Ya no quedaba más que esperar,
Blanche se dedicó a los mil pequeños detalles que tanta ilusión
la hacían. Preparar y repasar una y mil veces las ropitas, arreglar
y volver a arreglar las ropas de la cuna, que por cierto era la misma que
había usado Richard de pequeño.
El acontecimiento comenzó
un día a última hora de la tarde. Tan pronto como Blanche
comenzó a sentir molestias, Richard, nervioso como un niño,
envió a Drum, su negro de confianza, al pueblo en busca del doctor
Pearson con orden de traerle lo más rápidamente posible.
Luego llamó a Zitane, se encargó de revisar que las telas
estuvieran listas tal como había dicho el doctor y obligó
a la negra a lavarse los brazos y las manos con los polvos que él
había dejado. Tampoco se olvidó de que en la cocina fuera
dispuesto un caldero lleno de agua a la que agregó parte del desinfectante.
Una vez hecho todo lo que se podía
hacer, Richard comenzó a esperar cada vez más comido por
los nervios.
De vez en cuando pequeños
quejidos llegaban hasta él, aumentando su nerviosismo. En un crepúsculo
que se le antojo eterno Richard vio como la noche se echaba encima y se
sintió solo e impotente, aislados en medio del campo, no podían
esperar más ayuda que aquella que pudiera traer Drum, pero ésta
podría llegar demasiado tarde.
Poco a poco los lamentos de Blanche
se fueron haciendo más frecuentes y claros, en su fuero interno
rogó para que aquel suplicio se hiciera lo más corto posible.
El, al igual que todos los hombres
en sus circunstancias, se sintió culpable de que por su causa, la
mujer que quería estuviera pasando un trance tan amargo.
Finalmente, ya de madrugada y tras
una prolongada serie de lamentos más intensos que todos los anteriores,
en que junto a los gritos de dolor de Blanche se juntaron las voces de
ánimo de Zitane, se hizo un silencio sobrecogedor.
Momentos después la negra
salió de la habitación con un envoltorio en la mano. Pero
su rostro no expresaba ni mucho menos la satisfacción que debía
expresar.
- Señor amo, señor
amo. dijo en tono afligido, mientras por su rostro empezaban a correr las
lágrimas.
Por unos momentos Richard casi olvidó
que sus piernas no funcionaban, estuvo a punto de caer de la silla al intentar
abalanzarse sobre la negra para deshacer el envoltorio que tenía
en sus manos.
Hubo de esperar a que la negra llegara
hasta él y abriera la sábana que olía a desinfectante.
Lo tomó en sus brazos y sintió
como si alguien le hubiera asestado un mazazo en el cráneo, Durante
muchos minutos no fue capaz de decir nada. Tan sólo pudo mirar.
Luego cuando finalmente reaccionó sólo dijo con frialdad.
- Que no se entere el ama, decidle
que ha nacido muerto, y entregó el envoltorio a Zitane para que
lo antes posible se hiciera una caja para enterrarle.
-¡Traedme a mi hijo! Oyó
que gritaba Blanche a pesar de sus disminuidas fuerzas.
Richard ignoró esta petición
y se hizo llevar a su cuarto y despidio a las negras.
Un silencio opresivo se hizo en
la casa durante muchos minutos tan sólo interrumpido de vez en cuando
por las angustiadas peticiones de Blanche.
Derim, desde su cuartucho, intuyó
que algo malo pasaba y al llegar a la planta alta se encontró con
la tragedia. Zitane seguía manteniendo el envoltorio entre los brazos
sin saber que hacer con él mientras su rostro seguía siendo
surcado por gruesas lágrimas.
Echó un rápido vistazo
al cuerpecito que cubría la sobria sábana y preguntó.
- El amo?
- Le hemos llevado a su cuarto y
nos ha ordenado que le dejemos solo, contestó una de las hembras
encargada de mover el transportín.
- ¡No!, gritó Derim
como en un intento de conjurar la fatalidad, después inició
una marcha apresurada hacia el cuarto de Richard.
De pronto una tremenda explosión
conmovió la casa y Derim comprendió que había llegado
tarde. Cuando, aterrada, empujó la puerta del cuarto de Richard
su anciano corazón apenas si pudo resistir la impresión.
