A todo el que lo lea:
Mi nombre poco importa. Tan solo soy uno más de los muchos
amigos a los que el bueno de Charles Champ d´Hiers nos ha hecho la enorme faena
de dejarnos sin su presencia. Y también, y ojalá nunca me hubiese concedido este
honor, el albacea de su última voluntad para con vosotros, sus lectores.
Efectivamente. Se me rompe el corazón al comunicaros que el
pasado martes 30 de marzo y, tras hacer frente con valor a una terrible
dolencia, nuestro Charles cerró para siempre sus ojos. Se nos ha ido en la flor
de la vida, pero al menos, aunque sea magro consuelo, deja un sinfín de buenos
recuerdos de su paso por este mundo.
Como amigo del pobre Charles diré simplemente que fue un buen
hombre, un amigo y un caballero. Como albacea, que sea él quien os trasmita sus
últimos pensamientos. En concreto, su último relato, desgraciadamente aún en
fase de composición y al que yo mismo he tenido que poner el título y dar un
cierto orden, y una carta manuscrita que me confió un par de días antes de
abandonarnos.
Tan solo permitirme, antes de que os deje a solas con él, que
deje constancia de mi más sincero agradecimiento al editor de esta página que
tan cariñosamente me ha atendido y que tan amablemente me ha prestado su ayuda
para poder publicar estos documentos.
Gracias.
El último relato de Charles Champ d´Hiers
La protagonista: una mujer joven, de treinta y cinco años.
Delgada, de pelo castaño claro y ojos verdes. Muy guapa, de esas que te hacen
girarte en la calle para verlas pasar, aunque completamente opuesta a las
conejitas de cierta revista. Su piel, tersa y blanca; sus labios, rojos y
jugosos. Su nariz, respingona y pequeña. Es alta, un metro setenta y cinco. Su
cuerpo esta bien torneado, tiene unos pechos no muy grandes, más bien pequeños,
y sus pezones son igualmente pequeños. Tiene el abdomen ligeramente pronunciado
y un ombligo diminuto y juguetón. Sus piernas son la parte de su cuerpo de la
que se siente más orgullosa, son largas, delgadas y muy suaves. Sus manos,
delicadas y expresivas, también son bonitas y están muy bien cuidadas. Su culo
es redondo y atractivo.
Es una mujer inteligente, se sabe bonita y le gusta lucirse.
Lleva vestidos de faldas con mucho vuelo que le permiten lucir sus piernas. Es
muy femenina. Vive con su novio desde hace años, le ama y le ha sido siempre
fiel. Trabaja como profesora en un instituto desde hace cuatro años, y aunque a
veces le cuesta soportar a sus adolescentes alumnos, le encanta su trabajo y
disfruta al máximo de cada día. Tiene vocación. Sabe que más de uno de sus
compañeros profesores y muchos de sus alumnos la miran con ojos de lobo
hambriento, pero ella es de las que saben marcar las distancias. Jamás ningún
chico se ha tratado de propasar, y aunque lo intentase, ella está segura de que
no se lo permitiría.
Pongamos que el relato podría empezar a la salida del
instituto. Ella se ha quedado hasta tarde, las ocho o las nueve, para preparar
las preguntas del examen del día siguiente. Podría haberlo preparado en casa
pero ha preferido quedarse, ya que en el instituto le es mucho más fácil
concentrarse. Aún así se le ha ido el santo al cielo y no se ha dado cuenta de
lo tarde que se le había hecho. Es invierno, el mes de febrero y cuando sale a
la calle ya es completamente de noche.
Podría vivir en una ciudad de tamaño medio del norte de
España, por ejemplo Irún. A esas horas y por esas fechas las calles están casi
desiertas aunque bien iluminadas, por lo que, desde luego, ella no tiene ningún
miedo, además, ha hecho ese camino muchas veces y nunca le ha pasado nada. Y por
otra parte, solo vive a escasos veinte minutos del instituto. Sale a la calle
confiada y comienza a andar.
