la mente enrollar las prendas en
mi pija, pero el riesgo a ensuciarlas y ser descubierto era altísimo.
En realidad, no duraba mucho masturbándome, por el episodio
de la sala, se habrán dado cuenta que era bastante precoz a la hora de eyacular.
En mi defensa debo decir que tenía muy poca educación sexual, yo no sabía que lo
mejor del sexo era eso, el tener sexo, frotar los cuerpos, mantenerse unido con
otra persona y disfrutar cada minuto de las sensaciones de la piel y las
caricias, los besos... y no un simple orgasmo rápido.
Así que mi "pequeño delito" era especialmente pequeño en la
duración. Terminaba, limpiaba, y dejaba las prendas justo donde las dejaba. Con
algunas (como el conjunto rojo que le vi en la sala), llegaba a quedármela 2 o 3
días, pasándolas por mis manos y mi cara durante la noche.
Esas prendas favoritas, me gustaron lo suficiente para
empezar a arriesgarme a enrollarlas en mi pija, con un pañuelo casi amarrado en
la punta. Me gustaba especialmente enrollarme con sus sostenes, pues tenían mas
tela, y en cuanto me los ponía, bastaban un par de jalones para hacerme
eyacular.
Ahora que miro el pasado, me parece que era bastante patético
lo que hacía, pero debo aceptar que fueron meses felices.
Se acercaba el cumpleaños número 23 de Ana, y aun que no
había razón para que le regalara algo, me sentía obligado a hacerlo, por los
momentos de placer que obtenía a su costa. Camine en algunos centros comerciales
tratando de encontrar algo que se acomodara mi corto presupuesto, pensé en un
anillo, collar, pulsera, quizás un muñeco de felpa, o unos chocolates finos,
hasta que pasé frente a la tienda de lencería. Ese era el regalo perfecto, algo
que la haría feliz a ella... y especialmente a mi.
Sin embargo, no tuve ni que entrar a la tienda para ver la
dura realidad, los precios en él aparador lo decían todo. Nada de eso entraba en
mi presupuesto, hasta el conjunto mas sencillo triplicaba mi capital disponible.
Algo abatido, volví a la casa para entretenerme con la ropa
de Ana, pero mientras abría los cajones se me vino... digo... llego una idea a
mi mente. Revise los cajones bien para confirmar y anote su talla en un papel y
fui corriendo a una tienda de artículos deportivos.
Ana no tenía un traje de baño.
Me dio bastante vergüenza buscar los trajes de baño para
damas, y los empleados se fijaron al momento. De inmediato tenía a mi lado un
muchacho, como de 22 años, algo extrañado por la situación.
- ¿Le ayudo en algo? – dijo en tono amable, pero
serio.
- Si... bueno... – pensé en que iba a decir. La
verdad no sonaba mal – Quiero comprar un traje de baño para mi hermana.
- Bueno... tenemos estos...
Me señalo los que ya había visto. Un poco cohibido con su
presencia, busque alguno que me gustara a mi. Pero tenía miedo de tan solo
remover los modelos y tenía ganas de tomar el que fuera e irme.
- ¿Cómo que buscaba? – volvió a interrumpir el
empleado.
- Pues... algo sexy... usted sabe... un bikini – me
atragantaba el decirlo.
El muchacho sonrió por primera vez, como si comprendiera a
que iba todo eso, busco algo y me lo mostró, un precioso modelo de tiras
cruzadas, pero el precio seguía estando fuera de mis probabilidades. Se lo dije,
y me mostró uno dentro de mi presupuesto, era uno negro, algo pequeño, justo lo
que buscaba. Le di el papel con las medidas que buscaba y sonrió sin creer las
medidas.
- Disculpa amigo – dijo con tono de demasiada
confianza – pero creo que si tu hermana esta un poco gordita, le gustara
mejor un traje completo...
- No esta gorda...
- Bueno... si tu lo dices... – lo pensó un momento -
¿Esta buena tu hermana?
- Pues... – eso era demasiada confianza en la
relación vendedor-comprador – Pues si, creo que sí...
- Hmmm... – fue a buscar en la bodega y volvió en
unos minutos – No hay de esa talla ¿Qué tal si le damos una talla un
poco mas chica?...
- Bueno, sí... ¿por qué no? – Hasta después me di
cuenta del obvio cambio que eso tendría.
- Esta bien... por cierto... sino le queda bien, no
hay cambios, pero si viene ella y habla conmigo, puedo cambiárselo...
pregunta por Javier...
- Bueno....
Recuerdo esa conversación bastante bien, era como si la
atracción que generaba Ana en los hombres, tuviera influencia aun si no la
conocían. El vendedor solo quería ver si podía ligarse a mi hermana, el cabrón.
Compre el modelo, revisando que no fuera excesivamente chico,
solo era una talla en lo ancho y en las copas y me fui contento a mi casa. Tuve
deseos de jugar con el traje antes de regalárselo a Ana, pero note algo por
primera vez... Pensar que ella todavía no lo usaba, no me excitaba nada.
Llego el día de su cumpleaños. Por supuesto, no lo pasó en
casa sino con sus amigos, afuera. No pude entregarle mi regalo hasta el día
siguiente. Era sábado y me presente en su habitación. Ella leía algunos libros
de su carrera.
- ¿Qué pasa Fito? – me pregunto.
- Pues... nada... solo que... – mostré el paquete
envuelto que llevaba oculto en mi espalda – quería darte mi regalo.
Dio un brinco de alegría al ver el paquete y me dio un fuerte
abrazo... El sentir sus pechos debajo de mis hombros me parecía que bien valía
el dinero que pague por el regalo. Un momento después, estaba rompiendo la
envoltura.
- ¡Gracias! – exclamo admirando el traje – ¿Cómo
sabías que no tenía traje de baño?.
- Pues... lo intuí...
- Gracias, juro que te comprare algo grande para
navidad.
- No... no es necesario... solo quería regalarte
algo... digo... no nos conocemos muy bien... pero a fin de cuentas somos
hermanos...
- Si... y tu eres mi hermanito...
Volvió a abrazarme. Lo que había pagado por el traje se
quedaba corto con las ganancias. Se separo de mi, y guardo el traje.
- ¿No te lo vas a probar? – pregunté esperando poder
verla con él.
- Después... estoy estudiando... deja miro la
talla... – la checo – es ligeramente chica, pero me va a quedar bien,
los que tenía los pedía de esta talla...
- Bueno, no había de tu talla en la tienda..
- No te preocupes... no hay... – dudo un momento, y
entonces se dio cuenta – Oye... ¿Cómo sabías cual era mi talla?.
- Este... pues... – Estaba en verdaderos aprietos...
– lo intuí...
Era una respuesta bastante estúpida, pues ya había dicho que
estaba seguro de su talla exacta. Me tomo de la mano y me sentó en su cama.
- Di la verdad, Alfredo – me dijo mirándome a los
ojos con tono muy severo - ¿Hurgaste en mis cajones?
