Sumida en un mundo donde es presa de acosadores libidinosos, Azucena, una
muchacha educada con una arraigada fe católica, tiene que afrontar las
adversidades de la perversión y la inmoralidad tratando de portar el prototipo
de una mujer decente. Pero entonces, termina dándose cuenta que no todo es lo
que aparenta ser.
Una historia llena de giros inesperados, en que los
personajes convergen en una red de hedonismo, justificación a su existencia,
intolerancia y lujuria.
La obra está dividida en dos libros. El primero, pasivo y con
escenas un poco fuera de lugar, puede ser considerado superfluo; aunque en
realidad es una introducción a la trama y al personaje principal, que debe ser
digerida como el aperitivo al platillo fuerte.
Pero si te gustó el primer fascículo, entonces el segundo te
fascinará, te estremecerá y te seducirá. En el libro segundo presentamos a un
personaje, un poco demente, un poco granuja, un poco blasfemo, que hará una
fuerte critica a lo que la gente promedio tiene por correcto.
NOTA PRELIMINAR
Esta novela está plagada de situaciones escabrosas; sus
personajes son irreales y soeces; y debido a su contenido puede atentar contra
la idiosincrasia de la gente dogmática y cerrada.
Mas sin embargo, se le invita a que abra su mente a otros horizontes y de
vuelta a esta pagina. Después de todo, como diría Montoya: si vives bajo tal o
cual idea o bajo tal o cual estilo de vida, deberías de conocer sus contrapartes
para comparar ambas y cerciorarte que has elegido la indicada. Y si no son de tu
grado, simplemente ignóralas.
CAPÍTULO I:
UN DÍA DE ESCUELA
Después de sonar el timbre que indicaba la hora del receso,
todos los estudiantes salieron alegres y hambrientos a comer un refrigerio, a
hacer alguna tarea que por diversas razones no terminaron en su casa, o a pasar
un rato de esparcimiento para desaburrirse y estar listos para la siguiente
clase. En el caso de Azucena, lo único que se le antojaba era comer algún
alimento para apaciguar su hambre.
Caminaba por los pasillos de su escuela mientras un puñado de
muchachos se le quedaba viendo; algunos otros la saludaban; ella solo se
limitaba a contestar algunos saludos con una obligada sonrisa en cara.
–¡Adiós, Azucena! –dijo algún fulano.
–¡Adiós... adiós...! –contestó ella.
Siguió de largo hasta llegar a un lugar dónde había sombra;
un reconfortante soplido del viento; algunos pajarillos volando alrededor; un
árbol de tronco grueso y ramaje frondoso, que nacía de un suelo cubierto de
césped; y tomó asiento en una banca, al mismo tiempo que retiraba su mochila de
su espalda; la abrió, y sacó de su interior un emparedado el cual empezó a comer
después de haberle retirado la servilleta hasta la mitad, por dónde lo cogía con
sus dedos.
Y siguió ella comiendo acompañada de una tranquilidad
agradable; observando como a lo lejos jugaban básquetbol algunos muchachos y
como algunos observaban a lo cerca a esos jóvenes practicando su deporte. Uno de
los cuales metió una canasta de tres puntos y mencionó algunas groserías en son
de festejo.
–¿Puedo acompañarte? –interrumpió Clara, quien al ver que no
consiguió respuesta añadió–: ¿Estás sorda acaso, o te crees la muy importante
para ignorarme señorita cabeza de...?
–Perdón, ¿me hablabas?
–¡Nooo!... hablaba con la muchacha que está al otro extremo
de la escuela –contestó sarcásticamente–. ¡Por supuesto que te hablaba!
–¡Oh lo siento! –dijo ella con un tono de inocencia–, pero
estaba tan ensimismada en mis pensamientos que no me había percatado de...
–Sí... sí... ahorra saliva. ¿Qué haces aquí tan solita?
–No, pues nada... comiendo este sándwich. ¿Quieres?
–No, gracias.
–¿En serio?
–Sí.
–¿Qué hiciste este fin de semana? Si mal no recuerdo me
habías comentado que irías a alguna fiesta o algo por el estilo.
–¡Oh sí... claro, esa fiesta. Pues... eh... pues estuvo
bien... Chida como todas las demás. Me divertí; conocí gente interesante; tú
sabes, fue una fiesta como todas las demás.
–¿Podrías ser más especifica? Vamos, anda... cuéntame sobre
ella; venga, quiero oírte... Vas muy seguido a ese tipo de fiestas con esa
gente, que me gustaría saber un poco...
–Pues sí... pero en realidad no hay nada que contar –arguyó
Clara evasivamente.
–Oh, ya veo... –susurró Azucena, como queriendo fingir que no
se había dado cuenta que su amiga no quería hablar de ello por alguna razón que
desconocía, y ciertamente no le dio importancia–. ¿Y qué obtuviste en tu examen
de Física?
–Un ocho.
–Vaya cómo le haces, creía que eras muy burra... Perdón...
¿Cuál es tu secreto?
–No tengo ningún secreto.
–¿En serio?
–Sí. Mira quienes vienen ahí.
Tres compañeros se dirigían hacia donde estaban ellas.
Llegaron haciendo algo de bullicio y con una risa un poco burlesca; seguramente
acababan de jugarle alguna maldad a uno de esos adolescentes parias, o tal vez
se reían de algún chiste de humor negro, que sé yo.
–¿Y ahora qué pasó? –interrogó Clara
con una voz de curiosidad, deseando saber el por qué de sus burlas–. ¿Alguien
hizo el ridículo?
–Sí, díganos... haber cuéntenos –dijo Azucena, al momento que
hacía espacio para que se sentara Paola, la muchacha que acompañaba a estos dos
individuos–. ¿Qué hiciste ahora, Paco; o tú, Hernán?
–Qué dices, ¿se lo contamos?
–No, no lo hagas, no es de confianza... ¡O al diablo, como
quieras!
–Pues bueno; pero tienes que darme uno de esos emparedados.
–Claro, Hernán... con mucho gusto.
–No te creas sólo bromeaba.
–Yo sí lo quiero –dijo Paco; y Azucena se lo dio.
–Bueno, en realidad no es la gran cosa... –dijo Hernán– pero
ya que insistes esto fue lo que pasó:
``Fuimos a la cafetería a comprar un pequeño refrigerio (una
torta para ser explicito); y un nerd estúpido se topó con nosotros dos; y
accidentalmente y en parte debido a su estupidez, nos tiro nuestra comida al
darse la vuelta distraída y apresuradamente. Entonces le dimos unos madrazos
para desquitarnos, después de que nos pago nuestra respectiva indemnización, por
así decirlo.
–Pero que bárbaros...
–Espera –volvió a expresar él–. Eso no es todo. Vamos, ¿A
poco piensas que ese pequeño accidente y nuestra menos pequeña represalia
suscitaron estas carcajadas nuestras? No seas ilusa.
``Tras eso, el pobre enclenque se volvió hacia nosotros
encarándonos con torva faz. Y ahí fue cuando nuestra querida compañera aquí
presente –señaló refiriéndose a Paola y extendiendo su mano para abrazarla–
entró en acción. Antes de que el pobre diablo dijera o hiciera algo, ella llegó
y le dio una patada en el trasero... ¡Así nada más!, sin saludar ni decir
siquiera: "Hola amigo, no te conozco y me imagino que tú tampoco a mí... pero
cómo sea, voy a patearte porque a mi prejuicio eres un estúpido; eso sin contar
que quiero molestarte para diversión mía". Y bueno, en fin, para no alargarle
más, basta decir que nos burlamos, tanto Paola como él y yo, del pobre diablo en
demasía... que... que... ¡empezó a llorar! ¡Ja-ja! Pobre estúpido.
–¿Qué? –exclamó con sorpresa Azucena, volteando la cabeza
para mirar a Paola, quien se reía entre dientes pero al final no pudo contener
la risa y soltó la carcajada–. No te creí capaz. Me decepcionas Paolita –terminó
diciendo con un dejo de enojo.
–¿En realidad se les hace gracioso eso? –dijo Clara, al
momento en que cruzaba las piernas como lo hacen las mujeres y clavaba su mirada
en los ojos de Paco, quien se empezó de repente a intimidar, pues aquella mirada
se tornaba muy provocativa e insinuante. Miraba como miran "las cualquieras".
Pero aún así sacudió la cabeza como reflejo a esa insinuación y contestó con un
tono falso y nervioso:
–Sí claro... es muy... gracioso...
–A ver dime: ¿que tiene de gracioso? –interrogó Clara con la
misma mirada de piruja y descruzó sus dos piernas, dejando ver entre las sombras
que producía su falda unas pantaletas blancas que muy apenas se podían apreciar
en esa oscuridad. Paco plasmó su vista en la entrepierna que tenía enfrente, y
trató de continuar con la platica, pero conforme seguía la charla el panorama se
ponía mejor. Las piernas de esa beldad se abrían más y eran iluminadas por la
entrada de la luz solar, que concedía ver claramente esas pantaletas y sus
hermosas piernas en su totalidad que salían de ellas. Azucena se dio cuenta de
ello y volteó apenadamente su mirada. Mientras, la fingida charla continuaba
entre estos dos jóvenes, que trataban de alargar la platica; uno para ver el
espectáculo y la otra para poder darlo.
Azucena empezaba a ponerse nerviosa, y no sabía que hacer, ni
cómo actuar ante semejante situación; era demasiado obvio que intentaba fingir
que no se había percatado de nada.
La temperatura corporal subía mientras el tiempo avanzaba. Y
las piernas fueron cruzadas de nuevo, terminando así la función. Azucena dio un
respiro de alivio y dijo:
–¿Alguien quiere una paleta?
–No –dijo clara–. Saben compañeros me acabo de acordar que
tengo que buscar ala maestra Pérez. Necesito preguntarle de la demostración de
ciencias de mañana. Nos vemos.
Y diciendo esto se retiró con la mirada en alto y contoneando
su trasero, dejando a su amiguita con estos tres jóvenes, que empezaron a
dialogar de temas cotidianos. Pero ninguno de los cuatro dijo alguna palabra con
respecto al raro comportamiento de su compañera.
–¿De quién es este billete de veinte? –preguntó Paola.
–Pues mío no es.
–Ni mío.
–Pues si nadie lo reclama, yo me lo puedo quedar.
–No seas idiota –insultó Paola–. Ha de ser de Clara. ¿Se lo
podrías entregar a tu amiga, o quieres que lo haga yo?
–No, con gusto se lo entrego –respondió, cogiendo el billete
y parándose para buscar a su amiga.
Se lo pudo entregar después, en la clase de matemáticas, pero
quiso poner fin a la platica.
Le preguntó a la maestra Pérez sobre Clara, pero dijo que no
se había presentado al salón en estos minutos inmediatos. A Azucena le extrañó
eso; pero le dio poca importancia y siguió buscando. Buscó en los baños, buscó
en otros salones, buscó en la cooperativa. Pero cuando estaba a punto de
resignarse a completar ese pequeño trabajo, se dirigió a las orillas de la
escuela; dio vuelta a la esquina lateral derecha del taller de electricidad y...
¡sorpresa! Había encontrado a su amiga. Pero no estaba sola. Tampoco desocupada.
Besaba impetuosamente los labios de un muchacho. Los mordisqueaba. Y le jugaba
con la lengua. Unas lujuriosas manos recorrían las piernas, las acariciaban y
escudriñaban entre la falda; daban un pellizcón a una nalga después de un fuerte
agarrón; mientras Azucena presenciaba estupefacta como su amiga se adentraba en
el mundo del vicio.
