OBSESIÓN
Por Wesker
Capítulo II
RECUERDOS
1
Los únicos sonidos que se oían en el dormitorio eran sus
jadeos y el sonido que provocaba Antonio al lamer, besar y chupetear el cuerpo
desnudo de Isabel. Cuando se dejaban arrastrar por la pasión, sólo el deseo
reinaba en sus cerebros y cualquier preocupación que albergasen antes del acto
sexual se veía arrastrada por la corriente de la lujuria a algún lugar recóndito
de sus mentes. Es por esto que la inquietud que la aparición de César había
despertado en Isabel no impedía a ésta ser todo lo apasionada que hiciese falta.
Desnudos sobre la cama, únicamente con la luz de la luna
iluminando suavemente sus sudorosos cuerpos, el tiempo se convirtió en algo
trivial, sólo la llegada del éxtasis y el sabor del placer tenían sentido.
Isabel, tumbada boca arriba, los ojos entrecerrados, su largo cabello negro
extendido sobre la cama, los exuberantes senos flotando sobre su cuerpo,
semejantes a dos mitades de un melón, las bellas piernas bien separadas y la
lengua de Antonio explorando en el interior de su vagina y degustando su
clítoris. Las circunstancias sólo podían conducirla a gemir de placer sin cesar.
En cuanto llegó al orgasmo, Antonio pasó a realizar su juego
favorito. Posó delicadamente las nalgas sobre el vientre de Isabel y comenzó a
sobar sus senos con pasión. Se sonrieron. Luego, Antonio se adelantó un poco y
situó el erecto pene entre aquellas dos montañas redondas y suaves, Isabel se
las apretujó, apresando el miembro entre los senos y él empezó a mover las
caderas hacia delante y hacia atrás, cada vez más rápido, hasta que alcanzó el
clímax; los chorros de semen empaparon el rostro de Isabel y parte de su
cabello.
Antonio se tumbó a su lado mientras ella recogía con los
dedos el semen disperso por su cara y se lo introducía en la boca, chupándose
los dedos como si se tratase de la nata de un pastel; en realidad, para ella
aquello era mejor que cualquier pastel. Con expresión divertida, miró el pene de
Antonio, que reposaba húmedo y fláccido.
–Habrá que restaurar tu energía, ¿verdad?
–dijo, sonriendo.
–Adelante –contestó él.
Isabel se cambió de postura, poniéndose de lado, pegando los
senos a la cadera de Antonio, apoyándose en un codo. Suavemente, acarició
primero los musculosos muslos, para pasar enseguida a los testículos. Antonio
emitió una risita, debido a las cosquillas. Isabel continuó acariciando los
testículos durante un rato. Le gustaba aquel tacto, rugoso pero suave, sobre
todo porque el escroto estaba húmedo de la eyaculación anterior. Observó que el
pene comenzaba a reaccionar, se inclinó y lo introdujo en su boca, muy despacio,
recorriendo el prepucio con los labios. Una vez dentro de su boca, procedió a
recorrerlo con la lengua, mezclando su saliva con los restos de semen. El pene
creció rápidamente, llenando su boca, de modo que movió la cabeza hacia arriba,
descubriendo milímetro a milímetro aquel delicioso falo que tanto le gustaba a
medida que sus labios ascendían. Se detuvo en el glande, y comenzó a chuparlo
como si fuese un chupachups durante un buen rato.
–Follemos ya –jadeó él.
Isabel chupó unos segundos más, y luego se puso a horcajadas
sobre Antonio, dirigió el endurecido miembro al interior de su coño, que estaba
realmente húmedo, y comenzó a cabalgar sobre él, primero despacio, subiendo y
bajando la pelvis lenta y sensualmente, para ir aumentando el ritmo
paulatinamente, lo que provocaba un mayor balanceo de sus senos, que Antonio no
tardó en apretujar entre sus manos.
–Me... me corrooo... –gimió
él, al cabo de un rato, dos minutos después de que Isabel tuviese un orgasmo.
Hábilmente, Isabel se alzó hasta sacar el pene de su vagina y
se apresuró en metérselo en la boca, como lo haría una auténtica actriz porno, y
se puso a chupárselo al tiempo que le masajeaba los testículos. El semen brotó
con fuerza, estrellándose contra el fondo de su garganta. Isabel tosió un poco,
pero no separó la boca de la polla de Antonio, y continuó chupándosela hasta que
hubo tragado todo su esperma. Luego, se tumbó a su lado. Se quedaron inmóviles
durante un rato, jadeando como animales exhaustos después de una larga carrera.