- Pues... – estaba a nada a de echarme a llorar y
confesar todos mis pecados – Pues si... pero... – saque un poco de valor
del baúl de mi mente – Pero era porque quería saber tu talla para
comprarte el traje..
- Y hurgando te diste cuenta de que no tenía traje de
baño, ¿no?.
- Si... digo, No, claro que no... lo intuí... y bueno
– tenía que sacar algo rápido – quería regalarte algo que realmente
necesitaras, no un anillo o unos chocolates, y había oferta en la
tienda... así que revise si tenías traje, al ver que no, copie tu talla
y la lleve a la tienda... perdón...
Me miro fijamente, tratando de averiguar mas, pero sonrió.
- Esta bien, Beto, te creo, pero la próxima vez
pregunta.
- Si lo hacía, no iba a ser sorpresa...
- Hmm... cierto, bueno, entonces regálame otra cosa.
¿bien?.
- Si... lo haré...
- Bueno, gracias de nuevo.
Volvió a abrazarme.
- ¿Sabes? – me dijo al separarnos – Creo que no nos
abrazamos mucho...
- No... creo que no...
- Pues hay que hacerlo mas, ¿eh?. Hasta luego.
Me levante y salí de la habitación, sabiendo que me había
sumergido, pero no me había mojado.
Pasaron unas semanas en que no me atreví a tomar su ropa, me
parecería obvio que ahora que sabía que había entrado, pensaría si no había
entrado a algo mas. Pero después de la tercera semana, volví a correr el riesgo,
pues las ganas me consumían. Si me sorprendía, le diría que creía que mi ropa se
había mezclado con la suya en el cesto. Tome un par de prendas, hice lo mío y
las deje en su lugar. Nada paso.
Me daba cuenta que era bastante cuidadoso, y no temí volver a
mi anterior rutina, ahora con una prenda mas, después del conjunto rojo, el
traje de baño negro era en lo que mas me gustaba rodear mi pija... .
Un mes después, decidí quedarme con el traje un par de días,
para disfrutar el fruto de mi dinero... y ese fue el error.
Miraba la televisión tranquilamente, echado en el sillón un
martes, apenas había tomado el traje el día anterior. Cuando la puerta del
cuarto de Ana se abrió de golpe, pero Ana salió con tranquilidad, y con la misma
tranquilidad se sentó en el sofá. Me miro un instante, luego se levanto, y apago
la televisión. Fue cuando supe que me había descubierto.
La cosa era obvia, al tener tanta ropa interior, ella no
notaba que faltaba alguna prenda en particular cuando tomaba alguna, pero al
tener solo un traje de baño, su falta era evidente.
- ¿Por qué tomaste mi traje de baño? – pregunto
tajantemente apenas se volvió a sentar.
Ya sabía a lo que iba, pero mi mente no pensaba en ninguna
buena excusa, simplemente no había una excusa ni cuento para salir de eso, se me
había descubierto, y no tenía nada que hacer... ¿Tendría que decirle que me
masturbaba con él y con todas sus prendas íntimas?.
- ¿Por qué lo tomaste, Alfredo? – Volvió a preguntar
- Bueno... – me senté y frote mi cara con las manos –
pues... por curiosidad Ana...
- ¿Por Curiosidad?.
- Si... es que... veraz... tenía curiosidad de saber
como era la ropa íntima de una mujer y... ayer tome en traje y me puse a
observarlo... pero entonces llegaste tú y no me dio tiempo de ponerlo en
su lugar.
- Ah... – dijo sin quitar su expresión sería - ¿Y por
qué el traje de baño y no otra prenda?.
- Pues... Como lo compre yo... pensé que tenía algún
derecho sobre él... y...
- ¿No tuviste mucho tiempo después de que lo
compraste para satisfacer tu curiosidad?.
- Si... pero... tu no...
- No lo había usado.
Ana no era nada estúpida. Ya no sabía que decir.
- ¿Te masturbas con mi ropa? – pregunto simple y
brutalmente.
- Si... – conteste casi en un susurro, no tenía nada
que decir mas que la verdad.
En un segundo ella se levanto, me sostuvo la cara con una
mano, y me abofeteo.
- ¡Eres un cabrón desgraciado! – grito con un tono
que jamás le había escuchado – ¿Cómo te atreves cabrón de mierda? ¿Quién
crees que soy? ¿Tu puta?. Saliste igual a tu padre, un escuincle mamón
de mierda, lo que deberias hacer es ir con tu mami a que te de tus
nalgadas y te de tu chocolate para dormir.
Todo fue muy rápido. Me sobé la parte afectada de mi cara, y
en silencio, comencé a llorar.
- Uuuuyyy... mira – me dijo en burla – la niñita de
papi no aguanta el golpe de una mujer.
Me costo trabajo hablar pues se me nublaba la voz por el
llanto, pero hable.
- No lloro por el golpe – le dije sin mirarla.
- ¿No? ¿Entonces porque? ¿Porqué ya no te la vas a
estar jalando con mi ropa?.
- Tu no sabes nada...
Me dio otra bofetada, entro en su cuarto por su bolsa y
salió, no sin antes ponerle llave a su habitación.
Paso una semana en la que ni siquiera nos mirábamos, la
puerta de su cuarto estaba cerrada a todas horas, y aun que hubiera estado sin
llave, no me habría atrevido a entrar en su cuarto y hacer mis cosas. Ni
siquiera toque el traje de baño que aún estaba en mi poder, ella no me lo pidió,
no quería nada mío.
También demoraba mas en llegar a la casa, y en cuanto lo
hacía, apenas comía algo y se encerraba en su cuarto. Mi padre, por supuesto, no
noto nada de eso, el estaba muy ocupado en sus parrandas.
Paso una semana exacta, y me di cuenta que debía hacer algo.
No por sexo ni nada, solo quería estar bien con mi hermana... jamás había tenido
una hermana... o alguien de mi familia en quien confiar... solo mi madre, y ella
estaba ahora muy lejos. Y bueno... tenía a mis amigos, los de verdad, pero...
Ana era mi hermana... mi hermanita...
El Miércoles llego Ana temprano, solo me dijo un "Buenas
Tardes" y se encerró en su habitación. Sabía que era el momento para actuar.
Tenía que hacer las paces de alguna forma. Toque a su puerta.
- ¿Qué quieres pendejo? – me contesto desde el otro
lado.
- Ana... quiero hablar contigo.
- Estoy estudiando, ve a jalártela al baño.
- Ana... en serio... tenemos que hablar.
- No hay nada que hablar, vete, me interrumpes.
- Yo... Tengo que disculparme Ana, perdóname, no debí
hacerlo, fue una estupidez.
- Eso lo debiste pensar antes...
- Ana, solo escúchame 5 minutos.
- Te estoy escuchando
- Por favor, Ana, déjame explicarte el porque lo
hice...
