Por fin era sábado por la noche. Las campanas de la catedral
dieron las nueve al tiempo que Juan salía de casa para reunirse con sus amigos.
Para evitar que tratara de acompañarme, le había contado que debía acudir a la
fiesta en honor de un cardiólogo del hospital recientemente jubilado, sabía que
ese tipo de reuniones le aburrían sobremanera y, como esperaba, prefirió salir
por su cuenta.
Ya sola, saqué el vestido rojo que Bruno me había regalado
para la ocasión y lo dejé sobre la cama, busqué unas sandalias con un altísimo
tacón y un minúsculo tanga que completaría el conjunto, y me dirigí al baño para
darme una ducha.
Bajo el agua, pude notar el roce del incipiente vello púbico
y decidí rasurarlo dejando una pequeña línea desde el nacimiento de los labios
mayores, hasta unos centímetros más arriba; una vez seca, me apliqué por todo el
cuerpo una jugosa crema con el mismo aroma que el perfume elegido para la
ocasión y comencé a maquillarme, haciendo hincapié en los labios, tiñéndolos de
un rojo intenso. Mis ojos brillaban más verdes de lo habitual, contrastando con
el negro azabache del cabello; opté por recogerlo en un desenfadado moño,
soltando algunas rebeldes ondas que enmarcaran el rostro y me apliqué un poco de
colorete en las mejillas.
Comencé a vestirme frente al espejo del dormitorio, el
resultado me gustó. Realmente el vestido quedaba espectacular, dejaba la espalda
descubierta hasta más abajo de la cintura y la abertura lateral, mostraba una de
mis piernas en toda su extensión, pero parándose en el punto justo para no
enseñar de más.
Mientras el taxi me llevaba a mi destino, no dejaba de
preguntarme qué es lo que me iba deparar aquella fiesta de cumpleaños,
conociendo a esta pareja podía suceder cualquier cosa y eso me inquietaba. Desde
nuestra aventura en el probador, Bruno había ocupado todas mis fantasías, pero
ahora que el reencuentro estaba próximo, también tenía ganas de ver a Marta, de
volver a sentirla, de regalarle mis caricias en ese día tan especial.
Frente al portal, la voz de Marta sonó en el telefonillo
mientras abría, parecía muy alegre y agitada. No había hecho más que bajar del
ascensor cuando alguien se abalanzó sobre mí, reconocí el perfume, era ella, que
se apretaba juguetona contra mi cuerpo.
¡Cómo me alegro de que hayas venido! No te vas a
arrepentir, Bruno ha preparado algo especial.
Tomándome de la mano abandonamos la oscuridad del rellano y
entramos en el apartamento; nos miramos a la luz del recibidor, estaba
bellísima, llevaba puesto el vestido que Bruno y yo habíamos elegido unas tardes
atrás. Su bronceada piel resaltaba sobre el blanco de la tela y el pronunciado
escote mostraba sus generosos pechos ciñéndolos a la altura de los pezones. El
delgado talle quedaba totalmente marcado y la orilla del vestido, extremadamente
corto, mostraba unas torneadas piernas, interminables sobre los vertiginosos
tacones.
Deposité en sus manos mi presente; sin esperar, rasgó el
papel y soltó un gritito al ver el contenido de la caja. Eran unos preciosos
pendientes isabelinos que no tardó en ponerse, contoneándose ante mí, esperando
unos más que merecidos halagos.
Te sientan estupendamente. Hoy estás preciosa ¡Felicidades!
Rió satisfecha mientras se acercaba fundiendo sus labios con
los míos, rodeándome la cintura con uno de sus brazos al tiempo que introducía
la otra mano por la raja del vestido hasta mis tocar mis nalgas. Mientras
nuestras lenguas se acariciaban, sus dedos exploraban bajo la tira posterior del
tanga, avanzando desde atrás hasta mi sexo, que ya empezaba a humedecerse.
Unos pasos resonaron por el corredor y, para mi sorpresa,
apareció un oriental que nos comunicó que la cena estaba servida. Al tiempo que
avanzábamos en dirección al salón, Marta me contó que Bruno había contratado un
servicio de catering y que todos nos esperaban ya en la mesa.
No sé por qué pero en el concepto de "todos", yo había
incluido algunas mujeres, un grupo de amigos y amigas de la pareja, pero estaba
equivocada. La rectangular mesa se extendía frente a mí ocupada sólo por seis
hombres, tres a cada lado, dejando los asientos presidenciales para las dos
únicas mujeres: nosotras.
La mesa lucía cubierta de flores, y el menaje, lo mismo que
los uniformes de los camareros, eran los propios de la región. Fuentes y cuencos
colmados de todo tipo de delicias japonesas, se extendían formando un mar de
colores; platos de témpura, shushi, shashimi, junto con otros más que no sabría
nombrar, rodeaban una enorme cazuela de sukiyaki humeante, recién preparada.
De pie frente esos seis pares de ojos, me encontré por fin
con los de Bruno, que tras esbozar una sonrisa de complicidad, alabó mi vestido
y nos invitó a ocupar nuestros respectivos asientos.