El cráneo de Richard destrozado
por el impacto estaba esparcido y la sangre había manchado las paredes
de la habitación mientras el cuerpo ya sin vida todavía se
movía de vez en cuando con violentos estertores, de su mano colgaba
el revolver con el que se había suicidado.
Derim tomó en sus manos un
papel escrito por el amo momentos antes de producirse la muerte. La sangre
lo había respetado casi en su totalidad y tan solo uno de los picos
aparecía manchado.
Ella y sólo ella, se atrevió
a entrar en el cuarto de Blanche para darle la noticia de que el niño
había nacido muerto y que como consecuencia de eso, Richard se había
suicidado. Dejando en manos de Lama la responsabilidad de adecentar un
poco el cadáver y el cuarto de Richard.
Ella y sólo ella se atrevió
a desafiar a Blanche cuando ella pidió insistentemente que, muerto
o vivo quería ver a su hijo.
Ella y sólo ella se atrevió
a permanecer a su lado cuando cayó en un sopor parecido a la muerte,
hasta que finalmente apareció el doctor Pearson y confirmó
a Blanche lo que ya la habían dicho las negras.
De nuevo volvió a entrar
en el sopor hasta que finalmente tres días más tarde recobró
el conocimiento mostrándose débil pero lúcida. Lo
primero que hizo fue llamar a Derim a su presencia.
La anciana negra entró temblando
en el cuarto de Blanche temiendo que aquel podía ser el último
día de su vida.
- Negra, espetó Blanche apenas
la tuvo ante sí. Quiero que me expliques que ha pasado.
- El niño nació muerto,
ama. Al parecer el amo no lo pudo resistir y se suicidó pero dejó
ésto. Dijo sacando de entre sus amplios ropajes el papel que Richard
había escrito.
Con dificultades Blanche pudo leer.
Querida Blanche:
He sido intensamente feliz contigo,
junto a ti he pasado las horas más felices de mi vida, te amo y
no creo que merezcas nada de lo que ha sucedido.
Nuestro hijo ha nacido muerto y
no puedo soportarlo.
Rehaz tu vida, aquí o lejos
de aquí, se feliz, te lo mereces.
La letra de la nota indicaba bien
a las claras el estado de crispación que atravesaba Richard en el
momento de escribirla y la escasez de su texto indicaba la prisa que tenía
por poner fin a su tormento.
Blanche leyó y releyó
varias veces la carta. Conocía la letra de Richard, evidentemente
era suya pero había algo que no encajaba en ella. Cierto que el
nacimiento de un hijo muerto era una tragedia pero eso no hubiera impulsado
a Richard al suicidio, le conocía lo suficiente como para saber
que no podía ser así.
Haciendo un gran esfuerzo pudo ponerse
en pie y salir de la habitación. Pudo ver las caras de pena de las
negras y la de preocupación de Derim. La vieja negra parecía
intuir de nuevo sus pensamientos.
Blanche hubo de detenerse en la
planta baja de la casa para recuperar fuerzas, su rostro demacrado evidenciaba
el estado de extrema debilidad en que se encontraba pero el brillo de su
mirada expresaba que estaba decidida a llevar a cabo sus propósitos.
- Ama, por que no toma usted algo,
casi no puede caminar.
- Llévame a donde está
la tumba de mi hijo. Dijo como única respuesta.
- No ama, no, hace ya dos días
que lo enterramos, estará ya en descomposición.
- Entonces cuéntame la verdad.
- El niño nació mal,
dijo Derim sacando fuerzas de flaqueza.
- Mal, cómo?
- Le faltaba la parte superior de
la cabeza. - Nació vivo?.
- Si, pero murió poco después.
Entonces Derim escucho algo que
creía que nunca podría oír de labios de una madre.
El dolor no parecia enturbiar la lucidez de la mente de Blanche.
- Si es cierto lo que dices mejor
que haya sido así. Pero quiero saber toda la verdad, tu sabes que
me sigues ocultando algo?
Derim comprendió que Blanche
estaba decidida y preparada para saber la verdad.
- Además nació sin
piernas.
Tras las palabras de Derim la luz
se hizo en el cerebro de Blanche. Ahora comprendía el porqué
del suicidio de Richard. Al ver a la criatura sin piernas se había
sentido culpable y no había podido seguir viviendo con tan pesada
carga.
