A Jaime, mi marido, como me gusta llamarle aunque no estamos
casados, le conocí en mis tiempos de facultad. Yo estaba estudiando el último
curso de mi diplomatura y tenía 21 años. Era una chica alegre y jovial, muy
extrovertida, y era conocida por casi todo el mundo mi fama de pajillera. Yo
vivía con mis padres y practicaba la típica vida de estudiante universitaria. A
saber, en mi ciudad: lunes resaca; de martes a jueves café por la mañana,
acompañado muchas veces de tertulia en el bar mientras faltábamos a la primera
clase; café por la tarde y cerveza a última hora; el jueves por la noche se
acostumbraba a cenar en algún piso de estudiantes - pizza y cerveza – para luego
salir por los bares hasta conseguir un lamentable estado etílico que propiciaba
las más increíbles locuras. El viernes, resaca y descansar para poder salir por
la noche; esa juerga ya era más tranquila. El sábado por la noche y el domingo
por la tarde se salía con la pandilla de amigos que no tenía por que coincidir
con los compañeros de la facultad. Y el lunes, otra vez a empezar. Solamente se
interrumpía esta rutina en temporada de exámenes.
Jaime estaba en quinto de derecho. Tenía 24 años y
simultaneaba sus estudios con el trabajo en la asesoría jurídica de su padre, lo
cual provocó que aun tardara cuatro años más en acabar la carrera. Era – y es –
un chico atractivo. No guapo, atractivo; de conversación agradable, correcto
pero no serio, caballeroso pero no pedante… Un sol de tío, vaya. No tenía novia
y las relaciones anteriores que se le conocían habían sido breves. Según la
rumorología universitaria, Jaime era de sexualidad dudosa: o sea, que se
sospechaba de él que era gay.
Aunque yo ya había oído hablar de él y nos conocíamos de
vista, nunca habíamos entablado conversación. Nuestro primer encuentro fue una
noche de un jueves de abril. Estaba yo aburridísima y con abundante alcohol en
la sangre, mis compañeros ya se iban marchando del último pub que nos quedaba
abierto y ahí estaba Jaime, sentado ante una jarra de cerveza, despidiendo a su
último amigo y quedándose sólo en la barra. Me acerqué a él y empecé una trivial
conversación sobre tonterías. Con el alcohol y la complicidad de la noche, no
tardamos mucho en estar besándonos como locos, apoyados en la barra y
acompañados por música suave de grupos británicos. A mí me pareció que, para la
fama que tenía el chico, besaba de maravilla.
Al cabo de un buen rato de intercambio de saliva ya me daban
calambres en la lengua y decidí dar un paso más. Mi mano se dirigió hacia el
paquete de Jaime. No el de tabaco, por supuesto. Con mi amplia experiencia
adquirida, empecé a sobarle lentamente por encima del pantalón, con la palma
abierta y la suficiente presión para que lo notara pero no tanta como para que
le molestara el roce de su capullo con la ropa. Mi boca abandonó la suya y se
dirigió a su oreja.
¡Mmmm…! Esto promete. Me gustaría poder agarrar esta polla
sin ropa de por medio. – le dije con voz sensual.
Yo esperaba que me invitara a salir del local para dirigirnos
a su coche o a un sitio más discreto, pero él se puso de pie, llevo su mano a su
cremallera y, apartando un poco la mía, se abrió la bragueta, agarro mi mano e
hizo que la introdujera dentro de sus pantalones. Con la media borrachera que
llevaba no me importó mucho si nos veían, pero la verdad es que el pub estaba a
media luz, no había mucha gente y quedábamos parapetados entre un taburete, la
barra y una pared. Dentro de sus pantalones busque la goma superior de su boxer
y deslicé mi mano en su interior, hasta asir su polla. La noté caliente, gruesa
y de una tamaño aceptable. Estaba en un evidente estado de erección. La posición
y el espacio no eran los más cómodos para hacer nada, pero me las ideé para
empezar un movimiento masturbatorio aumentando y disminuyendo la presión de mi
mano sobre la punta de su pene, lo cual hacía que la piel se desplazara hacia
delante y hacia atrás. Me gustan las pollas que no están circuncidadas, como la
suya, ya que son más fáciles de pajear.
