Otro día con mi electro-masajeador de clítoris. (2)
Por Bajos Instintos 4.
bajosinstintos4@hotmail.com
El primer día con el electro-estimulador de clítoris, casi me
resultó catastrófico. El objetivo confeso del aparatito es mejorar la
circulación en la zona. Aunque yo lo había adquirido con propósitos un poco
menos confesables. Lo que más me sedujo fue la idea de estar recibiendo durante
toda la jornada un delicioso masaje íntimo. Cada masaje tiene una duración de 45
minutos, y un descanso de 20, luego del cual vuelve a comenzar. Y así todo el
día, a menos que una lo ponga en estado neutro. Por suerte yo lo puse en la
velocidad más baja, que además de mejorar la circulación en la zona, me elevó
considerablemente el tono muscular y anímico general.
Pero yo no contaba con el efecto acumulativo de los suaves
masajes. Porque realmente mejoran la circulación en la zona, tal como prometen
los folletos. Pero el siguiente masaje lo da sobre una zona con una circulación
mejorada, y vuelve a aumentarla. Y así sucesivamente. Y entonces una se va
calentando progresivamente, lo cual en verdad puede ser muy útil en los
problemas de frigidez. Pero el caso es que yo nunca he sido frígida, y sólo
quería unos masajitos íntimos, que me ayudaran a pasar el día divertida. Pero no
había previsto que el simpático aparatito me iba a ir llevando a estados de
calentura progresivamente mayores, con cada masajito.
Así que a medida que avanzaba el día comencé a sentirme y a
comportarme en forma un poco rara. Encontré singularmente atractiva a Lidia, mi
compañera de oficina, viéndola por primera vez, como quien dice, con ojos de
lesbiana. Luego, y ya comenzado el siguiente masaje, dejé que mi jefe me besara
y manoseara en su oficina. Pero por desgracia, cuando llevó su mano para la
ansiada caricia de coño, confundió la almohadilla del masajeador con un pañito
menstrual, lo que lo llevó a retirar su mano como un relámpago y deshacerse en
disculpas. Y salí de su despecho con una terrible calentura y una enorme
frustración. Mi cuerpo exudaba sexualidad por todos los poros, y me andar
expresaba lo mismo. A medida que iba pasando por sus escritorios, los muchachos
me iban siguiendo con ojos hambrientos. Y no fue raro, entonces, que uno de
ellos, Miguel, me avanzara en el camino. Y yo lo dejé que me llevara hasta la
piecita del depósito. Un poco raro, sí fue, ya que nunca me había sentido
atraída por ese muchacho. Pero en esos momentos lo encontré muy atractivo y
aceptable para cualquier cosa. Y Miguel cerrando la puerta comenzó a besarme y
manosearme los pechos, igual que hiciera mi jefe. Pero esta vez, previendo un
incidente como el sufrido con aquel, me adelanté a su intento de acariciar mi
coño, me bajé hasta su entrepierna y comencé a mamarle el nabo. Miguel no podía
creer lo que le estaba pasando.
Pero mi excitación había alcanzado un nivel tan alto que
inesperadamente me corrí, en medio de la mamada. El masajeador también se había
detenido. Y entonces volví a la realidad. Y sin mayores explicaciones, huí de la
piecita, dejando a Miguel de pié, con la poronga terriblemente erguida, y
nuevamente sin entender lo que le estaba pasando.
En síntesis: que dejé a dos hombres muy calientes, justo
cuando creían que estaban por cogerme. Y a un montón más, que lo hubieran
querido. Pero vuelta a mi normalidad, decidí que no era de mi responsabilidad lo
que todos esos machos calientes quisieran de mí. Al fin de cuentas, los hombres
siempre quieren eso. Y por el resto de la tarde permanecí abocada a mi trabajo,
indiferente e impasible.
Por la noche me di un relajante baño de inmersión y me dormí
apaciblemente. Sin considerar que otros no encontrarían tan fácil dormirse..