–Estoy agotado –dijo
Antonio.
–Y yo –contestó ella.
Se dieron varios besos breves en los labios, y se dispusieron
a dormir. Antonio no tardó ni cinco minutos en sumirse en un profundo sueño,
pero Isabel tardó bastante más. Ahora que ya había saciado su lujuria, su mente
retornó al momento en que reconoció a César, aquella tarde, en el trabajo.
2
4 años antes.
Por aquel entonces, Isabel vivía en Asturias, en un pueblo
llamado Vegadeo, y trabajaba como cajera en un supermercado. Sus padres habían
muerto hacía un año y ahora vivía con su abuela paterna, una anciana agradable
que agradecía la compañía de su nieta, puesto que desde la muerte de su marido,
hacía ya seis años, se había sentido muy sola.
A sus veinte años, Isabel ya había tenido tres novios, todos
ellos entre uno y cuatro años mayores que ella; pero por aquella época, no salía
con nadie. No es que le faltaran pretendientes, al contrario, a cada poco
aparecía algún gallito intentando impresionarla, pero empezaba a sentirse un
tanto aburrida de los chicos de siempre, todos muy guapos, sí, con buenas pollas
y músculos firmes. Todo eso estaba muy bien, le gustaba follar con ellos y gemir
de placer cuando la penetraban. Sin embargo, ya hacía varios meses que los
objetos de su lujuria no eran esos tipos duros que ella siempre atraía. Ahora lo
que encendía su desarrollada lascivia eran los adolescentes de aspecto aniñado,
jovencitos tiernos que todavía llevaban consigo gran parte de la inocencia de la
infancia (salvo algunas excepciones, que la llevaban toda, y otras, que la
habían perdido hacía tiempo); esos que las chicas de su edad llamaban críos,
para ella resultaban de los más apetecible. Deseaba convertir a un chico joven
así en su esclavo sexual y follárselo de todos los modos posibles.
De hecho, su fantasía ya tenía un cuerpo físico en el cual
centrarse. Justo al lado de su casa vivía un matrimonio que tenían un hijo de
catorce años que, en opinión de Isabel, era una dulzura. Sabía, por su abuela,
que se llamaba César, y tenía catorce años, aunque con su cara, de rasgos
ligeramente afeminados, parecía tener dos años menos. Pelo negro, ojos verdes y
tímidos, piel pálida, delgado, un poco más bajo que el resto de los chicos de su
edad. Estaba para comérselo. Y eso era precisamente lo que Isabel quería hacer
con él. También sabía que era un chico muy tímido, poco sociable, cuyos padres
(él psicólogo, ella maestra en un colegio privado) eran demasiado
sobreprotectores, lo que debía de explicar su carácter poco comunicativo.
La casa donde vivía César estaba pegada a la de Isabel,
separadas por un muro de dos metros. La ventana del cuarto de Isabel, que estaba
en la segunda planta, daba a la ventana del dormitorio de César, que estaba en
la primera planta (de su respectiva casa, obviamente), y, aunque por las noches
la madre de César solía cerrar la persiana de su hijo, Isabel solía tener la
oportunidad de ver al chico poniéndose el pijama, y mientras le observaba,
sentada en la silla de su escritorio, con la cabeza apoyada en el marco de la
ventana y la mano derecha bajo las bragas, masajeándose el clítoris, esperando
con impaciencia el momento de ver a César en calzoncillos, abultados por unos
genitales aún no desarrollados. Se imaginaba a ella metiéndose aquella polla
virgen en la boca y chupándola hasta que el semen inundase su garganta. ¡Dios,
¿cuándo tendría la oportunidad de llevar a cabo sus fantasías?!
La oportunidad apareció sola, en pleno mes de julio. Mientras
cenaban, la abuela de Isabel le explicó a ésta que los vecinos le habían dicho
que tenían pensado irse a Las Palmas de Gran Canaria, que preferían ir solos
para relajarse, ya que aquel había sido un año muy duro en sus trabajos y que si
no le importaría que su hijo, César, se quedase en su casa durante ese tiempo.
No serían más de quince días y, por supuesto, ellos correrían con todos los
gastos.
–Yo no tengo ningún inconveniente –dijo
la abuela, mirando a su nieta–. Pero les dije que les
daría una respuesta mañana, porque quería comentártelo a ti. No sé qué te
parecerá tener a un chico desconocido por casa. Ya sé cómo eres con tu vida
privada.
