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TODORELATOS » RELATOS » LA AZUCEIDA
[ El mucho saber hace sabios, pero no dichosos. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 23 de Noviembre, 2008.
Fecha: 16-Oct-04 « Anterior | Siguiente » en Hetero: General (2411 de 5038)

La Azuceida

Zaratustra
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Una linda muchachita con una arraigada fe cátolica descubre el mundo del libertinaje. Empieza odiandolo, pero gracias a una super orgía, en la que prácticamente es violada, aprende a amarlo y se convierte en una puta de lujo Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Sumida en un mundo donde es presa de acosadores libidinosos, Azucena, una muchacha educada con una arraigada fe católica, tiene que afrontar las adversidades de la perversión y la inmoralidad tratando de portar el prototipo de una mujer decente. Pero entonces, termina dándose cuenta que no todo es lo que aparenta ser.

Una historia llena de giros inesperados, en que los personajes convergen en una red de hedonismo, justificación a su existencia, intolerancia y lujuria.

La obra está dividida en dos libros. El primero, pasivo y con escenas un poco fuera de lugar, puede ser considerado superfluo; aunque en realidad es una introducción a la trama y al personaje principal, que debe ser digerida como el aperitivo al platillo fuerte.

Pero si te gustó el primer fascículo, entonces el segundo te fascinará, te estremecerá y te seducirá. En el libro segundo presentamos a un personaje, un poco demente, un poco granuja, un poco blasfemo, que hará una fuerte critica a lo que la gente promedio tiene por correcto.

 

NOTA PRELIMINAR

Esta novela está plagada de situaciones escabrosas; sus personajes son irreales y soeces; y debido a su contenido puede atentar contra la idiosincrasia de la gente dogmática y cerrada.

Mas sin embargo, se le invita a que abra su mente a otros horizontes y de vuelta a esta pagina. Después de todo, como diría Montoya: si vives bajo tal o cual idea o bajo tal o cual estilo de vida, deberías de conocer sus contrapartes para comparar ambas y cerciorarte que has elegido la indicada. Y si no son de tu grado, simplemente ignóralas.

 

CAPÍTULO I:

UN DÍA DE ESCUELA

Después de sonar el timbre que indicaba la hora del receso, todos los estudiantes salieron alegres y hambrientos a comer un refrigerio, a hacer alguna tarea que por diversas razones no terminaron en su casa, o a pasar un rato de esparcimiento para desaburrirse y estar listos para la siguiente clase. En el caso de Azucena, lo único que se le antojaba era comer algún alimento para apaciguar su hambre.

Caminaba por los pasillos de su escuela mientras un puñado de muchachos se le quedaba viendo; algunos otros la saludaban; ella solo se limitaba a contestar algunos saludos con una obligada sonrisa en cara.

–¡Adiós, Azucena! –dijo algún fulano.

–¡Adiós... adiós...! –contestó ella.

Siguió de largo hasta llegar a un lugar dónde había sombra; un reconfortante soplido del viento; algunos pajarillos volando alrededor; un árbol de tronco grueso y ramaje frondoso, que nacía de un suelo cubierto de césped; y tomó asiento en una banca, al mismo tiempo que retiraba su mochila de su espalda; la abrió, y sacó de su interior un emparedado el cual empezó a comer después de haberle retirado la servilleta hasta la mitad, por dónde lo cogía con sus dedos.

Y siguió ella comiendo acompañada de una tranquilidad agradable; observando como a lo lejos jugaban básquetbol algunos muchachos y como algunos observaban a lo cerca a esos jóvenes practicando su deporte. Uno de los cuales metió una canasta de tres puntos y mencionó algunas groserías en son de festejo.

–¿Puedo acompañarte? –interrumpió Clara, quien al ver que no consiguió respuesta añadió–: ¿Estás sorda acaso, o te crees la muy importante para ignorarme señorita cabeza de...?

–Perdón, ¿me hablabas?

–¡Nooo!... hablaba con la muchacha que está al otro extremo de la escuela –contestó sarcásticamente–. ¡Por supuesto que te hablaba!

–¡Oh lo siento! –dijo ella con un tono de inocencia–, pero estaba tan ensimismada en mis pensamientos que no me había percatado de...

–Sí... sí... ahorra saliva. ¿Qué haces aquí tan solita?

–No, pues nada... comiendo este sándwich. ¿Quieres?

–No, gracias.

–¿En serio?

–Sí.

–¿Qué hiciste este fin de semana? Si mal no recuerdo me habías comentado que irías a alguna fiesta o algo por el estilo.

–¡Oh sí... claro, esa fiesta. Pues... eh... pues estuvo bien... Chida como todas las demás. Me divertí; conocí gente interesante; tú sabes, fue una fiesta como todas las demás.

–¿Podrías ser más especifica? Vamos, anda... cuéntame sobre ella; venga, quiero oírte... Vas muy seguido a ese tipo de fiestas con esa gente, que me gustaría saber un poco...

–Pues sí... pero en realidad no hay nada que contar –arguyó Clara evasivamente.

–Oh, ya veo... –susurró Azucena, como queriendo fingir que no se había dado cuenta que su amiga no quería hablar de ello por alguna razón que desconocía, y ciertamente no le dio importancia–. ¿Y qué obtuviste en tu examen de Física?

–Un ocho.

–Vaya cómo le haces, creía que eras muy burra... Perdón... ¿Cuál es tu secreto?

–No tengo ningún secreto.

–¿En serio?

–Sí. Mira quienes vienen ahí.

Tres compañeros se dirigían hacia donde estaban ellas. Llegaron haciendo algo de bullicio y con una risa un poco burlesca; seguramente acababan de jugarle alguna maldad a uno de esos adolescentes parias, o tal vez se reían de algún chiste de humor negro, que sé yo.

–¿Y ahora qué pasó? –interrogó Clara con una voz de curiosidad, deseando saber el por qué de sus burlas–. ¿Alguien hizo el ridículo?

–Sí, díganos... haber cuéntenos –dijo Azucena, al momento que hacía espacio para que se sentara Paola, la muchacha que acompañaba a estos dos individuos–. ¿Qué hiciste ahora, Paco; o tú, Hernán?

–Qué dices, ¿se lo contamos?

–No, no lo hagas, no es de confianza... ¡O al diablo, como quieras!

–Pues bueno; pero tienes que darme uno de esos emparedados.

–Claro, Hernán... con mucho gusto.

–No te creas sólo bromeaba.

–Yo sí lo quiero –dijo Paco; y Azucena se lo dio.

–Bueno, en realidad no es la gran cosa... –dijo Hernán– pero ya que insistes esto fue lo que pasó:

``Fuimos a la cafetería a comprar un pequeño refrigerio (una torta para ser explicito); y un nerd estúpido se topó con nosotros dos; y accidentalmente y en parte debido a su estupidez, nos tiro nuestra comida al darse la vuelta distraída y apresuradamente. Entonces le dimos unos madrazos para desquitarnos, después de que nos pago nuestra respectiva indemnización, por así decirlo.

–Pero que bárbaros...

–Espera –volvió a expresar él–. Eso no es todo. Vamos, ¿A poco piensas que ese pequeño accidente y nuestra menos pequeña represalia suscitaron estas carcajadas nuestras? No seas ilusa.

``Tras eso, el pobre enclenque se volvió hacia nosotros encarándonos con torva faz. Y ahí fue cuando nuestra querida compañera aquí presente –señaló refiriéndose a Paola y extendiendo su mano para abrazarla– entró en acción. Antes de que el pobre diablo dijera o hiciera algo, ella llegó y le dio una patada en el trasero... ¡Así nada más!, sin saludar ni decir siquiera: "Hola amigo, no te conozco y me imagino que tú tampoco a mí... pero cómo sea, voy a patearte porque a mi prejuicio eres un estúpido; eso sin contar que quiero molestarte para diversión mía". Y bueno, en fin, para no alargarle más, basta decir que nos burlamos, tanto Paola como él y yo, del pobre diablo en demasía... que... que... ¡empezó a llorar! ¡Ja-ja! Pobre estúpido.

–¿Qué? –exclamó con sorpresa Azucena, volteando la cabeza para mirar a Paola, quien se reía entre dientes pero al final no pudo contener la risa y soltó la carcajada–. No te creí capaz. Me decepcionas Paolita –terminó diciendo con un dejo de enojo.

–¿En realidad se les hace gracioso eso? –dijo Clara, al momento en que cruzaba las piernas como lo hacen las mujeres y clavaba su mirada en los ojos de Paco, quien se empezó de repente a intimidar, pues aquella mirada se tornaba muy provocativa e insinuante. Miraba como miran "las cualquieras". Pero aún así sacudió la cabeza como reflejo a esa insinuación y contestó con un tono falso y nervioso:

–Sí claro... es muy... gracioso...

–A ver dime: ¿que tiene de gracioso? –interrogó Clara con la misma mirada de piruja y descruzó sus dos piernas, dejando ver entre las sombras que producía su falda unas pantaletas blancas que muy apenas se podían apreciar en esa oscuridad. Paco plasmó su vista en la entrepierna que tenía enfrente, y trató de continuar con la platica, pero conforme seguía la charla el panorama se ponía mejor. Las piernas de esa beldad se abrían más y eran iluminadas por la entrada de la luz solar, que concedía ver claramente esas pantaletas y sus hermosas piernas en su totalidad que salían de ellas. Azucena se dio cuenta de ello y volteó apenadamente su mirada. Mientras, la fingida charla continuaba entre estos dos jóvenes, que trataban de alargar la platica; uno para ver el espectáculo y la otra para poder darlo.

Azucena empezaba a ponerse nerviosa, y no sabía que hacer, ni cómo actuar ante semejante situación; era demasiado obvio que intentaba fingir que no se había percatado de nada.

La temperatura corporal subía mientras el tiempo avanzaba. Y las piernas fueron cruzadas de nuevo, terminando así la función. Azucena dio un respiro de alivio y dijo:

–¿Alguien quiere una paleta?

–No –dijo clara–. Saben compañeros me acabo de acordar que tengo que buscar ala maestra Pérez. Necesito preguntarle de la demostración de ciencias de mañana. Nos vemos.

Y diciendo esto se retiró con la mirada en alto y contoneando su trasero, dejando a su amiguita con estos tres jóvenes, que empezaron a dialogar de temas cotidianos. Pero ninguno de los cuatro dijo alguna palabra con respecto al raro comportamiento de su compañera.

–¿De quién es este billete de veinte? –preguntó Paola.

–Pues mío no es.

–Ni mío.

–Pues si nadie lo reclama, yo me lo puedo quedar.

–No seas idiota –insultó Paola–. Ha de ser de Clara. ¿Se lo podrías entregar a tu amiga, o quieres que lo haga yo?

–No, con gusto se lo entrego –respondió, cogiendo el billete y parándose para buscar a su amiga.

Se lo pudo entregar después, en la clase de matemáticas, pero quiso poner fin a la platica.

