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Fecha: 20-Mar-17 « Anterior | Siguiente » en Gays

Mi Mayor Secreto

esteban986b
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Juan Enrique se siente solo durante un viaje de negocios lejos de su esposa y su hijo. Aburrido de su rutina entre el hotel y la oficina, un día conoce al joven Sebastian: el mayor secreto de su vida. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Todo debería haber quedado en el olvido. Ese episodio confuso, vergonzoso, oscuro debería haber quedado en el pasado para siempre. Ya habían transcurrido algunos años desde entonces, había reconstruido mi identidad y mi mente dejaba de reprocharme todos los días por lo que hice. Pero ese día, sentado en mi oficina y con aquel documento en mi mano, leyendo y re-leyendo su contenido, sentí como todo dentro de mí se derrumbaba. Comprendía con temor que el pasado viaja con un uno por la vida.

4 años antes, un domingo

Serían 3 semanas de soledad dedicadas a mi trabajo únicamente. Mi empresa había decidido enviarme a dirigir un proyecto en una ciudad intermedia de mi país. La fecha límite de entrega de los resultados se estaba acercando así que fueron claros conmigo en que ni siquiera los fines de semana podría descansar ni mucho menos regresar a mi ciudad, la capital. Después de hablarlo con mi esposa acordamos que ella y nuestro hijo de 1 año me visitarían al menos un fin de semana en aquella ciudad donde estaría trabajando.

Nunca me imaginé que apartarme de su lado sería tan difícil. A mis 35 años me sentía joven, estaba en mi mejor momento físicamente, mi carrera iba en ascenso y vivía una buena vida. Pero me había convertido en un hombre de familia apegado a los seres que amo. Ya no era el aventurero, el intrépido ni el mujeriego que alguna vez fui. Dejar a mi esposa y a mi hijo fue terrible. Nunca me imaginé tampoco que esa temporada por fuera de casa cambiaría mi forma de ver la vida.

El jueves siguiente

Habían transcurrido ya 4 días lejos de mi familia en aquella ciudad. Me hospedaba en un buen hotel. La habitación que me había sido asignada era amplia. Se entraba a ella por una pequeña sala que a su vez se comunicaba con la recamara que tenía una cama doble. El baño era amplio, tenía acceso tanto desde la sala como desde la recamara. Tenía además un pequeño balcón que se había convertido en mi sitio de reflexión al final del día, alrededor de las 11 de la noche cuando terminaba de trabajar y regresaba al hotel para tratar de descansar.

Era jueves cuando fui invitado a una cena con el presidente de mi empresa en aquella ciudad. No estaba preparado para una reunión de ese nivel. Tenía mis trajes de oficina pero no algo más formal como la ocasión lo ameritaba. Tampoco tenía mucho tiempo para ir de compras, necesitaba un traje elegante tan rápido como pudiera, y eso era todo. Acudí entonces a un reconocido almacén de trajes para hombres en un centro comercial cercano a mi hotel. Era un almacén costoso, pero serían los únicos que podrían entregarme un traje a mi medida ese mismo día.

Al momento de ingresar se acercó a mi uno de los vendedores. Era un tipo joven, tal vez de unos 22 años, vestido impecablemente en uno de los trajes del mismo almacén. Tuve la impresión de que era un tipo atlético y tal vez mejor parecido que un vendedor normal.  Se presentó a pesar de tener una pequeña marquilla con su nombre sobre su solapa.

Buenas tardes señor mi nombre es Sebastián, en que le puedo ayudar hoy?

Gracias Sebastián, estoy buscando un traje formal para esta misma noche, algo no muy claro pero tampoco negro.

Claro que sí Señor, desea también ver camisas y corbatas?

Si

Sígame por favor.

Caminamos inmediatamente por varias secciones del almacén. Nunca he tenido paciencia para escoger ropa. Saber que debo tomar varias prendas, medírmelas, buscar otras…se me hace un proceso monótono. Casi sin permitir que Sebastián me asesorara fui indicándole rápidamente lo que me probaría. Un traje, por supuesto, y algunas camisas y corbatas. El agregó dos como sugerencia suya. A pesar de mi impaciencia él me prestaba una buena atención con amabilidad y con una elegancia que, acoplada a su viril apariencia, me hacía pensar que estaba hablando con el administrador de la tienda y no con un joven vendedor.

Sígame señor, ahora voy a ubicarlo en un cuarto probador mientras busco su talla en los modelos que ha escogido.

Caminamos juntos hacia la parte trasera del almacén donde había varios cuartos para medirse la ropa. Eran cuartos amplios, cada uno con dos bancas para sentarse y varios espejos. Sebastián me indicó en cual entrar.

Por favor póngase cómodo mientras traigo los modelos. Si desea ir quitándose su ropa puede colgarla sobre este perchero.

Diciendo esto Sebastián salió del cuarto. Mientras esperaba seguí sus instrucciones y me deshice primero de mis zapatos. Después me quité mi camisa y mis pantalones quedando únicamente con mis pantaloncillos y mis medias. Dejé todo sobre el perchero y me miré un poco al espejo mientras esperaba a que regresara Sebastián. Me gustaba ver mi cuerpo, me gustaba verme atlético a mis 35 años – debo encontrar la forma de ir al gimnasio o hacer algo de ejercicio mientras estoy en esta ciudad – pensé. No pasó mucho tiempo antes de que volviera a escuchar los pasos de Sebastián acercándose. Tras dar dos toques simbólicos a la puerta, abrió y entró con varios trajes envueltos en sus bolsas protectoras. Traía además las camisas y las dos corbatas. Cerró la puerta tras de sí y quedamos los dos en la intimidad de aquel cuarto probador.

Bueno, le parece si empezamos con las camisas? – preguntó el muchacho.

Sí, me parece bien.

Con una pericia digna de alguien que quiere impresionar a sus clientes, Sebastián desabotonó la primera camisa, la sacó de su gancho y la abrió posicionando las mangas tras de mí. Introduje en ellas mis brazos y cuando la tuve puesta él se dio la vuelta para quedar frente a mí. Sin perder su postura ajustó uno a uno los botones.

Como la siente señor?

Bien, está bien, como la ves tú? Creo que tú sabes más.

Yo la veo bien, esa es su talla definitivamente. Después podemos definir el color.

Diciendo esto Sebastián me pasó los pantalones. Igualmente, con una facilidad única los abrió y los posicionó agachándose un poco para que yo solo tuviera que levantar un poco mis piernas e introducirlas en ellos. Él mismo los subió hasta mi cintura y alejó sus manos para que yo subiera la cremallera y cerrara los botones.

Como lo siente ahora señor?

Yo lo siento bien, pero tú lo ves bien…?

Si, le queda muy bien, normalmente a los señores de su edad siempre tenemos que darles una talla más amplia porque tienen algo de barriga pero ese no es su caso – agregó sonriendo.

No, afortunadamente, al menos no por ahora.

Dese la vuelta por favor. Bien, mírese en el espejo y vea como le queda de bien por atrás. En realidad le va muy bien a su cuerpo.       

Listo me convenciste. No sé mucho de tallas ni de modelos pero me llevo este.

No es muy complicado, se trata solo de que lo sienta bien y se le vea bien. Si usted lo siente cómodo entonces ya cumple las dos porque se le ve muy bien. Usted es deportista?

Si lo soy.

Eso se nota señor. Qué deporte entrena? si le puedo preguntar…

No pude evitar pensar en las cosas que hacen los vendedores por ganarse una buena propina. Mientras preparaba el saco y la corbata Sebastián empezaba a hacer conversación. No tuve más opción que responder a sus preguntas con paciencia. El muchacho hacia bien su trabajo. Eso era todo lo que me interesaba en ese momento.

Siempre he jugado futbol y también nado o salgo a trotar… - respondí sin ningún interés.

Que bien. Por favor siéntese para que pueda sentir el pantalón en todas las posiciones. Ya le paso la corbata.

Y tú entrenas algo Sebastián? – Pregunté en realidad sin interés, pero tratando de ser amable y tratando de evitar más de sus preguntas.

Sí Señor, también me gusta mucho el futbol, juego casi todos los días.

Ah que bien, en qué posición juegas  - hablando de futbol si podía tener mi interés.

Delantero

Wow, eres el que ataca, debes ser muy buen atleta - repuse

Como siente el pantalón allí sentado? – siguió Sebastián ignorando mi comentario, al parecer los dos entendíamos que no queríamos conversar más de lo necesario.

Yo lo siento bien, este es definitivamente el mío.

Perfecto, yo le alisté esta corbata que creo que va mejor con los colores que tenemos. Por favor póngase de pie Señor.

Me puse de pie frente a él. Sebastián se acercó y colgó la corbata alrededor de mi cuello dejando un extremo a cada lado. Posteriormente la ubicó por debajo del cuello de la camisa y empezó a hacer el nudo. Mientras lo hacia nuestras miradas se cruzaban de vez en cuando. En realidad no teníamos ningún otro tema para conversar así que el silencio, estando el uno frente al otro, era algo incómodo para él aparentemente. Decidí demostrarle que a mí no me incomodaba tenerlo tan cerca y continúe la conversación:

Me vas a tener que enseñar a hacer ese nudo pues lo haces muy rápido.

Ah claro que sí, apenas se pruebe esta corbata le muestro como se hace. Respondió mientras sonreía amablemente.

Siempre tienes que entrar con los clientes al probador? O no todos son tan inútiles como yo jajá

No jajá, algunos prefieren vestirse solos pero lo hacemos siempre por cortesía a menos que el cliente nos pida que nos retiremos.

Te lo agradezco.

No hay problema, con un cuerpo con el suyo además es fácil adivinar las tallas.

Solo en ese momento Sebastián levantó su mirada para encontrar la mía. Y solo en ese momento borró su sonrisa como dejándome entender que lo que acababa de decir era algo serio para él.

Gracias, no siempre alguien joven y atlético como tú me dice algo sobre mi cuerpo – agregué con mi tono siempre amable y una leve sonrisa en mis labios.

Jajá, no creo que sea así -  Respondió él. Su sonrisa y su mirada enfocadas en el nudo que finalmente terminó.

No lo dejé hablar. Simplemente me miré al espejo dos segundos y decidí que esa era la corbata. Me puso finalmente el saco y todo quedó completo. Me pidió que me parara de frente al espejo. Él se ubicó al lado mío y me indicó todos los detalles por los que creía que ese traje me quedaba muy bien.

Solo te pido que me cambies la camisa por una más clara. Lo demás me lo llevo.

Sí señor.

Puedo entregarte todo esto aquí?

Si claro.

Me desvestí rápidamente mientras él iba acomodando toda la ropa, la que compraría y la que decidí no llevar. Me quité el saco, la corbata y la camisa quedando nuevamente en pantaloncillos. No estaba muy seguro, pero sentía que Sebastián me observaba un poco más que antes. Si bien estaba ocupado organizando la ropa, podía percibir que a veces llevaba su mirada a mi abdomen y a mi pecho. A veces bajaba su mirada hacia mis pantaloncillos. Empecé a entender en ese momento que tal vez el joven, por muy surreal que me pareciera, estaba atraído hacia mí. Me pareció algo tierno a decir verdad. Los hombres nunca me habían atraído, soy heterosexual 100% y siempre me molestó un poco que algún hombre en la calle o en los vestuarios se fijara en mí. Sin embargo no podía sentirme molesto con un muchacho de su edad que además estaba ayudándome. Si en realidad estaba atraído hacia mí, era bastante respetuoso.

Listo Señor, mientras Usted se viste voy a alistar todo para que pueda pasar a pagar.

Sebastián estaba a punto de salir del probador.

Un momento! No me explicaste como se hace el nudo de la corbata. Debo admitir que dije esto para detener a Sebastián. En parte porque quería aprender sobre cómo hacer el nudo y en parte porque quería prolongar mi momento de vanidad y saber si a mis 35 años podría resultarle atractivo a alguien joven…así fuera un hombre. No dudaba de mi físico y de las miradas que a veces me seguían, pero nunca eran de alguien tan joven.

