Me llamo Juan y soy de Barcelona, tengo 19 años y la historia
que voy a relataros me ocurrió cuando yo tenía 15.
Todo comenzó cuando mi madre me anunció que ese mismo fin de
semana iríamos toda la familia al pueblo de la que ella es natal y que se
encuentra a 20 Kms de la capital. Al principio no me hizo ninguna gracia la idea
ya que no tengo ningún amigo allí, pero me resigné pensando que podría pasar el
rato jugando con mis primos y demás familiares, así que cuando llegó el viernes
emprendí con ilusión mi camino al pueblo.
Llegamos sobre las dos de la tarde y al tocar el timbre de la
casa de mis tíos nos dimos cuenta de que allí no había nadie. Supusimos que se
encontrarían en la única piscina que hay en todo el pueblo, así que decidimos
acercarnos hasta allí. Aparcamos el coche y nos pusimos nuestros bañadores.
Habíamos acertado al suponer que estarían allí y al entrar al recinto nos
reunimos con el resto de la familia. Tengo una familia bastante numerosa
compuesta por dos tíos, dos tías, dos primos de 17 y 20 años y tres primas de 9,
12 y 19 años. Precisamente esta última estaba saliendo de la piscina cuando yo
llegué. Nada más verla me di cuenta del tiempo que hacía que no la veía. Estaba
preciosa, llevaba un traje de baño color verde y al salir del agua se echó todo
el pelo para atrás, haciendo resaltar unos pechos magníficos apretándose dentro
del traje de baño. No pude evitar que mi mirada se posase automáticamente en
ellos para luego ir bajando lentamente hasta el triángulo mágico que se
adivinaba bajo la mojada tela de su bañador. Me quedé totalmente embobado. De
repente, me desperté gracias a una palmada en la espalda de mi tío que venía a
saludarme.
Pasé toda la mañana mirando a mi prima, observando cada uno
de sus movimientos; cuando recogía la toalla del suelo, cuando tomaba el sol...
Deseaba levantarme, acercarme a ellas y tocarle aquellas deliciosas tetas,
hacerla gozar metiéndole mis dedos en su coño... He de reconocer que era una
fantasía bastante difícil de cumplir en aquel momento, con toda la familia
mirándome.
A la hora de comer y ya en la mesa, procuré por todos los
medios sentarme al lado de ella, y lo conseguí. Empecé a mirarle disimuladamente
el escote y de pronto me di cuenta de que no llevaba sujetador. Podía ver
claramente sus tetas, pálidas en comparación con el resto de su bronceado
cuerpo. Tenía unas aureolas bastante grandes de una leve tonalidad naranja y
unos pezones pequeños pero muy erectos. Con esta impresionante visión a mi lado
comprenderéis que tuviese la polla como el mástil de un barco durante toda la
comida. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para ocultar mi delatora erección
a su curiosa mirada.
Durante la comida había empezado a llover así que nos vimos
obligados a quedarnos en casa. Mi primo de 17 años y yo nos pusimos a jugar a
las cartas con mis primas más pequeñas. Acabábamos de empezar cuando Leire, mi
primita de 12 años, se empeñó en que ella también quería jugar. Como no se
callaba acabé por sentarla sobre mis rodillas para que llegase a la mesa. Al
poco, Leire empezó a echarse hacia atrás, cansada de tener la espalda recta todo
el rato sin apoyarla en ningún sitio, de forma que acabó acomodándose sobre mi
polla. Hacía apenas un cuarto de hora que me había levantado de la mesa y
todavía estaba bastante excitado por la 'experiencia' con mi otra prima, por lo
que mi duro miembro quedó aprisionado entre las pequeñas nalgas de mi primita.
