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En el asiento trasero del taxi
TODORELATOS » RELATOS » OBSESIóN (01: CéSAR)
[ Tanto quiso el diablo a sus hijos, que les sacó los ojos. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 13 de Octubre, 2008.
Fecha: 18-May-04 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series (626 de 1480)

Obsesión (01: César)

Wesker
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Una tarde como otra cualquiera, Isabel y su novio se dejan llevar por la pasión, convencidos de que nadie les verá. Sin embargo, se equivocan... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

OBSESIÓN

por Wesker

Capítulo I

CÉSAR

 

 

1

Llevaban al menos diez minutos besándose sin descanso, saboreándose los labios y entrelazando sus lenguas, cuando Antonio posó la mano sobre su seno, por encima del ligero vestido de verano que llevaba. Isabel no dijo nada. En realidad, llevaba un rato deseando sentir la mano de su novio apretujando sus pechos, cosa que estaba haciendo en ese mismo momento. Después de todo, no era la primera vez que su novio la sobaba en un lugar público. Antonio continuó besándola en los labios; luego, descendió por la barbilla hasta el cuello, donde le ofreció unos chupones exquisitos que la hicieron suspirar. La mano cambió de seno, lo apretujó con ternura, pero también con pasión. A Isabel le habría encantado estar en su piso para que su novio pudiera poseerla sin problema.

Se encontraban en el parque García Sanabria, uno de los parques más importantes de Santa Cruz de Tenerife. Era un parque realmente grande, con numerosos y variados árboles y plantas franqueando múltiples senderos, la mayoría pavimentados, y algunos de tierra. Isabel y Antonio se encontraban en una zona cubierta por altos arbustos, sentados en un viejo banco de piedra frente al cual crecían algunos árboles que les ocultaban parcialmente de un área con atracciones para niños que había situado a unos quince metros. De todas formas, en aquel momento no había ningún niño por allí y sólo pasaba algún que otro paseante distraído que no se fijaba en la apasionada pareja.

Antonio deslizó sus labios cuello abajo hasta el hombro izquierdo de Isabel, tropezó con el tirante del vestido y lo desplazó con la lengua lo suficiente para que éste resbalase por el brazo de ella. Isabel no llevaba sujetador y parte de su seno izquierdo quedó al descubierto, pero estaba demasiado excitada para preocuparse por eso. Su novio continuó besando su hombro, luego descendió por el busto y no tardó en llegar al inicio del pecho izquierdo; empezó a besarlo, chupetearlo y mordisquearlo, entretanto, con la mano que sobaba el otro pecho deslizó el otro tirante, y con suavidad, expandió sus dedos en torno al seno derecho mientras degustaba el pezón del izquierdo, bajando el vestido con cada movimiento hasta que los dos senos quedaron al descubierto; unos pechos esbeltos, grandes y redondos, de piel muy suave y pálida, que a Antonio le encantaban, tal como se podía comprobar en los mimos que les prodigaba.

"Esto no está bien, no aquí", pensó Isabel, pero lo único que hizo al respecto fue echar la cabeza hacia atrás y emitir un suspiro de placer. Decidió que si alguien les veía, que disfrutase del espectáculo cuanto quisiese.

Antonio comenzó al chupar el pezón del pecho derecho, haciéndole el relevo a la mano, que pasó a los esculturales muslos de Isabel.

–Cariño... –murmuró ella, acariciándole el cabello con una mano; la otra la posó sobre la entrepierna de Antonio, donde se podía notar la erección de éste.

Como respuesta, Antonio deslizó la mano que acariciaba los muslos por debajo del vestido de su novia, hasta que la punta de sus dedos tocaron la suave tela de las bragas azules; con el dedo corazón, hizo presión en su vagina. Al instante, como si llevase rato deseándolo –así era, de hecho–, Isabel separó los muslos lo suficiente para que su novio tuviese la libertad necesaria para masturbarla. Entretanto, ella bajó la cremallera del vaquero de Antonio, deslizó la mano por la abertura y aferró el erecto pene por encima de la fina tela de los calzoncillos, y comenzó a mover la mano. Antonio aumentó la intensidad de las caricias en el clítoris e Isabel no pudo reprimir un suave gemido; notó que el pene de Antonio se ponía aún más duro y lo presionó con más fuerza, sintiendo cómo palpitaba, su calor... Movió el puño arriba y abajo, despacio, pero sin disminuir la presión, reprimiendo el deseo, cada vez más fuerte, de meterse aquella polla en la boca y tragársela entera.

