Esta vez era evidente donde las llevaba. Aparcó el coche ante
un rótulo de "billares", que presidía una puerta de entrada, amenazadoramente
abierta. Mónica fijó la mirada en las escaleras que bajaban hacía un sótano,
como si fuesen en realidad el descenso de un nuevo nivel de círculos
concéntricos dantescos. Se preguntaba cuando llegaría el final y si, al
terminar, sería capaz, como el protagonista de la obra, de ascenderlos
nuevamente. Y se preguntaba si, de hecho, importaba lo más mínimo. Viendo a
Ester, tan serena, no le parecía mal futuro... Decidió que no era hora aún de
plantearse el final de las vacaciones, la vuelta a la vida real. No, todavía no.
El juego estaba en su punto álgido y su único trabajo era concentrarse en
mantener el equilibrio entre el miedo y el placer, ese punto que le estaba
permitiendo hasta ahora aventurarse en aquel infierno sin dejarse el ánima por
completo...– Esperad aquí – Mientras lo veía bajar hacia la sala, aprovechó para
hablar con Ester. Las conocía ya como si fuesen hermanas, pero habían podido
cruzar tan pocas palabras... Su compañera, como si adivinase lo que pensaba, se
volvió hacia ella con un además de ternura y complicidad, como si lo supiera
todo: - Ya no estás a tiempo, ¿verdad? – Mónica bajo la mirada, entendiendo en
un momento que no lo dejaría hasta que Sergi la hubiera hecho suya. – ¿Y
después? – le preguntó. Ester la miró fijamente haciéndole entender que no había
un después: - Todavía no conozco el final, Mónica – contagiándole su
tranquilidad – pero si somos fuertes lo podemos descubrir juntas.
Sergi, abriendo la puerta del coche, les arrebató el corto
rato de intimidad de que habían disfrutado. – Bajad – Se entretuvo un momento
admirándolas, mientras las hacía posar inmóviles ante la puerta de la sala.
Estaban espléndidas, sin paliativos. Un bronceado intenso doraba las piernas de
Mónica, que asomaban en toda su rotundidad bajo el vuelo del vestido, blanco y
corto, ajustado con la sensualidad de una segunda piel. La cabellera, rubia y
rizada, le daba un aire desafiante. Se quedó quieta, sonriente, con las piernas
juntas, pasando la inspección. Cuando Sergi desvió la mirada para ver a Ester
ella también lo hizo. Su falda era aún más corta y no pudo dejar de admirar de
nuevo la perfección de sus piernas. Pero lo que le llamó la atención fueron los
pezones de Ester tensando la breve tela de la camiseta, completamente excitados.
Estaba preciosa a la luz del neón. – Vamos – Le siguieron, adentrándose en la
oscuridad creciente de la escalera, como una premonición. Ni siquiera recordaba
cuando se preguntó por última vez qué estaba haciendo.
La penumbra se extendía por la sala, donde una lámpara sobre
cada mesa parecía ser suficiente. En el extremo de la entrada una vieja barra de
madera hacía las veces de bar, tras la cual una especie de camarero gordo y
calvo limpiaba vasos. Sergi se acercó diciéndole: - Son éstas – Ester la tomó de
la mano pera llevarla hasta un rincón de la barra, con la esperanza de sentirse
mínimamente protegidas. Desde ahí se fijaba en los hombres que jugaban,
alrededor de las mesas. Parecían salidos en permiso de fin de semana. Sin
afeitar la mayoría, los que vestían chaquetas de cuero, tatuados, se mezclaban
con los hombres mayores que, con ropa pasada de moda hacía años, debían
frecuentar la sala desde niños. Y todos, todos, les dedicaban furtivas miradas
de deseo e incredulidad. El ambiente se cargaba de humo y de colonia barata, de
blasfemias y cerveza, y el ruido de las bolas chocando rompía amenazadoramente
la densidad del silencio. Tras cada golpe, los jugadores se volvían hacia ellas,
intimidándolas con miradas torvas, expectantes... Conforme pasaba el rato,
mientras Sergi estaba en el otro extremo de la barra, Mónica intentaba bajar su
falda, juntando las piernas, aguantando que camarero asomase su mirada dentro de
sus escotes, acariciando con los ojos la piel que descubría el vuelo de sus
faldas mientras les servía una copa. Sólo Ester aguantó el primer trago sin
torcer el gesto. Era lo más fuerte que había bebido nunca.
