OBSESIÓN
por Wesker
Capítulo I
CÉSAR
1
Llevaban al menos diez minutos besándose sin descanso,
saboreándose los labios y entrelazando sus lenguas, cuando Antonio posó la mano
sobre su seno, por encima del ligero vestido de verano que llevaba. Isabel no
dijo nada. En realidad, llevaba un rato deseando sentir la mano de su novio
apretujando sus pechos, cosa que estaba haciendo en ese mismo momento. Después
de todo, no era la primera vez que su novio la sobaba en un lugar público.
Antonio continuó besándola en los labios; luego, descendió por la barbilla hasta
el cuello, donde le ofreció unos chupones exquisitos que la hicieron suspirar.
La mano cambió de seno, lo apretujó con ternura, pero también con pasión. A
Isabel le habría encantado estar en su piso para que su novio pudiera poseerla
sin problema.
Se encontraban en el parque García Sanabria, uno de los
parques más importantes de Santa Cruz de Tenerife. Era un parque realmente
grande, con numerosos y variados árboles y plantas franqueando múltiples
senderos, la mayoría pavimentados, y algunos de tierra. Isabel y Antonio se
encontraban en una zona cubierta por altos arbustos, sentados en un viejo banco
de piedra frente al cual crecían algunos árboles que les ocultaban parcialmente
de un área con atracciones para niños que había situado a unos quince metros. De
todas formas, en aquel momento no había ningún niño por allí y sólo pasaba algún
que otro paseante distraído que no se fijaba en la apasionada pareja.
Antonio deslizó sus labios cuello abajo hasta el hombro
izquierdo de Isabel, tropezó con el tirante del vestido y lo desplazó con la
lengua lo suficiente para que éste resbalase por el brazo de ella. Isabel no
llevaba sujetador y parte de su seno izquierdo quedó al descubierto, pero estaba
demasiado excitada para preocuparse por eso. Su novio continuó besando su
hombro, luego descendió por el busto y no tardó en llegar al inicio del pecho
izquierdo; empezó a besarlo, chupetearlo y mordisquearlo, entretanto, con la
mano que sobaba el otro pecho deslizó el otro tirante, y con suavidad, expandió
sus dedos en torno al seno derecho mientras degustaba el pezón del izquierdo,
bajando el vestido con cada movimiento hasta que los dos senos quedaron al
descubierto; unos pechos esbeltos, grandes y redondos, de piel muy suave y
pálida, que a Antonio le encantaban, tal como se podía comprobar en los mimos
que les prodigaba.
"Esto no está bien, no aquí", pensó Isabel, pero lo único que
hizo al respecto fue echar la cabeza hacia atrás y emitir un suspiro de placer.
Decidió que si alguien les veía, que disfrutase del espectáculo cuanto quisiese.
Antonio comenzó al chupar el pezón del pecho derecho,
haciéndole el relevo a la mano, que pasó a los esculturales muslos de Isabel.
–Cariño... –murmuró ella,
acariciándole el cabello con una mano; la otra la posó sobre la entrepierna de
Antonio, donde se podía notar la erección de éste.
Como respuesta, Antonio deslizó la mano que acariciaba los
muslos por debajo del vestido de su novia, hasta que la punta de sus dedos
tocaron la suave tela de las bragas azules; con el dedo corazón, hizo presión en
su vagina. Al instante, como si llevase rato deseándolo –así
era, de hecho–, Isabel separó los muslos lo suficiente
para que su novio tuviese la libertad necesaria para masturbarla. Entretanto,
ella bajó la cremallera del vaquero de Antonio, deslizó la mano por la abertura
y aferró el erecto pene por encima de la fina tela de los calzoncillos, y
comenzó a mover la mano. Antonio aumentó la intensidad de las caricias en el
clítoris e Isabel no pudo reprimir un suave gemido; notó que el pene de Antonio
se ponía aún más duro y lo presionó con más fuerza, sintiendo cómo palpitaba, su
calor... Movió el puño arriba y abajo, despacio, pero sin disminuir la presión,
reprimiendo el deseo, cada vez más fuerte, de meterse aquella polla en la boca y
tragársela entera.
Antonio subió un poco la mano y la deslizó por el tirante de
las bragas, de modo que sus dedos entraron en contacto directo con el húmedo
coñito de su novia. Isabel se estremeció de placer. No se podía creer lo que
estaban haciendo, allí, en un parque, expuestos a la mirada de cualquiera. Pero
la excitación que la embargaba era demasiado intensa para poder parar. Cuando
Antonio posó dos dedos sobre su clítoris y comenzó a moverlos con rapidez y
firmeza, fue demasiado para ella, y los gemidos suaves, pero audibles para
cualquiera que pasara cerca, se sucedían uno tras otro casi sin pausa. Su mano
tiraba del calzoncillo de su novio hacia abajo con ansiedad. Quería sentir el
calor de su polla directamente en la mano, lo necesitaba, maldita sea. Consiguió
desnudar el miembro enhiesto de Antonio, lo aferró con fuerza y comenzó a
masturbarlo moviendo la mano con rapidez. Antonio jadeaba, sin dejar de chupar
los pezones de Isabel.
