Con palabras entrecortadas por los
sollozos, la negra vino a decir que aquella misma mañana, había
sido violada por tres hombres cerca de las cabañas de los negros.
A Blanche la pareció normal
que la negra quisiera informar del incidente, pero no la gustó el
tono reivindicativo de sus palabras así que una vez se hubo marchado,
ordenó a Lama que aquella negra, junto con otras dos hembras jóvenes,
debían atender a los hombres durante los días y noches que
permanecieran en la plantación.
Cuando se encontró con el
reverendo Allen y sus compinches, a la hora de comer les notó preocupados.
Sin duda se habían enterado de la presencia de la negra en la casa
y temían su reacción pero, se fueron relajando a medida que
transcurría la comida y veían que no pasaba nada.
Por fin llegó la hora de
la ceremonia. Hubo un gran contraste entre las ropas elegantes de Blanche
y Richard y la desharrapada presencia de los testigos, que presentaban
incluso, peor aspecto que algunos de los negros y negras que observaban
la ceremonia desde fuera de la estancia, a través de la puerta abierta
y las ventanas.
Sea como fuere, Richard y Blanche
quedaron casados a media tarde y, la alegría y la fiesta se extendieron
por la casa primero y, por la plantación después.
Las viandas preparadas en la cocina,
fueron servidas por las negras vestidas para la ocasión, con ropas
nuevas que más se parecían a los uniformes de servicio, que
a los pardos sayones que usaban habitualmente.
Los testigos, una vez firmados los
documentos, parecieron sentirse más libres de impedimentos convencionales
y decidieron, no hacer caso a las repetidas señas que el reverendo
Allen les destinó al ver que se sobrepasaban en la bebida. El resultado
es que antes de la cena estaban borrachos y, sus voces estentóreas
alteraban el ya precario orden de la casa.
La fiesta y la alegría, se
había extendido fuera de la casa gracias a la abundante comida y
bebida que generosamente se repartía a cuantos negros querían
unirse a la celebración. A pesar del calor, fuera habían
comenzado a sonar los tambores, mientras negros y negras se movían
en un interminable y frenético baile que se prolongaría durante
varios días.
Por fin Richard y Blanche se despidieron
de sus invitados y se retiraron a sus nuevas habitaciones que englobaban
buena parte de la zona frontal de la casa en el primer piso.
Discretamente Blanche esperó
en una habitación contigua a que las esclavas que manejaban el transportín
Richard le hubieran colocado en la cama para despedirlas.
Cuando entró en la estancia
vio a su marido visiblemente preocupado, sin duda se sentía humillado
y ansioso por el desagradable aspecto que su invalidez pudiera producir
en su mujer.
Blanche entendió que ésta
era la mejor manera de hacer que a él le pasara inadvertida su falta
de virginidad.
Cubierta por un amplio camisón
adornado con infinidad de puntillas se fue acercando a la cama fingiendo
un temor que no sentía. Sabía que al alcance de la mano tendría
el corcho que en los días anteriores se había fabricado.
Clavados en el corcho varios alfileres
dejaban asomar una minúscula parte de sus puntas.
Se echó en el lecho al lado
de Richard y esperó fingiendo un recato y un temor que estaba lejos
de sentir.
Lentamente Richard se fue enardeciendo
comenzando a prodigarla caricias que reavivaban cada una de sus fibras
durante mucho tiempo ansiosas de las caricias del joven.
Las manos de Richard recorrieron
sus pechos, su vientre, sus muslos. Lenta y metódicamente, el joven
pasaba y repasaba su piel, arrancándola escalofríos de placer
y excitación. Durante un buen rato ella se dejó hacer, tratando
de ocultar sus deseos vehementes de ser ya de una vez penetrada por aquel
a quien quería, pero luego, lentamente comenzó a participar
en el intercambio de caricias con Richard.
Echándose sobre él
fue acercando su rostro al del joven para permitirle que la besara. Pronto
sus labios se fundieron y apretaron en lo que era el primer beso de casada.
Un beso anhelado desde hacía mucho tiempo.
Aparentando timidez pidió
a Richard permiso para apagar la palmatoria, que iluminaba tenuemente la
estancia y, volvió junto al joven cuyo rígido sexo evidenciaba
a las claras su estado de excitación. Las caricias preliminares
aún se prolongaron un buen rato.
Poco a poco fue colocándose
sobre él sintiendo, el contacto duro de su sexo a través
del delicado camisón.
