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Fecha: 21-Mar-17 « Anterior | Siguiente » en Dominación

Esclavo por contrato: Parte X

sumiso
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Tiempo estimado de lectura: [ 35 min. ]
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Andrés le besa los pies a su madre durante un buen rato, recibe un nuevo nombre, Sara le muestra qué le ocurre en la consulta de Cristina y mucho más. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Mientras estaba cocinando oía la voz de Amanda retumbando mi cabeza; fue horroroso, me estaba torturando muchísimo. Mientras tanto, no me la quitaba de la cabeza. llegó mi madre.

-          ¡Helena, por qué no estás en la entrada, desgraciada!

Acudí enseguida a su presencia, obligado a saludarla como era debido. Mientras le hablaba me arrodillé para besar sus pies.

-          Buenas tardes Ama, lo siento mucho, estaba haciendo…

-          ¡No me importa lo que estés haciendo, no tienes excusa, miserable! – interrumpió obligándome a tener la cara pegada al suelo mientras me daba pisotones en la cabeza.

-          Lo siento mucho Ama, ¿Cómo puedo compensarlo?

-          Después de comer me darás besos hasta que me canse de ti, miserable.

-          Sí Ama, como ordene.

Terminé de hacer la comida y empecé a servirlas, la vergüenza no me dejaba mirar por encima de la mesa.

-          ¿Qué te pasa Helena, estás muy apagada? – preguntó Sara.

-          Estoy muy avergonzada Ama.

-          ¿Tan avergonzada qué no puedes ni mirarnos a la cara?

-          Sí Ama, no he estado lista cuando ha llegado su madre; además, también he hecho algo imperdonable con sus pertenencias, luego se lo cuento, cuando terminen de comer.

-          Hijas, cuando acabéis con este elemento mandádmelo a mí; le tengo que castigar.

Después de servir la comida y el postre, empecé a recoger los platos, los vasos… todo.

Finalmente me dirigí a la habitación de mis hermanas con ellas. Alba se estaba conteniendo para no reírse.

-          Ama, lo siento mucho…

-          Mírame a los ojos, quiero ver tu patética cara de vergüenza – interrumpió ella saboreando cada palabra que decía. Al momento me sonrojé, empecé a llorar temiendo su tremendo enojo.

-          Mientras estaba trabajando me probado su ropa y me he mirado al espejo.

-          ¡Qué!

-          Lo siento mucho Ama, de verdad, no sé qué me ha pasado.

-          ¿con qué derecho haces eso?

-          Le he dicho que no sé qué me ha pasado – insistí arrodillado a sus pies, mientras los besaba cubiertos por unas medias.

-          Dime que te está gustando vestirte de mujer, que te ha gustado ponerte mi ropa – ordenó con voz tranquila. Da igual cómo me ordene las cosas, sabe que obedeceré irremediablemente.

-          Sí Ama.

-          ¿Por qué?

-          Me encanta como se viste, me gustaría ser como usted y me gustaría sentir el calor de sus brazos, de su cuerpo… me gustaría que usted se sentara encima de mí, pasarme toda la vida acariciándola y diciéndole lo mucho que la aprecio y que usted es lo mejor que me ha pasado en la vida.

-          He pensado llevarla de compras con Ana, estoy segura de que nos vamos a entretener mucho con ella – añadió Alba.

-          Venga miserable ve a ver a mi madre para que te castigue; luego, cuando se canse de ti podrás ir de compras con mi hermana y su amiga. Una cosa más, quiero que te acerques a mi madre a cuatro patas, como el perro que eres.

-          Sí Ama.

Me presenté a mi madre, a cuatro patas tal y como me habían ordenado. Mi madre estaba bien acomodada en el sofá, era extensible y tenía las piernas estiradas.

-          Ya estoy aquí Ama.

-          Ya sabes lo que tienes que hacer, desgraciada.

-          Sí Ama.

Me acerqué a sus pies y empecé a besarlos, mi propia madre me obligaba a besar sus pies. No tenía medias, se las había quitado y ni siquiera olían a sudor, al contrario, no sé qué tipo de trabajo hacía a lo largo del día, pero se las arreglaba para evitar que sus pies olieran de forma desagradable; aun así, eran los pies, y besarlos era completamente humillantes para mí. Me trataba como a un criado; no, peor aún, me trataba tan mal que no sé ni cómo describirlo. Mientras tanto, ella seguía viendo los culebrones de la tele, llevábamos no sé cuánto tiempo así, cuando aprovechó un momento de publicidad; cogió su teléfono.

-          Perro, pega tu morro en el pie, como cuando me besas, y no te muevas hasta que te diga.

Mi madre me hizo una foto, me indico que siguiera besándola, le envió la foto a una amiga y la llamó.

