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Fecha: 16-Sep-04 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Sexo con madre

sumtotustuo
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Tiempo estimado de lectura: [ 13 min. ]
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Aún hoy tengo el trauma de haber hecho el amor con mi madre. Busco ayuda. Una mujer madura tal vez me pueda ayudar. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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SOLO PARA LECTORAS: Soy Migue, tuve sexo con mamá...

Tengo 31 años. Cuando fui apenas un chico viví las experiencias sexuales más exitantes de toda mi vida. Ahora estoy casado, pero el sexo en pareja, que se vuelve cotidiano con las horas, con los días, llega a causar verdadero tedio. Por esta razón recuerdo con nostalgia aquellos días terriblemente eróticos de mi adolescencia. Por esta razón quiero compartir con ustedes, mis lectoras, estas vivencias del ayer.

Había yo apenas cumplido 15 años cuando las dudas sobre mi desarrollo me asaltaron. Pensaba si a mi edad, y si con el abundante vello púbico que tenía por entoces en mis testículos, sería ya capaz de eyacular. Esto lo pensaba, como todo niño curioso con su cuerpo en desarrollo. En ese tiempo solía yo masturbarme con poca frecuencia. Cuando esporádicamente lo hacía, lo hacía sólo unos minutos, hasta que mi pene se ponía erecto. Para mi paracer eran grandes estas erecciones, que me satisfacían mucho... pero no llegaba a experimentar el clímax, y no eyaculaba. Entonces no sabía por qué.

Mis amigos decían que debía frotarme el pene cada vez más y más rápido, hasta que se me adormecieran los dedos, y aún así seguir, y seguir... y así eyacularía. Porque tenía que suceder, porque yo ya estaba muy crecido, y tenía ya un largo pene.

Pues bien, así lo hice. Cierto día aprovechando que no había nadie en casa me encerré en el baño, me bajé los pantalones, la ropa interior... y tiré mi pene fuera, que ya estaba erecto por las ansias tan grandes que tenía de masturbarme. Y comencé a frotarlo con toda mi mano, fuertemente, muy lento al principio, luego más rápido, más rápido, más rápido... Hasta que sentí una sensación que nunca antes había tenido, una descarga de enegía en mis genitales que me adormecía todo el cuerpo, pero seguí frotando mi pene mucho, mucho... hasta que un torrente de semen comenzó a salir a chorros de mi glande, un chorro que me empapó todas las manos... Fue un placer enorme, terriblemente exquisito. Esta experiencia me llevó a las nubes. Es de imaginar, mis queridas lectoras, que para mí, siendo un adolescente, esto era toda una revelación de los cielos, una revelación de un paraíso de placer al alcance al alcance de la mano. ¡Estaba feliz, ya era todo un hombre!

Seguí masturbándome a diario, era una deliciosa rutina. Me tendía en la cama, con una toalla sobre mi vientre y me corría a chorros tras un rato de frotarme el pene, de maner que la toalla quedaba toda empapada... Siempre lo hacía tras regresar del colegio, al comenzar la tarde. Hoy sé que esta conducta "sospechosa" de llegar de estudiar, cambiarme y luego encerrarme en el cuarto, fue lo que atrajo la curiosidad de mi madre. Entonces yo creía que nadie lo notaba. Pero esto no era así. Mi madre empezó a interesarse con los días; le parecía curioso que guardara yo una toalla debajo de mi almoahada, que aparecía todo el tiempo con trazos de semen... Pero claro, esto yo no lo supe, hasta mucho tiempo después cuando ella me lo confesó. Yo por esntoces no me daba cuenta que ella revisaba cuidadosamente toda mi ropa.

Meses después, en fin, una de aquellas tardesen que habá yo regresado temprano a casa y que me masturbaba, de súbito la puerta se abrió. Y mi madre, con la perilla entre los dedos, me contempló estupefacta unos segundos... luego cerró la puerta sin decir nada y se retiró. Yo estaba avergonzadísimo, es de imaginar. Yo estaba con mi virilidad a punto de explosionar, erectísimo... y ella lo vio todo. Había olvidado cerrar con el seguro la puerta, esto porque se atoraba con frecuencia, y me aperezaba forzarla a cerrar.

Esa noche no quería siquiera salir a cenar... Estaba apenadísimo. Esperé que mi madre saliese a trabajar, pues le tocaba el turno de la noche. Y fue así que cené tardísimo aquel fatídico día.

En mi casa solamente vivíamos mi padre, un empleado del gobierno de 50, mi madre de 41, que trabajaba de enfermera en turnos rotativos en un hospital, y mi hermana pequeña de nueve años, y yo, que como dije, en aquel tiempo tenía ya quince años y estudiaba en el liceo.

