--------------Mátame---------------
El cielo estaba parcialmente nublado. Caía la noche, las
nubes paseaban sobre nosotros en la misma dirección del viento que movía mi
cabello, que desplazaba las hojas caídas de los árboles. El campo estaba sereno,
muy a diferencia de mi mente, completamente atormentada. Y digo atormentaba
porque me encontraba en un espacio irreconocible, recorriendo un camino
inesperado con una persona a veces no mucho más reconocible que el propio
camino. El automóvil en el que viajábamos era negro, y conforme iba oscureciendo
se distinguía menos entre las sombras.
Ricardo estaba a mi izquierda, y no estábamos precisamente en
Inglaterra, así que era él quien tenía el mando del auto.
No se bien como habíamos llegado hasta allí, de hecho no
reconocía el lugar. Ninguno de los dos había pronunciado palabra durante el
trayecto. Ninguno de los dos había mirado al otro, ninguno de los dos...
Él me utilizaba de una forma cruel, había jugado durante años
conmigo, apoyado por mi amor incansable. Estaba empezando a pensar que era una
obsesión, sinceramente ya no sabía bien por qué seguía con él, por qué no lo
dejaba pasar como una anécdota más, deshacerme de una vez por todas; como una
bola y una cadena... me arrastraba a la perdición, a mi propia perdición.
El campo fue testigo de la pasión con la que Ricardo se
abalanzó sobre mi, poco después de haber desabrochado su cinturón. El cinturón
de seguridad, el suyo fue desabrochado de otra forma. Debí haberme apartado,
pero una vez más el amor, mi propio sentimiento me jugó una mala pasada. Su boca
buscó mi boca, nuestras lenguas se reencontraron como siempre lo hacían,
ardientes, llenas de vida... abrumada por su aroma me dejaba hacer, me sentí
como una hoja ligera arrastrada por el viento. Mis bragas blancas de algodón, de
lo más clásico fueron las primeras en notar la excitación que comenzaba a
navegar mi cuerpo. Las manos de Ricardo ya tocaban mis pechos, masajeándolos de
tal forma que la pasión podría haber pasado por brutalidad. Mordió mi cuello,
tomándome de la mano izquierda, se la llevó a la boca y mi dedo índice quedó
aprisionado entre sus dientes, feroces, hambrientos... Me hacía daño, pero me
encantaba; me encantaba sentirme presa de él, suya. A pesar de la gran
inseguridad que me caracterizaba con Ricardo, en aquel momento me di cuenta de
su cobardía. Él sentía lo mismo que yo, estaba segura de que yo era la única
para él, aunque quizás no se había dado cuenta...aún.
Me incorporé, el deseo era más fuerte que nosotros, nos
besábamos con auténtico ardor, mis pechos de nuevo en sus manos, varoniles; mis
pezones habían sucumbido a sus encantos, erectos a más no poder, atrevidos, con
ganas de romper mi camiseta. Una descarga de calor tras otra, y un aumento de la
misma cuando Ricardo hundió sus manos bajo mi camiseta, bajo el sujetador,
rozando mi piel, mis pezones desnudos. De nuestras bocas unidas se escapaban los
gemidos salvajes. Unas pequeñas gotas de sudor caían por mi frente. Ya había
anochecido. Sentí un pequeño mareo a consecuencia del terrible calor que hacía
en el interior del coche y salí sin dar ninguna explicación. Me quedé de pie,
cerrando la puerta detrás de mi, allí parada; con los ojos de Ricardo clavados
en mi, dejando ver una mezcla de asombro y de pasión interrumpida. Salió y se
colocó en frente de mi, el auto se interponía entre nosotros. Con las mejillas
sonrosadas por el calor contenido, se acercó a mi. Me tomó por la cintura y me
besó de nuevo. El mareo ya había desaparecido. Me agarré de su cuello,
deslizando mi pierna izquierda por su trasero, acariciando sus piernas, pegando
mi intimidad contra la suya. Era ya más que evidente la erección. Desabroché su
camisa con fuerza, rompiendo sin querer los dos últimos botones. Ricardo se la
quitó y la echó al suelo, justo detrás de mi, encima de un montón de hojas. Me
despojó de la camiseta, y tras desabrochar y quitarme el sujetador, me tiró
sobre las hojas, parcialmente cubiertas por su camisa.
Se acomodó sobre mi, besándome, recorriendo mi cuello con su
lengua incansable y húmeda en todo momento. Desabrochó mi pantalón, y yo ayudé a
que me lo quitara levantando levemente las caderas. Hizo lo mismo con las
bragas, empapadas y con olor a hembra. Las olió sin dejar de mirarme, y me
dedicó una sonrisa.
Mi vagina era un centro de producción de flujos, emanaban de
mi a un ritmo vertiginoso, y más aún cuando la lengua deseada de Ricardo llegó a
ellos. Había un árbol de tronco grueso justo detrás de nosotros. Apoyé mi cabeza
sobre él, mientras Ricardo lamía mis bajos, introduciendo su lengua en mi
cavidad. Chupaba como un animal desesperado...o más que chupar, saboreaba, me
lamía de arriba abajo, al tiempo que yo me retorcía de placer. Agarré su pelo,
su cabeza con las dos manos, guiándolo en tan afrodisíaca ruta. Entre gemido y
gemido alcanzaba a decir:
Así... me matas...mmm...
Sentí mi respiración entrecortada, por unos momentos pereció
como si me ahogara, no pude esbozar gemido. Un orgasmo indescriptible recorrió
mis interiores, regalando a mi hombre mis jugos más íntimos.
Ricardo me colocó a cuatro patas, oí bajar su cremallera y
momentos después noté la cabeza de su gran pene a la entrada de mi cavidad
oscura y deslizante.
Era tal el grado de lubricación, que sentir a Ricardo
completo dentro de mi fue cosa de una fracción de segundo. Los dos emitimos un
gemido. Sus manos sudorosas resbalaban acariciando mi culo de piel tersa, y la
parte trasera de mis muslos. Visitando a veces mi insaciable clítoris. Ricardo
envestía con fuerza, y yo cada vez me inclinaba más hacia delante, ofreciéndole
un camino más fácil al macho que me copulaba. Mis manos apretaban su camisa con
fuerza, se levantó un viento repentino erizando mi piel. Éramos como dos
animales salvajes en plena naturaleza, que satisfacían sus instintos.
Rodeada de aquellos árboles altos, cubierta por el viento que
envolvía nuestros cuerpos, y sintiendo a mi macho envestirme por detrás
comprendí una cuestión; hiciera lo que hiciera, siempre estaría ligada a
Ricardo. Nadie sabría cuanto tiempo estaríamos juntos pero qué importaba... Él
era el macho que me cubría. A veces le odiaba, otras le amaba, así es la vida.
Segundos antes de sentirme presa del brutal orgasmo, estas
fueron las palabras que llegaron a oídos de Ricardo:
Mátame...pero no dejes de estar a mi lado...
Y el semen de Ricardo fue la respuesta.