En diciembre del 98 nos fuimos una semana
de vacaciones con Quico. En mi interior sentía que esas eran mis últimas
vacaciones por un tiempo.
El trabajo había mermado pero lo atribuí a
la fecha. En general diciembre nunca es un buen mes.
Obviando este detalle final el 98 fué un
buen año para mí, económica y animicamente.
El 99 empezó mal. Uno de mis principales
clientes, un importante centro médico, compró un equipo digital, sincronizado a
una computadora, con exposición y enfoque automáticos que elimina al fotógrafo.
El cirujano o un asistente disparan la cámara y la foto esta lista,
instantáneamente la ven en el monitor. Un cliente menos.
Por suerte no todos podían comprarlo. Por
desgracia todos mermaron la documentación fotográfica para ahorrar costos.
Al principio me lamenté de mi mala suerte
pero pronto me dí cuenta que a mucha gente le pasaba lo mismo, perdían el
trabajo, cerraban su negocio o quebraban.
Era el último año de gobierno del
innombrable y toda la escenografía armada gracias a un endeudamiento infernal,
se venía abajo.
El trabajo de laboratorio también mermó
bastante. Tuve que acudir a mi fondo de reserva varias veces.
En marzo Quico, como regalo de cumpleaños,
me dijo que se iba a España, se había quedado sin trabajo. Quería que me fuera
con él. Yo me quedé sin amigo y sin amante.
Traté de no volverme loca, de alguna
manera iba a arreglarme.
Conseguí algunos trabajitos sin
importancia y hasta saqué fotos carnet con esas polaroid de 4 lentes en el
negocio de un amigo.
A los ponchazos y con grandes
restricciones fuí sobreviviendo hasta que apareció Esteban.
Me había recomendado un compañero del
curso (que en el 99 no pude seguir porque no podía pagarlo) alabando mi
“depurada técnica” .
Esteban era un experto en arte, crítico,
profesor de estética, conferencista y un montón de cosas más. Necesitaba hacer
reproducciones de libros para sus clases y charlas.
Era un exquisito y muy exigente con el
trabajo, me hizo mil recomendaciones y puso otras tantas condiciones para
contratarme.
Hicimos una prueba y quedó muy satisfecho.
–Hace honor a su ascendencia –me dijo como
elogio– sinceramente le digo que hace muchos años que no logró tener unas
diapositivas tan hermosamente logradas.
Un poco turbada por tanto elogio, le
agradecí.
–Es su mérito. Se nota que hace su trabajo
con amor y el amor siempre es exigente.
Era uno de esos caballeros a la antigua, a
pesar que no debía tener más de 50 años. Impecablemente vestido, aunque
estuviera de entrecasa, siempre tenía un halago, si era merecido, a flor de
labios.
Empezamos a trabajar. No era la salvación
porque no tenía un gran volúmen de trabajo, pero me gustaba hacerlo y sobre todo
me gustaban los masajes al ego que Esteban me hacía cada vez que le entregaba
algo.
A los dos meses de estar trabajando con él
un día le llevo un trabajo que realmente estaba impecable en todo sentido.
–Sensacional Ofelia, insuperable. –me dijo
casi eufórico– Usted además de una eximia profesional es una mujer muy
atractiva. Estaría muy felíz pudiendo hacerle el amor. –dejó caer como al paso.
En principio pensé que había escuchado
mal. Pero no, porque tengo muy buen oido y el una dicción perfecta.
Me quedé congelada. Nunca pensé que un
tipo tan elevado, cojiera como cualquier mortal. Además creía que era
homosexual.
La cabeza me empezó a trabajar a mil por
hora.
No me podía ofender porque me lo había
dicho con toda educación y buenas maneras. Tampoco podía reaccionar mal por
temor a ofenderlo y quedarme sin trabajo.
Además, y creo que fue lo fundamental,
desde la ida de Quico venía falta de sexo y el morbo me empezó a oradar la
resistencia.
¿Como sería echarse un polvo con un tipo
como Esteban, tan galante y caballero?
Realmente, fué un fiasco, no dejó de ser
un atildado caballero ni cuando acabó, con todo respeto.
Me quedé más caliente de lo que estaba
antes de empezar a… ¿cojer?. Inhibida totalmente, cosa insólita en mi, lo deje
hacer a él… y él hizo todo en dos minutos.
–Ofelia, usted hoy me ha hecho doblemente
felíz, con su trabajo y dandomé su amor.