–Me... me voy a correr –anunció
él, entre jadeos.
Como respuesta, Isabel abrazó la cabeza de su novio con el
brazo libre, la presionó contra sus pechos y, sin dejar de masturbarle, todo su
cuerpo se estremeció al llegar al orgasmo. Apretó los dientes con fuerza,
controlando el grito de placer que le subía por la garganta, mientras su cuerpo
sufría constantes sacudidas. Aún no se había terminado de correr, cuando Antonio
llegó también al éxtasis, emitió un gemido ahogado, su pene lanzó un chorro de
semen que cayó sobre la tierra y salpicó sus vaqueros, luego un segundo chorro
que fue a parar a su rodilla, y un tercero que no paso de la mano de Isabel.
Jadeando, la pareja se abrazó, con los ojos cerrados,
mientras se recuperaban de la placentera experiencia. Luego, ambos apartaron sus
manos empapadas de los genitales del otro. Isabel se apresuró en subirse el
vestido, cubriéndose los senos. Antonio se puso en pie para colocarse bien el
calzoncillo y subir la cremallera del vaquero. Volvió a sentarse y, mirando las
manchas de semen en su pantalón, dijo:
–Mira, qué desastre.
–La culpa es tuya –repuso
ella–. ¿A quién se le ocurre hacer esto aquí?
–No me dirás que no te gustó.
Isabel le sonrió, y se chupó los dedos, limpiándolos de los
restos de semen, lo saboreó y lo tragó.
–Me encantó, cariño.
Se besaron en los labios.
–¿Crees que nos habrá visto alguien?
–preguntó ella. No se atrevía a mirar a su alrededor
por temor a encontrarse con la mirada escandalizada o viciosa de algún extraño,
o peor aún, de algún conocido.
–No creo –dijo Antonio,
mirando a su alrededor–. ¿Ves? No hay na...
–se interrumpió.
–¿Qué? ¿Qué pasa?
–¿Quién coño es aquel?
Antonio miraba fijamente hacia la zona donde estaban las
atracciones para niños. Isabel, nerviosa, también lo hizo. El corazón le dio un
vuelco.
Un chico, vestido con una camiseta, vaqueros y deportivos,
todo ello de color negro, estaba apoyado contra la escalera de un tobogán,
situado a menos de quince metros. En su mano sostenía un helado de cucurucho a
medio terminar, y, a pesar de llevar gafas de sol, con cristales de espejo, con
reflejos azules, estaba claro que les miraba a ellos, con toda la desfachatez
del mundo, como si estuviese mirando algún tipo de espectáculo callejero o algo
así. Tenía el cabello negro y corto, era alto y ancho de hombros, aunque
delgado, y... sonreía.
–Qué hijo de puta –masculló
Antonio, con rabia–. Me están dando ganas de partirle
la boca.
–Déjalo.
El desconocido le pegó un mordisco al cucurucho y continuó
observándoles mientras masticaba.
Isabel apartó la mirada, abrió su bolso y cogió un kleenex;
se lo dio a Antonio.
–Toma. Limpiáte.
Antonio, lanzando una mirada fulminante al extraño mirón,
cogió el pañuelo de papel y se limpió las manchas de semen. Luego se puso en
pie, tirando el kleenex al suelo.
–¿Y si voy allí a partirle la boca?
–preguntó Antonio, volviendo a mirar al chico de negro.
Isabel también miró. El extraño no parecía ni mínimamente
molesto por el hecho de ser descubierto. Más bien parecía divertirle. Se estaba
terminando el helado, metiéndose la punta del cucurucho en la boca, se sacudió
las manos, frotándolas entre sí, las metió en los bolsillos y continuó
mirándoles. Había algo raro en él. Algo... amenazante.
–Olvídalo –le dijo a su
novio–. La culpa es nuestra por hacer estas cosas
aquí. Vámonos.
De pronto, Isabel se miró los pechos y vio que en el vestido
habían aparecido dos pequeños círculos húmedos por encima de los pezones, a
causa de la saliva de Antonio. No se notaba mucho, de modo que no le dio
importancia. Agarró a Antonio del brazo y salieron de allí, accediendo a uno de
los senderos del parque cruzando los altos arbustos que les habían ocultado de
las miradas indiscretas de los que pasaban por allí.
Antes de atravesar los arbustos, Isabel lanzó una última y
breve mirada al desconocido. Continuaba en el mismo sitio, y en la misma
posición. Isabel frunció el ceño. ¿Por qué, de pronto, le resultaba familiar?