-          Hola Araceli, acabo de enviarte la foto, ¿recuerdas lo que te dije de mi hijo, que mi sobrina le convirtió en un esclavo? Pues si miras la foto verás que ahora le tengo a mis pies, besándomelos con mucha devoción, su cariño no tiene límite, y es tan obediente como un perro; no, más aun, es absolutamente obediente…

-          Sí, claro, es para toda la vida, no nos va a dejar nunca, mis hijas le llaman Helena, pero estoy pensando en llamarlo Sumi, de sumiso, me parece más apropiado para un perro…

-          ¿A mis pies? Pues llevamos casi media hora, y pienso tenerlo otra hora y media…

-          Da igual, podría tenerlo todo el día, o haciéndome un masaje mientras me quedo sentada encima suya, si me canso de él podría mandarle a besar los pies de mis hijas hasta que le mande a dormir y mostraría el mismo empeño, no será él quien tenga la iniciativa de parar…

-          Ven cuando quieras y te lo enseño…

-          Porque debe estar en la entrada para recibirme como el perro sumiso que es, pero hoy no ha cumplido, así que quiero que me bese para compensarlo…

-          Sí, venga, hasta luego, ya hablamos – se despidió de ella. En todo momento hablaba con absoluta tranquilidad, como si fuera un simple cotilleo.

-          ¿Dos horas aquí de rodillas sin hacer nada más que besar sus pies? ¿De verdad se ha olvidado que soy su hijo? – pensé atemorizado, me estaba poniendo rojo del pudor que sentía.

-          Aparta un momento – me aparté unos centímetros, y vi cómo se quitaba un zapato para tenerlo colgado del pie mientras lo balanceaba, yo lo seguía con la vista girando la mirada de un lado a otro, como si observara un péndulo, ella se divertía viéndome a su merced.

-          Te has sonrojado ¿Has escuchado la conversación?

-          Sí Ama, no he podido evitarlo.

-          ¿Pero cómo eres tan cotilla? ¡no sé qué voy a hacer contigo; y encima me vienes con excusas; cuando te de una orden sólo tienes que concentrarte en obedecer, no quiero que te distraigas en nada mas, cotilla; por cada castigo que cumples cometes tres faltas! – mientras me reñía sentía ese dolor de cabeza. Que me atormentaba profundamente.

-          Tiene razón Ama, no he debido hacerlo.

-          Claro que no has debido hacerlo, acércate para que te parta la cara, pero con el zapato, tráemelo.

Me golpeó en la cara, sin remordimientos, sin piedad, y con toda su crueldad con el zapato.

-          ¡No vuelvas a cotillear mis conversaciones por teléfono!

Después de darme tal advertencia, mientras me golpeaba, me dio otros golpes con el zapato, mientras me hacía contarlos. Llegó a darme diez, sin contar los que me dio primero.

Luego cambió de postura, seguía tumbada boca arriba, colocó sus pies a un lado del sofá, con las piernas flexionadas y me indicó que siguiera besando sus pies.

-          Mira, voy a llamarte Sumi a partir de ahora; luego hablo con mis hijas y se lo explico.

-          Sí Ama, como usted ordene.

-          Por cierto, mira este peinado – ordenó enseñándome la pantalla de su teléfono móvil - ¿crees que podrías hacerme este peinado?

-          Es precioso Ama, pero tendría que intentarlo…

-          ¡Respóndeme sí o no!

-          No Ama, tendría que hacer un curso de peluquería…

-          Pues más te vale que aprendas a hacerlo porque algún día te exigiré que me peines así, mira podrías hablar con mis hijas para practicar con ellas – se trataba de un peinado muy complejo, era un enorme moño sobre la cabeza; mi madre tenía el pelo largo, pero para el peinado que me decía me daba la impresión de que tendría que dejarlo crecer un poco más.

Se acabó la publicidad del culebrón que veía y yo seguía besando sus pies. Se suponía que estaba viendo la tele, pero no me atreví a apartar la mirada de sus pies. El cuerpo empezaba a dolerme, posiblemente llevaba una hora en esa situación, pero no tenía escapatoria. Yo besaba sus pies, los besaba y los seguía besando, mientras los acariciaba con suavidad. Estaba desesperado por suplicar que me permitiera levantarme y hacer algo que no sea besar sus pies. Más tarde volvieron a hacer anuncios y cogió el teléfono de nuevo.

-          ¿Qué vestido te gusta más? – preguntó mostrándome dos fotos de vestidos de gala, eran realmente atractivos e idénticos, excepto por el color, uno rojo y el otro morado.

-          Los dos me gustan mucho pero el morado el morado es precioso.

Unos minutos después me enseñó otro vestido.

-          ¿Y éste te gusta? – preguntó con una sonrisa maléfica.

-          Éste es precioso Ama, más que los otros dos – respondí acercándome para ver mejor la foto. Era un vestido rosa, de tul, con guantes de seda y un chal, parecía de un cuento de hadas.

-          Me alegro de que te guste, porque algún día llevarás éste.