A la pobre anciana no se le podían reprochar aquellas
inocentes palabras que habían encendido fuegos artificiales en el pecho de
Isabel, y un horno entre sus muslos, puesto que nada sabía de las fantasías de
su nieta.
–No, no me importa –respondió
Isabel, disimulando su alegría–. Hasta que puede que
sea divertido, porque todas mis amigas se fueron de viaje con sus padres.
–Entonces, ¿les digo que sí?
–Claro. Por mí no hay ningún problema.
Aquella noche, Isabel casi no durmió imaginando a César en su
propia casa, a su merced. Ideó mil modos de seducirlo, y mientras lo hacía, sus
dedos no se cansaban de entrar y salir de su húmeda y ardiente cueva. Iba a ser
suyo.
Suyo.
3
Cinco días después, los padres de César dejaban a su hijo en
la casa de Isabel, despidiéndose con el consabido "Pórtate bien!" Isabel se pasó
la tarde enseñándole el que sería su dormitorio en los próximos quince días,
además del resto de la casa. Para la ocasión, se vistió con una minifalda y un
top escotado que le dejaba el vientre al descubierto. Quería excitar a César
desde el primer momento, y para ello no perdía oportunidad de exhibir sus
perfectas piernas, cruzándolas cada vez que se sentaba, o inclinándose sin
flexionarlas con cualquier excusa, mostrando de paso el inicio de sus nalgas.
Al cabo de unos minutos, César parecía acalorado, pero no
había ningún bulto significativo en su entrepierna. Además, dada su timidez,
apenas miraba a Isabel, ni le dirigía la palabra. De modo que Isabel se agarró
de su brazo, apretándolo bien contra sus pechos, y continuó mostrándole la casa.
Esta vez sí pudo percibir la excitación de César, y también que la miraba de
reojo. Isabel se sintió satisfecha. Pronto aquel dulce muchachito caería en sus
redes, y entonces lo pasaría en grande.
Al día siguiente, Isabel le propuso a César jugar al tenis.
Él dijo que se le daba bastante mal, pero ella no aceptó excusas y prácticamente
lo arrastró hacia la parte trasera de la casa (apretando sus senos contra su
brazo). Comenzaron a jugar, usando la cuerda de tender la ropa a modo de red.
Isabel llevaba la misma ropa que el día anterior, y procuraba hacer los
movimientos adecuados para que su minifalda se alzase lo suficiente como para
enseñar las bragas rosas que llevaba. La cosa dio su resultado, porque César
perdía la concentración a cada momento, fallando los tiros más fáciles, y es
que, aunque apartase la mirada de los deliciosos muslos, se encontraba con el
constante balanceo de los exquisitos senos. Como guinda del pastel, cuando ya
llevaban jugando un buen rato –a esas alturas, el
pantalón de chándal de César ya mostraba un bulto sospechoso–,
Isabel se sentó sobre la hierba con las piernas flexionadas y dejando que la
minifalda se le subiese hasta las ingles. De frente, sus bragas eran
perfectamente visibles. César abrió los ojos de par en par un momento, y luego
se volvió. A Isabel le resultaba divertida la actitud del chico, y para que él
pudiese ver sus encantos más de cerca, le pidió que le trajera una Coca-Cola de
la nevera.
Cuando César regresó con el refresco en la mano, se encontró
a Isabel tumbada de espaldas, con los brazos extendidos, los senos a punto de
hacer estallar el ceñido top, una pierna estirada y la otra doblada, la
minifalda aún más subida que antes, mostrando las depiladas ingles. A César se
le cayó la Coca-Cola de la mano. Isabel le miró, satisfecha, y le pidió que le
acercara el refresco. Él lo hizo y apartó la mirada. Ella se incorporó, sin
molestarse en bajarse la minifalda (si su abuela la viera así, pondría el grito
en el cielo, pero afortunadamente, la anciana se encontraba con sus amigas de
cotilleo, en la casa de alguna de ellas), y bebió un sorbo.
–César –le dijo–,
¿te importaría acercarme la manguera?
Él la miró, sorprendido.
–Es para empaparme un poco las tetas
–explicó ella, con naturalidad, como si eso fuese lo
más normal del mundo–. Es que las tengo hirviendo. Las
noto más hinchadas de lo normal. –Se apretó un seno
con una mano, y luego el otro, del modo más sensual posible.
Si César fuese un personaje de cómic, habría sufrido tal
hemorragia nasal que parecería un géiser. No pudo evitar clavar la mirada en
aquellos suculentos globos de carne.
