Sin embargo, la preocupación
de Blanche en estos momentos estaba lejos de temer por la vida de Richard,
su verdadera preocupación estribaba en saber que durante su ausencia,
Richard volvería a montar a tantas negras y tantas veces como le
diera la gana, mientras ella se tendría que contentar con una larga
abstinencia por verdadero miedo a quedarse embarazada de otro que no fuera
él.
Durante el viaje de ida a Natchez,
se sorprendió a si misma mirando hacia las carretas y, preguntándose
cuántos de aquellos negros que ella iba a vender, serían
hijos del difunto Peter Benson? ya que los hijos de Richard debían
ser todavía demasiado jóvenes para ser vendidos. Finalmente,
llegó a su destino, buscó un lujoso hotel donde estaba segura,
que no se encontraría con ninguno de aquellos que había conocido
durante el tiempo que había trabajado en la taberna de Moisés.
Por otro lado, la transformación
ocurrida en su cuerpo durante el último año y, el cambio
de las míseras vestimentas que entonces llevaba por otras mucho
mejores, hacía casi imposible que alguien la reconociera.
Además Tiara, se había
hecho acompañar por ella, también era una hábil peinadora,
que podía dar a su aspecto un aire completamente distinto cada día.
Sin embargo, su primera preocupación,
después de dejar los negros en los corrales no fue, como Richard
la había aconsejado, ponerse en contacto con el señor Caine,
el subastador que desde hacía años había atendido
al viejo Benson, sino comprar un machito de unos diez años, que
la habría de ser muy útil para su más inmediato proyecto.
Aquella misma tarde bajó
a los corrales, no tenía interés alguno en hacer una compra
publica en el estrado, prefería hacerlo en privado y, al dejar sus
negros en ellos, había visto una gruesa negra acompañada
de un machito que la podía interesar.
Mientras se acercaba al corral donde
lo había visto esbozó una sonrisa.
Qué pensaría, si alguien
que la conociera la veía comprando un machito tan raquítico
como el que pensaba comprar?. Cuando llegó a donde la gruesa negra
esperaba, sentada en el suelo, cubriendo con su sombra el huesudo cuerpo
de su famélico hijo de los ardientes rayos del sol, se dio cuenta
de que el aspecto del negrito era, incluso más lamentable de lo
que la había parecido en un principio, pero el esfuerzo que pensaba
pedirle también era pequeño.
Tan sólo la viveza de los
ojos del negrito demostraba que se trataba de un animal inteligente y vivaracho
a pesar de su profunda delgadez. Se sentía atraída por él.
Ella misma había sido muy delgada.
No había llegado a estar
tanto como el negrito, pero sí mucho más de lo que se espera
de una bonita y hermosa joven blanca. La negra pareció intuir que
Blanche se proponía separarla de su cría y la miró
con desconfianza, olvidándose por unos momentos de cubrir al machito
con su sombra.
Haciendo caso omiso de la negra,
Blanche se entretuvo unos minutos mirando el cuerpo desnudo del machito
hasta que oyó que alguien se acercaba por detrás de ella.
- Desea usted algo señorita?.
Oyó que preguntaba una voz de hombre.
- Es usted el amo de este machito?.
Preguntó señalándolo con el pie.
- No, soy el encargado del corral.
Contestó un joven de pelo rojizo.
- Me puedes decir dónde podría
encontrar a su dueño?.
- Claro que si señorita,
puedo ir a buscarlo si usted lo desea, debe estar comiendo aquí
cerca.
Poco minutos después un hombre
maduro y voluminoso caminaba presuroso hacia Blanche.
- Soy el señor Milne, señorita
...?
- Duncan, Beatriz Duncan, contestó
Blanche recordando de pronto el nombre que ya había usado en otra
ocasión.
- Me han dicho que quería
usted verme, señorita Duncan.
- Sí, si es usted el dueño
de este machito.
El señor Milne hizo un gesto
de decepción antes de preguntar.
- No pensara usted en comprar sólo
el machito?.
- Sí, precisamente eso deseo.
- Es que ese machito por si solo
no vale nada. Yo lo he traído para que sea más fácil
vender a la negra.
- Es que está enfermo?.
- Enfermo? no, que va, hay donde
le ve que parece tan pacífico, es de la piel del diablo, un auténtico
torbellino que lo único que sabe hacer es inventar trastadas y correr
por todos lados como un auténtico potrillo.