Si señor claro. Si usted se pone la camisa otra vez…

Se necesita la camisa? Muéstrame aquí rápido.

Si claro no hay problema – respondió mientras me acomodaba frente a él, aun en pantaloncillos y sin camisa.

Sebastián se acercó nuevamente a mí y llevó la corbata alrededor de mi cuello. Mientras movía sus manos anudándola me iba explicando cómo se hacía. En realidad no le presté atención. Decidí más bien “jugar” un poco y clavé mi mirada en sus ojos.

Lo veía levantar su mirada hacia la mía en algunas ocasiones mientras me hablaba y luego volvía a bajarla lleno de timidez cuando encontraba mis ojos fijados en él. Yo me reía por dentro. Por fuera no podía más que esbozar una sonrisa ante tal situación. Pero no quería incomodarlo.

Sebastián tu eres un muy buen vendedor.

Gracias

Eres muy convincente también…pero solo te voy a decir algo: Cuando le estés hablando a alguien mantén siempre tus ojos en los de la otra persona.

Tiene razón Señor. Lo siento.

No, no te disculpes, no lo haces mal, solo te lo digo como algo que puedes mejorar. Termina de explicarme sin bajar tu mirada.

Sentí que me estaba pasando un poco, pero el joven respondió inmediatamente a mi observación y siguió haciendo el nudo de la corbata sin quitarme la mirada. Mis ojos directo a los suyos. Cuando hubo terminado se quedó mirando el nudo y mirando la corbata.

Yo le agradecí con una sonrisa.

Los dos quedamos en silencio. Decidí que esperaría allí, inmóvil, hasta que él me dijera que habíamos terminado. Estaba probando su paciencia y su valor. Sus ojos pasaron de la corbata a mirar los míos. Él me miraba y yo también a él. La única diferencia es que yo no podía evitar sonreír por aquella situación y la evidente incomodidad del muchacho. Mientras tanto él se veía nervioso. Empecé a sentir como su mano, que aun sostenía el nudo, temblaba un poco. Ese momento de silencio y miradas no había durado más de 10 segundos, pero ya le resultaba incomodo a Sebastián y un poco gracioso a mí. Yo seguía mirándolo y esperando que el diera por terminada la lección o hiciera algo que rompiera el silencio.

Y lo hizo. El muchacho se armó de valor, tal vez animado por mi sonrisa. Sosteniendo con una mano el nudo de la corbata subió su otra mano a mi hombro y, antes de que yo pudiera reaccionar la llevó a posarse suavemente en mi cara mientras su respiración era evidentemente más profunda y sus ojos revelaban el pánico que sentía al haberse lanzado a tocarme. En esa caricia con su mano fría por los nervios el joven arriesgó todo.

Yo no me sorprendí. Tras las miradas y los comentarios de Sebastián era claro que él sentía atracción por mí. Tal vez era gay o bisexual no lo sé. Sentí algo de satisfacción al comprobarme atractivo. Con firmeza, pero sin ser rudo, tomé su mano y la alejé de mi cara. Sin soltarla le hablé claro.

Sebastián, no te equivoques conmigo. No me gustan los hombres.

Qué pena señor, yo pensé que…

El muchacho se puso pálido y lo vi reaccionar en medio de un mar de nervios. Empezó a acomodar la ropa y definitivamente evitó mi mirada. Quería salir del probador a toda prisa.

Sebastián. Cálmate. – Dije yo poniendo mi mano en su hombro – respira. – Parecía que estuviera a punto de llorar

Qué pena Señor.

No has hecho nada malo. Solo te arriesgaste un poco pero no pasó nada.

El joven definitivamente estaba alterado. Tomó la ropa tan rápido como pudo y salió del probador. No pude detenerlo y, estando en pantaloncillos, no podía seguirlo.

Que había hecho? – me pregunté entendiendo que me había comportado como un imbécil.

Yo me quedé allí, sintiéndome mal. No podía evitarlo. Por mi vanidad lo llevé a vivir un momento bastante desagradable. Nunca pensé que esa pudiera ser su reacción. Me quité la corbata que él dejó sobre mí y me vestí nuevamente. Salí del probador y me dirigí hacia la caja registradora. Allá me estaba esperando Sebastián con mi traje.

Fue un gusto atenderlo Señor, vuelva pronto – me dijo siguiendo, tal vez, una formalidad de la tienda, de otra forma estoy seguro de que no me hubiera hablado.

Y diciendo esto lo vi salir del almacén y alejarse. No me dio la oportunidad de hablarle, de agradecerle. Entendí entonces que no se sentía bien ni siquiera para seguir trabajando.

Pagué tan rápido como pude y tomé las bolsas del almacén con mi traje. Salí dispuesto a encontrar a Sebastián para disculparme. Pero no fue posible. No pude ver hacia donde se fue y tampoco tenía el tiempo para buscarlo. Con un sentimiento de culpa y lástima por él tuve que irme del centro comercial. Traté de auto consolarme pensando que podría verlo otro día y hablar con él. Le debía una disculpa, de eso no había duda.

Esa noche asistí a la cena con el Presidente de la compañía. Todo marchaba bien con el proyecto. Era grato poder comunicar buenas noticias y recibir buenos comentarios. Sin embargo pesaba en mí la distancia de mi familia. Regresé cansado al hotel. Me desvestí quitándome mi nuevo traje y tirando toda la ropa sobre el sofá en la sala de mi habitación. Pasé a la recamara y tomé una camiseta cómoda y unos boxers amplios. Me senté en el balcón y, como cada vez que tenía una oportunidad, llamé a mi esposa. Hablé con ella, me contó sobre su día y yo hice lo mismo. Decidí omitir el episodio con Sebastián en la tienda de trajes, no tenía ningún punto contárselo. Escuché a mi hijo hacer algunos ruidos mientras reaccionaba a mi voz al otro lado del teléfono. Mi esposa trataba de mantenerlo despierto hasta tarde para que pudiera escuchar mi voz antes de dormir. Finalmente colgué y lloré un poco. Lloré un poco por la soledad, por no poder estar con ellos. Y en ese momento de tristeza, además del dolor de la distancia, volvió a mí el remordimiento, la culpa que sentía por el mal momento que le hice vivir a Sebastián. Que habría hecho él? A donde habría ido? Sentiría miedo de mí? Había sido bastante torpe en mis acciones. Lo había hecho sentir mal deliberadamente. Pero nada podía hacer, ni para hacerlo sentir mejor, ni para estar al lado de mi familia ni para cambiar la situación en la que me encontraba. Nada más que esperar a que pasara el tiempo rápidamente en aquel lugar.

El Lunes siguiente

Había pasado un fin de semana terrible. Era el primero lejos de mi familia. No tuve ánimos de nada más que quedarme en el hotel y trabajar desde allí. No conocía a nadie en esa ciudad. No tenía además ganas de salir a conocer ni ganas de socializar. Solamente me animaba poder encontrarme con mi familia que vendría el siguiente fin de semana. Ese aliciente me ayudaría a vivir durante la semana…

Había contemplado ir a buscar a Sebastián ese fin de semana para disculparme y asegurarle que no habría ninguna consecuencia por lo que él hizo. Pero no tuve ánimos para una conversación incómoda y difícil. Mucho menos con un hombre que, además, era más de 10 años menor que yo. Que estaba pensando? No debí haber jugado con él como lo hice…

Pero el segundo encuentro no se hizo esperar. Era de noche ese lunes cuando me encontraba en uno de los restaurantes de ese centro comercial donde quedaba el almacén en el que conocí a Sebastián. Era tarde y había terminado mi cena. Estaba ahora sentado distraído en mis pensamientos. Desprevenidamente mis ojos alcanzaron a ver a Sebastián pasar a lo lejos. Él no me había visto, traía su mirada fija en su teléfono y la levantaba de vez en cuando para ver su camino. Se acercaba hacia donde yo estaba y era inevitable que en algún momento me viera. Mientras se acercaba pensé en qué haría. Hablaría con él? Le pediría que nos viéramos después para hablar? Solo lo saludaría amablemente para mostrarle que no existían rencores? No decidí nada, y no hubo tiempo. Pronto el muchacho se acercó a la distancia suficiente para reconocer mi rostro. En un momento en que levantó su mirada, encontró la mía. Primero pareció no reconocerme y luego fue evidente que recordó quien era yo. Se detuvo en su caminar mientras me miraba y pude ver los nervios en su rostro. Inmediatamente volvió a mirar su teléfono, seguramente para evadirme y continuó caminando. Pero yo no lo permitiría. Él no podría andar por allí temiéndome por un error mío. Era mi culpa lo que había sucedido y yo tenía que corregir la situación.

Sebastián! – lo llamé desde mi mesa.

El levantó su mirada para encontrar la mía, tenía aun un semblante de temor. Me levanté entonces de la mesa y en un tono jovial, fraternal diría yo, me acerqué extendiéndole la mano.

Como está señor? – preguntó el muchacho con semblante de sorpresa y miedo

Bien y tú? – e instintivamente, como lo haría con cualquier viejo amigo lo invité a sentarse conmigo – yo estoy terminando de comer y mi postre será un cerveza. Por qué no te sientas conmigo y nos tomamos una?

Está seguro señor?

Si, y por favor dime Juan Enrique que ese es mi nombre. O Juan solamente si te parece muy largo.

Sebastián, en silencio y un poco tímido caminó hasta la mesa y se sentó.

Tráenos dos cervezas – le dije al mesero

Si te gusta la cerveza?

Si

No hubo muchas palabras mientras tanto, era difícil romper el hielo. Afortunadamente las cervezas llegaron en menos de 1 minuto y Sebastián empezó a beber la suya tan rápido como si fuera agua. A decir verdad, yo también estaba algo incómodo por la situación y lo mejor fue tomarme dos buenos sorbos de la mía para relajarme. Fui el primero en hablar.

No te pude ver después de que me vendiste el traje el otro día.

Usted me lo dice con toda la naturalidad, como si no hubiera pasado nada – respondió Sebastián en un tono calmado, resignado más bien.

Entendí que el muchacho no estaba dispuesto a ignorar el incidente. Decidí entonces ser directo.

No tienes de que preocuparte. Yo no me molesté ni le voy a contar a nadie.

Gracias.

Siguieron unos segundos de silencio mientras bebíamos de nuestras cervezas. Entonces Sebastián habló.

Ok Juan, pero en todo caso perdóneme.

Perdonarte por qué? De hecho te admiro!

Me miró con sorpresa por mi comentario.

Claro, tú crees que a tu edad yo era capaz de acariciar a alguna mujer mayor que me gustara? No lo hacía! Era tímido y después me arrepentía de haber dejado pasar la oportunidad.

Sebastián empezó a reír, se puso un poco rojo también. La cerveza empezaba a actuar para calmarnos.

Vamos Sebas (si Sebas, como le decía a todos los Sebastianes que conozco), que te gusten los hombres no tiene nada de malo. Que te guste un cliente y le coquetees tampoco.

Sebastián no respondió, solo sonreía un poco más relajado.

Nunca me había pasado esto Juan – agregó unos instantes después en un tono más calmado. Sentí que estaba empezando a confiar en mi - casi siempre cuando me arriesgo con un hombre es porque estoy seguro completamente de que el tipo es gay o bisexual.

Tu que eres?

Me gustan hombres y mujeres. Tengo una novia. Por eso…

Por eso el temor?

Si claro, mi novia trabaja en otro almacén aquí. Si Usted hubiera dicho algo sobre lo que hice no solo me echan del trabajo sino que mi novia también me hubiera dejado.

Jajá, no, no iba a pasar. Créeme o no, yo soy muy tolerante. Una vez en el centro, caminando, un ladrón pasó y me robó mi teléfono. Yo corrí detrás de él. Lo alcancé y lo atrapé. Le pedí mi teléfono y lo dejé ir. Y todos los que vieron me preguntaban por qué no le había pegado o porque no había llamado a la policía. Pero no soy así, siempre he sido tolerante. Y esto que tú hiciste…no es la primera vez que me pasa.

