LA HISTORIA DE HUGO
Hola a todos, me llamo Hugo, soy ecuatoriano, y un auténtico
depravado sexual. Se sorprenderán ustedes de esta extraña declaración inicial,
pero viene a cuento precisamente porque lo que pienso narrarles es precisamente
eso, una autopsia, un análisis interior de mi depravación. Escribo este relato
porque me encantaría compartir con ustedes una experiencia que tuve en un país
tan alejado del mío, tanto en el estricto sentido geográfico, como en el social
y cultural: España.
Físicamente no soy muy agraciado, apenas alcanzo el 1,70 de
altura, tengo la barriguilla típica de los excesos cometidos con la cerveza y la
piel muy morena, casi cobriza, porque mi madre es de ascendencia india.
También debo reconocer que mis escasas experiencias reales en
mi país no cubrían para nada todas mis expectativas y mis deseos: se reducían a
besar y tocar algo de teta a alguna india inocente de mi pueblo, pues provengo
de un pueblo pequeño en el que, como en todos los de mi país, estaba tan
arraigada la religión católica y las costumbres que conlleva que, hasta el
matrimonio, es muy complicado consumar el acto sexual, y ya casado, muy difícil
poder llevar a cabo todos los juegos que imaginaba un depravado como yo con una
de nuestras virtuosas mujeres.
En uno de estos juegos con una chica del pueblo tuve la
desgracia de dejarla embarazada, por lo que no me quedó más remedio que casarme.
Si no lo hacía, sus hermanos y su padre me buscarían para gatillearme seguro.
Así que me casé, pero mi esposa demostró ser un témpano. La frialdad de mi
esposa hizo por lo tanto que siguiera buscando aprovecharme de las indias
jovencitas.
En uno de los muchos intentos por despertar un poco la libido
de mi frígida esposa tuve la desgracia de dejarla embarazada de nuevo. La
situación era ya bastante penosa para alimentar a una mujer y a un hijo, porque
sólo encontraba trabajo de jornalero de forma ocasional, así que la llegada de
otro hijo convirtió dicha situación en insostenible, por lo que no me lo pensé
mucho y aproveché la oportunidad que me surgió a través de la misión salesiana
para viajar con los curitas a España, sólo tuve que fingir algo de fervor
religioso, la miseria en la que vivíamos hizo el resto. Una vez allá, ya me las
apañaría para zafarme de ellos.
Desde mi llegada a España creía que mi vida sexual iba a ser
más complicada todavía: veía a todas aquellas mujeres blancas y hermosas,
siempre muy arregladas, elegantes y sensuales como algo inalcanzable para mi
(como se iban a fijar en un ecuatoriano feucho como yo, que apenas tenía para
vivir). Me encontraba a mis 30 años con una ansias tremendas y ante una
perspectiva nada halagüeña para satisfacerlas, pero tuve mucha suerte: Al poco
tiempo de llegar me surgió la oportunidad de trabajar como repartidor para una
floristería en Málaga, y allí conocí a Carmen, que regentaba la floristería y
vivía con otras dos chicas y el novio de una de ellas en una casa grande.
No es el propósito de esta historia relatarles mis
experiencias sexuales con Carmen, así que no me extenderé, sólo les diré que se
convirtió en una sumisa compañera sexual, a la altura de las expectativas de mi
depravación.
El detalle que verdaderamente interesa es que me ofreció la
posibilidad de ir a vivir con ella, lo cual, además de venirle muy bien a mi
menguada economía, me permitió conocer y disfrutar de la verdadera protagonista
de este relato.
Se llamaba Alba, y desde que la conocí se convirtió en mi
obsesión y en la causa y estrella principal de mis más perversas fantasías.
Intentaré describirla, aunque mucho me temo que, por más que me esfuerce, no
lograré hacerle justicia. Su tez era blanca, muy ligeramente dorada por los
rayos del sol, tendría más o menos mi estatura, sobre 1’69, una cara a la que un
sólo calificativo no le haría justicia, con labios gruesos que podrían volver
loco a cualquiera cuando dibujaban una sonrisa, ojos azules, pequeños,
achinados, brillantes e inocentes; un rostro en definitiva que podría ser
resumen y compendio de la dulzura, pero puesto en un cuerpo de escándalo:
cintura estrecha, un pedazo de trasero firme y respingón, y sobre todo, la
locura: unos pechos..., ¡que digo pechos! ¡¡melones!! Enormes, redondos y
firmes, coronados por unos oscuros pezones que parecían pretender romper
constantemente toda prenda que los cubriera, más bien los aprisionara.
Tal maravilla, aquella diosa, tenía una cualidad mejor para
mis perversos planes: era increíblemente tímida e inocente, y además, su novio
casi nunca estaba en casa.
Comprenderán que, desde la primera vez que la vi, se
convirtió en el centro de todas mis fantasías, y mis desvelos venían dados por
buscar la forma de llevarla a mi terreno, poder usarla, disfrutarla. Mi mente
elaboraba planes continuamente, algunos rondando lo absurdo, con un denominador
común: ella.
Me acuerdo de la primera vez que la vi tomando el sol con
Carmen y Raquel, la otra chica que vivía con nosotros, en la terraza de la casa:
llevaba un bañador bastante antiguo, nada que ver con los bikinis de Raquel y
Carmen, aún así, esa visión hizo que tuviera que ir al baño a masturbarme antes
de ir a la terraza a hacerles compañía, a estar más cerca de mi diosa.
Llevaba ya un buen rato revoloteando por la terraza sin saber
muy bien qué hacer para permanecer allí sin quedar en evidencia como mirón y
además sin atisbar como realizar algún avance significativo en mi objetivo,
cuando vino en mi auxilio Carmen, mi novia. Alba le había pedido que le pusiera
un poco de crema bronceadora en los hombros y la espalda, pero Carmen ya se
encontraba cómodamente tumbada, así que dijo: "que lo haga Hugo, así hace algo".
Noté que, al mismo tiempo que mi polla reaccionaba inmediatamente a la
invitación, sucedía lo mismo con el rostro de Alba, que empezó a adquirir un
fascinante tono sonrosado. Evidentemente se avergonzaba, seguro que no le
resultaba cómodo que lo hiciera yo, pero era algo tan inocente que no podía
encontrar ninguna excusa para negarse.
Me acerqué intentando adoptar una pose de normalidad, me
apoderé del protector solar y me arrodillé en la tumbona a su lado. Comencé a
untar por el centro de la espalda con las yemas de mis dedos, no quería
precipitar mis movimientos para echarlo todo a perder. Poco a poco fui posando
la palma de mi mano sobre su espalda y comencé a abarcar cada vez más superficie
de su piel. Subí a los hombros y comencé a apartar de forma muy sutil los
tirantes del bañador hacia los laterales hasta descolgarlos de sus hombros. En
este momento di un paso crucial: le sugerí que era mejor que retirara los brazos
sino le iban a dejar marcas de los tirantes. Dudó un instante pero lo hizo, y en
la maniobra pude vislumbrar por primera vez uno de sus oscuros pezones, sólo fue
un instante, como un chispazo, pero casi provoca que mi polla reviente el
pantalón. Seguí amasando, ahora con familiaridad su espalda, pero la blanca piel
de sus melones, que se insinuaba por los laterales de su cuerpo era una gran
tentación. La prudencia me aconsejaba que no lo hiciera, pero no pude
resistirme, me senté sobre su magnífico trasero y comencé a untar también los
laterales de sus melones, mientras mi polla descansaba acomodada entre sus
nalgitas. Su cara estaba como un tomate, pero no dijo nada, simplemente miraba
de vez en cuando a Carmen con temor. Sólo al principio movió un poco sus
caderas, incómoda, pero cuando se dio cuenta de que lo único que conseguía era
aumentar la fricción de su trasero con mi polla, permaneció quieta. Cuando por
fin abandoné mi posición, lo hice para volver al baño con urgencia a
masturbarme, pues no era cuestión de que Carmen y Raquel notaran la mancha de
semen sobre mi pantalón, mancha que ya había dejado por cierto huella sobre su
bañador. Esa noche poseí a Carmen con violencia pensando en Alba.