Problema: si esta en febrero y es ya tarde hará frío, por lo
que no puede llevar un vestido de falda con mucho vuelo porque se helaría.
Bueno, diremos que la historia transcurre un día que hay "egoaize", viento sur.
Además, aunque no sea una "chicarrona", ella sí es del norte y está acostumbrada
a temperaturas más bajas de lo normal. De todas maneras, podemos empezar
hablando de la ola de viento sur y de cómo todos en el instituto habían pasado
el día un tanto alterados por el repentino cambio de temperatura, incluso de
cómo ella se había notado un poco extraña toda la jornada. Problema uno
resuelto, recordar esta nota al comenzar el relato.
A los pocos metros del instituto, junto al seto que separa la
calle del parque municipal (habrá que describir el seto, digamos que es de dos
metros y lo suficientemente tupido como para no ver con claridad lo que ocurre
al otro lado y con la puerta del parque municipal, abierta toda la noche,
situada a escasos diez metros), oye unas risas y unas voces que le son
familiares. Al menos dos o tres de ellas. Está casi segura de que se trata de la
voz de alguno de sus alumnos. Un primer impulso le hace dirigirse hacia la
verja. Esta oscuro, pero no tiene miedo. Al día siguiente hay examen y el deber
de sus pupilos es el de estar estudiando a esas horas.
¿Qué hago?. Se acerca al grupo y son efectivamente sus
alumnos o ponemos que son unos chicos desconocidos… A ambas posibilidades se les
puede sacar mucho juego. Digamos que sí, que son alumnos suyos. Al menos dos de
ellos, el resto, otros dos, solo la conocen por lo que sus amigos le han contado
de ella y de su belleza.
Sigamos. Antes de aparecer frente a ellos se detiene un
momento para asegurase de que realmente son las voces de sus alumnos. Sí,
efectivamente, son Aitor e Ignacio, dos de los alumnos más conflictivos del
instituto, aunque con ella se llevan muy bien. Hay confianza. Decide dar la
vuelta a la verja y regañarles por estar allí a esas horas.
Avanza sigilosa los diez metros que le separan de la puerta
del parque, entra y se dirige con paso firme hacia el grupo, formado por cuatro
chicos sentados en dos bancos, tres en uno y el cuarto, el que habla más alto y
parece llevar la voz cantante entre ellos, en el otro. Uno de ellos le silba al
reparar en ella. ¡Guapa!. Se sonríe: no la han reconocido, piensa, menudo susto
se va a llevar cuando se coloque frente a ellos.
Un olor particularmente conocido alerta sus sentidos a dos
pasos escasos del grupo. Están fumando marihuana. Vaya, eso complica las cosas,
ya no se trata de unos alumnos díscolos que están de fiesta en lugar de
estudiando, sino de unos alumnos tomando drogas, por muy blandas que sean estas
y por mucho que las hubiera consumido ella diez años atrás. Ya es tarde, sus dos
alumnos la han reconocido, uno de ellos tira al suelo el porro. No hay marcha
atrás.
Bueno, aquí toca ponerse serios. Ella sabe que llegados a ese
punto, diga lo diga será meter la pata. A gusto saldría corriendo en dirección
contraria y lo olvidaría todo, pero no es posible. Y no solo eso, es que en lo
más profundo de su ser tampoco quiere huir. Es de esos raros profesores que
además de maestros son y se sienten educadores (nota: este apunte en el relato
final debe aparecer así, tal cual, en genero neutro, que se jodan los idiotas
del "nosotros y nosotras, tontos y tontas"). A ella la marihuana no le había
hecho ningún mal, pero sí a amigos suyos, su deber moral era impedir que sus
alumnos cayesen en la droga y eso pensaba hacer. Tratemos de escribir el texto
como irá en el original o con muy pocas variaciones:
Con aire enfadado se colocó entre los dos bancos con los
brazos en jarras y taladrando con la mirada las asustadas caras de Aitor e
Ignacio.