No es la primera vez que un hombre le toca la cara?

No me había pasado que me tocaran la cara. Pero si me han dado abrazos un poco largos o llevando un poco mas debajo de mi espalda. Me han insinuado cosas sexuales. Me han hecho invitaciones. Sebas, yo tengo 35 años y dicen que me veo bien. Desde que era adolescente ha habido hombres y mujeres que me han coqueteado.

Y con los hombres…alguna vez…

Jajá, no, nunca. No me gustan. Te lo digo con respeto pero no me gustan.

Y usted viene mucho a este centro comercial?

Solo por estos días pues estoy trabajando en un proyecto en esta ciudad. Yo soy de la capital pero estoy pasando aquí estas 3 semanas.

Ah entiendo. Y donde vive mientras tanto?

En el hotel Imperial, el que queda aquí cerca.

Si lo conozco, esta atrás del parque. Yo voy mucho a ese parque a trotar.

Creo que ya había logrado mi objetivo de relajar a Sebastián. Ya estábamos incluso hablando de otros temas. Me hubiera podido quedar conversando con él pero no tenía más tiempo esa noche. Debía llegar al hotel y preparar una reunión de trabajo que tendría al día siguiente y después hablar con mi familia como todas las noches.

Oye Sebas, me alegra que las cosas entre los dos se aclararan. No me gusta tener gente que ande nerviosa al lado mío. Me gusta tener amigos.

A mí también. Ya tiene un amigo aquí en esta ciudad y en el almacén. Al menos le puedo dar el descuento que nos dan a los que trabajamos allí.

Jajá gracias, tal vez pase por otro traje – y tal vez actuando por costumbre, la costumbre de intercambiar tarjetas de presentación al principio o al final de una reunión, llevé mi mano a mi bolsillo y saqué una de dichas tarjetas – mira Sebastián, estos son mis datos. Me puedes llamar o escribir y nos vemos en estos días. Algunas noches casi no tengo cosas que hacer.

Gracias Juan, estamos en contacto. Yo también me voy ya pues tengo que entrenar y terminar un trabajo de la universidad.

Entrenas, estudias y trabajas?! – Pregunté con admiración – como tienes tiempo para tanto? Me tienes que contar cuando nos veamos.

En el camino a casa pensé que ese había sido un encuentro inusual y que, tal vez, a pesar de que el tuviera mis números, nunca me contactaría. No creí que me escribiera ni que yo realmente tuviera el tiempo para verlo. Pensé también en su vida. Se veía como un tipo sin misterios. Atlético, con una cara agradable y joven, no tendría problemas con las mujeres. Además era trabajador y bastante decente, no tendría problemas con sus padres. Pero la vida siempre tiene ingredientes que la hacen más interesante. En su caso, su gusto por los hombres. Tal vez eso lo alejaría de ser el tipo 10 para las mujeres, el hijo 10 para sus padres. Era un buen muchacho en todo caso, con una vida complicada y con una actitud madura y de respeto, creo que así no volviera a verlo lo recordaría como alguien confiable.

Esa noche me sentí un poco más tranquilo. Me comuniqué con mi esposa, le hablé a mi hijo y los sentí cerca a pesar de la distancia. Sin embargo, me volvió a embargar la tristeza una vez colgué el teléfono y me enfrenté a mi habitación de hotel vacía, a la cama vacía y fría. Parecía que había pasado una eternidad desde que había dejado mi hogar…

El Miércoles siguiente

Mi carga laboral de esos días, sumada al dolor de la distancia de mi familia hizo que me olvidara de Sebastián y de lo que había pasado al conocerlo. Al fin y al cabo nuestro impasse había sido superado y ya no me sentía mal al respecto. Pero al parecer él no me había olvidado. Dos días después de nuestra conversación llegó un mensaje de texto a mi teléfono. No reconocía el número pero rápidamente supe quién era el remitente.

Hola Juan, espero que estés bien. Voy a trotar al parque al lado de tu hotel esta noche, si quieres trotamos juntos.

Era claro que era Sebastián. Mi reflejo inmediato fue responder al mensaje y decirle que sí, no sólo llevaba varios días solo y deseaba compañía sino que Sebastián me estaba ofreciendo compañía y ejercicio. Estaba redactando la respuesta cuando un pensamiento cruzó mi mente: es esta una invitación a hacer ejercicio o Sebastián realmente está atraído hacia mí y quiere pasar más tiempo conmigo. Me detuve en ese momento. Decidí no responder. Siempre he sabido cuando alguna mujer ha estado interesada en mí. Lo usé para mi ventaja mientras fui soltero pero ahora, casado, me mantenía alejado de cualquier invitación o insinuación de cualquier mujer. Con Sebastián era diferente, aun si él estaba interesado nada podría pasar entre los dos. Sin embargo decidí no dar respuesta. Me pareció más prudente.

Dos días después, el viernes…

Creo que nadie en la oficina realmente notó mi cambio de humor esa mañana. Al menos nadie me preguntó si algo me sucedía. Creo que era normal pues poco me podrían conocer tras apenas dos semanas. Aunque trataba de aparentar normalidad, por dentro estaba triste, estaba decepcionado. La razón? Era un viernes, se acercaba el fin de semana, otro fin de semana más, aburrido y solo en esa ciudad. Otro fin de semana encerrado en un hotel contando las horas mientras trabajaba. No tenía que ser así. Mi esposa y mi hijo debían haber venido a pasarlo conmigo, ese era el plan. Pero en una llamada la noche anterior ella decidió cancelar los planes. La entendía, su padre había sido operado de urgencia y siendo ella su única hija tenía que estar a su lado. Pero no podía dejar de sentir algo de ira pues yo también la necesitaba a mi lado y ya llevaba muchos días sin verla, sin besarla, sin dormir junto a ella. En cuanto a mi hijo, mi lindo hijo, era apenas un bebe que no podía viajar solo ni estar lejos de su madre. Me moría de ganas por verlo y por jugar con él. Pero también esa ilusión se esfumó. Ese fin de semana sería de soledad y trabajo que no daba espera. Me sentía frustrado. Unos años antes hubiera dado lo que fuera por pasar un fin de semana solo en aquella ciudad. Salir de fiesta, conocer gente, hacer ejercicio. Pero las cosas eran diferentes en mi vida y, sin ellos, me sentía vacío…

Eran casi las 6 de la tarde de ese viernes. Había trabajado todo el día y algo cansado me senté en mi oficina. Debía finalizar un reporte pero ya no tenía energías para hacerlo. Quería salir de aquella oficina así lo único que me esperara fuera la soledad del hotel. Empecé a perder tiempo con mi teléfono, viendo fotos de amigos, fotos de mi esposa y mi hijo. Re-leyendo mensajes viejos. Me encontré entonces con el mensaje nunca respondido que me había enviado Sebastián. Esa invitación a trotar que dos días antes decidí ignorar y que ahora, a la luz de mi falta de opciones, me sonaba atractiva. Era una oferta de compañía, de compañía y ejercicio. Pensé que tal vez el muchacho se animaría a trotar esa noche conmigo. Eso si no estaba ofendido por mi silencio. Decidí intentar. Rápidamente escribí un mensaje que contenía una disculpa típica y una nueva invitación:

Hola Sebastián, perdóname por no responder antes pero tenía mucho trabajo. Quieres trotar esta noche?

La respuesta llegó en menos de 5 minutos.

No hay problema Juan, esta noche puedo, donde nos vemos?

Veámonos en el lobby de mi hotel a las 8 y de allí salimos al parque.

Bien, lo veo a las 8 – confirmó Sebastián en el último mensaje de esa tarde.

Decidí dejar el informe inconcluso. Apagué mi computador casi a la fuerza y salí tan pronto como pude hacia el hotel. Era increíble pero la idea de salir a trotar y tener a alguien para conversar me había mejorado un poco el ánimo y no iba a desperdiciar más minutos de ese viernes en la oficina.

Llegué rápido al hotel en un taxi. Subí a mi habitación y me deshice de mi ropa quedando solo en boxers. Era una sensación de libertad. Igualmente, y aunque al día siguiente tenía que trabajar un poco, tiré mi maletín de documentos lejos, en una esquina, era viernes y no quería pensar más en trabajo.

Miré el reloj. Eran las 7:30. Sebastián estaría llegando en media hora. Tenía tiempo suficiente para desempacar mi ropa deportiva, aquella que traje con el ánimo de ser disciplinado con el ejercicio durante mis días fuera de casa, pero que no había tenido la oportunidad (o las ganas) de usar. Puse la ropa sobre la cama. Se trataba de una pantaloneta de algodón bastante cómoda y solo un poco ajustada en el abdomen, una camiseta en lycra que permitía un mejor manejo del sudor y unos briefs un poco ajustados. Desempaqué también mis tenis. Antes de vestirme decidí llamar a mi esposa para ver como seguían las cosas. Su teléfono estaba apagado. Eso inmediatamente me trajo más frustración pero traté de rechazar cualquier sentimiento negativo en ese momento. Seguramente ella estaría ocupada y la batería de su teléfono se habría descargado, le sucedía a menudo. Sin más, me vestí con mi ropa deportiva y bajé al lobby del hotel a esperar a Sebastián.

Tras caminar frente a la recepción y dar el corto saludo habitual a quienes allí trabajaban (y que después de tantos días ya me conocían) me paré en la puerta del hotel y empecé a estirar mis piernas en preparación para el ejercicio mientras esperaba a Sebastián.

El no llegó tarde, habían pasado 3 minutos después de las 8 en mi reloj cuando lo vi caminar desde el parqueadero hasta donde yo estaba. Venía ya listo para trotar con su atuendo de atleta. Debo admitir que se veía muy distinto con esa ropa, algo así como más dinámico y más fuerte que con el clásico uniforme de saco y corbata que debía lucir en su trabajo. Llegó directo hacia mí y me saludó extendiendo la mano

Hola Sebas eres muy puntual – le dije extendiendo mi mano y esbozando una sonrisa.

En realidad, por increíble que me pareciera, me sentía bien al tener su compañía esa noche. No me importó la mirada de cuerpo entero que él me dio, y que disimuló casi perfectamente con su semblante varonil. Al menos le seguía pareciendo atractivo en ropa deportiva – pensé.

Hola Juan, si, pensaba llegar antes pero no vengo del almacén (que queda justo al lado del hotel) sino de mi entreno que queda lejos.

No te preocupes, lo bueno es que ya estás listo para empezar. Vamos?

Sí, claro, pero será que puedo dejar este maletín en alguna parte? Es solo ropa.

Si, si quieres les pedimos el favor a los de la recepción, ellos lo guardan.

Y así fue. Las pertenencias de Sebastián quedaron guardadas en la recepción y empezamos a trotar hacia el parque.

Me alegra que se haya decidido a aceptar la invitación a trotar – dijo Sebastián aun no muy agitado

Gracias a ti por invitarme. Quería haber ido el día que me enviaste el mensaje pero estuve muy ocupado…cuanto tiempo nos tomará darle la vuelta al parque?

Pues…a mí me toma un poco menos de 40 minutos pero con alguien de su edad nos tomará tal vez dos horas…jajá – Sebastián volteo a mirarme y rio de su propio chiste sobre nuestra diferencia de edad. Yo también reí y lo tomé como un reto. Le iba a demostrar mi gran estado físico.

Vamos suave Sebastian – dejemos que sea un trote al principio y luego podemos competir al final…si no estás muy cansado.

Jajá ok, era solo un chiste…puede volver a decirme Sebas? Todos me dicen Sebas siempre, solo mi mama me dice Sebastián cuando se enoja conmigo.

Ok, no hay problema Sebas, pero te diré Sebastian cuando hagas otro mal chiste… tú deja ya de decirme Usted, pues nadie lo hace jaja

De acuerdo.

Seguimos trotando sin conversar más. Me agradaba el tono amable de Sebastián. Seguía siendo respetuoso pero lejos estaba el miedo que yo le inspiraba y ahora lo empezaba a ver como a un amigo más joven.

