Las dos hermanas
Un relato de Charles Champ d´Hiers
Tras entrar los tres, cerró la puerta con llave. El camerino
era un simple cuartucho de paredes encaladas, con dos sillas, un espejo y un
perchero de madera por único mobiliario. Permanecer de pie, les dijo mientras se
sentaba en una de las sillas, más o menos a dos metros de ellas.
Una de ellas era alta, metro setenta y cinco aproximadamente,
morena y delgada. Tenía unos labios grandes y carnosos y unos profundos ojos
marrones. Un vestido de lino negro, muy acorde con los calores estivales que
imperaban en el mundo exterior, ligero pero lo suficientemente ceñido como para
destacar cada una de sus delicadas curvas, dejaba a la vista unas largas y
preciosas piernas color canela. Dos coletas recogiendo una larga y lustrosa
melena azabache le daban ese toque infantil que a tantos les enloquece en una
chica.
La otra, aún siendo su hermana, se parecía vagamente a ella.
Era más baja, rubia, de tez pálida y, sin llegar a ser gorda, tenía unas curvas
mucho más contundentes, algo, por otra parte, que a él le agradaba sobremanera,
como sus lobunos ojos no podían disimular. Además, aquella blusa blanca y esos
pantalones vaqueros azules que dejaban a la vista las cintas del tanga y un
coqueto ombligo hacían de ella una pieza más morbosa aún que su hermana.
Ambas rondarían los veinte años, más o menos. Tal vez la
rubia fuese un poco mayor, aunque el aspecto fingidamente infantil de su hermana
podía tener la culpa de esa impresión. Desnudaros lentamente. Automáticamente,
ambas hermanas comenzaron a desvestirse. La morena se bajó la cremallera lateral
de su vestido, y tras dejar caer el vestido a lo largo de su cuerpo, se quedó
vestida únicamente con unas braguitas negras. También las braguitas, le dijo
mientras observaba como su hermana se deshacía primero de sus pantalones, luego
de su blusa y por último de su sujetador y su tanga.
Sois preciosas. Preciosas de verdad. Ambas muchachas le
miraban fijamente mientras el ligero frío del interior del camerino erizaba
suavemente sus pezones. La morena tenía el pecho pequeño, más aún en comparación
con el de su hermana, pero ambas tenían unas formas muy bonitas. Dar una vuelta
para que pueda veros. Tal vez el culo de la rubia, más redondito y juguetón,
estuviese mejor, pero era difícil elegir. El giro terminó con el saludo de ambos
vellos púbicos, cuidadosamente recortados, casi invisible en el caso de la
rubia, amaneciendo de nuevo. La verdad es que eran realmente guapas las dos.
Poneros de rodillas. Al momento las dos hermanas se
arrodillaron ante su silla, con aspecto sumiso. Venir hacia aquí. De rodillas.
Ambas se acercaron lentamente, arrastrando sus rodillas por el suelo de madera
hacia la silla donde él estaba sentado.
Cuando las tuvo a escasos dos pasos, se levantó, se
desabrochó impaciente el pantalón, lo dejo caer hasta sus tobillos, y volvió a
sentarse con las rodillas separadas.
Tú primero, dijo poniendo su mano sobre la cabeza de la
morena y empujándola hacia su pene. El contacto de aquella lengua sobre su
prepucio le hizo soltar un pequeño gemido de placer. Lame, le dijo a la otra
mientras le ponía dos dedos frente a la boca. Ambas hermanas obedecieron
obedientes.
Le sorprendió enseguida el arte que demostró la morena, que
después de regalarle una serie de largos lametazos de abajo a arriba y una vez
tuvo aquel pene suficientemente humedecido, se introdujo más de la mitad de un
bocado y comenzó a acariciarle con su lengua dentro de su boca mientras sus
labios se deslizaban lentamente por él hasta tocar casi su pubis.
Anda rubita, ven tú también aquí. La imagen de aquellas dos
cabecitas lamiendo su pene le volvía loco. Aquellas dos lenguas peleándose por
abarcar la mayor parte posible de su verga le estaban llevando directo al
paraíso.
Ahora los huevos, dijo mientras tiraba ligeramente de una de
las coletas de la morena, que tras alargar su lengua todo lo que pudo, comenzó a
lamerle el escroto con fruición. La rubia, haciéndose a un lado le facilitaba la
labor a su hermana, aunque sin dejar de chupar en ningún momento aquel nervudo
pene a punto de estallar.
Cuando sintió que se iba a correr apartó ambas cabezas
dulcemente, se levantó, y poniendo una mano sobre el pelo de la morena, se
agarró con la otra el pene con fuerza y comenzó a frotarlo de forma salvajemente
rápida. Ambas chicas miraban hipnotizadas los bruscos movimientos de aquella
mano hasta que un enorme chorro de esperma fue a salpicar a la cara de la rubia,
manchándole la nariz, los labios y el pómulo izquierdo.
Un enorme jadeo precedió a un segundo y último chorro que
casi inmediatamente acompañó al anterior y que terminó por poner perdida la
carita de la rubia. Límpiala, le dijo a la morena. Con la lengua. La chica
morena comenzó a lamer la cara de su hermana hasta dejarla limpia de todo resto
de semen.
Bien, ahora besaros. Ambas chicas se miraron y se fundieron
en un apasionado beso que duró tanto como él quiso disfrutarlo, mientras
contemplaba sedado por el orgasmo como los pezones de ambas muchachas chocaban
entre sí entre los embates del beso.
Vestiros. Ambas se levantaron, se pusieron sus braguitas, y
mientras la rubia se ponía de nuevo su sujetador, los vaqueros y la blusa
blanca, la morena se dejaba caer desde sus hombros el vestido por su hermoso
cuerpo para atraparlo finalmente con la pequeña cremallera.
Miró a ambas ya vestidas, les sonrió, y con un pañuelo
humedecido en su propia saliva terminó de limpiar los posibles restos de esperma
que quedaban en sus caras y en la comisura de sus labios. Bueno, vámonos ya, que
le hemos dicho a vuestro papá que sería un momento lo que tardaría en enseñaros
mi camerino y se va a preocupar.
Los tres se dirigieron hacia la puerta, y una vez volvió a
abrirla y tras guardarse la llave en su bolsillo, se giró sobre sus talones,
miró fijamente a los ojos de ambas chicas y, con un tono profundo y grave les
dijo: "cuando de una palmada vosotras recuperareis el sentido y no recordareis
nada de lo que acaba de suceder".
Una fuerte palmada sacó a ambas chicas de su hipnosis. Se
miraron sorprendidas, sin entender nada. Ya os dije que no había nada que ver.
La voz las sorprendió mientras miraban asombradas aquel cuartucho al que no
sabían como habían llegado. Los magos guardamos los conejos en la chistera no en
el camerino.
La puerta se cerró a sus espaldas antes de que los tres
volvieran sonrientes al escenario.
Sobre todo él.