Isabel deslizó los dedos por la parte baja del top y se lo
alzó un par de centímetros, como para que le entrara el aire, mostrando una
pequeña porción de la parte inferior de los senos, dejando claro que no dejaba
sujetador. César parecía próximo al infarto.
–Si no te das prisa, me van a estallar
–gimió más que dijo, adoptando un tono de voz infantil
que la hacía aún más excitante.
César se apresuró en buscar la manguera, que colgaba de la
pared de la casa, enroscada alrededor de dos ganchos, clavados paralelamente. La
cogió y se la acercó a Isabel, que ya se había puesto en pie, olvidándose de
abrir el grifo. Ella se lo dijo y él retornó sobre sus pasos para abrirlo.
Isabel se aseguró de que César la estaba mirando cuando empezó a echarse el
grueso pero suave chorro de agua sobre los senos; la tela del top acabó
pareciendo pintada sobre los pechos, los pezones se pusieron erectos y se
perfilaron perfectamente; el agua siguió descendiendo por su vientre, llegó a la
cinturilla de la minifalda, la traspasó, empapó sus bragas, recorrió sus muslos,
sus pantorrillas, empapó los calcetines, el interior de los deportivos.
Isabel tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia
atrás, y su rostro tenía tal expresión que parecía que estaba sufriendo
–mejor dicho, disfrutando–
un orgasmo. Luego, abrió los ojos y miró a César, para ver los resultados de su
actuación. Sólo podrían haber sido mejorados si el chico se hubiera sacado la
polla allí mismo y comenzase a masturbarse. Estaba embobado, y su erección había
llegado a su punto culminante. No era difícil suponer –y
acertar– que, en aquel momento, a César desearía
convertirse en agua para recorrer el cuerpo de su anfitriona. Isabel sonrió, y
tuvo que repetirle tres o cuatro veces que cerrase el agua. Cuando por fin la
oyó, César fue corriendo hasta el grifo, lo cerró y respiró hondo varias veces.
Isabel bebió un trago de la Coca-Cola que había dejado en el
suelo, y dijo, como si tal cosa:
–Bueno, continuemos jugando.
César dijo que tenía que ir al baño, seguramente para hacer
bajar su endurecido miembro. Cuando regresó, ya no había bulto entre sus
piernas, aunque de poco le sirvió el esfuerzo porque en cuanto vio que Isabel se
bajaba la minifalda, contoneando el trasero de un modo enloquecedor, con la
excusa de que, al estar mojada, era incómoda para jugar, su pene volvió a
protestar ante aquellas crueles provocaciones. Al estar las bragas mojadas, se
transparentaba el oscuro vello púbico, y la forma de los labios vaginales (algo
dilatados por la excitación que Isabel también sentía) se advertía claramente.
Sobra decir que César no le dio a ninguna pelota. Su mirada iba de la
entrepierna a los pechos de Isabel, y las únicas pausas eran para dirigir sus
ojos hacia sus piernas, sus firmes nalgas, su cintura delgada, su suave cuello o
sus sensuales labios. En sus ojos se podía ver la batalla que libraban su
lujuria y su timidez, y estaba claro que la primera tenía ventaja. En los ojos
de Isabel sólo se podía percibir una cosa: satisfacción. Sus planes salían a
pedir de boca.
Todavía le hizo sufrir un poco más ese día, cuando, al salir
del baño envuelta en una toalla que apenas tapaba sus senos y su culo, hizo que
César la siguiera hasta el armario donde estaban las toallas, caminando con
deliberada lentitud y contoneándose como una verdadera puta.
Por la noche, tuvo que frotarse el coño a conciencia para
desahogar parte de la excitación acumulado durante el día. Estaba segura de que
César estaría haciendo lo mismo, y pensó que si en ese momento fuera a hacerle
una visita a su cuarto para hacerle una buena mamada, ya lo tendría en el bote.
Pero quería alargar un poco más la seducción. Así la satisfacción sería aún
mayor.
4
Al día siguiente, después de comer y de que su abuela se
fuera a hacer la siesta, Isabel y César se quedaron viendo una película de Eddie
Murphy en el sofá de la sala. Ese día Isabel llevaba un vestido camisero rojo
oscuro que le llegaba a medio muslo. Había dejado sin abotonar dos botones de
arriba y dos de abajo para ampliar su escote y mejorar la visión de sus muslos.