Habían pasado casi 20 minutos cuando nos encontrábamos lejos del hotel. Los arboles no permitían verlo. Muchas personas trotaban en sentido opuesto al nuestro y algunos venían detrás. Sebastián empezó a detenerse en ese momento y yo, sin saber por qué lo hacía, decidí imitarlo.

Estas cansándote? – pregunté jadeando

Sebastián, inclinado hacia adelante con sus manos apoyadas en sus rodillas y respirando profundo respondió.

No, no es eso, es solo que estamos en la mitad del trayecto. Es bueno recuperarse aquí un poco y continuar hasta el final.

Entiendo…me ha gustado mucho el parque y se nota que es muy popular para trotar.

Mucha gente viene aquí sí, sobre todo después de horas de trabajo. Si vienes al medio día puede ser más solo – Sebastián seguía jadeando.

Pasaron en ese momento al trote 3 mujeres. Todas eran atractivas y yo tuve que aprovechar su fugaz paso para admirarlas sin que ellas lo notaran.

Están bastante bien no? – preguntó Sebastián al notar mi indiscreta fijación en sus cuerpos.

Si, bastante… pero tengo que contentarme con solo verlas – aclaré mientras levantaba mi mano para mostrarle a Sebastián mi anillo de bodas, recordándole así que era casado – créeme Sebas, hay que disfrutar mientras se es soltero – agregué con una sonrisa.

Recuerda que tengo novia Juan, trato de portarme bien – respondió él con otra sonrisa.

Es cierto, me lo habías dicho…oye Sebas, y como manejas el tema de tu… de tu atracción por los hombres…con tu novia.

Nada, hace mucho no estoy con un hombre. Pero a veces lo he hecho… No es fácil, estando con una novia… a veces me ha podido la tentación y he tenido algún encuentro con un hombre – y tras unos segundos y mirando hacia lo lejos agregó - Quisiera ser más fuerte pero no lo soy.

No tienes que ser tan duro contigo mismo Sebas, no debe ser fácil tu situación.

No, no lo es…

Que maduro era Sebastián. Siempre he escuchado que quienes tienen que guardar un secreto o aparentar lo que no son, maduran más rápido. Pasaron unos segundos de silencio, decidí no preguntar más acerca de su vida privada, aunque tenía cierta curiosidad por saber más de sus retos como bisexual.

Oye Juan, precisamente esta noche voy a ver a mi novia, cuando terminemos aquí. Tú crees que puedo ducharme en el hotel?

Claro que sí, en el primer piso del hotel hay un gimnasio y allí hay duchas. Si quieres te duchas allí, mientras yo me ducho en mi habitación y luego nos vemos en el bar para una cerveza antes de que te vayas.

Suena bien, gracias! – agregó el muchacho.

Ya los dos estábamos recuperados de los primeros 20 minutos de trote.

Estas listo para seguir? – preguntó él

SI claro, son 20 minutos más?

Podrían ser 15 o hasta 12…

Por qué? Hay algún atajo?

No. No tenemos que trotar. Podemos correr. Al menos yo puedo correr hasta allá.

Yo también puedo correr Sebas, ya deja de tratarme como a un abuelo. Estoy seguro de que puedo llegar antes que tú.

Sebastián reía ante mi reacción a sus chistes sobre mi edad.

Quieres competir? – le pregunté con la absoluta intención de tener una carrera seria contra él.

Y que gano si llego primero que tú.

Si tu llegas primero yo pago las cervezas que te quieras tomar en el bar. Y si yo llego primero, tú me pagas al menos dos. Que dices?

Ese bar es muy caro, si me ganas me quebraría pagándote esas dos cervezas.

No deberías temer eso si estas tan seguro de ganarme. Si gano me pagas entonces una sola cerveza…que te parece?

Hmmm…estoy pensando en algo

Dímelo

Si no te gusta la idea solo dime no. Si tu llegas primero te pago las cervezas en el bar como tu propones. Pero si yo llego primero, lo que te pido es diferente.

Qué es?

Jaja – Sebastián no pudo contener una risa nerviosa que acompañó llevando su mirada al suelo para luego volver a mirarme. Puso sus manos en su cintura en una pose desafiante que, tal vez, la traía más seguridad.

Sebas, dímelo de una vez o sigamos trotando, no quiero que mi cuerpo se enfríe – respondí con una sonrisa al verlo reír

Jaja ok, te lo diré. El día que te conocí y te ayudé con tu traje…ese día te dije que tenías un buen cuerpo.

Si, lo recuerdo

Ese día te vi en pantaloncillos…tal vez ahora, si yo gano, podrías permitirme ver un poco más?

Lo mire por un segundo sin saber cómo reaccionar, sin saber si me estaba hablando en serio o no. Era raro escuchar ese tipo de comentarios viniendo de un hombre. En ese momento entendí el porqué de su risa nerviosa y tuve que reír también.

Jajaja Sebas. Estas hablando en serio? Jajaja ya entiendo lo que buscas – no pude contener una carcajada ante lo que pretendía Sebastián…verme desnudo!

Si, en serio…es una apuesta, a mi me gustaría verlo…

Jajaja – yo seguía riendo entre sorprendido, incrédulo y un poco incomodo

No tienes que desvestirte para mí, simplemente podríamos ducharnos en las duchas del gimnasio. Así puedo verte un poco…es un sitio público, no pasaría nada.

Yo sé que no pasaría nada Sebastián, no tienes que recordármelo. Por eso no sé qué ganas tú con verme desnudo. Además, en ese gimnasio las duchas son separadas. Si quieres me ducho al lado tuyo, pero no podrías ver nada jaja

Entonces vamos a ducharnos a tu habitación…

No podemos ducharnos juntos…la ducha es muy pequeña.

Está bien…me rindo… Gracias por reaccionar de forma amable ante mi propuesta en todo caso…

Estuve a punto de volver a sugerir que pagaría sus cervezas y pensé en un premio adicional en efectivo. Pero después se me ocurrió pensar que no habría forma en que él ganara la competencia. E incluso si la ganaba no me molestaba tanto que me viera desnudo. Muchos hombres van a mi gimnasio solo para meterse a las duchas a ver a otros hombres. Muchas veces me he duchado desnudo delante de hombres que sé que me están observando. No me molestaba que Sebastián me viera desnudo. Sentía incluso un poco de la misma vanidad que sentí el día que lo conocí, al tener a un apuesto y atlético joven más de 10 años menor que yo pidiéndome algo así. Lo único que me molestaba era que él se desnudara junto a mí en la ducha. O incluso que llegara a intentar tocar mi cuerpo.

Hagamos algo. Si yo pierdo podemos subir a la ducha en mi habitación. Tú te duchas primero y luego mientras te vistes yo entro a ducharme. Mi ducha solo tiene un panel de vidrio en un extremo y por lo demás es abierta, así que podrás verme tanto como quieras. No me molesta que me veas desnudo pero no quiero verte a ti desnudo, de acuerdo?

De acuerdo, acepto el reto – respondió Sebastián casi de inmediato extendiéndome su mano para sellar el pacto.

Estreché su mano y antes de soltarla le dije mirándolo a los ojos y en el semblante más serio que pude: Yo sé que te voy a ganar Sebas. Pero si sucediera que pierdo y me ducho frente a ti...espero que seas prudente. Que no sea algo que vayas a comentar con nadie.

No sabía por qué estaba aceptando tan fácil la apuesta con Sebastián. Era una combinación de estar seguro de ganar y de estar en otra ciudad que pronto dejaría para no volver. Esa sensación de anonimato me permitía, tal vez, atreverme a hacer lo que en mi ciudad, en mi mundo, no hubiera hecho.

No hay problema Juan. Empezamos?

Listo.

Nos paramos el uno al lado del otro y, tras esperar que dos señores que venían trotando en sentido opuesto se alejaran y despejaran el camino, Sebastián hizo la cuenta regresiva y empezamos a correr.

Al principio todo lo que buscaba era igualarlo. No estaba dando mi mejor esfuerzo, solo lo suficiente para no darle ventaja a Sebastián. El, al parecer, hacia lo mismo, así que marchábamos a una velocidad moderada. Así transcurrieron 10 minutos hasta que, tras una curva, pudimos ver el edificio del hotel a lo lejos. En ese momento Sebastián aceleró su ritmo sin previo aviso, dejándome atrás.

Que estúpido fue haber apostado en un terreno que él conocía y yo no – pensé en ese momento mientras agilizaba mi paso para alcanzarlo.

La meta, o sea el hotel, se acercaba cada vez más. Sebastián no aceleraba más pero tampoco disminuía su ágil ritmo. En realidad tenía un mejor estado físico del que yo pensaba. Pero nada que yo no pudiera igualar o incluso superar.

Yo corría tan rápido como era necesario y poco a poco iba cerrando la distancia entre él y yo. Estaba a punto de igualarlo en una curva cuando, al cerrarla, nos encontramos con las tres atractivas mujeres que habían pasado al lado nuestro unos minutos antes. Estaban detenidas descansando y estirando sus músculos. Su presencia y su belleza me distrajeron. Sebastián solo volteó a mirarlas pero siguió su marcha mientras yo, en el acto más primitivo y estúpido de ese día, prolongué mi fijación en ellas por más de 1 segundo, tiempo suficiente para que la raíz de un árbol que sobresalía del suelo pasara desapercibida a mis ojos y mis pies tropezaran con ella tirándome al suelo. Fue una caída simple pero que sirvió para entretenimiento de las 3 atractivas damas.

Estás bien? – preguntó una de ellas con un tono entre la preocupación y la risa.

Sí, todo bien – respondí con amabilidad mientras me levantaba tan rápido como podía y retomaba mi velocidad. Ahora corría con todo lo que tenía para alcanzar y superar a Sebastián. Estaba en riesgo de perder. Corría por mi dignidad…literalmente!

En ese momento no veía a Sebastián. Había tomado ventaja. Llegó una curva más, seguida de una larga recta. La recta final. Al doblar dicha curva pude verlo. Estaba tal vez a unos 30 metros de distancia. Corría tanto como podía, estoy seguro que estaba dando el máximo de sí. Yo lo hubiera hecho en su lugar. Yo hice lo que pude. Pero sabía que no lo alcanzaría. Desde la distancia lo vi detenerse justo en la entrada trasera del hotel. Había llegado a la meta. En ese momento reduje mi velocidad. Sabía que había perdido y tenía un poco de dolor sin importancia tras la caída. Era mejor aceptar mi derrota y llevar mi cuerpo con cuidado a la meta.

No pude evitar reír cuando llegué al encuentro con Sebastián. El también reía. Lo primero que hizo tan pronto la distancia lo permitió fue extenderme su mano como lo hacen todos los ganadores con los perdedores. Yo extendí la mía respondiendo su saludo.

No es justo Sebas. Me ganaste por una caída – comentaba yo aún un poco jadeante tras el esfuerzo.

Pero estás bien?

Si, si, lo único que duele es mi orgullo.

No te preocupes Juan, hay cosas peores jaja

Me senté entonces en el suelo. Sebastián hizo lo mismo. Estuvimos en silencio por unos instantes tratando de recobrar el aliento.

Que dices si en lugar del tema de la ducha, te invito a comer el mejor plato del restaurante y a tomar toda la cerveza que quieras.

Jaja Juan estas tratando de negociar?

Es un muy buen trato Sebas, no crees?

Si, si lo es. Pero no lo acepto.

Te invito hoy y te invito mañana – insistía yo.

No Juan, no va a pasar. Hicimos un pacto de hombres.

Tu sabes que los hombres no hacemos ese tipo de pactos, pactos pare vernos desnudos… - agregué mientras lo miraba amable, pero serio.

Si los hacemos. Los dos somos hombres y los dos hicimos el pacto. Así que más bien por qué no me dices como llegamos a tu habitación.

No había nada que hacer. En fin. Sería como ducharme frente a aquellos hombres del gimnasio que son evidentemente gays.

Sebas. Yo nunca había complacido a un hombre de esta forma – comentaba mientras caminábamos hacia la puerta de entrada al hotel.

Por qué estás tan estresado Juan?