Me sorprendió agradablemente que, aunque era evidente que
Jaime había bebido bastante, su nabo estaba duro como una piedra y reaccionaba
espléndidamente a mis magreos. Continuábamos besándonos apasionadamente mientras
mi mano trabajaba dentro de sus pantalones, pero llegó un momento en que él ya
no pudo aguantar más.
Oye, si continúas así me voy a correr en los pantalones, y
puede ser un poco embarazoso.
¿No te da morbo? ¿Te has corrido alguna vez así?
No sé…
Va, por favor, dame el caprichito. Luego, si quieres nos
vamos y ya te cambiarás en casa. O si no, tengo pañuelos de papel en mi
abrigo. –supliqué.
Jaime únicamente cerró sus ojos y dirigió su boca a la mía,
para continuar sus morreos, rodeándome con sus brazos. Como yo no soy muy alta,
la postura que tenía que adoptar para poder besarme, hacía que quedara espacio
entre nuestros cuerpos para que yo pudiera masturbarle cómodamente.
No tardó mucho en empezar a respirar con más dificultad. Noté
como su miembro aumentaba de dureza y tamaño bajo la presión de mi mano. Ladeé
esa polla hacia abajo y a la izquierda, su derecha, para que quedara dentro de
sus pantalones y así el semen no saliera de su ropa. Su nabo empezó a palpitar
al tiempo que me agarraba la cabeza con sus manos para besarme aun más
apasionadamente. Se estaba corriendo como un cerdo, ahí, de pie, en un pub y en
manos de una chica recién conocida. Las dos primeras emisiones de semen quedaron
atrapadas por la piel de su prepucio, que yo mantenía subido por encima del
glande, pero ya la tercera hizo que se desbordara, mojando mi mano y el interior
de su ropa. A mí me dio la impresión de que su corrida era muy abundante, y
cuando al fin acabó de eyacular, sentí como tenía toda la mano pringada de su
leche.
Jaime respiraba ahora profundamente, recuperando el aliento.
Se apoyaba en mí, manteniendo su abrazo, mientras le volvían las fuerzas
perdidas durante su gloriosa corrida. Yo, antes de retirar la mano de dentro de
su pantalón, me encargué de limpiármela bien en el interior de su ropa. Acomodé
el miembro, que todavía conservaba algo de dureza en los calzoncillos y cerré la
cremallera con la mano izquierda.
Desde el otro lado de la barra me sorprendió el camarero
ofreciéndome con el brazo extendido y una sonrisa pícara unas servilletas de
papel. Aunque siempre me ha desagradado el sabor del semen, decidí hacerme yo
también la pícara, y mirando sensualmente a Jaime llevé mi mano derecha a mi
boca y lamí los restos de leche que en ella habían quedado.
El camarero, sin perder la sonrisa, arqueó las cejas y se
retiró hacia la otra punta de la barra.
Bueno, ahora yo nos podemos ir, ¿no? – preguntó.
Sí. ¿Verdad que no ha estado tan mal?
Creo que ha sido la paja más original y buena de mi vida.
¿Llevas coche?
Sí, lo tengo aparcado aquí cerca.
¿Me acercas a mi casa?
¡Por supuesto! ¿O prefieres ir a otro sitio?
Pensaba que desearías cambiarte…
Bueno, tampoco pasa nada, no ha traspasado… ¿Se ve algo?
No, no se ve nada, tranquilo.
No es que me importe que la gente se piense que es leche,
pero imagínate que se piensan que me he meado – rió.
Nos dirigimos a su coche y Jaime lo condujo hacia uno de los
polígonos industriales a las afueras de la ciudad.
¿Adónde vamos? – pregunté, convencida que nuestro objetivo
era tomar otra copa.
A un sitio tranquilito, donde no pasen coches. ¿Te parece?
No sé… - me pilló desprevenida.
Me gustas, ¿sabes?
Espera un momento… Si te piensas que vamos a follar, vas
muy equivocado.
No, no. Nadie ha hablado de follar.
Me callé y me quedé pensativa. Él puso una emisora de música
tranquila. No parecía un tipo peligroso y a mi me gustaba, pero estaba muy
equivocado si pensaba que iba a conseguir de mí más de lo que había conseguido.
