ADVERTENCIA
Esta obra contiene escenas de sexo no consensuado, sadismo,
humillación, dominio y está orientada a lectores adultos. Si este tipo de
cosas no son de su agrado o de algún modo hieren su sensibilidad deje de leer
AHORA, después podría ser tarde. Por supuesto todas las escenas aquí narradas
son de absoluta ficción y es voluntad del autor que nunca lleguen a ser
reales. Cualquier comentario será bienvenido. (Absténganse de mandarme
ficheros adjuntos porque NUNCA los abro)
fedegoes2004@yahoo.es
Semejante visión debió ser demasiado para Benito que, tras
varias bruscas embestidas, se la sacó del culo y se corrió largamente sobre su
espalda. En escasos segundos, el cliente que fuera interrumpido intentó ocupar
su lugar, pero los movimientos del gitano volvieron a obligarlo a esperar.
¾ Disculpen los señores, es sólo
un pequeño cambio de postura ¾ Se dejó oír la
chulesca voz del segurata, mientras se levantaba con Silvia a cuestas, sin
dejar de follarla, y la depositaba cruzada sobre la mesa que tenían delante.
En un principio, dio la impresión de que iba a proseguir
con la penetración vaginal, pero tan pronto la tuvo estable, le colocó un
cojín bajo la cintura, se puso sus muslos sobre los hombros y se la metió por
el culo emitiendo un gruñido de placer.
¾ Ahora te vas a enterar, te voy
a inundar en leche hasta que te salga por las orejas.
Quique, arrollado por los acontecimientos, se encontró con
la espalda del gitano ocupando el visor, y una vez más hubo de dar un rodeo en
busca de mejores planos. En esta ocasión le fue más difícil, la gente había
empezado a levantarse de sus asientos y poco a poco se iban apelotonando
alrededor de la muchacha. Cuando por fin logró abrirse un hueco, se quedó tan
extasiado que casi se olvidó de sacar fotos. El hombre de la camisa de
smoking, había logrado tener a Silvia a su alcance y se dedicaba a follarle la
boca con inusitada violencia. El gitano, para no ser menos, la empujaba con
tal ferocidad que hacía temblar la mesa, y el cuerpo de ella yacía casi oculto
bajo innumerables manos que la exploraban, palpado y pellizcando por todas
partes a la vez. Ella, se retorcía como una anguila, metida del todo en la
faena, sobrepasada por sus sensaciones y por los constantes orgasmos.
Mientras apretaba el botón de la cámara, no pudo evitar
pensarlo: Lo que le gustaba de aquello no era el extremo hasta el que estaba
viviendo su papel de puta, ni siquiera su pervertida manera de disfrutar, lo
que le gustaba era que hubiera llegado a olvidarse del impacto que esa noche
iba a tener, que ni siquiera reparara en que estaba abocada a que todo su
pasado y su presente, su vida social, saltaran por los aires. El placer había
ahogado en ella esa percepción, la había pospuesto; cuando abriera los ojos a
la realidad el pánico iba a ser total, iba a llorar lágrimas de sangre y él
querría estar presente para verlo, para registrarlo si era posible.
En algún momento, el cliente se echó hacia delante, le
agarró las tetas con ambas manos, mitad para magrearla y mitad simplemente por
apoyarse, y se corrió dentro de su garganta. El golpe de tos fue tan tremendo
que el hombre hubo de retirarse y Quique, completamente atento, aprovechó para
sacar varias instantáneas de la boca de ella manando esperma, y hasta de los
sucesivos chorreones que, brotando desde su nariz, confluyeron hacia los
labios en dos espesos riachuelos.
¾ Dios, no puedo más ¡Qué buena
está la muy puta! ¾ Gritó el guardia de seguridad,
sacándola en mitad de su propia eyaculación. Varios chorros de leche
recorrieron un amplio arco, cayéndole a Silvia sobre el vientre y los pechos.