Le preguntó a la maestra Pérez sobre Clara, pero dijo que no se había presentado al salón en estos minutos inmediatos. A Azucena le extrañó eso; pero le dio poca importancia y siguió buscando. Buscó en los baños, buscó en otros salones, buscó en la cooperativa. Pero cuando estaba a punto de resignarse a completar ese pequeño trabajo, se dirigió a las orillas de la escuela; dio vuelta a la esquina lateral derecha del taller de electricidad y... ¡sorpresa! Había encontrado a su amiga. Pero no estaba sola. Tampoco desocupada. Besaba impetuosamente los labios de un muchacho. Los mordisqueaba. Y le jugaba con la lengua. Unas lujuriosas manos recorrían las piernas, las acariciaban y escudriñaban entre la falda; daban un pellizcón a una nalga después de un fuerte agarrón; mientras Azucena presenciaba estupefacta como su amiga se adentraba en el mundo del vicio.

–"No lo puedo creer –exclamaba en su fuero interno, al tanto que presenciaba como eran acariciados los pechos de Clara por unas hambrientas manos, que no contentas por acariciar por encima de la ropa, tenían la desfachatez de meterse entre la blusa y masajearlos por encima del sostén que los protegían–. ¿Qué está pasando aquí? Creí que andaba con Bernardo y hace unos escasos días con Lucio.

‘Amiga mía, por favor no hagas estás estupideces... ¡Oh diablos... será mejor que me esfume."

Se retiró, pensando en su camarada y en sus lascivas acciones.

Después de haber sonado el timbre se encontraba en la clase de matemáticas sacando su cuaderno lista para hacer sus anotaciones, pues la clase estaba apunto de comenzar. Pero otros asuntos mantenían ocupada su cabeza en estos momentos. Clara no había llegado a clases aún.

–"¿Dónde estará? ¿Seguirá con aquel joven? ¿Qué tal si ella estaba siendo acosada por aquel joven, y yo lo permití?"–estos y otros pensamientos revoloteaban por su cabeza al momento en que su maestro iniciaba con la clase.

Azucena era una muchacha que tenía que lidiar todos lo días con pequeños acosadores, mirones que perdían su vista en esas lindas piernas y muchachos que comunicaban su gusto por ella con algunos piropos, algunos muy halagüeños otros bastante vulgares. Pero en este momento ella se erguía derecho, levantaba el pecho y trataba de poner atención. Todo esto con un leve dejo de vanidad, pues estaba consciente que esas pequeñas situaciones a las que era sometida diariamente, y que les hacía frente de una forma pasiva, otras veces, omisa, eran producto de su gran belleza física. Una belleza tal, que todos los días por la mañana al momento de peinarse y verse en el espejo, observaba con gusto y se sonreía a sí misma y se daba cuenta del por qué de aquellas situaciones.

En ese momento llegó Clara al salón de clases. Su maestra le pidió una explicación de su tardanza, ella le contó una mentira y la maestra accedió a dejarla pasar, prometiéndole que la próxima vez, no sólo no entraría, sino que perdería el derecho a examen. A clara eso le pareció razonable, y entró a Clases. Con retardo claro está.

Viendo a su amiga ya en el salón de clases, Azucena se sintió más tranquila y trató de poner atención. Pero por más que lo intentaba, no podía; cualquier distracción desviaba su atención, pero trataba de aprender. Pero no podía; era realmente aburrido ver a un hombre parado frente a ella explicándole cosas absurdas sobre números.

–"Vaya, esta clase es realmente aburrida. No sé cómo le hace Alberto para pasar siempre con 10. además es difícil concentrarme con este menso que se me queda viendo como un completo bobo. ¿Qué nunca habían visto a una mujer antes? No soy la única mujer bonita del salón. Por si no se habían dado cuenta por allá está Paola, Diana, Regina, Clara; y Alejandrina no se queda atrás. Pero afrontémoslo, ninguna de ellas me llega a los talones. Bueno... Regina y Clara son muy bonitas, pero... ¡Nah! Y demonios hay veces en las que deseo ser tan fea para así librarme de esos tarados. Y realmente estoy tan cansada de ellos, que me gustaría que... Ya mensa pon atención. Está bien lo haré. Pondré atención a esta maldita cla..."

En estos momentos los pensamientos de Azucena se vieron interrumpidos por las caricias de unas manos que emprendieron a manosear su culo. Ella no quiso creer que lo estaban haciendo. Prefirió pensar que el muchacho que estaba sentado a su espalda la había tocado accidentalmente. Pero esas caricias se convirtieron en pellizcones, nalgadas y uno que otro dedazo por su agujero.

–"¡Oh Dios mío! Me están tocando. ¿Qué hago? Justo cuando empezaba a poner atención. No, no es cierto, no estabas poniendo atención, pero... ¡Oh Dios mío! Ese ya fue un agarrón. Dejen de frotar mis nalgas, malditos estúpidos... tengo que hacer algo. ¿Pero qué? Son dos manos las que me tocan. Puedo sentirlo. Puedo oír sus murmuros... cómo planean complacer sus satisfacciones carnales. Se ríen con un tono de lubricidad. Desde aquí oigo sus respiraciones. No. Momento. Son tres manos. ¡Ay! Esa nalgada me dolió. Me equivoque, son cuatro."

Ellos no pudieron resistirlo; no pudieron contenerse; simplemente vieron como esa hermosa chica dejaba salir su carnoso y bien formado culo por el vacío que había entre la recargadera y el asiento del banco. Era un culo que imploraba a gritos ser ultrajado... Ellos no pudieron resistirlo...

–¡Oigan güeyes!, ya mejor vamos parándole; ¿Qué tal si nos acusa? –exclamó susurrando uno de los muchachos.

–Puedo arriesgarme –susurró otro.

–Sí. Ese culo bien lo vale –afirmó un tercero.

Y diciendo esto continuaron su empresa; aunque ahora de una forma más licenciosa y lubrica.

Uno de ellos metía su dedo en el mero hoyo del trasero de su guapa compañera. Lo movía suavemente, ocasionándole un ligero cosquilleo, incomodo para ella. Otro metía su dedo medio entre las dos nalgas, y con los dos dedos aledaños a cada lado, las apretaba con fuerza.

–"Oh esto ya no lo puedo creer, estos chavos ya no tienen descaro alguno... Debería delatarlos, a ver si aprenden... En realidad debería hacer lago al respecto, esto ya no lo puedo permitir... por primera vez debería de tener las agallas para defenderme, en vez de dejarme, como siempre lo hago. Vamos. ¡Hazlo!... Sí, lo haré... los reportaré, y aquí voy... Una... dos... ¡tres! ... Simplemente no puedo. No me animo. Soy una estúpida. No puede ser. Demonios. ¡Demonios! ¡Demonios!"

Estos cuatro adolescentes casi eran descubiertos en el momento en que el maestro se dio vuelta para hacer una pregunta a sus alumnos sobre la ecuación que realizaba. Pero no sucedió; estos gañanes se salieron con la suya. Y por cierto, sucedió lo menos esperado por Azucena.

–¡Azucena! –exclamó con un tono de reprimenda el profesor–. ¿Qué pasa contigo?

–¡¿Yo?!... No sé de que está ha-hablando... –titubeó con el rostro rojo de vergüenza y muy nerviosamente.

–¿Por qué no has anotado nada? O dime: ¿ya dominas el tema, como para pasarte al pizarrón a que lo expliques?

Ni siquiera permitió que contestara, cuando agregó:

–¿Y qué haces rodeada de esos burros? Tus amistades han cambiado súbitamente.

–No, profesor, lo qué pasa es que ellos... ellos... ellos...

"Aquí voy" –terminó diciéndose ella misma en sus pensamientos.

–¡Párele, párele! –dijo el profesor, impidiendo inintencionalmete la acusación de Azucena–. Es más, te me cambias de lugar.

Azucena acató la orden con un poco de inconformidad y mucha pena; aunque al menos ya no iba a estar cerca de esos abusadores.

Azucena creía que ya había terminado todo, que sólo era cuestión de que pasara el tiempo, saliera de su maldita escuela, se alejara de sus malditos compañeros, disfrutara la tarde, viendo su caricatura favorita, y desear que el día venidero fuera mejor que hoy. Pero no fue así.

Era el receso de las 12:00, tenía diez minutos para descansar, se sentía un poco abrumada, por lo cual fue a su lugar favorito: la banca junto al frondoso árbol en la que solía pasar el receso, donde por lo general estaba solo y nadie la molestaba. Mataba el tiempo leyendo una revista y silbando una canción.

En ese momento dos de sus compañeros arribaron a su presencia. Eran dos muchachos dispuestos a tener una charla para pasar el tiempo. Ella alzó su cabeza y los miró a los ojos. Por unos segundos permanecieron callados y serios, pero uno de ellos rompió el silencio.

–Lindo collar –dijo tomándolo con las manos.

–Sí... me lo regalo mi mamá...

–Ellos dos se sentaron con ella; uno a su izquierda y otro a su derecha.

–¿Qué pasa con ese maldito profesor? ¿Te regaña sólo por qué no escribiste sus apuntes? Qúe sigue: ¿Me expulsaran por tener el pelo largo? –alegó el otro muchacho.

–Sí, está loco –agregó Azucena con sospecha, pensando si se habrían dado cuenta o no de lo ocurrido en la clase–. ¿Y ustedes qué cuentan?

–No, pues nada; aquí na’mas, dando la vuelta, tratando de escapar de aquella bola de imbeciles a la que llaman compañeros... Y pues bueno... te encontramos aquí.

–Pero vaya, que ironía –comentó ella por esa casualidad.

–¿Ironía? ¿Por qué lo dices?

–No, por nada.

–¿Sabes que sería bueno? –dijo uno de los muchachos–. En vez de hacer dos recesos, deberían de juntarlos y hacer un receso de media hora. Así sería mas chido, no sé por qué pero lo sería.

–Hey sí. Tienes razón –dijo ella, asintiendo con la cabeza y relajándose un poco más, al sentir que tenía un pequeño parecido a esos dos jóvenes.

–Oye, sólo por curiosidad –dijo uno de los muchachos– ¿Qué música te gusta oír?

–¿Que música?... pues este... algo de pop.

–¡Esa música apesta! –dijo sarcásticamente uno de los muchachos.

–Ay, pues fíjate que son mis gustos; y yo oigo lo qué quiero, si no te gusta no me importa. A ti no te gustaría que yo criticara tu peinado... o el pendiente que usas. Cada quien tiene sus propios gustos, y deben ser respeta..

–¡Sí, sí, sí, sí... No te pedí la historia de tu vida.

Rieron los tres jóvenes; y Azucena en especial, parecía estar feliz por haber encontrado a dos amigos con los qué podría platicar y decir sus comentarios sarcásticos sin que la tacharan de mensa.

–¿Sabes que sería bueno? –comentó uno de ellos–. El salón debería ser más unido; muchos de nosotros no nos hablamos, ni siquiera nos dirigimos la palabra, deberíamos de olvidar todas nuestras diferencias, y unirnos en un estrecho lazo de amistad...

Azucena contemplaba como aquel estudiante exponía sus ideas, y con la sola expresión del rostro se podía ver que estaba de acuerdo.

–Hace unas horas –continuó– tú y yo ni nos hablábamos, éramos prácticamente un par de extraños. Y ahora ya nos conocemos. Cómo sea, a lo que voy es –sonrió malévolamente –... necesitamos que haya más unión entre nosotros, más... contacto –y comenzó a sobar el muslo de Azucena con la mano, al mismo tiempo que la miraba a los ojos. La expresión facial de Azucena cambió drásticamente; ya no manifestaba alegría, no, no. Esa expresión fue reemplazada por una de incertidumbre.