A mi me encanta hacer pajas a los tíos, pero lo de follar no lo llevaba muy
bien. Y mucho menos chuparla. Aunque estaba dispuesta a hacerle el favor a Jaime
siempre que no se corriera en mi boca; me atraía increíblemente.
Aparcó su automóvil en una calle lateral, entre naves
industriales, con iluminación escasa. Reclinó un poco su asiento y me invitó a
que yo hiciera lo mismo. Me tomó por la nuca y, dulcemente me atrajo hacia él.
Pero cuando yo esperaba que me dirigiera a su entrepierna, me llevó a su boca,
empezando a besarme otra vez apasionadamente como en el local que habíamos
estado.
Con su mano libre abrió el botón de sus pantalones, bajó su
cremallera y, levantando el culo del asiento, se los bajó hasta las rodillas.
Luego tomó mi mano derecha y la llevó a su polla. Estaba dura de nuevo, pidiendo
guerra.
¿Quieres que te haga otra paja?
¿Te importa?
¡Me encanta!
No podía creerlo, ese tío tenía que ser para mí. Normalmente
todos intentaban pedirme que se la chupara, o meterme mano e intentaban
follarme, pero Jaime se conformaba con pajas. Y además volvía a tener el rabo
tieso después de quince minutos escasos de haberse corrido, sin notar siquiera
los efectos del alcohol que había ingerido esa noche. Decidí que debía conservar
ese chollo de chico y empecé a masturbarlo con toda mi dedicación.
Él por su parte sacó su mano derecha de mi nuca y la pasó
debajo de mi cuerpo hasta llevarla a los botones de mi pantalón. Yo llevaba unos
tejanos estrechos y consideré que no le iba a resultar fácil meter su mano ahí,
así que decidí facilitar las cosas. Solté mi presa, con los pies me deshice de
los zapatos, me desabroché mis pantalones y me los saqué junto con mis
braguitas. No acostumbro a utilizar mucha lencería fina; nada de encajes o
transparencias, adoro la comodidad de las típicas braguitas de algodón y los
sujetadores sin aros o deportivos. Jaime tampoco perdió tiempo y, tras bajarse
su ropa hasta los tobillos, empezó a acariciar mi cuerpo.
Una vez desnuda volví a agarrarle la polla y reanudé la paja
que le estaba haciendo. Él por su parte también llevó su mano a mi sexo y empezó
a buscar mi clítoris. Mis piernas, por acto reflejo, se separaron permitiéndole
un mejor acceso. Yo estaba muy excitada y me notaba extremadamente mojada.
Estoy muy cachonda, tío. No voy a tardar nada en correrme
si no vigilas.
Bueno, de eso se trata. ¿Para qué quieres esperar a nada?
Disfrútalo.
Pero yo no exageraba. Tan pronto como encontró mi punto de
placer, me corrí en tan sólo diez segundos como una auténtica perra caliente. Me
dejé ir y empecé a gemir y moverme sin ningún tipo de pudor. Jaime estaba
alucinado. Cuando acabé de correrme, cerré las piernas para que no continuara
acariciándome el clítoris, pues lo tenía muy sensible.
Oye… ¿De verdad te has corrido tan rápido?
Ya te avisé. Lo siento. – contesté, volviendo a bombearle
el miembro.
¡No, no! No lo sientas de ningún modo. Sólo que no me
esperaba que estuvieras tan a punto.
Es que hacer pajas me pone cachondísima, y es la segunda
que te estoy haciendo.
¿De verdad te gusta tanto hacer pajas?
Sí, es mi debilidad. Me gusta más que nada en el sexo. Y me
pone a mil ver como os sale la leche. ¿Soy rara, verdad?
No. ¡Eres genial! Nunca me habían hecho pajas tan buenas. Y
la verdad, a mí me encanta que me masturben. De hecho… bueno, mis relaciones
sexuales con penetración siempre han sido bastante desastrosas.
Bueno, entonces nos entenderemos. – dije guiñándole un ojo.
Puse toda mi atención en lo que estaba haciendo. En la
penumbra adivinaba que aquel era un falo ideal para mis propósitos. Ni largo ni
corto, pero bastante gordo. Se podía ver la perfecta forma triangular de su
tallo y un capullo grande y lustroso. Era una polla perfectamente recta, con una
ligera curvatura hacia el estómago de su dueño. Acababa en unos cojones no muy
grandes pero que prometían estas rellenitos de leche, y éstos estaban guardados
en una bolsa escrotal sin demasiado vello, pero no afeitada.
