Demasiado tímida para oponerme (8)
Por Bajos Instintos 4
bajosinstintos4@hotmail.com
Esta mañana llegué bien temprano a la playa, con toda la
decisión de aprovechar bien mis vacaciones. Como siempre, mi esposo Armando se
me había anticipado. Y apenas me vio me invitó a ir al agua con él. Pero yo le
recordé que no pensaba dar un solo paso fuera de la carpa sin llevar mi crema
protectora.
Armando no entiende las indirectas, así que le insistí para
que me la pusiera él, pero no hubo caso, nunca me quiere poner la crema por el
cuerpo. "Que te la ponga el de la carpa de al lado" me dijo, yéndose al mar. El
de la carpa de al lado, Carlos, es un hombre muy amable que ya se había prestado
a embadurnar mi cuerpo, no sólo por fuera sino también por dentro de mi vagina,
para lo cual se vio obligado a usar su enorme polla, para que la crema me
llegara bien adentro. Recuerdo que por un momento se me cruzó la idea de que ¡me
estaba cogiendo! ¡Y con mi marido en la carpa de al lado! Pero enseguida me
censuré por mal pensada: Carlos era un caballero que estaba cumpliendo con lo
que le había pedido, y lo estaba haciendo a conciencia. Pero mientras él se
empeñaba en su cometido friccionando dentro mío con su gran poronga, yo me
permití la fantasía inocente de que ¡en verdad me estaba cogiendo! No se la
confesé para no perturbarlo y para que no pensara mal de mí como mujer casada,
pero disfruté de mi pequeña fantasía de infidelidad y me corrí un montón de
veces con la nariz oliendo su pecho mientras su dura tranca seguía dale que
dale.
Finalmente me descargó un montón de chorros de leche, bien al
fondo, porque el hombre por más serio que fuera en el trabajo que me estaba
haciendo, tampoco es de madera y con tanta fricción sucumbió al placer de la
carne, pobre hombre. Yo me sentí bastante halagada por su pérdida de control,
pero no comenté nada, para no darle falsas ilusiones.
Así que esta mañana, siempre arriba de mis tacos aguja que
hace que todos mis dones se bamboleen, me fui a los saltitos hasta su carpa.
Carlos me recibió con una gran sonrisa "¿lista para otra
sesión, Julia?" "¡Más que lista, Carlitos! Pero hoy quiero pedirle que además de
pasarme la crema me haga un poco de masaje, porque el otro día me di cuenta de
que usted debe ser un gran masajista!"
Me hizo pasar a la parte trasera de su carpa, separada del
resto por una lona, pero antes de hacerme tender en la colchoneta me pidió que
me sacara ambas prendas de la bikini. Le obedecí gustosa, pues ese hombre había
ganado mi confianza. Seguramente con la intención de no ponerme en una situación
desventajosa, Carlos se despojó también de su pantaloncito de baño, confirmando
mi impresión acerca de su caballerosidad. Y ante mis ojos expuso su enorme
poronga en estado de máxima erección, lo que no dejó de sorprenderme un poco,
pero no dije nada porque esas cosas me provocan un poco de timidez. Carlos se
había embadurnado el miembro con crema protectora y también todo el cuerpo,
abundantemente. "Ahora que tenemos un poco más de confianza vamos a probar el
sistema del embadurnado cuerpo a cuerpo" me anunció. "Como usted disponga,
Carlitos"
El embadurnado cuerpo a cuerpo consistió en abrazarme y
comenzar a frotar su cuerpo contra el mío, nabo incluido. Y para no dejar nada
fuera de contacto, ya que nuestras caras se encontraban cerca, comenzó a comerme
la boca con un caliente beso de lengua. Su lengua revolvía la mía y nuestras
salivas se mezclaban. Yo no entendía muy bien como eso podía facilitar el
encremado de mi cuerpo, pero era bastante agradable, además de inocente y bien
intencionado. Lo que me ponía un poquito nerviosa era su duro nabo restregándose
contra mi pubis, en las inmediaciones de mi intimidad. Así que para descargar mi
nerviosismo comencé a gemir y a jadear.