–Sí sabes a lo qué me refiero, ¿verdad, mi querida amiga Azucena?

–No, no sé a lo qué te refieres –respondió ella, al mismo tiempo que él proseguía sobándole la pierna con su mano, que ahora iba más lejos y la metía entre la falda y la sacaba suavemente para volverla a meter y seguir acariciándola de esa manera–, y me gustaría que me lo explicaras, siendo lo más explicito posible y sin tapujos.

–No me gusta ser directo con mujeres como tú. ¿Sí me captas, no?

–Sí, él tiene razón. Preferimos llegar, hacer lo nuestro y que tú nos sigas el juego. Así que vayamos al grano –exclamó el otro muchacho. Se acercó más a ella, pasó su mano a través de su espalda y le pellizcó el pezón más lejano a él.

Ésta era la segunda ocasión en el día que trataban de aprovecharse de ella; esta vez no lo pudo tolerar; y en vista de que ahora no estaba rodeado de gente, razón por la cual no era necesario hacer un escándalo, se defendió.

–¿Qué creen que hacen? Suéltenme, por favor. ¿Acaso son sordos, tercos o estúpidos? Dije: ¡Suéltenme!

Se puso de pie, dispuesta a irse, pero al momento de pararse, puso el culo justo en la cara de uno de ellos, que la sujetó, apretándole las nalgas.

–Déjame en paz, degenerado.

–¿Qué pasa contigo? –preguntó él, y la soltó.

Esa es la pregunta que yo les debería hacer a ustedes.

–No te enfades, puta. ¿Cómo demonios puedes pasar de comportarte de cierta forma a comportarte de otra totalmente diferente?

"Puta": esta palabra martilló sus oídos. Nunca había sido llamada de esa forma. Lo consideró un gran insulto, y comenzó a sentirse más angustiada. Podía concebir que la llamaran tonta, fea, mocosa e incluso pendeja; ¿pero puta?, jamás.

–No me vuelvan a decir así –dijo ella, cabizbaja, con una voz sombría y un nudo en la garganta–. ¿Les quedó claro?

–¿Una puta exigiendo respeto? Eso no se ve todos los días. Vaya, el mundo sí que está loco.

–Creí que eran mis amigos, yo vi en ustedes dos una amistad que empezaba a brotar. Pero me equivoque. Como siempre lo hago. Ahora, por favor, les digo que me dejen ir, y olvidaré lo acontecido aquí.

–¡No! No te vayas. Nosotros pretendíamos ser tus amigos. En realidad eres tú la que nos saca de quicio. Si no quieres este tipo de trato está bien; pero fue tu culpa; fuiste tú la que nos incitó a hacer esto. Nosotros sólo quisimos hacer caso a lo que indirectamente nos invitaste.

–Oigan, compañeros, voy a tener que ser clara con ustedes, puesto que estoy empezando a pensar que por aquí ha de haber un pequeño malentendido: ¿De qué me están hablando?

¡Por favor! Vimos claramente cómo te manoseaban en la clase de matemáticas. No fueron uno, ni dos, sino cuatro muchachos. Y tú no dijiste nada, en vez de eso sacaste tu trasero y lo inclinaste poniéndoselos a su merced. Lo permitiste enfrente de todo el salón, y casi puedo apostar a que lo disfrutaste tanto que lo harías de vuelta.

Al escuchar esto, Azucena se estremeció; no lo podía creer, ahora su salón pensaba que era una puta. Ella no lo podía creer.

–Así que para qué lo niegas –murmuraron–. Acéptalo y déjate sentir.

Los dos se acercaron más a ella. Uno apretó sus dos pechos; ella le retiró sus manos de allí; él no hizo caso, y volvió a apretarlos arduamente. El otro se encuclilló a sus espaldas; la nalgueó dos veces, al cabo que veía como le temblaban sus glúteos al momento del golpe, y dijo:

–¡Oh Dios!, este culo es bellísimo.

Su cuerpo era ultrajado una vez más; acariciado de arriba abajo; sólo unos pedazos de tela separaban las manos de estos tipejos de la piel de esta beldad.

–déjenme en paz, por favor, yo no pedí esto... yo... sólo quería... déjenme en paz por favor –dijo ella con una voz muy quedita.

Uno de sus acosadores, el que yacía abajo disfrutando de sus nalgas, se puso de pie, poniendo su erecto miembro viril entre las piernas y el culito de Azucena, acercó su boca a su oído, y le dijo susurrando:

–No.

Sacó su lengua y recorrió con ella la mejilla de su compañera, quien respondió a esto con una mueca de repugnancia.

–¡Retiren sus manos de ella jóvenes! –ordenó una voz autoritaria.

Ellos así lo hicieron, pensando que se trataba de alguna maestra. Se volvieron trémulamente y...

–¡Oh! Eres tú, creí que era alguien importante.

–Ella no tiene ganas de jugar. Así que mejor aléjense de ella, o podría pasarles algo desagradable –amenazó esta persona, que por cierto era Clara.

–Sólo tratábamos de divertirnos un poco– dijeron, mientras liberaban a su victima–. Toma entonces, llévate a tu amiguilla, y aléjense de nosotros, insulsas mujerzuelas.

–¿Mujerzuelas? –replicó Clara–. Lo dices con una denotación despectiva; como si odiaras a las mujerzuelas; como si no te gustara joder con ellas; como si amaras a las mujeres bien portadas, cuando hace apenas unos instantes despreciaste a esta mujer por no comportarse como una "mujerzuela".

–No, no es cierto... lo qué pasa...

–Lo qué pasa es que eres un imbécil –interrumpió Clara–. Te gusta que las mujeres se comporten de un modo, eso es lo que quieres, y cuando lo tienes, a nuestras espaldas nos desprecias e insultas como si no fuera el patrón de conducta que deseas que las mujeres sigan. ¿Es irónico, no lo crees? Muchas abandonamos ese comportamiento por la posición negativa que toman ustedes en el momento en que descansamos de complacerlos. Y entonces se quejan porque no somos unas fáciles, cuando ustedes mismos contribuyeron a que abandonáramos nuestro camino de rameras. ¿Ves lo imbécil que eres?

–Pero no puedes negar que eres una puta –exclamó desafiantemente– y que más de una vez te regocijaste de placer al jugar con mi pinga y deliraste al sentir mis caricias sobre tus pechos.

–Pase momentos maravillosos contigo hace tiempo. No lo niego. Pero me temo que ya quedo en el pasado, pues no estoy dispuesta a disfrutar con un bellaco que después de terminado el goce, va con sus conocidos y daña mi imagen contando una distorsionada historia de lo acontecido. Y a la dichosa mujer con la que gozó, la denigra y deja de ser su dadora de placer para convertirse en la corruptora de la moral.

–Di lo qué quieras, no importan tus insultos, hay muchos coños en este mundo, uno menos que joder no hace gran diferencia.

–Se te empezaran a acabar si dejas de valorarlos.

–Ya lo veremos. Nos vemos entonces... hasta luego.

En el momento en que iban a retirarse estos jóvenes, llegó Paola, escoltada con cuatro muchachos y tres muchachas.

–Espérense, no se vayan –dijo escasos segundos después de su llegada–, no sin antes explicarme lo qué pasó aquí.

Ellos así lo hicieron, relataron, sin omitir ningún detalle, el incidente.

–... ¿y esta chiquilla se opuso a sus tratos? –dijo Paola, manifestándose a favor de los muchachos– vaya, pero que locura, nunca había escuchado una historia así.

–Pero yo no quería ser sometida a esos tratos –se defendió Azucena–. Yo no soy así... no me gustan que me manoseen, eso realmente me enfurece, y cuando estos chavos lo hicieron... fue un completo insulto, yo...

–No te quieras hacer la inocente con nosotros, chiquilla –replicó Paola–. Vimos claramente cómo ofreciste tu culo en la clase de matemáticas.

Uno de los muchachos recién llegados apretó fuertemente las nalgas de Azucena, y exclamó:

–¿Acaso lo niegas?

Estaba tan agitada que sus piernas temblaban de nerviosismo. Una de las muchachas se acercó, y en son de imitación a uno de sus amigos, le pellizcó una teta y le dijo coquetamente:

–Eres una perra en celo.

Ella no dijo nada, no respondió; simplemente se quedó callada, reprimiendo su coraje.

Los demás muchachos la rodearon. Uno le toco el trasero; ella volteó enojadísima hacia donde él estaba. En ese momento se lo volvieron a tocar, pero ahora del lado opuesto; volteó de vuelta, y se lo hicieron una vez más. Volteaba para un lado, y los muchachos que estaban a su espalda la tocaban.

–¡Ya! Déjenme en paz... se los ruego.

–¡No supliques –dijo Clara– defiéndete, exígeles, y si es posible golpéalos!

–¡Cállate tú! –gritó uno de ellos.

No tuvo opción; seguían fastidiando a su amiga, no podía permitirlo, así que, Clara, tuvo que intermediar:

–¡Demonios! Aquí es cuando se supone que la tengo que defender –los comenzó a separar a punta de empujones–. ¡Ya, déjenla! –lo hicieron– ¿Se creen demasiado hombres, abusando de una criatura incompetente de defenderse de sus acosos? ¡Ustedes son muy...! ¡Ya párenle!

–Maldita zorra tetona –vociferó cierto muchacho.

–¡Tú! –respondió, apuntando al que la ofendió–. ¡Ven acá! ¿Te apetecen mis tetas?

–Sí.

–Pues toma, te las obsequio –exclamó sujetándolo de la cabeza con sus dos manos y sacudiéndosela impetuosamente entre sus pechos–. Lárgate de aquí, y llévate a tus amigos contigo.

Todos se rieron del ridículo al que fue sometido aquel adolescente. Y el muchacho que acarició las piernas de Azucena, al momento en que todos se volvían para fugarse, dijo:

–Adiós, culo de Clara, fue un placer haberte conocido.

Azucena había hecho un esfuerzo sobrehumano para evitarlo, pero una vez que todos se habían retirado, no pudo contenerse, y rompió en llanto. Clara se conmovió al contemplar el alma desnuda de su camarada; se sentó junto a ella, la cobijó entre sus brazos y permaneció haciéndole compañía, hasta haberse desahogado.

 

CAPÍTULO II:

DE VUELTA A LA CALMA. APARICIÓN DE RANDY.

Eran las 2:00, Azucena y Clara se dirigían camino a casa, usualmente se iban las dos juntas debido a que ambas vivían cerca. Durante esa pequeña travesía usualmente platicaban sobre cualquier tema típico; se ponían de acuerdo para hacer una tarea; relataban una anécdota graciosa, etcétera. Pero esta vez era diferente, las dos permanecían serias. No es que fuera poco usual; muchas veces se quedaban prácticamente calladas en el camino, pero ahora su silencio era desconcertante. Una caminaba por el asfalto, cabizbaja y el animo por los suelos. La otra por la acera, tranquila, sin ningún peso sobre los hombros, aunque guardando un poco de silencio, puesto que sabía que su amiga no estaba de humor como para tener una charla.

Clara miraba a Azucena, trataba de hacer contacto con su mirada, mas no lo lograba, y no sabía si dialogar con ella respecto a lo recién ocurrido o seguir en el silencio hasta llegar a su casa y dejarla a ella caminando de largo.

