Que ingenuo se es con esa edad, ¿verdad?
A Silvia, lo que menos le interesaba eran esas historias
sobre el cometa Halley, lo que más le gustaba era veros a la salida del colegio,
esperándola como dos perritos falderos que la seguían de un lado a otro.
Solo lo hacía para intentar dar celos a un niñato dos años
mayor que ella, repetidor, que se sentaba siempre detrás de ella en clase y por
el que se bebía los vientos.
Aún a su corta edad, ya despuntaba ser una buena zorrita. Sus
formas en clase para con ese chico ya la delataban. Al llegar a la academia, se
encerraba en el baño, se enrollaba la falda a la cintura de manera que quedara
por encima de sus rodillas a algo más de medio muslo y al sentarse, sus piernas
quedaban al aire como las de una vulgar buscona pidiendo guerra. A él le gustaba
verla así y la trataba como a su putita, metiéndole mano en el recreo,
manoseando sus casi vírgenes tetitas de adolescente y sus bragas que enseguida
se mojaban mientras él la acariciaba llegando incluso a veces a meter sus manos
dentro de ellas y algún que otro dedo con la intención de desvirgarla. En más de
una ocasión los pillé en el salón de actos, escondidos y magreándose.
Que distinta a la Silvia que paseaba con vosotros, que
parecía tan modosita, tan dulce y angelical.
¿Recuerdas cuántas veces la invitabais a salir los viernes
por la tarde al parque y ella siempre decía que tenía que estudiar? No era
verdad. Nos íbamos juntas a darle el encuentro a la pandilla del niñato que
fuera del colegio la ignoraba y la trataba como una perra, humillándola delante
de sus amigos. Para quitarse el disgusto, después nos marchábamos a una
discoteca donde por nuestro aspecto ni tan siquiera nos pedían el carnet para
entrar.
Quedábamos en casa de otra compañera, donde llegábamos
vestidas como dos ángeles y allí, surgía la transformación. Silvia se maquillaba
como una chica mayor y llegaba a aparentar los dieciocho años que ni siquiera
tenía. Se metía relleno en el sujetador, se ponía unas medias y era capaz de
andar sin perder el equilibrio en unos altos tacones que a escondidas le hurtaba
a su madre del armario.
Cuando llegábamos a la discoteca se desinhibía por completo.
Era como si la humillación que minutos antes sufriera por parte del chulo aquel
la calentara como una perra. Entraba como dislocada, flechada atenta a la mirada
de cualquier hombre que quisiera invitarla a una copa. A veces bebía hasta casi
perder el control de si misma y actuaba en la pista de baile como una autentica
fulana, moviéndose obscenamente, atrayendo la atención de todos los machitos
desesperados que había en aquel garito y que los únicos besos y manoseos que
podían permitirse eran los de Silvia en un estado de embriaguez absoluta.
Perdió su virginidad una noche loca de esas en la que su
estado era tan lamentable que ni siquiera se dio cuenta de que dos tíos la
encerraban en el baño y se liaban con ella, medio violándola. Me contó que solo
recordaba haber sentido su boca llena de una buena polla que terminó
derramándose en su cara y haber sentido un dolor tremendo en su culo. Supo que
la habían desvirgado al día siguiente, cuando al despertar vio sus bragas
manchadas y se encontró con los muslos llenos de cardenales sin tener siquiera
la capacidad de encontrar una explicación a ello.
Al cumplir los dieciocho años se marchó de casa. El borracho
de su padre le dio una paliza un día que se la encontró por la calle vestida
como una ramera y decidió que ya no aguantaba ni una más. Me llamó desde la
estación con el billete en mano, casi no me dio tiempo de llegar para despedirme
de ella. Lloramos como dos tontas abrazadas en el andén de la estación,
prometiéndonos escribirnos para no perder el contacto.
Llevaba una pequeña maleta con su ropa y las pocas
pertenencias que tenía, entre ellas esa foto vuestra que le regalasteis por su
cumpleaños, enmarcada por vosotros mismos con tanto mimo. En el fondo os quería
y mucho, solo que estaba empollada por aquel sinvergüenza que la usaba a su
antojo.
Me escribió a los pocos días de llegar a Madrid, había
encontrado un trabajo de secretaria en una modesta oficina, pero el sueldo era
insuficiente para poder sobrevivir. Sus primeros años allí fueron muy duros,
llegó a ejercer la prostitución en un club de alterne donde empezó sirviendo
copas, pero pronto se dio cuenta que vender su hermoso cuerpo era más rentable
que estar detrás de una barra poniendo güisquis a los camioneros.
Un día descubrió que estaba preñada, sin saber siquiera quien
podría ser el padre de esa criatura. Su padre falleció pero aún así, no fue
capaz de regresar al barrio con su madre y su hijo, ya sabes lo orgullosa que
era.
Durante más de dos años siguió en aquel club de carretera y
una noche, el destino hizo que hasta allí llegara un hombre, un francés que se
prendó de ella y la sacó de ese mundo de miseria en el que vivía. Se casó con
ella, le dio los apellidos a su hijo y le hizo padre de dos criaturas más. Estas
navidades he recibido una felicitación suya. Ahora es feliz y toda una señora.
A Paco hace muchos años que no le veo.