No, no es estrés…es que…es raro.

Hagamos algo Juan. Antes de subir a ducharnos vamos al bar y te compro yo una cerveza. Así te relajas.

Es una buena idea pero no podemos entrar al bar así como estamos. Subamos a la habitación. Allá tengo cerveza y más licor.

Pasamos entonces por la recepción donde Sebastián recogió su maletín y nos encaminamos a los ascensores. Todo el trayecto transcurrió en silencio. Sebastián estaba un poco serio a pesar de haber ganado. Pensé entonces algo que no se me había ocurrido: tal vez, para ese momento ya él estaría excitado por lo que estábamos a punto de hacer. Tal vez estuviera viviendo las mismas sensaciones que yo sentía a su edad cuando conquistaba a una mujer y vivía los interminables minutos antes de llegar al sitio donde por fin podríamos desnudarnos y tener sexo desenfrenado. Esto era diferente. Pero si yo tuviera la oportunidad de ver a una mujer atractiva en la ducha, me excitaría desde el primer momento. Decidí preguntárselo. Decidí que quería saber que estaba sintiendo. Que sensaciones le producía el saber que me vería desnudo completamente.

Oye Sebas…

Justo en ese momento el ascensor se detuvo unos 5 pisos antes del mío y las puertas se abrieron para recibir a un grupo de personas. Perdí mi oportunidad de hacer la pregunta.

Llegamos a mi piso y salimos del ascensor.

Es por acá – dije indicándole a Sebastián donde quedaba mi habitación. El me dejó pasar delante suyo y me siguió.

Tan pronto estuvimos frente a la puerta de mi habitación, llevé mi mano a uno de los pequeños bolsillos de mi pantaloneta para alcanzar la llave -  Nuevamente habría una oportunidad para hacerle la pregunta tan pronto entráramos - abrí la puerta y lo invité a pasar primero que yo. 

Wow, no sabía que eran tan amplias las habitaciones de este hotel.

Son cómodas, lo escogí por eso, pues estoy pasando aquí muchos días.

Y entonces tomé el valor para hacer la pregunta

Oye Sebas…

Si, dime?

O al menos creía que tenía el valor…

No. Olvídalo. Decidí en ese momento que prefería no saber. Prefería no saber que le produciría mi desnudez a ese muchacho que apenas conocía y que por algún motivo se había ganado el derecho a tener un momento íntimo conmigo. Por qué? Por qué estaba permitiendo esto? No lo sabía, pero ya no podía cambiarlo.

Quieres una cerveza? – pregunté finalmente

Sí, pero después de la ducha si te parece. Por ahora dime donde es el baño y yo me ducho primero.

Si, sigue. Es allí – dije indicándole con la mano.

Sebastián entró al baño y cerró la puerta dejándome solo con mis dudas. Escuché entonces el chorro del agua. Tomé una cerveza del mini bar. La bebí rápidamente. Estaba fría. No solo es buena para refrescar sino que hidrata después del ejercicio. No acostumbraba tomarla más que en reuniones sociales pero en ese momento era la solución a mi sed, mi cansancio y, poco a poco, un bálsamo para el estrés y la incomodidad que estaba sintiendo.

Sentí su efecto inmediato. Literalmente sentí esa primera cerveza subir a mi cerebro y desde allí enviar la orden de relajarse a todos mis músculos. Tan pronto como la terminé me sentía mucho mejor. Me sentía fresco a pesar de tener la ropa algo sudada y me sentía más relajado. Creo que el pequeño porcentaje de alcohol de la bebida estaba teniendo un efecto rápido ayudado por mi estómago vacío y mi cansancio. Me senté entonces a esperar mientras disfrutaba la segunda cerveza. Ya un poco más tranquilo aunque aún pensativo. Allí estaba yo esperando a que un hombre pudiera verme desnudo y disfrutarlo…y no hacía nada para detener aquel evento.

Escuché entonces cuando el chorro del agua se detuvo. Sebastián había terminado su ducha. Pasaron unos instantes más durante los cuales seguramente estaba secando su cuerpo y vistiéndose. Tras un par de minutos abrió la puerta del baño. Tenía el pelo aun mojado y se había puesto una camiseta y unos jeans. Estaba descalzo.

Listo Juan, ya puedes ducharte – dijo con una leve sonrisa de niño malo.

Me invadió una especie de temor. Algo similar al leve miedo antes de hacer una presentación en público. O el que uno siente de niño antes de hacer una pilatuna. No tanto como cuando íbamos con Sebastián en el ascensor. Pero suficiente para estar intimidado ante las circunstancias.

Yo no puedo hacer esto Sebastián – dije en un tono definitivo pero sin poder mirarlo a los ojos. Sabía que estaba faltando a mi palabra.

El guardó silencio por unos instantes. Después agregó.

No Juan, no se trata de hacerte sentir incómodo… solo fue una apuesta por la carrera… tampoco tiene que ser algo tan serio… - dijo Sebastian en un tono serio y con aparente comprensión. Yo podía imaginar la decepción que debería estar sintiendo.

Si, perdóname. Normalmente cumplo con lo que prometo. Sobre todo las apuestas… pero… no me siento bien haciendo esto.

No supe que más decir. Lo único que se me ocurrió para calmar los ánimos y disminuir la tensión fue invitarlo, otra vez, a tomarse una cerveza conmigo en el balcón de la habitación. El aceptó. Descalzo como estaba caminó hacia el balcón. Yo tomé algunas latas de cerveza del mini bar y las llevé conmigo para unirme a él.

Había dos sillas en el balcón. Una de ellas era en la que yo me sentaba cada noche a extrañar a mi familia. La otra la ocupó Sebastián. Abrí una lata de cerveza y se la pasé. El la recibió agradeciendo. Cerré la puerta del balcón para que no se escapara el aire acondicionado de la habitación y me senté al lado del muchacho. Ambos mirando hacia el cielo que ya estaba oscuro y estrellado. Así se desarrollaría nuestra conversación. Sin mirarnos a los ojos, solamente al infinito. Como dos buenos amigos.

No hubo palabras por los primero dos minutos. Después decidí romper el hielo. Tal vez Sebastián estaría algo molesto, o apenado... o frustrado… no lo sabía, pero decidí iniciar una conversación.

Todas las noches me siento aquí después del trabajo Sebas.

Este es como tu espacio de relajación?

No, no en realidad. Si es el sitio donde dejo escapar el estrés. Pero también dejo que entren recuerdos de mi familia. No te imaginas como los extraño.

Hablas mucho con ellos?

Sí, pero no en estos últimos días… mi esposa tiene a su padre enfermo y… ah! No te voy a aburrir con los problemas. No he hablado hoy con ella, y no la llamaré… estar casado no es fácil Sebas.

Me lo imagino… yo brindo por mi soltería!

Y yo también jajá – dije levantando mi lata de cerveza hacia la suya y riendo por su particular brindis.

El muchacho no estaba bravo conmigo. La conversación pasó pronto de mi vida a la suya. Me habló sobre su novia. Sobre sus padres. Sobre su carrera. Yo bebía mis cervezas y poco a poco me iba relajando. Iba entrando en ese estado de comodidad en el que soy perfecto para escuchar pero no para hablar. Así que dejé que hablara. Tal vez estuvimos sentados bebiendo y conversando por 1 hora. Completamente relajados.

El muchacho no volvió a mencionar el tema de nuestra apuesta. Se dedicó simplemente a contarme sobre sí y a escuchar lo poco que yo le dije. Cada vez sentía más admiración y aprecio por ese muchacho. Era un ciudadano joven y ejemplar. Inevitablemente llegamos al tema de su bisexualidad, y de lo difícil que era ocultar ese aspecto de su vida del resto de ella. Ocultarlo de sus padres, despertarse a veces en medio de pesadillas en las que su novia se entera… y su vida se destruye…

Incluso Juan… no lo tomes como un reproche, pues no fue tu culpa…pero lo que pasó el otro día en el almacén contigo… esa ha sido la experiencia más aterradora que he vivido. Pensé que ibas a decir algo, que te quejarías y que todos se enterarían. Mi novia, mis padres… afortunadamente fuiste discreto y hasta me ofreciste tu amistad – y levantando su lata hacia la mía, y mirándome a los ojos por primera vez en esa charla en el balcón, Sebastián propuso un brindis que yo no pude corresponder – brindo por eso, por tu discreción y tu amistad. Porque fuiste tolerante Juan!

No pude sostener su mirada. Solamente levanté mi lata y choqué la suya sin ningún ánimo. Tampoco bebí. No podía. La culpa que sentí por la forma en que había jugado con el muchacho aquel día en que nos conocimos regresó a atacarme. Me sentí mal por lo que decía. Por lo que lo hice sufrir al haber propiciado ese incidente en el almacén. Me sentí mal porque me agradecía haber sido tolerante con algo que yo mismo propicié. Por ofrecerle su amistad cuando al principio lo vi como a un tipo despistado con el que podía divertirme un poco y hacerlo creer que tenía un chance conmigo.

No bebiste en este brindis Juan…eso es mala suerte.

Perdóname Sebas. Llevo ya 5 cervezas. Tú entiendes el efecto, debo ir al baño jajá – respondí con una risa fingida y me dirigí al baño para poder estar a solas un segundo.

Por supuesto las cervezas habían llenado mi cuerpo y necesitaba “liberarlo” pero hubiera podido esperar más, si no hubiera sido por la terrible culpa y por mis sentimientos a flor de piel producto de una leve embriaguez en ese momento.

Me paré frente al excusado, y dejé que mi cuerpo expulsara aquellas cervezas. Los segundos que duró la maniobra me ayudaron a pensar un poco en Sebastián. En que definitivamente estaba en deuda con él, así él no lo supiera. En que en nada me afectaría ducharme frente a él. Hacerlo feliz por los 5 minutos que podría durar mi ducha y después sentirme tranquilo y hasta poder contarle lo que verdaderamente sucedió en el almacén. Contarle como él no estaba equivocado y como yo, en un acto de inmadurez, di pie para que él llevara su mano a mi cara, para que él creyera que yo era gay. Y reír de la situación. eso es lo que quería, que nos riéramos de aquel momento.

Mi cuerpo se liberó de aquellas cervezas y vacié el excusado... Me lavé las manos y mientras me miraba al espejo tomé la decisión. Producto de esa leve embriaguez y de la culpa que aun llevaba, tomé el valor para salir del baño, caminar al balcón y hacer lo que debía hacer.

Abrí la puerta del balcón y me quedé allí de pie sin salir, sin cerrarla.

Tienes tu teléfono celular contigo Sebas?

Si aquí lo tengo

Me lo prestas un momento por favor?

Sebastián llevó su mano a su bolsillo y sacó su teléfono pasándomelo inmediatamente y con una mirada de curiosidad

Lo tomé. Tal como sospechaba era un teléfono inteligente con cámara de fotos y de videos. Sin preguntarle nada al muchacho oprimí los botones indicados para apagar completamente el aparato.

Por qué lo apagas?

Porque este teléfono toma fotos…y toma videos…y lo que vas a ver ahora te lo tienes que llevar solamente en tu memoria – le respondí mientras le devolvía el teléfono.

Deja esa cerveza allí y ven conmigo un momento.

Sebastián obedeció y caminó al lado mío hasta la puerta del baño. La abrí y lo invité a pasar. El ya intuía lo que iba a pasar. Incluso después de estar decidido, no pude evitar que los nervios regresaran a mí. Empecé a sentir, por extraño que pareciera, que estaba traicionando a mi esposa al ducharme en frente de Sebastián.

Entré al baño tras él y cerré la puerta. Lo que fuera a suceder allí dentro tendría que ser un secreto entre Sebastián y yo.

No sabía que decir, ni sabía por dónde empezar. Sebastián fue a pararse en una esquina opuesta a la ducha. Esta a su vez era un pequeño espacio en la esquina del baño franqueada a un lado por un panel de cristal completamente transparente. Estuve parado por unos segundos como esperando instrucciones de Sebastián. Luego lo miré a los ojos y no pude evitar reír con una mezcla de nervios y de timidez ante lo que estaba a punto de hacer. Sebastián correspondió mi risa con una leve sonrisa nerviosa y guardando silencio.