En realidad, fueron varios los hombres que no aguantaron
más y se corrieron dónde pudieron, dejándola como un campo nevado. Pronto
estuvo tan embadurnada que hubo a quien le dio asco, alguien trajo un trapo
negro y desenfadadamente se puso a secarla de arriba a abajo. Enseguida
surgieron varios voluntarios para esa tarea, pero al final se impuso la
racionalidad:
¾ Un segundo que la adecente un
poco ¾ Dijo uno de los camareros mientras le pasaba
el paño por la cara y después le restregaba enérgicamente el vientre y las
tetas¾ . Entre grupo y grupo, es obligación mía
limpiar las mesas, es mi trabajo ¾ Insistió, casi
en tono de disculpa.
El habitual coro de risotadas saludó la ocurrencia. A todo
los efectos la señorita Setién había muerto, o al menos se había dormido por
un rato. Esa había sido la trampa mental que se había hecho a sí misma para
ser capaz de encajar el despiadado cariz que habían tomado los asuntos. Era a
M a quien le gustaba esa clase de sexo, era M quien se ponía cachonda cada vez
que la humillaban, no ella. Ya que tenía dos personalidades, mejor permitir
que la más apta se encargara de cada faceta; Silvia había hecho lo posible por
defenderse, no había que cargarla con la responsabilidad del desastre.
Llevaba toda la noche pensando que daba igual, que el daño
estaba hecho y a pesar de ello las cosas habían seguido empeorando minuto a
minuto, hasta más allá de lo imaginable. No obstante, esta vez era cierto;
nada peor podía pasarle que ser follada en mitad de la sala por todos los que
apetecieran hacerlo, eso era lo peor sin que cupiera duda. Una vez allí, bien
podía dejar que M se despeñara por el abismo, que rodara de mano en mano como
la furcia que era y que obtuviera al menos la efímera compensación del placer
físico.
Cuando el gitano se le corrió encima, creyó que rápidamente
aparecería otro hombre que lo sustituyera, pero no fue así. Sin esperarlo, se
sintió levantada de la mesa y como la llevaban entre varios, en volandas hacia
el entarimado. Escuchó risas, conversaciones cruzadas, pero entre todas la
voces ella había aprendido a distinguir la de Jorge, a separarla del murmullo.
¾ Por supuesto, en el escenario
hay espacio para que los que quieran sigan divirtiéndose, y los que estén
cansados o no les apetezca, siempre pueden quedarse, tomar una copa y sentarse
a mirar, el show va a merecer la pena.
Una vez arriba, se puso casi nerviosa, pero enseguida la
excitación sexual volvió a arrastrarla y el universo se difuminó. La tumbaron
sobre el suelo y un tipo al que no conocía de nada, quizás un camarero o un
cliente se echó sobre ella, la abrió de piernas y le metió la polla sin
contemplaciones, con toda la tranquilidad del mundo.
Al poco de sentir dentro su verga le dio igual quién fuera,
el hijo de un millonario o un vulgar aparcacoches, le dio igual lo que
sintiera hacia ella, la tenía dura y con eso bastaba; se entregó a él como si
se tratara del amor de su vida. En pocos segundos, alguien la había penetrado
también analmente y gimió de placer, se corrió con escándalo, de sólo volver a
sentirse llena. Estaba tan muerta de gusto que intentó besar al de delante,
pero él la rehuyó y le apartó la cara. A esas alturas, iba a serle difícil
hallar para su boca otra cosa que no fuera una polla. Por suerte, enseguida
las encontró por decenas; muchos tíos se habían acercado y empezó a mamar en
el más absoluto desorden, fue de unos a otros según quien le pillara cerca,
siguiendo su propio instinto, o los esporádicos tirones de sus dueños.
¾ Es hora de que te vayamos
calentando, puta ¾ dijo alguien, al tiempo que le
daba un fuerte bofetón. Un instante después, le estaba haciendo una felación a
su agresor hasta los mismos testículos.
¾ ¿Qué quieres que hagamos
contigo puerca? ¾ Le preguntó casi gritando, al
tiempo que la agarraba por la nuca y la forzaba a tragar.