Para Clara no había sido gran cosa, la habían tocado, ¿y qué?; la habían manoseado, ¿y qué?; le habían pellizcado un seno, ¿y qué?; le habían acariciado las piernas, ¿y qué?; su trasero había sido agarrado, cogido; había sido tocado por un centenar de manos; prácticamente la habían follado con los dedos que le introdujeron, ¿y qué? Ella misma, como lo había confesado, se sometía gustosamente a ese tipo de tratos. Sin embargo conocía a su amiga; no la conocía muy bien, pero, la conocía, y con lo de hoy, ya la conocía mejor. Y Sabía desde hace largo tiempo que no era de las chicas que gustan de los placeres venéreos, y que la más leve insinuación, el más mínimo roce, la más pequeña y obscena palabra, la ofendían a tal grado que... bueno ustedes saben.

Por otro lado, Azucena miraba a Clara; ella la miraba; y no sabía si darle las gracias o darle un sermón por su incorrecto comportamiento que hasta ahora desconocía. Bajo cualquier otra situación lo habría hecho, pero esta vez se sentía en deuda con ella, no tenía ganas de sermonearla, pero creía que tenía que hacerlo. Se detuvo repentinamente, toco el hombro de su amiga, y le dijo, una vez que la miraba a los ojos:

–Gracias.

–¿Perdón?

Titubeó por unos segundos, se paso un poco de saliva, respiró hondo y profundo y continuó:

–Gracias por haberme ayudado hace rato con aquellos muchachos, fue muy generoso de tu parte. Yo no creí que ellos iban a ser capaces y que tampoco tu saldrías abruptamente para sacarme de ese lío. Si no lo hubieras hecho, sólo Dios sabe de lo que hubieran sido capaces. Yo... no lo sé... pudieron haber hecho una de esas cosas que pasan en las películas, ¿si sabes no? Forzar a una mujer a tener relaciones... violar en otras palabras. Yo... no lo sé... tal vez exagero pero...

–Exageras. Y mucho.

–¿Realmente piensas así? Tú viste claramente lo que hicieron, eso fue acoso y... y... y... gracias. Yo... te debo una. No sé cómo, pero te la compensaré. Tú sólo pídelo.

–Sí, claro... de nada –se calló por unos segundos y de repente rió quedamente–. ¡Je, je! Como te tengo envidia; esos acosos a tu persona son evidencia de lo hermosa que eres a los ojos de los hombres.

–¡Ay! No sigas. Haces que me sonroje.

Las dos saltaron temblorosamente, al escuchar el rechinido del freno de un auto que se detuvo a un lado, interrumpiendo su pequeña platica.

–¡Clara! –dijo el muchacho que conducía dicho carro, quien iba acompañado en el asiento aledaño por otro muchacho, y por cuatro hermosas muchachas, vestidas con poca y provocativa ropa, de unos 21-22 años, en el asiento trasero–. Que coincidencia. Iba paseando por estas calles, vi que los de la secundaria ya estaban saliendo, pero no creí que te fuera a encontrar. Ni siquiera pensé en ello. Pero que diablos ya estas aquí.

–¡Eres un imbécil! –vociferó ella. Se rieron todos los pasajeros, Azucena se quedo callada–. casi me atropellas. Corrección: nos atropellas.

–¿Quién es tu amiga?

–¡Oh, claro!, sí. Azucena, te presento a Randy. Randy, ella es Azucena.

–Es un placer.

–Mucho gusto.

–Adivina el por qué de mi sorpresa al encontrarte –dijo Randy–. Habrá una fiesta en la casa de Montoya.

–¿Y eso es difícil de adivinar, o qué?

–Pues no, pero esta va a ser muy especial. Bueno, miento, sí, va a ser igual a todas. Pero podríamos hacerla más interesante, tú sabes, podríamos...

–Allí estaré. Sabes que siempre lo hago.

–Cuento con ello. Yo por mi parte, me tengo que retirar. Negocios, ya sabes. Será el domingo a las 8:00, estoy seguro que no nos fallaras. ¡Ah y por cierto! Llévate a Azucena. Estoy seguro que a Montoya le encantará conocerla. Muy seguro.

Pisó el acelerador, gritó alguna grosería que fue recibida por el vitoreo de sus camaradas, y dejando, metafóricamente hablando, las llantas pegadas en el asfalto, se retiró.

Estando ya en casa, Azucena subió las escaleras; ni siquiera saludo a sus padres ni dijo "ya llegue"; cerró con seguro la puerta de su cuarto, aventó la mochila y se echo en la cama tratando de conciliar el sueño y de olvidar el mal día que había tenido. Durmió cerca de dos horas y se levanto con un ligero dolor de cabeza. Comió en compañía de sus padres, quienes antes de permitir que sus hijos tocaran la comida, hicieron una pequeña oración, dando gracias por el alimento. Después hizo su tarea, vio algo de televisión, jugó serpientes y escaleras con sus hermanitas, se duchó y se fue a la cama para recibir el día venidero, deseando que las cosas mejoraran.

Cómo era de costumbre todos los días por la mañana, su mamá la llevo en carro a la escuela, le dio su lonche y dinero y se despidió con un maternal beso en la mejilla. Azucena estaba un poco nerviosilla. Pensaba que podía ser objeto de burla de sus compañeros o en convertirse en la nueva niña paria de la escuela. Agachó su cabeza al pasar al lado de los muchachos que la fastidiaron el día anterior; pero ellos permanecieron callados, sin insultarla ni molestarla. Todo transcurrió de manera normal; bueno más o menos, medio salón ya no le hablaba. Pero era eso ser molestada por sus compañeros. Le fue bien.

En el camino a casa, Clara le platicaba sobre un programa de televisión que había visto el día anterior y una anécdota de la vez que tomó un taxi, y al bajarse se dio cuenta que no tenía dinero. Ella reía al escuchar esa historia y sobre la embarazosa posición que debió implicar.

Ella ya estaba más tranquila, puesto que esperaba tener un día realmente difícil, lleno de insultos, e incluso hasta llego a pensar en que la violaban y en otras horribles cosas; señal de la gran aversión que tenía a un acoso de ese tipo y al exagerado juicio que había tomado de sus compañeros.

Por la tarde salió a la galería con su amiga, compró algunas cosas y se quedo con la tentación de comprar unos zapatos y un lindo vestido. Clara vio que en el cine exhibían una película que le habían recomendado, e invitó a Azucena a verla en su compañía; Azucena se negó, pues sólo le habían dado permiso de llegar hasta las 6:00 a casa, y no podía llegar dos horas tarde. Clara pensó en exhortarla a desobedecer a sus padres, pero se abstuvo, pues no quería acongojarla, y hasta estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa que ella dijera con tal de hacerla sentir mejor. Y así fue, llego a casa a la hora contemplada y se libró de reprimendas. El siguiente día en la escuela aconteció sin novedad. Por la tarde le ayudó a su mamá a hacer la comida y lavó su uniforme. Más tarde, mientras escuchaba música y comía una gelatina, su amiga Clara le llamó por teléfono. A ambas les fascinaba platicar por teléfono. A veces pasaban horas charlando de cualquier tema, del que fuera, con tal de acabar con la monotonía y pasar un buen rato. En esta ocasión, muy en particular, conversaron con mucho entusiasmo, y reían a carcajadas en cualquier instante en que se confiaban mutuamente alguna de sus intimidades, que seguramente tenía un fin cómico.

–Aja... claro, te escucho... no... no... ay Clara, dime quien. Si no me dices nombres, entonces para que me lo cuentas... ¿En serio? ¿Karla? ¡Je, je!... pobre de ella... oye, ¿sabes qué? Ya tengo que colgar, antes de que mi papá me regañe. ...ya sabes "Si tú vas a pagar el teléfono, entonces si puedes hablar el rato que gustes". Bueno. Adiós... pero dímelo rápido... ¿¿En tu casa?? Pues, no lo sé... Sí, ya sé; si no hubiera sido por mí ya la hubieras visto en el cine... Esta bien, le diré a mis papás; a ver si me dejan. ...Sí, claro... Nos vemos.

Pareciera que todo en la vida de Azucena iba bien. Ya no la molestaban; ni se dirigían a ella con un adjetivo despectivo; iba recuperando el respeto que había perdido; unos de sus compañeros se disculparon por el incidente de días anteriores (a ella, eso la llenó de alegría, pues no le gustaba estar enojada con nadie. Además siempre perdonaba; claro había unos a los que nunca iba poder hacerlo; aunque sabía que ellos nunca iban a pedir perdón por ello); y la amistad con Clara iba creciendo. Nada podía empeorar; o al menos eso creía.

 

 

CAPÍTULO III:

DIÁLOGO ENTRE CLARA Y AZUCENA SOBRE EL LIBERTINAJE

Unos cuantos días después, aconteció otro suceso en la vida de Azucena. Resulta que Clara la invitó a su casa a ver una película; ella aceptó, era fanática del cine, necesitaba un poco de esparcimiento y quería olvidar la desagradable experiencia del otro día. Llegó a la casa de Clara, su amiga, y tocó el timbre:

–Pásale –dijo Clara.

Ella, naturalmente, lo hizo.

–Vaya, que linda casa tienes.

–Lo sé, gracias –contestó alegremente.

–¿Puedo tomar asiento?

–Con confianza.

–Pero que aburridos han sido mis días últimamente. Qué bueno que me invitaste a ver una película. Seguramente pasaremos un buen rato.

–Sí, seguro.

–¿La ponemos ya?

–Sí, sólo espera un momentito.

–¿? ¿A qué?

Recién dicho esto, sonó el timbre.

–¡Ya llegaron! –dijo Clara.

–¿Quiénes?

Haciendo caso omiso de la pregunta de su amiga, Clara abrió la puerta y dejó pasar a sus otros invitados. ¿Quiénes eran estos incógnitos personajes? Dos muchachos de 19-20 años de edad. Entonces, Clara le dijo a Azucena:

–Permíteme presentarte a Rafael y a Flavio.

–¡Ah, hola...! Es un pla-placer.

Con una perversa sonrisa en sus labios contestaron:

–Igualmente.

Los cuatro se sentaron en el sofá; de izquierda a derecha: Rafael, Clara, Azucena y Flavio. Azucena se sintió algo intimidada, ya que desconocía la invitación de estos dos tipos.

Pusieron la película y comenzaron a mirarla. Flavio se comenzó a acercar a la beldad que tenía a su lado; a lo cual comenzó ella a ponerse algo nerviosa. Volteó a su derecha, y Flavio le sonrió, razón por la cual ella le contestó con una disimilada sonrisa.

–¿Por qué tan tímida? –preguntó Flavio.

–No... no... no es... cier-cierto.

–Cállense y dejen oír la maldita película –dijo Rafael.

Flavio le puso encima el brazo. Ella sudaba y respiraba nerviosamente. El gandalla muchacho, viendo que ella no retiraba su brazo, comenzó a acercarse más y le pasó sus manos sobre las piernas.

Clara, al percatarse de ello, con la voz de una picara, dijo:

–Oye Rafael, ¿Por qué no vamos a mi cuarto? Quiero enseñarte algo.

–Pero si estoy muy entretenido viendo la pelícu... ¡Oh!, sí, ya entendí... ¡Je, je! Claro vamos.