No podía evitarlo, pero cada vez que esta se movía yo me sentía al borde del
orgasmo. Llegué a tal punto que decidí que tenía que correrme a cualquier
precio, no podía aguantar más. Librándome de mis prejuicios comencé a hacerle
cosquillas y ella empezó a moverse sin parar. Eso le daría a mi polla la
excitación necesaria para correrme, pero necesitaba algo más. Aprovechando el
juego de las cosquillas, empecé a sobarle sus pequeñas tetas con gran cuidado
para no se dieran cuenta ni ella ni mi primo. Continuamos así un buen rato,
jugando y divirtiéndonos, sobre todo yo claro. Le tocaba el culo, se lo sobaba
con las dos manos, y ella seguía riéndose y moviéndose como loca. Por fin,
cuando sentí que estaba ya a punto de explotar, caí en la cuenta de la locura
que había estado a punto de cometer: correrme con la ayuda de mi prima de 12
años. Le pedí que se bajara para terminar la partida en paz, lo que fue todo un
alivio para mi polla y para mi maltrecha conciencia.
Llegó la noche y tras la cena todos mis primos mayores se
marcharon con sus amigos.
- Cariño -me dijo mi madre- Tu padre, tus tíos y yo vamos a
ir a un pub que acababan de abrir en el pueblo, al lado de la piscina. ¿Te
quieres venir? Si no te vas a quedar solo.
- No, no te preocupes -le dije tranquilizador- Veré la tele un poco y me iré a
la cama pronto. Estoy cansado del viaje.
- Entonces no te importará que te dejemos a las pequeñas para que las cuides,
¿verdad? -me propuso mi tía tomándome por sorpresa- Así nosotros podremos estar
más tranquilos y relajados en el pub.
Miré a mi madre como pidiendo ayuda, pero ella solo se
encogió de brazos dándome a entender que yo mismo me lo había buscado. Dirigí la
mirada de nuevo a mi tía y afirmé con la cabeza resignado, aceptando no de muy
buena gana.
Todos se fueron y me quedé en el comedor yo solo, mis
primitas estaban jugando en la salita de al lado. Estaba medio dormido viendo la
tele cuando pasaron mis primas por mi lado.
- Primo, nos vamos ya a la cama -me dijeron restregándose los
ojos de cansancio.
- Vale, buenas noches -les dije sin más y se fueron.
Una luz se hizo en mi cabeza. Lo que había pensado acabaría
por completo con la poca conciencia que me quedaba, pero estaba tan excitado que
poco me importaba eso en aquel momento. Decidí que aquella noche no sería tan
aburrida como había pensado en un principio.
Pasado un rato, imaginando que ya estarían dormidas, me
levanté y me dirigí con cuidado a su habitación. Abrí la puerta en silencio y
encendí la pequeña lámpara de la mesilla. Las dos dormían en camas separadas,
así que me dirigí hacia la de Leire. La destapé y vi que llevaba puesta una
camiseta y unos pequeños pantaloncitos cortos. Aspiré con fuerza para ganar algo
de decisión y la desperté suavemente.
- Leire -le dije hasta que abrió los ojos y me miró
extrañada- Estoy muy aburrido y no sé qué hacer. ¿Te gustaría jugar conmigo?
- Sí, claro -me dijo, restregándose los ojos con una pequeña sonrisa en los
labios.
- Podríamos jugar a las cosquillas -le propuse- ¿Te apetece?
- Sí, sí -dijo alegremente y dando palmas con las manos.
- De acuerdo, pero quiero empezar yo -le dije.
La cogí por la cintura y comencé a hacerle cosquillas en la
tripa, lo que hizo que empezase a reír alegremente. Subí un poco y noté que se
retorcía como una loca. Pasé a acariciarle los pezones por encima de la camiseta
y enseguida se le pusieron tiesos, casi tanto como mi polla que estaba ya a
cien. Se los moví de un lado a otro, los pellizqué, los cogí entre mis labios...
Luego bajé mas y, con mucha suavidad, metí una mano en sus pantalones. Su coñito
tenía un tacto magnifico, suave y agradable. Comencé a acariciarle la rajita
arriba y abajo con un dedo, cosa que por primera vez hizo que se mostrase
nerviosa.
- ¿Quieres que pare? -le pregunté.