No pudo contestar, tenía la boca a reventar y hubo de
esperar a que él se apartara.
¾ Quiero que me la hagáis todo,
que hagáis de mí lo que os venga en gana ¾
respondió entre jadeos¾ . Don Jorge lo dijo:
Emputecedme.
¾ Pues entonces cómeme las
pelotas, puerca ¾ contestó el hombre volviendo a
penetrarla oralmente y forzándola hasta que sus huevos desaparecieron tras el
rojo de sus labios.
A partir de ahí se acabó de abrir la veda. No hubo
palabras, la señal indicativa del cambio de turno fue siempre una hostia. En
todo momento, mientras dos la follaban, ella vagó de pene en pene, prodigando
mamadas, y con su cara acumulando sucesivas capas de leche. Pero ni su
completa aceptación la libró de los golpes, constantemente estuvo recibiendo
manotazos, pellizcos, bofetadas en los pechos y un sinfín de dolorosas
atenciones.
Todo iba y venía como una marea, las manos por su cuerpo,
las risas, los gruñidos de gozo, el airado restallar de los golpes; sólo el
placer permanecía, sólo el placer era estable, aunque constante y
aterradoramente creciendo. Con cada nueva penetración, con cada voltereta que
le hacían dar de unos en otros, los orgasmos se le disparaban desde el coño
hasta las sienes como descargas eléctricas y se retorcía sobre sí misma
murmurando incoherencias, sometida a su sexo. A cada segundo creía no poder
más, que el corazón iba a parársele, pero enseguida llegaba otra polla, otro
coito, y el infierno de la entrega empezaba de nuevo, en soledad, en silencio,
sin oír las obscenidades de la gente ni sus propios jadeos, a la deriva en un
rumor cardiaco, en la absurda intimidad de sus propios latidos.
Quique, inmerso en su problema de encuadres, cazador de
luces y planos, se escondía tras de la cámara. Click, y la cara de Silvia
lamiendo una hilera de pollas había sido inmortalizada, click y el esperma de
cuatro eyaculaciones bajaba desde su frente, fluía hacia y sobre sus labios
abiertos, click y click y click, y el trapo negro le secaba la cara, el
cuerpo, las tetas, cada vez más impregnado en blancura. Y otro Click último,
porque estaba cansado, porque quizás iba a echarle otro polvo, y tenía sobre
ella material de sobra.
Dios, Silvia tragaba semen por descargas enteras. Intentó
imaginarse lo que la gente pensaría cuando mostrara aquellas fotos, pero
decidió que no lo haría, nadie lo iba a creer ni siquiera teniendo delante el
documento gráfico; pensarían que era un montaje realizado por ordenador,
creerían cualquier cosa, menos la verdad. En su día, cuando llegara el momento
y empezara a cansarse de usarla, cuando ya no se le ocurriera nada por lo que
hacer pasar a su puta, invitaría al personal a una fiesta en vivo, en directo,
con Silvia en ella abierta como una gallina, ofrecida a todos; ese sería el
único modo de que no dudaran de su veracidad, aquello era demasiado increíble.
En cualquier caso, aún quedaba mucho para eso, de momento prefería follarla a
joderla.
Pero... ¿Para qué imaginar cuando tenía por delante tan
magníficas realidades? Concentrado en el reportaje no se había dado cuenta;
estaba más caliente y duro de lo que pensaba, tanto era así que ya no había
tiempo para distracciones. Agarró a Silvia del pelo y le colocó el glande
sobre la lengua, le largó una oleada de leche y la observó saborearla, la
mueca de perversión y asco con que la tragaba.
Ufff, aquello era demasiado, se había corrido tres veces,
tenía hormiguillas en el pene y ganas de sentarse. Bajó al salón y pasó a
contemplar la escena desde una mesa, entre sorbo y sorbo de su vaso de
güisqui.