Fingiendo inexperiencia comenzó
a frotar el sexo de su marido contra el suyo, como si intentara encontrar
un camino hasta ahora oculto, incluso para ella misma.
Richard enardecido, parecía
más y más fuera de sí, pero incapaz de dirigir por
su inmovilidad, sus embestidas al punto adecuado.
Aprovechando un momento de quietud,
Blanche cogió el corcho y lo dirigió rápidamente hacia
su sexo ya altamente abierto y lubrificado. La bastó colocarlo en
la entrada de sus grandes labios y presionar un poco para sentir, casi
sin dolor, como las puntas penetraban en sus carnes abriendo minúsculas
heridas destinadas a confundir con su sangre al joven.
Tras esta maniobra, se colocó
de nuevo sobre Richard y, poco después dejó que su sexo entrara
en ella una mínima parte, forzándole a presionar contra el
hueso pubiano. Finalmente cambio bruscamente de posición y, dejándose
caer con todo su peso sobre aquel ariete que trataba de abrirse un camino
en su interior, sintió como el sexo de Richard se clavaba de golpe
en su vagina.
Un fingido grito de dolor salió
de su garganta, quedándose quieta y rígida durante unos segundos.
- Quieta cariño. Dijo Richard.
No tengas prisa espera a que pase un poco.
Luego, lentamente Blanche comenzó
a moverse, haciendo que el sexo de Richard entrara y saliera de ella reavivando,
en su interior, sensaciones que casi creía olvidadas después
de los meses transcurridos. Se dio cuenta de que a pesar de haber sido
penetrada cientos, posiblemente miles de veces en su vida, ésta
era una de las pocas que realmente había deseado.
Las manos de Richard seguían
recorriendo su cuerpo centrándose reitiradamente en los pechos y
en los pezones antes de recorrer de nuevo su vientre y sus nalgas.
Los minutos pasaron rápidos
pero deliciosos. Blanche cambiaba a menudo de postura para regular el frotamiento
del clítoris con el rígido sexo de Richard, porque sin ello
hubiera llegado al orgasmo mucho antes que él. Tal era la fuerza
de su deseo contenido.
Finalmente le sintió agitarse
bajo ella, al tiempo que se sentía regada por los cremosos fluidos
de su cuerpo de hombre, desencadenando el mecanismo de su propio placer.
Poco después, tras un prolobgado
intercambio de besos, caricias, susurros y ternuras, ambos se quedaron
dormidos. Richard abrazaba a Blanche desde atrás, como en un intento
de protegerla de todo peligro.
Ella por su parte se había
introducido la parte delantera del camisón entre los muslos bien
apretado contra el sexo con el fin de que la sangre que estaba segura que
todavía manaba de las minúsculas heridas lo fuera empapando
durante la noche.
Despertaron tarde, muy tarde, mucho
más de lo habitual pero antes de levantarse hicieron el amor de
nuevo.
Sólo cuando Tiara, que había
pasado la noche durmiendo ante la puerta de la habitación de sus
amos, corrió las cortinas dejando penetrar la luz del día,
Blanche fingió sorpresa y un cierto temor, ante la intensa mancha
roja que adornaba el blanco camisón justo a la altura de su sexo.
Richard la contempló con
una sonrisa de entre comprensión y jubilo, expresando con amables
palabras la naturalidad de lo sucedido, en un tono que demostraba su amor
por Blanche y, su deseo casi imperceptible de disculparse, por el daño
que la noche anterior pudiera haberla hecho.
Blanche abandonó su fingido
mohín de disgusto tan pronto como la negra la hubo cambiado de camisón,
y entregado el sucio para que lo lavaran inmediatamente. Sabía que
aquella pequeña mancha de sangre, sería la comidilla de las
negras de la plantación durante varios días y, que llegaría
a oídos de los testigos y del reverendo Allen, por ellos se sabría
también en Bigstone.
Blanche dio orden a Tiara de ir
a buscar a Camana, que por primera vez desde que era de su propiedad, había
pasado la noche sola, durmiendo como solía hacerlo tumbada en el
suelo, al lado de la cama de su ama. Era la mejor manera de tenerla a mano
para satisfacer cualquier necesidad que se pudiera presentar durante la
noche. Cuando ambas muchachas se presentaron ante ella, ésta se
dio cuenta de lo fea que había quedado Camana, a raíz de
la cicatriz que se había formado en su rostro como consecuencia
del arrebato de furia que blanche había tenido hacia un tiempo.
