Terminaba el verano. Los días lluviosos comenzaban a ser
frecuentes y poco a poco se iba sintiendo el frescor otoñal en esta ciudad del
centro de Europa, situada a orillas del lago Leman y rodeada de altas cumbres
alpinas que ya empezaban a verse vestidas de blanco.
Con esas nuevas condiciones climatológicas, mi dulce Nicole y
yo comenzábamos a ver reducidas las posibilidades de practicar nuestros "juegos"
en lugares insólitos, en exteriores y lugares públicos, como tanto nos gusta y
excita, por la sensación de libertad y el riesgo (deseado) de ser descubiertos y
observados.
Porque es cierto que a medida que pasa el tiempo y nuestra
relación se hace más intensa y profunda también aumentan nuestras tendencias
exhibicionistas. Hasta hace unos días nuestra experiencia en común más osada
había sido aquella en la que follamos dentro del coche en un parking público y
rodeados de voyeurs. Desde entonces, y por diversos motivos, no habíamos vuelto
a realizar nada similar, a pesar de que rememorábamos con frecuencia aquella
tarde. Nicole solía experimentar intensos orgasmos cuando, mientras follábamos y
yo la penetraba profundamente, le susurraba al oído que recordara aquellas
miradas viciosas observándonos y aquellas vergas tiesas junto a las ventanillas
del coche vertiendo chorros de esperma sobre los cristales de las mismas en su
honor.
Sentía pues la necesidad de preparar de nuevo una sorpresa
que fuera excitante y diferente, con la que asombrar a mi tierna princesa y
marcar de manera especial la inminente celebración de nuestro sexto mes juntos,
medio año de complicidad e intensos placeres compartidos. Me decía que tenía que
ser algo que superara en originalidad y nivel de exhibicionismo nuestra
precedente aventura del aparcamiento. Desde hacía tiempo tenía una fantasía que
deseaba realizar y nunca había tenido la posibilidad de satisfacer. O, mejor
dicho, nunca había tenido la pareja idónea para realizarla. Esta era la ocasión
de hacerlo.
Una tarde, al salir de trabajar, cogí el coche y conduje por
la autopista que rodea el lago. Mi destino, un centro comercial situado muy
cerca de una de las salidas de la autopista, se encontraba a unos sesenta
kilómetros de Ginebra. Se trata de un centro comercial un tanto diferente. Es lo
que llaman un "Sex-Centre", una especie de hipermercado dedicado al sexo. Un
gran local de dos plantas compuesto de varios departamentos. El más amplio y
frecuentado es el Sex-Shop, con cestas y carritos a disposición de los clientes
para realizar sus compras, como en los hiper "normales", y donde suelo comprar
artículos diversos, como aceites perfumados para masajes, accesorios para los
juegos de dominación, lencería y vibradores para regalar a mis amigas, etc. Está
en la planta superior, donde también hay un pequeño bar, un cybercafé y una
librería dedicada a la prensa y literatura eróticas. En la planta baja, en el
sótano, está el videoclub, donde se pueden encontrar videos y DVD's de todo tipo
(algunos sobre temas un tanto extremos, ¡al límite de la ilegalidad!) y una zona
con cabinas de video individuales, también muy frecuentada aquella tarde por
trajeados individuos, en las cuales es posible, mediante el pago con monedas,
ver en privado un video porno y hacerse una paja tranquilamente.
Junto al mostrador donde los empleados atienden a los
clientes del videoclub hay una cortina, oscura y pesada, que aísla del resto del
local una pequeña sala a la que solo se puede acceder en determinados momentos.
Es la sala dedicada al Peep-Show. La sala que motivaba mi
interés y el objeto de mi visita.
Se trata de un lugar donde se exhiben mujeres y parejas en
directo. De forma circular, cuenta con una pista central, acolchada, de
aproximadamente dos metros de diámetro, y rodeada por una docena de cabinas.
Cada cabina dispone de una ventana acristalada que permite observar lo que
sucede en la pista. Cuando es una mujer sola la que se exhibe, haciendo un
strep-tease y masturbándose (más bien simulando hacerlo, un espectáculo que, en
mi opinión, carece de todo interés) la cabina funciona con monedas, y un
contador controla la apertura de la ventana. Para los shows protagonizados por
parejas se ha de pagar una suma determinada (el equivalente de unos 80 euros, en
francos suizos) que permite, si se desea, asistir a la totalidad del
espectáculo.