Al despertarme no tenía ganas de abandonar la cama. Estaba
entre somnolienta y relajada. Entonces recordé el electro-estimulador que había
dejado sobre la mesita de luz, y sin vacilar me lo coloqué. Y a los quince
minutos salté de la cama llena de energía.
Ya en el subte me noté muy vivaz y bastante dispuesta a
intercambiar miradas de interés con un caballero, y también con otro. "Estoy un
poco caliente…" me dije.
Al entrar en la oficina, ya estaba en medio del segundo
masaje del día, y me sentía divinamente, claro que un poco cachonda.
Cuando Lidia vino a mi mesa, me pregunté como nunca había
advertido lo atractiva y sexy que era. Me siguió contando los problemas con su
marido. En un momento comencé a acariciarle la mano, "Yo no entiendo como ese
tarado no te anda cogiendo día y noche…" le dije con voz algo más apasionada que
lo conveniente. "¡Qué caliente que tenés la mano!" me comentó ella, sin
retirarla. "Es verdad, estoy muy caliente" confesé. Y entonces le conté toda la
historia del aparatito. "…¿un electro-masajeador del clítoris?... mmmh… creo que
me gustaría probarlo…" "¡Usá el mío, total ya estoy bastante caliente, y mejor
no sigo calentándome!" Lidia se rió "¿de tu concha a la mía…?" "No, más bien de
mi clítoris al tuyo" contesté con picardía.
Fuimos al baño, y ahí en uno de los reservados me saqué el
maravilloso aparatito y la ayudé a ponérselo. Tuve que palparle un poco el coño,
para ponérselo justo sobre su clítoris. Y nos miramos a los ojos. Con una mano
se lo sostuve apretado contra el clítoris, mientras con la otra le pasé la
tirita por la vagina, que la tenía bastante peluda. Luego, sin abandonar la
presión sobre su clítoris, pasé del lado de atrás, para encajarlo entre sus
hermosas nalgas y atarlo a la parte trasera del cinturón. Claro, no pude evitar
que mi mano temblara un poco sobre la almohadilla que estaba sobre su clítoris,
Y Lidia no pudo evitar un suspiro. Era evidente que estar con la concha y el
culo al aire, junto a una amiga que se estaba ocupando de sus zonas, la había
calentado. Volvimos a mirarnos a los ojos. Y de pronto nos estábamos besando
apasionadamente. Sus manos pasaron de mi cintura a mis nalgas, agarrándome los
glúteos con ganas. Las mías se prendieron de sus tetas, y comencé a pellizcarle
los pezones. Lidia gemía y jadeaba dentro de mi boca, mientras nuestras lenguas
se revolvían, hasta que con un estremecimiento de todo el cuerpo, se corrió.
Después de prolongar el beso y el abrazo por unos tiernos momentos más, me puse
mis braguitas, y la dejé sentada en el inodoro. "Ponelo en la posición más baja,
en suave" le aconsejé antes de salir del baño.
Claro que yo no había acabado, y estaba más cachonda que
antes, así que con mi culo cimbreando recorrí el camino hasta mi escritorio.
Escuché algunos elogios poco delicados de mis compañeros, a mi paso, que me
pusieron todavía más cachonda. Apenas había comenzado a apoyar mi sensibilizado
culo sobre la silla, cuando sonó la voz de Roberto, mi jefe, ordenándome ir a su
oficina. Me levanté como un resorte.
"Pase, Susy, siéntese" me dijo Roberto luego de mirarme de
arriba abajo, sin dejar de advertir el ligero cimbrar de mis caderas. "O mejor,
quédese de pié"
Yo me sentía cachondísima, y seguramente se me veía en la
cara, porque Roberto se me aproximó hasta que nuestros cuerpos casi se rozaban.