–"No lo puedo creer –exclamaba en su fuero interno, al tanto
que presenciaba como eran acariciados los pechos de Clara por unas hambrientas
manos, que no contentas por acariciar por encima de la ropa, tenían la
desfachatez de meterse entre la blusa y masajearlos por encima del sostén que
los protegían–. ¿Qué está pasando aquí? Creí que andaba con Bernardo y hace unos
escasos días con Lucio.
‘Amiga mía, por favor no hagas estás estupideces... ¡Oh
diablos... será mejor que me esfume."
Se retiró, pensando en su camarada y en sus lascivas
acciones.
Después de haber sonado el timbre se encontraba en la clase
de matemáticas sacando su cuaderno lista para hacer sus anotaciones, pues la
clase estaba apunto de comenzar. Pero otros asuntos mantenían ocupada su cabeza
en estos momentos. Clara no había llegado a clases aún.
–"¿Dónde estará? ¿Seguirá con aquel joven? ¿Qué tal si ella
estaba siendo acosada por aquel joven, y yo lo permití?"–estos y otros
pensamientos revoloteaban por su cabeza al momento en que su maestro iniciaba
con la clase.
Azucena era una muchacha que tenía que lidiar todos lo días
con pequeños acosadores, mirones que perdían su vista en esas lindas piernas y
muchachos que comunicaban su gusto por ella con algunos piropos, algunos muy
halagüeños otros bastante vulgares. Pero en este momento ella se erguía derecho,
levantaba el pecho y trataba de poner atención. Todo esto con un leve dejo de
vanidad, pues estaba consciente que esas pequeñas situaciones a las que era
sometida diariamente, y que les hacía frente de una forma pasiva, otras veces,
omisa, eran producto de su gran belleza física. Una belleza tal, que todos los
días por la mañana al momento de peinarse y verse en el espejo, observaba con
gusto y se sonreía a sí misma y se daba cuenta del por qué de aquellas
situaciones.
En ese momento llegó Clara al salón de clases. Su maestra le
pidió una explicación de su tardanza, ella le contó una mentira y la maestra
accedió a dejarla pasar, prometiéndole que la próxima vez, no sólo no entraría,
sino que perdería el derecho a examen. A clara eso le pareció razonable, y entró
a Clases. Con retardo claro está.
Viendo a su amiga ya en el salón de clases, Azucena se sintió
más tranquila y trató de poner atención. Pero por más que lo intentaba, no
podía; cualquier distracción desviaba su atención, pero trataba de aprender.
Pero no podía; era realmente aburrido ver a un hombre parado frente a ella
explicándole cosas absurdas sobre números.
–"Vaya, esta clase es realmente aburrida. No sé cómo le hace
Alberto para pasar siempre con 10. además es difícil concentrarme con este menso
que se me queda viendo como un completo bobo. ¿Qué nunca habían visto a una
mujer antes? No soy la única mujer bonita del salón. Por si no se habían dado
cuenta por allá está Paola, Diana, Regina, Clara; y Alejandrina no se queda
atrás. Pero afrontémoslo, ninguna de ellas me llega a los talones. Bueno...
Regina y Clara son muy bonitas, pero... ¡Nah! Y demonios hay veces en las que
deseo ser tan fea para así librarme de esos tarados. Y realmente estoy tan
cansada de ellos, que me gustaría que... Ya mensa pon atención. Está bien lo
haré. Pondré atención a esta maldita cla..."
En estos momentos los pensamientos de Azucena se vieron
interrumpidos por las caricias de unas manos que emprendieron a manosear su
culo. Ella no quiso creer que lo estaban haciendo. Prefirió pensar que el
muchacho que estaba sentado a su espalda la había tocado accidentalmente. Pero
esas caricias se convirtieron en pellizcones, nalgadas y uno que otro dedazo por
su agujero.
–"¡Oh Dios mío! Me están tocando. ¿Qué hago? Justo cuando
empezaba a poner atención. No, no es cierto, no estabas poniendo atención,
pero... ¡Oh Dios mío! Ese ya fue un agarrón. Dejen de frotar mis nalgas,
malditos estúpidos... tengo que hacer algo. ¿Pero qué? Son dos manos las que me
tocan. Puedo sentirlo. Puedo oír sus murmuros... cómo planean complacer sus
satisfacciones carnales. Se ríen con un tono de lubricidad. Desde aquí oigo sus
respiraciones. No. Momento. Son tres manos. ¡Ay! Esa nalgada me dolió. Me
equivoque, son cuatro."
Ellos no pudieron resistirlo; no pudieron contenerse;
simplemente vieron como esa hermosa chica dejaba salir su carnoso y bien formado
culo por el vacío que había entre la recargadera y el asiento del banco. Era un
culo que imploraba a gritos ser ultrajado... Ellos no pudieron resistirlo...
–¡Oigan güeyes!, ya mejor vamos parándole; ¿Qué tal si nos
acusa? –exclamó susurrando uno de los muchachos.
–Puedo arriesgarme –susurró otro.
–Sí. Ese culo bien lo vale –afirmó un tercero.
Y diciendo esto continuaron su empresa; aunque ahora de una
forma más licenciosa y lubrica.
Uno de ellos metía su dedo en el mero hoyo del trasero de su
guapa compañera. Lo movía suavemente, ocasionándole un ligero cosquilleo,
incomodo para ella. Otro metía su dedo medio entre las dos nalgas, y con los dos
dedos aledaños a cada lado, las apretaba con fuerza.
–"Oh esto ya no lo puedo creer, estos chavos ya no tienen
descaro alguno... Debería delatarlos, a ver si aprenden... En realidad debería
hacer lago al respecto, esto ya no lo puedo permitir... por primera vez debería
de tener las agallas para defenderme, en vez de dejarme, como siempre lo hago.
Vamos. ¡Hazlo!... Sí, lo haré... los reportaré, y aquí voy... Una... dos...
¡tres! ... Simplemente no puedo. No me animo. Soy una estúpida. No puede ser.
Demonios. ¡Demonios! ¡Demonios!"
Estos cuatro adolescentes casi eran descubiertos en el
momento en que el maestro se dio vuelta para hacer una pregunta a sus alumnos
sobre la ecuación que realizaba. Pero no sucedió; estos gañanes se salieron con
la suya. Y por cierto, sucedió lo menos esperado por Azucena.
–¡Azucena! –exclamó con un tono de reprimenda el profesor–.
¿Qué pasa contigo?
–¡¿Yo?!... No sé de que está ha-hablando... –titubeó con el
rostro rojo de vergüenza y muy nerviosamente.
–¿Por qué no has anotado nada? O dime: ¿ya dominas el tema,
como para pasarte al pizarrón a que lo expliques?
Ni siquiera permitió que contestara, cuando agregó:
–¿Y qué haces rodeada de esos burros? Tus amistades han
cambiado súbitamente.
–No, profesor, lo qué pasa es que ellos... ellos... ellos...
"Aquí voy" –terminó diciéndose ella misma en sus
pensamientos.
–¡Párele, párele! –dijo el profesor, impidiendo
inintencionalmete la acusación de Azucena–. Es más, te me cambias de lugar.
Azucena acató la orden con un poco de inconformidad y mucha
pena; aunque al menos ya no iba a estar cerca de esos abusadores.
Azucena creía que ya había terminado todo, que sólo era
cuestión de que pasara el tiempo, saliera de su maldita escuela, se alejara de
sus malditos compañeros, disfrutara la tarde, viendo su caricatura favorita, y
desear que el día venidero fuera mejor que hoy. Pero no fue así.
Era el receso de las 12:00, tenía diez minutos para
descansar, se sentía un poco abrumada, por lo cual fue a su lugar favorito: la
banca junto al frondoso árbol en la que solía pasar el receso, donde por lo
general estaba solo y nadie la molestaba. Mataba el tiempo leyendo una revista y
silbando una canción.
En ese momento dos de sus compañeros arribaron a su
presencia. Eran dos muchachos dispuestos a tener una charla para pasar el
tiempo. Ella alzó su cabeza y los miró a los ojos. Por unos segundos
permanecieron callados y serios, pero uno de ellos rompió el silencio.
–Lindo collar –dijo tomándolo con las manos.
–Sí... me lo regalo mi mamá...
–Ellos dos se sentaron con ella; uno a su izquierda y otro a
su derecha.
–¿Qué pasa con ese maldito profesor? ¿Te regaña sólo por qué
no escribiste sus apuntes? Qúe sigue: ¿Me expulsaran por tener el pelo largo?
–alegó el otro muchacho.
–Sí, está loco –agregó Azucena con sospecha, pensando si se
habrían dado cuenta o no de lo ocurrido en la clase–. ¿Y ustedes qué cuentan?
–No, pues nada; aquí na’mas, dando la vuelta, tratando de
escapar de aquella bola de imbeciles a la que llaman compañeros... Y pues
bueno... te encontramos aquí.
–Pero vaya, que ironía –comentó ella por esa casualidad.
–¿Ironía? ¿Por qué lo dices?
–No, por nada.
–¿Sabes que sería bueno? –dijo uno de los muchachos–. En vez
de hacer dos recesos, deberían de juntarlos y hacer un receso de media hora. Así
sería mas chido, no sé por qué pero lo sería.
–Hey sí. Tienes razón –dijo ella, asintiendo con la cabeza y
relajándose un poco más, al sentir que tenía un pequeño parecido a esos dos
jóvenes.
–Oye, sólo por curiosidad –dijo uno de los muchachos– ¿Qué
música te gusta oír?
–¿Que música?... pues este... algo de pop.
–¡Esa música apesta! –dijo sarcásticamente uno de los
muchachos.
–Ay, pues fíjate que son mis gustos; y yo oigo lo qué quiero,
si no te gusta no me importa. A ti no te gustaría que yo criticara tu peinado...
o el pendiente que usas. Cada quien tiene sus propios gustos, y deben ser
respeta..
–¡Sí, sí, sí, sí... No te pedí la historia de tu vida.
Rieron los tres jóvenes; y Azucena en especial, parecía estar
feliz por haber encontrado a dos amigos con los qué podría platicar y decir sus
comentarios sarcásticos sin que la tacharan de mensa.
–¿Sabes que sería bueno? –comentó uno de ellos–. El salón
debería ser más unido; muchos de nosotros no nos hablamos, ni siquiera nos
dirigimos la palabra, deberíamos de olvidar todas nuestras diferencias, y
unirnos en un estrecho lazo de amistad...
Azucena contemplaba como aquel estudiante exponía sus ideas,
y con la sola expresión del rostro se podía ver que estaba de acuerdo.
–Hace unas horas –continuó– tú y yo ni nos hablábamos, éramos
prácticamente un par de extraños. Y ahora ya nos conocemos. Cómo sea, a lo que
voy es –sonrió malévolamente –... necesitamos que haya más unión entre nosotros,
más... contacto –y comenzó a sobar el muslo de Azucena con la mano, al mismo
tiempo que la miraba a los ojos. La expresión facial de Azucena cambió
drásticamente; ya no manifestaba alegría, no, no. Esa expresión fue reemplazada
por una de incertidumbre.
–Sí sabes a lo qué me refiero, ¿verdad, mi querida amiga
Azucena?
–No, no sé a lo qué te refieres –respondió ella, al mismo
tiempo que él proseguía sobándole la pierna con su mano, que ahora iba más lejos
y la metía entre la falda y la sacaba suavemente para volverla a meter y seguir
acariciándola de esa manera–, y me gustaría que me lo explicaras, siendo lo más
explicito posible y sin tapujos.
