No, este no es un relato erótico. No.
Y no lo es porque ni tengo ganas, ni tengo fuerzas, ni tengo
nada para escribir uno. No puedo, aún me es imposible. Hoy me es imposible.
Lo único que puedo escribir es esto. Jamás me ha sido más
difícil comenzar un escrito, pero tampoco jamás he tenido tantas ganas de
escribir algo. Algo. Lo que fuese. Algo que me ponga en paz conmigo mismo, con
vosotros y con todo el mundo.
En aquellos trenes iban tantas buenas personas, tantos
estudiantes, tantos trabajadores, tantas mujeres, tantos hombres, tantos niños.
No creo que jamás pueda olvidar todos y cada uno de los minutos que se
sucedieron desde que oí la noticia. La incredulidad, la rabia, la ira, la
desesperación, la pena. Aquella enorme pena que aún tengo mientras tecleo con
los ojos llorosos. Y la admiración por todos aquellos ciudadanos que se volcaron
en ayudar a las víctimas. La cara de angustia de aquel jardinero municipal, la
ternura de aquella enfermera del Samur, aquellos policías municipales o aquellos
vecinos anónimos.
Madrid siempre ha sido una ciudad de hijos pródigos. A
diferencia de un aragonés con una jota, jamás un madrileño se emociona oyendo un
chotis. Yo mismo, que soy de abuela zaragozana siento mucho más una jota que un
chotis. Tampoco sentimos nada comparable a lo que pueda sentir un vasco o un
cántabro o un gaditano cuando ven el mar. Ni lo que pueda sentir un gallego o un
asturiano cuando oyen una gaita. Si somos algo es del Real Madrid, del "Atleti"
o del "Estu". Y eso si hemos de ser algo.
Y sin embargo, cualquiera puede ser madrileño. A nadie le
importa si tu abuela era de Extremadura o tu padre de Senegal. A nadie le
preocupa si tú has nacido en Quito, en Lima o en Varsovia. Para ser madrileño
basta con vivir en Madrid. Tal vez este sea el único tesoro cultural de los
madrileños: el ser mestizos a ultranza.
Quizás por eso los asesinos eligieron Madrid. Tal vez porque
sabían que atentando allí atentaban contra todos. Asesinaron españoles.
Asesinaron peruanos. Asesinaron filipinos. Y polacos. Y marroquíes. Y franceses.
Y rumanos. Y búlgaros. Y cubanos. Hasta a un pobre hombre de Guinea Bissau.
Santo Cielo, no tengo ni idea de cual puede ser el gentilicio de Guinea Bissau,
aunque tampoco creo que importe mucho, porque aquel hombre era madrileño. Ese
era su gentilicio. Ese era el gentilicio de toda aquella buena gente.
Quizás por eso, por su odio asesino eligieron Madrid. Y
parece que no se equivocaron. Destrozaron la vida de una niña de siete meses. De
un estudiante de veintitrés. De un chico filipino que cantaba en el coro de su
iglesia. De una madre embarazada. Y de tantos, tantos otros, que es un horror
volver a recordarlo.
Pero aquella pesadilla no fue tan solo muerte y destrucción.
Aquella pesadilla fue también solidaridad. Primero en los aledaños del atentado,
en los hospitales, en las furgonetas de los que se ofrecieron para llevar a los
heridos, en los taxis que no quisieron cobrar a los familiares. Y en los hoteles
que les alojaron gratis.
Después en las calles de toda España, con más de once
millones de corazones rotos. Y en el D.F, en Bruselas, en Berlín, en Roma, en
París, en Santiago de Chile. Y también en esas otras urbes rotas por el dolor
que fueron Buenos Aires y Nueva York. O Moscú. ¿En qué nos parecemos un español
y un ruso, cuando nos separan miles de kilómetros?. Sorprende descubrir que en
infinidad de cosas. El dolor por los atentados, una más.
Esta claro que sobran siete ratas para organizar una masacre,
pero conforta ver que, contra ellos, somos millones los que sentimos asco. Y
dolor. Y rabia. Y serán siete o setecientos, pero aunque fueran siete mil
millones, solo deben tener clara una cosa: que les venceremos.
Y puede que el mes que viene yo vuelva a escribir relatos. Y
si no será el siguiente. Y puede que el mes que viene tú vuelvas a leerlos, o a
criticarlos, o a ignorarlos. Y si no el siguiente. Y puede que ahora nuestro
deber sea, por muy difícil que resulte, volver a recuperar la normalidad. Pero
ahora no tengo ganas, ni fuerzas, ni nada.
Ahora solo tengo fuerzas para decir una cosa. Que venceremos.
Venceremos seguro. Y no ya los madrileños, o los españoles, no. Venceremos los
seres humanos. Venceremos las personas de bien. Y venceremos porque somos más,
porque mejores y porque somos más guapos.
En memoria de todos aquellos que murieron asesinados el día
11 de Marzo de 2004.
VIVA LA LIBERTAD