Ya no contesto, me quede parado frente a la puerta, esperando
que se abriese y me diera una oportunidad, pero no paso, di media vuelta y me
encerré en mi cuarto a llorar. Después de un rato me quede dormido.
No recuerdo bien que soñé, pero no debió ser algo importante,
pues lo olvide en cuanto sentí que alguien me sacudía el hombro.
- Alfredo – me dijo Ana mientras me sacudía –
Alfredo, ¿Querías hablar, no?.
Me desperece un poco y me senté. Pasaron unos minutos.
- Bueno... – dijo – Querías decirme porque te
masturbaste con mi ropa, porque supongo que no solo lo hacías con el
traje de baño, y también supongo que esto ya llevaba algún tiempo.
- Si... es verdad... – le dije en tono algo seco,
pues seguía adormilado.
- Bien, te escucho.
Tarde unos minutos mas en despertar por completo y en pensar
que iba a decir.
- Ana... – empecé - ¿Sabes porqué llore aquel día?.
- No...
- Bueno... ¿en serio crees que soy como papá?.
Ana lo pensó un momento, ella se refería a mi padre
simplemente como "Aquel señor".
- No lo sé – contesto al fin.
- Por eso lloraba.
- Pero... es que lo que hiciste me humillo
¿entiendes?, me hizo sentir como una puta. Sucia.
- Ana... ¿Sabes cuantas mujeres me han abrazado en mi
vida?.
- No.
- Mi mamá, mi tía Carmen, y tú.
Se puso cabizbaja, y se acaricio un brazo. Continué.
- Hace unos meses, quizás tu no te acuerdas, saliste
de tu cuarto en ropa interior a recoger un vestido sobre el sofá,
preguntaste sobre tu enchinador... Ana... cuando saliste fue la primera
vez que veía la ropa interior femenina... bueno, también en la
televisión... pero... jamás había visto esa ropa... en vivo...
- Si... me acuerdo de ese día...
- Pues.... demonios, imagínate que paso en mi... Te
vi con esa ropa y no pude pensar en otra cosa, así que después me metí a
tu habitación a buscarla... Perdón Ana, es solo que... bueno... no
importa...
Paso un momento silencioso en extremo.
- Creo que entiendo – dijo Ana.
- Mira, papá me tiene en una escuela para hombres, no
puedo ver, ni oír, ni aprender nada que a él no le parezca, tú no lo
sabes, porque no lo hace contigo, pero cuando yo salgo los domingos,
papá se mete a mi cuarto a esculcar mis cosas, y ver que no tenga nada
que a él no le agradé. Y no estoy hablando de pornografía o algo así, si
lo encontrara, me correría de la casa.
- ¿De qué hablas?.
- Hace 2 años, compre un libro, un libro sencillo de
ciencia ficción, a mi me pareció lo mas normal del mundo, pero en cuanto
papá se dio cuenta, lo rompió frente a mi y me lo aventó a la cara. Me
dijo "Esos libros son pura mierda escrita por personas sin talento, no
gastes tu tiempo ni mi dinero en esa basura".
- Espera – la idea la empezó a asustar - ¿Significa
que también se mete a mi habitación?.
- No... no te preocupes, solo yo tengo esa carga...
no se atreve, sabe que volverías con tu madre si lo descubrieras...
mientras que yo... estoy atado a él... además... él te quiere mas que a
mi...
Ana le medito un momento, y pude notar que me comprendía, y
se daba cuenta que yo odiaba tanto a nuestro padre como ella.
- ¿Sabes? – dijo al fin – Creo que ya entiendo porque
lo hiciste. Si él señor aquel supiera que tienes una novia sin su
consentimiento, te mataría, y... yo soy lo mas cercano a una novia para
ti.
- Pues... sí...
- Mira... – y sonrió por primera vez en una semana –
No volvamos a hablar sobre esto, ¿ok?, no se lo diré a tu papá ni nada,
aun que lo había pensado, te soy sincera. Solo no vuelvas a tocar mi
ropa ¿Esta bien?.
- Si, me parece bien... discúlpame...
- Te disculpo... supongo que fue natural que hicieras
eso... pero no lo vuelvas a hacer, ¿esta claro?.
- Si, te lo prometo.
Se levanto y se enfilo a la salida, pero antes de cruzar la
puerta la detuve.
- Oye... ¿no quieres tu traje de baño? Aun lo tengo.
- Si... claro... es mi regalo de cumpleaños ¿no? – y
me sonrió.
Lo saque de mi cajón y se lo entregue, nos miramos un
momento, me sonrió de nuevo y acaricio mi mejilla.
- Todo va a salir bien, Alfredo – me dijo con
dulzura.
- Sí... lo sé... al menos tengo esperanzas en ello.
- Yo estoy segura.
Y se marcho.
Las cosas volvieron a la normalidad. Logre hacer las pases
con ella, sin confesarle que era ella, y no su ropa, lo que me volvía loco.
Perdí su ropa y el placer que me daba, pero al menos estábamos en paz y me había
perdonado, quizás no lo olvidaría pero no lo recordaría con furia y
resentimiento.
Solo que a partir de entonces estábamos ligeramente mas
unidos, hablábamos mas, y ella ya no me trataba como un niño, solo como un
puberto cualquiera. Yo seguía pensando en ella y seguía masturbándome pensando
en ella, pero ya ni siquiera pensé en tomar su ropa o en espiarla, simplemente
viviría mi vida como antes.
Pasaron mas meses, noviembre, diciembre, navidad, enero...
Recuerdo que por las fiestas me regalo un conjunto de ropa, nada mal y se me
veía bien... debió pensarlo mucho, pues no sabía que le podría gustar a mi
padre, pero el que se hubiera acordado de mi me bastaba, yo le regale finalmente
unos chocolates.
En esos meses entrene mi cuerpo, aprovechando la facilidad
que me daba la edad, mientras mis músculos crecían, también mis genitales y el
tamaño de mis corridas. Me sentía bastante satisfecho con mi apariencia a mi
edad, solo echaba en falta poder compartir mi cuerpo con alguien... Y solo el
pensamiento y la presencia de Ana me consolaba. También aprendí mas a contener
mi orgasmo, y a disfrutar del acto de masturbarme, no solo buscar la eyaculación
rápida.
Una tarde fresca de enero Ana llego temprano de la escuela
para descansar, todavía no entraba en los semestres difíciles de su carrera para
quitarle todo su tiempo, pero aquel día decidió volver a la casa y pasar el día
conmigo, en lugar de su nuevo novio o sus amigos.
- Oye Fito... – me dijo mientras mirábamos televisión
en la sala - ¿Podemos hablar?
- Si, claro – conteste mirando la televisión, pensé
que me iba a hablar sobre su novio o algo similar.
- Estaba pensando... sobre lo de hace unos meses...
tu sabes... lo de mi ropa.
Fruncí el seño.
- Pensé que lo olvidaríamos – dije secamente.
- No te preocupes – dijo sonriendo – no es para
recriminarte ni nada, solo me entraron algunas dudas...