Bueno, creo que tengo que ducharme – dije al fin mientras él seguía silente, inmóvil.

Lo primero que hice fue deshacerme de mis tenis y mis medias dejándolos en el suelo. A continuación tomé mi camiseta y la deslicé por mi torso descubriéndolo. Sentí alivio al deshacerme de esa prenda sucia con la que había corrido. En ese momento Sebastián borró la sonrisa de su cara y un semblante serio y concentrado pobló su rostro. Lo sentí tragar saliva de la misma forma en que yo lo hacía cuando presentía un encuentro con alguna mujer. Llevé mis manos a los bordes de mi pantaloneta no sin antes mirarlo una vez más a los ojos y sonreír con complicidad y malicia, como sonríe uno con el amigo con el que está a punto de cometer algún acto de indisciplina. Posteriormente deslicé mi pantaloneta por mis piernas dejándola igualmente en el suelo. En ese momento todo lo que separaba la vista de Sebastián de mi desnudez completa eran mis briefs.

Creo que hasta aquí ya me has visto – agregué con una sonrisa mientras recordaba que Sebastián ya me había visto en briefs el día en que lo conocí. Él sonrió y guardó silencio como lo había hecho hasta el momento. Entendí que él estaba incluso más estresado que yo.

A continuación llevé mis manos a los bordes de mis briefs. Estaba parado frente a Sebastián. Tan pronto como los bajara él tendría una vista perfecta de mi pene. Nunca me había sentido tan desnudo ni tan vulnerable. Incluso cuando estaba desnudo en medio de otros hombres en las duchas de mi gimnasio, no experimentaba incomodidad. Pero en ese momento, sentía que mi cuerpo y mi intimidad le pertenecían a ese muchacho de 22 años que, de alguna forma, logró que yo hubiera hecho una apuesta de adolescentes.

Respiré profundo, tomé los briefs y en un solo movimiento los deslicé por mis piernas hasta que cayeron al suelo. Instintivamente, como siempre que me desnudaba, llevé mi mano derecha a mi pene para sobarlo un poco. Ya no fui capaz de mirar a Sebastián. Imagine que él estaría enfocado en mi pene pero decidí ignorar su presencia mientras estuviera completamente desnudo.

Dándole la espalda entré a la ducha y abrí la llave. El agua tibia empezó a correr por mi cabello, mi cara y luego mi cuerpo. Su temperatura agradable y la presión me relajaron un poco. Estaba de espaldas a Sebastián. En ese momento el estaría gozando de una visión perfecta de mi trasero. Se me ocurrió pensar que él también se sentiría atraído por mi trasero si tuviera un rol activo con otros hombres. No tenía como evitar que, en cualquier ángulo, él se sintiera interesado en mi cuerpo.

Continué unos segundos más bajo el agua y de espaldas a Sebastián. Posteriormente tomé algo de gel de ducha en mis manos y empecé a aplicarla en mi cabello y en todo mi cuerpo. Mis manos recorrieron mi pecho, mis piernas, mis brazos. Estaba cubierto en espuma en la parte frontal de mi cuerpo. Dejé que el agua lentamente fuera retirando el jabón de mi cuerpo. Ya estaba listo por delante. A continuación tomé más gel y giré. Volvía a estar de frente  a Sebastián y volvía a ignorar su mirada. Llevé mi mano con jabón a lavarme bien entre mis nalgas. Usé un poco más de jabón para lavar mi pene. Sebastián debería estar disfrutando al verme tocar mi cuerpo y mis zonas más íntimas. Increíblemente, ya no me sentía tan intimidado. Ya el muchacho había visto todo lo que había que ver y además ya mi ducha estaba por terminarse.

Me aseguré de retirar bien la espuma de mi cabello y mi cuerpo. Levanté cada una de mis piernas para bañarlas bien y me paré bajo el agua por un par 1 minuto más para que corriera por todo mi cuerpo. Finalmente cerré la llave. Quedé entonces frente a Sebastián, completamente desnudo, limpio y satisfecho de haber terminado algo que me causó tanto temor y que ahora ya no era tan importante. Instintivamente llevé una mano a cubrir un poco mi pene.

Me pasas una toalla?

El muchacho reaccionó de inmediato tomando una de las toallas blancas que estaban en el escaparate y pasándomela en la mano. Pude ver cómo le dio una última mirada a lo poco que alcanzaba a ver de mi pene como anticipando que sería lo primero que cubriría con la toalla. No fue lo primero, pero si lo segundo tras haber secado bien mi cabello y mi cara.

Tras secar mi cuerpo con un extremo de la toalla mientras que con el otro cubría mi pene, la amarré a mi cintura y salí de la ducha.

Creo que he pagado mi deuda – le dije a Sebastián mientras me paraba frente al espejo del lavamanos y tomaba el desodorante para aplicármelo.

Si, la pagaste…y tenías con que pagarla – respondió el joven esbozando una sonrisa que yo correspondí.

Yo no sé si nos volvamos a ver o si algún día conoces a alguien que yo conozca. Pero creo que sobra pedirte que no vayas a compartir esto con nadie. Le dije mientras con mi mano limpiaba la fina capa vapor que el agua había formado en el espejo para poder ver mi reflejo. También podía ver a Sebastián a través del espejo. Yo parado directamente frente al cristal y él un poco más atrás. Pensé que saldría del baño tan pronto yo me cubriera, pero seguía allí como expectante. No sé qué esperaba, pero era obvio que quería ver más. Era obvio que estaba excitado y algo intimidado mientras yo había recuperado mi confianza y mi tranquilidad. Las cervezas que me tomé seguían actuando en mí y ahora, cubierto y tras haber cumplido con mi parte, tenía dominio completo de la situación. Al menos me sentía libre de culpas y un poco feliz y aliviado por ello.

Pensé entonces en pedirle que se retirara mientras yo me peinaba y me ponía unos briefs limpios de los que tenía en el baño. Sin embargo decidí hacer la pregunta obvia que tenía en mi mente desde que estábamos en el ascensor.

Tratando de no mirarlo fijamente a través del espejo para no intimidarlo aún más y, mientras me secaba un poco más mi cabello con una toalla pequeña le pregunté:

Sebas…dime algo…esto es algo que te excita?

Es que…tienes un cuerpo que me gusta mucho – respondió en un tono algo inseguro

O sea que si?

Un poco… o bueno, sí, si estoy excitado

Jajá, bueno, al menos uno de nosotros disfrutó estos momentos.

Sebastián guardó silencio nuevamente

Puedo preguntarte que te gusta de mi cuerpo?

Ja…todo…tus piernas…tu espalda…tu pecho. Es un cuerpo armonioso y firme.

Gracias! Nunca había recibido comentarios así de un hombre…pero…si te gusta tanto mi cuerpo…por que el día que nos conocimos intentaste tocar mi cara y no mi cuerpo?

No se…creo que era más respetuoso tocarte tu cara…cuando creí que eras…

Que era gay?

Si…

Eso es lo que me gusta de ti Sebastián, que eres un muchacho respetuoso. No como los que quiere que todo salga a su manera sino de los que piensan en lo que los demás puedan sentir…

Gracias…

Y decidí que no pasaría nada malo si permitía que Sebastián viviera unos momentos aún más intensos. El muchacho había logrado elevar mi ego y se había ganado aún más mi admiración. Dando media vuelta quedé frente a él.

Ven acá Sebas – dije invitándolo a acercarse. El muchacho se movió hacia mí con cierta torpeza producto de los nervios.

Dame tu mano – Sebastián levantó su mano derecha y yo la tomé con mi mano derecha igualmente. Sin explicar nada más puse su mano sobre mi pecho mientras miraba fijamente la reacción en su rostro. Se notaba confundido. Bajó su mirada.

No te preocupes Sebas. Si te gusta mi cuerpo tócalo un poco. Nada malo me va a pasar por recibir unas caricias tuyas en el pecho…

En ese momento solté su mano. Sebastián inmediatamente llevó su mano izquierda a posarse también sobre mi pecho y con ambas manos recorrió lentamente mi torso. Subió a mis hombros. Las llevó por mis brazos. Las llevó a mi cintura y a tocar mi abdomen. Todo lo hizo lentamente mientras su respiración se hacía más pesada. Yo lo miraba fijamente, pero él mantenía su mirada baja.

Al terminar el recorrido de sus manos por mi torso las volvió a llevar a mi pecho. En ese momento su mano derecha se posó sobre mi pezón izquierdo. Lo tomó suavemente con sus dedos y lo apretó tan solo un poco. Levantó su mirada en ese momento para conocer mi reacción. Yo solo pude sonreír. Todo el episodio, lejos de producirme excitación o disgusto me producía gran simpatía por Sebastián y su respetuoso proceder.

Estás excitado Sebas, puedo sentirlo en tu respiración.

El muchacho solo sonrió exhalando el suspiro más profundo que yo haya escuchado, se notaba que estaba casi conteniendo la respiración producto de su excitacion. Aun no retiraba sus manos de mi pecho. Su mano izquierda seguía en mi pezón derecho.

Nunca he tenido sensibilidad en los pezones Sebas, no se qué estás esperando que pase al tocarme allí – le aclaré esbozando una leve sonrisa

El muchacho seguía acariciando mi pezón suavemente. Se había convertido en una especie de punto focal para él. Yo solo sentía unas leves cosquillas por sus masajes y su respiración profunda sobre mi pecho desnudo.

Me gusta mucho tu pecho Juan.

Te gustaría besar mi pecho? – sugerí llevado por el afán de hacer pasar a Sebastian un buen rato y permitirle que siguiera elevando mi ego.

El muchacho no dio espera. Acercó su boca directamente a mi pezón y lo envolvió en sus labios haciendo un poco de succión y lamiéndolo suavemente. El beso en mi pezón duró tal vez 3 segundos. Sin que yo se lo pidiera, Sebastián alejó su boca nuevamente y alejó sus manos de mi cuerpo.  Creo que entendió que había sido suficiente para mí lo que le había permitido hacerme. Nuevamente su aura de respeto lo llevaba a comportarse mientras era evidente que, por dentro, estaba a punto de estallar. Lo vi pálido y un poco tembloroso. Eran los mismo síntomas que yo vivía a su edad cuando me veía envuelto en un encuentro sexual intensamente excitante. No romántico, no con una novia, sino, tal vez, con alguna mujer prohibida, en un sitio donde pudiéramos ser descubiertos. Y ellas manifestaban de mil formas su excitación también, pero a pocas había llegado a ver tan llevadas por el placer como veía a Sebastián en ese momento.

De pie, uno frente al otro, tal vez llevado por el deseo de ser bondadoso con un muchacho que admiraba, tal vez llevado por mi ego que no se cansaba de escuchar elogios de un muchacho atlético y atractivo. Tal vez llevado por la estupidez que me ha caracterizado en muchas actuaciones de mi vida y más cuando tengo algunas cervezas en la cabeza, tomé la toalla que llevaba amarrada a mi cintura y que cubría mi desnudez y la dejé caer sobre el suelo exhibiendo mi pene frente a Sebastián.

El muchacho observaba con sus ojos completamente abiertos, llevado por la excitación y, tal vez, algo de temor e incertidumbre por lo que yo estaba haciendo. Yo no me entendía, también sentí temor. También me sentí inseguro. No era capaz de pronunciar ninguna palabra, no sabía que decirle a Sebastián.

Él, tras unos cortos instantes extendió su mano lentamente a acariciar mi pelvis. Se tomó un tiempo en mi pelvis sin bajar a mi pene donde, seguramente, quería posar su mano en ese momento. Tal vez me estaba dando tiempo de arrepentirme. Pero no lo hice. Creo que ya estaba arrepentido, sin embargo decidí dejarlo seguir, dejarlo disfrutar de mi un poco ya que nadie disfrutaría de mi cuerpo ese fin de semana - ya que nadie disfrutaría de mi cuerpo ese fin de semana – volví a pensar. Pensé en mi esposa, y en que no vendría a visitarme. Pensé en lo frustrado que eso me hacía sentir y me cuestioné si lo que estaba pasando podría herirla. No podría. Ella jamás lo sabría.