Mientras el señor Milne hablaba,
el machito había esbozado una amplia y picarona sonrisa dirigida
a Blanche, ajeno por completo a las miradas de preocupación que
les dedicaba su madre.
- Bueno señor Milne, supongo
que también el machito tendrá un precio, no?.
- La negra y el negrito pueden ser
suyos por doscientos cincuenta dólares.
- No estoy interesada en la negra,
sólo deseo comprarle a él.
- En ese caso le daré un
precio de amigos, para que se vaya usted contenta, señorita Duncan.
Por treinta dólares se lo lleva ahora mismo.
- Me parece un precio muy alto para
no valer nada. Le doy veinte.
- Seguro estoy de que podré
sacarle más de eso a la negra si la vendo junto con el negrito,
además no tendría que separarlos.
A Blanche la hizo gracia los derroteros
sentimentales que estaba tomando el regateo.
- Puede que si, señor Milne,
pero yo no puedo pagar por el más de veintidós y estoy segura
de que debe haber otros machitos en los corrales.
- Es suyo, señorita Duncan,
dijo Milne vencido por este último argumento.
Mientras firmaban los documentos
de venta, Blanche tuvo que soportar el berreo de la negra al comprender
que definitivamente, la quitaban su cría. En cambio el machito parecía
contento con su destino. Realmente pocas veces tenía un negro la
oportunidad de ser comprado por una joven tan guapa y distinguida como
su nueva ama.
Momentos después Blanche
tuvo ocasión de comprobar que el machito era efectivamente de la
piel del diablo y que gozaba de buena salud.
Apenas habían salido de los
corrales cuando un pájaro vino a posarse, con el pico abierto por
el calor, cerca de ellos. Sin pesárselo dos veces, el negrito salió
de estampida en dirección al pájaro que levantó el
vuelo alejándose unos metros. El machito hizo intención de
parar, pero al volver a verle tan cerca reinició la carrera tras
él a increíble velocidad. El resultado fue que después
de cinco o seis saltos del pájaro, el negrito terminó por
cansarlo y acorralarlo en el rincón de dos casas haciéndose
finalmente con él.
Con una amplia sonrisa iluminando
su rostro volvió corriendo hasta donde divertida le esperaba Blanche.
Al llegar, el machito tendió
su mano ofreciéndola el producto de su esfuerzo con una sonrisa
generosa.
Blanche, alborozada por la caza,
en la que había participado, al menos en espíritu apoyando
al negrito, tuvo de pronto un brusco cambio de humor. Debía demostrarle
cuanto antes que la que mandaba era ella y que no le consentiría
hacer las cosas sin su permiso.
Antes de que el machito tuviera
tiempo de percatarse de lo que pasaba, la mano de Blanche restalló
poderosa sobre su mejilla haciéndole perder el equilibrio y tirándolo
al suelo mientras el pájaro reemprendía el vuelo.
Pasmado por la sorpresa y la injusticia
de que se sentía objeto el negrito permaneció unos momentos
en el suelo, mirándola con ojos desorbitados por el temor y la incomprensión.
Blanche se encaró con él
y agitando un dedo amenazador dijo.
- De ahora en adelante harás
lo que te mande y sólo lo que te mande.
Hubo de darle una patada para sacarle
de su asombro antes de ordenarle que la siguiera.
Gimoteando el negrito se puso a
caminar tras ella.
Blanche se encaminó directamente
hacia una tienda en la que compró diez metros de soga con la que
cargó al negrito.
Después se encaminó
rápidamente hacia la salida de la ciudad, el calor hacía
que por las calles no se moviera un alma.
No tardó en llegar a las
ruinas de la casa en cuyo pozo había guardado el oro hacía
un año.
Desde lejos pudo distinguir la abundante
vegetación que lo rodeaba y con el corazón latiéndola
fuertemente en el pecho se asomó al semiderruído brocal.
La ansiedad la hizo lanzar una rápida
ojeada a la iluminada superficie del agua sin descubrir la gruesa rama
que a modo de boya había dejado el año anterior.
Tratando de serenarse volvió
a escrutar la superficie sin encontrar nada que pudiera parecerse a lo
que en su recuerdo era la rama.
- Me han robado, pensó mientras
ya sus ojos escrutadores comenzaban a observar más detenidamente
el agua.
En la superficie se observaban pequeños
palitos y algún que otro manchón de vegetación acuática
pero nada que se pudiera identificar como la señal que ella había
dejado.
Desesperada ató al machito
a un extremo de la cuerda y dijo.
- Te voy a bajar al pozo. Quiero
que remuevas todo lo que veas flotando en el agua.