La escena se rompió de repente, como venía siendo habitual
esos últimos días, aunque Mónica no creía poder acostumbrarse. Sergi se dirigió
directamente donde estaban ellas y le dijo: - Tráeme un paquete de tabaco – Ella
miró la máquina, al otro extremo de la sala, y la distancia se le antojó
sideral. Sin pensar, se levantó, intentando que la falda le cubriera lo máximo
posible (lo que parecía difícil) y atravesó el local con toda la dignidad que su
pánico le permitía, con la cabeza alta, sin dejar que la atemorizasen las
cabezas que se volvían hacía ella a medida que andaba entre las mesas. De
vuelta, se apoyó en la mirada de Ester, cuyos ojos se convertían en un faro
hasta la barra. Sabía que nadie en la sala había dejado de imaginar su cuerpo
desnudo. Con toda naturalidad, Sergi se levantó. Ester saltó rápidamente del
taburete, como queriendo proteger a su amiga. Sabía que iba a pasar algo. Y se
preparó para soportarlo, fuese lo que fuese.
- Ven – Tomándola de la mano la paseó por el corredor
central que quedaba entre las mesas, con Ester siguiéndoles, hasta llegar a una
puerta de madera de doble hoja. Abriéndola completamente apareció otra sala más
pequeña, con una sola mesa de dimensiones mayores que el resto. Encendió la luz
y la sala se ilumino entera. Como si hubiera dado la señal, todos los clientes
dejaron de jugar y se acercaron a la puerta. Al principio no se atrevían a
entrar, pero las protestas de los que se quedaban fuera obligó a los de la
primera fila a ir entrando. Mónica se encontró ante un grupo de quince o veinte
hombres, de todas las edades, que a la luz del foco del techo parecían aún más
desaliñados y vulgares, en hilera en la pared, frente a la mesa, con las miradas
más salvajemente excitadas que había visto nunca. El foco acentuaba el calor y
el miedo empezaba a marearla. Las manos, aferradas al canto de la mesa, le
sudaban y, a pesar de ello, se veía a sí misma temblando. Incluso la presencia
de Sergi a su lado la reconfortaba. Él le tomó la cabeza, pasando una mano bajo
el mentón, y la obligó a fijar la vista al frente. -¡Mírales! - Mónica lo
intentaba, pero se le nublaba la mirada. Insólitamente, como si estuviera
viéndose desde fuera, se dio cuenta de la creciente excitación que sentía, y que
se reflejaba en la tela de su vestido, cada vez más tensada a la altura de sus
senos.
Sergi se colocó al otro lado de la mesa, detrás de ella,
dejándola sola (¡sin Ester!), apoyada de espaldas a la mesa. Ante el grupo de
sátiros, que parecían acorralar a una presa ya segura. Y la orden temida y
esperada: – Bien, bonita. Ahora incorpórate y levántate el vestido ante esos
señores, que quieren verte - Mónica bajo sus manos en la banda inferior del
vuelo de su falda, los dedos crispados sobre la tela. Y lo intentó, de forma
sincera, entregada. Intentó obedecer sin pensar, los puños cerrados con
fuerza... Pero le fue imposible. Sin reflexionar, decidió pedir clemencia esta
vez. Sólo esta vez. Sergi debería entenderlo. Lo entendería. Se volvió hacía él.