- Pues bueno... lo hacía... eso es todo...
- Vamos, solo contéstame algunas preguntas sobre eso,
¿ok?, me lo debes.
- Bueno... esta bien...
- Bien... solo dime ¿cómo te masturbabas?... no me
refiero a como lo haces, sino, que hacias con mi ropa..
- Pues... la tenía en mis manos y pues... lo hacia...
- ¿Nada mas?.
- Pues sí... nada mas...
- Se franco, Fito, no te voy a gritar ni nada, solo
que... nunca me había pasado algo similar.
- Las tenía en mis manos... a veces me las ponía en
la cara... eso es todo.
- ¿Nunca te las pusiste?.
- NO, para nada...
- Bien, no quiero descubrirte ciertas tendencias – se
río, sin saber que yo no sabía de que hablaba – Pero... ¿nunca te lo
acercabas... ahí?.
- Este...
- No te preocupes, no me enojo.
- Pues... enrollaba las prendas en mi pene... – dije
con toda la vergüenza imaginable. No sabía ni porque le decía eso... Tal
vez por que ella parecía siempre saber cuando mentía.
- Ah... y nunca... pues... ¿nunca acabaste sobre mi
ropa?...
- No entiendo...
- Tu sabes... no le echabas tu semen a mi ropa.
- ¡No! Jamás... ni se me ocurría, tenía miedo de que
si las ensuciaba me descubrirías...
- Ya veo... ¿pero nunca te dieron ganas de hacerlo?.
- No, para nada...
- ¿Qué te gustaba mas de mi ropa?.
- Pues... las tangas me gustaba tenerlas en las
manos... y me... bueno... me enrollaba tus sostenes..
Ella se rió.
- Ay, Fito, Fito, Fito... – dijo entre sonrisas
- Bueno... ¿y para qué quieres saber?.
- Pura curiosidad..
- No sé en que te puede servir saber eso...
- Es que... esto... ¿Te masturbarías de nuevo con mi
ropa?.
- No, claro que no, me dejaste muy en claro que lo
olvidara.
- Digo... si te diera permiso... ¿lo harías de
nuevo?.
- Pues...
No lograba entender lo que me proponía, no podría creer que
unos meses antes casi me matara por lo que había hecho y que ahora me estuviera
ofreciendo su ropa para mis actividades... ¿o es que me estaba probando?.
- ¿Por qué quieres saber? – le pregunte antes de
comprometerme...
- Hmmm... Te dire... Fito, he estado pensando estos
meses sobre tu situación, comprendo que no es fácil para ti conocer a
otras mujeres de tu edad y que... estas en una edad donde quisieras
cuando menos estar a lado de una novia o algo así... sé que no puedes
tener algo que te... pues... te desahogue sin que tu padre lo sepa... y
bueno... no puedo ayudarte en nada... Así que pensé luego... ¿Qué tan
malo es dejar a mi hermano que juegue con mi ropa un poco?. Si no la
rompe ni la maltrata... y si la lava si es que la ensucia... pues...
Me levante y me arrodille a su lado lleno de emoción.
- ¿¡lo permitirías, Ana?!
- Pues... si... creo que te puedo ayudar cuando menos
con eso...
Una explosión de felicidad salió de mi corazón.
- ¡Gracias Ana! ¡Gracias! MUCHAS GRACIAS... – casi
brincaba de la alegría.
- Ya, ya cálmate – me decía sonriendo – no es para
tanto, solo es ropa.
- Es que.. significa mucho para mi, es... es
genial...
- Me alegro que te haga feliz...
Me tomo de las manos, y me dio un beso en la frente.
- Ahora prende la televisión, que ya empiezan los
programas buenos...
Lo hice, y vimos la televisión tranquilamente sin volver a
hablar sobre el asunto, pero yo me preguntaba el porque del cambio de mi
hermana... y por supuesto, cuándo tendría acceso a su ropa.
Ya en la noche, antes de que llegara mi padre, (que en
promedio era después de las 10 cuando menos, pero lo regular era hasta las 12),
me encontraba en mi cuarto, acostado en mi cama haciendo la tarea, cuando Ana
toco a la puerta.
- Pasa, pasa – le dije.
- Oye Fito... ¿Qué haces?.- me dijo, llevaba ya su
pijama puesta.
- Repaso unos apuntes... nada importante, ya iba a
dormir...
- Ah.. Oye... estaba pensando sobre lo que hablamos
en la tarde...
- Ah... – me entro la desilusión – No habrás cambiado
de opinión... ¿verdad?.
- Pues... si... la verdad es que ya me arrepentí..
- Oh... – no pude decir nada, tampoco podía repelar –
si tu lo dices...
- Bueno, no es tanto que ya haya tomado la decisión,
solo quiero... pues... ver como lo haces.
Abrí los ojos y sentí que me desmayaba.
- Solo quiero ver como lo haces.. y que... bueno...
manches mi ropa... para ver como queda.
Me quede callado e inmóvil, sinceramente jamás se me paso por
la mente correrme sobre su ropa, ¿por qué insistía tanto ella en eso?. Y...
tener que hacerlo frente a ella...
- Si no quieres.. pues no.. – me dijo.
- Es que... – por fin pude articular algo – Es que me
da pena.
- No te preocupes... es solo un poco de curiosidad...
como te dije, nadie jamás lo ha hecho y me da algo de morbo. Vamos...
acepta... creo que te va a gustar... – sonrió...
- Pues... – mi mente tenía dudas, pero mi entrepierna
no, como tambien tenía la delgada tela de la pijama, ella noto mi
erección.
- Anda... se ve que tienes ganas – me señalo – toma.
Me dio un conjunto negro, no de los mas bonitos pero era
suficiente, ya no lo dude mas. Con pena, pero con muchas ganas me baje los
pantalones, mire a mi hermana que asintió con la cabeza y me baje el boxer. Mi
pene ya estaba durísimo, mi glande se mostraba grande, jugoso y mas rojo que
nunca, con abundante líquido saliendo por el orificio, mire a mi hermana, que
miraba muy atentamente mi aparato. Me sentí orgulloso.
- ¿Te gusta? – le dije muy galantemente.
- Si... digo... esta bien... – sonrió por lo que se
le escapo.
- Bueno... ¿ahora qué?.
- Pues... has lo de siempre... lo que hacías con mi
ropa.
Desenrolle la ropa, y con cuidado enrolle el sujetador a mi
miembro, me di cuenta que tenía algo menos de espacio, pues me había crecido la
polla en esos meses, y también enrolle su tanga, pero como dije, con cuidado,
sentía que me correría en cualquier momento.
- Y bien... ¿no vas a.... tus sabes? – hizo el
movimiento con la mano.
- Es que... me voy a correr muy rápido...
- Pues de eso se trata ¿no?.
Con esas palabras sentí la pincha a punto de reventar, mire a
mis pantalones en busca de pañuelos.
