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Fecha: 15-Mar-04 « Anterior | Siguiente » en Gays

Y mi hermano me desvirgó

Izakyel
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Tiempo estimado de lectura: [ 12 min. ]
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¿Cómo le dices que no a tu hermano adolescente cuando te suplica que lo desvirgues después de haberte dado una mamada espectacular? Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Y mi hermano me desvirgó

Aquella tarde pintaba bien. El profesor de Educación Física había faltado sin previo aviso por un problema familiar, y al no haber reemplazante nos dejaron salir antes.

Mientras caminaba hacia mi casa hice un repaso mental de las actividades de mi familia a esa hora: mi viejo aún estaba en la oficina; mi mamá seguramente no había regresado de la casa de mi abuela; y mi hermano Fernando debía haber ido a la casa de su amigo Alejo para preparar una materia de la Facultad.

Sí, todo indicaba que iba a estar solo, y ya me imaginaba cómodamente instalado en el sillón grande de la sala con el televisor para mí. Pero al llegar a casa me sorprendió encontrar la puerta sin cerrojo y las persianas levantadas. Entré en la sala, y entonces vi en uno de los sillones una mochila que de inmediato reconocí como la de Alejo.

"Pero . . . entonces debe estar aquí!" pensé. El corazón me golpeó más fuerte en el pecho. Alejo ¡Cómo me gustaba el tipo! Tenía la edad de mi hermano, diecinueve años, pero su cuerpo fibroso y su cara angulosa lo hacían parecer más grande. Yo me quedaba subyugado cada vez que venía a casa, aunque me cuidaba muy bien de dar alguna señal – ni a él ni a mi familia – sobre mi atracción por los hombres. La verdad es que con quince años mi experiencia sexual era bastante escasa: cierto es que ya había paladeado varias vergas y me había manoseado y besuqueado con algunos chicos, pero técnicamente seguía siendo virgen. Oportunidades no me habían faltado, porque mi culo redondo y parado llamaba mucho la atención y varios tipos casados del club me habían tirado los tejos muy disimuladamente. Pero aunque me moría de ganas por sentir una tranca taladrándome, por una u otra cosa no me animaba a darme el gusto.

Al ver la mochila, por lógica supuse que mi hermano también estaba en casa. Mmm . . . esa era otra cuestión. Fernando también era un flor de tipo. Medía como un metro ochenta y pico, y como jugaba al handball (al igual que Alejo) tenía muy buen lomo. Además era guapo, y tenía ese no sé que atraía todas las miradas. Yo, desde que tenía trece años fantaseaba con mi hermano, pero la idea de follar con él me parecía inmoral y por eso trataba de borrar cualquier pensamiento al respecto. Claro que a veces se me hacía muy difícil porque compartíamos el dormitorio desde chicos, y la vista de ese cuerpo trabajado durmiendo al lado mío me ponía al palo constantemente.

Dejé mis cosas sobre la mesa, y sintiéndome algo excitado por la presencia de los muchachos en casa, hice una recorrida para buscarlos. Por cierto, me había extrañado no encontrarlos en el comedor, y para aumentar mi desconcierto tampoco estaban en la cocina o en el jardín. Sólo me faltaba buscar en el dormitorio, y hacia allí me encaminé. Pero cuando llegué, me encontré con la puerta cerrada.

"¿Y esto? ¿Solos en la casa y con la puerta cerrada?". Me acerqué, y al hacerlo me pareció sentir ruidos sordos, algo así como gemidos y murmullos sofocados. En mi inocencia creí comprender la situación, y pensé que los guarros estarían viendo una película porno en la computadora. Iba a golpear la puerta para sobresaltarlos, pero entonces un pensamiento me cruzó la cabeza:

"¡Tal vez se la estén meneando!".

La idea de ver a Alejo y a mi hermano con sus vergas duras en las manos me excitó terriblemente, y en puntas de pie me alejé de ahí. Salí de la casa, y caminando sigilosamente por el jardín me acerqué hasta la ventana de nuestro dormitorio. Para mi fortuna la persiana no estaba del todo baja, y la luz de la tarde me permitía ver sin ser visto.

Me acomodé muy despacio, sin hacer el menor ruido. En mi mente ya estaba todo resuelto: si se estaban pajeando, lo disfrutaría sin que lo supieran; y si no estaban haciendo nada volvería sobre mis pasos, golpearía la puerta de la habitación y les pediría que me dejasen ver la película con ellos.