En los días siguientes aprovechaba cada oportunidad que tenía
para rozarme con ella: una noche estábamos Raquel, Carmen y yo viendo la tele a
oscuras cuando llegó Alba de trabajar. Sólo quedaba sitio a mi lado en el sofá,
así que tras comprobar este dato, puso una ligera mueca de contrariedad y se
sentó, pero pegada al otro extremo. En vista de que dejaba la plaza del centro
libre, me despojé de las chanclas y coloqué allí mis pies. La primera vez que,
de forma involuntaria, mi pie desnudo rozó su pierna sentí una corriente de
placer que subía desde el afortunado dedo que hizo el contacto hasta la polla,
comencé a sentirme tremendamente excitado, así que decidí hacerme el dormido y
aumentar los roces de mi pie con su pierna desnuda. Cada vez que la tocaba era
como si sintiera un calambrazo, se estremecía, pero no decía nada, lo cual era
perfecto para mis planes: demostraba que prefería soportar ese tipo de
situaciones antes que montar un escándalo, supongo que por Toni, su novio y su
amiga Carmen.
Poco a poco fui subiendo su falda holgada, pero no me
bastaba, así que , aprovechando que estaba sentada de lado, presioné con fuerza
entre sus piernas hasta conseguir situar mi pié, sin importarme ya que se diera
cuenta de que no estaba dormido. Ella al principio, se molestó en intentó
retirarlo, pero en vista de que no lo conseguía, y para evitar que Carmen y
Raquel se percataran de nada, dejó de moverse y se cubrió con la mantita. Pude
depositar con total confianza la planta sobre su intimidad, la cual comencé a
frotar sobre las braguitas. Necesitaba sentir la humedad de su coño directamente
sobre mi piel, por lo que, con muchas dificultades, conseguí apartar lo
suficiente la braguita para, con el dedo pulgar, frotar directamente sobre su
desprotegido coño. No detuve el contacto hasta que noté sobre mi piel la tibieza
húmeda de su orgasmo, lo que provocó que me mojara en los calzoncillos de
inmenso placer.
También me puedo acordar ahora de la vez que nos acompañó a
Carmen y a mi al cine. Rápidamente Carmen se dirigió a una de las filas de la
parte de atrás: le gustaba ver la película desde esas filas y para que no se
planteara el debate y tuviera que ceder y sentarse hacia delante, ya se dirigía
hacia esos sitios y se acabó la historia. Yo aproveché para seguirla y sentarme
a su lado, por lo que Alba, muy a su pesar ya que pensaba situar a Carmen entre
los dos, tuvo que sentarse a mi otro lado. El problema de los cines modernos es
que tienen las filas de butacas muy juntas, por lo que, si quieres sentarte
adoptando una postura cómoda, no te queda más remedio que inclinar tus rodillas
hacia uno de los lados. Al lado de Alba se sentó un chico bastante alto que las
inclinó hacia ella, así que a mi diosa no le quedó más remedio que hacer lo
propio hacia mi lado, dejándolas a mi disposición.
Llevaba puesta una falda de verano de esas con vuelo que le
tapaba la rodilla, sin embargo, tener esa rodilla allí, asomando hacia el
espacio de mi butaca y la oscuridad de la sala de cine excitó mi libido. Dejé mi
mano como si nada sobre su pierna y con la yema de mis dedos acariciaba en
pequeños círculos su rodilla, ella como sin querer movía cada vez mas sus
piernas intentando alejarse y mis inocentes caricias cada vez eran más
evidentes, en ese momento, en uno de sus movimientos, liberó la falda
aprisionada contra la butaca y pude alzarla un poco más, dejando al aire buena
parte de su pierna, teniendo así acceso a ella. Un escalofrió recorrió mi
cuerpo, pero automáticamente sin poder -ni querer- evitarlo subí mis dedos hasta
su muslo, mi estado era indescriptible, estaba totalmente excitado, me derretía
pensado en aquel cuerpo joven que incitaba al pecado y me imaginaba mi verga
dura entrando y saliendo de ella, absorto en ese mar de sensaciones mi mano
subió por su muslo hasta muy cerca de su entre pierna, me quedé inmóvil
esperando su reacción. Al cabo de unos segundos que me parecieron horas, su
rostro miraba hacia mi con gesto de evidente reproche, pero vi que no pensaba
tomar ningún tipo de medidas, aceptaba con resignación mi claramente
intencionado ataque, una vez más le preocupaba muchísimo más cualquier tipo de
escándalo que sentirse atropellada por mi.
Mi mano continuó moviéndose por la finísima piel de sus
aductores ya debajo de su falda, Mis dedos, sedientos, siguieron avanzando,
lenta pero implacablemente hasta conseguir rozar e borde de su braga. En ese
momento pareció que no aguantaba más he hizo amago de levantarse, pero mi
actitud firme sujetando su muslo y, sobre todo, una mirada inquisitoria de su
vecino de butaca al ver su movimiento le hicieron desistir y lo que hizo fue
depositar la chaqueta sobre las piernas. Tras darme un momento de pausa, mis
dedos comenzaron a jugar con el elástico de su braga, colándose cada vez más en
su interior, acariciando ya los rizos de su vello púbico. Cuando noté el
contacto de sus labios vaginales en la yema de mis dedos, otra vez un escalofrío
volvió a recorrer todo mi cuerpo, tuve que hacer un enorme esfuerzo de auto
contención para no correrme en los pantalones. Acaricié durante un rato aquella
fruta prohibida, retrasando su profanación, disfrutando con deleite cada mínimo
movimiento hasta que comencé a notar su humedad.
En ese momento comencé a introducir dos dedos suavemente en
su acogedora cueva. Ella no pudo reprimir un leve gemido, yo tampoco pude evitar
depositar algunas gotas de semen en los calzoncillos. Retiré mi mano disfrutando
mi triunfo, le mostré los dos dedos profanadores y procedí a metérmelos en la
boca degustando el sabor de sus líquidos para, acto seguido, empapados en
saliva, conducirlos por debajo de su blusa hasta sus durísimos y erectos
pezones. Al notar el tacto de mi mano en sus pechos no pudo evitar otro gemido e
intentó soltarse de mi mano, pero volvió a desistir al percatarse de que no
estaba dispuesto a abandonar mi presa y lo único que conseguiría sería llamar la
atención de su vecino de butaca o de Carmen. Yo, completamente entregado al goce
del momento, dejé caer mi cabeza hacia atrás mientras mi mano jugaba con su
pecho. Cuando apreté casi pellizcando un pezón, Alba no pudo evitar un gemido de
placer que tuvo que disimular rápidamente con un repentino ataque de tos
mientras comprobaba que nadie se había percatado. Mi excitación era brutal,
dirigí mi otra mano de forma decidida, sin medir las consecuencias, sin timidez
alguna, hacia su entrepierna. Con ella jugaba, exprimía, su coñito y volvía a
colarme con dos dedos a la vez en su vagina produciéndole un orgasmo. En esos
momentos me tuve que levantar yo al baño a hacerme una urgente paja, pues mi
polla se encontraba a punto de estallar.
Pero la vez que más disfruté de este tipo de acosos, tal vez
porque estaba su novio Toni presente, fue aquella en la que nos acercamos a
bailar todos a un conocido local de Málaga para celebrar el cumpleaños de
Raquel. He de decir que Toni era como un elefante en una cacharrería y a Alba le
encantaba bailar, yo, modestamente tengo que reconocer que es algo que se me dá
bien, desde joven comprendí las enormes posibilidades que me brindaba con las
mujeres desarrollar esta habilidad.