- Llévame a la tumba de mi
hijo. Dijo con una decisión impresionante.
Derim temió que su ama se
hubiera vuelto loca, la creía decidida a abrir la tumba para comprobar
que no la habían engañado.
- La juro por mi hija que la he
dicho la verdad, ama.
- Lo sé, contesto Blanche
con el rostro desfigurado en lo que bien pudiera ser una sonrisa al tiempo
que su mano tocaba la cabeza de Derim.
Tan solo quiero verter sobre su
tumba un frasco de perfume.
Derim se sintió emocionada,
era un producto creado por ella, lo que aquella madre dolorida escogía
para dar el último y más conmovido adiós a su hijo.
En breves instantes Derim regresó
trayendo el frasco más grande y lo puso en manos de Blanche.
Con lentitud fue dirigiendo los
inciertos pasos de su ama hasta llegar a la sombra del gran árbol,
donde habían sido excavadas las tumbas de Richard y la criatura.
Blanche permaneció unos minutos
en silencio y después comenzó esparcir el perfume sobre la
tierra fresca cuidando que el líquido se esparciera sobre las dos
por igual.
Cuando Blanche hubo acabado, Derim
sacó otro frasco, se lo mostró he hizo un gesto de interrogación
con la vista.
Blanche asintió y la vieja
negra fue vaciando su ofrenda sobre la tierra.
Como dos sonámbulas regresaron
a la casa. No se sabía bien quien se apoyaba en quien. Si la vieja
negra sobre la joven blanca o viceversa.
Cuando atravesaron la puerta parecían
la encarnación del dolor y la tristeza.
Durante días y días
Blanche pareció desconectarse del mundo, nada llamaba su atención
ni lograba sacarla del mutismo en que se había sumido. Ni siquiera
parecía importarle el creciente desorden en que se iba sumiendo
la casa. Lama al sentirse sin el apoyo de su ama había perdido autoridad
y era frecuentemente contestada por las negras, sin que se atreviera a
alzar los azotes contra ellas.
Sólo la vieja Derim y su
equipo seguían trabajando como si Blanche estuviera normal.
Incluso el eficiente Drum tenía
dificultades para hacer que los negros siguieran sacando de los pozos,
el agua necesaria para regar el jardín.
En cuestión de días
las plantas comenzaron a amarillear, poco después el trabajo de
tantos meses se había arruinado.
Blanche absorta en sus pensamientos,
pasaba horas y horas sentada ante el fuego viendo el flamear de las llamas
lamiendo los gruesos troncos antes de que en ellos prendiera el fuego.
O no veía o no quería
ver lo que estaba sucediendo a su alrededor.
El derrumbe de todo lo que con esfuerzo
habían creado entre Richard y ella en el tiempo que habían
permanecido juntos.
Ni siquiera la periódica
llegada de Norman, para recoger los productos de la granja, por cierto
cada vez más escasos, eran capaces de sacarla del mutismo y de la
postración en que se encontraba.
Solo la vieja Derim se atrevía
a acercarse a ella, para obligarla a tomar los alimentos que la eran imprescindibles
para continuar con vida, pero tampoco era capaz de sacarla de su mutismo.
Ni siquiera la llegada del enviado
del señor Tarner para recoger los frascos de perfume y la entrega
del pagaré la hicieron reaccionar.
Un día, Blanche ordenó
a Drum que la ensillara un caballo y, como una sombra se alejó por
el camino que conducía a Bigstone.
El animal siguió su inclinación
y lentamente se fue acercando a al pueblo. Blanche no se molestó
en todo el camino en dirigir a su cabalgadura, sabía que el caballo
terminaría por llevarla hasta allí.
Llegó al anochecer y preguntó
a la primera persona que encontró por la casa del doctor Pearson.
El galeno la recibió tan
pronto como la anunciaron.
- Cómo se encuentra señora
Benson?. Preguntó asombrado del aspecto casi espectral de la mujer
que hacía poco había conocido como una mujer guapa e ilusionada.
Blanche no tenía ningún
interés en responder a la pregunta del doctor, tan solo quería
que fuera él quien respondiera a las suyas.
- Doctor, antes de que ocurriera
la tragedia usted dijo que no creía que hubiera ningún problema
con mi hijo.
- Así lo dije entonces señora.
- Sigue usted pensando que no debería
haber habido ningún problema.