En una ocasión asistí en esa misma sala a un show
protagonizado por una pareja compuesta por una rubia bastante "madura" y un
chico muy joven de color, dotado, como parece ser la norma, de un enorme rabo.
El negrito la estuvo taladrando con su tremenda tranca un buen rato por todos
los orificios y de todas las maneras imaginables, haciendo gritar de placer a la
vieja zorra cada vez que se corría y hasta que él mismo se corrió a su vez
derramando sobre ella chorros de espeso esperma y que la muy furcia relamía al
resbalar por su rostro hasta la boca.
Fue un espectáculo muy excitante, sobre todo por el aspecto
espontáneo y auténtico del acto. Confieso que llegué incluso a hacerme una paja
mientras los miraba. Desde ese día tenía el deseo de protagonizar yo uno de esos
shows.
Ahora, con Nicole, lo iba a realizar.
Solicité la presencia del gerente del local, al que comuniqué
mis intenciones y el día en que deseaba poder hacerlo. Aporté algunas fotos
nuestras en plena "acción", a modo de tarjeta de visita, para que pudiera
hacerse una idea del aspecto estético de nuestra exhibición.
Se mostró encantado, comprobó en su agenda electrónica la
disponibilidad de la sala para esa fecha y me explicó las condiciones. En primer
lugar, no se exige remuneración alguna por ninguna de las partes. Y, por
supuesto, la pareja debe de estar dispuesta a exhibirse sin restricciones y
mantener relaciones sexuales completas ante los espectadores. Debe practicarse,
como mínimo, sexo oral y penetración vaginal, de ser posible sin utilizar
preservativo, durante un tiempo mínimo de 30 minutos y hasta llegar al orgasmo.
Se pide también que el hombre eyacule de manera visible, es decir, como en las
películas porno. Si se desea, el show puede ser grabado en video y conservar el
original como recuerdo. También existe la posibilidad de poner copias a
disposición para su venta a los muchos aficionados a este tipo de videos
interpretados por no profesionales. En cambio los espectadores tienen prohibido
filmar o fotografiar la exhibición.
Todo eso me pareció perfectamente correcto y aceptable. Opté
por la filmación de la sesión aunque decliné la proposición insistente del
hombre de poner a la venta copias de la misma y repartirnos los beneficios.
Concretamos la cita para el miércoles de la semana siguiente a las nueve de la
noche, y me indicó que anunciaría nuestro show en su página de Internet y que la
propondría a sus clientes habituales. También accedí a que se quedara una foto
para ilustrar el anuncio. Según me dijo, era de esperar que las cabinas se
llenaran de voyeurs, ya que las actuaciones de nuevas parejas no profesionales
suelen atraer especialmente los muchos aficionados a ese tipo de espectáculos.
Estaba realmente contento, excitado e impaciente por que
llegara el miércoles. Tan excitado estaba que, a pesar de que esa noche estaba
previsto que nos viéramos, fui directamente a casa de Nicole. Cuando llegué, ya
había acostado a su hijito y acababa de salir de la ducha. Nada más verme
adivinó en mi mirada el deseo y nos fundimos en un intenso y húmedo beso, y
comenzamos a arrancarnos las ropas mutuamente. Evidentemente, mi excitación se
disparó. El sabor de sus labios, de su lengua metida en mi boca, y el delicioso
olor perfumado que sobre su dulce piel había dejado el gel de baño, me empujaron
a recostarla sobre la alfombra de la entrada y comenzar a lamer su sexo
intensamente; a comerle el coño más profundamente que nunca, follándolo con la
lengua, metiéndola entera y moviéndola dentro hasta hacerla correrse y gritar de
gusto como una posesa. Inmediatamente me incorporé, le separé y levanté las
piernas para clavarle la polla con fuerza, bombeándole el coño con rabia,
haciéndola encadenar varios orgasmos más (Nicole es, en ocasiones,
multiorgásmica) hasta que, en pocos minutos, me corrí dentro de ella, casi
perdiendo el sentido de placer e inundándole la vagina de mi esperma.