Alba debió intuir mis intenciones porque se agarró a Toni
para bailar con él y tuve que conformarme con hacerlo con Raquel y Carmen,
mientras veía a mi diosa en manos de aquél patoso. Pero el muy idiota acudió en
mi ayuda: en un momento que nos sentamos a tomar algo, Alba finalizó con
celeridad su copa y se levantó alegre, tirando de Toni para seguir bailando,
pero este, por la escasa habilidad que demostraba, y por su estado de
embriaguez, se negó y fue él mismo el que sugirió que bailara conmigo. Resultaba
irónico tenerlo allí convenciéndola para que se arrojara en mis brazos. Ella no
se opuso mucho, no podía demostrar demasiada reticencia a bailar conmigo sin
arriesgarse a tener que dar explicaciones, además se encontraba evidentemente
algo bebida.
Durante, el baile aproveché para arrimarla todo lo posible a
mi, cuando estábamos fuera del alcance de la vista de los demás mis manos pronto
se depositaron en sus nalgas, pude oprimirla con impunidad contra mi endurecida
polla. Tampoco pude resistir la tentación de jugar con mi lengua en el lóbulo de
una de sus orejas, e incluso logré introducirla en su boca cuando la abrió al no
poder contener un gemido. Al acabar la canción me atreví a asir aquellos
fabulosos melones entre mis manos, alzarlos, y dedicarles una caricia de mi
lengua es su nacimiento a través del escote.
Ya de vuelta a casa, Raquel tuvo que conducir debido a la
borrachera de Toni. Alba por supuesto se situó en el asiento del copiloto, pero
yo me senté justo detrás y, tras situar a Toni como barrera ante la vista de
Carmen, aproveché para deslizar mis manos hacia Alba, de tal modo que las
afortunadas permanecieron todo el viaje de vuelta jugueteando con sus magníficos
pezones. También tuve que ser yo el que le ayudara a ella a subir a su dormido
novio a la habitación. Una vez depositado el seguidor de Baco sobre la cama,
tampoco pude reprimirme, arranqué los botones superiores de su blusa de un tirón
y volví a pasar mi lengua sobre el nacimiento de aquellos sabrosos melones, sin
que ella tuviera tiempo siquiera para reaccionar.
Pero las cosas no avanzaban lo suficiente, mi enorme ansía
por su cuerpo cada vez exigía más y más, y ni siquiera había conseguido verla
desnuda, tenía que idear algo. Una noche como tantas en las que no podía dormir
a causa de la calentura, subí a la cocina a beber algo de leche. Pero al pasar
por delante de la puerta de su habitación, la tentación fue demasiado fuerte,
sabía que Toni estaba trabajando pues tenía turno de noche, así que no pude
resistirme y entré sigilosamente. Ya había oído comentar que tenía el sueño
pesado, de todas formas era mejor tomar precauciones, encendí la lámpara que no
se reflejaba en su rostro y retiré con mucho cuidado la sábana. ¡Dios mío!
¡estaba preciosa! Sólo llevaba puesto un conjuntito blanco de raso con pantalón
corto y tirantes. Me acerqué y, sobre la prenda, toqué el melón de mis sueños,
notaba claramente su pezón, me hice más audaz y comencé a introducir la mano
lentamente por el escote hasta que por fin conseguí apoderarme de la joya de mis
fantasías. Me dejé llevar por la emoción y hubo un momento en que lo apreté con
cierta fuerza entre mis dedos, pero ella sólo varió un poco su posición,
colocándose completamente boca arriba. Comprendí que, si no se había despertado
con aquél tremendo pellizco, se me abría un maravilloso mundo de posibilidades,
pues su sueño era más pesado de lo que imaginaba. Obviamente mi polla se alegró
enormemente con las noticias.
Ahora, al tenerla boca arriba, pude retirar la camisetita por
encima de sus pechos y jugar libremente con los pezones de mi adorados melones.
También tenía acceso a su rajita, apartando el pantalón corto del conjuntito
hacia un lado, por lo que incluso me permití saborearla con mi lengua, aunque me
asusté un poco cuando se revolvió a causa del abrazo de mis labios sobre su
clítoris, así que decidí no tentar mi suerte y no ir más allá. Eso si, dejé que
mi erecta y ansiosa polla acariciara sus excitados pezones, e incluso coloqué la
punta en sus entreabiertos labios, tal gesto ya no lo pudo resistir, por lo que
tuve que retirarla apresuradamente antes de que la tremenda eyaculación que
sobrevino dejara huella sobre su rostro. No fui del todo rápido y las primeras
gotas se depositaron al lado de la comisura de sus labios, permanecí unos
instantes contemplando su bello rostro adornado con mi semen antes de proceder a
limpiarlo.
En los días siguientes continué mis visitas nocturnas a su
habitación, llegando incluso a grabarla en vídeo o a colocar la punta de mi
polla en su entradita. Pero eso no me bastaba, necesitaba más, necesitaba verla
gozar conscientemente ante mis ataques, no sólo sus reacciones de sorpresa ante
los roces de mis rápidas manos en sus pechos o su trasero, que por cierto cada
vez eran más audaces.
La oportunidad me sobrevino una noche en que le preguntó a
Carmen por alguna pomada para aliviar un fuerte dolor cervical con el que había
regresado del trabajo. Mi novia volvió a estar muy oportuna porque le contestó
que a ella le pasaba a veces, y que yo se los aliviaba con un masaje. Por
supuesto, me mostré encantado de aliviar su dolor, y Alba, si bien en principio
se mostró reticente, terminó aceptando, pensando quizás que la presencia de
Carmen frenaría mis impulsos, así que se tumbó en nuestra cama, al lado de
Carmen, mientras yo cogía la pomada en el baño.
Pero Carmen nos dio la espalda y se puso a leer un libro, por
lo que dejó el camino allanado para mis maniobras.
Acababa de ducharse y llevaba puesta una camiseta y un
pantalón largo de pijama por debajo de la bata, así que subí la camiseta y
comencé con el masaje. Esta vez no me anduve con muchos preámbulos y retiré un
poco el pantalón y su braguita hacia abajo, hasta ver el comienzo de la rayita
de su trasero, pero mis manos no se detuvieron en esa frontera, avanzaron por
dentro de su prenda íntima, amasando sin consideración sus dos cachetes,
llegando a rozar su agujerito posterior. En un momento dado le pedí que se
apoyara sobre los codos, sin ninguna intención terapéutica por supuesto, pero le
expuse una excusa sobre la posición de los hombros que aceptó. Comencé
masajeando muy suavemente la zona de los hombros para, rápidamente, dirigir mis
manos hacia sus melones, hasta conseguir atraparlos. Apretó los brazos contra
sus costados y giró la cabeza para dedicarme una mirada de protesta con la cara
sonrojada, pero no dijo nada. Sus enormes melones descansaban sobre mis manos y
tenía sus pezones atrapados entre los dedos índice y corazón. Como había dejado
caer su cuerpo, no me permitía mucha movilidad, pero no era importante, lo
importante era que ¡tenía agarrados sus pezones, estaba consciente y no decía
nada! No es que lo aceptara, desde luego, pero le preocupaba mucho más decir
algo y que Carmen se diera cuenta, por lo que decidió aguantar estoicamente.
Noté como aquellos deliciosos fresones se ponían duros entre mis dedos, y
comencé a estimular mi polla sobre su trasero, rozándola suavemente, cuando
sentí que me llegaba el momento de la eyaculación, liberé la puntita del chándal
y del slip para descargar sobre su espalda desnuda, después retiré por fin mis
manos de su dulce cautiverio para untar mi semen sobre su espalda, era una buena
forma de ocultarlo y además la dejaba impregnada de mi: sólo esta idea me bastó
para volver excitarme.