2
Isabel trabajaba en El Corte Inglés, atendiendo la sección de
dvd y vídeo. Su compañera y mejor amiga, Laura González, trabajaba en la misma
zona. Se iban turnando semanalmente sus respectivas tareas, de modo que una
semana una se dedicaba a cobrar en la caja, mientras que la otra ofrecía su
ayuda a clientes que buscaban algo en particular. Esa semana era Isabel la que
estaba en el mostrador, que formaba una circunferencia completa en cuyo interior
ella estaba encerrada. Le aburría sobremanera estar toda la tarde en el mismo
sitio, con apenas metro y medio de diámetro de libertad para moverse, pasando
los códigos de barras por la máquina registradora una y otra vez, o lo que era
peor, atender a algún cliente pelmazo que venía a cambiar alguna cosa,
poniéndole cara de reprobación, e incluso soltándole alguna palabra malsonante,
como si ella hubiese sido la creadora del objeto defectuoso. Aunque por lo
general, la gente que le iba a cambiar algo solían ser amables con ella,
seguramente debido a su cara bonita y a los exuberantes pechos, moldeados por su
blusa. Para facilitar las cosas a la clientela, Isabel solía dejar un botón
fuera de su ojal para que su escote fuese bien apreciado, sin llegar a
exhibirse. Era un modo de asegurarse un aumento de amabilidad, y de ser admirada
por su belleza física, cosa que le encantaba. A pesar de esto, no consideraba su
actitud promiscua. Aunque le gustase ser admirada por los hombres, quería a su
novio lo suficiente como para serle fiel.
No era el caso de Laura. Ella era abiertamente promiscua, por
no decir salida, y el hecho de seguir con el mismo novio durante un año y medio
no parecía importarle lo más mínimo, así como tampoco parecía importarle que su
novio se diese cuenta de sus descarados coqueteos con cualquier hombre con el
que tuviera algo de trato (y eso, en ocasiones, incluía al novio de Isabel).
Laura era rubia, tenía el pelo largo y ondulado, ojos grandes y azules, y
atractivo cuerpo resaltado por sus sugerentes poses y contoneos. A pesar de
tener veintitrés años, un año menos que Isabel, aparentaba dieciséis, tanto
física como mentalmente, en contraste con Isabel, que parecía mayor y más
madura, por lo que las curvas de su cuerpo eran más voluptuosas, de ahí que
Laura atrajese las miradas de ávidos adolescentes, mientras que Isabel era el
centro de atención de hombres próximos a la treintena, aunque en general,
cualquier hombre de cualquier edad solía echarle, como mínimo, dos vistazos
antes de perderla de vista. Por otra parte, Isabel estaba bastante segura de que
Laura sólo se limitaba a calentar a los chicos con los que coqueteaba, sin ir
más allá, como si fuese una especie de hobby.
En aquellos momentos, Laura atendía a un chico que miraba los
dvd situados entre dos expositores. Aparte de que estaban de espaldas a ella,
sólo les podía ver parte de la cabeza, pero no le hacía falta mirar para saber
que Laura le estaba ofreciendo su mejor sonrisa, empezando a dejar de lado el
tono profesional para adoptar una actitud más íntima, como si estuviese
deslumbrada ante el chico en cuestión. Haría bromas inocentes, en algún momento
le tocaría el brazo con cualquier excusa, le rozaría con su cuerpo... Isabel se
dio cuenta de que, imaginando todo esto, se estaba excitando un poco. Se
sorprendió, aunque no demasiado, porque ya le había ocurrido alguna que otra
vez. Se preguntó si a una parte de su ser le gustaría ser como Laura, coquetear
con chicos, quizá llevárselos a la cama. Se preguntó que tal estaría seducir a
un chico menor de edad, digamos seis años menor que ella; un jovencito inseguro,
tímido y enamoradizo al que pudiera convertir en algo muy parecido a un esclavo
sexual, un muñequito dulce y jugoso. Su coño comenzó a palpitar, los pezones se
le pusieron erectos. Su mente no tuvo que esforzarse en acudir a la imaginación
para reproducir aquellas lascivas imágenes que estaba viendo; sólo tuvo que
rebuscar un poco en su memoria. Porque aquella fantasía ya la había hecho
realidad hacía tiempo.
Como si fuese capaz de escuchar sus pensamientos, el chico
cuyos sesos Laura quería derretir, volvió la cabeza. Y la miró a ella, a Isabel,
haciendo caso omiso de la coquetería adolescente de Laura, a pesar de que él era
un adolescente. Sonreía, y no había pureza en aquella sonrisa.
A Isabel el corazón le dio un vuelco. Era el mismo chico que,
tan descaradamente, la había estado observando en el parque García Sanabria. Eso
en sí ya era bastante inquietante, pero no era la causa del súbito temor que
embargaba a Isabel en aquellos momentos.
Aquel chico... era César.
FIN DEL CAPÍTULO I
Wesker
15 de mayo, 2004