Todavía quedaban tres tíos follándola. La habían puesto a
cuatro patas y uno se la metía por detrás, como los perros, mientras se la
chupaba a los otros. El cabello le caía pesado y pringoso por el cuerpo y ya
hasta habían desistido de secarla, el paño estaba demasiado empapado y no
hacía sino diseminar la humedad. La colocaron de rodillas y uno de los tipos
se lo alcanzó con dos dedos, mejor que fuera ella quien se pringara, a ver si
era capaz de limpiarse un poco por sí misma.
¿Un trapo negro? La idea se le cruzó por la cabeza con una
mezcla de esperanza y lástima ¿sería posible que...? Miró hacia Jorge,
charlaba con un grupo de clientes rezagados sin aparentar que prestara
atención, pero estuvo seguro de que se le había ocurrido, de que lo que estaba
sucediendo había sido dispuesto por él. Joder, toda esa inteligencia aplicada
al mal... verdaderamente era una barbaridad.
Silvia tenía más ganas que nadie de sentirse seca. Una vez
le fue entregado el trapo, la asaltó la tentación de usarlo en su entrepierna,
tenía el coño y el culo particularmente embarrados y bastante escocidos, de
hecho llevaban doliéndole desde hacía rato. Pero no, quedando todavía gente en
pie era una imprudencia dedicarlo a eso. Como para confirmar su tesis, uno de
los tíos se le corrió en la cara, pringándole la mejilla, y sin apenas acertar
en su boca. En realidad daba igual, había tragado una cantidad suficiente de
semen como para que no le importara en dónde pudiera caerle, beberlo o bañarse
en él. Los otros dos siguieron su mismo camino y eyacularon dónde les vino en
gana, había quien se la había follado tres y cuatro veces, ya nadie estaba
para perfeccionismos.
Se quedó sola en el entarimado. Hizo lo que pudo por
limpiarse la cara, pero la tela era demasiado fina y el trapo estaba
absolutamente mojado, sólo logró extenderse la hediondas salpicaduras. Probó a
doblarlo de otra forma, pero ya otros habían tenido esa idea y por todas
partes estaba igual; sabía que era inútil pedir un paño limpio, se secó la
entrepierna con un gesto de asco. Lo que había pasado era horrendo, pero por
fin iban a dejarla irse, por fin todo había acabado. En el salón los hombres
se vestían, hacían comentarios soeces sobre lo puta que era, lo bien que había
estado, o la manera en que había podido con todos. Daba igual, dentro de poco
estaría en casa, se daría una ducha, y toda esa pesadilla se convertiría en
pasado. Se sentía mareada. Ya encontraría la manera de encajar los golpes, o
no los encajaría; lo importante era que muy pronto iba a salir de allí, a
obtener al menos una tregua.
¾ El traje ¾
pidió por enésima vez, segura de que era el final, de que esta vez se lo
darían.
Nadie le prestó atención. La gente iba a lo suyo, se
vestía, charlaba, y ella había quedado olvidada como un mueble sobre el
escenario.
¾ ¡El traje!
¾ Repitió en voz más alta.
Esta vez Jorge se dio por aludido y reparó en su
existencia.
¾ Joder, tía ¡Qué pesada! Si lo
tienes en la mano.
La cara se le puso de color blanco esperma al comprender lo
que le estaba diciendo. Desdobló del todo lo que había creído un simple trapo
y de él, empapado en semen, fue saliendo el traje de Gilda con que llegara al
Siroco. Se quedó mirándolo, espantada, sin poder creer que hubieran sido
capaces de hacerle una cosa así, que sus muchas humillaciones fueran a acabar
con semejante colofón.
¾ Bueno ¿a qué esperas? Vete
vistiendo, es hora de irnos ¾ Dijo Jorge con sorna,
fingiendo no prestarle atención.
Ella permaneció de rodillas, frenéticamente manoseando el
tejido, observando los blancos riachuelos que fluían por cada uno de sus
pliegues. Intentó imaginarse a sí misma con aquello puesto y no lo logró, era
demasiado horrendo, era una porquería; derramó varias lágrimas al darse cuenta
de que no iba a ser capaz de cumplir semejante orden.