Pero en esos momentos Carmen levantó la vista del libro, he
inició una charla intrascendente con Alba sobre mis cualidades como masajista,
por lo que tuve que seguir con mi masaje, ahora si, de forma terapéutica. Cuando
di por finalizada la sesión y coloqué bien su camiseta, Alba se levantó
apresuradamente y abandonó la habitación. Poseí a Carmen regodeándome en la idea
de que la había dejado untada con mi semen, sabía que acudiría rápidamente a
ducharse de nuevo, pero no importaba, estando ella consciente había amasado sus
pechos, la había untado con mi semen, y, lo más importante: su resignada
aceptación abría para mi todo un mundo de posibilidades.
Semanas más tarde acompañé a Carmen y a Alba de compras.
Fuimos a unos grandes almacenes muy conocidos. Ellas querían comprar algo de
ropa y yo, por supuesto decidí acompañarlas. Eligieron algunas prendas y nos
encaminamos a los probadores. Carmen se probó primero un vestido que le quedaba
demasiado pequeño y fue a ver si podía encontrar una talla más, y entró Alba en
el probador. En aquél momento no pude resistir la tentación: saber que el objeto
de mis sueños más húmedos estaba desnudándose y sólo me separaba una cortina
activó todos mis instintos más bajos. Asomé la cabeza por la cortina cuando
estaba sólo con la ropa interior puesta, sacándose el pantalón por los pies por
lo que tardó un poco en percatarse de mi intromisión. Llevaba un conjunto de
ropa interior de encaje de color azul cielo, al estar agachada de espaldas su
maravilloso trasero apuntaba directamente hacia mi, mientras que sus enormes
melones colgaban como fruta madura.
Me imploró ansiosamente que cerrara la cortina, pero noté que
miraba hacia fuera por encima de mi cabeza, por lo que deduje que le daba pánico
que la vieran desde fuera. Obedecí, pero me introduje hacia adentro. Suplicó que
me fuera, pero eso era algo que ni mucho menos estaba dispuesto a hacer,
simplemente le alegué que para salir tendría que descorrer la cortina de nuevo,
además ya la había visto en bañador. Seguía frente a mi, sujetando el vestido
que se iba a probar para cubrirse cuando oimos la voz de Carmen al otro lado de
la cortina preguntándole si aún no se había probado el vestido. En esos momentos
su ánimo se tornó en auténtico pánico y procedió a apresurarse a ponerlo: me
quedó muy claro que no iba a descubrirme por lo que me aproveché de la
situación.
Me acerqué por la espalda a subirle la cremallera,
aprovechando para depositar mis manos sobre sus nalgas y amasarlas, mientras
salía apresuradamente del probador por temor a que Carmen asomara la cabeza. El
hecho de que mi novia estuviera fuera no hacía más que incrementar mi morbo y su
pánico.
Como era un traje de noche y se le notaban mucho los tirantes
del sujetador, Carmen le insistió que entrara a sacárselo para ver como le
sentaba realmente. Se negó al principio, pero percatándose de lo absurdo de la
negativa sin descubrir mi presencia en el interior, tuvo que entrar a retirarlo.
Por descontado que la ayudé sin ser requerido: bajé la cremallera, solté el
sujetador y, sin retirarlo, pasé mis manos por sus costados, amasando los
melones y proporcionándole un delicioso pellizco sobre sus enormes pezones,
mientras ella retiraba la prenda. Volví subir la cremallera y me dispuse a
esperar tranquilamente a que volviera a mi sujetando la polla, que ya se
mostraba encantada con el premio que le estaba aguardando.
Mientras estaban fuera, Carmen le preguntó por mi, y Alba le
dijo que me había ido a la planta de caballeros. Al rato, mi novia se fue a otro
probador libre, y Alba entró de nuevo, esta vez permaneció quieta, resignada a
su destino. Procedí a retirarle el vestido y directamente comencé a estrujarle
sus pechos, pellizcando y retorciendo sus pezones, hasta ponerlos completamente
duros, mientras Alba susurraba: "no por favor, no por favor". Sabía que tenía
que apresurarme porque pronto Carmen la reclamaría, aún así no podía dejar de
aprovechar la oportunidad de probar aquellos deliciosos fresones por lo que
acaricié con mi lengua cada uno de ellos, despacio, saboreándolos lentamente,
mientras mi mano se introducía por dentro de su braguita hasta acariciar su
rajita. Abandoné resignadamente el paraíso para permitir que se vistiera ya que
tenía corroborar su coartada desapareciendo de allí.
Me percaté al abandonar el probador de que, en mis manejos,
la cortina se había desplazado un poco, y fuera había un señor de unos 55 años
mirando con evidente rostro de excitación hacia nuestro probador. En ese momento
mi polla volvió a sentir una tremenda sacudida, por lo que la dejé unos
instantes la cortina bien abierta para que el pobre hombre pudiera disfrutar de
la desnudez de mi reina de la lujuria.
Mientras me alejaba precipitadamente, iba reflexionando sobre
mi tremendo descubrimiento: realmente no me esperaba que me excitara tanto que
otro hombre viera desnuda a Alba, esto abría muchísimo mi abanico de
posibilidades de disfrute.
Cuando regresamos a casa, yo tuve que detenerme a realizar
algunos recados que tenía pendientes. Al entrar por fin en casa, ellas estaban
probándose la ropa que habían comprado en nuestra habitación. No se percataron
de mi llegada por lo que pude oírlas mientras comentaban.
En ese momento pasaron por mi mente las imágenes de Alba
desnuda o en ropa interior, por lo que mi polla volvió a reaccionar
automáticamente. Esperé escuchando el momento oportuno tras la puerta, para
irrumpir en la habitación. Cuando entré, Alba tenía puesto un finísimo y
transparente body negro, con forma de tanga por la parte de abajo, y , al tener
ella la piel tan blanca, destacaba muchísimo más. Hipócritamente pedí perdón
pero no salí, con la excusa de que un zapato me estaba haciendo daño, permanecí
en la habitación mientras Alba, colorada como un tomate, se apresuraba a ponerse
un vestido.
Carmen comentó entre risas:"Mira tu el aprovechado que ración
visual se está pegando". Este comentario distendió el ambiente y relajó a Alba,
que ya tenía el vestido puesto, por lo que, aunque ya me había sacado los
zapatos, permanecí en la habitación dando mi opinión sobre las adquisiciones.
Ahora le tocaba a Carmen probarse un vestido que le venía muy justo en las
tetas, por lo que aproveché para agarrárselas por detrás y comentar que con ese
vestido no necesitaba sujetador, no se le movían nada, las dos rieron mi broma,
estaba logrando el clima que quería. Así que vi una oportunidad propicia, me fui
a la cocina rápidamente a preparar unas copas cargadillas con la secreta
intención de caldear el ambiente. Mi verdadera intención era emborrachar a
Carmen e introducirla en el juego, a esas alturas ya sabía que si Carmen
aceptaba podría aprovecharme de Alba, ya que no protestaría.
Con el alcohol y los sobeteos que le metía a Carmen conseguí
calentarla, por eso sólo se rió cuando, aprovechando que Alba se había probado
un falda, puse mis dos manos en sus maravillosas nalgas para ratificar que le
sentaba muy bien y no le hacía demasiado culo como comentaban ellas. También
Carmen tuvo una reacción parecida cuando, para ratificar que una blusa no era
demasiado transparente, aproveché para agarrarle una teta con las dos manos,
ajustando la prenda al cuerpo. Carmen sólo se reía y me llamaba aprovechado,
mientras Alba permanecía pasiva y sonrojada, esto me animó, por le que introduje
mi mano por dentro de su blusa para demostrar lo indemostrable: realmente era
demasiado transparente, tanto que estaba seguro de que Alba no se atrevería a
ponerla sin una camiseta y un sujetador por debajo como mínimo. Eso si, no
retiré mi mano sin un pellizco prolongado de uno de sus enormes pezones, y
confirmar que comenzaba a sentirse algo excitada, ya que estaba duro como una
piedra.