-          ¿Habla en serio, de verdad?

-          Pues claro que sí, de todos modos, tengo mis motivos si te miento, pero aun así debes creer lo que te diga.

-          Sí Ama, lo entiendo.

Ella se levantó y se dirigió al cuarto de Sara y Alba; yo tuve que seguirla a cuatro patas, como un perro, pero me prohibió que entrara en su cuarto. Pasados unos segundos, empezaron a reírse mis hermanas, y mi madre volvió al salón donde veía la tele. Entonces se tumbó de nuevo y volví a besar sus pies, como estábamos haciendo antes.

Después de un rato que me parecía interminable terminó el culebrón y me dirigí al cuarto de mis hermanas.

Me senté sobre la cama de Alba y Sara se sentó encima de mí.

-          Decías que yo era lo mejor que hay en este mundo ¿no? que te morías de ganas por obedecernos – preguntó con voz suave y tranquila; su mirada era angelical, pero su personalidad era demoníaca.

-          Sí Ama, lo haría con mucho gusto.

-          Pues ésta es tu ocasión de demostrarme tu devoción hacia mí, Sumi.

-          Sí Ama – Sara era una persona físicamente muy atractiva, sabe cuidarse bien, sabe cuidar la línea y mantener la apariencia física, pero por dentro es repugnante, es odiosa, totalmente cruel; en ese mismo momento la estrangularía con gusto, pero no tenía elección, le acariciaba la cara con mucho cariño, mientras le besaba en el pómulo; mostrar tanta devoción hacia mi repugnante hermana era una de las cosas más angustiosas y humillantes que he hecho en mi vida. Al cabo de un rato llegó Ana…

-          ¿Te gusta besarme, Sumi? – preguntó con una sonrisa angelical.

-          Por su puesto Ama, besarla a usted es una de las experiencias más gratificantes que he hecho en mi vida.

-          ¿Por qué?

-          Porque siempre la he faltado el respeto y me alegro de compensarlo.

-          ¿te gusta que te humillemos?

-          Me encanta, porque todo lo que tengo y he tenido se lo debo a ustedes, por ello reconozco que tienen todo el derecho del mundo a arrebatármelo si quieren – mientras le respondía yo seguía besando y acariciando su bello rostro, observando su amplia sonrisa – sé que mientras ustedes me mantengan tengo la obligación de vivir en las condiciones que me impongan.

-          ¿De qué habéis hablado mi madre y tú?

-          Quiere que aprenda a hacer peinados elegantes, que practique con ustedes dos si lo desean.

-          Estaría bien; por cierto, estamos pensando en publicar en internet todas la fotos y vídeos que te hemos hecho hasta ahora, te conocería todo el mundo Sumi.

-          No, eso no, por favor – pensé deseando suplicarles, pero eso no era posible, hacía tiempo que no tenía ni el control de mi cuerpo.

-          ¿Qué opinas, Sumi? – preguntó Sara intrigada.

-          Me encantaría Ama, pero sólo si tengo la garantía de que se enteren exclusivamente las féminas – no sé ni cómo puedo mostrar mi aprobación de esa manera.

-          Bien, dame un beso en la frente con todo tu cariño y tu ternura y nos pondremos en marcha.

Mientras le besé con todo mi cariño, sentía un enorme pudor que me estaba quemando por dentro, sabía lo que eso significaba, haría pública mi condena.

Se colocó delante de su ordenador y me indicó que permaneciera firme, ante ella para observar la operación. Me enseñó unas fracciones de varios vídeos de unos quince minutos, querían darme a entender que no ocultarían nada de lo que habían hecho hasta el momento. Entró en una cuenta que tenía en las redes sociales; la mía, debieron borrarla desde el principio, no habían dejado nada que me identificara como ser humano, y menos como barón; de hecho, creo que borraron cualquier cosa que probara mi existencia. Luego entro en su cuenta y creó un grupo llamado “Yo también soy fan de sumi” mi nombre lo escribió en minúscula porque me consideran un simple objeto. En él explicó mi situación, que tendría que obedecer a todas las féminas del mundo; añadió a muchas de sus amigas incluidas a la familia y a mi compañera Natalia. Cerró su cuenta y le cedió el ordenador a Alba entró para hacer lo mismo.

-          Esto lo teníamos planeado desde el principio, hemos pensado que ya era hora de publicarte – comentó Alba – y les hemos dicho a nuestras amigas que añadan a sus amigas al grupo; dentro de poco serás la esclava más famosa del mundo.

Finalmente publicaron los vídeos en youtube, pero con una clave, para que sólo la vieran personas de confianza, personas que no querían tener una cuenta en internet.

Alguien llamó a Alba por teléfono.

-          Hola Ana…

-          Sí, sube.

Ana era la amiga de Alba que me vio en la tienda, la que me humillo sin miramientos delante de toda la clientela del comercio.


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