RELATO 12
¿Comemos o qué?
ECSagardez
El dia era caluroso en esa ciudad de la costa mexicana. El
reloj marcaba las 2 de la tarde y Remedios estaba entregada a sus actividades
cotidianas. Trabajaba planchando ropa en diversas casas del vecindario y ese dia
le correspondió acudir a la de la señora Faustina, quien no se encontraba por
haber salido de viaje y le había encargado no dejar de asistir y de paso echarle
un ojo a la casa y a su nieto de 15 años.
En ese momento escuchó el ruido de la puerta del zaguán al
abrirse y cuando entraba Román, quien era un chico muy alegre y siempre estaba
haciéndole bromas. Pero ese dia muy en especial, Remedios sintió una honda
preocupación....
La primera porque sabía que Román le volvería a insistir que
le dejara hacer el amor y la segunda, no deseaba que su patrona se enterara de
eso y la despidiera, ella era viuda y tenía cinco años de haber perdido a su
marido Reynaldo, quien sufrió un accidente al caer de un andamio cuando
trabajaba como albañil.
Tampoco se negaba a rechazar a Román, el muchacho a pesar de
su corta edad, era encantador y le tenía un especial cariño, porque lo había
visto crecer y lo conocía desde la edad de 8 años. Ella a sus 53 años, aún
sentìa cosquillas y aunque no se lo demostraba al adolescente le gustaba que él
se le acercara por atrás y le arrimara su pene por encima de la ropa... Eso le
despertaba agradables sensaciones...
II
Algunas veces, Remedios sintió la necesidad de rechazarlo y
acusarlo con su abuela Faustina... Pero al conocer el recio carácter de su
patrona, lo pensó mejor porque sabía de antemano que le daría una tremenda zurra
por sus atrevimientos y amaba al chamaco como si fuera su hijo, al recordarle
también al suyo, fallecido a la edad de 7 años, cuando fue atropellado por un
autobús de pasajeros.
Su preocupación era más notoria porque una semana antes,
Román le propuso que lo dejara hacerle el amor y ella con la finalidad de
quitárselo de encima le dijo:
- Para que dejes de estar molestando, la próxima semana que
venga lo hacemos. Pero déjame terminar mi trabajo, tengo mucha ropa que planchar
y estoy muy atrasada.
Remedios también se preguntaba: ¿Qué puedo tener para que el
chamaco me acose y se excite? Y es que cuando estaba planchando, él llegaba por
atrás y se le repegaba, sintiendo en sus nalgas un pene que ya vislumbraba ser
de grandes proporciones y eso, en silencio, le agradaba, ante la falta de
marido.
Como toda buena jarocha, Remedios era de tez morena, estatura
baja, anchas caderas y enorme pechos... Su pelo era rizado y a pesar de sus 53
años se encontraba bien conservada, ya que no usaba maquillaje y eso provocaba
que tuviera un rostro limpio, sin arrugas o espinillas. En síntesis la señora
estaba bien conservada...
III
Ensismismada estaba en sus pensamientos, cuando llegó hasta
ella Román, quien de entrada le espetó:
- Ahora si Remedios, estamos solos, así que vengo a que me
cumplas tu promesa...
Pero ella no le hizo caso y siguió planchando la prenda de
vestir... Cuando de pronto el chamaco le metió la mano por debajo de la falda y
le tocó con mucha brusquedad su parte más íntima, por lo que sintió de inmediato
una oleada de placer que recorrió su cuerpo...
IV
En ese instante volteó el rostro y se percató que Román sólo
se encontraba en truza, pero ya asomaba en él una potente erección y aunque
intentó disuadirlo de que lo dejaran para otro dia, el chamaco insistió, por lo
que sólo le pidió lo siguiente:
- Niño, lo vamos a hacer, pero que sea aquí en la mesa de
planchar sin quitarme la ropa.
Román, se quedó pensativo por unos segundos y le respondió:
- De acuerdo, pero no te pongas a planchar, quiero hacerlo
ya.
Remedios se alzó la falda y se bajó el calzón hasta los
tobillos, dejando al descubierto un velludo monte de venus y unas nalgas que
provocaron en Román muchos pensamientos. Sin embargo, el muchacho mostró su
desconocimiento en las lides amorosas, porque no atinaba a introducirle el pito
a la vieja mujer que sonreía para sus adentros al ver la inexperiencia de su
joven amante.
Sin embargo, no quiso que la experiencia con ella fuera
desagradable y le causara un trauma al adolescente. Por lo que agarró el pene
del chamaco y lo primero que hizo fue restregarlo en sus labios vaginales, hasta
humedecerse y lo puso en el lugar exacto para que Román la penetrara,, pero lo
hizo con tal fuerza que le provocó algo de dolor, debido a tanto tiempo sin
hacer sexo con un hombre.