Al negrito no pareció hacerle
mucha gracia la idea de su ama pero amedrentado como estaba todavía
por el reciente bofetón, se abstuvo de hacer el menor comentario
o gesto que pudiera ser malinterpretado por Blanche.
Rápidamente Blanche hizo
descender al niño hasta que parte de su cuerpo se hundió
en el agua.
Desde fuera, Blanche fue ordenando
al niño lo que tenía que hacer hasta que todos y cada uno
de los palitroques que flotaban fueron removidos sin ningún resultado
positivo.
Cada vez más desesperada
al ver que el agua se enturbiaba más y más por la agitación
a que era sometida y, que un pestilente olor a cieno comenzaba a emanar
del agua corrupta, dificultando enormemente el que su tesoro pudiera ser
recuperado en caso de que aún se encontrara allí, comenzó
a soltar y recoger la cuerda haciendo que el negrito se sumergiera completamente,
antes de ser izado de nuevo a la superficie.
-¡Busca bajo del agua y saca
lo que encuentres! Grito Blanche.
A partir de ese momento el negrito
apenas si tenía tiempo de respirar antes de que Blanche lo volviera
a sumergir de nuevo.
De pronto, una de las manchas de
vegetación acuática comenzó a moverse rápidamente
en la superficie mientras el machito sacaba fuera del agua un trozo de
cuerda en cuyo extremo estaba, semi podrida, la rama que Blanche había
arrojado.
Blanche comprendió rápidamente
lo sucedido.
La rama había ido encharcándose
de agua y hundiéndose progresivamente a lo largo del año,
de forma que al final, sólo quedaba en la superficie una parte minúscula
de ella, sobre la que se habían asentado las plantas acuáticas
que se deslizaron rápidamente al ser tiradas por la cuerda que el
machito había encontrado, y que estaba sujeta a ella.
- No la sueltes. Gritó comenzando
a serenarse.
Impaciente, esperó a que
el negrito hubiera restablecido de nuevo su respiración antes de
ordenarle que atara la cuerda que él había sacado, a la que
Blanche sujetaba.
Una vez hecho, comenzó a
tirar de la cuerda alegrándose de haber escogido un machito de tan
poco peso.
Lentamente el machito fue ascendiendo
y tras él, la soga y la rama que a pesar de estar cubiertas ambas
por un verdín resbaladizo Blanche identifico rápidamente.
Poco después notó
el aumento de peso del oro al comenzar a desprenderse del fondo y, momentos
después, tanto el negrito como el envoltorio en que estaba el oro,
fueron izados hasta fuera del pozo. Ambos chorreaban agua fétida
pero Blanche se dedicó a observar el estado de conservación
del envoltorio.
Parecía haber soportado muy
bien el paso del tiempo y nada en su exterior hacia sospechar que hubiera
sido manipulado.
Tan sólo el resbaladizo y
repugnante cieno que lo cubría, indicaba donde había estado
en los últimos meses.
Blanche desató al negrito
y le ordenó cortar la cuerda del envoltorio medio metro por encima
de éste con una gruesa piedra que se veía a pocos metros
de donde estaban.
A pesar de la aparente falta de
fuerzas, el negrito lo hizo con pocos pero certeros golpes, después
de haber puesto la cuerda sobre otra piedra más gorda. Era evidente
que la soga estaba medio podrida.
Pero hubo algo que a Blanche la
llenó de gozo. A cada golpe del negrito, del envoltorio salía
en tintineo metálico del oro que contenía.
Una vez el oro en su poder Blanche
puso en marcha la parte final de su idea.
Volvió de nuevo hasta el
derruído brocal del pozo y llamó al negrito fingiendo mirar
atentamente al agua. Esperó hasta que él llegó a su
lado y, con un leve empujón lanzó al machito al agua. Con
un sentimiento de poder y un inexplicable regusto, le vio aparecer y desaparecer
en el líquido elemento más de diez veces, mientras el interior
del pozo se llenaba del ruido del chapoteo y de los gritos de terror del
negrito pidiéndola ayuda.
Hubiera sido fácil arrojarle
la cuerda y volverlo a sacar, pero ésto ni siquiera pasó
por la mente de Blanche. Ella sólo quería que una vez recuperado
el oro, no quedara ningún testigo que pudiera unirla a la ya lejana
muerte del viejo Benson.