Me pagó con un cheque como habitualmente
hacía y me fuí pensando en descabezar al primer tipo que se me cruzara porque la
concha me hervía.
No se me cruzó nadie de mi agrado y cuando
llegué a casa me hice una tremenda paja que me tranquilizó bastante.
Pero ese día era de sorpresas. Cuando me
puse a hacer la boleta para depositar el cheque al día siguiente, vi que el
importe era cinco veces más de lo que le había facturado el trabajo.
¡El hijo de puta me había pagado el
polvo!. Pensé en putearlo por teléfono. En romper el cheque. En decirle que no
le trabajaba más.
Pero el instinto de conservación me trajo
a la realidad.
Si el quería pagarme el polvo, allá él.
Además yo siempre había fantaseado con ser una puta, el me la cumplió. Lastima
que me enteré tarde y no pude disfrutarla.
Al otro día deposité el cheque sin la más
mínima culpa. Necesitaba plata para vivir. Y siguiendo la filosofía del momento,
impuesta por el prohombre que nos gobernaba, no iba a andar cuestionando el
origen, era plata y punto. O sea me cagé en mis principios.
A las dos semanas me trajo otro trabajo.
Se manejó como si no hubiera pasado nada, yo también porque realmente no había
pasado nada, apenas unas cosquillas que me despertaron el apetito.
Cuando se lo llevé, nuevamente los elogios
de siempre para terminar con:
–Disculpeme Ofelia, ¿tiene un momento para
intimar?
Intimamos, pero esta vez un poco más
porque yo estaba decidida a, si volvía a pagarme, ganarme honradamente los
dineros que me daba.
Le mame un poco la pija y lo hice durar
cinco minutos, frenandolé dos veces la acabada.
Esa noche necesite solamente hacerme una
pajita. El cheque otra vez era cinco veces más de lo arreglado por el trabajo.
Esto situación se repetió dos veces al mes
en los meses siguientes.
Aunque a veces me entraba cierta inquietud
de que se expandiera la noticia que mis servicios también incluían sexo,
enseguida me tranquilizaba porque la discresión de Esteban era harto segura. Por
boca de él nadie se enteraría nunca que existía la posibilidad de echarme un
polvo pagandomé.
En septiembre un día de entrega me
planteó, con todo respeto y educación, si podía intimar con un italiano colega
de él que iba a estar unos días en el país presentando su último libro y se
alojaba en su casa.
A esa altura ya estaba totalmente asumida
en mi nuevo rol, aunque esperaba que fuera provisorio, y le dije que si.
¡¡El caballero Esteban se me había
convertido en proxeneta!! Yo me dije con marcado espíritu comercial, el tano
debe ser igual que Esteban, es sólo un trámite.
Me equivoque. Primero fuì con Esteban y el
tano quería entrar al dormitorio pero él no se lo permitió. En ese tiempo
Esteban ya estaba por los diez minutos, lo que fué su máximo récord.
Al minuto 11 el tano entre como ciego,
llevandosé todo por delante. Era más joven que Esteban, quizás 40 años o un poco
más.
Estaba bastante bien provisto y al menos
le gustaban todos los chiches. Se la mamé con entusiasmo y el me retríbuyó con
una linda chupada de concha, práctica largamente postergada desde la ida de
Quico.
Me cojió lindo por la concha, haciendomé
sentir en mucho tiempo, un orgasmo no producido por mis dedos. Disfrutó de mi
ojete, y este, últimamente ocupado sólo por frios consoladores de latex,
disfrutó de la tibieza de una pija verdadera y se regodeó con toda la leche que
de ella sacó.
El tano quería echarse otro polvo pero
estaba muy corto de tiempo y se tenía que preparar para un ágape en la embajada.
Lo dejamos para otro día pero su agenda,
llena de compromisos no se lo permitió y se fue con la ganas. Realmente lo sentí
porque al menos era un ser vivo.
La crisis económica había generado tal
desaliento que la gente ni ganas de coger tenía. Las encuentas decían que las
relaciones sexuales habían disminuido más de un 40% por el stress y la angustia
que nos invadía a los argentinos. Yo indudablemente estaba en ese 40%.
Esta realidad se revirtió parcialmente a
partir de las expectativas que generó el cambio de gobierno. Las expectativas
duraron poco pero al menos a mí me permitieron echarme algunos buenos polvitos.