Carlos, siempre concentrado en su tarea, agarró mis tetones
con sus manos embadurnadas de crema y me los fue manoseando hasta que se
llenaron de irrigación sanguínea, aumentando su volumen. Como un efecto
secundario, mi vagina comenzó a secretar jugos, porque mi vagina interpretaba
esa situación como un preliminar de coito, y no puedo culparla, porque las
vaginas interpretan las cosas sin mucha sutileza. De cualquier modo no puedo
negar que la situación era placentera, muy placentera. Y cuando una de las manos
de Carlos se apodero de uno de mis glúteos, sentí que sería mejor estar en la
colchoneta. Evidentemente él también, ya que nuestros cuerpos se fueron
inclinando juntos, el suyo siempre arriba. Y abriendo bien los muslos permití
que hundiera su embadurnada y caliente poronga en mi intimidad. Ahí comenzó una
serruchada que un observador poco informado habría confundido con una tremenda
cogida. Sí, para cualquiera que no estuviera al tanto de la situación, hubiera
parecido que este hombre me estaba dando una cogida de esas para tener y
guardar. Pero yo sabía que esto era un trabajo para él, un gesto servicial y no
estaba preocupada, más teniendo a mi marido a más o menos cien metros, en el
agua.
No me preocupé en aclararle nada acerca de mi condición de
esposa fiel, pues me constaba que se trataba de un hombre sumamente respetuoso.
Y si me tenía ensartada como una mariposa haciéndome sentir la potencia tenaz de
su virilidad, no era por faltarme el respeto, ni vejarme, ni mucho menos, sino
por la deferencia y cortesía de un buen vecino de carpa, dispuesto a hacerle un
servicio a su vecina.
Carlos es un hombre de una gran resistencia, como corresponde
a un estado físico como el suyo. Así que me estuvo dando "la cogida" por unos
cuarenta minutos, a lo largo de los cuales, al sentir su miembro como una
serpiente que se hundía sinuosamente en mis zonas íntimas, o al sentirlo como la
dura barra de carne que estremecía mis entrañas, me fue dando cierta sensación
erótica algo perturbadora, de la que me defendí elevando los ojos del alma al
cielo y pensando en mi esposo que tanto confía en mí. Y así, en ese estado de
elevación espiritual y sintiendo las sacudidas que me estaba dando esa enorme
tranca, comencé a tener un orgasmo tras otro, mientras su boca proseguía con su
entusiasta beso de lengua. Por un momento me permití la fantasía de que el
vecino de la carpa de al lado me estaba dando una tremenda cogida a metros nomás
de donde se encontraba mi marido. Y eso debe haber contribuido un poco a
provocarme tantos orgasmos, pero yo creo que más bien fueron las sensaciones
corporales. De todos modos una no es responsable si se le cruzan algunas
fantasías, y tener fantasías no es sen infiel.
Bueno, que me sacudió como si yo fuera una batidora. Y cuando
por fin se separó, mi cuerpo estaba completamente embadurnado por delante, por
las restregadas de su cuerpo, y por detrás, por el modo en que sus manotas
habían recorrido mi espalda y glúteos. Tarde un buen rato en recuperarme, pero
al final hice un esfuerzo y me levanté, ya que Armando debía de haber vuelto del
mar y podía alarmarse al no verme y pensar que podía haberme pasado algo malo.
"La próxima vez me voy a ocupar de embadurnarle también su agujerito trasero"
dijo Carlos con delicadeza, evitando deliberadamente la palabra "ojete", cosa
que le agradecí.
Antes de separarnos, y como afectuosa despedida, y ya con mi
tacos aguja y mi bikini puesta, Carlos me abrazó dándome un muy cariñoso beso de
lengua de varios minutos, que yo acepté cruzando mis brazos sobre su cuello, y
acariciando sus cabellos. Hasta que, emocionada por su efusividad, me corrí en
sus brazos. Es notable de que modo pueden dos casi desconocidos acceder a los
ámbitos del afecto mutuo cuando hay buena voluntad y vocación de servicio.
"Gracias, Carlos" le dije mirándolo a los ojos. "Cuando usted quiera, Julia"
siempre tan caballeroso.
Como supuse, cuando volví a nuestra carpa, lo encontré a mi
esposo dormitando. "Veo que nuestro vecino te ha embadurnado bien... ¿qué tal
ese hombre?" "Un caballero, mi amor, un caballero." "Que bien, y ahora ¿vas a ir
al agua?" "Después, ahora voy a tomar un poquito de sol" Y me quedé
instantáneamente dormida, rendida de cansancio, posiblemente por haberme
levantado tan temprano.