- Si, sigo pensándolo, su
hijo nació muerto, son cosas que pasan pero ...
- ¡Miente!, grito Blanche,
en su primera reacción humana desde hacía mucho tiempo.
Mi hijo nació deforme, deforme,
pero no muerto.
El doctor Pearson bajo la cabeza
anonadado durante unos instantes.
- Tiene usted razón, señora,
su hijo nació en malas condiciones y lo peor que le pudiera haber
ocurrido es que hubiera seguido viviendo.
Es, usted una mujer fuerte, muy
fuerte, señora Benson, por haberse atrevido a averiguar la verdad.
- Dígame doctor. Está
seguro que la invalidez de mi marido no tubo nada que ver con la deformidad
de mi hijo?.
- Señora, la medicina no
es una ciencia exacta, nunca podemos predecir lo que va a suceder, aun
así, me atrevería a asegurar que nada tuvo que ver lo uno
con lo otro.
- En ese caso quiere decir que el
mal reside en mi?.
- Tampoco quiero decir eso. Solo
Dios sabe las circunstancias que influyeron para que la criatura naciera
como nació. Conozco familias con cinco hijos en el que uno y sólo
uno de ellos nació con problemas.
Conozco mujeres que no han logrado
llevar a termino ni uno solo de sus múltiples embarazos. Por el
contrario otras mujeres paren ocho o diez veces sin tener el más
mínimo problema. Conozco una mujer que después de poner en
el mundo seis hijos como seis robles ha tenido dos tarados que son incapaces
hasta de llevarse la cuchara a boca.
Podría seguir poniéndola
ejemplos de todas las combinaciones posibles días y días
pero después de ello no sabría decirle que pudo pasar con
su hijo, ni tampoco que puede pasar con usted en el futuro. Es usted una
mujer joven y por lo que me ha demostrado, fuerte. Tan solo puedo aconsejarle
una cosa, siga viviendo, apueste por la vida y si vuelve la desgracia afróntela
con el mismo valor y entereza con que lo ha hecho ahora.
Yo no soy quien para decirle como
tiene que encauzar su vida. Tan solo la pediría encarecidamente
que viva.
- Gracias Doctor. Esa es la única
verdad que esperaba oír de sus labios. Dijo Blanche haciendo ademán
de levantarse para irse.
- No pensara volver a estas horas
a Viento del Norte?.
- Por qué no?. Acaso cree
que me puede pasar algo peor por el camino?.
El médico se abstuvo de contestar
la pregunta.
Esta noche se quedará aquí,
y mañana será otro día, mañana es posible que
lo vea más claro.
A pesar de las protestas de Blanche
el doctor Pearson no consintió que Blanche abandonara la casa por
aquella noche. Incluso después de cenar la hizo tomar un jarabe
que según dijo la ayudaría a descansar. Fuera por la acción
del jarabe, fuera por que Blanche había sobrepasado su capacidad
de resistencia, fuera por que la conversación con el doctor la había
liberado de sus últimas dudas, Blanche durmió de un tirón
hasta pasado el mediodía del día siguiente.
Se despertó notando como
las fuerzas había regresado a su cuerpo y en su mente tenía
claras las cosas que quería hacer.
Al despedirse del Doctor Pearson
Blanche notó como una corriente de humana simpatía se establecía
entre ambos.
Sin dudar encaminó sus pasos
al banco. A pesar de su desastrosa y ajada vestimenta el silencio se hizo
entre los empleados en señal de respeto al verla. Alguien corrió
hacia el despacho del director e instantes después éste salió,
serio y respetuoso a recibirla.
- Señora Benson, siento mucho
lo ocurrido. Dijo el hombre haciendo una leve inclinación ante ella.
Pase por favor, pase a mi despacho.
En poco más de un cuarto
de hora Blanche volvía a salir del Banco.
La noticia de su presencia se había
extendido por el pueblo y varios hombres y mujeres, a las que no conocía
se acercaron respetuosas a manifestarle su pesar.
Aquella manifestación de
duelo fue una auténtica sorpresa para Blanche, nunca se imaginó
que fuera tan conocida en Bigstone, un pueblo perdido, al que había
acudido unas cuantas veces y con cuyos habitantes apenas si había
tenido el más mínimo contacto.
Continuará...