Antonio subió un poco la mano y la deslizó por el tirante de las bragas, de modo que sus dedos entraron en contacto directo con el húmedo coñito de su novia. Isabel se estremeció de placer. No se podía creer lo que estaban haciendo, allí, en un parque, expuestos a la mirada de cualquiera. Pero la excitación que la embargaba era demasiado intensa para poder parar. Cuando Antonio posó dos dedos sobre su clítoris y comenzó a moverlos con rapidez y firmeza, fue demasiado para ella, y los gemidos suaves, pero audibles para cualquiera que pasara cerca, se sucedían uno tras otro casi sin pausa. Su mano tiraba del calzoncillo de su novio hacia abajo con ansiedad. Quería sentir el calor de su polla directamente en la mano, lo necesitaba, maldita sea. Consiguió desnudar el miembro enhiesto de Antonio, lo aferró con fuerza y comenzó a masturbarlo moviendo la mano con rapidez. Antonio jadeaba, sin dejar de chupar los pezones de Isabel.

–Me... me voy a correr –anunció él, entre jadeos.

Como respuesta, Isabel abrazó la cabeza de su novio con el brazo libre, la presionó contra sus pechos y, sin dejar de masturbarle, todo su cuerpo se estremeció al llegar al orgasmo. Apretó los dientes con fuerza, controlando el grito de placer que le subía por la garganta, mientras su cuerpo sufría constantes sacudidas. Aún no se había terminado de correr, cuando Antonio llegó también al éxtasis, emitió un gemido ahogado, su pene lanzó un chorro de semen que cayó sobre la tierra y salpicó sus vaqueros, luego un segundo chorro que fue a parar a su rodilla, y un tercero que no paso de la mano de Isabel.

Jadeando, la pareja se abrazó, con los ojos cerrados, mientras se recuperaban de la placentera experiencia. Luego, ambos apartaron sus manos empapadas de los genitales del otro. Isabel se apresuró en subirse el vestido, cubriéndose los senos. Antonio se puso en pie para colocarse bien el calzoncillo y subir la cremallera del vaquero. Volvió a sentarse y, mirando las manchas de semen en su pantalón, dijo:

–Mira, qué desastre.

–La culpa es tuya –repuso ella–. ¿A quién se le ocurre hacer esto aquí?

–No me dirás que no te gustó.

Isabel le sonrió, y se chupó los dedos, limpiándolos de los restos de semen, lo saboreó y lo tragó.

–Me encantó, cariño.

Se besaron en los labios.

–¿Crees que nos habrá visto alguien? –preguntó ella. No se atrevía a mirar a su alrededor por temor a encontrarse con la mirada escandalizada o viciosa de algún extraño, o peor aún, de algún conocido.

–No creo –dijo Antonio, mirando a su alrededor–. ¿Ves? No hay na... –se interrumpió.

–¿Qué? ¿Qué pasa?

–¿Quién coño es aquel?

Antonio miraba fijamente hacia la zona donde estaban las atracciones para niños. Isabel, nerviosa, también lo hizo. El corazón le dio un vuelco.

Un chico, vestido con una camiseta, vaqueros y deportivos, todo ello de color negro, estaba apoyado contra la escalera de un tobogán, situado a menos de quince metros. En su mano sostenía un helado de cucurucho a medio terminar, y, a pesar de llevar gafas de sol, con cristales de espejo, con reflejos azules, estaba claro que les miraba a ellos, con toda la desfachatez del mundo, como si estuviese mirando algún tipo de espectáculo callejero o algo así. Tenía el cabello negro y corto, era alto y ancho de hombros, aunque delgado, y... sonreía.

–Qué hijo de puta –masculló Antonio, con rabia–. Me están dando ganas de partirle la boca.

–Déjalo.

El desconocido le pegó un mordisco al cucurucho y continuó observándoles mientras masticaba.

Isabel apartó la mirada, abrió su bolso y cogió un kleenex; se lo dio a Antonio.

–Toma. Limpiáte.

Antonio, lanzando una mirada fulminante al extraño mirón, cogió el pañuelo de papel y se limpió las manchas de semen. Luego se puso en pie, tirando el kleenex al suelo.

–¿Y si voy allí a partirle la boca? –preguntó Antonio, volviendo a mirar al chico de negro.

Isabel también miró. El extraño no parecía ni mínimamente molesto por el hecho de ser descubierto. Más bien parecía divertirle. Se estaba terminando el helado, metiéndose la punta del cucurucho en la boca, se sacudió las manos, frotándolas entre sí, las metió en los bolsillos y continuó mirándoles. Había algo raro en él. Algo... amenazante.

–Olvídalo –le dijo a su novio–. La culpa es nuestra por hacer estas cosas aquí. Vámonos.

De pronto, Isabel se miró los pechos y vio que en el vestido habían aparecido dos pequeños círculos húmedos por encima de los pezones, a causa de la saliva de Antonio. No se notaba mucho, de modo que no le dio importancia. Agarró a Antonio del brazo y salieron de allí, accediendo a uno de los senderos del parque cruzando los altos arbustos que les habían ocultado de las miradas indiscretas de los que pasaban por allí.

Antes de atravesar los arbustos, Isabel lanzó una última y breve mirada al desconocido. Continuaba en el mismo sitio, y en la misma posición. Isabel frunció el ceño. ¿Por qué, de pronto, le resultaba familiar?