Decididamente, a Blanche no la gustaba
el nuevo aspecto de su esclava, y comienzo a pensar en sustituirla por
otra hembra de aspecto más agradable.
No obstante, mandó a las
dos muchachas a la cocina a buscar el desayuno que deseaba que les fuera
servido en la cama.
Mientras las muchachas cumplían
sus ordenes, dos de las hembras de Richard, se encargaron de sentarle en
el transportín, ya que para él era más cómodo
desayunar así que no sentado en la cama.
Mientras las hembras maniobraban
moviendo a Richard, Blanche tuvo buen cuidado de fijarse en ellas, no quería
ver en su actitud nada que la pudiera recordar que ellas, anteriormente
habían acompañado a su marido durante muchas noches.
Por fortuna para todos, ni Richard,
ni las hembras mostraron ninguna otra actitud que no fuera la rutinaria
de las tareas que realizaban.
Poco después Tiara, arrodillada
ante Blanche y Camana ante Richard, sujetaban las bandejas mientras sus
amos degustaban los deliciosos manjares preparados por la cocinera de la
casa para la ocasión.
Al terminar, Blanche dio orden a
Camana de que acarreara el agua necesaria para tomar un baño.
Cuando esta avisó de que
estaba listo se hizo acompañar por Tiara para que la atendiera debidamente.
No fue necesario que la diera demasiadas
instrucciones, al igual que en el juego erótico, la muchacha parecía
tener una intuición y una buena voluntad que satisfacía los
deseos de Blanche mejor que Camana tras los muchos meses de aprendizaje.
Después del baño,
Blanche comenzó a organizar de nuevo la vida de la casa momentáneamente
alterada por los acontecimientos.
Mandó llamar a Lama y la
dio las ordenes oportunas para que tanto la bañera, como aquellos
muebles que consideró necesarios, fueran trasladados a las nuevas
habitaciones y dispuestos según sus deseos.
Después se interesó
en como habían pasado la noche los invitados.
Lama la informó que el hombre
joven se había acostado borracho como una cuba y aún no se
había levantado.
En hombre viejo, menos borracho
que el joven se había pasado la noche trtando de montar a la hembra
que el día anterior habían violado entre los tres, por su
parte el reverendo se había conformado con una rápida cabalgada
sobre una hembra, a la que Lama había ordenado hacerle compañía,
antes de despedirla para dormirse.
Finalmente Blanche se reunió
de nuevo con Richard y ambos fueron a dar un largo paseo por entre los
frondosos arboles no lejos de la casa.
Hablaron poco debido a la presencia
de las esclavas que manejaban el transportín, su presencia era poco
apropiada para expresar los más íntimos sentimientos que
bullían en el corazón de los jóvenes pero, finalmente
Richard, intuyendo lo que pasaba ordenó a las esclavas que le depositaran
en un lugar fresco y se alejaran hasta que él las llamara de nuevo.
Tanto él como Blanche sabían
que las esclavas permanecerían cerca observándoles, pero
ya el hecho de que no pudieran oírles era en si una liberación.
Pronto los dos recién casados
comenzaron a hablar comunicándose la dicha que llenaba sus corazones
y, dibujando ante sí un futuro de lo más halagüeño.
Pero de tarde en tarde, el semblante
de Blanche se ensombrecía cuando Richard mencionaba el deseo de
tener hijos.
Para Blanche, el hecho de no haberse
quedado nunca embarazada hasta ahora a pesar de la vida que había
llevado, la había parecido siempre una fortuna inmensa, pero ahora
que el futuro se la presentaba de forma más halagüeña,
y sobre todo sabiendo que Richard deseaba un hijo de ella que heredara
toda su inmensa fortuna la hacia dudar de su capacidad reproductora.
Tan solo cuando este pensamiento
la asalto se ensombreció un poco su semblante, pero se dijo que
poniendo los medios adecuados, ella no tenía por que ser distinta
de tantas y tantas mujeres que había conocido.
Llenos de felicidad reiniciaron
el camino de regreso a la casa para reunirse con los invitados para comer.
El reverendo Allen y los dos testigos
permanecieron en ¯iento del Norte durante cuatro días durante
los cuales, todos los habitantes de la plantación celebraron el
fausto acontecimiento del enlace matrimonial de Richard y Blanche.
Al quinto día, el vino y
las abundantes comidas, dejaron de fluir desde la casa a los negros y todo
comenzó a volver a la normalidad cotidiana cesando, también
el ruido de los tambores, que los negros habían hecho sonar insistentemente
todas las noches desde que los jóvenes se casaron.