Os parecerá bonito –Desde luego no era la mejor manera de
empezar, se sentía estúpida.
Me perece precioso.
La voz había venido de atrás, del chico del otro banco. Se
giró furiosa y se quedó contemplando al muchacho que había hablado. Sus ojos
tardaron unos instantes en enfocar la visión de aquel cuerpo mal iluminado, pero
cuando lo hicieron enviaron una indescriptible señal de alarma a su cerebro.
Tenía ante sí al adolescente más guapo que jamás había visto. Alto, moreno, con
la cara de un ángel y la mirada de un diablo. Parecía sacado de una de esas
revistas de chicas que leía allá por los ochenta.
Su culo, digo. Me parece precioso.
Aquella frase a bocajarro, aquel desparpajo insultante y
sobretodo, lo que más le molestaba, aquella manera de cosificarla, de
presentarla como un pedazo de carne le debían haber terminado de enfadar, sin
embargo no era así. Al menos no fue así durante unos largos segundos. Segundos
en los que no pudo evitar desnudar con su mirada a aquel insolente. Jamás le
había pasado algo así y era consciente de ello, tal vez todo fuera culpa del
viento sur, pero estaba claro que el resto se habían dado cuenta del efecto que
su amigo había provocado en ella. O al menos así lo creyó ella.
No le quedaba otra que girarse de nuevo y volver a sus
alumnos, y cuanto antes mejor. De nuevo las dos caras asustadas aparecieron
frente a ella, aunque ahora se las notaba mucho más relajadas, no digamos la del
tercero, la de aquel al que ella no daba clases. Estaba claro que la ocurrencia
de su amigote les había dado algo de moral.
Iba a abrir de nuevo la boca cuando justo delante de su cara
apareció una mano con un porro entre los dedos. Una voz tremendamente sedosa
comenzó a inundar su oído.
Ande, "seño", no me diga que nunca ha probado uno. ¿No
quiere?. ¿No se atreve?.
Aquella voz, aquella mano acercándose desde atrás suyo contra
su boca hasta situar el porro entre sus labios, aquel calor… de pronto se vio
dando una larga calada, llenando su boca con el cálido humo de aquel cigarro.
Una parte de su cerebro se quería revelar contra aquella locura. ¿Qué estaba
haciendo?. ¿Se había vuelto loca?.
"Buena chica". La voz del muchacho llegó de nuevo dulcemente
hacia su oído, aunque ahora a mucha menos distancia de su oreja. Acto seguido, y
para sorpresa de todos, el chico comenzó a lamer suavemente el cuello de la
mujer.
Jamás en la vida se había sentido tan perdida. La lengua de
aquel chico surcando su cuello le trasmitió una enorme sensación de placer,
haciéndola desistir de cualquier tipo de resistencia. Tan solo podía continuar
fumando, mientras los besos y los mordiscos del chico se volvían cada vez más
cálidos y atrevidos.
Sus otros tres amigos tardaron varios segundos en reaccionar.
A ninguno le parecía posible que su compañero estuviera besando el cuello de
aquella mujer, que, maestra o no, además estaba tremenda. Tan solo cuando vieron
como su camarada se cobraba cada vez más confianza dando la orden a su mano
libre de acariciar el pecho de su víctima empezaron a darse cuenta de lo que
estaba pasando.
Ellos, porque ella aún seguía en una nube. Ni siquiera las
primeras caricias del chico sobre su pecho, aún cubierto por el vestido y el
sujetador le hicieron volver a la realidad. Aquella lengua en su cuello le había
vuelto completamente loca de placer y excitación, hasta el punto de olvidarse de
quién era ella y qué hacía allí.