Al mediodía, luego del almuerzo playero, decidí que ya había
tenido bastante playa por ese día. Y despidiéndome de Armando, José y Fanny, me
fui para la casa. Ya que eran pocas cuadras y tenía la tanguita de hilo dental,
no me pareció necesario ponerme la faldita. Así que sólo me vestí con mi breve
remerita (pero sin el corpiño, porque me gusta que mis pezones respiren) y con
mis tacos aguja, por supuesto. Armando, con su gorrita playera cubriéndole el
rostro, dormitaba. Pero su hermana Fanny me siguió con la mirada y una gran
sonrisa. Y su novio se permitió la broma de emitir un silbido a mis espaldas.
El camino de regreso estuvo, como era habitual, sembrado de
accidentes callejeros, todos a mi paso. El señor que se llevó una columna por
delante, el ciclista que se cayó de la bicicleta, un coche que chocó al de
adelante... todos por mirarme. Lo que me pareció divertido, aunque ya estaba
dejando de ser novedad. Así que proseguí con mi paso, dejando que mis gracias se
bambolearan libremente.
Lo que no me esperaba era sentir una cosa fría y húmeda y
unos resoples en la parte baja de mi culo. Con un estremecimiento pegué un
saltito, dándome vuelta para ver que había sido eso. Y me tranquilicé: era el
gran dogo de don Braulio, que ahora arremetía olfativamente contra la parte
delantera de mi entrepierna. ¡¡Ven aquí, Mujik!! Se escuchó la orden de don
Braulio. "¡Usted disculpe, señorita, pero este perro no sabe comportarse con una
dama" "Señora, don Braulio. ¿No se acuerda de mí? Ayer estuve en su negocio para
comprar fiambres" "¡Ah, sí, ahora la reconozco, es que no había tenido tiempo de
verle la cara!" dijo el hombre con algo de picardía. Me reí, y el joven dogo
debe haber interpretado esto como un permiso para reanudar el olfateo de mi
intimidad. "¡¡¡Fuera, Mujik!!!" lo retó su dueño. "¡No sea tan severo con el
animalito! ¡Él sólo quiere ser amistoso!" y acaricié la enorme cabeza del perro,
dejándole que olfateara a gusto. El animal lleno de simpatía hacia mí, me dio un
lenguetazo cariñoso en la zona de su interés. Don Braulio se quedó un momento
desconcertado, pero luego pareció haber encontrado la actitud adecuada.
"¿Gustaría de venir a tomar un té a mi casa, para disculpar mi torpeza al no
reconocerla, y el atrevimiento de mi perro?" ¡Por fin un momento de sana
distracción y amistad con ese dulce anciano y su encantador perrito...! "¡Oh, no
tiene que disculparse por nada, don Braulio, pero voy a aceptar su invitación
con mucho gusto! ¡Pero un ratito, nomás, eh!" Y nos fuimos a paso de paseo rumbo
a su casa, con el simpático perrazo saltando a mí alrededor y dándome alguno que
otro lengüetazo, lo que me hacía prorrumpir en carcajadas. La proveeduría de don
Braulio está al lado de su chalet, a una cuadra de mi casa, en esa maravillosa
zona de casas bajas y mucho verde. Verdaderamente disfruté del paseo, y de la
agradable compañía.
El chalet del hombre tenía un jardín trasero bastante
frondoso, con la vista de las casas de alrededor tapada por los árboles, y allí
en esa intimidad verde, una mesita y un par de sillas. Don Braulio me dejó en
ese entorno paradisíaco y se fue a preparar el té prometido. Los grandes dogos
pueden ser perros mimosos si una sabe tratarlos, y Mujik se quedó a mi lado,
dejando que le rascara la cabeza y dándome lengüetazos en la cara, o donde
cayeran.
El té transcurrió agradablemente, acompañado de unas masitas
horneadas por el mismísimo don Braulio. Mujik se había metido debajo de la mesa
y había optado por apoyar su cabeza en mis muslos, que por fuerza tuve que
mantener cerrados, pero sintiendo su respiración caliente en ya sabes donde. Don
Braulio, evidentemente conciente de la situación, se reía un poco más de la
cuenta de las ocurrencias que él mismo tenía.