Cuando ya llevaban viendo la película más de media hora,
Isabel murmuró que tenía sueño y se fue inclinando hacia César hasta apoyar la
cabeza en el regazo de éste, apoyando la cabeza contra su entrepierna. Él se
puso más tenso que un tambor, pero no se atrevió a decir nada, así que Isabel se
acomodó, recogiendo las piernas de manera que el vestido se le subiese hasta
mostrar los muslos por completo, y cruzó los brazos bajo los pechos, alzándolos,
para que César tuviese una mejor vista del escote. Cerró los ojos y fingió
dormirse.
Al cabo de unos minutos, sintió algo duro contra su cráneo y
la respiración de César acelerándose. Tuvo que contener la sonrisa que pugnaba
por aparecer en su rostro. Procuró no mover ni un músculo.
Pasaron unos minutos, que para ella fueron una eternidad.
De pronto, notó una leve vibración en su cabello, y tardó un
momento en darse cuenta de que César estaba acariciando su cabello. Estaba a
punto de temblar de emoción. Lo había conseguido. Había quebrado la resistencia
de César, lo había seducido. Eso había hecho, en el más estricto sentido
de la palabra. Había logrado que hiciese lo que nunca habría hecho. Tan sólo era
una tímida caricia en su pelo, pero ese era el primer paso hacia la realización
de la fantasía de Isabel.
El pene de César palpitaba contra su cabeza, y su mano no
cesaba de acariciar su cabello, con sumo cuidado. Las caricias se detuvieron, y
entonces, Isabel notó un leve cosquilleo en su pecho izquierdo. César acababa de
pasar un dedo sobre su pecho, por encima del vestido.
Era ahora o nunca. Bueno, en realidad, era simplemente que
Isabel no podía aguantar más.
Atrapó la mano de César sobre su pecho y el chico dio tal
respingo que Isabel temió que chocase contra el techo..., pero no apartó la
mano.
–Tranquilo –le susurró ella,
apretando la mano de César contra su pecho.
Él no reaccionó. De todos modos, ella continuó masajeándose
el pecho con su mano; luego, la deslizó bajo el vestido, juntando piel con piel,
y la soltó. César no movió la mano.
–Acaríciame –le dijo ella–.
No tengas miedo.
Pasaron unos segundos, y entonces César comenzó a mover la
mano, despacio, sin apenas hacer presión. Aún así, Isabel gimió por lo bajo, más
para animarle que por el placer que sentía (que era más psicológico que físico);
la mano fue cobrando vida poco a poco hasta que aquello se convirtió en un
manoseo con todas las de la ley.
–Ahora la otra –dijo Isabel,
que había empezado a masajearse la vagina por encima de las bragas.
César obedeció, y de paso improvisó un poco y con la otra
mano se puso a acariciar la mejilla de Isabel; ella comenzó a chuparle los
dedos. Jamás Isabel había disfrutado tanto de un simple manoseo como esa vez.
Podía sentir la inocencia de César a través de sus manos, de sus caricias.
Aquella era la inocencia que ella llevaba tanto tiempo deseando corromper.
Al cabo de un rato, Isabel se incorporó, se puso de pie
delante de César y comenzó a desabotonarse el vestido muy despacio. Luego, se
puso a horcajadas sobre él, rodeó su cuello con los brazos y le besó en los
labios, con pasión; así estuvieron durante largo tiempo, devorándose los labios.
Isabel introdujo la lengua en la boca de César y noto que se ponía un poco
rígido, pero pronto unió su lengua a la de ella y aquello se convirtió en el
mejor beso de Isabel; un beso húmedo y apasionado. A esas alturas, César tenía
las manos sobre los muslos de ella y no paraba de sobárselas, como si quisiera
fundir los dedos en ellos.
Separaron los labios. Isabel se enderezó lo suficiente como
para que sus pechos quedaran a la altura de la nariz de César.
–Chúpalas.
No se hizo de rogar. Sus labios se pegaron a su pezón
derecho, al tiempo que sus manos sobaban sus nalgas. Isabel se estremeció de
gusto.
–Usa la lengua.
Él lo hizo. Su lengua lamía sin descanso, el pezón, el
contorno de la aureola, y el globo carnoso que formaba aquel suculento pecho.
Mientras, frotaba su entrepierna contra la de Isabel, al parecer, deseando
entrar en su húmedo coñito. Isabel también lo estaba deseando, pero antes quería
hacer algunas cosas más; cosas que harían de aquel momento un recuerdo
memorable. Quería que aquella primera vez se grabase en fuego en el cerebro de
César.