Pero nunca me imaginé que iba a ver lo que vi.

Mi hermano estaba de pie, con el torso desnudo y la verga totalmente dura fuera del pantalón. Agachado frente a su entrepierna y aferrado a su cadera estaba Alejo, mamándole la tranca con absoluto deleite. Fernando tenía los ojos cerrados, y mientras gemía suavemente le acariciaba la cabeza a su amigo, que también dejaba escapar sordos quejidos de gozo.

Mis ojos no daban crédito a lo que veían. Tragué duro, y mientras mi respiración se agitaba mi verga se alzó bruscamente debajo de mis pantalones.

Sin saber que tenía público, Alejo siguió con su tarea un par de minutos más. Después se puso de pie, y le dijo a mi hermano algo que no llegué a escuchar. Fernando miró el reloj e hizo una mueca, pero Alejo puso cara de súplica. Mi hermano sonrió y movió la cabeza como diciendo que sí, y entonces Alejo se dio vuelta, se bajó los pantalones y el slip, y dejó al aire su hermoso par de nalgas. Luego se apoyó junto a la cama de mi hermano, y reclinándose puso el culo en pompa y se lo ofreció.

Fernando caminó lentamente hacia donde estaba su amigo, y con cada paso que daba la verga agarrotada saltaba ostensiblemente, corcoveando como un potro salvaje. Yo ya me había deleitado con la vista de la tranca de mi hermano en las duchas del vestuario del club, pero en estado de reposo. Y si bien la había visto dura algunas noches, cuando él soñaba vaya a saber con qué, siempre estaba tapada y contenida por la tela del boxer. De manera que esta era la primera vez que la veía en su plenitud, dura y enorme, surcada de venas y goteando una mezcla de saliva y líquido preseminal.

Cuando mi hermano llegó junto a su amigo le acomodó la cabeza de la polla entre las nalgas, y de un solo empujón se la incrustó en el culo. Alejo se quejó, pero enseguida se recompuso y apoyándose en la cama endureció los músculos de sus fuertes piernas para soportar los embates de Fernando.

El espectáculo me había puesto la verga tan dura que me dolía, y tuve que liberarla de la prisión de mis pantalones, sintiendo como latía, amenazando con escupir leche de un momento a otro.

Mientras tanto, Fernando y Alejo seguían en lo suyo. Mi hermano sostenía a su amigo por las caderas, y en cada arremetida le enterraba la verga hasta la raíz. Alejo tenía los ojos semicerrados, y en su cara tal viril se dibujaba una expresión de placer indescriptible que me hizo sentir envidia. El que lo estaba follando era mi hermano: ¿Por qué yo nunca lo había podido disfrutar de esa manera?. Entonces todos mis pruritos desaparecieron. Me imaginé en el lugar de Alejo, sacudido por los golpes de pelvis de Fernando, sostenido por sus fuertes manos mientras me taladraba con su enorme y durísima verga . . .

Fue demasiado, y sin necesidad de tocarme mi polla empezó a lanzar potentes chorros de lefa uno tras otro.

Casi al mismo tiempo Alejo comenzó a quejarse roncamente, y segundos después su verga – que no era nada despreciable – también empezó a escupir trallazos de leche . . . sobre la remera de Fernando que estaba en la cama.

"Guarro!! Acabaste en mi remera!!" exclamó mi hermano.

"¡¡Perdón!!" dijo Alejo con la voz entrecortada por los espasmos que aún lo sacudían. Entonces Fernando sacó la verga del culo que la cobijaba, y después de meneársela un par de veces comenzó a correrse sobre la espalda de Alejo regando abundantemente con su gelatinosa guasca la remera de su amigo.

"No, guacho, no!!".

"Ahora estamos a mano!!".

Rieron, y después de darse un beso de lengua terrible Alejo se sacó la ropa bendecida por la lefa de mi hermano. Fernando hizo un bollo con las dos prendas, lo arrojó al fondo de su lado del placard, y de un cajón sacó dos remeras limpias: una para él y una para Alejo. Después le quitó el cerrojo a la puerta, y ambos fueron al baño para lavarse.

Aunque no había tomado parte activa en la fiesta, me sentía agotado. Mientras miraba escurrir mi abundante acabada por la pared comprendí que de seguro ahora se irían, y rápidamente me metí en la casa, oculté las cosas que había dejado sobre la mesa y me escondí en el lavadero. Minutos después sentí unos pasos, las voces de los dos alejándose, y finalmente el ruido de la puerta de calle. Cuando estuve seguro de que no regresarían salí de mi escondite y fui derechito a nuestro dormitorio. Abrí el lado del placard de Fernando, y sin revolver mucho encontré lo que buscaba: las remeras sucias.

