De nuevo frente al espejo, ya arreglada, repasaba los últimos
detalles de su aspecto. Su figura alta y delgada dentro de aquel vestido de
terciopelo color vino cobraba un aspecto casi mítico. No era provocador, aunque
ceñía tanto sus senos y dejaba tanta porción de su espalda al aire que hacían
inútil el uso de un sujetador. No era provocador, aunque ella, que se sabía
bonita y sabía ponerse más guapa aún, dominaba con maestría el arte de saber
provocar con él las miradas de jóvenes y adultos. Era una mujer hermosa, y le
gustaba mostrarse como tal.
No llevaba mucho maquillaje. Un poco de rímel en las pestañas
y una fina capa de barra de labios para resaltar su ya de por sí bastante
sugestiva textura, nada más. Con un moño por peinado, cómodo pero lo
suficientemente elegante como para recibir a sus invitados como una preciosa
anfitriona, jalonó aquella obra de arte viviente.
Sin embargo, su imagen en el espejo no le trasmitía la
habitual dosis de narcisismo que siempre le solía regalar. Estaba preocupada con
lo que le había escuchado a su esposo, y aunque sabía que no debía, ya que él le
había dicho también que sabía lo que se hacía, le era imposible no estarlo.
El timbre de la puerta sonó con la fuerza de mil cañones, o
al menos eso le pareció a ella, sacándola de su sopor. Se giró para ir a abrir
mientras su esposo, que acababa de llegar para ajustarse el nudo de la corbata,
le daba un suave beso en la mejilla diciéndole lo guapa que estaba como si no
pasara nada.
Luis apareció al otro lado de la puerta con su eterna cara de
niño malo. Sonrió a sus dos anfitriones y pasó a dentro del amplio piso de la
pareja. Le dio un abrazo a su esposo y luego, con un tono jocoso, tomó la mano
de Laura y le dio un sonoro beso en los delicados nudillos de la mujer.
Tal vez el beso le pasara desapercibido a su marido, pero
ella pudo notar claramente como Luis, aprovechando la excusa, le dirigía una
caprichosa mirada a su escote mientras se agachaba para besarla. Y sobretodo
como empleaba la lengua y no los labios para darle el ósculo, dejando sobre su
mano una sensación de horrorosa humedad.
Ella encajó el golpe lo mejor que pudo. Conocía ya de sobra
la fama de bromista de Luis. Pensó que lo que debía hacer era tranquilizarse y
esperar a que viniesen las otras dos parejas ya que entonces todo sería más
ameno.
De nuevo sonó el timbre: esta vez era Andrés, que venía
curiosamente solo.
Lo siento chicos, pero Marta no puede venir: tiene dolor de
cabeza. –Dijo excusándose.
No pasa nada, que se le va a hacer.
La voz de su esposo sonó sumamente tranquila. Evidentemente,
pensó Laura, al él le importaba poco que no fuese su amigo quien fallara, sino
la amiga de su mujer. Bueno, al menos quedaba Ana.
Hola queridos. Ana no ha podido venir porque le dolía la
cabeza. Me ha pedido que me disculpe por ella, pero es que dice que está fatal.
Laura, como buena anfitriona, trató de encajar el golpe lo
mejor que pudo, aunque no le hizo ni pizca de gracia descubrir que iba a ser la
única mujer en aquella reunión de hombres. Unos hombres además, que posiblemente
la hubiesen visto desnuda.
El mero hecho de recordar esto le provocó un ligero temblor
en las rodillas. ¿Habrían visto sus fotos?. No parecía que así hubiera sido,
pues ninguno aparentaba haberse fijado en ella con una mirada especialmente
torva. A excepción del pervertido de Luis, que tampoco era ya una novedad.
Vaya Carlos, lo siento, debe ser un virus, porque mi mujer
estaba igual. –Confesó Andrés.
Un virus… no creo: eso del dolor de cabeza es algo que afecta
a las mujeres desde que Dios las creó. –Dijo socarronamente Luis- Bueno, al
menos no siempre les afecta a todas.
Es verdad, Luis. –Sonrió feliz Carlos- Aquí está nuestra
Laurita para animarnos la fiesta. –Dijo mientras propinaba un sonoro beso en su
mejilla.
Eh!, déjame a mí un poco también. –Agregó Andrés dando otro
sonoro beso en la otra mejilla de Laura.
Vamos, vamos, que es mi esposa. –Dijo fingidamente ofendido
su marido mientras empujaba a sus tres amigos hacia el salón.
Unos perros. Eso es lo que eran, unos perros, unos cerdos,
pensaba Laura mientras se pasaba aprensiva una toalla por su cara para secarse
la huella de los besos. Estaba sola en el cuarto de baño, a punto de llorar, y
lo hubiera hecho de no ser porque le hubiera sido muy difícil después borrar las
pruebas de sus lagrimas. Estaba segura de que los tres habían visto sus fotos,
segura. No entendía que podía estar tramando su esposo y, aunque confiaba
ciegamente en él, le costó mucho armarse de valor para salir de nuevo del baño
mientras se veía otra vez entre aquellos dos amigotes de su esposo, besando su
carita como si fuera pública y acercando sus manos descaradamente a su cuerpo,
como si la fueran a desnudar de un momento a otro.