¾ Es que yo... No sé si me lo
puedo poner... ¿No preferiríais que volviera desnuda? ¾
Acertó a preguntar completamente desconcertada, a sabiendas de que no se lo
iban a consentir, de que con ello no hacía sino suplicar una clase de
humillación que en otros momentos de la noche había intentado evitar con todas
sus fuerzas..
¾ En absoluto, querida
¾ Respondió Jorge¾ .
Todos hemos puesto lo mejor de nosotros mismos para que tengas un vestido
digno de ti, lo menos que puedes hacer es usarlo.
Ella se quedó mirando el traje. No es que estuviera
manchado, no, es que ostentaba cremosos grumos blancuzcos a lo largo de toda
su superficie. Le entraban ganas de vomitar de sólo verlo, aquello no era
humano, no podía ser que fueran a exigirle algo así. ¿Cómo era que siempre
conseguían hacerla entrar por lo que les daba la gana? Mientras se lo pensaba,
Jorge, había subido la escalinata, había llevado en la mano su cinturón y
permitido que arrastrara cansinamente por el suelo durante todo el camino. La
miraba displicente desde arriba, la manera en que manoseaba nerviosamente el
vestido, absorta en su dilema.
¾ Desde luego que no hay quien
te entienda, querida, te llevas toda la noche pidiéndolo y ahora que te lo
damos resulta que no lo quieres. ¡Qué chica más contradictoria!
Como por encanto, se hizo el silencio. Las conversaciones
se detuvieron y hasta los ruidos de la gente parecieron extinguirse. Treinta
pares de ojos se volvieron al unísono hacia el escenario, ya habían visto a
Jorge en acción y nadie quería perderse lo que pasara.
¾ Vamos, hombre, déjalo ya. Es
hora de ir a casa ¾ Intervino Alberto con tono
serio, aunque amistoso.
¾ Sé lo que hago
¾ Respondió Jorge¾ y
esta monada se va a vestir. Ha dado demasiado el coñazo con la ropita como
para que vaya a permitir ahora que se salga con la suya.
¾ Estás yendo demasiado lejos,
nadie puede resistir tanto castigo ¿No te das cuenta? Como mínimo, estás
anticipando cosas que no deberían plantearse hasta dentro de varios meses.
Jorge ni lo miró, estaba demasiado pendiente de Silvia, de
que no le pasara desapercibido un gesto suyo como para prestarle atención.
¾ ¿Oyes, M?
¾ Preguntó mirando hacia abajo¾ Alberto cree
que estás al límite, que no puedes humillarte un poco más; yo estoy seguro de
que se equivoca, te conozco mucho mejor que él y sé que te mojas de solo oírme
hablar, estoy convencido de que no has ni siquiera empezado a arrastrarte.
¿Qué tienes que decirle a nuestro director, querida? ¿tiene razón?
¾ ¡No puedo más! Te juro que no
puedo ¾ Exclamó Silvia exhausta y pálida como un
sudario, estremeciéndose de asco, mientras hacía ademán de ir a exprimir lo
que intentaban convertir en su indumentaria.
La respuesta de Jorge fue clara y resonó en toda la sala.
Asestó un correazo en su espalda que la hizo estremecerse. Se pudo ver como el
cinturón rodeaba su cuerpo, desde atrás hasta salir por delante, dejando una
línea roja que llegó hasta uno de sus pechos. El dolor la recorrió como un
calambrazo, estuvo a punto de caer de boca, pero enseguida reaccionó. El
latigazo hizo que se le disipara todo el cansancio, la sensación de
irrealidad. Tan segura estuvo de lo pronto que iba a ser flagelada de nuevo
que se metió el vestido por la cabeza, y luchó por hacerlo llegar hasta su
cuello.
¾ ¿Veis como podía hacerlo?