A la mañana siguiente sólo estábamos mi madre y yo en casa. Y yo le rehuía dentro de la casa, tenía yo mucha vergüenza. Luego me fui al colegio, regresé temprano... y me fui derecho a mi habitación, jurándome jamás volverme a masturbar en casa.

Como había yo mismo abierto la puerta que daba a la calle, pensé que estaba sólo, pero no era así. Mi madre estaba en casa. Y después de que yo salí a servirme algo de comer, salió ella de su habitación. Estaba muy seria. Creí entonces que estaba enfadada por lo del día anterior, pero no, me habló ella en forma natural. Me pidió un refresco y se lo serví con mano temblorosa... Y entonces iba yo a salir de la cocina cuando ella me dijo:

--Acerca de lo que sucedió ayer... Olvídalo, eso es normal para todos los chicos de tu edad --Se sonrió.

--Gracias mamá—le dije totalmente ruborizado. Y salí volando de allí.

Con los días se fue operando un cambio de conducta en mi madre, fue ella una madre totalmente mejor que antes. Hubo un cambio en ella, un cambio sensible hacia mí, no había duda. Conversaba mucho más conmigo, me daba palmaditas en la espalda, y me decía: "¡ Ya eres todo un hombre!" Y se reía como una gata.

Mi madre era una mujer que a sus cuarenta años estaba muy bella. ¡Díganselo a un adolescente, que pasa el todo tiempo mirando caderas, piernas y senos! Mi madre era de mi misma altura de entonces. Tenía el cabello castaño, hasta la altura de los hombros. Tenía un rostro muy tierno y unos ojos inteligentes y escrutadores. Tenía ella una cintura delgada, no como la que pudiera tener una chiquilla, pero si delgada para toda una señora de cuarenta y tantos, y sus caderas eran anchas, rematadas por unas piernas bonitas. Tendría talvez tres o cuatro kilos de más que cuando se casó con mi padre.Y como dije, era enfermera. Por esta razón muchas noches no dormía en casa, llegando hasta la madrugada o la mañana. Con su uniforme blanco se veía muy bonita y digna de todo respeto. El resto del tiempo vestía pantalones cortos, que llaman "shorts", y camisetas, viéndose muy juvenil.

Con el pasar de los días y las semanas, el ambiente en casa se puso más interesante. Mi madre se volvió más "incisiva". Me refiero a que solía conversar conmigo más que antes... y al final el tema de conversación siempre recaía en temas de la sexualidad. Ella solía hablarme con el mismo tono en que se dictan las charlas de salud reproductiva en los hospitales. Su voz, serena y académica, verdaderamente infundía respeto. Y aunque en mí había un mar de dudas, sobre esa peculiar insitencia de mi madre en explicarme todo lo referente al sexo, su forma de hacerlo, su voz académica, no me permitían asociarlo con otra cosa que no fuera su deseo de que yo me educara. Y sin embargo al formularle yo alguna pregunta, sus ojos cambiaban su expresión, y se sonreía mordiéndose los labios... Me gustaba hablar con ella de esos temas. Aveces me asutaba, me sorprendía al utilizar palabras "fuertes", casi vulgares, para referirse a las relaciones íntimas.

Uno de aquellos días por la mañana, en que habíamos empezado a hablar tal vez muy fuerte de sexo, me dijo: "Sabes, tengo que sacar tu ropa sucia del cuarto. No sé si te moleste." Yo le respondí, sin pensar: "Mami, tú nunca molestas" Y entonces ella se rió y me dijo desvergonzadamente: "Hmmm, pero aquel día sí que te molesté, ¿verdad?" Yo un poco sorprendido sin mirarla le dije: "Nooo, en absoluto." Mi madre rió de nuevo, con una risa cantarina y me dijo: "Cuando vuelvas a dejar abierto tu cuarto te voy a dar otro susto, vas a ver... si te atreves." Ella recalcó tanto esta última frase que me quedó muy claro lo que me acababa de sugerir... ¡Mi mami me quería ver de nuevo masturbándome!

Pero no, yo nunca había siquiera asociado al sexo con mi madre. Y no quise entender. No quería entender.