Y justo en el momento en que su cabeza giraba notó un fuerte golpe en la mejilla
que le volvió la cara hacía delante nuevamente. Él no abrió la boa. Sólo la
bofetada. Nada más. Mónica, con lágrimas en los ojos, la cara ardiendo de dolor
y excitación, levantó la cabeza, les miró uno por uno, y se levantó el vestido
hasta el ombligo exhibiendo, en una mezcla de rabia y deseo, el blanco
inmaculado de su tango a la vista de todos, oyendo de lejos los comentarios de
admiración de su público. De reojo, su imagen colgada en el espejo de la pared.
Ahora él le ordenaría que terminara de desnudarse. El saberlo la ayudó a
prepararse para hacerlo. Pero no estaba lista para lo que Sergi tenía pensado: -
Ahora introduce tu mano en tus braguitas y mastúrbate para ellos. Tenía que
intentarlo. Sin darse tiempo a meditar, deslizó sus dedos dentro de la banda
elástica del tanga y se dio cuenta de cómo los tenía a todos pendientes del
movimiento de su mano. Por un momento, se sintió extrañamente poderosa. En aquel
instante ya no era tanto la pobre víctima, sino que empezaba a tener un cierto
control. Se aferró con fuerza a esa nueva sensación. Les miraba mientras sus
dedos acariciaban suavemente la humedad de su sexo bajo la tela. Eran unos
pobres voyeurs, sólo eso. Ella era quien les excitaría, quien les llevaría donde
quisiera. Era eso lo que quería Sergi. Era lo que esperaba encontrar. Lo sabía,
de forma clarividente. Ladeó la cabeza hacía atrás, haciendo volar su cabellera,
mientras introducía sus dedos, ahora uno, ahora dos, en su sexo sediento.
El vaivén de su mano se volvía cada vez más descaradamente evidente, llevando a
sus espectadores al límite del deseo, tomándolo de sus miradas lujuriosas y
usándolo para acercarse, cada vez más rápido, a su propio orgasmo. Al sentirlo,
separó más las piernas y, mientras con una mano continuaba agarrándose el
vestido, cada vez más alto, con la otra siguió tocándose desvergonzadamente
hasta correrse entre gemidos. Sus gritos de placer se mezclaban con los del
público y los aplausos y groserías que le dirigían alargaban su orgasmo, en
tanto que observaba en los ojos de Ester que tal vez estaban más cerca de la
respuesta de lo que creían.
Ahora sí se siente segura volviendo la cabeza y mirándole. Le
sonríe. Ha acabado todo. Ella también le sonríe. Lo entiende. Lo sabe. Se vuelve
completamente hacia él, al otro extremo de la mesa, y se quita el vestido por
encima de la cabeza. Adivina un brillo de complicidad, de ternura en su mirada
mientras ella sigue ofreciendo su espalda desnuda a un grupo de hombres que han
pasado a ser parte del decorado, meros comparsas en aquella obra. Se vuelve
hacía ellos, desafiándoles con la erección de sus pezones, agachándose un poco
para quitarse las braguitas y mostrarles su desnudez, su nueva condición. Y,
lentamente, se vuelve nuevamente de cara a Sergi, apoyando su cuerpo sobre la
mesa, los pechos rozando el terciopelo del tablero, los brazos hacía delante
buscando las manos de él, que se las toma turbado. Ahora también Ester está ante
ella relevando a Sergi, cogiéndole las muñecas con sus manos. Mónica se permite
mirar de nuevo la escena del espejo. Con los pies apoyados en el suelo, las
piernas rectas, el cuerpo apoyado sobre la mesa. Y llega el primero.
Desabrochándose los pantalones al acercarse, tomándola con fuerza de las caderas
y dejando que la punta del pene roce suavemente la entrada de su sexo mientras
ríe. Ester, con mil manos desgarrándole el vestido, la mira emocionada entre
silenciosas lágrimas.