- No, no -me dijo algo insegura- Me gusta mucho lo que me estás haciendo.
- Mira, te propongo una cosa -le dije para intentar tranquilizarla un poco- Si
me dejas hacerte todo lo que yo quiera, luego tú podrás hacerme a mí todo lo que
quieras.
- Vale -aceptó tímidamente.
- Muy bien... -dije y fingí quedarme pensativo- Quítate la camiseta.
Se la quitó dejando a la vista sus pequeñas tetas coronadas
por dos erectos pezones. No era lo que yo había esperado de mi primera
experiencia sexual, pero no por eso estaba menos excitado.
- Ahora, bájate los pantalones -le pedí.
Me miró y empezó a quitárselos con las dos manos, hasta dejar
al descubierto un precioso coño sin un solo pelo. Era maravilloso. La cogí en
mis brazos y la besé en la boca con suavidad. Juntamos las dos lenguas y comencé
a tocarle todo el cuerpo. Le chupé los pezones y ella empezó a gemir
alocadamente sin saber exactamente lo que le estaba pasando. Le separé
dulcemente las piernas, metí entre ellas la cabeza y comencé a chupar aquel
precioso coñito. Ella se retorcía y gemía mientras yo le pasaba la lengua arriba
y abajo sin cesar. Seguimos así un buen rato hasta que decidí probar a meterle
la lengua en su vagina. Al hacerlo, pegó un pequeño grito y se corrió en mi
boca. Saboreé aquel extraño sabor durante unos minutos.
- Ahora te toca a ti -le dije y, después de desnudarme, me
puse a su lado en la cama.
Ella me miraba con una cara mezcla de asombro y lujuria.
Agarró mi polla con una mano y comenzó a tocarme los huevos con la otra
suavemente, como con miedo. Puse mi mano encima de la suya y le enseñé cómo
debía hacerlo.
- Es como chupa-chups -le dije- ¿Sabes cómo se come un
chupa-chups, no? Pues, haz lo mismo.
Acercó su cara a mi polla y comenzó a chuparla suavemente.
Recorría con su lengua el camino entre la punta y mis huevos, y luego lo repetía
en sentido contrario. Tras varios recorridos decidió sin que yo le dijera nada
metérsela por completo en la boca. Yo me sentía en el cielo y ella seguía
chupando arriba y abajo sin parar. Estaba ya a punto de correrme, pero no quería
hacerlo así.
- Para, para -le pedí entre suaves jadeos.
Obedientemente se detuvo al instante y se me quedó mirando,
como preguntándome qué tenía que hacer a continuación. La tumbé en la cama y
separé sus piernas. Me agaché de nuevo y, enterrando mi cara en su entrepierna,
empecé a chuparle el coño con ansia. Al poco le metí suavemente un dedo y me
quedé un instante con él dentro.
- ¿Te duele? -le pregunté.
- No -me contestó sin más.
Cogí mi polla con una mano y la coloqué suavemente en la
entrada de su coño. La restregué un poco arriba y abajo sobre esa zona y, acto
seguido, se la empecé a meter. Introduje la mitad de mi miembro y de pronto
soltó un leve quejido. Me detuve de inmediato, asustado.
- ¿Te duele ahora? -le pregunte de nuevo.
- Sí, pero no pares -me respondió- Me gusta mucho.
Sin esperar más, pegué un fuerte empujón y mi polla entró
hasta el fondo. Leire se mordió los labios, pero pronto empezó a sonreír.
Comencé a moverme dentro y fuera, la abrazaba, le besaba en la boca, metiéndole
la lengua casi hasta la garganta. Seguí así hasta que no lo pude aguantar más y
exploté dentro de ella. Terminamos abrazados y besándonos suavemente, yo tocando
y lamiendo sus pezones y ella acariciando mi flácida polla con sus dos manos
manchadas de semen.
Tras esconder las sabanas manchadas y despedirnos, me fui a
la cama pensando que el próximo día sería quizás incluso mejor que este.
Continuará...