- Correte sobre mis prendas – me dijo al notar mi
mirada
¿Por qué insistía en eso?. No lo sabía, pero al oírla como me
lo ordenaba, por primera vez me dio gusto el hacerlo, tanto, que apenas tuve
tiempo de mover las prendas para recibir mi lecherada, que fue acompañada del
mas sublime de los orgasmos. No se cuanto duro, pero sé que mi hermana no apartó
la vista de mi pito ni un segundo.
Al terminar solo pude sonreír.
- ¿Estuvo bueno? – me pregunto con picardía.
- Buenísimo... – dije entre suspiros.
- A ver... dame mi ropa...
Extendió la mano, y se las di, sin pensar que estaban
totalmente empapadas.
- ¡Dios mio! – exclamo – están totalmente perdidas.
- Perdón...
- No te preocupes... yo te di permiso... ¿verdad que
se siente mejor corriéndote sobre la ropa que solo tenerlas en la mano?.
- Si...
- Bueno.... ya sabes... la próxima vez que quieras...
solo pregunta... ¿ok?...
- Esta bien... y gracias...
- No hay problema – sonrió – este será nuestro
secreto.
Dio media vuelta y salió. Aun recuerdo lo bien que dormí esa
noche.
Durante varias semanas, Ana me dejo masturbarme con su ropa.
Yo no comprendía en lo absoluto su cambio de actitud, pero lo disfrutaba. Ella
llegaba en la noche, pero en cuanto lo hacía se quitaba la ropa interior que
trajera ese día, y entrábamos a mi cuarto para que hiciera lo mío, aun que esto
no pasaba todos los días, entendía que días llegaba con buen humor y cuales no,
o que días llegaba muy cansada. Sin embargo, no entendía su insistencia de verme
siempre hacerlo, aun que yo lo agradecía, la miraba a los ojos mientras me
masturbaba, pero ella no lo hacía, no hacía mas que mirar a mi entrepierna.
En el resto del día, nuestra relación se mantenía como si
nada, pero en cuanto decía "Oye... ¿podríamos..." ella entraba a su cuarto a
quitarse la ropa interior.
Aun que no me molestaba, y me parecía que era lo mas lejos
que podría y querría llegar, me apenaba pensar que estaba confundido por ese
cambio. Entendía sus razones, que era lo mas cercano a una novia que podría
tener, pero aún así había algo que no me gustaba del todo.
La confronte un día que llego temprano, y cenaba
tranquilamente en la cocina.
- Oya Ana... – le dije después de saludarla – quería
hablar contigo...
- ¿Hablar? Pensé que venías por mi ropa – dijo
sonriendo, sostenía una tasa de té.
- No... quería hablar de eso...
- ¿Si? ¿Qué pasa? ¿Acaso ya no quieres hacerlo?
- No es eso... es solo que me preguntaba.. pues...
¿por qué eres tan buena con migo?. Digo... comprendo que puede ser
molesto estar lavando y lavando tu ropa por mi culpa y... tú no estas
obligada a nada... Creo que... estoy abusando de tu bondad.
Me miro algo extrañada. Tomo un sorbo de su té, pero no dijo
nada.
- No creas que te estoy reprochando o algo así... –
le dije, sin saber que mas decir – es solo que... bueno... no tienes que
hacer todo esto, si no te gusta o crees que estas haciendo un
sacrificio, sería mejor que no continuáramos... a veces me siento
extraño, contigo mirándome mientras me pajeo...
- ¿No quieres que te mire mientras lo haces?.
- No es eso... me gusta... no se porque... las
primeras veces me daba mucha pena, pero después me ex... bueno... si, me
excitaba que me vieras... Pero te digo, no tienes que hacerlo.
- Me gusta hacerlo – dijo tajantemente.
Me quede sorprendido, pues no esperaba esa respuesta, aun que
de hecho, no esperaba nada, ni siquiera sabía que estaba diciendo ni porque,
casi le proponía que interrumpiéramos lo único sexual de mi vida... Y ahora me
decía que lo hacía porque le gustaba...
- ¿En serio? – le dije sin poder creerlo.
- Pues... sí... no se porque... – guardamos un
momento de silencio, pero prosiguió – Cuando supe que te masturbabas con
mi ropa, lo primero que tuve fue ira, no podía creer que entrabas a mi
cuarto como un ladrón, para satisfacerte... y eso me enfureció. Pero...
– miro hacia abajo, con pena – después que me explicaste tu situación...
y lo que hace tu padre contigo... no pude culparte... entendí que no
tenías otra opción... es decir, yo también tuve 13 años y se que dan
ganas... pero claro, yo tenía mis novios y... me la pasaba bien... pero
tú... Si tu padre se entera que tienes una novia... y ni puedes tener
revistas o videos que son casi algo obligado en el cuarto de un
adolescente...
- Pero no tienes que hacerlo, Ana – le dije pues veía
que no contestaba mi pregunta – en serio que no... siento que te tengo
como una muñequita que me da su ropa...
- Espera, todavía no termino... – tomo otro sorbo y
continuo – Lo supe, pero aparte de apoyarte, no sabía que hacer...
entonces pensé en darte mi ropa... pero por varios meses me negué porque
no me gustaba la idea... pero hace unos meses, con mi novio después
de... – dudo un momento en confesarme algo tan personal – bueno...
digamos que después de que paso algo con mi novio, me dio morbo pensar
que a los chicos les gusta correrse en la ropa interior de una mujer...
al menos a algunos... así que... desde entonces tome la decisión de
darte mi ropa... y ver como lo hacías... me gusto y... eso es todo...
Estaba mas que impresionado, sin mencionar excitado. Ahora ya
no tenía dudas ni molestias. Mi silencio se lo dijo todo.
- Apuesto que ya se te paro, ¿verdad? – me dijo
guiñándome.
- Si.. – dije sin pena.
- Bueno vamos arriba.
Como era la rutina, entramos a mi cuarto, pero ella salió
indicándome que esta vez me quitara toda la ropa. Así lo hice, y estaba ya listo
para una gozada sentado en mi cama, como siempre.
Pero la gozada fue mejor de lo que imaginé.
Ana entro solo con su ropa interior puesta, el conjunto rojo
que tanto me gustaba y con la que empezó mi fetiche con la ropa femenina.... con
los mismos zapatos rojos de tacón alto.
- ¿Te gusta? – me dijo sonriéndome, con el cabello
levantado, con su busto levantado, su abdomen plano, su pubis que
parecía exhalar fuego y sus piernas gruesas, se veía como una diosa
griega.
Yo no pude decir nada, me sentía correr con solo verla.
- Anda... – me indico – haz lo que tanto te gusta...
no seré una revista para caballeros, pero sí algo mejor.
Con la boca abierta y sin mover mi vista ni un momento de su
hermoso pubis, cubierto por la hermosa tanga con encajes. Instintivamente lleve
mi mano a mi aparato que vomitaba fluido transparente muy caliente. Lo hice
lentamente, aprovechando cada segunda al máximo.