La leche aún estaba fresca, blanda. Por unos instantes me sentí un degenerado, un asqueroso por lo que iba a hacer. Pero mi calentura pudo más que todo, y tomando la remera de mi hermano me llevé a la boca esa gelatina blancuzca que había escupido la verga de Alejo. Una y otra vez, mi lengua pasó por esa parte de la tela, recogiendo los restos pegajosos de semen. Después hice lo mismo con la remera de Alejo. Pero esta vez, sabiendo que la guasca que estaba lamiendo era la de Fernando, mi tranca (que ya se había puesto dura) empezó a escupir nuevamente, empapando mi slip con mecos tibios. Fue una sensación gloriosa: acabar mientras, de alguna manera, saboreaba a mi hermano.

Cuando me calmé puse las remeras en el lugar que las había dejado Fernando, y me cambié la ropa interior babeada con mi propia leche.

Casi una hora más tarde regresó mi madre, y a la hora habitual, mi padre. Fernando volvió a casa bastante tarde, justo para la hora de la cena. Obviamente ni se imaginaba que yo había presenciado su fiestita, y se comportaba como si nada hubiese pasado. Por supuesto yo hacía otro tanto, pero mientras cenábamos no podía evitar mirarlo sin que se me endureciese la polla.

Cuando llegó la hora de acostarnos, yo me demoré con cualquier excusa. En realidad quería entrar al dormitorio una vez que Fernando estuviese dormido, porque estaba seguro que al verlo en boxer – él siempre dormía sólo con eso - me iba a poner al palo. Y así fue. Bastó poner un pie en la habitación y verlo boca arriba, con ese paquete abultando en la entrepierna, para sentir como mi verga se hinchaba y latía furiosamente.

Sin prender la luz del velador me zambullí en la cama, y aunque hacía calor me tapé con la sábana para ocultar mi descomunal erección. Traté de dormirme, pero en mi cabeza daban vueltas las escenas de la orgía de la tarde, y por sobre todo la imagen de la verga de mi hermano escupiendo torrentes de leche.

No pude más, y sin pensar en nada salté de mi cama y me acerqué a la de Fernando.

Mi hermano dormía profundamente, pero motivado por vaya a saber que recuerdo su miembro se alzaba tentador dentro del boxer blanco formando una carpa enorme.

Mi corazón latía acelerado por lo que iba a hacer, pero estaba decidido. Y así, con mucho cuidado tomé el elástico de la ropa interior de Fernando, y con toda suavidad bajé la prenda hasta dejarle al descubierto el rabo. ¡Dios! ¡Qué espectáculo! Se veía enorme, vibrante, con las venas hinchadas que lo hacían cabecear, la cabeza brillante por las gotas blanquecinas que escurrían del ojete . . .

Los sentidos se me nublaron, y con la mente en blanco acerqué mi boca a esa golosina apetitosa . . . y la engullí. Mis labios apresaron suavemente el tronco duro, y mi lengua comenzó a saborear la carne palpitante dejando surcos de baba en cada subida y bajada. Era la verga más grande que hubiese tenido en la boca, y cada vez que mis labios rozaban la raíz, la cabeza me cosquilleaba en la garganta.

Y entonces, lo previsible: mi hermano se despertó.

De repente sentí su mano tomándome de los cabellos, y sin prender la luz Fernando se sentó en la cama absolutamente sorprendido.

"¡¡¡¿Qué haces pendejo?!!!".

Mi respuesta fue breve, pero efectiva.

"Lo mismo que Alejo".

Hubo unos instantes de silencio que me parecieron eternos. Después, los ojos de mi hermano brillaron en la penumbra, y mientras sus músculos se relajaban me acarició la mejilla con los dedos mientras me decía:

"Entonces sube a la cama, que vas a estar más cómodo".

Las palabras sonaron como música en mis oídos. Arrodillado entre las piernas de Fernando, reanudé casi con desesperación mi acuoso masaje sobre la verga agarrotada. Mi hermano me acariciaba la cabeza, diciéndome cosas que me ponían cada vez más caliente, como "¡¡Sí, chúpala así!!" o "¡¡Cómetela toda, chiquito!!".

Los dos estábamos gozando como locos, pero yo quería más. Y por eso en un momento dejé de mamar y exclamé:

"Por favor, fóllame!!".