Retirándose estos dos tunantes, Flavio se le arrojó a la jovencita de tan sólo quince años, con la que pretendía dar rienda suelta a sus más íntimos deseos. Y besa los labios de esta niña; ella pretende evitar esto; le pide que por favor pare. Ignorando la petición de la joven, pone su mano en la teta izquierda, la aprieta y la frota.

–No me hagas esto –exclamó con pavor– suelta... suéltame...

El cachondo adolescente se encuclilló frente a ella, metió sus manos entre la falda y le bajo el calzón, dejando descubierta aquella exquisita conchita. Como respuesta a esta acción, inmediatamente la doncella le propinó una tremenda patada en la cara al muchacho, y salió corriendo hacia la habitación de su amiga. Sin siquiera tocar abre la puerta de trancazo. Y vaya sorpresa con la que se encontró: la muy puta de Clarita es enculada por Rafael. Al presenciar este espectáculo, la muy espantada y confundida jovencita, cerró la puerta de golpe.

–¡Demonios! –dijo Clara, mientras el pito de aquel joven era retirado de su orificio–. ¡Espera, no te vayas!

–¡Déjame ir y no diré nada! –exclamó toda alocada Azucena.

–¡No seas bruta! ¡Tú de aquí no sales!

–¡Pero, pe-pe pe... ro-pero...

–¡Pero nada, zorra! ¡Ustedes dos quédense aquí! Ahorita regresamos –dijo esto último a sus dos amigos. Y dirigiéndose otra vez a Azucena, agregó–: Y tú, mija, sígueme, tenemos que hablar.

Las dos se metieron a la habitación. Clara cerró la puerta con suavidad, le puso seguro y permaneció unos cuantos segundos callada, dándole la espalda a su amiga, cabizbaja, con una mano tocando la puerta y con la otra la chapa.

–Clara, ¿qué me hiciste? –preguntó confundida Azucena.

–Eres una mensa –contestó apretando los dientes–. Ya déjate de niñerías.

–¿Niñerías? Yo... no entiendo. Explícame. No sé de qué...

–No puedo creer como alguien puede ser tan idio... ¡Tú! ¡Diablos!

–¿¿Qué??

–¡Ya por favor! ¿Qué ganas con ello? ¡Nada! Lo único que haces es verte ridícula y tonta.

–¿Qué ganó con qué?

–Con tu actitud de niña buena y de mujercita bien portada. Es ridícula y no te lleva a nada. ¿Por qué no dejas salir la voluptuosidad que escondes? Lo único que haces es hacerme quedar mal con mis amigos.

–No lo puedo creer. Me tendiste una trampa –replicó Azucena completamente indignada y sorprendida–. ¿Tú? Mi mejor amiga. Me traicionaste. ¿Cómo pudiste? De todas las personas en el mundo, tú eres la última que pensaba que sería capaz de hacerme esto. Ya no sé en que confiar ni en que creer. Esto realmente me aflige y me llena de tristeza.

–¡No! Eso no fue así. Yo no te traicioné. Yo no los había invitado a ellos; la idea era que sólo seríamos tú y yo, como amigas. Esa era la idea tal y como lo acordamos por teléfono aquel día... pero entonces ellos me llamaron. Hace unas cuantas horas. Querían que saliéramos a divertirnos. Yo les dije que no; que ya había hecho planes... y cuando les conté de ti, insistieron. Yo accedí a ello pues...

–Pues querías que uno de tus invitados se aprovechara de mí. Que tuviera sexo conmigo. Que mi cuerpo fuera alimento de sus pasiones. ¿Verdad?

–Sí –respondió fríamente mirándola a los ojos–. Bueno, tal vez sexo no, pero...

–¡Eso fue una traición! –exclamó Azucena, decepcionada e incrédula–. Si no puedo confiar en mis amigos, entonces en quien.

–Yo sólo quería enseñarte a apreciar lo bonito que es la voluptuosidad. Yo no quería que sucediera de esta forma. Mis intenciones eran buenas. Todo lo hice con el fin de ayudarte. Déjame hacerle honor a mi nombre y ser un poco más clara. Sí. Sí traje a este chavo para que fajara contigo...

–Te desconozco amiga mía. Te desconozco.

–No interrumpas. Sí, lo traje para eso; pero yo sólo quise ayudarte. Cuando vi como se aprovechaban de ti en la secundaria me sacaste de quicio. La forma como te angustiabas cada vez que te tocaban una nalga o te pellizcaban un pecho, realmente llamó mi atención. Languidecías, y créeme, volverás a languidecer si sigues con esa mentalidad. Es por eso que quiero cambiártela, por tu bien, porque el sexo te perseguirá toda la vida, no tienes opción y no puedes verlo de esa forma; tienes que acogerlo con júbilo y avidez. Siendo algo inherente a nuestra naturaleza, no puedes rechazarlo y negarlo. No puedes hacer eso. Y sé que de cierta forma debí haber tenido más consideración contigo después de la desagradable experiencia que recientemente enfrentaste. No la tuve, no pensé en ello; debí hablar contigo primero sobre ello, antes de arrojarte a las manos de ese bravucón cachondo...

–Clara... amiga, lo que ese "bravucón cachondo" pretendió hacer conmigo fue atroz... él... él... –se llevó una mano a la boca, cerró los ojos, inclinó la cabeza y continuó con un nudo en la garganta–: él me desnudó Clara, desprendió mis pantaletas de mi pelvis y dejó descubiertas mis partes... sentí una sensación horrible dentro de mí, fue realmente humillante, por el amor de Dios, Clara, eso fue un ultrajo a mi persona y a mi dignidad como mujer. Y lo que más me parte el corazón es que fue parte de una conspiración tuya.

–Azucena, creó que fui muy clara contigo cuando te dije que no me interrumpieras –insistió Clara, a la vez que Azucena levantaba la cabeza y reflejaba asombro en su rostro, al ver como Clara no mostraba compasión y compresión por ella–. Lamento que hayan abusado de ti. Si es que abusar es la palabra correcta...

–No la es. ¡Violar, sí!

–Por favor, no empecemos.

–Pero eso es lo que fue. Él trató de violarme. él...

–¡No, no es cierto! Eres una pendeja, maldita sea. ¡Una pendeja! Y no sabes cuanto tiempo me había contenido para decírtelo. En ningún momento usó él la fuerza. No la uso; simplemente se te insinuó, y al ver que no hacías nada al respecto fue más lejos, al grado de pretender copular contigo. ¿Él cómo habría de saber que tú no querías joder? Debiste de haberte negado. ¿No pudiste decir: "le agradezco su proposición, joven, pero francamente no tengo ganas de fornicar con usted. Vaya y consígase alguna puta que acepte su oferta. Con su permiso; hay una película que trato de ver. Gracias"? Qué tan difícil pudo haber sido mencionar esas palabras.

Al escuchar esto, Azucena sintió corte. Y si estaba confundida, desconcertada y decepcionada hace unos momentos, ahora lo estaba más. Ella no lo podía creer, sus relaciones con sus compañeros habían mejorado después del embarazoso incidente de días atrás. Y así de repente se encontraba lidiando con su mejor amiga, la única persona con la que había podido sentirse a gusto; estaba siendo ofendida por ella, estaba siendo repudiada y denigrada por ella. Era curioso, el día de hoy pintaba demasiado bien.

Clara se apaciguó un poco, exhaló todo su enojo y preguntó:

–¿Por qué? ¿Por qué tienes que ver el sexo de esa manera? ¿Por qué no lo puedes ver con naturalidad; disfrutarlo y gozar de él? ¿Por qué no te gusta ser jodida?

Azucena permanecía con la mirada por los suelos y el animo resquebrajado. Y se vio imposibilitada de contestar esa pregunta. Las palabras de Clara la habían enmudecido.

–contéstame –exclamó imperativamente Clara, quien se acercó a Azucena poniéndole las manos en los hombros–. Azucena, por favor, respóndeme; te lo digo de buena manera.

–yo... este... no... no...

Azucena, mírame a los ojos –insistió Clara, levantándole la cabeza suavemente con su mano– y respóndeme sin titubear.

–Porque no. No es bueno. Debemos evitar comportarnos de esa forma. No podemos hacerlo... no es nada decente.

–Ya ves como sí puedes contestar a mis preguntas. ¿Qué tan difícil fue hacerlo? Nada. Pero dime: ¿por qué no debemos hacerlo?

–Porque va en contra de la moral y las buenas costumbres.

–¿En serio? Y que hay de malo en ello ¿A quien dañamos? ¿Por qué no contestas mija? ¡A nadie! Yo contestaré por ti ya que te niegas. Hay algo que debes saber, y es que joder es algo hermoso, sublime, encantador. Nos da mucho, pero mucho placer. Tú fuiste dotada con ese bellísimo cuerpo ¡Eres hermosa! Mil y un hombres te desean; anhelan joderte. No tienes elección debes rendirte a sus deseos y hacerlos felices. Porque es precisamente, ser feliz y hacer felices a los demás la única ley que debes obedecer.

``Al igual que muchas personas fueron bendecidas por la naturaleza con inteligencia superior, o con una gran justicia y habilidad para dirigir un pueblo, o los que tienen vocación de mostrar la belleza por medio del arte, o cualquier otra persona ilustre que haya sido bendecida por sépase cual don, tú fuiste dotada con ese lindo culo, parado y muy apetitoso. La naturaleza pensó bien antes de hacer todo, y es por eso que muchas personas sobresalen en una u otra cosa; unas menos, otras más; hay quienes nos sorprenden y asombran por sus increíbles capacidades, mágicas, que saben aprovecharlas y apreciarlas; y escalan hasta lo más alto de la cúspide. Son esas personas las que hacen la diferencia, las que revolucionan y cambian por completo el campo en el que se desenvuelven y lo moldean a su gusto. Son esas personas la que forman la historia, las que cambian el mundo. Por otro lado, hay quienes no sobresalen en nada; otros que francamente estorban como piedras en el camino; y peor aun, hay quienes vinieron a retrasar el avance e irrumpir el orden y pudrir a todo fruto a su alrededor. Tú no eres de esas personas, tú eres de las grandes. Eres dueña de ese dichoso culo. En ese aspecto eres superior a mí que poseo un culo algo exquisito según me han dicho, pero comparado con el tuyo es un mal chiste. Mas miento no eres de las grandes, aun no. Tienes madera de serlo, tienes la supremacía servida en charola de plata. Pero así como puedes elevarte, también puedes caer en lo más bajo y arrastrarte en la basura. Porque aquel que tiene la oportunidad de ayudar a los demás o de hacer el bien, y no lo hace, hace más mal que tampoco lo hace pero por su incompetencia. O acaso dime: si tuvieras la oportunidad de salvarle la vida a alguien y no lo haces, ¿no sería eso un crimen y una falta a tus inherentes obligaciones? Tú tienes el trasero que toda mujer envidia y desea tener, unos labios carnosos que todo hombre apetece, buenas piernas y bonita cara, ojos grandes y cristalinos, hermosas mejillas, un coño virgen, apretado, rosado y peludito y una piel de lo más sensual. Es un crimen no usar ese cuerpo como tal, o sea para darle placer a los hombres que lo piden, que lo desean y lo anhelan desde lo más profundo del alma. ¡Un completo crimen! No tienes opción, la naturaleza te lo obsequió, de otras mujeres te escogió a ti; fuiste su predilecta; no la decepciones, muéstrale que eres su digna hija y conviértete en una sierva de la lujuria.