Sin que nadie se lo dijera, César desplazó su boca al otro
pecho y se puso a saborearlo a conciencia.
–Así, así –gemía ella, en
bajo, mientras surcaba el cabello del joven con los dedos.
De pronto, oyeron la puerta del cuarto de la abuela de Isabel
abrirse, en la planta superior, y se quedaron petrificados. Durante unos
segundos eternos, no supieron qué hacer. Luego, y por fortuna, Isabel reaccionó.
Se quitó de encima de César, se abotonó el vestido en un tiempo récord, apagó el
televisor, cogió la mano de su huésped y tiró de él.
–Vamos fuera –dijo.
Para cuando la anciana llegó a la sala, su nieta y César
estaban de camino a la parte trasera del cuarto, donde jugaron un rato al tenis
sin dirigirse la palabra. Aunque Isabel le miraba con deseo y le sonreía
amistosamente, él parecía avergonzado y evitaba mirarla, no obstante, no podía
resistirse a los encantos de su vecina durante mucho más de dos minutos.
5
Por la noche, después de cenar, y mientras su abuela veía un
rato la televisión, Isabel fue al cuarto de baño donde César se lavaba los
dientes. Entró, se situó detrás de él y le miró a la cara por el espejo. Él,
cohibido, le lanzaba breves miradas furtivas, evitando sus ojos, extrañado de la
actitud de Isabel, hasta que la extraña seriedad de ésta y su modo de mirarle le
hicieron soltar una risita nerviosa.
–¿Qué? –preguntó, con un
murmullo.
Entonces ella le sonrió con ternura, le rodeó la cintura con
un brazo, pegando los senos a su espalda, y se inclinó un poco para chuparle el
lóbulo de la oreja. César se estremeció al tiempo que se le ponía la carne de
gallina. Isabel deslizó la mano bajo su camiseta, acariciando su vientre suave y
liso.
–¿No te gustó lo de esta tarde? –le
preguntó, susurrándole al oído.
César enrojeció.
–Bueno... sí –contestó,
bajando la mirada y sonriendo con timidez.
Ella le besó en la mejilla con los labios entreabiertos.
–¿Y no te gustaría terminarlo?
–No sé...
–¿No sabes?
La mano de Isabel descendió, deslizándose ahora bajo el
pantalón de chándal de César; los dedos se cerraron en torno a los genitales,
por encima del calzoncillo. El cuerpo de César se puso tenso.
–¿Qué tal ahora? –preguntó
ella.
Él sólo jadeó y entrecerró los ojos, disfrutando de los
suaves masajeos de Isabel. Su miembro no tardó mucho en endurecerse.
–Mmm –dijo ella–.
Ya veo que ahora sí sabes.
Sus dedos se deslizaban a lo largo del pene, subiendo y
bajando despacio, de vez en cuando acariciaba los testículos. César jadeaba,
tenía la cabeza echada hacia atrás, apoyada en el hombro de Isabel y realizaba
leves movimientos involuntarios con las caderas. Ella, por su parte, tenía el
coño ardiendo, le palpitaba, y a cada palpitación parecía estar más y más
mojado, y se restregaba con fuerza contra las nalgas y la espalda del chico, lo
cual sólo la ponía más caliente. Quería sentir el calor de aquella joven polla
en su mano, mejor, en su coño, pero sabía que no era el momento. Aún no. Comenzó
a chupar y lamer el cuello de César. Él echó las manos hacia atrás y se puso a
acariciar los muslos de ella por debajo del vestido; eran caricias tímidas
todavía, se notaba que intentaba controlarse, y eso excitó aún más a Isabel.
–¿Me quieres? –le preguntó,
entre jadeos.
–Sí –jadeó él.
–¿Me deseas?
–Sí.