Ella, por su parte, se agacho sonriéndome para tener mi
atención, y junto sus pechos con los brazos, con las manos en las rodillas,
ahora mi vista no se apartaría de ahí. Movió los brazos un poco y sus pechos se
contonearon con ellos, después de un momento, se dio la vuelta y agachándose de
nuevo, me mostró sus firmes nalgas, separándolas con las manos para que viera el
resto de su ropa interior bien metido entre ellas. Las agito un poco, se volteó
y se hincó frente a mi. Avanzo un poco hasta estar justo entre mis piernas, yo
no entendía bien que pasaba, y el movimiento de mi mano se hacía mas lento, pues
ya me sentía explotar. Después se agacho mas, sacando las nalgas, y dejando su
rostro a la altura de mi verga.
- ¿Ya te vas a correr? – dijo sin quitar su sonrisa.
Moví afirmativamente la cabeza, seguía con la boca abierta.
- Entonces... apunta aquí... – y abrió la suya.
Yo no lo entendía, no sabía que quería, ¿quería que eyaculara
en su boca?. No sabía que ganaría.
Al ver que no me movía para nada, ella puso su mano sobre la
mía y empujo mi miembro hacia abajo. Al saber que en realidad quería que le
eyaculara en la boca, por alguna razón detono mi orgasmo, apenas note lo cerca
que estaba su mano y su boca de mi miembro.
Nos miramos a los ojos mientras ocurría y su boca se llenaba
poco a poco de mi leche. Cuando termino, me limpio el pene con la sábana de mi
cama. Yo aún no escapaba de mis sensaciones, y no sabía lo que ocurría. Ella,
teniendo el control total sobre la situación, cerro los ojos, se levanto y me
cerro la boca antes de que los huevos de mosca empezaran a eclosionar.
- ¿Estuvo bueno, no? – dijo – Ahora a dormir...
Me empujo sobre mi cama y me puso las cobijas encima. Salió
de mi habitación sin decir nada mas.
Perdí la noción del tiempo, yo estaba fuera de mi cuerpo
desde que ella entro a la habitación, me había mostrado sus curvas, y se había
arrodillado frente a mi... en cuanto pensé en lo último, me quede dormido.
En las siguientes dos semanas, evite a Ana en todo momento.
Salía mas tiempo con mis amigos, a pesar del riesgo que tenía con mi padre por
hacerlo. Me pasaba las horas en el cine y estudiando en casa de ellos. Me
mantenía callado y parecía un zombi. Por supuesto ellos lo notaron, así como sus
madres, pero cuando preguntaban algo yo respondía "No... no me pasa nada... es
solo un problema pequeño que tengo en la casa". Mis amigos insistían, pues
sabían que algo no estaba bien conmigo, pero yo me negaba a darles
explicaciones, respondía siempre lo mismo y jamás detallaba sobre de que
problema se trataba.
Le tenía miedo a Ana... no sabía de lo que era capaz...
Esperen, miento, no le tenía miedo a Ana, le tenía miedo a mi padre, de que
descubriera lo que hacíamos... no... tampoco era eso... le tenía miedo a ser
feliz... me había pasado lo mas maravilloso en mi vida, y me sentía feliz, y
tenía miedo de que Ana o mi padre le pusieran fin a esa felicidad. Era felíz
porque Ana "jugaba" conmigo... y porque le gustaba jugar conmigo...
Supe esto de mi mucho después, ahora, cuando lo escribo. Pero
en ese entonces me daba miedo encontrarme a Ana, y escucharle decir... "Ya no lo
haremos mas".
Sin embargo, ya empezaba a ser una carga para mis amigos, no
entendía porque estaba así y no podían divertirse si yo casi desesperadamente
los acompañaba a cualquier lado, con mi cara muerta. No tuve mas remedio que
volver a casa temprano un día, casi temblando del miedo de encontrarme a Ana.
Pero ese día no llego temprano, pasaron las horas, seis,
siete, ocho de la noche, y no llegaba, me sentía algo aliviado. Como a las nueve
me dispuse a dormir, para evadir cualquier contacto con ella. Pero no pude
dormir, estaba nervioso.
Dieron las diez, las once... nadie llegaba, finalmente me
tranquilice y me dormi.
Cuando desperté, ahí estaba Ana, en la silla de mi
escritorio, viéndome dormir.
- ¿Te desperté? – pregunto en cuanto me noto un poco
lúcido.
- No... solo me desperté... es todo...
Nos mantuvimos callados un momento.
- ¿Qué día es hoy? – pregunté
- Es sábado – contesto de forma sencilla.
- ¿Y papá?.
- Se fue hace media hora, tenía que atender no sé que
cosa.
- Ah...
Estuvimos callados.
- ¿Por qué me huyes, Fito? – pregunto llanamente.
- No te huyo... – dije dándome la vuelta para no
verla. Tenía su pijama de tela delgada.
- Oye... discúlpame si lo del otro día fue muy
fuerte... pensé que te gustaría...
- Si me gusto...
- No tienes que contestar que sí, solo para sentirte
hombre, si no te gusto no hay problema.
- Si me gusto... ya te dije – fui algo brusco.
- Pero... Bueno, disculpa.
La escuche levantarse y marcharse. Las ideas me daban vuelta,
y no sabía que hacer. ¿Quería que se repitiese? Fue algo muy grato, sin duda,
pero tenía miedo, y entonces no sabía de qué. Pero tome una decisión, me levante
y me fui a la cocina, ahí estaba Ana tomando un café.
- Buenos días – me dijo con algo parecido a la pena.
- Buenos días – le respondí, pero le sonreí.
Ella noto mi sonrisa y me la devolvió. Pero no se atrevió a
decir nada. Tome mi desayuno y comencé a comer. Me daba cuenta que cada segundo
que dejaba pasar, Ana se alejaba mas y mas... Tenía que enfrentar el miedo que
desconocía.
- Estuvo muy bueno... – dije de pronto.
- ¿Eh? – estaba distraída en sus ideas – Ah, gracias,
lo prepare hace unos momentos pero no sabía si vendr...
- No hablo del desayuno – la interrumpí.
Ella se rió de forma maravillosa.
- Pensé que no querías hablar de eso... – dijo
después.
- No es eso... es que.. no sé.. tenía miedo...
- ¿De que se repitiera?
- No... de otra cosa... no sé...
Acepto mi respuesta sin sentido.
- Apuesto a que no sabías que te podías correr en las
bocas de las chicas – me dijo ya con el tono usual coqueto.
- No... en lo absoluto... ¿no te pasa nada?.
- En lo mas mínimo.
- ¿Y les gusta a las chicas?.
Se rió.
- Mira, no te voy a mentir. No a todas las chicas les
gusta el semen en sus bocas, algunas sí, otras no.
- Y tu eres de las que sí – le dije con malicia.
- Bueno... sí... no es que solo busque eso, pero de
vez en cuando confieso que se me antoja.
- Gracias, Ana, fue genial.