``¡Tienes un culo bello; úsalo como culo y no como otra cosa! Dale un cálido refugio a cuanta verga lo solicite; que sea abrazada con tus dos nalgas; déjala meterse hasta lo más profundo de tu ano; apriétala, comprímela, contenla. Porque para eso fue hecho tu culo; es por eso que fue hecho a la medida del pene; no creas que fue simple coincidencia. Pregúntale a cualquier mujer que le fascine ser enculada, si no siente un inmenso placer, si no es una experiencia maravillosa. O pregúntale a cualquier hombre que encule a su mujer, si no lo disfruta abismalmente.

``Créeme, la anatomía, forma, tamaño del culo, la posición dónde se encuentra... ¡todo! Fue hecho minuciosa e inteligentemente para que fuera jodido. ¿Y tú creías que sólo servía para defecar? Y que hay de tu vagina, tus pechos, tus piernas, tu boca, tu piel, tus cálidas manos... todo ello tienen diferentes funciones que sirven al placer carnal, y tú tienes que hacer uso correcto y debido de dichas partes.

``Por esas y muchas otras cosas más, fornica todo lo que quieras, corrección, todo lo que puedas. No seas egoísta; comparte eso que tienes y úsalo parea el beneficio propio y del prójimo. En eso estimada amiga, radica la idea del bien, de la justicia, de la felicidad y de la condición humanitaria y racional que tenemos como seres superiores. Porque a diferencia de los animales, nosotros tenemos uso de la razón e inteligencia en grandes dosis; y es precisamente por ello que hemos descubierto que la cooperación reciproca, el ayudarnos los unos a los otros, es lo que nos hace valer como humanidad. Porque no podemos hacer todas la cosas por nosotros mismos, necesitamos la ayuda de los demás; necesitamos de los demás. Forniquemos; compartamos nuestros cuerpos que fueron hechos para proporcionar placer.

Azucena no podía creerlo, y en vez de pretender corregir su "errado comportamiento", tal y como lo describiría Clara, se entristeció al ver como su mejor amiga se perdía en el sendero de la lascivia. Azucena no estaba dispuesta a cambiar todos los valores y principios púdicos que le habían sido inculcados durante quince años a cambio de estos otros que los contrastaban, y que apenas unos minutos hace, su amiga pretendía inculcarle.

–¿Cómo puedes pensar de esa forma, Clara? Estoy decepcionada de ti; no creí que pensaras así. Recientemente me enteré de tu comportamiento, mas no creí que abogaras por él, que lo creyeras correcto; creía que te arrepentías de ello. Pero ya veo que no.

–Creo que va a ser muy difícil cambiar tu mentalidad, pero trataré de hacerlo.

–Imposible será. ¡No podrás! Cesa tu intento. Lo único que haces es debilitar nuestra amistad.

Clara tomó con sus dos manos la mano derecha de su compañera, la estrecho, fijo la mirada en sus ojos, y dijo dulcemente:

–Sépase que nunca he querido perjudicar nuestra amistad. Es por eso que te doy esta pequeña platica, porque eres mi amiga y no deseo otra cosa más que el goce de tu vida y orientarte hacia el camino del que pocos instantes después de nacer fuiste desviada.

Azucena respondió:

–Tu objetivo es ayudarme; lo sé, pero aquí la que necesita ayuda no soy yo.

–Te equivocas.

–No. No lo hago.

"Mira Clara, en lo personal a mi no me gusta hablar de este tipo de cosas. Pero ya que entramos en materia, y que requieres de una platica sobre ello con alguien de confianza, y a pesar de que acabo de ser victima de una humillación de esta índole, accederé a platicar sobre ello.

–Habla pues.

–Está bien lo acepto, tener sexo es un goce, es placentero. Tienes razón en ese punto. Pero no podemos andar teniendo sexo de una forma tan licenciosa. Su único objetivo es la procreación. Dios no quieres que andemos fornicando como animales, debemos de darnos a respetar, porque si no, ¿dónde estaría nuestro pudor?

–Eso que dices es...

–¿Me permites, por favor? –Clara se calló y asintió con la cabeza–. Gracias –continuó–: Aquí entre nos, te voy a confiar mis sentimientos a ti y sólo a ti: Un día voy a tener sexo con un hombre; no sé quien, pero será mi esposo. He pensado en ello últimamente; antes no pensaba prácticamente nada en sexo, ahora sí. Pero déjame decirte una cosa, esa será una experiencia maravillosa para mí, lo disfrutaré, no lo niego. Ese día en que pierda mi virginidad procrearé un hijo. Para eso tendré sexo, sólo para eso y nunca, pero nunca, permitiré que me hagan el amor por mi ano. Nunca.

–¿Ya acabaste? –preguntó Clara con expresión de repudio.

–No. Clara, escúchame.

``No puedes andar fornicando así como así. Y eso no te lo digo yo, ni te lo dice tu mamá, ni te lo dicen tus maestros, te lo dice... te lo ordena Dios. Y espero que eso lo tomes en consideración. Otra cosa, el sexo no es algo que debes tomar a la ligera; no, implica una gran responsabilidad. ¿Qué pasaría si en uno de tus desenfrenos sexuales resultaras embarazada? Imagínate. Tienes sólo quince años, no estás preparada para ello. Son muchos los cuidados, responsabilidades y obligaciones que conlleva el tener un bebé.

-Eso que arguyes es ridículo –apuntó Clara, pasando de un estado de tranquilidad a uno un poco más alterado–. Ya hemos avanzado en ese campo. Nuestros métodos para evitar la concepción de un engendro son demasiados, realmente simples, tan accesibles y tan efectivos que sólo los estúpidos, y no hablo de cualquier estúpido, sino de los estúpidos entre los estúpidos, podrían caer en el embarazo no deseado. Ya tenemos condones, diafragmas, espermaticidas, pastillas, hace ya un largo tiempo que se inventaron. Además de que la mujer tiene y siempre ha tenido su calendario de días fértiles y días no fértiles. Eso que dices es absurdo, por no decir otra palabra.

–Pero que me dices de todos los casos que ha habido. ¿Qué me dices de tu amiga Zaira? ¿La recuerdas? Esa muchacha que echo su vida a perder por una satisfacción carnal.

–Creo que ya insistí en lo de los estúpidos, ¿no? No hay nada que decir acerca de ello.

–¡Pero como! ¿Llamas a tu propia amiga "estúpida"? Yo no creo que lo sea; yo creo que ella fue una mujer como tú: débil ante los goces del cuerpo, libidinosa, descuidada. Y eso debería ser un ejemplo de lo que te podrías pasar a ti. Es por eso que hay deseos que por más intensos que sean, debemos guardarlos y no dejarlos salir. Porque si no lo hacemos, las consecuencias podrían ser... abrumadoras.

Una chiquilla idiota sale embarazada, y la gente trata de proscribir el sexo a los jóvenes de corta edad. He ahí la gran iniquidad. Esas chavas resultan embarazadas no por ser jóvenes, sino por ser idiotas. ¿Si lo captas? A los idiotas, y no a los jóvenes adolescentes son a los que se les debe fomentar la abstinencia de relaciones sexuales, si es que no quieren terminar con su error venidero en nueve meses.

Zaira bien que conocía los riesgos que corría al joder. Por qué diablos no le pidió a su novio (o sépase quien haya sido quien depositó esas gotas de semen), que se pusiera condón. Y si no tenía ni condón ni ningún otro método anticonceptivo al alcance, y sus ganas de coger eran tan intensas, ¿por qué diantres tuvo que escoger la vagina como agujero para recibir el pene? Hay otros agujeros jodibles; tiene un ano, una boca. ¿Por qué de esos tres agujeros tuvo que escoger la vagina? Coger por el culo es realmente sabroso; chupar una polla... mmm... que delicia –se detenía por unos segundos imaginándose las pasiones señaladas– ¿No pudo meter el pito entre sus muslos? ¿O masturbar ese pito? ¿O permitir que ese joven masturbara su vulva? Créeme Azucena, eso sí es un verdadero placer. O por qué no introdujo mentado chavo su verga entre los senos de Zaira, apretándolos con la mano y moviendo su miembro simulando una embestida? Créeme eso sí es satisfactorio; deberías probarlo.

–Oh no. ¡Ay! Perdón.

–¿Qué?

–No, lo qué pasa es que... bueno... a ti no te lo recomiendo, puesto que tus pechos son pequeñitos, por lo tanto no son aptos para realizar esa faena. Se necesitan unos pechos un poco más grandes... y flexibles; Tú sabes.

–Ya ves como mi físico no es perfecto.

–No es eso lo que quise decir. Además, conozco muchos hombres que les gustan las mujeres con los pechos pequeños, paraditos, y acompañados de una cara angelical como la tuya.

``Bueno, en fin... la cosa es que de todos los agujeros fornicables y de todas las pasiones que pudo haber gozado Zaira, ¿por qué escogió el coito, siendo este el menos propicio dada la situación en que se encontraba? Fue una estúpida. Realmente fue una estúpida.

–Clara... no digas eso. Ella fue tu amiga.

–Es mi amiga. También tengo amigos estúpidos. Yo no discrimino a los estúpidos. Al grano, vayamos al punto. No coger por miedo al embarazo es el miedo más estúpido que puede tener una mujer, al menos que sea estúpida. Aniquilada quedo ya esa excusa.

–Dime más, sigue hablando, yo te escucho –dijo Azucena–. No he concordado en nada contigo, pero quiero saber qué más piensas.

–Esta bien, como digas –exclamó Clara–. ¿Por qué otra razón no lo haces?; ¿ordenes de tus padres? ¡No les hagas caso!

–Tengo que.

–No, no tienes. ¿Por qué les habrías de hacer caso?

–Porque todas sus prohibiciones y mandatos son por mi bien.

–¿En serio? Quien desea hacerte el bien y ayudarte es menester que te conozca, pues de lo contrario ¿cómo va a conocer tus temores?; ¿cómo vas a conocer tus conveniencias y prioridades?; ¿cómo va a conocer lo qué deseas?; ¿cómo va a conocer lo qué es necesario para que hagas las cosas bien o mal?... bueno... etc. Tus padres sin duda te conocen bien, pero te conocen mejor tus amigos; y tú misma te conoces mejor que estos dos últimos. Por lo tanto, obedécete a ti misma, sigue tus convicciones, no hagas lo que otra persona te diga.

–Pero Clara... –repuso Azucena– tengo que obedecerlos. Ellos son mis padres; gracias a ellos estoy aquí; yo les debo mucho. "Honraras a tu padre y a tu madre": recuerda eso.

–Sé que los padres hacen mucho por nosotros y que les debemos respeto; pero eso no quiere decir que tengan razón, ni que deban decirte como comportarte; ellos quieren que tú te comportes como ellos se debieron de comportar; pero tú no eres ellos, tú eres diferente. Tú haz las cosas a tu modo; recuerda eso. Sé autónoma. Si tú no tomas tus propias decisiones que crees que va a ser de ti. ¿Y si te equivocas? ¡No importa! Tienes derecho a equivocarte, y hasta de hacer estupideces.