 

2

 

Isabel trabajaba en El Corte Inglés, atendiendo la sección de dvd y vídeo. Su compañera y mejor amiga, Laura González, trabajaba en la misma zona. Se iban turnando semanalmente sus respectivas tareas, de modo que una semana una se dedicaba a cobrar en la caja, mientras que la otra ofrecía su ayuda a clientes que buscaban algo en particular. Esa semana era Isabel la que estaba en el mostrador, que formaba una circunferencia completa en cuyo interior ella estaba encerrada. Le aburría sobremanera estar toda la tarde en el mismo sitio, con apenas metro y medio de diámetro de libertad para moverse, pasando los códigos de barras por la máquina registradora una y otra vez, o lo que era peor, atender a algún cliente pelmazo que venía a cambiar alguna cosa, poniéndole cara de reprobación, e incluso soltándole alguna palabra malsonante, como si ella hubiese sido la creadora del objeto defectuoso. Aunque por lo general, la gente que le iba a cambiar algo solían ser amables con ella, seguramente debido a su cara bonita y a los exuberantes pechos, moldeados por su blusa. Para facilitar las cosas a la clientela, Isabel solía dejar un botón fuera de su ojal para que su escote fuese bien apreciado, sin llegar a exhibirse. Era un modo de asegurarse un aumento de amabilidad, y de ser admirada por su belleza física, cosa que le encantaba. A pesar de esto, no consideraba su actitud promiscua. Aunque le gustase ser admirada por los hombres, quería a su novio lo suficiente como para serle fiel.

No era el caso de Laura. Ella era abiertamente promiscua, por no decir salida, y el hecho de seguir con el mismo novio durante un año y medio no parecía importarle lo más mínimo, así como tampoco parecía importarle que su novio se diese cuenta de sus descarados coqueteos con cualquier hombre con el que tuviera algo de trato (y eso, en ocasiones, incluía al novio de Isabel). Laura era rubia, tenía el pelo largo y ondulado, ojos grandes y azules, y atractivo cuerpo resaltado por sus sugerentes poses y contoneos. A pesar de tener veintitrés años, un año menos que Isabel, aparentaba dieciséis, tanto física como mentalmente, en contraste con Isabel, que parecía mayor y más madura, por lo que las curvas de su cuerpo eran más voluptuosas, de ahí que Laura atrajese las miradas de ávidos adolescentes, mientras que Isabel era el centro de atención de hombres próximos a la treintena, aunque en general, cualquier hombre de cualquier edad solía echarle, como mínimo, dos vistazos antes de perderla de vista. Por otra parte, Isabel estaba bastante segura de que Laura sólo se limitaba a calentar a los chicos con los que coqueteaba, sin ir más allá, como si fuese una especie de hobby.

En aquellos momentos, Laura atendía a un chico que miraba los dvd situados entre dos expositores. Aparte de que estaban de espaldas a ella, sólo les podía ver parte de la cabeza, pero no le hacía falta mirar para saber que Laura le estaba ofreciendo su mejor sonrisa, empezando a dejar de lado el tono profesional para adoptar una actitud más íntima, como si estuviese deslumbrada ante el chico en cuestión. Haría bromas inocentes, en algún momento le tocaría el brazo con cualquier excusa, le rozaría con su cuerpo... Isabel se dio cuenta de que, imaginando todo esto, se estaba excitando un poco. Se sorprendió, aunque no demasiado, porque ya le había ocurrido alguna que otra vez. Se preguntó si a una parte de su ser le gustaría ser como Laura, coquetear con chicos, quizá llevárselos a la cama. Se preguntó que tal estaría seducir a un chico menor de edad, digamos seis años menor que ella; un jovencito inseguro, tímido y enamoradizo al que pudiera convertir en algo muy parecido a un esclavo sexual, un muñequito dulce y jugoso. Su coño comenzó a palpitar, los pezones se le pusieron erectos. Su mente no tuvo que esforzarse en acudir a la imaginación para reproducir aquellas lascivas imágenes que estaba viendo; sólo tuvo que rebuscar un poco en su memoria. Porque aquella fantasía ya la había hecho realidad hacía tiempo.

Como si fuese capaz de escuchar sus pensamientos, el chico cuyos sesos Laura quería derretir, volvió la cabeza. Y la miró a ella, a Isabel, haciendo caso omiso de la coquetería adolescente de Laura, a pesar de que él era un adolescente. Sonreía, y no había pureza en aquella sonrisa.

A Isabel el corazón le dio un vuelco. Era el mismo chico que, tan descaradamente, la había estado observando en el parque García Sanabria. Eso en sí ya era bastante inquietante, pero no era la causa del súbito temor que embargaba a Isabel en aquellos momentos.

Aquel chico... era César.

 

FIN DEL CAPÍTULO I

 

Wesker

15 de mayo, 2004

TodoRelatos.com © Wesker

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