Me dediqué por un momento a observar a los comensales; a mi
izquierda tenía a un hombre de mediana edad, con el pelo rapado para disimular
la calvicie, no demasiado atractivo pero con el encanto de la madurez y unos
ademanes que destilaban una clase absoluta; a su lado, un jovencito de unos
veinte años, con aspecto nórdico y una notable belleza me miraba un tanto
descolocado con sus enormes ojos azules, que de tan angelicales contrastaban con
los desarrollados bíceps que emergían bajo su ajustada camiseta; el último lugar
lo ocupaba Bruno, quedando a la derecha de Marta a la que le estaba dedicando
tiernos arrumacos.
Volví la vista a mi derecha, y gratamente sorprendida
descubrí un rostro que me resultó familiar, con la piel morena y de gran
corpulencia, deduje que sería primo o hermano de Bruno; más allá, un chico de
unos treinta y tantos, escondía su aspecto de niño bien bajo unas descuidadas
patillas y una ondulada melena castaña y, por último, a la izquierda de Marta,
reposaba un imponente mulato de ojos color miel, más o menos de mi edad, que
parecía sentirse muy cómodo y sonreía lascivamente mientras controlaba los
movimientos del resto.
Durante la cena intercambiamos nombres y profesiones, así
pude enterarme de que el calvo caballero y el chico de melena eran socios de
Bruno, los tres compartían la propiedad de la cadena de locales de noche más
elitistas de la ciudad, a los que yo había acudido en múltiples ocasiones. El
jovencito nórdico y el mulato eran dos bailarines de una de las discotecas, y el
hombre de mi derecha, tal y como pensaba, era el hermano menor de Bruno, Álex
(único nombre que puedo recordar), de unos cuarenta años y dedicado al negocio
inmobiliario.
Los camareros iban reponiendo las fuentes vacías mientras
llenaban una y otra vez de vino o sake las copas. La bebida fue soltando las
lenguas y los chistes se alternaban con piropos, cada vez más subidos de tono, a
las damas.
Con suavidad una mano se posó sobre mi desnudo muslo, noté el
frío metal del anillo que portaba, era el maduro socio de Bruno, que lentamente
ascendía por mi vientre buscando la cinturilla del tanga, tirando de él. A mi
derecha Álex se percató de lo que ocurría y presto salió en su ayuda
desapareciendo debajo de la mesa. Sentía como sus manos me despojaban de la
prenda y su cabeza se sumergía en mi entrepierna, abriendo de un lamentazo mis
labios e introduciendo su lengua en la entrada de mi vagina. El otro ya se había
levantado, y colocado detrás del respaldo de mi silla, desabrochaba el botón
superior del vestido, haciéndolo caer hasta que mis pechos quedaron desnudos
sobre la mesa.
En el otro extremo, Marta y Bruno se besaban apasionadamente,
mientras el mulato sacaba uno de los senos de ella por arriba del escote, y se
afanaba en apretarlo como si de una ubre se tratara. El de la melena fumaba como
si la cosa no fuera con él y el rubio angelote seguía sin quitarme ojo mientras
comenzaba a masturbarse.
Así se desarrollaba la escena cuando los orientales hicieron
su aparición, mudos y ciegos ante la misma, para depositar el postre, pequeñas
porciones de fruta pelada y troceada. Traían también copas y champagne para
brindar por la homenajeada. Sin mediar palabra, el del anillo, que tenía uno de
mis pechos tomado, cogió una de las copas y llenando su boca la aplicó sobre mi
esternón vaciándola con cuidado. Sentí como el líquido rodaba por mi piel,
bajando hasta el ombligo, goteando sobre la boca de Álex, que decidido a
recogerlo todo, propinó un tirón al vestido hasta dejarme totalmente desnuda. De
inmediato su lengua sorbía golosa mi pubis mientras su compañero me aplicaba,
esta vez ya desde la botella, chorritos de bebida entre los pechos y la boca,
inclinándose sobre ella para degustarla. El rubio ya había ocupado la silla de
la izquierda y mi mano empezaba a masajear su miembro, no muy largo pero
extremadamente ancho.
Álex seguía bajo de la mesa, chupando sin cesar cada líquido,
mientras el otro dejaba de besarme y sacaba su excitada verga introduciéndola
dentro de una rebosante copa, para meterla después, empapada, en mi sedienta
boca. Cuando mi mano apretaba con más saña el miembro del jovencito, pude
escuchar sus jadeos y cómo una espesa humedad comenzaba resbalaba entre mis
dedos, se había corrido, con una rapidez propia de su juventud. Álex intentaba
acceder sin éxito hasta mi agujero posterior, así que salió de su escondite y
apartando a los otros dos me levantó de la mesa y me inclinó sobre ésta mientras
sus compinches retiraban cada una de mis nalgas mostrando la redonda gruta
ligeramente abierta. Esta vez fue el rubio, ya recuperado, quien derramó el
champagne sobre mí mientras el maduro lo recibía arrodillado bajo mis abiertas
piernas. La lengua de Álex buceaba por mi ano haciéndome enloquecer. Aprisionada
contra la mesa, oía como platos y vasos iban cayendo sin cesar y veía como
Marta, echada boca arriba, se retorcía bajo las caricias de Bruno y el contacto
del enorme pene del mulato que se restregaba por su sexo. El de la melena se
había decidido a participar y avanzaba, con el instrumento en la mano, dispuesto
a introducírselo en la boca.