Finalmente el negrito desapareció
para no volver a subir. Cuando Blanche se convenció de que ya debía
estar muerto en el fondo del pozo, tomó el envoltorio por la cuerda
y se alejó por el camino hacia la ciudad convencida que nadie se
molestaria en averiguar que le había pasado al negrito en caso de
que alguien encontrara su cadaver flotando. Eran demasiados los negros
muertos que se encontraban a diario, sobre todo en las cunetas de los caminos.
Sin más incidentes llegó
al hotel e hizo que Tiara saliera de la habitación y se fuera a
conocer la ciudad hasta que llegara la noche. Una vez sola, cortó
la cuerda del envoltorio y extendió el oro por el suelo para que
se secara.
El fuerte calor contribuyó
a que la operación se hiciera rápidamente y después
Blanche pudo volver a contar su oro como lo hiciera aquella noche ya lejana
en la que se sentía rica sin haber salido todavía de la miseria.
Mucho antes de que regresara Tiara,
ya había recogido y ocultado su tesoro bajo el colchón de
la cama.
Con el corazón lleno de emociones
hizo que la joven esclava viniera entre sus muslos para poder desahogarse
convenientemente. Así mientras Tiara la lamía y acariciaba
todo el cuerpo pensó que no era tan malo estar unos días
lejos de Richard, eso la permitía volver a encontrarse con aquella
vieja costumbre que había iniciado desde el primer día que
compró a Camana.
Cierto que Richard la satisfacía
completamente cada noche cuando hacían el amor, pero pensaba que
sería más completo si después de haber sido penetrada
por él, pudiera disponer de Tiara para lamerla a continuación.
Luego, mientras la esclava iba centrando
más y más las caricias en el sexo, comenzaron a pasar por
su mente imágenes de aquella misma tarde en las que veía
al machito salir y hundirse en la fetidez del agua del pozo, con el rostro
deformado por el terror.
Esto aumentaba considerablemente
la excitación y la sensibilidad de su sexo, hasta el punto que debió
apartar repetidamente a Tiara, para no llegar al orgasmo demasiado rápidamente.
Finalmente, cuando su cuerpo fue
recorrido por las potentes contracciones del placer y entró en la
placentera relajación posterior ordenó a Tiara que la abanicara
hasta que se durmió. Al día siguiente entregó el oro
en el banco sin ningún temor a ser descubierta, sabía que
tenía suficiente solvencia como para poder justificarlo en caso
de que fuera necesario. Dos días más tarde volvió
a hacer otra entrega de cerca de nueve mil dólares como producto
de la venta de los negros.
El último día lo dedicó
a hacer compras y, al siguiente inició el viaje de regreso a Viento
del Norte llevando, para Richard, un magnífico regalo que sabía
que él deseaba y que le haría mucha ilusión.
Casi un mes después de haber
salido de la plantación camino de Natchez, volvía a ella
ilusionada de encontrarse con Richard y con el ambiente que la era familiar.
Richard salió a su encuentro
al camino y ambos jóvenes se fundieron en un entusiasmado abrazo
de cariñosa ternura antes de que Blanche ordenara extraer, de la
carreta, el minúsculo regalo que traía para él.
Con la misma ilusión que
un niño vio como Richard deshacía el cuidado paquete que
habían preparado en Natchez, tratando de no rasgar siquiera el fino
papel que lo envolvía, y al fin tuvo en sus manos un delicado y
compacto estuche.
Al abrirlo, su rostro se iluminó
con una sonrisa y, mirando hacia Blanche la atrajo hacia sí abrazándola
y dándola un fuerte beso al tiempo que decía.
-¡Gracias! siempre he deseado
tener una armónica.
Poco después el inválido
se llevaba a la boca el instrumento comenzando a arrancarle los primeros
sonidos, sonidos que nada tenían que ver con lo que se entiende
por música.
Mientras, Blanche hacía sacar
de la carreta un voluminoso manojo de papeles que entregó a Richard.
Al principio la miró confuso,
pero al mirar mas atentamente los papeles su rostro volvió a expresar
alegría.
- Partituras !. Dijo con asombro.
- El hombre que me vendió
la armónica, dijo que en esos papeles venía la forma de aprender
a tocarla. Dijo Blanche.
Richard, momentáneamente
abstraído en los papeles no contestó tratando de descifrar
aquellos signos misteriosos.
Continuará...
Datos del autor/a:
Nombre: Adela.
E-mail: aadelaa@yahoo.com
Fuente: Historia originalmente publicada
en la lista de correo "morbo".
Relato protegido e inscrito en el
registro de propiedad intelectual.