La nula resistencia de aquella hermosa mujer había
sorprendido al chico. Aún no se explicaba como se podía haber atrevido a lamerle
el cuello. Lo de ponerle el porro frente a la boca lo había hecho a sabiendas de
que a sus amigos les haría gracia, pero cuando le había visto acercando su boca
contra su mano no había podido contenerse. Tal vez hubiera sido el calor. Fuese
lo que fuese ahora ya nada podía pararle. Loco de excitación y tras haber
manoseado a sus anchas el pecho de la profesora hasta que los pezones se habían
puesto duros como rocas, marcándose nítidamente a través del vestido, bajó su
mano hasta la cintura y comenzó a izar la falda hasta dejar a la vista de sus
amigos un bonito tanga negro y un par de piernas impresionantemente bellas.
Estaba ya todo perdido y ella lo sabía, sin embargo ni
entonces, cuando notó como la mano de aquel muchacho comenzaba a acariciar sus
braguitas supo hacer frente a la situación y rebelarse. Estaba ya todo perdido.
Y perdida fue como recibió las primeras señales de placer provenientes de su
húmeda entrepierna. Jamás en su vida había estado tan excitada como lo estaba en
aquel momento, manoseada por un extraño casi veinte años más joven que ella, y
sucediendo todo ante los ojos de otros tres adolescentes.
Tal vez en aquel momento un simple movimiento brusco de la
mujer, una palabra, algo, le hubieran hecho desistir en su acoso y levantar el
cerco, tal vez. Sin embargo, en cuanto las yemas de sus dedos entraron en
contacto con la húmeda tela de aquellas braguitas ya todo estaba decidido. Sus
dedos esquivaron la prenda para penetrar directos hacia el clítoris de la
profesora, comenzando a masajearlo lo menos bruscamente que le era posible.
A ella aquellas caricias la hicieron flaquear las piernas.
Estaba ya todo perdido, pero al menos podía disfrutar al máximo. Se zafó de la
mano que le sostenía aún el porro, y con un ligero empujón obligó al chico a
sentarse en el bando vacío. A continuación, ella se sentó sobre él, abriendo
impúdica sus piernas ante los asombrados ojos de sus tres amigos a fin de
facilitar más aún los movimientos de las manos de aquel chico.
A todos los del otro banco les daba vueltas la cabeza. No
podían creer aún que aquello fuera real. Aitor, el más decidido de los tres fue
quien primero se hizo cargo de la situación. Aún con más miedo que otra cosa se
levantó, dio tres pasos, y situó la bragueta de su pantalón frente a la boca de
su maestra.
Tal vez no se hubiera atrevido, pero una mirada, un gesto, la
cara de zorra que se le había puesto a aquella mujer le hicieron decidirse. Casi
de un tirón se bajó los pantalones y los calzoncillos, y tras desenvainar un
falo más duro imposible, penetró la boca de su profesora con toda su furia.
Para ella aquello ya fue demasiado. Si había una línea que
separaba la locura transitoria de la ninfomanía más absoluta acababa de pasarla.
El tacto y el sabor de aquella polla, los masajes de aquellas manos en su
interior, la situación en sí le llevaron a un primer orgasmo que no pasó
desapercibido para ninguno de los otros. De hecho, los suspiros de placer de la
mujer aceleraron la intensidad de los envites de su alumno, que no tardó en
estrellar unos enormes chorros de esperma contra su garganta.
Tragó cuanto pudo, dejando caer el resto por las comisuras de
sus labios. Estaba rendida, pero aquello no había hecho sino comenzar. Frente a
ella otro de los chicos estaba ya con la polla dispuesta a ser engullida. Ella
tan solo se limitó a abrir la boca y lanzar una mirada de consentimiento. Al
instante otro par de manos se fueron a erizar contra su melena mientras otra
dura verga penetraba a través de sus doloridos labios.
Mientras el otro chico seguía con sus masajes y su amigo le
penetraba la boca, los otros dos chicos no querían quedarse al margen de aquella
fiesta, así que tanto el que ya se había corrido una vez como el otro comenzaron
a destrozarle el vestido a tirones dejándola completamente desnuda.
