Caminaba sola, con la mirada perdida en el suelo cubierto de
agua, las gotas caían sobre mi cabeza, empapando mi ropa, mi cabello, mi piel...
No sabía a donde iba, tampoco de donde venía, sólo se que lo vi a él, frente a
mi, mojándose igual que yo, los cristales de sus gafas cubiertos de pequeñas
gotas de agua. Llovía cada vez con más intensidad. Cansada, aturdida y mojada, y
ahí estaba David. Tan misterioso como siempre, me estrechó entre sus brazos,
hundí mi cabeza en su pecho, mientras besaba mi cabello empapado. Acarició mi
cara, me miró a los ojos y me dio un beso en la frente...
Amor mío...( susurró...)
Posó sus labios en los míos, era la primera vez que lo hacía.
Yo respondí a su beso. Con sus manos en mis mejillas volvió a mirarme a los
ojos. Me tomó de la mano y nos dirigimos a su coche, un coche negro, tan
misterioso como él. No hubo palabras, tan sólo miradas, muchas y muy seguidas.
Notaba un brillo distinto en sus ojos. Yo estaba cansada, tremendamente cansada.
No recuerdo lo que duró el viaje, bajó y tras cerrar su puerta abrió la mía.
Volvió a coger mi mano, su piel a pesar de húmeda estaba caliente; nuestros
dedos se entrelazaron. Caminamos hasta su casa, y me invitó a entrar.
Él iba vestido de traje, con una americana negra, y su olor
sigue siendo inolvidable para mi. Cerró la puerta, echó la llave y se aproximó a
mi. Me abrazó, como diría él un abrazo sincero. Ambos teníamos la ropa empapada,
así que una vez más tomó mi mano y me llevó al baño. Un baño amplio, todo blanco
reluciente, impoluto. David era un hombre excesivamente limpio, cosa que me
encantaba. Me quitó la chaqueta y abrió el grifo de la bañera. Una bañera grande
y acogedora. El agua caía...y nosotros caíamos también, al suelo. Nos besamos,
nuestras lenguas jugaban ansiosas, como si hubiéramos esperado ese momento toda
una vida. La ropa desaparecía por momentos, hasta que ambos quedamos en ropa
interior. Qué casualidad...coincidencia de colores, negro por dos. Su lengua
seguía explorando los rincones de mi boca, el agua seguía saliendo; Mis manos
acariciando su cuerpo, desde su cuello hasta sus nalgas, el agua seguía... Sus
caricias en mis pechos, sus besos ardientes, pasionales, el agua...
Se levantó y cerró el grifo a tiempo. Comprobé la temperatura
del agua y nos metimos juntos, sintiendo el agua tibia en la piel, con olor a
jabón, a sexo...
La erección de David era más que evidente, mi excitación
abrumadora, nos besamos una y otra vez, en la boca, por todo el cuerpo. Una
mezcla de agua y saliva, sudor, vapor, amor, sed...
David mordía mis pezones con delicadeza, recorriendo con su
lengua mis aureolas, acariciando con sus dos manos mi piel desnuda, enjabonada.
Llevó una de sus manos a mi sexo sumergido, acarició mi clítoris sutilmente
haciéndome gemir como loca. Repitiendo una y otra vez "amor mío"...regalando a
mis oídos su maravillosa voz, estremecedora, me enamoraba a cada palabra que sus
labios pronunciaban. Deslizó sus dedos hacia la entrada de mi cueva palpitante,
introdujo uno...luego dos...no recuerdo sin fueron tres pero me proporcionaba el
más grande de los placeres. Su dedo pulgar masajeando mi clítoris de nuevo.
Mi mano en su pene erecto, no muy grande pero encantador; y
no de serpientes si no de escorpiones. Los dos gemíamos, jadeábamos y nos
besábamos. Nuestras lenguas recorrían nuestros cuerpos. Me mordía suavemente, en
las zonas que no deja ver el bikini. Se incorporó tumbándose sobre mi, y
separando mis piernas con las suyas. El extremo del regalo que tenía entre las
piernas para mi rozó el exterior de mi cavidad. El agua facilitaba mucho las
cosas, aunque mi lubricación era máxima. Se introdujo en mi con lentitud.
Haciendo breves pausas. Mis uñas se clavaban en su espalda, apretaba sus nalgas
con fuerza, invitándole a introducirse en mi sin piedad, levantando ligeramente
las caderas. Hubo un momento en que lo sentí por completo, mirándome a los
ojos...siempre me miraba igual y repitió:
Amor mío...
Fue el comienzo de sus embestidas salvajes, la bañera se
convirtió en una auténtica tempestad. Éramos uno, un barco en medio de la
tormenta. Yo contraía mis músculos vaginales, proporcionando a ambos una
sensación indescriptible, cerré los ojos y disfruté del momento...el cansancio,
los problemas, los malos momentos; todo se desvaneció. Me colmó con sus ganas,
con su deseo, agua y semen en mi ser. Agua y sed; semen y sed. La petit mort...
de l’eau...
A ti, porque las próximas gafas que me compre serán sin duda
Ricardópticas.
Escorpiona