Mi madre, lo sabía bien, ese día tenía algunas horas libres en casa. Yo me encerré en mi cuarto y tal vez un poco asustado comencé a leer una novela. Tal vez media hora después, mamá llegó a la puerta, e intentó entrar dando vuelta a la perilla. Pero estaba cerrado, yo había forzado el picaporte. Pasado un momento ella tocó a la puerta. Yo asustado abrí enseguida. Ella estaba un poco ruborizada, como yo mismo. Me dijo: "Vengo por tu ropa, ¿puedo pasar?. Yo me hice a un lado y ella entró. Comenzó a buscar en mis gabetas, como solía hacerlo siempre, pero estaba muy ruborizada. Yo fingía leer, pero la miraba a intervalos con temor. En un momento nuestras miradas se encontraron y ella sonrió. Me dijo: "¿ Hoy no tienes una toalla sucia?" Yo comprendí lo que ella me preguntaba. Le respondí: "No, mamá, hoy no." Ella muy enrojecida me dijo: " ¿Estás enfermo?" Yo negué con la cabeza. Ella agregó: "Para un joven de tu edad, es bueno hacerlo todos los días... ya sabes...

Yo sonreí nervioso. Ella tambén. Tras un momento de tenso silencio, ella salió de la habitación.

Si yo no hubiese intentado nada más en los días siguientes, tal vez nunca nada hubiese sucedido. Pero la curiosidad, mi curiosidad de los quince años era muy poderosa. Quería ver hasta donde llegaba esa "fuerza", ese "deseo" erótico que, al parecer, latía en mi madre.

Recuerdo como días más tarde, después de una tremenda guerra interna, me decidí a dar un paso adelante. Una tarde estando solos ella y yo, comiendo unos bocadillos, me levanté de la mesa tembloroso... Y dije apenas con voz audible, mientras me alejaba : " Voy a mi cuarto a ensuciar toallas" Ella se quedó en silencio. Nuestra conversación anterior no versaba sobre nada relacionado con lo erótico.

Temblando cerré la puerta, la dejé sin cerrojo... Me tumbé sobre la cama... Bajé mis pantalones, me puse una toalla sobre el vientre y tiré afuera mi pene... Me intenté masturbar, pero el miedo a que la puerta se abriera de un momento a otro, me impedía tener exitación. Cerraba mis ojos e imaginaba escenas exitantes, pero nada, solo había miedo y ansiedad...

Un rato después, de improviso, se abrió la puerta. Y mamá se asomó dentro. Yo ahogué un grito de sorpresa y me cubrí las partes íntimas con la toalla. Ella que tenía la cara de terror, miró al piso y entró, cerrando la puerta tras de sí. " ¿Deseas algo mamá?, le dije afectando valor. Ella se sentó a mi lado y me dijo: "Perdón si te interrumpo... sólo quiero conversar contigo... ¿puedo?" Yo le dije que sí. E hice un ademán de querer subirme los pantalones bajo la toalla.... Pero ella me dijo rápidamente: "Hum... Perdona si no te dejé terminar... ¿ o ya acabaste?

Estos momentos eran para mí terriblemente eróticos. Le dije: " No, no he acabado". Mi madre me miró con una sonrisa. Me tomó por los cachetes y me dijo: " Pobrecillo, que inoportuna soy..." Yo le sonreí también con miedo, con susto. Me dijo entonces: " Si quieres, termina". Yo le dije : "Eh, no puedo si tú estás aquí". Mamá rió como una gata, tal vez afectando valor, luego me miró seria y me dijo... mientras ponía su mano sobre la toalla, sobre mi pene: " Ah, pobrecillo..."

Yo comencé a exitarme, sentía como una corriente eléctrica sobre mis partes íntimas, como si esa mano me trasladara su calor a través de la gruesa toalla. Yo mientras tanto decía tonterías y me ruborizaba más y más. No recuerdo lo que ella me decía... Estaba apendadísimo, pro muy excitado. Mamá sintió crecer mi pene... Sin decir nada, se arrecostó a mi lado... apretó entre sus dedos mi pene y comenzó a frotarlo, rítmicamente, con fuerza, pero con lentitud... Yo respiraba anhelante, sin decir palabra... Fue como un sueño cuando vi como mi madre me hacía a un lado la toalla, y luego sostenía otra vez mi pene, ahora con su mano desnuda... Me masturbó un rato hasta que me corrí en su mano abundantemente, en una terrible explosión de placer... Ella siguió frotándolo todavía un rato más, lo disfrutaba grandemente, eso se le veía a kilómetros... Yo seguía erecto.

Mamá, satisfecha, me secó con la toalla y me dijo: " ¡Qué bien es ayudarte a hacer esto!, espero que me invites algunas veces más... si quieres." Yo sonreí , mientra me subía los pantalones, y le dije que sí con la cabeza... Yo estaba rojo de vergüenza. Pero lo había disfrutado terriblemente. Luego ella salió llevándose la toalla.