–¡Pero mi madre dice que la tengo que obedecer! Ella lo hace por mi bien. Cuando alguien desobedece a sus padres, lo hace por que quiere disfrutar de algo, o por que desea hacer algo, o por cualquier otra cosa que le da la gana; él sólo ve las cosas buenas, mas no ve ni piensa en los riesgos que conlleva, y es por eso último que sus padres se lo prohíben. Ellos piensan inteligentemente, mientras nosotros nos dejamos llevar por el placer.

–Pues eso únicamente le pasa a los estúpidos. Tú ya no tienes ocho años. Ya tienes uso de la conciencia; cuando tomas una decisión tú misma debes ver las cosas buenas y las malas. Sólo los estúpidos son demasiados ciegos para sólo ver las cosas buenas e ignorar las malas. Eso es algo que debes aprender, hay cosas que sólo se aplican a los estúpidos; no hay por que generalizar. Dime: ¿tú eres una estúpida?... No, no lo eres. Eres un ente pensante y racional. En cuanto a lo que dices te equivocas. Lo padres piensan mucho, exageradamente mucho, en el bienestar de sus hijos... en que no les pase nada. Y piensan poco en el esparcimiento, diversión, goce que necesitan. Siendo esto lo primordial de la vida; lo otro sólo es una condición inherente para llegar a ello. Compréndelo; tus padres no pueden leer tu mente; no han estado contigo cada momento de tu vida; hay muchas cosas que les ocultas por obvias razones. ¿Cómo diablos van a ser ellos más aptos que tú para tomar las decisiones que te atañen y afectan o benefician a ti y sólo a ti?

–Pero mi madre dice que sus intenciones son buenas; ella me da muchos buenos consejos... yo... yo... yo tengo que obedecerla. "Aléjate de las malas influencias": dice mi madre...

–¡¿Y qué sabe tu estúpida madre?! ¡Ella no va tener siempre la razón! ¡Ella también se equivoca!

La paciencia de Clara sucumbió ante la ingenuidad de su amiga. Se hartó; había sido tolerante, realmente lo había sido, pero el hilo que contenía la tolerancia se rompió. Azucena quedó pasmada con las insolentes palabras de Clara. Una expresión de sorpresa se dibujó en su rostro, que fue cubierto con sus manos, que instintivamente trataron de ocultar sus insultados sentimientos, al mismo tiempo que Clara, un poco más calmada, y soltando su coraje con exhalaciones, habló como sigue:

–Mira Azucena. Tus padres no son perfectos ellos suelen equivocarse, no lo pueden saber todo. Haz lo que te plazca sin que tus padres te limiten. Sé libre. No te sometas a las ordenes de otra persona por más buenas que sean sus intenciones. Escucha, analiza lo que ellos te dicen, no lo tomes como una orden sino como una recomendación; y si después de meditarlo te das cuenta que tenían razón, entonces hazlo. Pero no los obedezcas por el simple hecho de ser tus padres. Y si ellos te han inculcado algún principio, virtud o valor equivocado desde que eras una niña, ¿Por qué habrías de seguir obedeciéndolos si ya sabes que están equivocados?

Ambas permanecieron calladas por algunos instantes; cada una con la mirada fija en la otra. Había unas palabras que una de ellas quería pronunciar; la otra las esperaba. Apoyando su mano en el hombro de su compañera, Clara, sonrojada y arrepentida, dijo:

–Perdón. No debí expresarme así de tu mamá. Se me salió. No fue mi intención. Yo... perdón.

–Te perdono –dijo Azucena con voz queda y sin despegar la mirada de su camarada–. Sé que no fue tu intención.

–Pe-pero... pero –se sonrojó– realmente tengo que insistir en... ya sabes... lo hermoso que es fornicar.

–¡Y dale con lo mismo!

–No, lo digo en serio.

–¡Oh sí, claro, tienes razón! – dijo sarcásticamente Azucena.

–La aversión que sientes por ello no creo que se deba únicamente al embarazo, o a lo que tus padres te inculcaron. Imposible que sólo sea eso. Y creo saber que es. Son tus principios religiosos, ¿no es así?

–Diste en el clavo, amiga mía.

–Debí haberlo supuesto. Todo era tan obvio: el crucifijo que pende de tu cuello; los domingos por la mañana nunca estás en casa; cada frase que dices suena a "¡Oh Dios!"; y el comportamiento que tienes lo esperaría de una monja del siglo XVII. No tienes por qué obedecerlos, son absurdos, ridículos, van en contra de las leyes de la naturaleza, se crearon hace miles de años, nuestra moral ya cambió. En fin son estúpidos...

–No digas eso –interrumpió Azucena–. ¿Cómo puedes decirlo? Eso sí ya no te lo tolero. Una cosa es que insultes a mi madre; eso si es vil; ¿pero insultar lo sagrado? Eso es ruin. Y déjame decirte que así como tú insultas, yo también puedo: Eres una estúpida; eso es lo que eres.

–No lo puedo creer –con voz queda, dijo Clara– ¿Amas más a Dios que a tu madre?

–Esa pregunta no la contestaré –agitadamente, contestó Azucena–; lo único que te diré es lo que dice el primer mandamiento: "Amarás a Dios sobre todas las cosas"

–Eso sí es ridículo; nunca has visto a Dios; él no ha dado un comino por ti; ¿en que te ha ayudado? No tiene sentido amarlo más que aquellos que han hecho mucho por ti. O acaso ¿dime conoces a Dios?

–Eso que me dices es ridículo. Ya por favor déjate de tarugadas... no tengo por que haberlo visto, sé que existe. Y no me podrás quitar mi fe.

–Yo nunca dije que no existiese. Tú al suponerlo estás dudando de su existencia. Porque la verdad irrefutable no la aseguras, al menos que alguien trate de refutarla, y al dudar de ella la estás negando como verdad. Aún así, tú quieres que yo siga los principios que una persona, ser, o lo que sea, nos impone, cuando ni siquiera podemos probarlo a él mismo. Principios y leyes que datan de tiempos tan arcaicos que difícilmente nos podemos remontar a ellos. Nuestras ideas, conocimientos y pensamientos ya han avanzado, no tenemos por qué creernos las cosas que fueron inventadas para dar respuesta a lo qué antes no se conocía. Ya hemos avanzado; no retrocedamos miles de años, y aceptemos la realidad. Es tonto guiarse por leyes inventadas por un quimérico personaje. Las únicas leyes que debes seguir son las que te dictan la lógica y la razón; ellas son las verdaderas. ¿No es ridícula la idea de un Dios que crea al hombre con libre albedrío, y sin embargo no quiere que haga uso de él, sino de su palabra?

–Clara, amiga, déjame decirte que el objetivo de las leyes divinas es llevar al hombre por el camino del bien, y que no hay leyes más justas que ellas. Eso, por más que te esfuerces en indagar y disertar, no lo podrás contradecir jamás.

–Pues fíjate que yo no miro la esencia del bien en esos decretos que te exigen reprimir tus instintos naturales. O a ver dime, ¿es justo prohibirte la fornicación que tanto placer te da y que no hace daño a nadie? Por supuesto que no. La justicia es justicia por el simple hecho de serlo. La idea de lo justo está grabada en cada ser humano, sin necesidad de que se la inculquen, y traspasa las barreras de la moral. Ese Dios perfecto del que me hablas, dejaría de serlo en el momento en que prohíbe lo más hermoso y sublime de la vida, puesto que no sería justo, y al no ser justo, no sería perfecto.

–El sexo no es lo más hermoso de la vida; además de que Dios no nos lo prohíbe, simplemente nos lo limita, pues no quiere que caigamos en los excesos.

–¿Y por qué coger una ración raquítica, cuando nos gusta tanto? ¿Por qué joder sólo con el cónyuge, cuando hay muchas otras personas? ¿Qué hay de malo en ello? Si Dios existiese ¿prohibiría el acto más puro y placentero de la vida? ¡Si no quiere que forniquemos ¿entonces por qué demonios inventó el pene y la vagina?! ¿Para qué inventó el sexo? A ver dime, ¿para qué nos lo dio? ¡Nos tienta! Quiere que nos abstengamos de disfrutar la vida; le gusta vernos sufrir.

–Clara, se me hace tarde, y mis papás han de estar muy preocupados por mí. Pero antes de que me vaya, déjame decirte una vez más lo muy, pero muy, decepcionada que estoy de ti...

–No, aguanta Azucena, aun no he terminado...

–No me importa. Después de la poca consideración que has tenido conmigo, no estás en posición de exigir nada.

–Está bien. Como digas –exclamó Clara consternada–. Llevamos demasiado tiempo aquí que no creo que Flavio y Rafael todavía nos sigan esperando.

Abrieron la puerta, y efectivamente, no encontraron a nadie.

–Es un alivio que ese pervertido ya no esté aquí –dijo Azucena–. ¿Realmente no esperabas que nos iban a esperar tanto tiempo, verdad?

–Ni siquiera lo deseaba.

–Bueno, gracias por haberme invitado. ¿Te veo mañana en la escuela?

–Sí, seguro.

Se dieron un beso en la mejilla; azucena sonrió, y emprendió camino a casa.

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO IV:

SOBRE LOS REZOS AL ALTÍSIMO Y LA reconciliación con clara

–¿La quieres con mostaza? –le preguntó a Azucena su madre.

Era de noche y su mamá les había preparado unas hamburguesas. Azucena yacía sentada en una silla, observando el aperitivo que antecedía al platillo fuerte, por así llamarlo; lo cogía con las manos y se lo llevaba apáticamente a la boca.

–Sí –contestó la hermosa Azucena–, pero sin papas ni chile ni cebolla. Y tampoco le vayas a poner aguacate –hizo un gesto–; lo odio.

–Pues has de querer el puro pan –exclamó sarcásticamente su madre–. Y cuéntame, hija, ¿cómo estuvo tu día?

–Bien –respondió cabizbaja, masticando su hamburguesa.

–¿Te divertiste con tu amiga? Debo de suponer que sí, ya que llegaste un poco tarde a casa. Pero la verdad no me preocupa, esa Clara parece buena niña. Tan simpática que se ve –entonces al percatarse de lo angustiada que estaba su hija, le preguntó diciendo–: ¿Te pasa algo?

Entonces el padre, quien estaba sentado en un asiento contiguo al de su primogénita, interrumpió de esta guisa:

–Sí, mija; ¿hay algo que nos quieras decir? Te ves algo triste.

Así dijo él; y recibió una respuesta demorada por parte de su niña, quien después de silenciarse contestó:

–No. Estoy bien.

–Pues no lo aparentas.

–Mamá, papá: ¿puedo irme a mi alcoba? Estoy algo cansada.

–Espera, Azucena –dijo el padre– algo pasa contigo; no me lo puedes negar. ¿Qué es? ¿Tuviste una pequeña riña con tu amiga?... ya se arreglara. ¿Reprobaste un examen?... estudia para la próxima. Si no nos quieres decir que es, está bien, seguramente lo resolverás. Pero si lo quieres contar; anda te escuchamos.

Azucena levantó la cabeza, dudó si contárselos o no; miró a sus papás que la miraban fijamente a ella esperando una respuesta; y dijo:

–No. No pasa nada. Ahora si me disculpan, tengo sueño.

Dicho esto, subió las escaleras y se dirigió a su alcoba.

–¿Crees que sea sobre sexo su inquietud?

–Esperemos que no.