En ese momento Jaime gimió. Su polla parecía que iba a
estallar, señal inequívoca de que estaba a punto de correrse. Sin perder ni un
segundo, tomé mis braguitas con la mano izquierda y coloqué la parte que queda
en contacto con la vulva, que es como de toallita, sobre su vientre, boca
arriba.
Venga, bonito, córrete. Córrete en mis bragas. Dame tu
leche. Empápalas bien para que luego me las ponga.
Con la mano derecha dirigí su nabo a esa parte de mis bragas,
realizando cortos y lentos movimientos, al tiempo que aumentaba la presión sobre
su fuste. Primero un grueso chorro, luego otro, luego otro menor fueron a parar
a su objetivo. Terminé de sacarle la leche con un vaivén más rápido hasta que se
acabó de correr entre gritos y suspiros.
Se hizo el silencio entre nosotros, mientras sonaba Easy
Lover de Phil Collins de esa estación de radio. Nunca olvidaré la voz nocturna
de ese locutor cuando dijo "Grandes canciones, grandes momentos, momentos para
recordar toda la vida." Jaime y yo nos miramos.
Menudo trabajito me has hecho. Eres fabulosa. Nunca había
gozado tanto como hoy.
Tampoco yo había disfrutado nunca tanto de una polla como
con la tuya. Me has hecho sentir tan bien, tan realizada… eres fantástico para
hacerte pajas. Parece que somos almas gemelas.
¿Quieres salir conmigo?
Aquello me pilló desprevenida. Realmente tenía muchas cosas
de mi ideal de chico. Era atractivo, parecía agradable, tenía coche, buena
posición económica. Y además le gustaba que le hiciera pajas y no me presionaba
para hacer nada más. Pero también me daba miedo que sólo nos limitáramos a eso.
No lo sé. Me pillas desprevenida. Y no soy una persona muy
fiel.
Me gustas mucho. Y lo de fiel… si sólo son pajas, podríamos
hablarlo.
Tú también me gustas mucho, pero no sé…
Piénsatelo y me contestas mañana, ¿vale?
Bueno, no te prometo nada. Pero lo pensaré, te lo juro.
Estaba a punto de decirle que sí, pero debía pensarlo bien.
No era una propuesta para desechar, pero todas mis relaciones habían terminado
mal a los pocos días por que se me iba la mano a la primera verga que se me
ponía a tiro, incluso amigos, primos o hermanos de mi novio de turno.
Bueno, nos vestimos y te llevo a casa, ¿de acuerdo?
Asentí. Abrí la puerta del coche, baje de él, tomé mis
braguitas empapadas de semen y, cuidadosamente coloqué ambas piernas hasta los
tobillos en sus respectivos agujeros. Miré a los ojos a Jaime y me las subí
sensualmente, con cuidado de no rozar la parte pringada de su leche hasta que
llegó arriba. Una vez me las hube puesto bien, apreté la parte mojada con la
palma de mi mano contra mi vulva. Podía notar como la tibia y cremosa sensación
de su secreción amorosa se mezclaba con mis jugos. Él me miraba asombrado.
Creí que era una broma que ibas a hacer eso…
Es otro de mis fetiches. Me gusta llevar las bragas llenas
de leche. Lástima que si me las dejo puestas mucho tiempo se acaban mojando
las gomas y me irrita la entrepierna, pero me encanta cuando al final se
acartonan. Me siento tan puta y cochina cuando hago esto.
Nos acabamos de vestir y nos dirigimos a mi casa. Allí nos
dimos los respectivos números de teléfono y aparcados frente a mi portal, empecé
a hacerle de nuevo una manuela, sólo que esta vez me detuvo a los diez minutos.
Entre la hora que es, el alcohol que he bebido y que ya me
he corrido dos veces, me parece que podríamos estar aquí hasta mañana con
esto. Mejor nos vamos a dormir y nos vemos mañana, ¿ok?
Muy bien. Buenas noches.
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(Osonho dos Contos) que está bajo el título del relato.