Ni siquiera la humillación de verse desnuda de una manera tan
salvaje le sirvió para recuperar la cordura. Más bien todo lo contrario. En
cuanto notó la cálida brisa de la noche acariciando su piel, las lenguas de
todos aquellos chicos comenzaron a humedecer cada poro de su cuerpo. Un nuevo
orgasmo recibió a aquellas lenguas.
No tardó mucho tampoco el segundo chico en correrse en su
boca. Esta vez ya ni se molesto en tragar. Tan solo dejó que el esperma siguiera
su cauce a través de su lengua. Al momento, uno más estaba ya en posición para
ser engullido. De nuevo otra dura polla penetró su boca.
Las lenguas seguían campando por todo su cuerpo, lamiendo,
besando. Excitada notaba como le acariciaban los muslos, como le mordían los
pezones hasta hacerle sentir contra ellos hasta sus respiraciones, como le
lamían sus piernas. Otro orgasmo llegó desde las profundidades de su ser. Esta
vez, sin embargo, no vino acompañado de otra verga corriéndose en su boca.
En su lugar, el chico que le estaba penetrando decidió
cambiar de tercio, así que, agarrándola de los sobacos, la sentó abierta de
piernas sobre el respaldo del banco, mientras su amigo, el que había permanecido
abajo, se retiraba divertido. Desnuda, abierta en canal, no tardó en comprender
que le esperaba ahora. La primera polla penetró a través de su coño con toda
facilidad. Ya no podía estar más lubricada.
Sus gemidos ahora se hicieron más agudos y continuos mientras
los otros tres chicos jaleaban a su amigo con toda clase de gritos ofensivos que
solo servían para ponerle a ella más cachonda. Duro con esa zorra. Métesela
toda. Dale lo que es bueno.
Tampoco estuvieron mucho tiempo animando a su colega,
enseguida se corrió éste y enseguida llegó otro para cubrir su lugar mientras
los otros le seguían secando a ella el sudor a besos.
Casi perdió el sentido de puro placer. Desde luego sí perdió
la cuenta de los orgasmos que estaba teniendo. Sin embargo, y para sorpresa
suya, aún pudo experimentar un último y salvaje ramalazo de placer cuando vio
frente a sus piernas abiertas la figura del precioso chico que había empezado
todo.
Felina, lanzó sus manos contra su culo desnudo y atrajo
contra sí su cuerpo caliente. La polla entró una vez más con toda facilidad.
Esta vez fue ella quien movió al otro como si fuera un juguete, jadeando contra
su pecho, empujándolo cada vez con más fuerza contra dentro de ella misma.
Un último orgasmo les llegó a la vez a los dos. Para entonces
los otros chicos estaban ya rendidos a los pies del banco, con los pantalones en
sus rodillas, agotados, incapaces de vestirse. Un torrente de jadeos y suspiros
jalonó esta última corrida. Después el chico dejó caer su cabeza contra el
hombro de la mujer quedando los dos abrazados en calma total.
Bueno, pues ya está. El final podría ser que ellos le
acompañan a ella a casa, aunque me he metido en un buen problema al dejarla con
el vestido hecho jirones. Me ha quedado largo… ¿estaré volviendo a los relatos
de más de tres hojas?. Espero que no.
Carta a todos mis lectores
Querido amigo lector:
Si esta carta llega a tus ojos me temo que mi estado de salud
ya no podrá ser peor pues habré muerto. De hecho, en el momento en el que te
escribo estas líneas, la enfermedad ya campa a sus anchas por mi débil cuerpo y
soy muy consciente de lo poco que me queda de vida. Es por esto precisamente por
lo que quiero despedirme de ti, agradecerte tu amistad y contarte algún pequeño
secreto que tal vez te parezca interesante.
En primer lugar, te aseguro que ni uno, ni el más pequeño de
mis relatos, esta basado en experiencias personales que me hayan ocurrido jamás.
