EN LA GRANJA
La siguiente aventura marcó un giro total sobre lo que había
acontecido hasta la fecha. Resulta que el nuevo "aventurero" nos llevó a mi
marido y a mí al campo, a la granja de unos conocidos que nos habían invitado a
pasar un fin de semana con ellos cuando Apolinario les contó nuestras aventuras.
A uno de esos amigos de Apolinario le surgió la idea que iban a poner en
práctica y con ese fin nos invitaron.
Al llegar al lugar, el compañero de Roberto tocó la bocina y
salieron a recibirnos de la casa unas siete personas que al parecer nos
esperaban al ver la premura con la que se abalanzaron sobre nosotros. Eran muy
simpáticos y pronto comenzamos a beber. Después de entrar en confianza, ya que
seguramente no terminaban de creerse todo lo que Apolinario les había contado,
este último se levantó del asiento de la estancia donde nos encontrábamos y dijo
que ya era hora de empezar con lo que nos había traído al lugar.
Acto seguido, me pidió que me pusiese en pie y recrease a los
presentes con un "strip-tease" de esos que me salían tan bien. Alguien puso
música y colocándome en medio de ellos que seguían sentados, empecé por
desabrocharme el cinturón del pantalón que llevaba puesto, para luego bajármelo
lentamente. En la habitación se podía oír el vuelo de una mosca del silencio que
reinaba, roto solo por la melodía del toca-discos. Luego me desabroché la blusa,
reteniéndome bastante en cada botones de la misma. La impaciencia se podía ver
reflejada en los rostros de los hombres. A continuación me desabroché el
sujetador, bajándomelo lentamente, para luego hacerlo girar sobre mi cabeza y
tirárselo al más próximo a mí. Mis tetas quedaron al aire, siendo devorada con
la mirada. Le llegó el turno al bastión de mis tesoros más íntimo. Me giraba
mientras descendía las bragas por mi culo, enseñándoselo a todos ellos por igual
hasta que me despojé de ellas, quedando ante todos tal como me parió mi madre.
El público estaba emocionado, pidiéndome Apolinario que me
masturbases "como sólo tú sabes hacer, Mónica" dijo. Me despatarre en un sillón
y empecé a acariciarme los labios, mientras ellos no perdían detalle. Con sus
fieros aparatos fuera a su vez, se pajeaban a mi salud. Apolinario mientras
tanto me explico que ese fin de semana estaría siempre desnuda, a disposición de
todos ellos, que me tomarían como quisiese y donde quisiese. Luego me dijo algo
que me tuvo extrañada. Según me contó, el domingo último día, lo dedicarían a
otros "menesteres" que no me adelantaba para darme una sorpresa. Roberto tenía
cara de frustrado por no saber de que iba la cosa, pero al igual que yo se
aguanto las ganas.
Ese sábado no me dieron respiro. Cada vez que me cruzaba en
la casa o fuera de ella con alguno o algunos de ellos, me penetraban a dos,
tres, cuatro y más, de todas las formas inimaginables. A cuatro patas sobre la
moqueta, apoyaba sobre la mesa, con las manos descansando sobre el aparador
mientras que me follaban por detrás... Durante la noche se fueron turnando para
"dormir" conmigo pues estaba muy mal visto que me quedase sola.
Al amanecer del día siguiente, estaba echa "un trapo". No
tuve la ocasión de dormir si no un par de horas, cuando se presentaron en mi
habitación trayéndome un copioso desayuno. Se quedaron viendo como me lo
tragaba, para luego ayudarme a levantarme e ir a la ducha. Allí se sortearon los
que me enjabonarían, como los que me secarían. Una vez terminado el ritual
mañanero, sin más dilaciones me llevaron a la cuadra.
En ella se encontraban un burro y un caballo, de porte
distinguido. Me obligaron a arrodillarme entre las patas del burro a quien
sujetaban, y me pidieron que le chupase la verga al animal. Me puse a la obra.
Casi no me cabía en la boca a medida que se empalmaba el animal. Chupando,
lamiendo y acariciándole, vi como se estremecían las ancas traseras del animal,
signo inequívoco de que se iba a correr. Ellos tampoco perdieron el detalle y me
ordenaron rápidamente que me introdujese la verga del animal en la boca hasta
que se vaciase en ella, para luego tragarme todo su semen. La emisión del
líquido por el burro, me llenó la boca, atragantándome, resbalándome el semen
por las comisuras de los labios. Me lo tragué todo entre los aplausos de los
presentes.
Luego me solicitaron que hiciese lo mismo con el caballo.
Puse mano a la obra, con el sabor del burro todavía en la boca . Cuando el
caballo estuvo empalmado, cuatro de ellos me agarraron por las piernas,
empalándome en la verga del equino. Creía que me había partido en dos, el dolor
fue grande, pero a medida que, agarrada a la polla del animal para que no me la
metiese más de lo accesible en mi coño, fueron dándome movimiento de adelante
para atrás, acompasados, el placer me invadió. Cuando el animal se corrió en mi
coño, me retiraron, empezando a mearse el animal. Con la vega agarrada, me
regaron, para lavarme dijeron.
Terminada esta operación todavía me esperaba más. Me sacaron
de la cuadra, y me llevaron a un corral donde pacía un soberbio espécimen de
macho cabrío. Me rogaron que le chupase la verga mientras lo agarraban, para una
vez empalmado, dándome la vuelta y lubricando mi ya acostumbrado ano,
introducirme el cipote del animal. Este me embistió con ganas y se puso a
bombearme hasta que llenó de líquido mis entrañas. Me obligaron a que se la
limpiase para luego llevarme a un recinto donde me esperaba un cerdo. Se ve que
el día iba a ser completo. Subieron al animal a una especie de taburete alto,
colocándole las dos patas delantera en él. Luego, una vez inmovilizado el
animal, me colocaron a cuatro patas debajo de él, y excitándolo, me pidieron que
me introdujese su aparato. El taladro del puerco empezó a entrar en mi interior,
destrozándome con sus movimientos. Cuando se corrió, me felicitaron y ayudándome
a incorporarme, me dieron libre el resto del día, sintiéndose satisfechos con
las proezas que me habían visto realizar.