El chamaco sin tener conocimiento de lo que hacía, sólo
alcanzó a darle algunas limadas a la vagina de esa vieja y explotó de inmediato
lanzando varios chisguetazos de sémen. Pero fue tal la cantidad de ese líquido
viscoso que al retirar su miembro, Remedios sintió como le resbalaba entre las
piernas, sólo alcanzó a cerrarlas y colocó una mano como si fuera tapón y se
dirigió al sanitario.
VI
Al penetrar al baño, se sentó en el retrete y cuando estaba a
punto de abrir la llave para darse un lavado de asiento, la curiosidad la asaltó
y pasó un dedo por sus piernas y al sentir la viscosa humedad se estremeció y se
lo llevó a la boca, sintiendo ese sabor agridulce que tanto le gustaba y fue
cerrando los ojos para recordar aquellos instantes de amor que hacía con su
viejo Reynaldo...
El añejo recuerdo la ubicó en la cama que compartió por
muchos años con su difunto esposo. Reynaldo era alto y fornido, de complexión
robusta y unas manos fuertes, además de tener un carácter alegre y ser muy
bromista con ella a quien le decía: "Negrita adorada".
Las tardes, luego de regresar del trabajo, Reynaldo siempre
llegaba con su acostumbrada frase: "¿Comemos o qué?
Y ella sólo sonreía ante la ocurrencia, toda vez que era
señal de que cojerían antes de probar alimentos. Y eso era algo que le gustaba
de su Reynaldo, siempre dispuesto a satisfacerla sexualmente y bien que lo hacía
el condenado, porque no obstante hacerlo por la tarde, las noches eran de
intenso placer, un palo más al acostarse y otro al levantarse.
VII
Remedios recordó que Reynaldo era muy dulce con ella y la
cargaba para llevarla a la cama donde le gustaba acariciarle los senos y
metérselos a la boca hasta que se ponían duros, porque parecían a los de su
mamá, "sólo que más gruesos", le indicaba y se reía a carcajadas...
Luego la hacía voltearse y con sus manos ásperas pretendía
darle un mensaje en la espalda que terminaba hasta las prominentes caderas de
Remedios, donde más se detenía y eso la hacía ponerse a 100. Era indudable que
le gustaban las caricias de su amado Reynaldo, quien se sentaba a horcajadas y
con su grueso y largo pene le daba varias pasadas en las nalgas, sin penetrarla,
pero que le provocaban orgasmos al por mayor...
Posteriormente la colocaba boca arriba y hacían un tremendo
69. El le metía su lengua por toda la cavidad vaginal hasta que con sus labios
le tomaba el clitoris y con fuerza lo succionaba como si quisiera quitarle la
vida. Esa forma de amar de Reynaldo le gustaba y hacía que ella se recorriera
dos o tres veces en ese instante. Vaya manera de hacer del amor de su viejo...
Mientras ella tomaba el pene con sus manos y lo masajeaba de
arriba a abajo y le apretaba sus huevos. Hasta que se metía todo el miembro en
la boca y lo lamía como si estuviera disfrutando de un exquisito helado. Sentìa
de inmediato la viscosidad del líquido preseminal y repasaba la punta hasta
dejarlo limpio. En tanto Reynaldo seguía su labor en su vagina, hasta sentír su
estremecimiento, lo cual era señal de una buena dotación de esperma que ella
disfrutaba plenamente y se tragaba hasta la última gota porque disfrutaba el
agradable sabor de ese fluido...
VIII
Enseguida, Reynaldo se retiraba y la ponía boca abajo para
montarla y penetrarla desde atrás en su monte de venus, sintiendo Remedios ese
duro mástil en sus entrañas que parecía tener vida y que entraba y salía de su
vagina con tanta fuerza que la transportaba a lo más infinito del éxtasis y
cuando escuchaba la voz de su viejo: "Me voy a venir"... Ella experimentaba una
agradable sensación y de nuevo la descarga eléctrica por toda su espina dorsal
le indicaba que sobrevendría un orgasmo de pronóstico reservado y ambos se
fundían en un solo ser para intercambiar sus fluidos.
IX
Ensimismada se encontraba Remedios recordando a su difunto
marido, cuando escuchó unos toquidos en la puerta del baño y era Román, quien le
preguntaba:
- ¿Reme, viejita, estás bien?
Remedios sólo alcanzó a responderle:
- Si mi niño. No te preocupes. En un momento salgo del baño
para darte de comer.
Al tiempo que recordaba la vieja frase: ¿Cómemos o qué?