–No me gusta ser directo con mujeres como tú. ¿Sí me captas,
no?
–Sí, él tiene razón. Preferimos llegar, hacer lo nuestro y
que tú nos sigas el juego. Así que vayamos al grano –exclamó el otro muchacho.
Se acercó más a ella, pasó su mano a través de su espalda y le pellizcó el pezón
más lejano a él.
Ésta era la segunda ocasión en el día que trataban de
aprovecharse de ella; esta vez no lo pudo tolerar; y en vista de que ahora no
estaba rodeado de gente, razón por la cual no era necesario hacer un escándalo,
se defendió.
–¿Qué creen que hacen? Suéltenme, por favor. ¿Acaso son
sordos, tercos o estúpidos? Dije: ¡Suéltenme!
Se puso de pie, dispuesta a irse, pero al momento de pararse,
puso el culo justo en la cara de uno de ellos, que la sujetó, apretándole las
nalgas.
–Déjame en paz, degenerado.
–¿Qué pasa contigo? –preguntó él, y la soltó.
Esa es la pregunta que yo les debería hacer a ustedes.
–No te enfades, puta. ¿Cómo demonios puedes pasar de
comportarte de cierta forma a comportarte de otra totalmente diferente?
"Puta": esta palabra martilló sus oídos. Nunca había sido
llamada de esa forma. Lo consideró un gran insulto, y comenzó a sentirse más
angustiada. Podía concebir que la llamaran tonta, fea, mocosa e incluso pendeja;
¿pero puta?, jamás.
–No me vuelvan a decir así –dijo ella, cabizbaja, con una voz
sombría y un nudo en la garganta–. ¿Les quedó claro?
–¿Una puta exigiendo respeto? Eso no se ve todos los días.
Vaya, el mundo sí que está loco.
–Creí que eran mis amigos, yo vi en ustedes dos una amistad
que empezaba a brotar. Pero me equivoque. Como siempre lo hago. Ahora, por
favor, les digo que me dejen ir, y olvidaré lo acontecido aquí.
–¡No! No te vayas. Nosotros pretendíamos ser tus amigos. En
realidad eres tú la que nos saca de quicio. Si no quieres este tipo de trato
está bien; pero fue tu culpa; fuiste tú la que nos incitó a hacer esto. Nosotros
sólo quisimos hacer caso a lo que indirectamente nos invitaste.
–Oigan, compañeros, voy a tener que ser clara con ustedes,
puesto que estoy empezando a pensar que por aquí ha de haber un pequeño
malentendido: ¿De qué me están hablando?
¡Por favor! Vimos claramente cómo te manoseaban en la clase
de matemáticas. No fueron uno, ni dos, sino cuatro muchachos. Y tú no dijiste
nada, en vez de eso sacaste tu trasero y lo inclinaste poniéndoselos a su
merced. Lo permitiste enfrente de todo el salón, y casi puedo apostar a que lo
disfrutaste tanto que lo harías de vuelta.
Al escuchar esto, Azucena se estremeció; no lo podía creer,
ahora su salón pensaba que era una puta. Ella no lo podía creer.
–Así que para qué lo niegas –murmuraron–. Acéptalo y déjate
sentir.
Los dos se acercaron más a ella. Uno apretó sus dos pechos;
ella le retiró sus manos de allí; él no hizo caso, y volvió a apretarlos
arduamente. El otro se encuclilló a sus espaldas; la nalgueó dos veces, al cabo
que veía como le temblaban sus glúteos al momento del golpe, y dijo:
–¡Oh Dios!, este culo es bellísimo.
Su cuerpo era ultrajado una vez más; acariciado de arriba
abajo; sólo unos pedazos de tela separaban las manos de estos tipejos de la piel
de esta beldad.
–déjenme en paz, por favor, yo no pedí esto... yo... sólo
quería... déjenme en paz por favor –dijo ella con una voz muy quedita.
Uno de sus acosadores, el que yacía abajo disfrutando de sus
nalgas, se puso de pie, poniendo su erecto miembro viril entre las piernas y el
culito de Azucena, acercó su boca a su oído, y le dijo susurrando:
–No.
Sacó su lengua y recorrió con ella la mejilla de su
compañera, quien respondió a esto con una mueca de repugnancia.
–¡Retiren sus manos de ella jóvenes! –ordenó una voz
autoritaria.
Ellos así lo hicieron, pensando que se trataba de alguna
maestra. Se volvieron trémulamente y...
–¡Oh! Eres tú, creí que era alguien importante.
–Ella no tiene ganas de jugar. Así que mejor aléjense de
ella, o podría pasarles algo desagradable –amenazó esta persona, que por cierto
era Clara.
–Sólo tratábamos de divertirnos un poco– dijeron, mientras
liberaban a su victima–. Toma entonces, llévate a tu amiguilla, y aléjense de
nosotros, insulsas mujerzuelas.
–¿Mujerzuelas? –replicó Clara–. Lo dices con una denotación
despectiva; como si odiaras a las mujerzuelas; como si no te gustara joder con
ellas; como si amaras a las mujeres bien portadas, cuando hace apenas unos
instantes despreciaste a esta mujer por no comportarse como una "mujerzuela".
–No, no es cierto... lo qué pasa...
–Lo qué pasa es que eres un imbécil –interrumpió Clara–. Te
gusta que las mujeres se comporten de un modo, eso es lo que quieres, y cuando
lo tienes, a nuestras espaldas nos desprecias e insultas como si no fuera el
patrón de conducta que deseas que las mujeres sigan. ¿Es irónico, no lo crees?
Muchas abandonamos ese comportamiento por la posición negativa que toman ustedes
en el momento en que descansamos de complacerlos. Y entonces se quejan porque no
somos unas fáciles, cuando ustedes mismos contribuyeron a que abandonáramos
nuestro camino de rameras. ¿Ves lo imbécil que eres?
–Pero no puedes negar que eres una puta –exclamó
desafiantemente– y que más de una vez te regocijaste de placer al jugar con mi
pinga y deliraste al sentir mis caricias sobre tus pechos.
–Pase momentos maravillosos contigo hace tiempo. No lo niego.
Pero me temo que ya quedo en el pasado, pues no estoy dispuesta a disfrutar con
un bellaco que después de terminado el goce, va con sus conocidos y daña mi
imagen contando una distorsionada historia de lo acontecido. Y a la dichosa
mujer con la que gozó, la denigra y deja de ser su dadora de placer para
convertirse en la corruptora de la moral.
–Di lo qué quieras, no importan tus insultos, hay muchos
coños en este mundo, uno menos que joder no hace gran diferencia.
–Se te empezaran a acabar si dejas de valorarlos.
–Ya lo veremos. Nos vemos entonces... hasta luego.
En el momento en que iban a retirarse estos jóvenes, llegó
Paola, escoltada con cuatro muchachos y tres muchachas.
–Espérense, no se vayan –dijo escasos segundos después de su
llegada–, no sin antes explicarme lo qué pasó aquí.
Ellos así lo hicieron, relataron, sin omitir ningún detalle,
el incidente.
–... ¿y esta chiquilla se opuso a sus tratos? –dijo Paola,
manifestándose a favor de los muchachos– vaya, pero que locura, nunca había
escuchado una historia así.
–Pero yo no quería ser sometida a esos tratos –se defendió
Azucena–. Yo no soy así... no me gustan que me manoseen, eso realmente me
enfurece, y cuando estos chavos lo hicieron... fue un completo insulto, yo...
–No te quieras hacer la inocente con nosotros, chiquilla
–replicó Paola–. Vimos claramente cómo ofreciste tu culo en la clase de
matemáticas.
Uno de los muchachos recién llegados apretó fuertemente las
nalgas de Azucena, y exclamó:
–¿Acaso lo niegas?
Estaba tan agitada que sus piernas temblaban de nerviosismo.
Una de las muchachas se acercó, y en son de imitación a uno de sus amigos, le
pellizcó una teta y le dijo coquetamente:
–Eres una perra en celo.
Ella no dijo nada, no respondió; simplemente se quedó
callada, reprimiendo su coraje.
Los demás muchachos la rodearon. Uno le toco el trasero; ella
volteó enojadísima hacia donde él estaba. En ese momento se lo volvieron a
tocar, pero ahora del lado opuesto; volteó de vuelta, y se lo hicieron una vez
más. Volteaba para un lado, y los muchachos que estaban a su espalda la tocaban.
–¡Ya! Déjenme en paz... se los ruego.
–¡No supliques –dijo Clara– defiéndete, exígeles, y si es
posible golpéalos!
–¡Cállate tú! –gritó uno de ellos.
No tuvo opción; seguían fastidiando a su amiga, no podía
permitirlo, así que, Clara, tuvo que intermediar:
–¡Demonios! Aquí es cuando se supone que la tengo que
defender –los comenzó a separar a punta de empujones–. ¡Ya, déjenla! –lo
hicieron– ¿Se creen demasiado hombres, abusando de una criatura incompetente de
defenderse de sus acosos? ¡Ustedes son muy...! ¡Ya párenle!
–Maldita zorra tetona –vociferó cierto muchacho.
–¡Tú! –respondió, apuntando al que la ofendió–. ¡Ven acá! ¿Te
apetecen mis tetas?
–Sí.
–Pues toma, te las obsequio –exclamó sujetándolo de la cabeza
con sus dos manos y sacudiéndosela impetuosamente entre sus pechos–. Lárgate de
aquí, y llévate a tus amigos contigo.
Todos se rieron del ridículo al que fue sometido aquel
adolescente. Y el muchacho que acarició las piernas de Azucena, al momento en
que todos se volvían para fugarse, dijo:
–Adiós, culo de Clara, fue un placer haberte conocido.
Azucena había hecho un esfuerzo sobrehumano para evitarlo,
pero una vez que todos se habían retirado, no pudo contenerse, y rompió en
llanto. Clara se conmovió al contemplar el alma desnuda de su camarada; se sentó
junto a ella, la cobijó entre sus brazos y permaneció haciéndole compañía, hasta
haberse desahogado.
CAPÍTULO II:
DE VUELTA A LA CALMA. APARICIÓN DE RANDY.
Eran las 2:00, Azucena y Clara se dirigían camino a casa,
usualmente se iban las dos juntas debido a que ambas vivían cerca. Durante esa
pequeña travesía usualmente platicaban sobre cualquier tema típico; se ponían de
acuerdo para hacer una tarea; relataban una anécdota graciosa, etcétera. Pero
esta vez era diferente, las dos permanecían serias. No es que fuera poco usual;
muchas veces se quedaban prácticamente calladas en el camino, pero ahora su
silencio era desconcertante. Una caminaba por el asfalto, cabizbaja y el animo
por los suelos. La otra por la acera, tranquila, sin ningún peso sobre los
hombros, aunque guardando un poco de silencio, puesto que sabía que su amiga no
estaba de humor como para tener una charla.
Clara miraba a Azucena, trataba de hacer contacto con su
mirada, mas no lo lograba, y no sabía si dialogar con ella respecto a lo recién
ocurrido o seguir en el silencio hasta llegar a su casa y dejarla a ella
caminando de largo.