- No hay de qué, sé que todos los hombres lo adoran –
se rió como si supiera todo sobre los hombres - ¿qué sentiste?.
- Pues.. no sé, en cuanto me dijiste que lo hiciera,
sentí un gran placer... no sé... supongo que porque era muy guarro.
- De eso se trata... jaja.. ¿tienes ganas de
repetirlo?.
- ¿Ahora? SI
- Bueno, no ahora, tengo una cita con mis amigas.
Pero después.
- Claro, fue genial.
- Esta bien, pero luego, ¿esta bien?.
- Bueno...
El resto de ese día, siguió su rumbo normal. Sin embargo, yo
aun tenía miedo, esta vez, de lo que sentía, por lo que por algunas semanas no
me atreví a hacerle ninguna insinuación a Ana, y todo marcho con la rutina
normal.
Un sábado de nuevo, volví a despertar con ella en mi
habitación.
- ¿Ya despertaste flojo? – me dijo sonriendo, con el
mismo atuendo que la vez anterior.
- Si, si, si, si... – le dije sin ganas, pues aun
estaba adormilado.
- Anda, levántate ya – fue cuando me di cuenta de lo
preciosa que estaba, no solo por la ropa interior, ni por sus curvas,
parecía haberse maquillado un poco y haberse pintado los labios.
- Eh... ahorita bajo a desayunar... – le dije
mientras empezaba a tener una erección.
- Bueno.. – me dijo sonriéndome y subiéndose mi cama
– si quieres no te levantes.
Se puso a cuatro, sobre mi, me tenía completamente controlado
y a su disposición. No sabía que pensar, y por un tiempo, pensé que seguía
soñando. Mi vista se entretuvo con sus pechos, apretados en el sujetador. Ella
sonrió al notarlo.
- ¿Eres de los niños a los que les gustan los pechos,
verdad?.
- Eh... – me saco de mis sueños – NO... digo... si...
digo...
- No tiene nada de malo... – paso una de sus manos
por mi cabello – Si quieres dales un beso.
Cada vez me sorprendía mas por aquello, y cada vez creía mas
que se trataba de un sueño.
Delicadamente ella acerco su busto a mi cara. "Aquí..." me
dijo señalándome la parte descubierta de sus pechos. Tímidamente acerque mi
boca, y cerrando los ojos, le di un prolongado beso a su pecho izquierdo,
saboreando la piel, sintiendo su tersura, su blandes y su sensualidad, hice lo
mismo con su pecho derecho.
- ¿Te gusto? – me pregunto pícaramente cuando me hubo
separado.
- Mucho...
Sonrió y se incorporo, y se arrodillo a mi lado, sobre la
cama, poniendo sus nalgas a unos centímetros de mi cara.
- ¿Le has tocado las nalgas a alguna chica? –
preguntó.
- No... nunca...
- ¿Ni siquiera por accidente? ¿O en el camión o en el
metro?.
- No... jamás...
- ¿Y a un chico?
Ese comentario me hizo reír, y finalmente comprendí que no
era un sueño. Me comporte mas natural.
- No, ni lo pensaría – dije entre sonrisas.
- Deberías intentarlo, te va a gustar.
Y metiendo sus manos debajo de mí, me apretó el culo, me dejo
tan sorprendido que di un brinco, removiéndome las sábanas, y dejando mi boxer
al descubierto, con la obvia erección. Ella sonrió y lo ignoro por un momento.
- Anda... puedes tocarme... si quieres...
Sin poder creerlo, moví muy lentamente mi mano a su cuerpo,
pero por la emoción, temblaba demasiado, finalmente ella tomo mi mano y la posó
en sus glúteos sonriendo. Ahora mi mano ya no tenía timidez, palpe con algo de
fuerza, pero cuidado de no poner demasiada, sus glúteos, sus muslos, sintiendo
la suavidad y la firmeza en todos y cada uno de sus músculos, acercando un poco
mi mano a su tanga. "ahí..." me dijo, cuando pase la mano entre sus piernas, y
empecé a frotar durante un tiempo, ella cerraba los ojos y gemía dulcemente,
mientras aceleraba el movimiento de mi mano en esa zona, subiendo un poco, hasta
que ella soto un suspiro, y un momento después, movíó mi mano de nuevo a sus
nalgas.
- Atrévete... – me dijo con una cara sonrojada que no
me pude explicar – sigue acariciándome... que también me gusta.
Seguí sus ordenes y me deleite aun mas con su carne. Pero
ella ya había puesto sus ojos en mi erección. Con cuidado, y sin preguntarme me
quito los boxers, dejando al aire libre mi erección.
- ¿Quieres correrte? – me pregunto melosa
- ¡SI! – conteste llevando mi mano libre a mis
partes, pero ella me detuvo.
- ¿Quieres que te la casque yo?
No tuvo que esperar su respuesta, con delicadeza poso su
palma sobre mi miembro que descansaba sobre mi abdomen, el simple contacto con
su mano me dio un verdadero choque eléctrico, pero por alguna razón no me corrí.
Restregó su mano izquierda sobre mi miembro, haciendome ver estrellas, sin darme
cuenta le apretaba mas fuerte su culo, pero ella no protesto. Se dio un poco la
vuelta, para facilitarle el acceso a mi polla, dejándome un poco alejada su
nalga derecha de mi mano, pero no me importo.
Ya cómoda, enrollo sus dos manos sobre mi polla, y comenzó a
hacerme una lenta, pausada y deliciosa paja. Mis sentimiento estaban
confundidos, no entendía a donde pararía todo eso, tampoco porque lo hacía Ana.
Pero lo que mas me perturbaba, era que ya no quería correrme, quería sentir sus
manos sobre mi, quería sentir sus cuerpo en mis manos, no quería que eso
terminara nunca. Pero verla ahí, tan terriblemente sensual, empeñada en la paja,
con mi pene apuntando a mi cara, no pude resistir... y termino.
Acompañado con un potentísimo orgasmo que me hizo
literalmente temblar, mi semen se desparramo sobre mi pecho y abdomen... y sobre
las manos de Ana, que no detuvo su deliciosa atención hasta que logre calmarme
un poco, unos minutos después.
Y entonces, después de retirar sus manos de mi sexo, se
desabrocho su sostén, y lo uso para limpiarme. No podría creerlo, aun con todo
lo que ocurría, todo se ponía aun mejor, finalmente veía sus pechos, los pechos
de una mujer hermosa y joven. Grandes, gorditos, morenos, con un pezón oscuro y
pequeño en su centro.
El poco tiempo que Ana tardo en limpiarme y que yo use para
mirarla, me parecieron horas y días, cuando volví en mi, Ana ya había terminado,
y se había vuelto hacía mi, dejándome contemplar la perfección de sus curvas aun
mas.
- ¿Ya vez? – me dijo – eres de los que prefieren las
tetas a cualquier otra cosa.