Para poder seguir avanzando en mis intenciones, y como se
encontraban las dos algo calientes además de borrachas, sugerí que se probaran
también la ropa interior que se habían comprado. Alba opuso algo de resistencia,
pero acabó aceptando ante mis argumentos de que ya la había visto en ropa
interior mientras se estaba probando la otra y tras la promesa de que yo no
miraría mientras se la ponía (promesa que, por supuesto, no pensaba cumplir).
Carmen se probó primero un conjunto de braga y sujetador de
encaje malva, que la verdad es que le sentaba bastante bien, ajustadito y
dejando casi libres sus pezones por la parte de arriba, como para poner con un
vestido muy escotado (no pude resistirme y le liberé los dos pezones con mis
dedos, al mismo tiempo que le propinaba un prolongado beso).
Ahora Alba se probaba un conjunto de color esmeralda de tanga
y sujetador (obviamente, aunque al principio me giré, no pude evitarlo y me di
la vuelta justo cuando ella estaba de espaldas introduciendo el tanga por las
piernas). Por la parte de delante era tan escueto que se le escapaban algunos
ricitos del pubis. Carmen comentó entre risas que para ponérselo tenía que
depilarse, yo no pude evitar agarrar de forma fugaz uno de sus rebeldes ricitos
mientras lo corroboraba. Naturalmente, medio en broma, y más que nada para
tantear las reacciones de ambas mujeres, me ofrecí a depilarla yo mismo.
Carmen, al encontrarse ya bastante caliente y algo bebida se
lo tomó muy bien, solo comentó en broma: "mira tu el pillín, ya no le llega
trabajarse solamente mi lindo coñito", pero Alba en principio se negó en
rotundo: aparte de mostrarme a mi esa parte de su anatomía, no sabría cómo
explicárselo a Toni, su novio. Pero Carmen volvió de nuevo en mi ayuda,
diciéndole que era más higiénico y más cómodo por la transpiración corporal con
el calor, aparte de que podría ponerse bañadores claros y bragas muy pequeñas,
como el tanga que llevaba. "Obviamente, las razones higiénicas son las que
tienes que esgrimirle a Toni" concluyó.
"Además, mira que bien le queda a Carmen", dije mientras le
bajaba a esta las bragas. Era mi modo de argumentar razones estéticas. Alba
parecía turbada por la imagen, miró durante unos instantes el coño depilado de
Carmen fijamente, y retrocedió titubeando hasta sentarse en la cama mientras yo
comenzaba a acariciarlo con una mano para garantizar la total colaboración de mi
novia por medio de una enorme calentura.
En esos momentos, con la polla ya a punto de reventar, no
estaba dispuesto a parar, así que me aproximé a ella y volví a sujetar los
ricitos que le sobresalían del tanga y argumenté que si quería sólo le cortaría
esos, que no necesitaba depilarlo totalmente como Carmen, que podría darle
diversas formas (he de decir que aprovechaba para dibujar con mis manos las
distintas formas de depilación sobre su pubis, aún cubierto con la tanguita.
Alba sólo murmuraba, cada vez de forma más débil he de decir, que no podía ser,
que era demasiado, pero permanecía quieta, sentada en la cama e incluso me
pareció percibir que comenzó a aflojar la tensión de sus, hasta ese momento,
herméticamente cerradas piernas, lo cual era señal de su inevitable entrega.
No me tuve que preocupar de los aperos necesarios, pues
Carmen ya había ido al baño a buscar todo lo que nos hacía falta. La senté al
borde de la cama sobre una toalla y procedí a retirarle el tanga, lo hice
despacio, con solemnidad, disfrutando intensamente de la visión de aquél coño
tan ambicionado. Comencé a humedecerlo, paseando mi mano mojada en agua por toda
su extensión, disfrutando de cada caricia, para posteriormente, empezar a
recortarlo con unas tijeritas. Extendí la espuma acariciando aquella hermosa
almeja y procedí a afeitarla con mucha delicadeza.
Carmen se había tumbado a su lado con las caderas a la altura
de su cabeza y la acariciaba Consolándola al mismo tiempo que le indicaba lo
bien que quedaba, mientras llevaba una de las manos de Alba hacia su coño
desnudo. "toca, verás que suave" dijo mientras pasaba la mano de su amiga sobre
sus labios vaginales, estaba tan caliente que comenzó a masturbarse, pero con el
dedo de Alba.
Ver su mano acariciando el coño de mi novia incrementó mi
excitación hasta tal punto que tuve que tener extremo cuidado de no cortarla en
una zona tan delicada, tirando con firmeza de sus labios vaginales y de su
clítoris para tensar su piel al afeitar los pelos que rodeaban esas zonas.
Realmente me sentía como un cocinero esmerándose en la preparación de un plato
delicioso para recibir mayor placer al degustarlo, por lo que controlé mi
impaciencia para saborear aquél suculento manjar.
Cuando por fin terminé de aclararlo, me quedé unos instantes
contemplándolo fascinado. Era realmente hermoso, finalmente había decidido
dejarle un poquito de vello en forma de corazón en el pubis, estaba aún algo
húmedo de agua y de sus fluidos. No pude aguantar más y mi lengua, como una
autómata se abalanzó sobre él con avidez, recorriendo cada pliegue de sus labios
vaginales, enroscándose en su clítoris.
¡Aparta glotón! ¡déjame ver como ha quedado!. Era Carmen
quien me interrumpía. Aunque en un principio me molestó, poco a poco descubrí
que me gustaba ver como mi novia apreciaba aquél plato que acababa de cocinar,
por lo que liberé mi tranca y, mientras contemplaba la escena, comencé a
acariciarla.
Me situé al lado de su cabeza, acercando la punta de mi polla
a sus labios. Alba los mantenía apretados, no estaba dispuesta a acoger en su
boca mi ya anhelante capullo. Pero en un momento en el que la lengua de Carmen
le arrancó un suspiro, empujé y logré introducirla. Su lengua parecía tener una
pelea con mi polla por el espacio, y mis dedos comenzaron a liberar sus pezones
y a jugar con ellos. Después de pugnar un ratito, dejó de pelear y comenzó a
chupar mientras Carmen le arrancaba un tremendo orgasmo. Yo también eyaculé en
su boca: el semen le quedó esparcido en su cara, rodeando la comisura de sus
labios. Carmen se aproximó y comenzó a recogerlo con su lengua, alegando que le
pertenecía, que era de su novio, ¡Incluso lo retiró de dentro de su boca!.
La dejamos marchar gimoteando avergonzada mientras Carmen
volvía a animar mi satisfecha polla para llevarse ella también su bien ganado
orgasmo. He de señalar que no le costó mucho animarme, pero la imagen que tenía
en mi mente era la del coño de Alba, irresistible y, sobre todo, ya decorado a
mi antojo. Lo único que me molestaba era tener que compartir ese manjar con el
cornudo de su novio.
Ella se pasó toda la semana siguiente evitándome, siempre
estaba acompañada por alguien en mi presencia, no comía en casa y cando
regresaba lo hacía acompañada de Toni, su novio, que, para mi desgracia, esa
semana tenía el turno de día en el trabajo y dormía con ella. Atreverme a volver
a entrar a hurtadillas en su cuarto con aquél maromo segurata durmiendo al lado
era un riesgo que mi salud no me permitía asumir, por lo que me tuve que
conformar con algún pellizco rápido y aislado a sus pezones o a sus nalgas y con
poseer salvajemente a Carmen todas las noches, como un modo de paliar un poco
mis irrefrenables deseos de poseer a Alba por fin.