Fue una follada magnífica, espontánea e intensa. Más tarde,
mientras cenábamos, le dije...
- Tesoro, ¿Sabes que el próximo miércoles hará seis meses que
nos conocimos?
- Pues claro que lo sé, mi amor, y me encanta comprobar que
lo recuerdas –me contestó al tiempo que se abalanzaba para besarme.
- ¿Cómo no iba a recordarlo? Y, además, te tengo preparada
una sorpresa para celebrarlo. ¡Y no me preguntes qué es! No pienso decirte nada,
ya lo verás en su día. Pero te aseguro que no lo puedes ni imaginar, y que te va
a encantar.
Sorprendentemente, no preguntó nada, ni una sola vez.
Simplemente, tras besarme con ternura sobre los labios, me dijo:
- No cariño, no te voy a preguntar. Te quiero mucho, no sabes
cuanto, pero, a veces… ¡Qué pedazo de cabrón que eres!
Por fin llegó el esperado miércoles. Salí temprano de
trabajar y me fui directo para casa a descansar un rato, ducharme y cambiarme de
ropa antes de pasar a recoger a Nicole. Le había comprado un bonito (¡y muy
caro!) conjunto de tanguita y sujetador que le pedí se pusiera para esa noche. A
ella le encantó y puso de excelente (y caliente) humor. Bien -me dije- la cosa
empieza muy bien y la noche promete ser memorable. Ella seguía sin saber que iba
a suceder esa noche pero el brillo de sus ojos y la sonrisa pícara que tenía
fija en la cara denotaban su excitación.
Llegamos al Sex-Centre sobre las nueve menos cuarto. Había
bastante afluencia, en su gran mayoría masculina. El gerente andaba cerca de la
entrada y nos recibió con una gran sonrisa. Mientras Nicole curioseaba por el
Sex-Shop, me informó que tenía reservadas todas las cabinas para nuestra
"actuación" y explicó de que manera proceder. Nos propuso bajar al sótano y
prepararnos en un pequeño vestuario previsto para esos menesteres. Disponía de
dos puertas; la primera, la que utilizamos para entrar desde la parte pública
del local. La segunda, cerrada en ese momento y con una luz roja encendida
encima, daba acceso a la pista circular del Peep-Show.
Cuando nos quedamos solos en la pequeña antesala, le pedí:
- Cariño, confía en mi, he preparado para ti la que, eso
espero, va a ser una experiencia inolvidable. Quítate la ropa y quédate solo con
el conjunto que te regalé esta tarde, por favor.
Mientras lo hacía también yo me quité los zapatos y la
camisa. Quedé solo con el pantalón, debajo del cual estaba desnudo, sin ropa
interior. Nicole estaba magnífica con esa mini-braguita y el sujetador a juego,
que realzaba sus magníficas y prietas tetas. La abracé y comencé a acariciar; a
besar el cuello y el lóbulo de las orejas, algo que sé que le encanta. Ella
acariciaba también mi pecho y mis hombros, mientras nos besábamos y comenzábamos
a excitar. Nicole me susurró al oído:
- ¡Eres increíble! Dime cariño ¿Qué hacemos, qué va a pasar
aquí?
- Venga gatita, no te hagas la inocente, ya lo sospechas ¿no?
–contesté sin dejar de acariciarla, de excitarla- Ahí, al otro lado de esa
puerta, hay una docena de personas, probablemente todos hombres, esperándonos.
Vamos a salir y hacer el amor delante de ellos. Te voy a follar a solo unos
centímetros de sus ojos, de sus pollas, y se van volver locos deseo al verte, al
vernos. Se van a excitar tanto que se van a pejear como perros. Todos ellos me
van a envidiar por estar con una hembra como tú. Y a ti te van a desear como
nunca desearon a una mujer.
Esas palabras, acompañadas de mis caricias, comenzaron a
excitarla mucho. A las nueve en punto (¡la célebre puntualidad suiza existe!) la
luz sobre la segunda puerta pasó al color verde. Una música tranquila comenzó a
sonar. Era el momento de salir al escenario.