¾ Se jactó Jorge¾ Sólo
hacia falta motivarla un poco, razonárselo con unos argumentos que estuvieran
a su alcance, es tan bruta... Sin embargo, cuando por fin logra entender es
muy servicial, eso hay que reconocerlo.
Quique observó a la concurrencia y estuvo seguro de que
había muchos tíos a los que les dio asco aquello, pero incluso esos parecían
excitados; la miraban perplejos y se miraban unos a otros, disimulando las
ganas de subir y echarle un último polvo.
Silvia se debatió durante un momento en su asquerosa
prisión, la tela se le adhirió a la cara, y costó un mundo hacerla bajar, fría
y pegándose allí por dónde pasaba. En los escasísimos trozos secos, había
quedado rígida, acartonada, y en todo momento olía mal, olía a depravación,
olía a lujuria. Una vez más habían conseguido llevarla a dónde querían; allí
estaba ella, vistiéndose con el semen de todos los hombres que la habían
poseído. Cuando por fin estuvo fuera, cuando abrió los ojos y vio el traje
cubriendo su maltratado cuerpo, saboreó el extremo de degradación hasta el que
la habían conducido; aunque pareciera imposible, siempre conseguían hacerla
caer un poco más bajo. Grandes grumos de leche, espesos y goteantes destacaban
sobre el negro de la tela, nadie que ella conociera se había visto forzado a
vivir algo así. Pero aún no había acabado, tanto Gilda como ella compartían
una debilidad: a las dos se les daban mal las cremalleras. Medio ciega de
vergüenza, se puso en pie y empezó a forcejear, sin conseguir que se moviera
un ápice. Estuvo así varios eternos segundos, tambaleándose, luchando por
cerrar el lateral de aquella ignominia.
¾ Dios, esto es maravilloso
¾ susurró Pablo al oído de Quique¾
. Follarla es genial, sentir el calor de su cuerpo, mirarla correrse, tan
buenísima como está; pero lo mejor no es eso, lo mejor es follarnos su
voluntad, doblegarla e irla obligando cada vez a cosas más duras, eso es lo
que te pone la polla como una tranca. Es casi heroico, para traerla hasta aquí
hacía falta decisión, deseo, y hasta otra cosa más importante aún, hacía falta
imaginación. Esto es la obra de un artista.
Esbozó un gesto de asentimiento. Estaba de acuerdo, hacía
tiempo que él se había dado cuenta de eso, pero ahora no quería perder detalle
de lo que estaba pasando.
La chica rubia, aquella de cuyos brazos arrancara Silvia a
Rodrigo, subió al escenario. En un principio, pareció que iba a sumarse a la
fiesta, pero no, sólo tiró de la cremallera y ayudó a Silvia a cerrarse el
vestido.
¾ Vamos, mujer, ánimo
¾ le dijo¾ . No siempre
es así, esto es una especie de novatada, todas al llegar pasamos por algo
parecido; el día a día es mucho más llevadero. Seremos buenas compañeras.
Aún consciente de lo que aquello significaba, de que estaba
aceptando la amistad de una puta, recibió la brizna de comprensión que le
ofrecían, sencillamente no estaba en situación de rechazarla. Sentía nauseas,
el hediondo traje se le ceñía como una segunda piel pringosa y húmeda. En las
caderas, en el vientre y en las tetas, allí donde más le apretaba, los picores
eran constantes, la recorrían como diminutas hormigas diseminando punzadas,
crueles mordeduras por su carne. Dio un traspiés y el público entero rompió en
carcajadas. Las piernas parecían pesarle una tonelada, pero no era el
cansancio, era el infecto lastre de su atuendo. Para colmo de males, el
vestido se había roto y la raja lateral se prolongaba hasta bien entrada la
cadera. Ella misma pudo ver como al andar, inevitablemente enseñaba el coño,
empapado en esperma. Todo había acabado, la noche, su vida, al fin iban a
dejarla irse, pero habían sido unas horas en exceso destructivas, ni siquiera
el llegar al final le servía de alivio.
