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La dependienta más guarra
TODORELATOS » RELATOS » LAS DOS HERMANITAS
[ El tiempo es oro y el que lo pierde tonto. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 05 de Diciembre, 2008.
Fecha: 25-Nov-03 « Anterior | Siguiente » en Sexo Oral (39 de 352)

Las dos hermanitas

Charles Champ dHiers
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Dos hermanas de unos veinte años... si os cuento más le quito la gracia. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Las dos hermanas

Un relato de Charles Champ d´Hiers

Tras entrar los tres, cerró la puerta con llave. El camerino era un simple cuartucho de paredes encaladas, con dos sillas, un espejo y un perchero de madera por único mobiliario. Permanecer de pie, les dijo mientras se sentaba en una de las sillas, más o menos a dos metros de ellas.

Una de ellas era alta, metro setenta y cinco aproximadamente, morena y delgada. Tenía unos labios grandes y carnosos y unos profundos ojos marrones. Un vestido de lino negro, muy acorde con los calores estivales que imperaban en el mundo exterior, ligero pero lo suficientemente ceñido como para destacar cada una de sus delicadas curvas, dejaba a la vista unas largas y preciosas piernas color canela. Dos coletas recogiendo una larga y lustrosa melena azabache le daban ese toque infantil que a tantos les enloquece en una chica.

La otra, aún siendo su hermana, se parecía vagamente a ella. Era más baja, rubia, de tez pálida y, sin llegar a ser gorda, tenía unas curvas mucho más contundentes, algo, por otra parte, que a él le agradaba sobremanera, como sus lobunos ojos no podían disimular. Además, aquella blusa blanca y esos pantalones vaqueros azules que dejaban a la vista las cintas del tanga y un coqueto ombligo hacían de ella una pieza más morbosa aún que su hermana.

Ambas rondarían los veinte años, más o menos. Tal vez la rubia fuese un poco mayor, aunque el aspecto fingidamente infantil de su hermana podía tener la culpa de esa impresión. Desnudaros lentamente. Automáticamente, ambas hermanas comenzaron a desvestirse. La morena se bajó la cremallera lateral de su vestido, y tras dejar caer el vestido a lo largo de su cuerpo, se quedó vestida únicamente con unas braguitas negras. También las braguitas, le dijo mientras observaba como su hermana se deshacía primero de sus pantalones, luego de su blusa y por último de su sujetador y su tanga.

Sois preciosas. Preciosas de verdad. Ambas muchachas le miraban fijamente mientras el ligero frío del interior del camerino erizaba suavemente sus pezones. La morena tenía el pecho pequeño, más aún en comparación con el de su hermana, pero ambas tenían unas formas muy bonitas. Dar una vuelta para que pueda veros. Tal vez el culo de la rubia, más redondito y juguetón, estuviese mejor, pero era difícil elegir. El giro terminó con el saludo de ambos vellos púbicos, cuidadosamente recortados, casi invisible en el caso de la rubia, amaneciendo de nuevo. La verdad es que eran realmente guapas las dos.

Poneros de rodillas. Al momento las dos hermanas se arrodillaron ante su silla, con aspecto sumiso. Venir hacia aquí. De rodillas. Ambas se acercaron lentamente, arrastrando sus rodillas por el suelo de madera hacia la silla donde él estaba sentado.

Cuando las tuvo a escasos dos pasos, se levantó, se desabrochó impaciente el pantalón, lo dejo caer hasta sus tobillos, y volvió a sentarse con las rodillas separadas.

Tú primero, dijo poniendo su mano sobre la cabeza de la morena y empujándola hacia su pene. El contacto de aquella lengua sobre su prepucio le hizo soltar un pequeño gemido de placer. Lame, le dijo a la otra mientras le ponía dos dedos frente a la boca. Ambas hermanas obedecieron obedientes.

Le sorprendió enseguida el arte que demostró la morena, que después de regalarle una serie de largos lametazos de abajo a arriba y una vez tuvo aquel pene suficientemente humedecido, se introdujo más de la mitad de un bocado y comenzó a acariciarle con su lengua dentro de su boca mientras sus labios se deslizaban lentamente por él hasta tocar casi su pubis.

Anda rubita, ven tú también aquí. La imagen de aquellas dos cabecitas lamiendo su pene le volvía loco. Aquellas dos lenguas peleándose por abarcar la mayor parte posible de su verga le estaban llevando directo al paraíso.

Ahora los huevos, dijo mientras tiraba ligeramente de una de las coletas de la morena, que tras alargar su lengua todo lo que pudo, comenzó a lamerle el escroto con fruición. La rubia, haciéndose a un lado le facilitaba la labor a su hermana, aunque sin dejar de chupar en ningún momento aquel nervudo pene a punto de estallar.

Cuando sintió que se iba a correr apartó ambas cabezas dulcemente, se levantó, y poniendo una mano sobre el pelo de la morena, se agarró con la otra el pene con fuerza y comenzó a frotarlo de forma salvajemente rápida. Ambas chicas miraban hipnotizadas los bruscos movimientos de aquella mano hasta que un enorme chorro de esperma fue a salpicar a la cara de la rubia, manchándole la nariz, los labios y el pómulo izquierdo.

Un enorme jadeo precedió a un segundo y último chorro que casi inmediatamente acompañó al anterior y que terminó por poner perdida la carita de la rubia. Límpiala, le dijo a la morena. Con la lengua. La chica morena comenzó a lamer la cara de su hermana hasta dejarla limpia de todo resto de semen.

Bien, ahora besaros. Ambas chicas se miraron y se fundieron en un apasionado beso que duró tanto como él quiso disfrutarlo, mientras contemplaba sedado por el orgasmo como los pezones de ambas muchachas chocaban entre sí entre los embates del beso.

Vestiros. Ambas se levantaron, se pusieron sus braguitas, y mientras la rubia se ponía de nuevo su sujetador, los vaqueros y la blusa blanca, la morena se dejaba caer desde sus hombros el vestido por su hermoso cuerpo para atraparlo finalmente con la pequeña cremallera.

Miró a ambas ya vestidas, les sonrió, y con un pañuelo humedecido en su propia saliva terminó de limpiar los posibles restos de esperma que quedaban en sus caras y en la comisura de sus labios. Bueno, vámonos ya, que le hemos dicho a vuestro papá que sería un momento lo que tardaría en enseñaros mi camerino y se va a preocupar.

Los tres se dirigieron hacia la puerta, y una vez volvió a abrirla y tras guardarse la llave en su bolsillo, se giró sobre sus talones, miró fijamente a los ojos de ambas chicas y, con un tono profundo y grave les dijo: "cuando de una palmada vosotras recuperareis el sentido y no recordareis nada de lo que acaba de suceder".

Una fuerte palmada sacó a ambas chicas de su hipnosis. Se miraron sorprendidas, sin entender nada. Ya os dije que no había nada que ver. La voz las sorprendió mientras miraban asombradas aquel cuartucho al que no sabían como habían llegado. Los magos guardamos los conejos en la chistera no en el camerino.

La puerta se cerró a sus espaldas antes de que los tres volvieran sonrientes al escenario.

Sobre todo él.

TodoRelatos.com © Charles Champ dHiers

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