Ni a mí ni a mis amigos. Ninguno. Todos, absolutamente todos han sido producto
de mi imaginación, redacciones de algunos de mis sueños eróticos o simples
impulsos incontrolables, pero, eso seguro, jamás hechos reales.
Bueno, tampoco creo que te haya sorprendido mucho, verdad.
¿Acaso llegaste a creer alguna vez que el caso de la pobre chica que fue violada
en su propia bañera por una especie de babosa era real?. De acuerdo que en
Donostia-San Sebastían (dónde ocurría el relato) el sexo es algo muy, pero que
muy raro, ¡pero no tanto, caramba!.
A cada cual le mueven unos motivos cuando se decide a
escribir un relato. Unos lo hacen por hedonismo, otros por vouyerismo, otros
porque sí… yo lo he hecho porque me gusta escribir. Simplemente por eso. Y
precisamente por eso mismo es por lo que nunca seguí un modelo concreto a la
hora de escribir. Unas veces escribí relatos largos, otros fueron auténticamente
minimalistas, unos tuvieron párrafos dialogados, otros eran casi guiones, unos
detallistas, otros no, e incluso alguno no fueron muy eróticos que digamos.
Creo que debo pedirte disculpas si en más de una ocasión
entraste a leer un relato mío pensando que sería como el anterior y lo único que
logré fue decepcionarte. Lo siento, pero si no hubiera experimentado no habría
escrito más de dos o tres relatos. Y eso que si te debo ser sincero, casi
ninguna de mis historias me ha gustado. Tan solo una o dos he sido capaz de
leérmelas enteras una vez publicadas, y casualmente, han sido aquellas que han
gozado de tu favor en menor medida. Sin embargo, aún ahora, prefiero haberme
equivocado cien veces que haberme anclado en un solo estilo, en un solo tipo de
relatos. Ante todo, frescura.
Y es curioso, porque no me gustaría despedirme sin comentarte
como empecé en esto de los relatos, pues tal vez te interese, pero es que no me
acuerdo. Recuerdo, eso sí, que el primer relato que me gustó, el primero que me
gustó de veras, fue "Atrapada en el concierto" de Lydia. Después he leído
algunos más bastante buenos. Algunos, por ejemplo, de una mujercita que un día
me escribió para felicitarme, cuando resulta que ella era infinitamente mejor
escritora que yo, llamada Aliena del Valle. Algunos de un escritor al que hace
tiempo que no le he visto publicar nada llamado Peli. Y algunos de unos cuantos
más, como Luisa, Notenemosnick, Núria…, y no sé cuantos más.
También he hecho bastantes amigos y conocidos en este
mundillo. Por ejemplo, todos los que me habéis escrito, y a los que (menos a
uno, él sabe por qué) os he respondido. O por ejemplo todos los que me habéis
criticado, espoleado, confesado o preguntado por medio de mensajes junto a mis
relatos. O por ejemplo, y muy especialmente, un capitán catalán de los Tercios
de Flandes, el muy noble Alatriste, que siempre estuvo allí para darme su
opinión. O por ejemplo, claro está, mis chicas favoritas, a las cuales
abandonaré con el honor de haber sido su correo divino.
En fin, y creo que ya solo me quedas tú, querido lector
anónimo. Tú que por dentro me has acompañado, leído, aborrecido, aplaudido,
criticado o animado, pero nunca me lo has hecho saber. Por ti, por excitarte
(sobretodo si eras una mujer) es por lo que escribía y por ti es por lo que más
me molesta dejar este mundo, pero creo que en esto no soy yo quien tiene la
última palabra.
Así pues, me parece que ya solo me queda decirte una cosa:
Adios y un beso
P.D.: Al cielo no creo que suba, pero como dudo que tampoco a
ti te lo permitan, nos veremos allí donde vamos a parar todos los que del sexo
hemos hecho nuestra bandera, sin más patria que el placer ni más credo que la
perversión.
Charles Champ d´Hiers
En el momento de la redacción de esta carta aún no difunto
marqués de Montreal du Loire.