Tomé a Nicole de la mano, abrí la puerta y subimos sobre la
pista circular. Una luz de color violáceo la inundaba, cayendo desde arriba. En
el centro había un taburete alto, como los que se utilizan en la barra de los
bares. La pista giraba lentamente y detrás de cada una de las ventanitas de las
cabinas se podía ver una cara observando. Cerré la puerta y ví junto a ella una
cámara de video filmando. Nicole estaba un poco desorientada, como sin saber que
hacer, e incluso, sorprendentemente, un tanto intimidada. Comencé a besarla y
acariciarle la espalda y las nalgas. El deseo comenzaba a adueñarse de mí, como
siempre me sucede en ese tipo de situaciones. Abrazándola y besándole el cuello,
le susurré al oído...
- Vamos a levantarles las pollas a estos cerdos, putita mía,
enséñales lo bien que sabes comerme el rabo.
Me apoyé contra el taburete, dejando las piernas estiradas y
abiertas para que Nicole pudiera colocarse entre ellas. Así lo hizo y,
lentamente, me abrió la bragueta del pantalón y sacó mi ya semierecta polla.
Comenzó a pelármela despacio, al tiempo que miraba cada una de las ventanitas,
recorriéndolas todas con la mirada, como queriendo comprobar que estaban
realmente ocupadas y que una docena de desconocidos nos observaban. Fue
aumentando el ritmo de la paja que me estaba haciendo hasta, rápidamente,
ponerme la polla bien tiesa. Entonces, inclinándose hacia delante, comenzó a
chupármela despacio. Tenía las piernas ligeramente separadas y levantaba su
precioso trasero, con la fina tirita de tela del tanga hundida entre las nalgas,
las cuales iban pasando, por el movimiento de la pista, por delante de cada una
de las ventanas a solo unos centímetros. Pude ver como la mirada viciosa de cada
uno de los voyeurs se clavaba sobre ese magnífico culo cuando éste les pasaba
por delante.
El morbo de tener a esa docena de mirones alrededor mientras
mi princesa me mamaba la verga era increíble, me encontraba muy a gusto y
excitado en ese momento y quise que al mismo tiempo fuera placentero para
nosotros y un buen espectáculo para nuestro público.
Le solté el enganche del sujetador y éste cayó al suelo,
dejando libres las maravillosas tetas de mi hembra. Me levanté y quité el
pantalón. Con la pija completamente tiesa y dura, pedí a Nicole que se sentara
en el taburete y me coloqué detrás de ella. Levanté sus brazos y pasé mis manos
por debajo de ellos hasta atrapar sus tetas. Las levanté, acaricié, empecé a
sobar, a apretar, a frotar una contra la otra, a estirar y retorcerle los
pezones entre las yemas de mis dedos. Ella comenzó a ronronear de gusto como una
gata en celo, y pude ver como en las cabinas se empezaba a notar movimiento. Era
evidente que la mayoría de los hombres ya se habían sacado la polla y se la
estaban pajeando; les estaba ofreciendo un irresistible primer plano de las
tetazas de mi putita mientras esta gemía y dejaba ver el vicioso deseo en su
mirada. Aumenté la intensidad de mis caricias hasta sentir sus pezones
completamente erectos y duros, señal inequívoca de su extrema excitación.
Entonces bajé una de mis manos y empecé a hacerle un suave masaje sobre la tela
del tanga.
Ella seguía con la espalda apoyada contra mi pecho, y mi boca
junto a su oído le susurraba palabras destinadas a aumentar su excitación. Le
decía lo puta que se veía así, expuesta y jadeando como una ninfómana delante de
todos esos mirones. Le pedía que abriera los ojos y viera como la miraban, que
viera el vicio y el deseo en esos pares de ojos anónimos.
La presión de mis dedos se fue intensificando a medida que
ella separaba las piernas. Pasé un dedo bajo la húmeda tela del tanga y lo
ladeé, dejándole el coño desnudo, abierto y expuesto, para seguidamente
introducirle el dedo y comenzar a moverlo despacio con un rítmico vaivén. Al
mismo tiempo miraba a los voyeurs, podía ver sus caras pegadas a contra el
cristal, sus miradas cargadas de deseo y el rítmico movimiento que al pajearse
sacudía sus cuerpos.