Estaba tan sumamente nerviosa, que cuando llegó al salón, se
bebió la primera copa del vino rosado espumoso que ella misma había elegido para
la cena de un trago. Era realmente bueno, y estaba muy frío. Luis le ofreció
gentilmente otro, que también se bebió al instante.
Ya más sosegada pudo comprobar como los tres amigos y su
esposo charlaban tranquilamente sin hacerle más caso del sencillamente cortés,
lo cual terminó por tranquilizarla. Una copa más, ofrecida por Andrés, que ya
sí, se bebió con toda la calma del mundo, la hicieron recuperar la esperanza en
que todo aquello acabaría lo antes posible y tendría tiempo de exigirle una
explicación a su esposo.
El pollo estaba en el centro de la mesa esperando a ser
trinchado. Su esposo le pidió que hiciese los honores y ella, solícita, se
levantó para trincharlo.
Tal vez fuera porque se levantó demasiado deprisa o tal por
que el vino se le había subido a la cabeza, el caso es que cuando se puso en pie
notó como se le iba un poco la cabeza. Aún así, hizo un esfuerzo por mantener la
calma y comenzó a cortarlo ante las hambrientas miradas de aquellos cuatro
hombres.
¿Muslo o pechuga?. – Pregunto cuando hubo acabado.
Pechuga.- El tono de voz de Luis sonó tan caliente que a
ninguno se les escapó el matiz y una sorisita se dibujó en las caras de todos,
menos en la de su marido, que parecía estar en la luna.
Valor, Laura, pensaba mientras servía el pollo.
Es un pollo muy bueno, Laura. –le dijo Luis en tono meloso
mientras esta se sentaba un poco aturdida.
La confesión la pudieron oír todos, lo que ninguno pudo
observar era como éste comenzó a darle unas ligeras palmadas en su muslo. Si
bien, en condiciones normales, seguramente le hubiera respondido con un sonoro
bofetón, pensó que su marido era consciente de lo que estaba pasando, por lo que
se limitó a dar un ligero manotazo en aquella mano para quitársela de encima.
Sin embargo, lejos de amilanar a su compañero de mesa, el
manotazo azuzó a Luis, quien volvió a dirigir la mano contra su anatomía, aunque
pasando ahora de las palmaditas a las caricias sobre la rodilla. Confiaba en su
esposo, pero por momentos le parecía que se estaba desentendiendo de ella, por
lo que procuró llamar su atención pidiéndole que le pasara el salero, el aceite,
lo que fuera.
A Luis le excitó el aparente desinterés de su amigo por su
legitima esposa. Veía incrédulo como mientras él se aferraba a la rodilla de
aquella mujer haciendo cada vez más atrevidas sus incursiones sobre los muslos
de la guapa anfitriona, su esposo pasaba y pasaba saleros, vinagreras y demás
sin mirar siquiera, absorto en no sé que estúpida conversación con Carlos y
Andrés.
Mientras las caricias de aquel amigo de su esposo se
contentaron con la parte superior de sus muslos, Laura aguantó estoicamente,
tratando de que su marido se diese cuenta de una vez de lo que estaba pasando
bajo el mantel. Sin embargo, cuando los tocamientos llegaron a la cara interna
de éstos, comenzó a sentirse desfallecer.
Su marido debía de haberse dado ya cuenta de lo que estaba
pasando. Debía tener fe en él, pero ya fuera por los nervios, ya por la bebida,
o ya porque aparentemente nadie más se estaba dando cuenta de lo que estaba
pasando allí, el caso es que Laura comenzó a sentir como su corazón comenzaba a
latir con más fuerza y como un terrible calor comenzaba a apoderarse rápidamente
de ella, impidiéndole seguir tratando de llamar la atención de su esposo.
A Luis no se le escapó la aparente entrega de Laura a sus
deseos por lo que volvió más atrevidas sus manos, no contentándose ya solo con
acariciar los muslos y el tanga de su anfitriona y desplazando a una de las
ingles aquella pequeña barrera de tela perla, comenzó a acariciar suavemente con
las yemas de sus dedos corazón y pulgar el mojado clítoris de la mujer que se
ofreció inflamado a sus deseos.
Laura hubo de hacer un esfuerzo por no ponerse a jadear como
una loca allí mismo mientras a medio metro de ella su esposo departía con sus
otros dos amigos sin darse cuenta de nada de lo que pasaba bajo el mantel. Su
esposo. Valiente esposo. ¿Para esto servía tener fe en él?.
Cuando se sintió penetrada por los dedos de Luis no pudo
evitar que sus ojos se cerraran. Se lamió los labios víctima de un placer como
antes jamás había llegado a sentir y se dejó hacer. Y se dejó hacer hasta que un
prolongado y cálido orgasmo invadió todo su cuerpo.
Eres una autentica putita. –La voz susurrada de Luis a su
oído sonó como un beso en su cerebro.
Si os ha gustado… continuará