Inundada de sensaciones, con aquellas tres lenguas y pares de
manos aplicadas sobre mí, decidí tomar la iniciativa, y cogiendo a Marta de la
mano, la llevé hasta el centro del salón, donde habían colocado una inmensa
alfombra con cojines repartidos por todas partes. Bajo sus ojos comenzamos a
besarnos sin juntar las bocas, rozando nuestras lenguas sin dejar de mirarlos,
frotando nuestros senos empapados, recorriendo nuestros agujeros tan deseosos de
ser penetrados.
Uno a uno se fueron despojando de la ropa, mostrando seis
desiguales miembros, cada uno de un tamaño, grosor y color, pero con un
denominador común, la más absoluta horizontalidad. Arrodilladas frente a ellos
formaron una silenciosa fila y fueron ocupando nuestras bocas; conforme la
hilera avanzaba los que salían se colocaban detrás y comenzaban a penetrarnos,
alternando posiciones, mientras con las manos que nos quedaban libres
satisfacíamos a los menos afortunados.
Fue Álex quien rompió la cadena, tomándome en brazos me llevó
hasta el dormitorio, allí comenzamos a besarnos, hasta que se sentí cerca otra
presencia, la voz no dejaba dudas.
¿No pensarías que te ibas a escapar de mí? – musitó Bruno-
Ya conoces a mi hermano Álex, le había hablado de ti, ese es el motivo por el
que ha venido. Queríamos compartirte esta noche.
Dicho esto se apretó contra mi espalda clavándome su erección
en la cintura, Álex continuaba besándome mientras sus dedos se hallaban ya
introducidos en mi vagina. Ambos tenían la misma estatura y sus penes,
igualmente grandes, cabeceaban contra mí, haciéndome sentir insignificante entre
sus brazos.
Álex se tumbó en la cama boca arriba y yo me coloqué
arrodillada sobre él; un instante después ya le estaba cabalgando, sintiendo su
enorme miembro arder entre mis piernas. Bruno nos dejó hacer un rato mientras se
masturbaba y el rubito, que acababa de aparecer, subió a la cama y empezó a
besarme los pechos, tirando de los pezones con los dientes. Al tiempo que
disfrutaba mi propio placer, me excité aún más al oír los gritos de Marta que
llegaban desde el salón. La imaginé tomada por esas tres fieras y sonreí. Bruno
pareció saber lo que pensaba y vino hasta nosotros, inclinando mi torso sobre el
de su hermano, para con cuidado empezar a recorrer con su glande la entrada de
mi agujero. Cesé por un instante mi febril movimiento y mientras la polla de
Álex latía en mi interior noté cómo Bruno me inundaba de saliva para facilitar
la penetración. Álex llevó sus manos hasta mis nalgas las separó con generosidad
fraternal mientras su hermano me introducía un dedo y después otro, repartiendo
la humedad por las dilatadas paredes. Por un momento sentí algo de temor y me
estremecí, ambos lo percibieron y acariciándome hicieron que me tranquilizara,
prometiéndome ir con sumo cuidado.
Enseguida noté como la punta del miembro se habría paso
lentamente, un grito se ahogó en mi garganta, pero Bruno continuó su camino
hasta conseguir introducir todo el grueso capullo. Centímetro a centímetro
avanzó implacable hasta la base, mientras mi cavidad ardía, llena, rebosante, al
máximo de su capacidad. Empalada por los dos frentes, comenzaron a moverse
sincronizadamente, primero muy despacio, hasta que escucharon mis jadeos de
placer, y después más deprisa, hasta que pasadas las primeras envestidas dejaron
de preocuparse y se movieron con libertad, dejándonos llevar los tres,
simplemente gozando de nuestros cuerpos. En medio de los dos, alargué un brazo
hasta que mi mano alcanzó el grueso miembro del rubio bailarín, que nos
observaba tendido a nuestro lado. La sensación de satisfacer a esos tres
hombres, unida a las envestidas de los dos hermanos, iba desencadenando un
placer que cada vez se hacía más intenso, sentía los dos poderosos miembros
rozándose separados por aquel delgado muro, mientras hundida en el pecho de Álex
comenzaba a alcanzar un increíble orgasmo, tan intenso que grité, que gocé
ininterrumpidamente hasta que todos hubieron descargado sus jugos dentro y fuera
de mí.
Tras unos minutos, nuestras respiraciones fueron
normalizándose hasta dejarnos apreciar el silencio que reinaba en el
apartamento. Ningún sonido llegaba ya desde el salón. Sólo reposo y calma, tras
esas horas de frenética actividad.