Para Clara no había sido gran cosa, la habían tocado, ¿y
qué?; la habían manoseado, ¿y qué?; le habían pellizcado un seno, ¿y qué?; le
habían acariciado las piernas, ¿y qué?; su trasero había sido agarrado, cogido;
había sido tocado por un centenar de manos; prácticamente la habían follado con
los dedos que le introdujeron, ¿y qué? Ella misma, como lo había confesado, se
sometía gustosamente a ese tipo de tratos. Sin embargo conocía a su amiga; no la
conocía muy bien, pero, la conocía, y con lo de hoy, ya la conocía mejor. Y
Sabía desde hace largo tiempo que no era de las chicas que gustan de los
placeres venéreos, y que la más leve insinuación, el más mínimo roce, la más
pequeña y obscena palabra, la ofendían a tal grado que... bueno ustedes saben.
Por otro lado, Azucena miraba a Clara; ella la miraba; y no
sabía si darle las gracias o darle un sermón por su incorrecto comportamiento
que hasta ahora desconocía. Bajo cualquier otra situación lo habría hecho, pero
esta vez se sentía en deuda con ella, no tenía ganas de sermonearla, pero creía
que tenía que hacerlo. Se detuvo repentinamente, toco el hombro de su amiga, y
le dijo, una vez que la miraba a los ojos:
–Gracias.
–¿Perdón?
Titubeó por unos segundos, se paso un poco de saliva, respiró
hondo y profundo y continuó:
–Gracias por haberme ayudado hace rato con aquellos
muchachos, fue muy generoso de tu parte. Yo no creí que ellos iban a ser capaces
y que tampoco tu saldrías abruptamente para sacarme de ese lío. Si no lo
hubieras hecho, sólo Dios sabe de lo que hubieran sido capaces. Yo... no lo
sé... pudieron haber hecho una de esas cosas que pasan en las películas, ¿si
sabes no? Forzar a una mujer a tener relaciones... violar en otras palabras.
Yo... no lo sé... tal vez exagero pero...
–Exageras. Y mucho.
–¿Realmente piensas así? Tú viste claramente lo que hicieron,
eso fue acoso y... y... y... gracias. Yo... te debo una. No sé cómo, pero te la
compensaré. Tú sólo pídelo.
–Sí, claro... de nada –se calló por unos segundos y de
repente rió quedamente–. ¡Je, je! Como te tengo envidia; esos acosos a tu
persona son evidencia de lo hermosa que eres a los ojos de los hombres.
–¡Ay! No sigas. Haces que me sonroje.
Las dos saltaron temblorosamente, al escuchar el rechinido
del freno de un auto que se detuvo a un lado, interrumpiendo su pequeña platica.
–¡Clara! –dijo el muchacho que conducía dicho carro, quien
iba acompañado en el asiento aledaño por otro muchacho, y por cuatro hermosas
muchachas, vestidas con poca y provocativa ropa, de unos 21-22 años, en el
asiento trasero–. Que coincidencia. Iba paseando por estas calles, vi que los de
la secundaria ya estaban saliendo, pero no creí que te fuera a encontrar. Ni
siquiera pensé en ello. Pero que diablos ya estas aquí.
–¡Eres un imbécil! –vociferó ella. Se rieron todos los
pasajeros, Azucena se quedo callada–. casi me atropellas. Corrección: nos
atropellas.
–¿Quién es tu amiga?
–¡Oh, claro!, sí. Azucena, te presento a Randy. Randy, ella
es Azucena.
–Es un placer.
–Mucho gusto.
–Adivina el por qué de mi sorpresa al encontrarte –dijo
Randy–. Habrá una fiesta en la casa de Montoya.
–¿Y eso es difícil de adivinar, o qué?
–Pues no, pero esta va a ser muy especial. Bueno, miento, sí,
va a ser igual a todas. Pero podríamos hacerla más interesante, tú sabes,
podríamos...
–Allí estaré. Sabes que siempre lo hago.
–Cuento con ello. Yo por mi parte, me tengo que retirar.
Negocios, ya sabes. Será el domingo a las 8:00, estoy seguro que no nos
fallaras. ¡Ah y por cierto! Llévate a Azucena. Estoy seguro que a Montoya le
encantará conocerla. Muy seguro.
Pisó el acelerador, gritó alguna grosería que fue recibida
por el vitoreo de sus camaradas, y dejando, metafóricamente hablando, las
llantas pegadas en el asfalto, se retiró.
Estando ya en casa, Azucena subió las escaleras; ni siquiera
saludo a sus padres ni dijo "ya llegue"; cerró con seguro la puerta de su
cuarto, aventó la mochila y se echo en la cama tratando de conciliar el sueño y
de olvidar el mal día que había tenido. Durmió cerca de dos horas y se levanto
con un ligero dolor de cabeza. Comió en compañía de sus padres, quienes antes de
permitir que sus hijos tocaran la comida, hicieron una pequeña oración, dando
gracias por el alimento. Después hizo su tarea, vio algo de televisión, jugó
serpientes y escaleras con sus hermanitas, se duchó y se fue a la cama para
recibir el día venidero, deseando que las cosas mejoraran.
Cómo era de costumbre todos los días por la mañana, su mamá
la llevo en carro a la escuela, le dio su lonche y dinero y se despidió con un
maternal beso en la mejilla. Azucena estaba un poco nerviosilla. Pensaba que
podía ser objeto de burla de sus compañeros o en convertirse en la nueva niña
paria de la escuela. Agachó su cabeza al pasar al lado de los muchachos que la
fastidiaron el día anterior; pero ellos permanecieron callados, sin insultarla
ni molestarla. Todo transcurrió de manera normal; bueno más o menos, medio salón
ya no le hablaba. Pero era eso ser molestada por sus compañeros. Le fue bien.
En el camino a casa, Clara le platicaba sobre un programa de
televisión que había visto el día anterior y una anécdota de la vez que tomó un
taxi, y al bajarse se dio cuenta que no tenía dinero. Ella reía al escuchar esa
historia y sobre la embarazosa posición que debió implicar.
Ella ya estaba más tranquila, puesto que esperaba tener un
día realmente difícil, lleno de insultos, e incluso hasta llego a pensar en que
la violaban y en otras horribles cosas; señal de la gran aversión que tenía a un
acoso de ese tipo y al exagerado juicio que había tomado de sus compañeros.
Por la tarde salió a la galería con su amiga, compró algunas
cosas y se quedo con la tentación de comprar unos zapatos y un lindo vestido.
Clara vio que en el cine exhibían una película que le habían recomendado, e
invitó a Azucena a verla en su compañía; Azucena se negó, pues sólo le habían
dado permiso de llegar hasta las 6:00 a casa, y no podía llegar dos horas tarde.
Clara pensó en exhortarla a desobedecer a sus padres, pero se abstuvo, pues no
quería acongojarla, y hasta estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa que ella
dijera con tal de hacerla sentir mejor. Y así fue, llego a casa a la hora
contemplada y se libró de reprimendas. El siguiente día en la escuela aconteció
sin novedad. Por la tarde le ayudó a su mamá a hacer la comida y lavó su
uniforme. Más tarde, mientras escuchaba música y comía una gelatina, su amiga
Clara le llamó por teléfono. A ambas les fascinaba platicar por teléfono. A
veces pasaban horas charlando de cualquier tema, del que fuera, con tal de
acabar con la monotonía y pasar un buen rato. En esta ocasión, muy en
particular, conversaron con mucho entusiasmo, y reían a carcajadas en cualquier
instante en que se confiaban mutuamente alguna de sus intimidades, que
seguramente tenía un fin cómico.
–Aja... claro, te escucho... no... no... ay Clara, dime
quien. Si no me dices nombres, entonces para que me lo cuentas... ¿En serio?
¿Karla? ¡Je, je!... pobre de ella... oye, ¿sabes qué? Ya tengo que colgar, antes
de que mi papá me regañe. ...ya sabes "Si tú vas a pagar el teléfono, entonces
si puedes hablar el rato que gustes". Bueno. Adiós... pero dímelo rápido... ¿¿En
tu casa?? Pues, no lo sé... Sí, ya sé; si no hubiera sido por mí ya la hubieras
visto en el cine... Esta bien, le diré a mis papás; a ver si me dejan. ...Sí,
claro... Nos vemos.
Pareciera que todo en la vida de Azucena iba bien. Ya no la
molestaban; ni se dirigían a ella con un adjetivo despectivo; iba recuperando el
respeto que había perdido; unos de sus compañeros se disculparon por el
incidente de días anteriores (a ella, eso la llenó de alegría, pues no le
gustaba estar enojada con nadie. Además siempre perdonaba; claro había unos a
los que nunca iba poder hacerlo; aunque sabía que ellos nunca iban a pedir
perdón por ello); y la amistad con Clara iba creciendo. Nada podía empeorar; o
al menos eso creía.
CAPÍTULO III:
DIÁLOGO ENTRE CLARA Y AZUCENA SOBRE EL LIBERTINAJE
Unos cuantos días después, aconteció otro suceso en la vida
de Azucena. Resulta que Clara la invitó a su casa a ver una película; ella
aceptó, era fanática del cine, necesitaba un poco de esparcimiento y quería
olvidar la desagradable experiencia del otro día. Llegó a la casa de Clara, su
amiga, y tocó el timbre:
–Pásale –dijo Clara.
Ella, naturalmente, lo hizo.
–Vaya, que linda casa tienes.
–Lo sé, gracias –contestó alegremente.
–¿Puedo tomar asiento?
–Con confianza.
–Pero que aburridos han sido mis días últimamente. Qué bueno
que me invitaste a ver una película. Seguramente pasaremos un buen rato.
–Sí, seguro.
–¿La ponemos ya?
–Sí, sólo espera un momentito.
–¿? ¿A qué?
Recién dicho esto, sonó el timbre.
–¡Ya llegaron! –dijo Clara.
–¿Quiénes?
Haciendo caso omiso de la pregunta de su amiga, Clara abrió
la puerta y dejó pasar a sus otros invitados. ¿Quiénes eran estos incógnitos
personajes? Dos muchachos de 19-20 años de edad. Entonces, Clara le dijo a
Azucena:
–Permíteme presentarte a Rafael y a Flavio.
–¡Ah, hola...! Es un pla-placer.
Con una perversa sonrisa en sus labios contestaron:
–Igualmente.
Los cuatro se sentaron en el sofá; de izquierda a derecha:
Rafael, Clara, Azucena y Flavio. Azucena se sintió algo intimidada, ya que
desconocía la invitación de estos dos tipos.
Pusieron la película y comenzaron a mirarla. Flavio se
comenzó a acercar a la beldad que tenía a su lado; a lo cual comenzó ella a
ponerse algo nerviosa. Volteó a su derecha, y Flavio le sonrió, razón por la
cual ella le contestó con una disimilada sonrisa.
–¿Por qué tan tímida? –preguntó Flavio.
–No... no... no es... cier-cierto.
–Cállense y dejen oír la maldita película –dijo Rafael.
Flavio le puso encima el brazo. Ella sudaba y respiraba
nerviosamente. El gandalla muchacho, viendo que ella no retiraba su brazo,
comenzó a acercarse más y le pasó sus manos sobre las piernas.
Clara, al percatarse de ello, con la voz de una picara, dijo:
–Oye Rafael, ¿Por qué no vamos a mi cuarto? Quiero enseñarte
algo.
–Pero si estoy muy entretenido viendo la pelícu... ¡Oh!, sí,
ya entendí... ¡Je, je! Claro vamos.
Retirándose estos dos tunantes, Flavio se le arrojó a la
jovencita de tan sólo quince años, con la que pretendía dar rienda suelta a sus
más íntimos deseos. Y besa los labios de esta niña; ella pretende evitar esto;
le pide que por favor pare. Ignorando la petición de la joven, pone su mano en
la teta izquierda, la aprieta y la frota.