Isabel se separó un poco de su cuerpo. César se dio la
vuelta, mirándola con ojos húmedos por la excitación. Ella se lanzó a por su
boca, pegándose a él, empujándolo contra el lavabo; más que besarle, estaba
devorándole la boca con la avidez de un lobo hambriento; lamía, chupaba,
chupaba, lamía. A César le colgaba la saliva de la barbilla; estaba extasiado,
le dolía la polla de lo dura que estaba. Sus manos se dirigían a las nalgas de
Isabel, pero coincidió que ésta se puso en cuclillas antes de que lo
consiguiera. Isabel no podía aguantar más, le ardía el coño de tal modo que
parecía que le hubieran echado lava en su interior y los pezones estaban a punto
de estallarle. Aún era consciente de que follárselo allí era imprudente, pero sí
podía hacer otra cosa. Le bajó el pantalón y los calzoncillos, y sin más
preámbulos, se metió la polla de César en la boca y comenzó a chuparla con
ansiedad, frenética, labios y lengua devoraban aquel miembro duro y suave. César
gemía, se estremecía de placer, los cosquilleos le obligaban a echar el culo
hacia atrás, pero Isabel dejó de permitírselo al agarrarle firmemente por las
nalgas. César se abandonó al placer. El orgasmo no tardó en llegar; él estaba
demasiado excitado y ella chupaba como una desesperada, de modo que la erupción
de semen no se hizo esperar. La boca de Isabel comenzó a llenarse de aquel
líquido que ella apreciaba tanto. César hizo ademán de apartarse, quizá por
vergüenza, pero ella no le dejó. Siguió chupándole la polla mientras él
eyaculaba, el semen sobresalía por la comisura de su boca, colgaba de hilos
espesos que iban alargándose poco a poco, pero la mayor parte iba a parar a su
garganta.
Se oyeron pisadas subiendo por las escaleras.
Isabel se alarmó, al igual que César, pero ninguno de los dos
se movió de donde estaba. Ella continuó chupando y tragando, y él disfrutando.
Las pisadas ascendían, escalón a escalón, despacio, pero inexorables. Isabel
hizo acopio de toda su fuerza de voluntad y se puso en pie. Tragó lo que quedaba
de semen en su boca, tosió un poco y le dijo a César:
–Vete a tu cuarto ya.
Él obedeció, aunque le temblaba todo el cuerpo. Se subió los
pantalones torpemente y salió del baño justo cuando la abuela de Isabel llegaba
al pasillo de la segunda planta. Isabel cerró la puerta y puso el pestillo. Con
el semen colgándole aún de la barbilla y los labios, esperó. Oyó a su abuela
decirle a César que se secara la boca, que la tenía mojada (pensando,
seguramente, que la tenía así después de lavarse los dientes). Él lo hizo y le
dio las buenas noches.
Isabel se miró en el espejo que estaba sobre el lavabo, y con
los dedos se introdujo el semen que manchaba su barbilla. Todavía estaba muy
excitada. Después de todo, ella aún no había sido satisfecha. Pero pronto lo
sería. Ya lo creía que sí. Ese muchachito no se iba a librar de un buen polvo,
aunque tuviese que violarlo. Sonrió lascivamente. La idea de violarlo le atraía
bastante, pero dudaba que se diera el caso. César ya estaba todo lo predispuesto
que hacía falta. Cogió el cepillo con el que César se había estado cepillando
los dientes antes de ser interrumpido y se frotó un poco el clítoris con el
mango, por encima del vestido. Cuando lo único que estaba consiguiendo era
ponerse aún más cachonda, lo limpió y lo guardó. Luego, se limpió la boca con
agua y orinó, lo que le provocó un molesto escozor.
6
A las doce y cuarto de la noche, la abuela de Isabel ya
dormía como una bendita. Su nieta, después de comprobarlo, avanzó por el pasillo
hasta la puerta del cuarto de César. Sólo vestía unas bragas blancas, que ya
estaban medio húmedas de sus jugos vaginales. Abrió cuidadosamente la puerta,
entró y la cerró con el mismo cuidado.
Observó el bulto del cuerpo de César bajo la leve luz lunar
que se filtraba por los agujeros de la persiana. Supo que estaba despierto,
seguramente esperándola.
Caminó hasta la cama de puntillas, se quitó las bragas y se
deslizó bajo las sábanas. Sonrió al notar que César sólo llevaba los
calzoncillos. Le abrazó y se besaron. No hicieron falta palabras. El deseo
carnal les invadía a ambos. Isabel descendió bajo las sábanas y le quitó los
calzoncillos, luego le chupo durante un rato el pene, que ya estaba erecto, y
chupeteó los testículos, esta vez más relajada. Después de unos minutos dándole
a César placer oral, se puso a horcajadas sobre él y se fue desplazando hacia
delante hasta poner su caliente y mojada vagina sobre su boca. Él, tras un
momento de indecisión, intuyó lo que había que hacer y empezó a pasar la lengua
por los suaves y cálidos labios vaginales. A medida que cogía confianza, sus
lametones se hicieron más desesperados. Luego, tal vez por instinto, o por que
le llamó la atención aquel bultito, se puso a chupar el clítoris mientras sus
manos sobaban sus nalgas. Isabel jadeaba, reprimiendo los gemidos de placer que
tenía en la garganta; tenía las manos apoyadas en la cabecera de la cama y movía
la pelvis contra la cara de César sin pausa. Así hasta que llegó al orgasmo.