Sonreí algo apenado, sin saber que decir. Pero ella, como
unos minutos antes, acerco su busto a mi cara, y dijo "Aquí..." señalando sus
pezones.
Sin saber ni porque lo hacía, pero haciéndolo, sabiendo
perfectamente en el fondo de mi que hacer, le di un beso a su pezón derecho, y
no me detuve, empecé a chuparlo, con ansia, esperando que algo se desprendiera
de ahí. Ella tuvo que separarse para que le diera la misma atención a su
compañera.
Cuando terminé, me dio un beso en la mejilla y me dijo:
- Solo recuerda, Alfredo, que todo lo que se diga y
se haga en tu habitación, se queda en tu habitación, nada sale, y cuando
salga, haremos como si nunca hubiera pasado. ¿Esta bien?.
Asentí sin comprenderla, pues todos mis sentidos estaban
ofuscados y sin hacer correctamente sus funciones. Ella tomo su ropa y salió.
Baje a desayunar unos minutos después, y la encontré mas
vestidita comiendo. En la plática quise tocar el tema de lo que había ocurrido,
pero ella lo cambiaba bruscamente, solo dijo "Lo que se hace en tu
habitación..." y comprendí perfectamente desde entonces.
Pasaron las semanas y algunos meses, y mi relación con Ana
continuaba igual que cuando me tocaba con su ropa, solo que ahora, no servía de
nada que yo digiera "Oye... ¿Podríamos..." porque ella cambiaba la conversación
al instante. Ella era la que entraba en mi habitación, a una hora que ella
suponía que era la correcta, con algún conjunto sexy de ropa interior, de vez en
cuando me dejaba tocarle el culo. Pero la hora de mi corrida era fantástica,
pues ella misma me hacía los movimientos finales, para echar mi corrida en su
boca.
La situación no podría ser mejor cuando ella comenzó a tomar
la costumbre de pasear en ropa interior en los días calurosos. Yo, teniendo
miedo al principio, comencé a tocarme sobre la ropa mientras la veía descansar
en el sillón, o simplemente caminar por ahí. Pero ella no parecía prestarme
atención. Llegue incluso a bajarme los pantalones y a cascarmela al aire libre,
pero ella seguía como si nada.
Todos los sábados me despertaba con la esperanza de vela de
nuevo en mi habitación, que me pidiera de nuevo que le chupara los pechos. Y
sobre todo, deseaba poder hacerle el amor. Pero eso no ocurría.
Y eso era algo que no me quedaba muy en claro. Creía que ella
lo hacía para darme un poquito de felicidad en mi gris vida, pero entonces no
comprendía porque no llegábamos a... pues... a mas.
Un sábado en la tarde, mientras estudiaba sobre mi cama, Ana
entro en mi cuarto, luciendo el traje de baño que le regale el día de su
cumpleaños.
Lo que debía seguir era la rutina, yo me quitaría mi ropa,
ella haría unos movimientos, y terminaría corriéndome en su boca. Pero esta vez
quería hacer algunas preguntas.
- Hola flojo – me dijo al entrar - ¿tienes ganas?.
- No Ana... – conteste un poco frío.
- ¿No? Bueno... quizás mas tarde...
Enfilo a la puerta, pero tomándola del brazo y sentándola en
la silla frente a la cama la detuve.
- Quería hablar esta vez... – le dije.
- Ah... supongo que sobre lo que hacemos ¿no?.
- Pues sí... parece ser el único lugar donde
podemos...
- Mira Fito, quiero mantener la discreción sobre
esto, por eso me parece que solo hablemos de esto en tu cuarto, lejos de
papá y de cualquier otro, ¿Esta bien?.
- Si, lo comprendo, pero no quería hablarte solo de
eso.
- ¿Entonces?
- Mira... yo te agradezco mucho lo que haces... es
para mi.. pues lo único sexual que puedo hacer, ¿entiendes?.
- Por supuesto, por eso lo hago, y antes que lo
digas, a mi también me gusta, Fito, no creas que estas abusando ni
nada...
- Entonces... ¿por qué no hacemos algo mas?.
- ¿Cómo que? ¿quieres que te la mame?
No entendí muy bien la palabra, y mi expresión se lo dijo.
- Tu sabes... – me dijo cruzando las piernas y
adoptando un aire de control – Sexo Oral.
- No te entiendo...
- ¿Pues no sabes que es el sexo oral?... bueno...
supongo que no... mira, sexo oral es cuando una chica se mete el pene
del chico en la boca o cuando el chico... digamos que mete su lengua en
la vagina de la chica...
- Ah... jamás lo habría pensado... como que es algo
asqueroso...
- Pero si vieras lo bien que se siente – y se rió.
- Bueno... no esta tan mal... – me empezó a gustar la
idea.
- Pero... espera – parecía confundida - ... entonces,
¿a que te refieres con que "hagamos algo mas"?.
- Pues... a... hacer el amor...
La proposición no la asusto ni la sorprendió, pero se recostó
en la silla y guardo un silencio. No tengo idea de lo que paso por su mente.
- Alfredo... – dijo al fin – Somos hermanos... tal
vez no hermanos convencionales, pero somos hermanos... Lo que he hecho
hasta ahora no ha tenido nada de malo, pero lo que tu propones... no
puede ser...
- ¿Por qué no? – pregunte con mas aire de curiosidad
que de protesta.
- Pues porque los hermanos no deben hacer eso... no
es... natural... ni psicológicamente sano... Espero que me entiendas...
- Pues no mucho... – le dije bastante desilusionado –
Pero supongo que si no quieres, has de tener tus razónes.
- Las tengo, y son muy fuertes, incluso con lo que
hacemos ahora, me siento algo... pues no culpable exactamente, pero creo
que estoy llegando al límite, simplemente no podemos hacer mas porque...
pues... simplemente no podría.
- Supongo que entiendo – dije ya resignado – solo que
tenía ganas...
- ¿Pues no es suficiente con todo lo que hacemos? –
me dijo borrando su seriedad, y volviendo a una actitud alegre.
- Si, si, esta muy bien... solo que.. bueno, ¿tenía
que intentar, no?.
- Te comprendo, pero solo entiende que no puedo hacer
mas... simplemente no me sentiría a gusto...
- Esta bien, si tu no quieres, esta todo bien. Así
que... bueno... – hice intención de quitarme la ropa.
- Espera... – me detuvo – Te voy a mostrar hasta
donde puedo llegar.
Esas palabras volvieron a hacer latir mi corazón y a empezar
una buena erección, mirando las curvas tan bien marcadas que dejaba ver el traje
de baño que le había comprado. No era la primera vez que me lo mostraba, pero
ese me encantaba, incluso mas que le conjunto rojo. Pero no duro mucho.
Ante mis ojos, Ana se desprendió del top del bikini, dejando
al aire sus preciosas tetas.
- ¿Qué tal? – me pregunto.
- Son fantásticas, Ana... ¿puedo chuparlas como la
otra vez?.
Espera... todavía no termino... – dijo en tono
misterioso.