–No me hagas esto –exclamó con pavor– suelta... suéltame...
El cachondo adolescente se encuclilló frente a ella, metió
sus manos entre la falda y le bajo el calzón, dejando descubierta aquella
exquisita conchita. Como respuesta a esta acción, inmediatamente la doncella le
propinó una tremenda patada en la cara al muchacho, y salió corriendo hacia la
habitación de su amiga. Sin siquiera tocar abre la puerta de trancazo. Y vaya
sorpresa con la que se encontró: la muy puta de Clarita es enculada por Rafael.
Al presenciar este espectáculo, la muy espantada y confundida jovencita, cerró
la puerta de golpe.
–¡Demonios! –dijo Clara, mientras el pito de aquel joven era
retirado de su orificio–. ¡Espera, no te vayas!
–¡Déjame ir y no diré nada! –exclamó toda alocada Azucena.
–¡No seas bruta! ¡Tú de aquí no sales!
–¡Pero, pe-pe pe... ro-pero...
–¡Pero nada, zorra! ¡Ustedes dos quédense aquí! Ahorita
regresamos –dijo esto último a sus dos amigos. Y dirigiéndose otra vez a
Azucena, agregó–: Y tú, mija, sígueme, tenemos que hablar.
Las dos se metieron a la habitación. Clara cerró la puerta
con suavidad, le puso seguro y permaneció unos cuantos segundos callada, dándole
la espalda a su amiga, cabizbaja, con una mano tocando la puerta y con la otra
la chapa.
–Clara, ¿qué me hiciste? –preguntó confundida Azucena.
–Eres una mensa –contestó apretando los dientes–. Ya déjate
de niñerías.
–¿Niñerías? Yo... no entiendo. Explícame. No sé de qué...
–No puedo creer como alguien puede ser tan idio... ¡Tú!
¡Diablos!
–¿¿Qué??
–¡Ya por favor! ¿Qué ganas con ello? ¡Nada! Lo único que
haces es verte ridícula y tonta.
–¿Qué ganó con qué?
–Con tu actitud de niña buena y de mujercita bien portada. Es
ridícula y no te lleva a nada. ¿Por qué no dejas salir la voluptuosidad que
escondes? Lo único que haces es hacerme quedar mal con mis amigos.
–No lo puedo creer. Me tendiste una trampa –replicó Azucena
completamente indignada y sorprendida–. ¿Tú? Mi mejor amiga. Me traicionaste.
¿Cómo pudiste? De todas las personas en el mundo, tú eres la última que pensaba
que sería capaz de hacerme esto. Ya no sé en que confiar ni en que creer. Esto
realmente me aflige y me llena de tristeza.
–¡No! Eso no fue así. Yo no te traicioné. Yo no los había
invitado a ellos; la idea era que sólo seríamos tú y yo, como amigas. Esa era la
idea tal y como lo acordamos por teléfono aquel día... pero entonces ellos me
llamaron. Hace unas cuantas horas. Querían que saliéramos a divertirnos. Yo les
dije que no; que ya había hecho planes... y cuando les conté de ti, insistieron.
Yo accedí a ello pues...
–Pues querías que uno de tus invitados se aprovechara de mí.
Que tuviera sexo conmigo. Que mi cuerpo fuera alimento de sus pasiones. ¿Verdad?
–Sí –respondió fríamente mirándola a los ojos–. Bueno, tal
vez sexo no, pero...
–¡Eso fue una traición! –exclamó Azucena, decepcionada e
incrédula–. Si no puedo confiar en mis amigos, entonces en quien.
–Yo sólo quería enseñarte a apreciar lo bonito que es la
voluptuosidad. Yo no quería que sucediera de esta forma. Mis intenciones eran
buenas. Todo lo hice con el fin de ayudarte. Déjame hacerle honor a mi nombre y
ser un poco más clara. Sí. Sí traje a este chavo para que fajara contigo...
–Te desconozco amiga mía. Te desconozco.
–No interrumpas. Sí, lo traje para eso; pero yo sólo quise
ayudarte. Cuando vi como se aprovechaban de ti en la secundaria me sacaste de
quicio. La forma como te angustiabas cada vez que te tocaban una nalga o te
pellizcaban un pecho, realmente llamó mi atención. Languidecías, y créeme,
volverás a languidecer si sigues con esa mentalidad. Es por eso que quiero
cambiártela, por tu bien, porque el sexo te perseguirá toda la vida, no tienes
opción y no puedes verlo de esa forma; tienes que acogerlo con júbilo y avidez.
Siendo algo inherente a nuestra naturaleza, no puedes rechazarlo y negarlo. No
puedes hacer eso. Y sé que de cierta forma debí haber tenido más consideración
contigo después de la desagradable experiencia que recientemente enfrentaste. No
la tuve, no pensé en ello; debí hablar contigo primero sobre ello, antes de
arrojarte a las manos de ese bravucón cachondo...
–Clara... amiga, lo que ese "bravucón cachondo" pretendió
hacer conmigo fue atroz... él... él... –se llevó una mano a la boca, cerró los
ojos, inclinó la cabeza y continuó con un nudo en la garganta–: él me desnudó
Clara, desprendió mis pantaletas de mi pelvis y dejó descubiertas mis partes...
sentí una sensación horrible dentro de mí, fue realmente humillante, por el amor
de Dios, Clara, eso fue un ultrajo a mi persona y a mi dignidad como mujer. Y lo
que más me parte el corazón es que fue parte de una conspiración tuya.
–Azucena, creó que fui muy clara contigo cuando te dije que
no me interrumpieras –insistió Clara, a la vez que Azucena levantaba la cabeza y
reflejaba asombro en su rostro, al ver como Clara no mostraba compasión y
compresión por ella–. Lamento que hayan abusado de ti. Si es que abusar es la
palabra correcta...
–No la es. ¡Violar, sí!
–Por favor, no empecemos.
–Pero eso es lo que fue. Él trató de violarme. él...
–¡No, no es cierto! Eres una pendeja, maldita sea. ¡Una
pendeja! Y no sabes cuanto tiempo me había contenido para decírtelo. En ningún
momento usó él la fuerza. No la uso; simplemente se te insinuó, y al ver que no
hacías nada al respecto fue más lejos, al grado de pretender copular contigo.
¿Él cómo habría de saber que tú no querías joder? Debiste de haberte negado. ¿No
pudiste decir: "le agradezco su proposición, joven, pero francamente no tengo
ganas de fornicar con usted. Vaya y consígase alguna puta que acepte su oferta.
Con su permiso; hay una película que trato de ver. Gracias"? Qué tan difícil
pudo haber sido mencionar esas palabras.
Al escuchar esto, Azucena sintió corte. Y si estaba
confundida, desconcertada y decepcionada hace unos momentos, ahora lo estaba
más. Ella no lo podía creer, sus relaciones con sus compañeros habían mejorado
después del embarazoso incidente de días atrás. Y así de repente se encontraba
lidiando con su mejor amiga, la única persona con la que había podido sentirse a
gusto; estaba siendo ofendida por ella, estaba siendo repudiada y denigrada por
ella. Era curioso, el día de hoy pintaba demasiado bien.
Clara se apaciguó un poco, exhaló todo su enojo y preguntó:
–¿Por qué? ¿Por qué tienes que ver el sexo de esa manera?
¿Por qué no lo puedes ver con naturalidad; disfrutarlo y gozar de él? ¿Por qué
no te gusta ser jodida?
Azucena permanecía con la mirada por los suelos y el animo
resquebrajado. Y se vio imposibilitada de contestar esa pregunta. Las palabras
de Clara la habían enmudecido.
–contéstame –exclamó imperativamente Clara, quien se acercó a
Azucena poniéndole las manos en los hombros–. Azucena, por favor, respóndeme; te
lo digo de buena manera.
–yo... este... no... no...
Azucena, mírame a los ojos –insistió Clara, levantándole la
cabeza suavemente con su mano– y respóndeme sin titubear.
–Porque no. No es bueno. Debemos evitar comportarnos de esa
forma. No podemos hacerlo... no es nada decente.
–Ya ves como sí puedes contestar a mis preguntas. ¿Qué tan
difícil fue hacerlo? Nada. Pero dime: ¿por qué no debemos hacerlo?
–Porque va en contra de la moral y las buenas costumbres.
–¿En serio? Y que hay de malo en ello ¿A quien dañamos? ¿Por
qué no contestas mija? ¡A nadie! Yo contestaré por ti ya que te niegas. Hay algo
que debes saber, y es que joder es algo hermoso, sublime, encantador. Nos da
mucho, pero mucho placer. Tú fuiste dotada con ese bellísimo cuerpo ¡Eres
hermosa! Mil y un hombres te desean; anhelan joderte. No tienes elección debes
rendirte a sus deseos y hacerlos felices. Porque es precisamente, ser feliz y
hacer felices a los demás la única ley que debes obedecer.
``Al igual que muchas personas fueron bendecidas por la
naturaleza con inteligencia superior, o con una gran justicia y habilidad para
dirigir un pueblo, o los que tienen vocación de mostrar la belleza por medio del
arte, o cualquier otra persona ilustre que haya sido bendecida por sépase cual
don, tú fuiste dotada con ese lindo culo, parado y muy apetitoso. La naturaleza
pensó bien antes de hacer todo, y es por eso que muchas personas sobresalen en
una u otra cosa; unas menos, otras más; hay quienes nos sorprenden y asombran
por sus increíbles capacidades, mágicas, que saben aprovecharlas y apreciarlas;
y escalan hasta lo más alto de la cúspide. Son esas personas las que hacen la
diferencia, las que revolucionan y cambian por completo el campo en el que se
desenvuelven y lo moldean a su gusto. Son esas personas la que forman la
historia, las que cambian el mundo. Por otro lado, hay quienes no sobresalen en
nada; otros que francamente estorban como piedras en el camino; y peor aun, hay
quienes vinieron a retrasar el avance e irrumpir el orden y pudrir a todo fruto
a su alrededor. Tú no eres de esas personas, tú eres de las grandes. Eres dueña
de ese dichoso culo. En ese aspecto eres superior a mí que poseo un culo algo
exquisito según me han dicho, pero comparado con el tuyo es un mal chiste. Mas
miento no eres de las grandes, aun no. Tienes madera de serlo, tienes la
supremacía servida en charola de plata. Pero así como puedes elevarte, también
puedes caer en lo más bajo y arrastrarte en la basura. Porque aquel que tiene la
oportunidad de ayudar a los demás o de hacer el bien, y no lo hace, hace más mal
que tampoco lo hace pero por su incompetencia. O acaso dime: si tuvieras la
oportunidad de salvarle la vida a alguien y no lo haces, ¿no sería eso un crimen
y una falta a tus inherentes obligaciones? Tú tienes el trasero que toda mujer
envidia y desea tener, unos labios carnosos que todo hombre apetece, buenas
piernas y bonita cara, ojos grandes y cristalinos, hermosas mejillas, un coño
virgen, apretado, rosado y peludito y una piel de lo más sensual. Es un crimen
no usar ese cuerpo como tal, o sea para darle placer a los hombres que lo piden,
que lo desean y lo anhelan desde lo más profundo del alma. ¡Un completo crimen!
No tienes opción, la naturaleza te lo obsequió, de otras mujeres te escogió a
ti; fuiste su predilecta; no la decepciones, muéstrale que eres su digna hija y
conviértete en una sierva de la lujuria.
``¡Tienes un culo bello; úsalo como culo y no como otra cosa!