Nos quedamos mirándonos a los ojos, con mi respiración anhelante. Era tan
contundente mi ofrecimiento corporal, que el hombre no pudo resistir, y
tomándome por la cintura me atrajo hacia él, y me dio un beso devastador, con su
fuerte boca y su caliente lengua. Yo se lo reciproqué. Sus manos fueron a mis
tetones, y comenzó a manoseármelos con pasión. Yo gemía y jadeaba. "¡Nenita…
sino fuera porque tenés el período no sabés que paseo te daba…!" "¡No tengo el
período!" le contesté con la voz ronca. En un instante, su mano voló a mi
concha. "¡Es cierto!" ahora le tocó a él poner la voz ronca.
Cerró la puerta con llave y llamó a su secretaria "Margarita,
que no me moleste nadie." Y se volvió hacia mí, que lo esperaba anhelante.
"Sacate la faldita, Susy" Yo obedecí inmediatamente. Se quedó mirando mis muslos
desnudos, y mi peludo coño. Yo di una graciosa vuelta, para dejarle ver mi culo
desnudo. En su pantalón un prominente bulto no dejó lugar a dudas con respecto a
su entusiasmo. "¡Las tetas! ¡Quiero verte las tetas!" Me saqué la blusita,
dejando mis impresionantes tetones al aire. "¡Ay, madre mía, qué buena que
estás!" "Bueno… vamos a hacer las cosas con calma, subite al escritorio…" Lo
hice, y me quedé en cuatro patas, con mi soberbio culo en pompa. Roberto comenzó
a besármelo sin perder un segundo. Y después a lamerme los glúteos por el lado
de adentro. Mi respiración se volvió muy agitada, por la caricia que estaba
recibiendo. El muchacho se estaba enloqueciendo con mi culo, y me estaba
enloqueciendo a mí también. "¡Ya es bastante!" dijo de pronto, y untando su duro
nabo con los jugos que flotaban en mi vagina, lo lubricó y comenzó a hundírmelo
en mi culo. Yo lancé un suspiro de lujuria, ya que me encanta que me den por el
culo, y si no me lo piden, lo pido. Así que me di el gran gustazo, con esa
tranca que entraba y salía con frenesí ¡Grande y gordo, el nabo de mi jefe! Y
comencé a prepararme para el orgasmo que se me venía. Pero no me dio tiempo.
Dándome unos violentos empellones me lo enterró hasta el fondo y yo pude sentir
las pulsaciones de su tranca, a medida que iba inyectándome grandes chorros de
semen en las entrañas. Luego me la sacó. "Mejor que se vaya, Susana, tengo mucho
trabajo por hacer, en otro momento la seguimos." Y me dejó ahí, con el culo
abierto, y más caliente que nunca. Me vestí como pude, mientras él ya estaba con
la cabeza baja sobre su escritorio, revisando expedientes. El mismo escritorio
donde acaba de culearme.
Salí de la oficina como una exhalación y fui a buscarlo a
Miguel, que estaba en su escritorio. Me miró con ojos que expresaban al mismo
tiempo deseo y desconfianza. Deposité mi hermoso culo sobre una punta de su
escritorio, y comencé a mover mis pantorrillas descaradamente. No me costó gran
cosa convencerlo para que me acompañara al depósito. Y allí nos metimos en la
piecita chica. Cerramos la puerta, y levantándome la faldita, dejé mi desnudo
culo al aire, como ofreciéndoselo. Miguel entendió la indirecta y sacando su
tranca del pantalón, me la enterró en el culo. ¡Era una tranca de concurso, más
grande todavía que la de mi jefe! Y le dio al serrucho con tantas ganas, que no
tardé en correrme, con grandes estremecimientos y apretones sobre su maravilloso
nabo. Lamentablemente, no alcanzaron para que Miguel llegara a su culminación. Y
no podía seguir, porque había perdido mucho tiempo follando ya, y tenía una pila
de trabajo que seguir. Así que me desensarté, dejando esa inmensa pija temblando
al aire, con un empalme de concurso. Arreglé mi ropa y poniéndome en puntas de
pié le di un besito con mi gruesa trompita sobre sus labios. Pude ver una
expresión turbia y desenfocada en sus ojos algo vidriosos. Pero no podía
quedarme. "Disculpame, Miguelito, pero me espera una montaña de trabajo." El
pobre emitió un gemido, sin conseguir articular palabra. Cuando lo miré, antes
de salir, permanecía en el medio de la pieza, con su terrible erección temblando
en el aire. Con suspiro de pena, salí.