Durante el día Blanche estaba
ocupada en las mil pequeñas nimiedades que formaban la rutina de
la casa, y seguía de cerca los trabajos de Derim, de la que iba
aprendiendo infinidad de secretos todos relacionados con las plantas y,
de los productos que de ellas se podían obtener, pero cada vez que
tenía un momento libre se apresuraba a reunirse con Richard al que
contaba los más mínimos detalles del acontecer diario de
la plantación y sus proyectos inmediatos.
Alentada por éste, había
decidido hacer un amplio jardín que ocupara toda la zona frontal
de la casa, entre Richard y ella habían comenzado a trazar sobre
papeles infinidad de dibujos de como querían que quedase el trabajo.
Pronto se dieron cuenta que sus
ideas se complementaban, Richard tenía una gran capacidad para dibujar
las líneas maestras de la obra, para trazar las grandes avenidas
y situar los grandes árboles, que junto con las plazoletas, formarían
la agradable estructura del jardín.
Blanche diseñaba los macizos
de flores, combinaba los colores de las plantas y diseñaba un meticuloso
sistema de regadío que permitiera que el jardín estuviera
abundantemente irrigado.
Pronto comprendieron que una cosa
imprescindible era abrir nuevos pozos, estratégicamente situados,
para la obtención del agua necesaria y que éste era un trabajo
que se podía empezar cuanto antes, sin tener en cuenta la época
del año en que se encontraban.
Un día llamaron a Drum y
le ordenaron que tomara los negros necesarios para empezar el primer pozo
y le marcaron el sitio donde debía estar situado.
Fue una gozada para Blanche ver
aquellos fornidos cuerpos brillantes por el sudor, empezar a arañar
la tierra en busca del preciado líquido, bajo su atenta mirada y
las ordenes oportunas de Drum.
Era delicioso ver como los grandes
carretones de tierra removida se alejaban mientras el incipiente agujero
iba profundizando más y más.
Una semana después, cuando
el pozo alcanzaba la profundidad de ocho metros el agua manó abundante,
y fue necesario que tres negros sacaran continuamente agua, para que otros
dos, embarrados hasta las rodillas, pudieran seguir profundizando hasta
llegar a los once metros. Allí hubo que suspender la obra por que
la cantidad de agua que manaba era tal, que no se podía terminar
de sacar cuanta salía.
Satisfechos y entusiasmados marcaron
el emplazamiento del segundo pozo y comenzaron las tareas de excavación.
- No olvides Blanche, que hay que
llevar los negros a Natchez, dijo un día Richard al verla tan entusiasmada,
parecía haber olvidado que en aquellas fechas, era necesario partir
para un largo viaje en el que materializaba en oro buena parte de las ganancias
de la plantación. Blanche no había olvidado en absoluto que
tenía que ir Natchez, es más, deseaba hacer aquel viaje no
sólo para vender los negros, sino también para recuperar
el oro que había dejado en el pozo, hacía ya un año.
Lo que pasaba es que entusiasmada por el éxito inicial de las nuevas
obras deseaba retrasarlo lo que fuera posible.
En tres días escogieron los
treinta negros que habían de ser vendidos y prepararon las provisiones
necesarias para el largo viaje.
Nuevamente Blanche hubo de enfrentarse
a algo que siempre la había sorprendido, ver el temor de los negros
elegidos reflejado en sus rostros, y oír los lamentos y los lloros
de las hembras que eran sus madres, compañeras o amantes, ante la
inminente separación.
¿Dónde estaba el fallo
del sistema que permitía a aquellos animales tener sentimientos
casi humanos?.
Finalmente Blanche hubo de separarse
de Richard con verdadera desgana, e iniciar una auténtica aventura
de resultados tan inciertos como lo habían sido para Peter Benson,
el padre de Richard.
El día de la partida Blanche
recordó a su marido que no se separara ni un instante del revolver,
no quería tener que volver a ser su salvadora, suponiendo que llegara
a tiempo.
Richard con una amplia y franca
sonrisa la aseguró que no tenía por que preocuparse. También
él en un año había aprendido muchas cosas, y la primera
era el valorar su vida y la segunda el imponer su voluntad a aquel hatajo
de negros.
Continuará...
Datos del autor/a:
Nombre: Adela.
E-mail: aadelaa@yahoo.com
Fuente: Historia originalmente publicada
en la lista de correo "morbo".
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