Dale un cálido refugio a cuanta verga lo solicite; que sea abrazada con tus dos
nalgas; déjala meterse hasta lo más profundo de tu ano; apriétala, comprímela,
contenla. Porque para eso fue hecho tu culo; es por eso que fue hecho a la
medida del pene; no creas que fue simple coincidencia. Pregúntale a cualquier
mujer que le fascine ser enculada, si no siente un inmenso placer, si no es una
experiencia maravillosa. O pregúntale a cualquier hombre que encule a su mujer,
si no lo disfruta abismalmente.
``Créeme, la anatomía, forma, tamaño del culo, la posición
dónde se encuentra... ¡todo! Fue hecho minuciosa e inteligentemente para que
fuera jodido. ¿Y tú creías que sólo servía para defecar? Y que hay de tu vagina,
tus pechos, tus piernas, tu boca, tu piel, tus cálidas manos... todo ello tienen
diferentes funciones que sirven al placer carnal, y tú tienes que hacer uso
correcto y debido de dichas partes.
``Por esas y muchas otras cosas más, fornica todo lo que
quieras, corrección, todo lo que puedas. No seas egoísta; comparte eso que
tienes y úsalo parea el beneficio propio y del prójimo. En eso estimada amiga,
radica la idea del bien, de la justicia, de la felicidad y de la condición
humanitaria y racional que tenemos como seres superiores. Porque a diferencia de
los animales, nosotros tenemos uso de la razón e inteligencia en grandes dosis;
y es precisamente por ello que hemos descubierto que la cooperación reciproca,
el ayudarnos los unos a los otros, es lo que nos hace valer como humanidad.
Porque no podemos hacer todas la cosas por nosotros mismos, necesitamos la ayuda
de los demás; necesitamos de los demás. Forniquemos; compartamos nuestros
cuerpos que fueron hechos para proporcionar placer.
Azucena no podía creerlo, y en vez de pretender corregir su
"errado comportamiento", tal y como lo describiría Clara, se entristeció al ver
como su mejor amiga se perdía en el sendero de la lascivia. Azucena no estaba
dispuesta a cambiar todos los valores y principios púdicos que le habían sido
inculcados durante quince años a cambio de estos otros que los contrastaban, y
que apenas unos minutos hace, su amiga pretendía inculcarle.
–¿Cómo puedes pensar de esa forma, Clara? Estoy decepcionada
de ti; no creí que pensaras así. Recientemente me enteré de tu comportamiento,
mas no creí que abogaras por él, que lo creyeras correcto; creía que te
arrepentías de ello. Pero ya veo que no.
–Creo que va a ser muy difícil cambiar tu mentalidad, pero
trataré de hacerlo.
–Imposible será. ¡No podrás! Cesa tu intento. Lo único que
haces es debilitar nuestra amistad.
Clara tomó con sus dos manos la mano derecha de su compañera,
la estrecho, fijo la mirada en sus ojos, y dijo dulcemente:
–Sépase que nunca he querido perjudicar nuestra amistad. Es
por eso que te doy esta pequeña platica, porque eres mi amiga y no deseo otra
cosa más que el goce de tu vida y orientarte hacia el camino del que pocos
instantes después de nacer fuiste desviada.
Azucena respondió:
–Tu objetivo es ayudarme; lo sé, pero aquí la que necesita
ayuda no soy yo.
–Te equivocas.
–No. No lo hago.
"Mira Clara, en lo personal a mi no me gusta hablar de este
tipo de cosas. Pero ya que entramos en materia, y que requieres de una platica
sobre ello con alguien de confianza, y a pesar de que acabo de ser victima de
una humillación de esta índole, accederé a platicar sobre ello.
–Habla pues.
–Está bien lo acepto, tener sexo es un goce, es placentero.
Tienes razón en ese punto. Pero no podemos andar teniendo sexo de una forma tan
licenciosa. Su único objetivo es la procreación. Dios no quieres que andemos
fornicando como animales, debemos de darnos a respetar, porque si no, ¿dónde
estaría nuestro pudor?
–Eso que dices es...
–¿Me permites, por favor? –Clara se calló y asintió con la
cabeza–. Gracias –continuó–: Aquí entre nos, te voy a confiar mis sentimientos a
ti y sólo a ti: Un día voy a tener sexo con un hombre; no sé quien, pero será mi
esposo. He pensado en ello últimamente; antes no pensaba prácticamente nada en
sexo, ahora sí. Pero déjame decirte una cosa, esa será una experiencia
maravillosa para mí, lo disfrutaré, no lo niego. Ese día en que pierda mi
virginidad procrearé un hijo. Para eso tendré sexo, sólo para eso y nunca, pero
nunca, permitiré que me hagan el amor por mi ano. Nunca.
–¿Ya acabaste? –preguntó Clara con expresión de repudio.
–No. Clara, escúchame.
``No puedes andar fornicando así como así. Y eso no te lo
digo yo, ni te lo dice tu mamá, ni te lo dicen tus maestros, te lo dice... te lo
ordena Dios. Y espero que eso lo tomes en consideración. Otra cosa, el sexo no
es algo que debes tomar a la ligera; no, implica una gran responsabilidad. ¿Qué
pasaría si en uno de tus desenfrenos sexuales resultaras embarazada? Imagínate.
Tienes sólo quince años, no estás preparada para ello. Son muchos los cuidados,
responsabilidades y obligaciones que conlleva el tener un bebé.
-Eso que arguyes es ridículo –apuntó
Clara, pasando de un estado de tranquilidad a uno un poco más alterado–. Ya
hemos avanzado en ese campo. Nuestros métodos para evitar la concepción de un
engendro son demasiados, realmente simples, tan accesibles y tan efectivos que
sólo los estúpidos, y no hablo de cualquier estúpido, sino de los estúpidos
entre los estúpidos, podrían caer en el embarazo no deseado. Ya tenemos
condones, diafragmas, espermaticidas, pastillas, hace ya un largo tiempo que se
inventaron. Además de que la mujer tiene y siempre ha tenido su calendario de
días fértiles y días no fértiles. Eso que dices es absurdo, por no decir otra
palabra.
–Pero que me dices de todos los casos que ha habido. ¿Qué me
dices de tu amiga Zaira? ¿La recuerdas? Esa muchacha que echo su vida a perder
por una satisfacción carnal.
–Creo que ya insistí en lo de los estúpidos, ¿no? No hay nada
que decir acerca de ello.
–¡Pero como! ¿Llamas a tu propia amiga "estúpida"? Yo no creo
que lo sea; yo creo que ella fue una mujer como tú: débil ante los goces del
cuerpo, libidinosa, descuidada. Y eso debería ser un ejemplo de lo que te
podrías pasar a ti. Es por eso que hay deseos que por más intensos que sean,
debemos guardarlos y no dejarlos salir. Porque si no lo hacemos, las
consecuencias podrían ser... abrumadoras.
Una chiquilla idiota sale embarazada, y la gente trata de
proscribir el sexo a los jóvenes de corta edad. He ahí la gran iniquidad. Esas
chavas resultan embarazadas no por ser jóvenes, sino por ser idiotas. ¿Si lo
captas? A los idiotas, y no a los jóvenes adolescentes son a los que se les debe
fomentar la abstinencia de relaciones sexuales, si es que no quieren terminar
con su error venidero en nueve meses.
Zaira bien que conocía los riesgos que corría al joder. Por
qué diablos no le pidió a su novio (o sépase quien haya sido quien depositó esas
gotas de semen), que se pusiera condón. Y si no tenía ni condón ni ningún otro
método anticonceptivo al alcance, y sus ganas de coger eran tan intensas, ¿por
qué diantres tuvo que escoger la vagina como agujero para recibir el pene? Hay
otros agujeros jodibles; tiene un ano, una boca. ¿Por qué de esos tres agujeros
tuvo que escoger la vagina? Coger por el culo es realmente sabroso; chupar una
polla... mmm... que delicia –se detenía por unos segundos imaginándose las
pasiones señaladas– ¿No pudo meter el pito entre sus muslos? ¿O masturbar ese
pito? ¿O permitir que ese joven masturbara su vulva? Créeme Azucena, eso sí es
un verdadero placer. O por qué no introdujo mentado chavo su verga entre los
senos de Zaira, apretándolos con la mano y moviendo su miembro simulando una
embestida? Créeme eso sí es satisfactorio; deberías probarlo.
–Oh no. ¡Ay! Perdón.
–¿Qué?
–No, lo qué pasa es que... bueno... a ti no te lo recomiendo,
puesto que tus pechos son pequeñitos, por lo tanto no son aptos para realizar
esa faena. Se necesitan unos pechos un poco más grandes... y flexibles; Tú
sabes.
–Ya ves como mi físico no es perfecto.
–No es eso lo que quise decir. Además, conozco muchos hombres
que les gustan las mujeres con los pechos pequeños, paraditos, y acompañados de
una cara angelical como la tuya.
``Bueno, en fin... la cosa es que de todos los agujeros
fornicables y de todas las pasiones que pudo haber gozado Zaira, ¿por qué
escogió el coito, siendo este el menos propicio dada la situación en que se
encontraba? Fue una estúpida. Realmente fue una estúpida.
–Clara... no digas eso. Ella fue tu amiga.
–Es mi amiga. También tengo amigos estúpidos. Yo no
discrimino a los estúpidos. Al grano, vayamos al punto. No coger por miedo al
embarazo es el miedo más estúpido que puede tener una mujer, al menos que sea
estúpida. Aniquilada quedo ya esa excusa.
–Dime más, sigue hablando, yo te escucho –dijo Azucena–. No
he concordado en nada contigo, pero quiero saber qué más piensas.
–Esta bien, como digas –exclamó Clara–. ¿Por qué otra razón
no lo haces?; ¿ordenes de tus padres? ¡No les hagas caso!
–Tengo que.
–No, no tienes. ¿Por qué les habrías de hacer caso?
–Porque todas sus prohibiciones y mandatos son por mi bien.
–¿En serio? Quien desea hacerte el bien y ayudarte es
menester que te conozca, pues de lo contrario ¿cómo va a conocer tus temores?;
¿cómo vas a conocer tus conveniencias y prioridades?; ¿cómo va a conocer lo qué
deseas?; ¿cómo va a conocer lo qué es necesario para que hagas las cosas bien o
mal?... bueno... etc. Tus padres sin duda te conocen bien, pero te conocen mejor
tus amigos; y tú misma te conoces mejor que estos dos últimos. Por lo tanto,
obedécete a ti misma, sigue tus convicciones, no hagas lo que otra persona te
diga.
–Pero Clara... –repuso Azucena– tengo que obedecerlos. Ellos
son mis padres; gracias a ellos estoy aquí; yo les debo mucho. "Honraras a tu
padre y a tu madre": recuerda eso.
–Sé que los padres hacen mucho por nosotros y que les debemos
respeto; pero eso no quiere decir que tengan razón, ni que deban decirte como
comportarte; ellos quieren que tú te comportes como ellos se debieron de
comportar; pero tú no eres ellos, tú eres diferente. Tú haz las cosas a tu modo;
recuerda eso. Sé autónoma. Si tú no tomas tus propias decisiones que crees que
va a ser de ti. ¿Y si te equivocas? ¡No importa! Tienes derecho a equivocarte, y
hasta de hacer estupideces.
–¡Pero mi madre dice que la tengo que obedecer! Ella lo hace
por mi bien. Cuando alguien desobedece a sus padres, lo hace por que quiere
disfrutar de algo, o por que desea hacer algo, o por cualquier otra cosa que le
da la gana; él sólo ve las cosas buenas, mas no ve ni piensa en los riesgos que
conlleva, y es por eso último que sus padres se lo prohíben. Ellos piensan
inteligentemente, mientras nosotros nos dejamos llevar por el placer.