Ya en mi escritorio la vi. venir a Lídia, con un paso entre
un leve tambalearse y algo de saltarín. Se sentó frente a mí, con una expresión
desenfocada en sus ojos. "¿Qué te pasa, Li?" "El apa… rato…" dijo jadeando.
"¿Pero, lo pusiste en "suave", como te aconsejé?" "¡Lo puse en "media"!" gimió,
mientras sus ojos se humedecían. "¡Hace dos meses que no tengo relaciones con mi
marido, y pensé que necesitaba una estimulación mejor que "suave"!". Se quedó
sosteniéndome la mirada hasta que sus ojos fueron poniéndose cada vez más
turbios. Sus manos acariciaban las mías con fervor, al punto que mis pezones se
pusieron erectos. "¡Quiero chuparte la concha!" gimió con voz ronca y jadeante.
Su calentura era tanta que mis ojos se nublaron un poco. Y los de ella se habían
vuelto vidriosos, mientras su boca abierta interrumpía los jadeos para una
silenciosa acabada. Después de unos instantes le pregunté "¿más tranquila, ahora
que acabaste?" Lidia me miró con una sonrisa de simpatía. "¡Aquí vamos de
vuelta!" anunció. Miró a su reloj. "¡En diecisiete minutos este maravilloso
aparato me hizo alcanzar tres orgasmos!" Siguió acariciándome las manos.
"¡Todavía te quiero chupar la concha! ¡Vamos al baño, Susy!" Era tanta la fuerza
de su pedido, que me levanté y fuimos al baño.
Me sacó la braguita. "Sentate ahí con las piernas abiertas"
dijo señalando el inodoro. Mi concha no había recibido ninguna atención ese día,
así que más que dispuesta hice lo que me ordenaba mi amiga.
Lidia estaba jadeando fuertemente, y me hizo sentir todos sus
jadeos en mi concha, mientras me la besaba con fruición. Pronto alcanzó su
orgasmo y yo temí que interrumpiera su mamada. Pero después de unos instantes,
me miró a los ojos, "Aquí vamos de nuevo…" Y siguió con la mejor mamada que
jamás me hayan dado. Su frenética lengua pasaba de mi culo a mi concha, y de
esta a mi clítoris, en un circuito infernal. Pronto me derrumbé en un
maravilloso orgasmo. Y mi amiga, a esas alturas mi mejor amiga, siguió
avasallándome con su deseo. Cada tanto sentía los jadeos de sus muchos orgasmos
y yo, volando de uno en otro, agradecí al cielo la existencia del aparatito, al
que debía la lamida más larga que me habían hecho jamás.
Cuando se apagó el aparatito, Lidia me miró con terribles
ojeras en sus agradecidos ojos. Abriéndome las nalgas, me aplicó algunas
lamiditas cariñosas, y luego se puso de pié, conmigo derrumbada sobre el cerrado
inodoro. Con un tirón me puso de pié y me dio un tierno y apasionado beso de
lengua.
"¡Me tengo que comprar esta maravilla!" dijo, devolviéndome
el masajeador.
Y procurando mostrar un aire indiferente, volvimos a nuestros
escritorios. Al pasar por el escritorio de Miguel, no pude evitar ver la
expresión crispada y resentida en sus vidriosos ojos. No dije nada, y me fui a
sentar.
Esa noche dormí como un ángel, y aunque no me puse el
masajeador, lo mantuve apretado contra mis pechos. En posición neutra, claro.
Pero abrazándolo con cariño.
La última imagen que vino a mi mente, antes de dormirme,
fueron los ojos vidriosos de Miguel, y una visión de su tremenda tranca erecta,
temblando en el aire. Y me dormí con un sentimiento de pena y compasión hacia
ese muchacho tan bueno.
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