Modestia aparte, fue una cena deliciosa. En realidad, eran
parte de los platillos que preparan las personas que cuidan nuestro refugio
cuando yo no estoy y que guardan en el refrigerador. Nunca acepto que ellos
compartan mi estancia cuando llego a nuestro refugio. Cuando tú no estás,
prefiero estar solo para pensar en ti sin interrupciones, escuchando
exclusivamente los acordes de nuestra música preferida, leyendo tus cartas o los
libros de poemas que tú trajiste.
Pero cuando tú estás, mi amor, nuestro refugio renace, se
llena de alegría. Recuerdo que durante la cena, comenté contigo la posibilidad
de realizar un largo viaje por carretera, recorriendo la Ruta Maya Mexicana que
comprende los estados del sureste de la República, hasta llegar a Cancún en el
Estado de Quintana Roo. La idea, aunque parecía atractiva, fue desechada por
ambos porque preferíamos estar en nuestro refugio, tú y yo solos,
disfrutándonos, queriéndonos, enamorándonos, amándonos. Tal vez después, en otra
ocasión, haríamos ese viaje, aunque fuera por vía aérea.
Después de cenar, subimos, estrechamente abrazados, al
estudio. Sentados ambos en la banquita del piano electrónico, empecé a
interpretar con cierta dificultad - y con nerviosismo - aquellas melodías que
nos gustan tanto, en particular aquella "Here’s that rain day", ¿la recuerdas?,
que canta el buen "Frankie". Mientras yo tocaba, tú te acurrucabas contra mi
cuerpo, recargando tu cabeza en mi hombro.
Me gustaba tu contacto. Poco a poco, el romanticismo hizo
presa de nosotros. Puse un disco de piano de "Wolf" y empezamos a bailar sus
melodías. ¡Qué increíbles momentos fueron esos! Jamás persona alguna me había
inspirado tanta ternura como tú. Despacito, apenas tocándonos nos besábamos la
frente, la nariz, los labios, nos embelesábamos el uno con el otro sin
pronunciar palabra, en absoluto silencio. Lentamente nos despojamos de nuestra
ropa y pegamos nuestros cuerpos para seguir bailando, acariciando nuestras
espaldas. Dios, ¡cómo te quise en esos instantes! .......... Me parecía estar
viviendo un sueño; un sueño indescriptiblemente hermoso.
Después, desnuda como estabas, te levanté en mis brazos y te
deposité suavemente en nuestra cama. No cesaba de besarte, de adorarte.
Lentamente, muy suavemente hicimos el amor abrazados, sin despegarnos un
milímetro. Los dos tuvimos nuestro orgasmo juntos, un orgasmo silencioso,
tranquilo, pleno. Y después, amor, tú me diste la espalda y acurrucaste tus
nalgas en mi vientre, acomodando mi flácido miembro entre tus muslos. Te abracé
tomando uno de tus pechos con mi mano, y así, en el más absoluto
silencio,.........nos quedamos dormidos.