–Pues eso únicamente le pasa a los estúpidos. Tú ya no tienes
ocho años. Ya tienes uso de la conciencia; cuando tomas una decisión tú misma
debes ver las cosas buenas y las malas. Sólo los estúpidos son demasiados ciegos
para sólo ver las cosas buenas e ignorar las malas. Eso es algo que debes
aprender, hay cosas que sólo se aplican a los estúpidos; no hay por que
generalizar. Dime: ¿tú eres una estúpida?... No, no lo eres. Eres un ente
pensante y racional. En cuanto a lo que dices te equivocas. Lo padres piensan
mucho, exageradamente mucho, en el bienestar de sus hijos... en que no les pase
nada. Y piensan poco en el esparcimiento, diversión, goce que necesitan. Siendo
esto lo primordial de la vida; lo otro sólo es una condición inherente para
llegar a ello. Compréndelo; tus padres no pueden leer tu mente; no han estado
contigo cada momento de tu vida; hay muchas cosas que les ocultas por obvias
razones. ¿Cómo diablos van a ser ellos más aptos que tú para tomar las
decisiones que te atañen y afectan o benefician a ti y sólo a ti?
–Pero mi madre dice que sus intenciones son buenas; ella me
da muchos buenos consejos... yo... yo... yo tengo que obedecerla. "Aléjate de
las malas influencias": dice mi madre...
–¡¿Y qué sabe tu estúpida madre?! ¡Ella no va tener siempre
la razón! ¡Ella también se equivoca!
La paciencia de Clara sucumbió ante la ingenuidad de su
amiga. Se hartó; había sido tolerante, realmente lo había sido, pero el hilo que
contenía la tolerancia se rompió. Azucena quedó pasmada con las insolentes
palabras de Clara. Una expresión de sorpresa se dibujó en su rostro, que fue
cubierto con sus manos, que instintivamente trataron de ocultar sus insultados
sentimientos, al mismo tiempo que Clara, un poco más calmada, y soltando su
coraje con exhalaciones, habló como sigue:
–Mira Azucena. Tus padres no son perfectos ellos suelen
equivocarse, no lo pueden saber todo. Haz lo que te plazca sin que tus padres te
limiten. Sé libre. No te sometas a las ordenes de otra persona por más buenas
que sean sus intenciones. Escucha, analiza lo que ellos te dicen, no lo tomes
como una orden sino como una recomendación; y si después de meditarlo te das
cuenta que tenían razón, entonces hazlo. Pero no los obedezcas por el simple
hecho de ser tus padres. Y si ellos te han inculcado algún principio, virtud o
valor equivocado desde que eras una niña, ¿Por qué habrías de seguir
obedeciéndolos si ya sabes que están equivocados?
Ambas permanecieron calladas por algunos instantes; cada una
con la mirada fija en la otra. Había unas palabras que una de ellas quería
pronunciar; la otra las esperaba. Apoyando su mano en el hombro de su compañera,
Clara, sonrojada y arrepentida, dijo:
–Perdón. No debí expresarme así de tu mamá. Se me salió. No
fue mi intención. Yo... perdón.
–Te perdono –dijo Azucena con voz queda y sin despegar la
mirada de su camarada–. Sé que no fue tu intención.
–Pe-pero... pero –se sonrojó– realmente tengo que insistir
en... ya sabes... lo hermoso que es fornicar.
–¡Y dale con lo mismo!
–No, lo digo en serio.
–¡Oh sí, claro, tienes razón! – dijo sarcásticamente Azucena.
–La aversión que sientes por ello no creo que se deba
únicamente al embarazo, o a lo que tus padres te inculcaron. Imposible que sólo
sea eso. Y creo saber que es. Son tus principios religiosos, ¿no es así?
–Diste en el clavo, amiga mía.
–Debí haberlo supuesto. Todo era tan obvio: el crucifijo que
pende de tu cuello; los domingos por la mañana nunca estás en casa; cada frase
que dices suena a "¡Oh Dios!"; y el comportamiento que tienes lo esperaría de
una monja del siglo XVII. No tienes por qué obedecerlos, son absurdos,
ridículos, van en contra de las leyes de la naturaleza, se crearon hace miles de
años, nuestra moral ya cambió. En fin son estúpidos...
–No digas eso –interrumpió Azucena–. ¿Cómo puedes decirlo?
Eso sí ya no te lo tolero. Una cosa es que insultes a mi madre; eso si es vil;
¿pero insultar lo sagrado? Eso es ruin. Y déjame decirte que así como tú
insultas, yo también puedo: Eres una estúpida; eso es lo que eres.
–No lo puedo creer –con voz queda, dijo Clara– ¿Amas más a
Dios que a tu madre?
–Esa pregunta no la contestaré –agitadamente, contestó
Azucena–; lo único que te diré es lo que dice el primer mandamiento: "Amarás a
Dios sobre todas las cosas"
–Eso sí es ridículo; nunca has visto a Dios; él no ha dado un
comino por ti; ¿en que te ha ayudado? No tiene sentido amarlo más que aquellos
que han hecho mucho por ti. O acaso ¿dime conoces a Dios?
–Eso que me dices es ridículo. Ya por favor déjate de
tarugadas... no tengo por que haberlo visto, sé que existe. Y no me podrás
quitar mi fe.
–Yo nunca dije que no existiese. Tú al suponerlo estás
dudando de su existencia. Porque la verdad irrefutable no la aseguras, al menos
que alguien trate de refutarla, y al dudar de ella la estás negando como verdad.
Aún así, tú quieres que yo siga los principios que una persona, ser, o lo que
sea, nos impone, cuando ni siquiera podemos probarlo a él mismo. Principios y
leyes que datan de tiempos tan arcaicos que difícilmente nos podemos remontar a
ellos. Nuestras ideas, conocimientos y pensamientos ya han avanzado, no tenemos
por qué creernos las cosas que fueron inventadas para dar respuesta a lo qué
antes no se conocía. Ya hemos avanzado; no retrocedamos miles de años, y
aceptemos la realidad. Es tonto guiarse por leyes inventadas por un quimérico
personaje. Las únicas leyes que debes seguir son las que te dictan la lógica y
la razón; ellas son las verdaderas. ¿No es ridícula la idea de un Dios que crea
al hombre con libre albedrío, y sin embargo no quiere que haga uso de él, sino
de su palabra?
–Clara, amiga, déjame decirte que el objetivo de las leyes
divinas es llevar al hombre por el camino del bien, y que no hay leyes más
justas que ellas. Eso, por más que te esfuerces en indagar y disertar, no lo
podrás contradecir jamás.
–Pues fíjate que yo no miro la esencia del bien en esos
decretos que te exigen reprimir tus instintos naturales. O a ver dime, ¿es justo
prohibirte la fornicación que tanto placer te da y que no hace daño a nadie? Por
supuesto que no. La justicia es justicia por el simple hecho de serlo. La idea
de lo justo está grabada en cada ser humano, sin necesidad de que se la
inculquen, y traspasa las barreras de la moral. Ese Dios perfecto del que me
hablas, dejaría de serlo en el momento en que prohíbe lo más hermoso y sublime
de la vida, puesto que no sería justo, y al no ser justo, no sería perfecto.
–El sexo no es lo más hermoso de la vida; además de que Dios
no nos lo prohíbe, simplemente nos lo limita, pues no quiere que caigamos en los
excesos.
–¿Y por qué coger una ración raquítica, cuando nos gusta
tanto? ¿Por qué joder sólo con el cónyuge, cuando hay muchas otras personas?
¿Qué hay de malo en ello? Si Dios existiese ¿prohibiría el acto más puro y
placentero de la vida? ¡Si no quiere que forniquemos ¿entonces por qué demonios
inventó el pene y la vagina?! ¿Para qué inventó el sexo? A ver dime, ¿para qué
nos lo dio? ¡Nos tienta! Quiere que nos abstengamos de disfrutar la vida; le
gusta vernos sufrir.
–Clara, se me hace tarde, y mis papás han de estar muy
preocupados por mí. Pero antes de que me vaya, déjame decirte una vez más lo
muy, pero muy, decepcionada que estoy de ti...
–No, aguanta Azucena, aun no he terminado...
–No me importa. Después de la poca consideración que has
tenido conmigo, no estás en posición de exigir nada.
–Está bien. Como digas –exclamó Clara consternada–. Llevamos
demasiado tiempo aquí que no creo que Flavio y Rafael todavía nos sigan
esperando.
Abrieron la puerta, y efectivamente, no encontraron a nadie.
–Es un alivio que ese pervertido ya no esté aquí –dijo
Azucena–. ¿Realmente no esperabas que nos iban a esperar tanto tiempo, verdad?
–Ni siquiera lo deseaba.
–Bueno, gracias por haberme invitado. ¿Te veo mañana en la
escuela?
–Sí, seguro.
Se dieron un beso en la mejilla; azucena sonrió, y emprendió
camino a casa.
CAPÍTULO IV:
SOBRE LOS REZOS AL ALTÍSIMO Y LA reconciliación con clara
–¿La quieres con mostaza? –le preguntó a Azucena su madre.
Era de noche y su mamá les había preparado unas hamburguesas.
Azucena yacía sentada en una silla, observando el aperitivo que antecedía al
platillo fuerte, por así llamarlo; lo cogía con las manos y se lo llevaba
apáticamente a la boca.
–Sí –contestó la hermosa Azucena–, pero sin papas ni chile ni
cebolla. Y tampoco le vayas a poner aguacate –hizo un gesto–; lo odio.
–Pues has de querer el puro pan –exclamó sarcásticamente su
madre–. Y cuéntame, hija, ¿cómo estuvo tu día?
–Bien –respondió cabizbaja, masticando su hamburguesa.
–¿Te divertiste con tu amiga? Debo de suponer que sí, ya que
llegaste un poco tarde a casa. Pero la verdad no me preocupa, esa Clara parece
buena niña. Tan simpática que se ve –entonces al percatarse de lo angustiada que
estaba su hija, le preguntó diciendo–: ¿Te pasa algo?
Entonces el padre, quien estaba sentado en un asiento
contiguo al de su primogénita, interrumpió de esta guisa:
–Sí, mija; ¿hay algo que nos quieras decir? Te ves algo
triste.
Así dijo él; y recibió una respuesta demorada por parte de su
niña, quien después de silenciarse contestó:
–No. Estoy bien.
–Pues no lo aparentas.
–Mamá, papá: ¿puedo irme a mi alcoba? Estoy algo cansada.
–Espera, Azucena –dijo el padre– algo pasa contigo; no me lo
puedes negar. ¿Qué es? ¿Tuviste una pequeña riña con tu amiga?... ya se
arreglara. ¿Reprobaste un examen?... estudia para la próxima. Si no nos quieres
decir que es, está bien, seguramente lo resolverás. Pero si lo quieres contar;
anda te escuchamos.
Azucena levantó la cabeza, dudó si contárselos o no; miró a
sus papás que la miraban fijamente a ella esperando una respuesta; y dijo:
–No. No pasa nada. Ahora si me disculpan, tengo sueño.
Dicho esto, subió las escaleras y se dirigió a su alcoba.
–¿Crees que sea sobre sexo su inquietud?
–Esperemos que no.