Una vez ya en la alcoba, se preparó para dormir, se desvistió, quedando en ropa interior (pues así dormía más cómoda). Su pequeño busto era cubierto con un brasier blanco mientras su vulva y su hermoso trasero (causa principal de su celebre belleza) eran envueltos por unas níveas bragas. Se acercó junto al espejo junto al tocador; contemplo su bello rostro en él, que aparte de lucir bello, en ese momento, lucía también enojado, angustiado y triste a la vez. Se volteó dándole la espalda al reflejo que contempló; como si renegara de sí misma, como ignorándose a sí misma, como rechazándose a sí misma, ¡como repudiándose a sí misma! Y exclamó con suavidad:

–¿Por qué a mí?

observó un crucifijo en lo alto de la pared, lo observó detenidamente unos segundos, se arrodilló frente a ella, y después de soltar un jadeo expulsando todo su coraje reprimido, exclamó con desesperada voz:

–¿Por qué a mí, señor? Sigo tu voluntad al pie de la letra; hago todas las cosas que dice la Biblia; hasta las cosas que contradicen las reglas de la escuela. ¿Por qué a mí, siendo una persona de buen corazón y una cristiana devota, me tienen que pasar horribles cosas y tengo que vivir desdichada vida, mientras que a otra tanta gente les pasan buenas cosas y viven dichosa vida, siendo horrible gente, malvada, viciosa, vil...? ¿Por qué tienes que hacer sufrir a las buenas ovejas, a las que te son fieles; y a las malas, las que te niegan y desobedecen las haces disfrutar?

Miró el suelo; lo golpeó con su mano empuñada, levantó más la cabeza de lo que ya estaba, y gritó con desesperada y encolerizada voz:

–... ¡Y hay veces en las que quiero maldecir!... ¡Demonios! ¡Y realmente me lleno de furia al ver a esos que me molestan, humillan e injurian! ¡Cómo me gustaría vengarme de los que me ofenden en lugar de perdonarlos! ¡Oh Dios!

Cerró los ojos, inclinó la cabeza y se persignó. Acabado esto, cogió con sus dedos el crucifijo que en sus hermosos y semidesnudos pechos yacía; y lo besó, derramando una tierna lágrima sobre su mejilla.

Al cabo de unas largas horas, ya en el otro día, Azucena pasaba la tarde viendo videos musicales por televisión, en compañía de dos de sus hermanas. En un momento determinado, se levantó para ir a la cocina por palomitas de maíz, pues les encantaban comérselas mientras disfrutaban de un buen programa de tv.

–Si quieren, cámbienle por mientras –dijo una vez ya en la cocina–, pero cuando regrese le cambian de volada otra vez al 38.

Sus hermanas asintieron con la cabeza. El timbre se escuchó.

–Yo abro –dijo la más pequeña de sus hermanas.

A lo que Azucena contestó saliendo abruptamente de la cocina con las palomitas en mano:

–¡No, no vayas! Voy yo... que tal si es un extraño... debes de...

–¡Cállese! –le interrumpió su hermana, y salió corriendo a abrir. Y una vez ya de regreso, le dijo a su hermana mayor–: ¡Te hablan!

–¿A mí? ¿Quién?

–Que Clara.

Azucena continuó viendo la televisión, echándose palomitas a la boca, y al cabo de unos segundos se paró y se dirigió a la puerta.

Las dos amigas manifestaron una expresión de seriedad, viéndose mutuamente a los ojos. Ni siquiera permitió Clara que su amiga profiriera algunas palabras de saludo o cortesía cuando se expresó serenamente como sigue:

–¿Puedes salir a jugar?

Sin despegar su mirada de los ojos de Clara, Azucena contestó:

–Sí, sí puedo.

Caminaban por la plaza principal. Mientras transitaban a paso lento, todos los muchachos que pasaban el rato sentados en las bancas, perdían su mirada en esas dos hermosas mujeres, y muy en especial en nuestra hermosa protagonista, quien, mientras no soltaran un piropo, o se le quedaran viendo insinuante o perversamente, lo consideraba como un halagüeño cumplido.

Compraron unas aguas de frutas y tomaron asiento a un lado de los puestos de revistas, donde un descomunal árbol las acariciaba con su agradable sombra.

–Linda ropa la que traes el día de hoy, eh, te hace ver más juvenil y alivianada que de costumbre. ¿Quién dice que unos jeans como esos y una blusa como esa no hacen par? –comentó Clara, principiando la cotidiana platica.

–Alguien que no tiene el más mínimo sentido de estética –contestó Azucena, sorbiendo de la deliciosa agua–. ¡Oh por cierto! La maestra de matemáticas me obsequió dos boletos para una obra de teatro que presentarán unos actores que vienen de la capital. Se mira interesante. Trata de un chavo que presenció un crimen, pero no tiene las agallas de delatar. Y pues bueno... dicho día acompañaré a mi mamá a una especie de rosario que va a hacer una vecina; por lo cual no podré ir. Y ya que a ti te fascina el teatro, me imagine que podrías ir con tu novio, Mario...

–Oh sí claro... "mi novio".

Se expresó sarcásticamente, y prácticamente escupió esas dos últimas palabras como si le diera asco.

–Oh... ya veo –se expresó Azucena con queda voz y apenada.

Este pequeño, pequeñísimo incidente provocó una pequeña, pequeñísima situación embarazosa, aunque lo suficiente para irrumpir su charla. Después de breves instantes de silencio Clara se expresó con serenidad y, sobre todo, seriedad así:

–Azucena...

–¿Sí?

–Tal vez no sea el momento; o que digo, tal vez prefieras que lo deje en el olvido, pero... ay... ahí voy... respecto a lo de ayer... tú sabes, ese pequeño incidente y la platica sobre joder y de otras cosas que tuvimos; me gustaría que ya una vez que estamos tranquilas las dos lo dialoga...

–¡Hey! –exclamó Azucena con la obvia intención de cambiar el tema–. ¿Ese que va por ahí –lo señaló– no es Juan?

Clara, por otro lado, al percatarse de la intención evasiva de su amiga, prefirió ceder ante su intento de reanudar la confrontación de ideas del día anterior para no correr riesgo alguno.

–No ese no es. Aunque se parece.

–Vaya es que ya ha pasado largo tiempo que no lo miro; desde que era una pequeña niña. Las cosas han cambiado.

–Sí... ¡je-je! Antes eras una chillona.

–¡No, no es cierto! –exclamó Azucena sonrojada.

–Sí, sí lo eras.

–Bueno, en realidad creo que sí –expresó, y una vez volvió a expresar risueñamente–: ¡Je, je! Sí, sí lo era.

"¿Te acuerdas de la vez, cuando estábamos en primero de primaria, y mi mamá me compró una paleta de hielo; y yo la comía felizmente en el parque; entonces llegaron unos niños que me la tiraron y llore durante todo el día?

–Oh sí, como eras berrinchuda. Deberías aprender a mí.

–Claro... "¡Tú: la niña que acostumbraba a golpear a los niños que la molestaban!"

–Eso es más sutil que llorar.

Las dos rieron y continuaron platicando largo rato.

Mientras tanto, en otro lugar, una casa al parecer, un misterioso hombre observaba tv. solo, sin compañía alguna e inundado por una oscuridad que se asemejaba a las tinieblas. Un hombre sombrío y lúgubre; licencioso y lascivo, del que podemos asegurar que en esos momentos, pensamientos lujuriosos y perversos recorrían su mente. En ese preciso instante tuvo que atender el teléfono, cuyo tono que emitía resonaba en los oídos como una bomba, debido al casi nulo ruido que había en su ambiente.

–¿Bueno? Sí, soy yo –exclamó con seria y gruesa voz–. Por supuesto que es cierto... ¿No te habían dado aviso?... Le dije muy claro a Josefina que invitara a todos nuestros más cercanos amigos para convidar y pasar un buen rato... Tal vez no seas importante para ella o tal vez no estabas en su mente por alguna razón... aja... Como sea ven con nosotros a disfrutar de bárbaro festín que os ofrezco; te esparcirás y darás rienda suelta a tus más lúbricos anhelos; te lo garantizo... ¿Clara? ¿Ella fue quien te convidó? ¿En serio?... ¿Quién es su amiga?... sabes que siempre disfruto de conocer nuevos coños, y en especial de esa edad. Espero que al igual que su amiga sea una ramera de pies a cabeza... ¡Bien! De acuerdo, te esperare. Nos vemos.

Colgó el teléfono con suavidad y habló, expresando una sonrisa perversa, como si alguien estuviera para oírlo:

–¿Conque Azucena?

(fin del intermedio)

–Había olvidado lo feliz que fue mi infancia –confesó Azucena conmovida–. Las cosas han cambiado. No sé si para bien o para mal.

–Sí, lo sé –dijo Clara–. Aunque no lo podemos evitar. Ese es el ciclo de la vida. Es inevitable. Pero ciertamente no sé si concuerde contigo. Mi infancia también fue fantástica; pero también me encantó la adolescencia.

"Por cierto, Azucena, la razón principal por la que quería platicar contigo era para pedirte que me acompañes a la fiesta. Si te acuerdas ¿no?

–Oh sí, esa fiesta... Pues...

Exclamó con un tono de inseguridad; pues como ya se habrá dado cuenta el lector, Azucena era una muchacha cerrada y dispuesta a permanecer en la monotonía por el simple hecho de no correr ningún riesgo. Pero antes de que abriera los labios para contestar esa pregunta, Azucena fue interrumpida por una voz que habló de esta manera:

–¿Azucena? ¿Clara? Vaya pero que inesperada sorpresa. Iba caminando por la plaza y vi a dos hermosas muchachas. No creí que fueran ustedes, hasta que les vi el rostro.

–¡Norman! Cuanto tiempo...

–Sí, ya tenía tiempo que no me hacía ver.

–Pues sí, hace un buen rato –dijo Clara–; dos años ya hace que te expulsaron por esa "travesura" tuya.

–La palabra travesura se queda corta, Clara –dijo Azucena.

–Ya, por favor, no empecemos –dijo Norman.

Tomó asiento este muchacho; y después de todos los formalismos correspondientes y preguntas obligadas, comenzó a dialogar con sus dos amigas acerca de cosas cotidianas, o sobre alguna anécdota, o algún chiste, o cualquier otro tipo de comentario o cosa por el estilo típico de una platica normal entre amigos. La platica se hacía más emotiva conforme los minutos transcurrían.

–¿Qué es eso? –le preguntó Azucena a Norman, señalando un periódico que tenía consigo desde que llegó.

–Un periódico ¿No los conoces? Sirven para informarnos de los acontecimientos recientes de interés popular.

–¡Ay, tonto! –exclamó Azucena–. ¿Y a ti desde cuando te gusta leer?

–Vaya, estas cifras si que son alarmantes –dijo él, ojeando el periódico–. El índice de drogadicción está subiendo. Tan solo mírenlo por ustedes mismas.

Les pasó el periódico a sus dos amigas, quienes contestaron:

–Es cierto.

Clara dijo al respecto:

–Esas malditas drogas...

–¿Realmente piensas que son malditas? –preguntó Norman, prendiendo un cigarro que saco de su bolsillo y que empezó a consumir.

–Pues realmente no. ¿O sí? ¡No, que pinches! Los malditos, o más bien los idiotas, son los hombres que no las saben consumir, ni las pueden controlar. No sólo sirven para m