- ¿Quieres que te lo coma, putita? –Le pregunté mientras le
seguía pajeando el coño- ¿Te gustaría sentir mi lengua lamerte el clítoris y
hurgar dentro de tu coño?
- Siiii, Ohhhhhh, cómeme ya el coño, cabronazo, estoy apunto
de correrme, no puedo más, ahhhhh, ¡ven ya!
Pasé delante de ella. Hice resbalar el tanga por sus piernas
hasta quitárselo. Tras empujar fuera de la pista toda la ropa que había, le hice
poner los pies en el posapiés del taburete, con las piernas muy separadas. Ella
apoyó las manos en el pequeño respaldo y adelanto el coño hasta el borde del
asiento. Empapado, abierto, expuesto a la vista de todos. Se oyeron algunas
voces y pequeños golpes, amortiguados por los cristales, procedentes de las
cabinas. La magnífica panorámica del coño de Nicole había hecho su efecto,
supuse que alguno o algunos de los mirones se acababan de correr. Les dejé
admirar unos segundos más ese maravilloso cuerpo acariciando con un dedo el
clítoris y los mojados labios.
Me arrodillé y comencé a lamerla. Recuerdo que mi empalmado
rabo tocó el frío acero de una de las patas del taburete y me provocó una
descarga de placer. Nada más sentir mi lengua Nicole comenzó a gemir. Le dí
varios largos lengüetazos por toda la raja. Al notarla apunto de correrse, le
atrapé el clítoris entre los labios, succionándolo, absorbiéndolo, metiéndolo
dentro de mi boca y dándole un rápido e intenso masaje con la punta de la lengua
mientras la penetraba y pajeaba con dos dedos.
No tardó en correrse, gimiendo y transmitiendo a mi boca los
intensos temblores que el fuerte orgasmo sacudía su cuerpo. La seguí lamiendo
unos segundos más y me incorporé de nuevo.
Mi deseo era muy intenso, como es fácil de entender. Coloqué
mi polla erecta sobre el abierto coño de Nicole y comencé a frotarla contra él.
Me daba un gusto enorme ver esas caras mirar mi tranca frotar los labios del
coño de mi chica, insinuándose entre ellos, esperando que su propietaria se
recuperara de la intensa corrida para poder follarlo, penetrarlo y hundirse en
él hasta el fondo.
- Quiero follarte, pequeña zorra –añadí, poseído por el
deseo- levántate y date la vuelta, quiero clavártela ya, no aguanto más!
Se incorporó y, tras darnos un largo beso, se dio la vuelta y
agachó, apoyando las manos sobre el asiento del taburete, con las piernas rectas
y abiertas. Como cada vez que la tengo delante en esa posición, no pude resistir
la tentación de separar sus nalgas y lamerle toda la raja del culo, pasando la
lengua de arriba abajo y mojando de saliva con la punta de la lengua el prieto
agujerito sonrosado. Es algo que nos encanta a los dos.
Le pedí que me dejara quitar el engorroso taburete, que saqué
del círculo, y se echara al suelo. Se puso con la cara apoyada en el acolchado
suelo, las piernas plegadas y el culo bien levantado. Yo me arrodillé detrás de
ella y, sin poder demorarme más, metí mi pétrea polla en el entregado coño. A la
segunda embestida ya la tenía metida entera. Muy, muy despacio, ofreciendo
espectáculo a los cerdos mirones, la saqué casi completamente para volver a
introducirla. Seguí así, con esa follada a cámara lenta unos minutos más,
dándole una fuerte palmada en las nalgas de vez en cuando y tratándola de furcia
viciosa, algo que sé que le excita mucho en esas circunstancias.
Pudimos oír los ahogados gemidos procedentes de las cabinas
que los voyeurs soltaban al correrse. Algunos daban golpecitos en los cristales
intentando atraer nuestra atención pero nosotros los ignorábamos. Nicole volvía
a gemir de placer y me suplicaba que la follara de verdad, con fuerza, como
suelo hacerlo.
Así lo hice. Agarrándole fuerte las nalgas, comencé a
follarla rápido, a bombear con rabia, abandonándome al deseo y buscando nuestro
placer, ignorando ya a los mirones.
Había perdido la noción del tiempo, no podía saber si la
media hora exigida había pasado ya o no, pero no podía más. Me iba a correr de
un momento a otro y recordé que debía de hacerlo de forma visible.