Ya al final de la semana, el domingo, Alba, Raquel y Carmen
hablaron de ir a la playa. Sabía que si me apuntaba yo, Alba se excluiría con
cualquier excusa, sin embargo para mi era una oportunidad perfecta pues Toni
tenía que hacer horas extra en el trabajo. El día anterior, en la cena, dejé muy
claro que yo no podía ir pues tenía que visitar a unos compatriotas, por lo que
Alba no tuvo ningún inconveniente en apuntarse, e incluso habló de atreverse a
llevar un bikini que su novio le había regalado.
Como supondrán, mis compatriotas todavía me estarán
esperando: las dejé irse y esperé ansioso una hora en casa haciendo tiempo para
seguirlas. Cuando llegué a la playa en cuestión, me pasé una hora más
recorriéndola, sin ver rastro de las tres chicas. Ya casi estaba a punto de
regresar a casa con el rabo entre las piernas cuando me acordé de que Carmen me
había llevado una vez a una pequeña cala, sólo separada por unas rocas de esta
playa, que solía estar semivacía pues era de difícil acceso.
Me encaminé presuroso con la corazonada de que las
encontraría allí. Era lógico, supongo que la propia Alba la sugeriría como lugar
ideal para estrenar por primera vez un bikini en público: era mucho más
tranquila, y nunca se aventuraban los mirones de playa, que tenían un mar de
carne en topless al otro lado para disfrutar.
Efectivamente, la cala estaba ocupada únicamente por ellas y
una pareja mayor con un enorme perro negro de raza indefinida. Alba palideció un
poco cuando se percató de mi presencia. Aunque Carmen y Raquel hacían topless,
por supuesto yo sólo tenía ojos para ella. Llevaba puesto un bikini verde con
dos triangulitos que eran generosos en descubrir carne de sus enormes tetas por
los tres lados, y que por supuesto, no podían disimular del todo sus enormes
pezones. La parte de abajo, sin ser tanga, era un triángulo que pugnaba por
introducirse en su canalillo, y la parte delantera hace dos semanas hubiera
mostrado los bordes de la mata de pelo que le recorté.
Aún así, hacía lo posible por no quedar a mi disposición, por
Carmen no me importaba, pero no sucedía lo mismo con Raquel. Ni siquiera pude
tocarla para ponerse bronceador porque ya estaba embadurnada, me tenía que
conformar con mirarla y disimular mi incipiente erección. Carmen sugirió
tomarnos una baño, pero Alba dijo que no venía porque sabía que Raquel no se
podía bañar. Al final yo si me apunté sólo para aflojar un poco mi calentura con
el agua de mar.
Pero el hambre agudiza el ingenio: urdí un plan para
conseguir pillarla separada de sus amigas. Sabía de su afición por el agua,
compartida con su novio, y había notado que a ella le apetecía bañarse, sólo se
lo impedía mi presencia, por lo que la solución era ausentarme. Traía un termo
con agua dentro de la mochila, pero no les había comentado nada a ellas, por lo
que me ofrecí solícito para ir a comprar a un chiringuito de la otra playa un
poco de agua fresca: mi plan era esperar agazapado en las rocas a que Alba se
encaminara al agua y regresar súbitamente fingiendo haberme olvidado del termo.
Apenas tuve que esperar un minuto desde que desaparecí de la
vista de las chicas para que Alba se levantara, y además sola. Regresé
rápidamente, murmuré la consabida excusa y fingí algo de sofoco por haber subido
las rocas bajo aquel implacable sol, así que me encaminé al agua a refrescarme,
acompañado de algún que otro comentario gracioso de las otras chicas referente a
mi memoria.
Estaba nadando despacio a unos 10 metros del señor mayor, ni
siquiera se percató de mi presencia hasta que me encontraba casi al lado, por lo
que, cuando quiso darse cuenta, la conseguí asir por las caderas debajo del
agua. Al principio forcejeó tímidamente, pero dejó de hacerlo cuando se percató
de que el señor mayor miraba hacia nosotros (su sentido de la vergüenza volvía a
jugar a mi favor). Ante su pasividad, mis manos pudieron entrar dentro de su
bikini y comenzar a estimular su clítoris para preparar el terreno a lo
inevitable.
Fue muy sencillo apartar el bikini y comenzar a penetrarla
desde atrás, situándome entre sus piernas. Por primera vez mi pene se encontraba
alojado en el lugar que más había ansiado desde que había llegado a España, su
fuerza y dureza alimentada por la espera era algo que no podía controlar ni
siquiera la frialdad del agua del océano.
Ella permaneció muda en los primeros instantes pero su rostro
debió de comenzar a reaccionar a la penetración porque el señor mayor, que
estaba nadando, comenzó a acercarse tímidamente hacia nuestra posición, con un
gesto claro de curiosidad. Cuando estaba apenas a unos cinco metros de nosotros
decidí premiar al mirón: aparté los triangulitos de su bikini y me apoderé de
sus pezones con mis dedos. Me era más incómodo sujetarla por las tetas, pero
merecía la pena, sólo por ver la cara de placer que tenía nuestro mirón ante tal
espectáculo, incluso le sonreí pícaramente y lo invité con la mirada a que se
aproximara un poco más, lo hizo, pero cuando estaba a escasos 2 metros se detuvo
con temor tras mirar hacia donde se encontraba su señora.
El vejete me sorprendió, pues una vez que hube eyaculado y
cuando ya comenzaba a regresar hacia la orilla, se aproximó a ella y se apoderó
de sus pezones, apartando los triángulos que los protegían y comenzó a tirar de
ellos con cierta violencia mientras le comentaba: "¿No me podrás negar este
placer, tras el espectáculo que me acabas de dar verdad zorra?" Mi fijé en la
arena, y su mujer se había tumbado dándonos la espalda.
Tras este intenso contacto la soltó y siguió tranquilamente
su camino, mientras Alba se apresuraba hacia la compañía salvadora de sus amigas
y yo permanecía en el agua, relajándome y disfrutando de esos instantes de
felicidad.
A mediodía, decidimos buscar el refugio y la sombra de las
rocas, al fondo de la playa, para comer. Tras una copiosa comida, todos nos
amodorramos un poco, pero Alba se quedó decididamente dormida. Habría pasado una
media hora cuando Carmen me pidió que la acompañara a algún chiringuito a
comprar más agua, pues se nos había acabado. Pero se ofreció Raquel a
acompañarla ya que le apetecía dar un paseo.
El hecho de volver a estar a solas con Alba hizo que mi verga
volviera a reaccionar automáticamente. Esperé un rato a que se alejaran para
volver a aproximarme a ella. Estaba tumbada, dormida de medio lado, dándome la
espalda. Me acerqué y le bajé el bikini por la parte de atrás, dejando al aire
sus níveas y hermosas nalgas. En sueños, movió un poco sus piernas, por lo que
pude apreciar su delicioso coño desde atrás, entre sus muslos, así como el
agujerito de su ano. Comencé a gozarlo, contemplándolo y acariciándolo muy
suavemente hasta lograr humedecerlo un poco. En esos momentos siento unos pasos
ligeros sobre la arena me giro y ya casi a mi lado estaba el perro negro de los
vejetes.
Me separé un poco de Alba, con movimientos muy lentos para no
excitar al enorme chucho y comencé a rezar en mi interior por una llamada de sus
amos, tanto para alejarlo de nosotros por la amenaza que suponía, como para
poder seguir jugando con mi tesoro.