Después de este gran paso, este "juego" siguió invariable mucho tiempo. Alguna vez era ya tanto nuestro descaro que ella, y yo mismo, nos íbamos a "jugar" aún con mi padre o mi hermanita en casa. Era muy excitante cuando ella me masturbaba en el baño, estando ambos de pie... Era exquisito. Algunas veces, papá miraba la TV en la sala, mientras mamá y yo nos metíamos rápidamente en la cocina, yo me bajaba los pantalones y ella me hacía eyacular en su delantal, que luego echaba a lavar a la lavadora.

Con los meses yo comencé a exitarme con el cuerpo de mamá. Mientras ella me tomaba el pene y lo frotaba, yo le tomaba los pechos y se los estrujaba con mis dedos.Al principio ella se molestó, pero luego ni se inmutaba. Para entonces, si lo hacíamos en mi cama, ella solía apuntar mi pene en dirección a sus piernas, a sus muslos, de manera que cuando yo llegaba al clímax, le eyaculara sobre ellas. Al terminar yo de esta manera, ella disimuladamente, al principio, después abiertamente, esparcía con un movimiento el semen sobre la cara interna de sus muslos. Ella disfrutaba así muchísimo.

Pero esto no hacía más que excitarme más y más. Un día le pedí sexo a mamá. Y me dijo un seco y rotundo: " ¡Estás loco!" Y así fue como poco a poco, me di cuenta que jamás, mi madre accedería a tener un coito completo conmigo, si se lo pedía abiertamente. Simplemente ella lo veía el sexo, la penetración, como una cosa "sagrada", un tabú que ella no estaba dispuesta a romper... Pero en mí crecía el deseo, la desesperación, y opté por ir gradualmente ganando pequeñas batallas, hasta ver si lograba consumar mi deseo. Mi madre lo valía, era una mujer apetitosa para cualquier hombre, y mucho más para un chiquillo sin experiencia, como lo era yo.

Para cuando cumplí dieciséis, mamá me confió que mi padre tenía problemas en lo sexual, muy rara vez lograba llegar a la erección. Entonces no había viagra, como hoy en día. Para ese cumpleaños, me comporté con mamá con descaro. Mientras ella me tocaba, yo le comencé a acariciar los pechos, los pezones, por sobre la ropa. Ella no se inmutó. Así hice un movimiento rápido, levanté su camiseta junto con su sostén, y junté mi boca a sus pezones color café. Ella sorprendida, me soltó el pene e hizo ademán a empujarme lejos de sí, pero sin fuerzas, sin convicción... Le mamé sus pezones ¡eran una delicia!... Y luego ella me tomó de nuevo el pene, mientras yo seguía, y comenzó a frotarme con desesperación... Eyaculé rápidamente... No me pude contener. Así gané una batalla más.

Una semana después, creo, eyaculaba sobre el vientre de mamá, y ella esparcía mi abundante semen por sus senos.

Después de esto, todo se dio rápidamente. Otro día mientras estábamos "jugando", yo deslicé mi mano hasta aquellos muslos que me trastornaban... y ella no ofreció resistencia. Al llegar mis dedos temblorosos a sus partes íntimas, ella me dejó a cariciarlas unos segundos... al querer yo meter mis dedos bajo su calzón, ella me empujó y se incorporó en la cama... Me dijo: " ¡No hagas eso, Migue, no hagas eso!" Yo me disculpé, pero ella se levantó y se marchó.

Al otro día me buscó como siempre. Pero yo me hice le molesto, el muy resentido por su conducta, y le dije que ya no quería que siguiéramos con eso... Porque me hacía daño, mucho daño por los deseos reprimidos que sentía. Era ridículo, yo me jugué una carta difícil entonces. Yo más que nadie, creo, ya no podría vivir sin esas experiencias sexuales. Pero mi madre se asustó mucho. A los días me pedía perdón, me decía que la comprendiera. Pocas horas después estábamos "jugando" nuevamente. Ella entonces se esmeró en hacerme sentir placer... pero sin penetrarla. Me dejaba tocarla libremente, su vulva solamente sobre la ropa. Pero ella se quitaba el sostén y aún su short, y me dejaba eyacular sobre sus pechos, o en sus piernas...

Estos momentos eran de gran placer... algo indescriptible. Ella era toda una mujer, y estaba allí para complacerme. Dos meses despúes, o tal vez menos, la vi llevarse un poco de mi semen a su vulva y friccionarse allí. Esto me conmocionó. Y ya no pensé en más que en hacerle el amor en forma completa.