Cegado por el deseo, la agarré de un brazo y, de manera un
tanto brusca, la volteé y quedó tumbada sobre la espalda. Agarré sus tobillos y
los levanté, despatarrándola y exponiéndola como una puta. Volví a metersela de
un fuerte pollazo y seguí bombeando. Sus tetas se agitaban subiendo y bajando
con cada una de mis fuertes embestidas. Se seguían oyendo ruidos y voces
procedentes de las cabinas. Yo estaba al borde del orgasmo.
- Todos nos miran, ¡puta! Te ven ahí tirada, despatarrada
como una guarra y follada, ven mi polla penetrarte, entrar y salir de tu jugoso
coño, tus tetas agitarse, te excita que vean ¿verdad?
- Si, siiiiii, fóllame, cerdo –respondió ella con la voz muy
entrecortada, puesto que estaba experimentando un nuevo orgasmo- fóllame fuerte
cabrón, ohhhhhhh me corro, fóllame...
Solo pude aguantar el tiempo necesario para que ella, entre
gritos, disfrutara del nuevo orgasmo. Enseguida sentí la inminencia del mío y
saqué la verga del gozoso coño de mi putita. Ella, sabiéndolo, se apresuró y
vino a agarrarme la polla fuerte, a pajearla con rabia y chupar intensamente el
hinchado glande. Acogió dentro de la boca el primer chorro de semen caliente que
brotó de mi polla, que dejé escapar acompañado de un grito de placer. Siguió
pelándome el rabo y apretándome los huevos con la otra mano mientras el resto de
las lanzadas de mi leche aterrizaban sobre su carita y resbalaban sobre ella
para ir a caer sobre sus tetas.
¿Cómo explicar la intensidad y el infinito, indescriptible
placer de ese orgasmo? Es imposible.
Quedé tumbado en el suelo, como en trance, durante un par de
minutos, con la cabecita de Nicole apoyada sobre mi pecho.
Se oyeron algunas puertas abrir y cerrar. También algunos
golpecitos contra los cristales de las cabinas. Cuando recuperé el aliento nos
besamos, recuperamos nuestra ropa y salimos de la pista, sin prestar atención a
las personas que seguían detrás de aquellos cristales intentando atraer nuestra
atención.
El espectáculo había terminado.
Nos vestimos en la sala contigua, donde estaba el resto de
nuestra ropa. En mi reloj eran las 21:48. Tres cuartos de hora de show, no está
nada mal, ¿no? –le comenté a mi dulce princesa.
- No, mi amor, nada mal –contestó mimosa- tenías razón, ha
sido maravilloso, realmente inolvidable.
Diez minutos después salíamos del pequeño vestuario. El
gerente del local nos estaba esperando y vino a nuestro encuentro con una cinta
de video en la mano. Nos comentó que sus clientes se habían marchado realmente
encantados y que había sido un éxito total. Seguramente la señora de la limpieza
iba a tener mucho trabajo esa noche en las cabinas. De nuevo propuso realizar
copias del video para ponerlas a la venta. Según dijo todos los asistentes
habían pedido comprar una copia. Rechacé la oferta aun sabiendo que era posible
que el tipejo hubiera hecho de todas formas copias y las fuera a vender.
Pero ese es uno más de los riesgos que los exhibicionistas
como nosotros tenemos que correr.
La experiencia fue tan intensa y placentera que incrementó en
varios enteros nuestra ya enorme afición por exhibirnos y follar a la vista de
desconocidos. Días más tarde, y presa de la excitación que nos seguía poseyendo,
vivimos una nueva experiencia de lo más excitante en una sauna de Gienbra, que
había organizado una "sesión privada especial parejas", donde al mismo tiempo
fuimos exhibicionistas y voyeurs.
Ahora estoy preparando una nueva sorpresa a mi deliciosa
Nicole: unas vacaciones juntos en un lejano y exótico país durante las cuales,
estoy seguro, viviremos nuevas y excitantes experiencias.
A nuestro regreso, si veo que nuestros relatos han despertado
interés y gustado, buscaré el tiempo necesario para escribir sobre todas esas
aventuras.
Gracias por haberme leído.