Lo que sucedió a continuación si me dejó paralizado, pues la
enorme bestia comenzó a olisquear tranquilamente la descubierta almejita de la
dormida Alba. Debió parecerle apetitoso el manjar que se le ofrecía pues, acto
seguido, procedió a pasar su enorme y sonrosada lengua por la parte de su coñito
no protegida con sus muslos, con movimientos rápidos, casi nerviosos. Estaba
fascinado con la escena, nunca hasta esos momentos había sentido interés por la
zoofilia, pero la escena que estaba contemplando: el delicioso coño de Alba
siendo profanado por la lengua de aquél chucho asqueroso estaba haciendo, de una
forma incomprensible para mi, que me sintiera enormemente excitado. Pero no sólo
a mi, el vejete, que al parecer había seguido a su perro hasta las rocas, estaba
también contemplando la escena al lado de la roca que nos cobijaba del resto de
la playa igual de fascinado que yo y, por lo que se podía apreciar en su
bañador, igual de excitado.
Alba comenzó a suspirar y, en sueños todavía, se movió hasta
quedar tumbada completamente boca arriba. El chucho no tardó mucho en cambiar su
posición en intentó acceder a su manjar desde la parte delantera, pero esta se
hallaba todavía cubierta por el bikini, lo que suponía una barrera para seguir
teniendo acceso a su menú. Pero su dueño, ignorando completamente mi presencia,
acudió en su ayuda y, tras acariciar brevemente la cabeza del animal, procedió a
bajar también por delante el bikini de Alba. El perro impaciente, se apresuró a
volver a recorrer de nuevo su rajita con la lengua.
Las caricias de la rugosa lengua del animal eran ahora tan
impetuosas que Alba se despertó, pero permaneció quieta, paralizada por el
terror. El vejete procedió entonces a retirar completamente la parte de abajo de
su bikini, para poder separar un poco sus piernas. Ahora, desde mi posición de
mirón privilegiado, podía apreciar, como la lengua del perro se introducía entre
sus labios vaginales, e incluso como jugaba con su clítoris mientras el viejo,
tras despojarse de su bañador, se sentó sobre el vientre de Alba, le retiró la
pieza que le quedaba del bikini, y comenzaba a estrujar sus tetas y a pellizcar
sus deliciosos pezones mientras recorría con su lengua, al igual que su mascota,
su cuello y su rostro. En un momento dado, situó su ya endurecida polla entre
las tetas de Alba y aproximó la punta a su boca, incitándola a probarla,
mientras sus manos amasaban la abundante carne de sus mamas sobre su miembro,
sin olvidarse eso sí, de estimular su sensibles pezones pasando los pulgares
sobre ellos. En principio sus labios sellados rechazaban ser profanados por
aquel miembro, mientras el viejo golpeaba sobre ellos con su punta con
movimientos de su cadera y ordenaba insistentemente: "venga puta, chupa", pero
el trabajo de su mascota en el coño comenzaba a dar sus frutos y Alba comenzó a
no poder reprimir los gemidos de placer que le estaba provocando por lo que tuvo
que abrirlos, cosa que aprovechó el viejo para lograr al fin introducir la polla
en su dulce boca.
Me embargaron sentimientos contradictorios mientras
contemplaba como Alba (ahora ya con igual interés que el chucho en su coño)
lamía y chupaba la polla del vejete: por un lado no quería aceptar que fuera la
polla de aquél viejo la primera que follaba la boca de la dulce Alba (pues
estaba seguro que el cornudo de Toni no había tenido tal privilegio), pero por
otro, la escena que se estaba desarrollando a dos metros de mi era tan
tremendamente excitante que decidí no interrumpirla y disfrutarla masturbándome.
Además en esos momento pensé para mi que me quedaba todavía el consuelo de ser
el primero en follarla por el agujerito de su ano.
El viejo soltó un gruñido gutural tan sonoro que pensé que
iba alertar a su esposa y eyaculó dentro de su boca, cuando llevaba ya Alba
repetidos orgasmos, arrancados y saboreados por el chucho. Procedió a ponerse de
nuevo el bañador y se alejó llamando al animal. Alba se quedó tumbada y
transpuesta en la misma posición, se veía hermosa, muy hermosa, como una hembra
satisfecha. No pude reprimirme y me aproximé a ella, polla en mano, para
depositar también mi carga de semen sobre su boca, que ella saboreó con su
lengua, mezclada eso si, con la del viejo.
En vista de que no reaccionaba, me aproximé a ella y procedí
a colocarle de nuevo su bikini, justo un minuto antes de que llegaran Raquel y
Carmen. Obviamente su mente en esos momentos estaba llena de sentimientos
contradictorios: en su fuero interno tenía que reconocer que había gozado como
nunca antes lo había hecho en su vida, pero esa idea chocaba frontalmente contra
todas sus convicciones éticas y morales. Se pasó el resto de la tarde como
ausente, en trance, las chicas desde luego también lo notaron y se interesaron
varias veces por su estado, se excusó con el cansancio
Al atardecer, cuando decidimos marcharnos de la playa pues
empezaba a refrescar, Carmen y Raquel deseaban ir a tomar algo a algún local,
pero Alba se encontraba anormalmente cansada y sólo quería irse a casa a dormir.
Fui rápido en dar con la solución: sugerí que yo llevaría a Alba a casa, pues
también estaba algo agotado y que se fueran ellas a tomar algo. A las dos les
pareció bien mi plan y Alba, que seguía en su trance particular, meditando sobre
todo lo que acababa de vivir, no dijo nada, así que esa fue la solución que
adoptamos.
El viaje pudo suponerle algún serio contratiempo a la
furgoneta de la floristería o incluso a nuestra salud, pues mis manos y mis ojos
se escapaban continuamente hacía el fabuloso cuerpo sentado a mi lado, mientras
ella permanecía impasible a mis manejos, realmente llegó a preocuparme en serio
por algún instante tanta pasividad, al menos esperaba de ella una leve
resistencia inicial a mis acosos, como otras veces. Esto podía ser signo tanto
de la conquista de su voluntad por mi parte como de haberle causado un trauma
serio, pero aparté pronto de mi mente los buenos sentimientos sobre su salud.
Cuando tuve que realizar una maniobra brusca para no colisionar con otro coche,
decidí que era mejor circunscribir estos manejos a los semáforos cerrados. En
esos momentos aprovechaba par introducir mis manos bajo su falda hasta acariciar
sus fabuloso coño, o en su escote, para entretener mis dedos jugueteando con sus
lindos pezones, mientras ella no mudaba para nada su actitud impasible.
En un semáforo en el que nos coincidió parar al lado de tres
chicos en un todoterreno, aproveché para mostrarles su rajita, levantando su
falda y apartando el bikini. Disfrutaba viendo la excitación de los tres chicos
y su miradas de envidia, estaba seguro de que cualquiera de ellos daría un brazo
por ser el que estuviera en mi lugar, pero, mientras introducía un dedo en su
lindo coñito, les demostraba que era yo el que poseía el este fabuloso tesoro.
Esto incrementaba mucho más mi excitación.
Este sentimiento fantástico de poseerla y lucirla, como con
un hermoso coche, que despertaron los tres chicos del semáforo hizo que me
acordara de mis compatriotas. Cuando días atrás les había comentado mis avances
con Alba me habían tratado de fanfarrón. La conocían de vista y no se podían
creer que una chica como ella permitiera que un muerto de hambre como yo la
tocara. Además de restañar mi orgullo herido, iba a gozar tremendamente
luciéndola ante ellos.
Llamé y entramos, en casa estaba Lucho, un barrigudo
cuarentón que se ganaba la vida trabajando como jornalero en los campos y se
pasaba el resto de sus días ociosos tomando, como ahora mismo; su hijo Rony, de
17 años, que estudiaba secundaria y hacia trabajos ocasionales de vez en cuando;
Pedro, un indio de 20 años que también trabajaba de jornalero y Daisy, una negra
que trabajaba de camarera (y sospecho que de algo más, aunque ella lo negaba, en
un club de carretera).