Todo eso lo pensé durante los instantes en que la mano de Sebastián recorrió mi pelvis. El muchacho, al no percibir ningún tipo de reacción de mi parte, bajó su mano a tocar mi pene. Era la primera vez que un hombre me tocaba. La primera vez que un hombre tomaba mi pene flácido en su mano y trataba de acariciarlo un poco como lo estaba haciendo Sebastián. Sus manos, frías por los nervios, eran las primeras manos, además de las mías y las de mi esposa, que tocaban mi pene desde que era novio de ella.

La sensación fue extraña…pero no desagradable. Sebastián me supo tocar. Tomaba mi pene con una mezcla de firmeza y cuidado. No quería lastimarme ni era su deseo manosearme. Su deseo era que yo me sintiera bien. Eso lo percibí desde el primer contacto con mi cuerpo.

Cerré mis ojos. No quería pensar. No quería pensar que había una mujer hermosa, ni mi esposa, ni nadie tocándome. Quería simplemente asumir que era un hombre y cerrar los ojos para grabar en mi memoria las sensaciones de ser tocado por un muchacho. Tal vez nadie nunca lo sabría. Pero esa definitivamente sería una experiencia nueva para mí. Nadie me obligaba a hacer lo que estaba haciendo. Nadie. Solamente mi estupidez y un poco de mi curiosidad actuando juntos.

Mis ojos cerrados percibían aún más fuertes las caricias de Sebastián. Ahora sus dos manos se turnaban para acariciar mi pene, mis testículos y mis piernas. En el silencio absoluto de ese cuarto de baño podía escuchar su respiración profunda y llena de excitación. También pude escuchar el movimiento de su cuerpo y el roce de su ropa cuando se puso de rodillas. No abrí mis ojos. Ya sabía lo que vendría a continuación.

Seguí sintiendo sus manos todo el tiempo. Seguían acariciando mi pene, sosteniéndolo. Masturbándolo levemente en su estado de flacidez. Eventualmente sentí el calor y la humedad de la boca de Sebastián. Un hombre había permitido que mi parte más íntima entrara en él, en su boca. Probaba mi pene. No era sexo oral, era una especie de beso a mi pene combinado con más caricias de una de sus manos y juegos de su lengua.

No sé cuantos segundos transcurrieron mientras mi pene flácido permanecía en la boca de Sebastián, el muchacho trataba de saborearlo y acariciarlo tanto como podía. Mis ojos estuvieron siempre cerrados. Esperando, tal vez, a que él mismo diera por terminado ese encuentro pues yo, el ejecutivo, el hombre casado, 13 años mayor que él, había perdido completamente el control de lo que estaba pasando y me sentía ahora como un maniquí que espera desnudo y paciente a que su dueño haga con él lo que mejor le parezca.

Aunque no quise hacerlo en un principio, no podía evitar ya que mi mente viajara por mis experiencias con mujeres que me habían hecho sexo oral. Desde la primera vez que una de ellas se arrodilló frente a mí tal como lo estaba haciendo Sebastián ahora, hasta cuando mi esposa lo hacía en los últimos días de su embarazo, cuando el sexo convencional se complicaba. Sin embargo, mi cuerpo permanecía ajeno a lo que estaba sucediendo, no reaccionaba.

El punto de quiebre se dio en un momento en que Sebastián, en un movimiento rápido se puso de pie y apagó la luz del baño. Inmediatamente volvió a arrodillarse y a retomar su trabajo en mi pene. La oscuridad era absoluta. Era mejor que mantener mis ojos cerrados. La oscuridad, cómplice de los amantes, me entregó por fin la intimidad que necesitaba. Pude relajarme y abrir mis ojos, igual no vería a Sebastián. Pude estar en el presente y darme cuenta que, así fuera un hombre, estaba recibiendo una mamada muy bien hecha.

Mi pene empezó a reaccionar. Empecé a sentir como, mediante leves palpitaciones que lo llenaban de sangre empezó a crecer. Mi erección se produjo entre la boca de Sebastián y sus manos. Todos los movimientos del muchacho causaron las sensaciones que me llevaron a entregarme al placer que me daba. Allí estaba yo de pie, en un sitio oscuro, con alguien prohibido, teniendo sexo. Esas situaciones clandestinas eran precisamente los recuerdos más eróticos de mi juventud. Mi mente regresó en el tiempo. Me ubicó en algún sitio oscuro, tal vez un parque, con una amiga linda o una señora casada. Por fin tuve mi pene completamente duro para que Sebastián hiciera lo que quisiera hacer.

Siguió haciéndome sexo oral y apretando mi pene desde la base de vez en cuando como buscando que no fuera  a ponerse blando de nuevo. Lo que no sabía en ese momento era que me estaba brindando placer. Que ya no se trataba de un acto de generosidad mío hacia alguien que sentía atracción por mí, sino que me estaba regalando verdadero placer. Me estaba regalando mi primera relación sexual por fuera de mi matrimonio y mi primera oportunidad de descargar el estrés de la soledad de los últimos días.

Ahora que estaba sintiendo placer, obligué a mi mente a mantenerse en recuerdos de mi juventud y olvidarse por completo de que frente a mí había otro hombre. Y el método funcionaba pues poco a poco sentía más comodidad y más cercanía a un orgasmo. Sin embargo, en un acto que pudo haber terminado con el momento para Sebastián y para mí, el muchacho sacó mi pene de su boca. Aun en la oscuridad y posando sus manos en mis piernas preguntó:

Quieres que te lo siga mamando en tu cama Juan?

No supe que hacer en ese momento. Al hablarme, Sebastián me llevó de nuevo al presente y arruinó el buen momento de excitación que estaba viviendo.

Vamos a tu cama, lo disfrutas más si te sientas y yo lo sigo haciendo allá.

Estuve a punto de pedirle que mejor termináramos todo. Estuve a punto de huir de aquella situación. Hasta hoy me pregunto por qué no me detuve cuando aún no había pasado más que una mamada sin ni siquiera llegar a un orgasmo…? Pero fue tal vez eso, fue la cercanía con el clímax y mi necesidad como hombre de eyacular lo que me llevó a aceptar lo que Sebastián me proponía. Al fin y al cabo, ahora él estaba manejando la situación. No yo. Ahora el muchacho tímido se había convertido en un hombre lleno de confianza, y su voz masculina al invitarme a la cama estaba lejos de ser sensual para mi, pero su tono era convincente y respetuoso: ni en el acto más homosexual, como es mamar un pene, ni en el estado de excitación tan alto que Sebastián sentía, dejó de ser varonil, ni dejó de ser respetuoso.

Abrí la puerta que comunicaba con mi habitación. La luz proveniente del cuarto iluminó el baño y pude ver a Sebastián arrodillado frente a mí y frente a mi pene que lentamente estaba perdiendo firmeza. No quise prolongar la escena. Apagué inmediatamente la luz de mi habitación y caminé entrando en ella. Sebastián me siguió. Con el último destello de la lámpara pude ver sobre la mesa de noche una foto de mi mujer y mi hijo. Ni siquiera eso me hizo reaccionar. Tal vez hubiera servido para detenerme al principio. Pero no ahora que había decidido eyacular en la boca de Sebastián…y entonces vino otra pregunta que la formulé inmediatamente mientras me sentaba en la orilla de la cama:

Sebas, puedo terminar en tu boca? – era algo que nunca había hecho pues las mujeres que me habían hecho sexo oral siempre sacaban mi pene de su boca cuando el final se aproximaba.

Sí, no hay problema – respondió Sebastián en voz baja.

Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. Allí sentado en la penumbra, en la orilla de la cama, desnudo, vi a Sebastián caminar hacia mí y arrodillarse entre mis piernas posando sus manos sobre ellas. Ya no era tímido, Lo sentía decidido, lo sentía excitado y llevado por las ganas de hacerme sentir placer. Y yo: necesitaba un orgasmo.

Cerré nuevamente mis ojos tratando de volver a mis recuerdos eróticos. La imagen de la foto de mi mujer y mi hijo volvió a mi mente. Tomé entonces mi anillo de bodas y me lo quité de mi mano derecha. A tientas en la oscuridad, y sin moverme mucho para no desacomodar a Sebastián que ya tenía mi pene en su boca, puse el anillo sobre la mesa de noche y lo tapé con aquella foto poniéndola boca abajo, cubriendo lo que anticipaba que sería un sentimiento de culpa.

Intenté relajarme de nuevo y empecé a concentrarme para lograr una erección tan fuerte como la que había tenido hace unos instantes. Sebastián estaba arrodillado, dándome sexo oral y con una mano suya en mis testículos. Los acariciaba, juagaba con ellos. Me recordaba aquel examen médico repugnante cuando me tocaban mis testículos y mis ingles para descartar enfermedades. En esta ocasión era diferente, pensé incluso en pedirle a Sebastián que usara su lengua para jugar con mis testículos. Lo hacía con todas las mujeres que se habían aventurado a hacerme sexo oral. Pero no me atreví, no con un hombre. Sentir sus manos era suficiente, pensé en ese momento.

Sin embargo, el muchacho parecía adivinar mis pensamientos. En un movimiento suave, saco mi pene de su boca y lo tomó con su mano masturbándome. Llevó entonces su lengua a la punta de mi pene y empezó a moverla por la cabeza. Incluso la detuvo en la entrada de mi uretra, en aquel orificio que, para ese momento, debería estar suministrándole pequeñas dosis de pre semen. Su lengua lograba causarme sensaciones desde la cabeza de mi pene y hacia todo mi cuerpo.

Posteriormente empezó a bajar con su lengua por mi pene. Lo recorrió lamiéndolo como si fuera un helado mientras continuaba la masturbación. Su lengua alcanzó la base y estuvo allí por unos instantes. Posteriormente la alejó y acercó esta vez sus labios a mis testículos para darles un beso. Un beso con sus labios. “Bésame las bolas” era un insulto utilizado con aquellos amigos o enemigos con los que alguna vez tuve alguna pelea en mi juventud. Aquí no era un insulto. Este no era un examen médico. Aquí ese beso era un beso. Era un regalo de placer de un hombre a otro.

El beso de sus labios fue seguido por besos más largos, esta vez usando su lengua. Su mano me masturbaba y su lengua recorría mi escroto como tratando de mojarlo completamente. Con su mano libre ayudaba a su lengua a acariciar mi escroto. Eran muchas sensaciones. Aquellos amigos gays que aseguraban que nadie hacia mejor sexo oral que otro hombre tenían toda la razón.

De pronto, la mano de Sebastián dejó los masajes a mi escroto, allí solo quedó su lengua. Llevó su mano a mi pierna derecha empujándola un poco, abriéndola. Y eso hice, en ese momento hacía lo que él me indicara. Abrí mis piernas y el muchacho llevó su boca incluso más cerca de mis genitales. Abrí más mis piernas entonces. Entendí que solo quería mayor acceso. Un poco más de besos con lengua en mi escroto y su boca empezó a moverse hacia debajo de mis testículos. Su mano libre regresó para tomar mis testículos con suavidad y levantarlos, exponiendo la zona entre mis piernas. Clavó su cabeza tanto como pudo y estirando su lengua lamió repetidas veces aquella zona que, sin bien no era erógena, nunca había sido explorada por ninguna lengua. Eran sensaciones nuevas que no me sacaron de mi estado mental de placer, pero si incrementaron mi curiosidad.

Tras lamer un poco en esa zona el muchacho, quien no dejaba de masturbarme con su otra mano, alejó un poco su cabeza de en medio de mis piernas y llevando su mano a mi pecho me empujó suavemente con un imperativo – acuéstate – en voz baja.