Luego retrocedió, colocando las rodillas pegadas a la cintura de su joven
vecino, ahora huésped y amante. Dirigió con una mano el pene hacia el interior
de su coño y dejó que entrase lentamente en su interior. El placer fue infinito
para ambos. Por fin aquel chico era suyo; se lo estaba follando, tenía su polla
metida en su coño. El morbo acrecentaba su placer. Comenzó a moverse despacio
sobre él, arriba y abajo, de vez en cuando se inclinaba para chupar el cuello de
César o lamerle los labios o su lengua. El ritmo fue aumentando paulatinamente.
César se aferraba a sus nalgas y a sus muslos, aunque luego se decantó
claramente por los exuberantes pechos, que no cesaba de apretujar, fascinado por
su tamaño y suavidad. Isabel llegó al orgasmo, y aprovechando que él todavía no,
no quiso correr riesgos, sacó su polla del coño y se tumbó a su lado, boca
abajo.
–Córrete entre mis nalgas –susurró,
entre sofocos.
César observó aquel maravilloso culo y le pareció una
excelente idea. Se puso sobre ella, colocó el pene entre aquellas voluptuosas
nalgas, las apretó con las manos, sobándolas de paso, y comenzó a moverse hacia
delante y hacia atrás hasta que dos chorros de esperma saltaron sobre la espalda
de Isabel.
Luego, los dos se quedaron tumbados y abrazados durante un
buen rato, jadeantes y sudorosos. Se dieron besos breves hasta que César se
durmió. Isabel se levantó y salió del cuarto, con sus bragas en la mano.
Aquella había sido la primera vez que había disfrutado del
cuerpo de César (y él del suyo), pero desde luego, no fue la última. Desde luego
que no.
7
En la actualidad.
Pensión Hadley. Las once de la noche.
César estaba recostado en la vieja cama de la habitación,
tumbado boca arriba, con la mirada perdida en el vacío. Vestía tan sólo un
pantalón negro, de tela vaquera. En la mano derecha, sostenía un tensor que
abría y cerraba sin cesar, provocando un continuo chirrido que a muchos les
habría resultado molesto; los músculos del antebrazo se tensaban y se le
hinchaban las venas cada vez que su mano forzaba el tensor.
Él también buceando en sus recuerdos comunes con Isabel.
Muestra de ello era el brillo extraño de sus ojos y el bulto en su entrepierna.
La deseaba. Oh, sí, la deseaba muchísimo. Sabía que siempre
sería así, por muchos años que pasasen. Ella era su droga y él era un toxicómano
sin remedio. No quería tener remedio. La quería a ella. Sólo él tenía
derecho a ella. Sólo él.
Sólo yo sólo yo sólo yo sólo yo sólo yo sólo yo sólo yo sólo
yo...
Alguien tocó a su puerta.
La mano que presionaba el tensor se detuvo sin aflojar la
tensión, los músculos y venas hinchados. Se quedó quieto.
Volvieron a tocar.
Aflojó la mano y dejó el tensor sobre la cama. Luego, con
movimientos pausados, se puso en pie y caminó hasta la puerta. Ya sabía quien
era antes de abrir.
Laura González, amiga y compañera de Isabel, abrió los ojos
con asombro y placer al ver aquel torso bien formado, algo musculoso, aunque no
demasiado, ante ella. Él sólo la miró con indiferencia.
–Veo que me esperabas –dijo
ella. Vestía una minifalda negra, botas negras y blusa escotada que le dejaba
los hombros al desnudo negra. Su cabello rubio brillaba bajo la luz blanca del
pasillo.
César la miraba, inmóvil. Su rostro era una máscara carente
de expresión.
–¿Me dejas pasar? –preguntó
Laura, con una sonrisa radiante. Sus ojos azules decían: Tengo ganas de
follar.
La boca de César sonrió, aunque no sus ojos.
–Claro –dijo.
La dejó pasar a la habitación y cerró la puerta.
Aquel era el primer paso para acercarse de nuevo a Isabel.
Tenía que conseguirla de nuevo. Fuese como fuese.
Como fuese.
FIN DEL CAPÍTULO II
WESKER
16 de junio, 2004