La presenté con un escueto: "esta es Alba", y esta sólo dijo
hola y nos sentamos en el salón a charlar. Mientras Alba permanecía callada,
hablábamos de temas intrascendentes de nuestras vidas, pero notaba claramente
que, sobre todo los 3 hombres, no apartaban su mirada de la chica. Como para
corroborar lo que les había contado, puse una de mis manos sobre uno de sus
muslos comencé a acariciarlo lentamente, mientras seguía hablando. Poco a poco
fui subiendo su falda hasta que todos podían ver claramente la braguita verde de
su bikini. Era fabuloso comprobar sus atónitas caras de asombro y excitación:
obviamente ya les había demostrado que no fanfarroneaba, y además, la visión que
les estaba proporcionando se empezaba a notar el los bultos de sus pantalones.
Cuando Alba se levantó al baño, Lucho se sentó a mi lado en
el sofá y me comentó bajando un poco la voz para que ella no pudiera oir: "Así
que es cierto cabrón ¡Te la tiraste!". Lleno de vanidad y de orgullo le contesté
que no sólo me la había follado, sino que la tenía a mis pies, como mi putita.
Cuando Alba volvió, Lucho se apresuró a acercarse a un lado
para hacerle sitio entre los dos en el sofá, de modo que a ella no le quedó más
remedio que sentarse en la plaza que quedaba libre. Seguimos charlando sobre el
día de playa y les comenté que a Alba la había cogido un poco sol, y aproveché
para soltar un botón más de su blusa, mostrarles su escote y separar un poquito
uno de los triangulitos del bikini, hasta casi mostrar el pezón, para que
pudieran comprobar el contraste del tono de piel. Ella se revolvió un poco, se
volvió a sonrojar pero no dijo nada, en cambio Lucho abrió los ojos como platos,
no pudo reprimirse y llevó la mano hacia el otro pecho para hacer la misma
comprobación.
"Es cierto chicos, además de un poco más blanca, se nota la
diferencia de temperatura", dijo, introduciendo su mano dentro del triangulito
de su bikini y acariciando su deliciosa teta. Alba se movió un poco nerviosa ,
agitada, su cuerpo mostró protestas por el abuso pero no dijo nada, permanecía
callada, sonrojada y sin fuerzas par oponerse.
Mientras Lucho pasó su brazo por su espalda hasta poder
apoderarse de su otro pecho, Rony y Pedro se levantaron de sus sillas,
completamente empalmados, y se acercaron para poder contemplar mejor la
"diferencia de tono". Lucho acabó de desabrocharle su blusa, alzó el bikini, y,
mientras sus manazas jugueteaban con sus pezones comentó con sorna: "Tiene unas
bonitas y firmes tetas señorita Alba, debería tomar el sol sin bikini para que
no le quedaran estas marcas"
Daisy, que contemplaba la escena sentada en frente y
realmente excitada comentó: "Anda Lucho, comprueba si es cierto que esta zorrita
se dejó depilar el conejo por Hugo".
"Claro, mamita" Pasó su pierna por la espalda de Alba,
situando a mi diosa entre su piernas y, asomando las cabeza y sus manos por un
lateral, alzó del todo su falda hasta la cintura y retiró hacia un lado la
braguita de su bikini, dejando a la vista de todos la deliciosa rajita de Alba,
decorada con el pubis por mi recortado en forma de corazón. "Mirad chicos, es
cierto, el cabronazo de Hugo se preparó un suculento platito para comer".
Comenzó a acariciar sus labios y a meter y sacar uno de sus
dedos en su rajita. Mientras tanto, Rony y Pedro se habían situado a cada lado,
apoderándose cada uno de los pezones de Alba en sus bocas, succionando con
energía de los mismos, mamándola con verdadera ansia.
Yo mientras tanto, me había retirado un poco, permaneciendo
como un espectador privilegiado de la escena, disfrutando realmente de lo que
veía, sin importarme para nada que estuvieran disfrutándola de ese modo. Veía a
Alba como un juguete – mi juguete- que le había prestado a mis amigos para jugar
un rato, como quién presta su flamante deportivo a un amigo para que lo pruebe,
compruebe toda su enorme potencia y prestaciones, y que éste sepa lo afortunado
que es uno por poseer tan magnífico coche. Me sentía extasiado, tanto por la
escena tremendamente excitante que contemplaba, como por restregarles mi
posesión.
Lucho comentó que ya comenzaba a estar jugosita. Daisy no
pudo aguantar más y exlamó: "anda, déjame probar", se levantó de su asiento, se
situó entre las piernas de Alba y comenzó a comerle como toda una experta el
coñito. Al mismo tiempo Lucho se puso de pié sobre el sofá, sacó su polla y se
la introdujo a Alba en su dulce boquita, entreabierta por los múltiples suspiros
que le arrancaba Daisy, que bebía de sus jugos con avidez.
Alba le mamaba la polla a Lucho con avidez, sacándola de vez
en cuando para pasar su lengua por sus testículos. Mientras tanto, Rony y Pedro
habían sacado también las suyas y se masturbaban con sus deliciosas colinas,
rozando las puntas contra sus oscuros y endurecidos pezones. Lucho, cuando se
percató de que estaba a punto de irse, apartó a Daisy de la rajita de Alba y se
situó entre sus piernas, penetrándola de forma brusca, sólo tuvo que empujar
unas cuatro o cinco veces para comenzar a vaciarse dentro de Alba. Pedro
mientras tanto, se dio prisa en ocupar el lugar de Lucho y comenzó a descargar
una tremenda corrida en la boca de Alba. Poco más tarde Rony también se corría
sobre sus tetas.
Daisy, cuando comprobó que esta vez no iba a ser ella la
alimentada por la leche de Lucho, se aproximó a mi, jaló mi bañador hacia abajo
y comenzó a saborear mi polla a punto de reventar. Mientras tanto yo contemplaba
extasiado a mi joya, el objeto de todas mis fantasías, empapada en sudor y el
semen de mis amigos, con el gesto algo desencajado, pero entregada al placer,
evidentemente satisfecha de haber gozado el mejor orgasmo de su vida.
Lucho la volteó, le arrancó la braguita del bikini, separó
sus nalgas y comenzó a introducir el dedo en el agujerito de su ano, para
comenzar a dilatarlo. En ese mometo reaccioné, y lo aparté bruscamente: "¡párate
compadre! Ese agujero aún no lo disfruté yo" "está bien, el privilegio es tuyo,
me conformaré con el de Daisy".
Me situé a su espalda y comencé a introducir lentamente mi
mástil en su culito, empujando y disfrutando cada centímetro, mientras ella
intercalaba gemidos de dolor y de placer. Al mismo tiempo Rony, que volvía a
estar empalmado, le situó su miembro en los labios y comenzó a follarla por la
boca, tirando de su cabeza mientras exclamaba: "Chupa zorra, chupa". Daisy se
acercó y comenzó a chupar sus pezones mientras era penetrada por Lucho.
E de reconocer que antes de conseguir penetrarla del todo no
pude aguantar más y vacié en su culo la mayor corrida de mi vida, me senté a un
lado en el sofá mientras contemplaba como Alba saboreaba sin dejar escapar ni
una gota la nueva corrida de Rony.
Nos limpiamos un poco, nos vestimos y mis compatriotas me
despidieron suplicándome que regresara pronto y trajera mi juguete. En el
trayecto de vuelta a casa, Alba se durmió rápidamente, evidentemente agotada,
pero con un gesto notoriamente satisfecho en su rostro. Mientras tanto yo
rememoraba en mi mente las calientes escenas de este fantástico día, plenamente
feliz por el dominio que había conseguido sobre la mujer de mis sueños, y
fantaseando sobre nuevas perversiones que podría disfrutar con ella.