El ambiente de la sala cambió, desaparecieron de las
miradas los brillos soñadores, maliciosos y en muchas caras se dibujó la
fatiga, incluso un poco de vergüenza. Rodrigo indicó que salieran por la
puerta de servicio y la gente se puso en marcha. Benito se acercó a ella
esbozando una media sonrisa.
¾ Bueno, nena, pues a casita
¾ dijo con su acento afrocubano¾
. No hay nada como la satisfacción del deber cumplido ¿verdad? como volver a
casa tras una dura jornada de trabajo.
Silvia no estaba para sutilezas, no contestó. El negro
abrió la comitiva y ella lo siguió con paso vacilante, embocó el pasillo
dejándose el infierno a la espalda, oyendo las pisadas, el murmullo de todos
cuantos esa noche habían encontrado un lugar en su carne. Los comentarios de
la gente la habrían destrozado de no estar caminando por un mundo irreal, si
el pasillo no se hubiera convertido en una especie de túnel onírico.
¾ Pues no te creas, folla más o
menos igual que mi mujer, y no está mucho más buena ¾
dijo alguien a su espalda.
¾ Sí, por supuesto, tu esposa
suple con talento lo que ella ha logrado a base de práctica.
Varias risitas cansadas celebraron la ocurrencia.
¾ No, en serio, es curioso lo de
esta mujer, es una bomba sexual. Las tías tan guarras nunca están así de
buenas y desde luego no acostumbran a ser tan jóvenes, suelen mayores y estar
de vuelta de todo.
¾ Ya, pero es que esta ha
aprovechado el tiempo, en todos los sentidos es una verdadera em(pollona).
Alguna que otra carcajada volvió a dejarse oír, pero el eco
se desperdigó en el silencio nocturno. Se sintió tranquila, consiguió ignorar
el intercambio de impresiones, no permitió que la afectara, o quizás
simplemente estaba más allá de la desesperación.
A al fin el exterior, al fin la noche estrellada; el
frescor del aire la hizo estremecerse y multiplicó los picores según empezó a
secar su escasa ropa. Benito caminó relajadamente hacia el coche y ella
intentó olvidarse de todo, lo siguió haciendo acopio de dignidad, sin
preocuparse del espectáculo que ofrecía su nevada entrepierna. ¡Estaba fuera!
Ahora sí había acabado; el dolor casi desapareció, quedó tan sólo vacío, se
sintió como una fruta recién exprimida, como si le hubieran arrancado hasta el
postrer gemido, hasta la última gota de sus jugos. En cosa de media hora
estaría en la ducha, y en una yacería en su cama, bajo los efectos de un
somnífero. Eso era lo que apetecía por encima de todo: dormir. Se imaginó su
cama como si fuera un paraíso. Aún no habían recorrido la mitad del camino
hacia el coche, cuando unas voces que oyó hicieron que un escalofrío le
recorriera la columna vertebral.
¾ Oiga, decía usted que era el
propietario ¿no?
El tono era inquisitivo, inteligente; la clase de voz de
alguien que quiere algo y que sabe lo que quiere.
¾ Sí ¾
Oyó responder a Jorge con tono sorprendido.
¾ Entonces con usted es con
quien quiero hablar. Es que me preguntaba... No sé ¿por cuánto saldría que...?
Sin poder evitarlo, disminuyó el paso y se quedó un poco
rezagada respecto a Benito. Se le dibujó en la mente la certeza de que "algo"
estaba pasando, algo casi tan malo como darse cuenta de que no estaba más allá
del miedo, como sentir sus amoratados pezones hincharse cual globitos de
carne. ¡Incluso así de destrozada, aún era capaz de ponerse cachonda! El
pánico le aguzó el oído. No podía ser que en el estado en que estaba fueran a
querer empujarla a algo más.
Me gusta conocer las opiniones y preferencias de los
lectores. Acostumbro a contestar los e-mails, salvo que se me indique lo
contrario.
fedegoes2004@yahoo.es