Después trajo algunos álbumes para mostrarme sus fotos de
familia. Algunas eran muy antiguas, sus padres, tíos y abuelos. Y él insistía en
explicarme quién había sido cada uno y cada una. Evidentemente estaba demasiado
solo y ávido de comunicación. En otro álbum había fotos más contemporáneas: sus
hermanos, primos, amigos, antiguas novias y sus tres esposas. Todos explicados
con lujo de detalles de cada una de las historias. Entre tanto el perro
intentaba forzar mis muslos para que le permitieran llegar a mi intimidad, o al
menos eso me pareció. Pero los mantuve bien apretados y continué acariciándoles
la cabezota con afecto. En uno de los álbumes, al abrirlo saltaron a mi vista
montones de fotos de niñas desnuditas, todas ellas. Algunas bastante pequeñitas.
Me sorprendió ver tantas criaturitas desnudas, algunas posando como si fueran
modelos adultas, pero no tuve ocasión de mirarlas con más detalle, pues don
Braulio cerró el álbum apresuradamente y con mucho nerviosismo. "Son sobrinitas"
me dijo. "¿Tantas?" "Somos una familia muy grande" farbulló, poniéndose
colorado, al tiempo que se iba para adentro con todos sus álbumes.
Cuando me levanté para irme, Mujik aprovechó para pararse en
sus patas traseras y lamerme el rostro. Para mi azoramiento pude ver que buena
parte de su sexo había salido de su funda de piel, exhibiendo la roja cabeza en
lo que evidentemente era un estado de excitación. Don Braulio, que había
retornado del interior de su casa, se quedó un momento mirando la escena, que
duró más de lo que yo hubiera querido, con el animal follando el aire y dándome
alguno que otro pollazo en mi vientre. Por algún motivo mis pitones se habían
endurecido y se notaban a través de la delgada tela de mi remerita, lo cual me
produjo bastante embarazo. Finalmente, el amo me sacó el perro de encima. "¡Mire
cómo se ha puesto!" dijo refiriéndose a la bruta tranca que exhibía el animal en
celo. "¡Es que usted le gusta...!" agregó con mirada pícara. Y tomándome por la
cintura me fue guiando hacia la puerta de entrada. Todo el camino Mujik asedió
mi culo a lengüetazos, sin que don Braulio lo recriminara. Yo hice como que no
me importaba la cosa, pero al despedirme del hombre no pude dejar de notar el
enorme bulto que había crecido en sus pantalones. "Ha sido un gusto, don
Braulio..." "¡Vuelva pronto y va a ver el gusto que se va a llevar!" me dijo el
viejo reteniendo un poco mi mano. "M-muy ricos el té y las masitas..." agradecí,
y me fui presurosa, con las imágenes de la roja polla del perrazo, y el bultazo
bajo el pantalón de don Braulio, bailando en mis retinas.
Salvo por estos mínimos detalles, por otra parte
perfectamente comprensibles, la visita había sido encantadora y merecía
repetirse.
Había comenzado a refrescar y la piel desnuda de mis piernas
y nalgas lo estaba sintiendo. Por suerte enseguida estuve en casa. Y me metí en
la camita, donde repasé los acontecimientos de ese agitado día. Recordando la
estupenda embadurnada de crema protectora que me hizo el vecino de carpa, las
miradas de Fanny y su novio cuando me iba, los incidentes en la calle, los
lambetones a mis partes bajas de Mujik y la tranca evidentemente erecta bajo el
pantalón de don Braulio, me fui quedando dormida, aunque para conseguir una
mayor relajación tuve que acariciarme varias veces con mis dedos. Y había
también algo vagamente perturbador en ese montón de sobrinitas desnudas del
anciano, pero estaba demasiado cansada para discernir qué. Así que acariciándome
dulcemente, me dormí.
Gracias a mis amigos lectores, en su mayoría varones con
muchas ganas de entablar una amistad, por sus buenos deseos, o aún por sus
deseos, en algunos casos un poco descarnados, pero siempre respetuosos y
valorativos de mi virtud de esposa fiel. Casi todos han tratado de convencerme
para que les envíe fotos mías, pero no entiendo muy bien con que fines. He
rehusado satisfacer esos pedidos porque no corresponden con el decoro que
acostumbro mantener. Pero me encantará recibir tus comentarios si me escribes
mencionando este relato a
bajosinstintos4@hotmail.com