Le di confianza, y me hacía el disimulado, el que no daba importancia a que ella se masturbara frente a mí, llevándose mi semen hasta su vagina. Cuando ella hacía esto yo hablaba o le mamaba los pezones. Así le di confianza.

Pero tuve mi día afortunado. A pesar de que muchos día deseé penetrarla, no podía, no me atrevía, no se daba la ocasión. Pero una tarde, apenas ella de pie se desvestía, no la dejé siquiera tomarme el pene. En su lugar la comencé a acariciar fuertemente, su vulva sobre su calzón de fina lencería blanca. Sus pechos los mamé hasta hacerla estremecer. Y se me ocurrió una idea feliz. Le dije, tomando mi pene y frotándolo: " Mamita, déjame hoy correrme en tu espalda, en tus nalgas..." Ella no sospechó. Otra veces había yo eyaculado en sus muslos, en sus caderas, embarrando de semen sus nalgas, sobre su calzón....

Ella accedió muy agitada. Y buscó el apoyo en mi armario, que tenía un hermoso espejo a la altura de la cintura... Le besé los pezones un poco más... y me puse agitadísmo detrás de ella. Sus nalgas quedaron a la altura de mi pene, que estaba erecto, duro como metal y muy caliente. Miré aquel gran trasero y me volvió loco de placer... Puse un mano en su vulva, entre sus dos muslos y la froté mucho, mucho... Mi madre con su cabeza pegada casi en el espejo no miraba nada, tenía los ojos cerrados, la mejilla pegada a la mesa de mi armario, pero respiraba con ansia mientras yo la frotaba... ella esperaba así el chorro de mi semen... Pero no. ¡Tuve agallas! Con la mano con que la acariciaba, tomé la tira de tela que cubría su vulva abultadita y velludita, y tiré de ella, la hice a un lado, y por ese espacio, ¡metí mi pene...! !!!Fue una descarga de placer inmediata y electrizante!!! Apenas el glande enorme de mi pene, rozó los labios húmedos de la vulva de mamá, ella volteó hacia mí con un rostro de queja terriblemente excitante, a la vez que de impotencia. Mi glande la penetró de seguido. Y mamá lanzó un grito, de queja, de súplica, pero delirante placer. Yo la embestí con fuerza, mi pbis chocaba haciendo ruidos contra sus nalgas, todo mi pene entraba y salía en aquella vagina amada y deliciosa, la sensación tibia, lustrosa, toda lubricada, me enviaron hasta el placer supremo: EYACULÉ UN TORRENTE. Fue exquisito. Exquisito.

Cuando retiré mi pene bañado en semen y lubricación, mi madre me dio un abrazo. E inesperadamente... lloró sobre mi hombro. Me decía sollozante: "Gracias, Migue, gracias..."

Recuerdo que al día siguiente yo dormía y mamá se levantó en la noche, y fue directo a mi habitación. Me despertó. Estaba desnuda. Y sin más se metió a mi cama. Me montó. Fue algo terriblemente delicioso, como ustedes se podrán imaginar. Ella se agitó sobre mis caderas hasta que eyaculé, ella también llegó al clímax, haciendo un ruido, un jadeo, que sentí miedo de que papá se despertase.

Durante varios años hicimos el amor de todas las formas posibles. Luego todo se hizo más organizado, teníamos sexo dos o tres veces por semana. Estos fueron mis mejores años. Una mujer madura es una compañera sin parangón.

Así llegué a los 23 años, recién graduado, me casé con mi novia de entonces, una chica de mi edad. Mi madre no se sintió triste, para nada. Fue una madre ejemplar en todos los otros ámbitos. Algún tiempo después aún lo hicimos algunas veces más. Pero luego todo pasó al recuerdo... Hoy en día a ella ya no le gusta que mencione esos "tiempos", y la entiendo, ahora tiene 57, y ya no tiene tantos deseos como antes.

Pero yo estoy triste y deseo volver a tener experiencias como aquellas con una mujer madura, que me complazca y mime como a un niño, mientras hacemos el amor intensamente. Soy tierno. Lo que viví le pudo haber pasado a cualqueir otro chico. Hoy deseo compañía de una mujer de entre 40 a 50 años, que no se incomode porque sea ya yo un hombre casado, con niños. Busco alguien para conversar, que no sea una chiquilla tonta. Soy un chico que está en forma, me gustan las artes marciales, la literatura y la música... Dicen ( no sé si es cierto) que soy atractivo, lo demás ya lo conocen...

Si alguna de ustedes, lectoras, desean conocerme, escriban. Responderé a todas sus cartas.


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