No me esperaba unas palabras así y menos después de un beso
como ese, por lo que oculté mi cara totalmente ruborizada, admitiendo que
ciertamente me había dejado llevar. Con más vergüenza de la que había sentido en
mi vida hice ademán de irme, me puse en pie y empecé a caminar velozmente hacia
la puerta. Esperaba que me detuvieras, que me dijeras algo que me hiciera
quedarme, un grito, quizás una orden… algo… pero no ocurrió. No dijiste nada.
Con el pomo de la puerta ya en la mano y totalmente quieta frente a la puerta
seguía esperando alguna palabra tuya, pero el tiempo pasaba y no decías nada… no
habías hecho nada por detenerme, pero sentía que no podía irme…
Me giré hacia ti con lágrimas en los ojos, sentía la
necesidad de quedarme aunque en ese momento prefería estar en cualquier otro
lugar. Me acerqué a tu mesa y dejé sobre ella la carpeta que había recogido
antes presurosamente y, sin mirarte a los ojos, me senté de nuevo en mi silla.
Por mis mejillas resbalaban incontables lágrimas y el silencio llenaba toda la
habitación, tan solo de vez en cuando se oía algún sollozo mío.
No sabía por qué lloraba ni por qué me quedaba y de hecho,
eso era lo que me provocaba ese estado de rabia que se produce cuando tienes la
sensación de tragarte tu orgullo… volvía a sentirme vencida, y créeme, eso no
era normal en mí… No me atrevía a mirarte, ahora no, me sentía tan furiosa
conmigo misma por ese estado, me sentía tan derrotada y enfadada que era incapaz
de mirarte. Por eso cuando me ordenaste (porque estaba claro que aquel tono era
una orden), que te mirara, mi mirada jugó en mi contra y reflejó todo el odio
que en aquel momento tenía. Me quedé unos segundos eternos mirándote fijamente,
desafiándote, mostrándote mi rabia…
Cuando tu segundo bofetón cruzó mi cara ya no me sorprendí,
de alguna manera lo esperaba, esta vez no hubo ademán de irme ni ninguna lágrima
más en mis ojos, sino que tan rápido como pude erguí mi cabeza de nuevo y volví
a mirarte directamente. Ahora sí podías ver perfectamente toda la rabia que
sentía por dentro. Mis ojos eran los de una loba apunto de atacar y mis pupilas
eran como dos cañones oscuros que apuntaban amenazadoramente, pero ni una
palabra salió de mis labios…
Muy bien… si quieres jugar, jugaremos… pero a mi
manera. Me divertirá ver cuanto tardas en perder esa mirada…
Mi expresión cambió en menos de un segundo, lo que acabas de
decir sonó más a promesa que a amenaza y no sabía cual de las dos cosas era
peor…
Primero habrá que comenzar con que aprendas a tragarte
ese orgullo que te ha merecido mi segundo bofetón. Tienes la misma rabieta
que una niña de cinco años, así que te voy a tratar como a una… vas a
escribir ahora mismo cien veces y delante de mí "soy una puta orgullosa".
Y te lo advierto, no tengo toda la noche…
Pusiste un par de hojas y un bolígrafo delante mío y me
miraste como diciendo "ya puedes empezar…" Estaba atónita, me daba la sensación
de que me estabas tomando el pelo… pensaba una y otra vez "no lo voy a hacer, es
una tontería…" pero inexplicablemente cogí el bolígrafo y empecé a escribir la
maldita frase. Al principio de la copia estaba avergonzada pero terriblemente
furiosa, pero a medida que seguía copiando mi furia iba desapareciendo y solo me
quedaba una gran vergüenza, que aumentaba cada vez que veía tu cara burlona
reírse con sorna… Cuando terminé el escrito y te lo entregué realmente me sentía
ya como una niña castigada, temblorosa, que acaba admitiendo que había hecho
algo mal…
Por eso, cuando me preguntaste "¿qué eres?", instintivamente
salió de mi boca la respuesta: soy una puta orgullosa… de nuevo no podía mirarte
a los ojos, y esta vez era por lo avergonzada que me sentía… Cogiste mi barbilla
e hiciste que te mirara…
No debes ser orgullosa conmigo, pero jamás dejes de
sentirte orgullosa de lo que eres. No eres una puta. Eres MI puta. Y
tienes que sentirte orgullosa de ello.
(Continuará)
Me encantaría recibir vuestras opiniones o cualquier
comentario. Un beso. Persephone.
Persephone_83@hotmail.com