"No, yo no . . . "

"Por favor, te lo ruego!!".

"Pero . . . alguna vez te han dado por el culo?".

"No. Pero quiero que seas el primero. ¡Por favor!".

En el rostro de mi hermano bailoteó una sonrisa lujuriosa, y asintiendo con la cabeza se bajó de la cama y me acomodó boca arriba con las piernas abiertas y flexionadas. Lentamente me sacó el slip, dejando mi culo al aire. De su mesa de luz sacó un pomo con lubricante, y después de colocarse una buena cantidad en los dedos empezó a introducirlos uno a uno en mi virgen hoyito, dilatándolo, preparando el camino para lo que vendría a continuación. Fueron unos cuantos minutos de suaves masajes, en los que las falanges de mi hermano abrieron lenta pero firmemente mi apretado agujero.

"¿Listo?".

Asentí, ansioso por sentir a mi hermano ensartándome. Entonces Fernando acomodó su polla en la entrada de mi culo, y muy suavemente empezó a empujar.

No sé si fue el masaje previo con los dedos, la dilatación provocada por la excitación que yo tenía, o el deseo que me consumía por devorar esa verga dura y jugosa. La cuestión es que bastó un suave empujón, una arremetida con la pelvis . . . y mi hermano me desvirgó.

"Sí, Fer, sí!! Hasta el fondo, hasta el fondo!!".

Claro que mi hermano no necesitaba que lo alentase. Sus fuertes manos me tomaron de las caderas, y sujetándome firmemente comenzó a meter y sacar su fierro de mi culo. Yo me mordía los labios para sofocar los gritos de placer, y mientras mi cuerpo se sacudía sobre la cama sentía como mi hermano resoplaba con cada arremetida. A mi mente vinieron las imágenes de la tarde, y comprendí al instante la cara de felicidad y gozo de Alejo.

"Uh! Hermano! Qué apretado tienes el culo!! ¿Me sientes dentro tuyo?!".

"¿Que si te siento? ¡¡Claro que te siento Fer!!· Me estás enloqueciendo!!".

Pronto los dos estuvimos gimiendo como posesos, tratando de no hacer mucho ruido para no despertar a nuestros viejos.

"No puedo contenerme más!! Voy a acabar!!" susurró de pronto entre jadeos mi hermano.

"Sí, Fer, sí!! Dame todo, por favor!!·".

Fernando dejó de bombear, y mientras su cuerpo se sacudía con espasmos comenzó a largar ardientes trallazos en mis entrañas. Mi esfínter recién estrenado sentía cada latido de la gruesa tranca de mi hermano, y la indescriptible sensación me provocó la acabada más abundante de mi vida hasta ese momento.

Cuando nos calmamos, mi hermano sacó suavemente su verga de mi culo y se acostó al lado mío. Buscó mi boca con la suya, y me dio un beso de lengua como para dejarme sin dientes.

"Gracias, Fer!".

"Tonto!" me dijo él mientras me revolvía el pelo cariñosamente.

"¿ Y ahora?".

"¿Ahora? Pues chiquito, me parece que vas a dormir poco" me dijo sonriendo.

Y estaba en lo cierto. Mi hermano parecía excitadísimo con el cuerpo virgen que tenía a su disposición, y me cogió durante horas en todas las posiciones imaginables. Y yo, por supuesto, lo dejé hacer sin oponer ninguna resistencia. Además, al otro día era sábado y yo no tenía que madrugar para ir al colegio.

Al final de la maratónica sesión de sexo me dormí en la cama de Fernando, agotado. No sé cuanto tiempo pasó, pero cuando me desperté una luz tenue se filtraba por la persiana entreabierta indicando que el amanecer estaba próximo. A pesar de estar medio dormido me di cuenta que me hallaba en mi cama, lo cual me desconcertó. Lo que había pasado me parecía tan loco que no estaba seguro si lo había vivido, o sólo lo había soñado. Pero mis dudas se disiparon cuando giré la cabeza y me encontré a mi hermano de pie junto a mi cama, con la verga totalmente dura en una mano y la remera sucia de Alejo (la misma remera que yo había lengüeteado), en la otra. Al verme despierto sonrió, y señalando la marca que su guasca había dejado en la prenda me dijo mientras acercaba su babeante tranca a mi boca:

"Sabe mejor si la pruebas fresca".

Y doy fe que tenía toda la razón.



© Izakyel

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