Una vez ya en la alcoba, se preparó para dormir, se
desvistió, quedando en ropa interior (pues así dormía más cómoda). Su pequeño
busto era cubierto con un brasier blanco mientras su vulva y su hermoso trasero
(causa principal de su celebre belleza) eran envueltos por unas níveas bragas.
Se acercó junto al espejo junto al tocador; contemplo su bello rostro en él, que
aparte de lucir bello, en ese momento, lucía también enojado, angustiado y
triste a la vez. Se volteó dándole la espalda al reflejo que contempló; como si
renegara de sí misma, como ignorándose a sí misma, como rechazándose a sí misma,
¡como repudiándose a sí misma! Y exclamó con suavidad:
–¿Por qué a mí?
observó un crucifijo en lo alto de la pared, lo observó
detenidamente unos segundos, se arrodilló frente a ella, y después de soltar un
jadeo expulsando todo su coraje reprimido, exclamó con desesperada voz:
–¿Por qué a mí, señor? Sigo tu voluntad al pie de la letra;
hago todas las cosas que dice la Biblia; hasta las cosas que contradicen las
reglas de la escuela. ¿Por qué a mí, siendo una persona de buen corazón y una
cristiana devota, me tienen que pasar horribles cosas y tengo que vivir
desdichada vida, mientras que a otra tanta gente les pasan buenas cosas y viven
dichosa vida, siendo horrible gente, malvada, viciosa, vil...? ¿Por qué tienes
que hacer sufrir a las buenas ovejas, a las que te son fieles; y a las malas,
las que te niegan y desobedecen las haces disfrutar?
Miró el suelo; lo golpeó con su mano empuñada, levantó más la
cabeza de lo que ya estaba, y gritó con desesperada y encolerizada voz:
–... ¡Y hay veces en las que quiero maldecir!... ¡Demonios!
¡Y realmente me lleno de furia al ver a esos que me molestan, humillan e
injurian! ¡Cómo me gustaría vengarme de los que me ofenden en lugar de
perdonarlos! ¡Oh Dios!
Cerró los ojos, inclinó la cabeza y se persignó. Acabado
esto, cogió con sus dedos el crucifijo que en sus hermosos y semidesnudos pechos
yacía; y lo besó, derramando una tierna lágrima sobre su mejilla.
Al cabo de unas largas horas, ya en el otro día, Azucena
pasaba la tarde viendo videos musicales por televisión, en compañía de dos de
sus hermanas. En un momento determinado, se levantó para ir a la cocina por
palomitas de maíz, pues les encantaban comérselas mientras disfrutaban de un
buen programa de tv.
–Si quieren, cámbienle por mientras –dijo una vez ya en la
cocina–, pero cuando regrese le cambian de volada otra vez al 38.
Sus hermanas asintieron con la cabeza. El timbre se escuchó.
–Yo abro –dijo la más pequeña de sus hermanas.
A lo que Azucena contestó saliendo abruptamente de la cocina
con las palomitas en mano:
–¡No, no vayas! Voy yo... que tal si es un extraño... debes
de...
–¡Cállese! –le interrumpió su hermana, y salió corriendo a
abrir. Y una vez ya de regreso, le dijo a su hermana mayor–: ¡Te hablan!
–¿A mí? ¿Quién?
–Que Clara.
Azucena continuó viendo la televisión, echándose palomitas a
la boca, y al cabo de unos segundos se paró y se dirigió a la puerta.
Las dos amigas manifestaron una expresión de seriedad,
viéndose mutuamente a los ojos. Ni siquiera permitió Clara que su amiga
profiriera algunas palabras de saludo o cortesía cuando se expresó serenamente
como sigue:
–¿Puedes salir a jugar?
Sin despegar su mirada de los ojos de Clara, Azucena
contestó:
–Sí, sí puedo.
Caminaban por la plaza principal. Mientras transitaban a paso
lento, todos los muchachos que pasaban el rato sentados en las bancas, perdían
su mirada en esas dos hermosas mujeres, y muy en especial en nuestra hermosa
protagonista, quien, mientras no soltaran un piropo, o se le quedaran viendo
insinuante o perversamente, lo consideraba como un halagüeño cumplido.
Compraron unas aguas de frutas y tomaron asiento a un lado de
los puestos de revistas, donde un descomunal árbol las acariciaba con su
agradable sombra.
–Linda ropa la que traes el día de hoy, eh, te hace ver más
juvenil y alivianada que de costumbre. ¿Quién dice que unos jeans como esos y
una blusa como esa no hacen par? –comentó Clara, principiando la cotidiana
platica.
–Alguien que no tiene el más mínimo sentido de estética
–contestó Azucena, sorbiendo de la deliciosa agua–. ¡Oh por cierto! La maestra
de matemáticas me obsequió dos boletos para una obra de teatro que presentarán
unos actores que vienen de la capital. Se mira interesante. Trata de un chavo
que presenció un crimen, pero no tiene las agallas de delatar. Y pues bueno...
dicho día acompañaré a mi mamá a una especie de rosario que va a hacer una
vecina; por lo cual no podré ir. Y ya que a ti te fascina el teatro, me imagine
que podrías ir con tu novio, Mario...
–Oh sí claro... "mi novio".
Se expresó sarcásticamente, y prácticamente escupió esas dos
últimas palabras como si le diera asco.
–Oh... ya veo –se expresó Azucena con queda voz y apenada.
Este pequeño, pequeñísimo incidente provocó una pequeña,
pequeñísima situación embarazosa, aunque lo suficiente para irrumpir su charla.
Después de breves instantes de silencio Clara se expresó con serenidad y, sobre
todo, seriedad así:
–Azucena...
–¿Sí?
–Tal vez no sea el momento; o que digo, tal vez prefieras que
lo deje en el olvido, pero... ay... ahí voy... respecto a lo de ayer... tú
sabes, ese pequeño incidente y la platica sobre joder y de otras cosas que
tuvimos; me gustaría que ya una vez que estamos tranquilas las dos lo dialoga...
–¡Hey! –exclamó Azucena con la obvia intención de cambiar el
tema–. ¿Ese que va por ahí –lo señaló– no es Juan?
Clara, por otro lado, al percatarse de la intención evasiva
de su amiga, prefirió ceder ante su intento de reanudar la confrontación de
ideas del día anterior para no correr riesgo alguno.
–No ese no es. Aunque se parece.
–Vaya es que ya ha pasado largo tiempo que no lo miro; desde
que era una pequeña niña. Las cosas han cambiado.
–Sí... ¡je-je! Antes eras una chillona.
–¡No, no es cierto! –exclamó Azucena sonrojada.
–Sí, sí lo eras.
–Bueno, en realidad creo que sí –expresó, y una vez volvió a
expresar risueñamente–: ¡Je, je! Sí, sí lo era.
"¿Te acuerdas de la vez, cuando estábamos en primero de
primaria, y mi mamá me compró una paleta de hielo; y yo la comía felizmente en
el parque; entonces llegaron unos niños que me la tiraron y llore durante todo
el día?
–Oh sí, como eras berrinchuda. Deberías aprender a mí.
–Claro... "¡Tú: la niña que acostumbraba a golpear a los
niños que la molestaban!"
–Eso es más sutil que llorar.
Las dos rieron y continuaron platicando largo rato.
Mientras tanto, en otro lugar, una casa al parecer, un
misterioso hombre observaba tv. solo, sin compañía alguna e inundado por una
oscuridad que se asemejaba a las tinieblas. Un hombre sombrío y lúgubre;
licencioso y lascivo, del que podemos asegurar que en esos momentos,
pensamientos lujuriosos y perversos recorrían su mente. En ese preciso instante
tuvo que atender el teléfono, cuyo tono que emitía resonaba en los oídos como
una bomba, debido al casi nulo ruido que había en su ambiente.
–¿Bueno? Sí, soy yo –exclamó con seria y gruesa voz–. Por
supuesto que es cierto... ¿No te habían dado aviso?... Le dije muy claro a
Josefina que invitara a todos nuestros más cercanos amigos para convidar y pasar
un buen rato... Tal vez no seas importante para ella o tal vez no estabas en su
mente por alguna razón... aja... Como sea ven con nosotros a disfrutar de
bárbaro festín que os ofrezco; te esparcirás y darás rienda suelta a tus más
lúbricos anhelos; te lo garantizo... ¿Clara? ¿Ella fue quien te convidó? ¿En
serio?... ¿Quién es su amiga?... sabes que siempre disfruto de conocer nuevos
coños, y en especial de esa edad. Espero que al igual que su amiga sea una
ramera de pies a cabeza... ¡Bien! De acuerdo, te esperare. Nos vemos.
Colgó el teléfono con suavidad y habló, expresando una
sonrisa perversa, como si alguien estuviera para oírlo:
–¿Conque Azucena?
(fin del intermedio)
–Había olvidado lo feliz que fue mi infancia –confesó Azucena
conmovida–. Las cosas han cambiado. No sé si para bien o para mal.
–Sí, lo sé –dijo Clara–. Aunque no lo podemos evitar. Ese es
el ciclo de la vida. Es inevitable. Pero ciertamente no sé si concuerde contigo.
Mi infancia también fue fantástica; pero también me encantó la adolescencia.
"Por cierto, Azucena, la razón principal por la que quería
platicar contigo era para pedirte que me acompañes a la fiesta. Si te acuerdas
¿no?
–Oh sí, esa fiesta... Pues...
Exclamó con un tono de inseguridad; pues como ya se habrá
dado cuenta el lector, Azucena era una muchacha cerrada y dispuesta a permanecer
en la monotonía por el simple hecho de no correr ningún riesgo. Pero antes de
que abriera los labios para contestar esa pregunta, Azucena fue interrumpida por
una voz que habló de esta manera:
–¿Azucena? ¿Clara? Vaya pero que inesperada sorpresa. Iba
caminando por la plaza y vi a dos hermosas muchachas. No creí que fueran
ustedes, hasta que les vi el rostro.
–¡Norman! Cuanto tiempo...
–Sí, ya tenía tiempo que no me hacía ver.
–Pues sí, hace un buen rato –dijo Clara–; dos años ya hace
que te expulsaron por esa "travesura" tuya.
–La palabra travesura se queda corta, Clara –dijo Azucena.
–Ya, por favor, no empecemos –dijo Norman.
Tomó asiento este muchacho; y después de todos los
formalismos correspondientes y preguntas obligadas, comenzó a dialogar con sus
dos amigas acerca de cosas cotidianas, o sobre alguna anécdota, o algún chiste,
o cualquier otro tipo de comentario o cosa por el estilo típico de una platica
normal entre amigos. La platica se hacía más emotiva conforme los minutos
transcurrían.
–¿Qué es eso? –le preguntó Azucena a Norman, señalando un
periódico que tenía consigo desde que llegó.
–Un periódico ¿No los conoces? Sirven para informarnos de los
acontecimientos recientes de interés popular.
–¡Ay, tonto! –exclamó Azucena–. ¿Y a ti desde cuando te gusta
leer?
–Vaya, estas cifras si que son alarmantes –dijo él, ojeando
el periódico–. El índice de drogadicción está subiendo. Tan solo mírenlo por
ustedes mismas.
Les pasó el periódico a sus dos amigas, quienes contestaron:
–Es cierto.
Clara dijo al respecto:
–Esas malditas drogas...
–¿Realmente piensas que son malditas? –preguntó Norman,
prendiendo un cigarro que saco de su bolsillo y que empezó a consumir.
–Pues realmente no. ¿O sí? ¡No, que pinches! Los malditos, o
más bien los idiotas, son los hombres que no las saben consumir, ni las pueden
controlar. No sólo sirven para m