Me dejé llevar y mi espalda cayó sobre la cama. El muchacho tomó entonces mi pierna izquierda por debajo de mi muslo y la levantó haciendo que mi pie izquierdo quedara apoyado sobre la orilla de la cama mientras el derecho continuaba en el suelo. Teniendo así más expuestos mi pene, mis testículos y la zona bajo estos, volvió a llevar a su lengua nuevamente desde la punta de mi pene y bajando hacia mi escroto. Volvió a lamerlo, volvió a chupar uno a uno de mis testículos y volvió a bajar su lengua más y más a lamerme en aquella zona inexplorada.

En un momento, mientras su lengua trataba de llegar más y más lejos sentí un leve contacto con mi ano. Sentí su lengua acercarse a mi ano. Inmediatamente lo contraje y cerré un poco las piernas por reflejo. Sebastián notó mi reacción.

Estas bajando mucho Sebas – murmuré en el silencio de la habitación.

Déjame llegar un poquito más lejos, solo relájate – dijo el muchacho mientras, con bastante fuerza, tomó esta vez mi pierna derecha y la levantó sobre la cama al igual que lo había hecho con la izquierda. En ese momento  mis piernas quedaron abiertas a Sebastián, tanto como era posible. El muchacho las tomó y las empujo hacia atrás haciendo que mis rodillas llegaran un poco más atrás, hacia mi pecho. Estaba exponiendo ante su cara mi ano. Sebastián me había ubicado en la misma posición que yo había usado para muchas mujeres en mi vida.

Todo sucedía muy rápido. El joven, llevado de placer que se evidenciaba en su fuerte respiración, llevó su boca directamente a mi ano y empezó a lamerlo. Lo que sentí a partir de allí fue algo que no me esperaba. Nunca, nunca pensé que alguien fuera a lamer mi ano. Nunca pensé que lo haría un hombre y nunca llegué a imaginarme que se sentiría tan bien. No podía negar que estaba sintiendo placer al sentir su lengua pasar una y otra vez. No sentí asco, no sentí vergüenza, por el contrario, era una sensación de cosquilleo que viajó por todo mi cuerpo, me hizo suspirar de placer y me hizo conseguir la mayor erección aquella noche.

Te gusta? – preguntó Sebastián en voz baja

No respondí, tampoco esperó la respuesta, simplemente volvió a llevar su lengua a lamer mi ano. Lo lamia con muchas ganas. Tal vez el hecho de que yo estaba recién duchado hacia que el muchacho no tuviera reparos en que su boca recorriera esa zona tan íntima de mi cuerpo.

Yo seguía suspirando y pensando que no quería detenerlo, por mucho que mi testosterona me indicara que estaba haciendo el acto más homosexual de mi vida. No lo detuve. Él pausó sus movimientos por unos instantes. Había terminado – pensé. Mantuve mis  ojos cerrados esperando a que bajara mis piernas y volviera a trabajar en mi pene. Pero no fue así. Con su ya conocida suavidad, pero con la fuerza y determinación que estaba demostrando desde que entramos a la habitación, Sebastián llevó uno de sus dedos a mi ano y antes de que yo pudiera reaccionar lo hundió en mi cuerpo.

Ahhh – exclamé entre dolor y sorpresa, tratando de levantarme y detenerlo.

Espera, espera Juan – me decía el muchacho quien, anticipando mi reacción sostenía fuertemente mis piernas y me impedía incorporarme.

Tras unos cortos instantes no sentí más dolor. Solo sentía su dedo dentro de mí. Un dedo no es grande, no es grueso, pero en ese momento sentía como si tuviera un bate de béisbol en mi cuerpo. Iba a pedir que lo sacara cuando sentí que lo hacía. Lentamente empezó a retirarlo. Pero contrario a lo que yo pensaba no fue para sacarlo sino para volver a entrar, y volver a salir. Sebastián empezó a masajear mi ano suavemente con uno de sus dedos.

El masaje a mi próstata - según entendí luego - hizo que mi cuerpo se relajara y sintiera placeres que nunca pensé sentir y que nunca creí que existían. Pero eran ciertos. Perdí algo de sensación en mis piernas, mi cuerpo se relajó completamente y no tuve más que dejar que el muchacho me penetrara con su dedo. Lo hizo por espacio de casi un minuto antes de que, sin esperarlo, sentí nuevamente un dolor un poco agudo.

Que haces Sebas – pregunté con mi voz algo debilitada por la intensidad del momento.

Es otro dedo, no te preocupes – respondió el muchacho pendiente a mis reacciones.

Sentí entrar su otro dedo y sentí el  dolor desaparecer para ser reemplazado por placer. Ahora tenía dos de sus dedos en mí. Hasta donde llegaría esto? Me preguntaba. Estaba literalmente perdiendo mi virginidad con un hombre. Estaba entregando mi cuerpo esa noche.

Los masajes continuaron por unos segundos más hasta que el muchacho empezó a retirar sus dedos lentamente. La sensación en mi cuerpo era de placer, ya no de dolor. De placer y de alivio al sentir que mi recto se liberaba de los dedos de Sebastián. Una vez los tuvo afuera, el muchacho soltó mis piernas y estas lentamente cayeron al suelo. Había terminado – pensé en ese momento. Pero no fue así. Empecé a escuchar sus movimientos rápidos y a adivinar lo que estaba haciendo. Abrí mis ojos y levanté un poco mi cabeza. Lo vi sin camisa y quitándose sus pantalones tan rápido como podía. Al hacerlo, reveló sus pantaloncillos blancos con un bulto grande, pronunciado por su pene en erección. Esos también los retiró, deslizándolos por sus piernas rápidamente. Sebastián quedó desnudo frente a mí y tan pronto lo hizo volvió a tomar mis piernas, volvió a doblarlas y a empujarlas hacia atrás. Volvió a llevarme a la posición en la que mi ano quedaba expuesto a él.

Que vas a hacer Sebas? – reaccioné preguntando lo obvio.

Ya no te va a doler, te lo juro, ya estás preparado – dijo el muchacho soltando mi pierna izquierda solo unos instantes para llevar su mano a buscar mi ano en medio de la oscuridad.

Sentí sus dedos recorrer la zona hasta encontrarlo. Recosté nuevamente mi cabeza en la cama y cerré mis ojos.

No lo hagas Sebas – supliqué en un tono que no me convencía ni a mí mismo

Pídeme que me detenga ya y lo hago Juan – respondió Sebastián en el tono más firme y más seguro que le había escuchado esa noche.

Me quedé en silencio. Por algún motivo sentí que mi destino era entregarle mi cuerpo al muchacho en esa cama y en ese momento. Guiando su pene con su mano llevó su glande a posarse justo sobre mi ano.

Relájate Juan – me decía mientras su pene y uno de sus dedos rozaban mi ano y me proporcionaban una especie de cosquillas que relajaban mi tenso cuerpo.

Traté de relajarme como él lo había pedido. Buscaba que mi cuerpo entero perdiera la tensión que me provocaba el saber que sería penetrado y así relajar mi ano que estaba contraído. Sebastián no esperó mucho tiempo más. Aplicando un poco de fuerza con sus caderas empezó a empujar su pene para que se abriera paso. Volvió a tomar mi pierna izquierda, volvió a tomar el control de mi cuerpo.

Lo primero que sentí fue un dolor agudo, peor que el que había sentido unos minutos antes cuando me penetraba con sus dedos. Sentía que mi ano podría reventarse. Traté nuevamente de incorporarme y el muchacho volvió a llevar su mano a mi pecho para evitarlo.

Relájate Juan, respira profundo y relaja todo tu cuerpo – me pedía en medio de su excitación.

Su pene, que hasta ese momento no lo había visto, lo sentía grande y demasiado duro. El seguía empujándolo hacia adentro, seguía haciendo suyo mi cuerpo. Yo, acostado boca arriba y teniendo un hombre prácticamente sobre mí que me estaba penetrando no podía evitar pensar en que ello estaba mal. El dolor en mi cuerpo se sumaba al dolor en mi ego. Nunca pensé yo, el atleta, el popular con las mujeres, el ejecutivo atractivo… que algún día permitiría que un hombre literalmente tomara posesión de mi cuerpo.

Pero lo estaba haciendo. Mientras mi mente debatía sobre los acontecimientos, Sebastián aprovechaba para empujar cada vez más su pene dentro de mí. Yo no sentía su pene, yo sentía como si estuviera atravesando una espada que partía mi cuerpo en dos. Yo sentía que entre más entraba, menos control tenía yo de mi cuerpo, menos podía moverme pues ese cuerpo dentro de mí era demasiado grande y podría lastimarme.

Pasaron unos instantes en los que el muchacho se detuvo y permaneció inmóvil. Yo también.

Respira Juan – me decía – relájate y respira.

No pude evitar que mi mente se transportara al momento del nacimiento de mi hijo. Durante el parto yo le daba exactamente las mismas instrucciones a mi esposa: “respira, relájate”. Mi hijo, pensé en él. Me juré en ese momento que jamás, nunca le contaría a nadie lo que estaba sucediendo. No se lo contaría a Miguel, mi mejor amigo, quien conocía todos mis secretos, incluso aquellos que podrían arruinar mi matrimonio. No se lo contaría a nadie, especialmente no me lo contaría a mí mismo nunca. Lo olvidaría tan pronto hubiera terminado.

De la inmovilidad casi absoluta de nuestros cuerpos, solamente interrumpida por nuestros pechos al respirar profundo, siguió el movimiento de las caderas de Sebastián. El muchacho empezó a moverlas hacia adelante y hacia atrás buscando sentir el placer que su pene le exigía. Por mi parte, lo sentía entrar y salir, moverse dentro de mí partiéndome en dos lentamente. Sin embargo, y aunque lo noté tal vez con algo de retraso, todo dolor había desaparecido para ese momento. La sensación era solo de placer y un poco de incomodidad que debería ser normal al tener un cuerpo extraño dentro del mío.

Sebastián se movía lentamente pero sin parar. El muchacho, a pesar de su evidente sobre-excitación, trataba de ser respetuoso como siempre y buscaba no causarme dolor.

Te está gustando Juan? – preguntó, más yo no respondí – puedo seguir más rápido? – tampoco respondí a esa última pregunta. En realidad hubiera preferido que no me hablara, pero no se lo iba a pedir.

Sebastián interpretó mi silencio como una autorización para moverse más rápido. Tomando mis piernas con más fuerza y casi subiéndose encima de mí empezó a penetrarme con más velocidad. Fue en ese momento cuando se me vino a la mente que las mujeres deberían sentirse así, aprisionadas, entregadas completamente cuando un hombre les hace el amor. El muchacho respiraba y yo sentía llegar su respiración a mi cara, sentía su aliento, sentía el calor de su cuerpo y la fuerza de sus manos. Sentía su pene caliente dentro de mí moviéndose cada vez con mayor facilidad y escuchaba sus gemidos que él parecía querer ahogar pero que no lograba contener del todo.

Había mantenido mis manos sobre la cama hasta entonces, sin embargo decidí levantar mi mano derecha y llevarla a tomar su brazo izquierdo. Cuando el muchacho sintió mi mano, entendió que yo estaba buscando tener una conexión con ese cuerpo que me estaba poseyendo. Intentó acercarse un poco más a mí. Su cara llegó más cerca a la mía y, aunque no podíamos besarnos, nos miramos a los ojos. En la penumbra de aquella habitación pude ver sus ojos mirando los míos, fijos y muy cerca. No pude sostener su mirada y giré mi cabeza para mirar hacia un lado, hacia la nada. Si, ahora era yo quien no podía sostener la mirada ante Sebastian.

Quero que disfrutes mucho esto – dijo el muchacho tras verme evadir sus ojos.

Como ya era costumbre yo no reaccioné a su comentario. Yo simplemente era un cuerpo que, entre aterrado y sin voluntad, se dejaba mecer por los movimientos de aquel macho que estaba buscando dejar su huella en mí.

Sebastián se ocupó entonces de una parte de mi cuerpo que había dejado olvidada. Levantó su brazo izquierdo soltándose del agarre de mi mano y llevó su mano a tomar mi pene. No solo a tomarlo, sino a apretarlo con fuerza. Yo, a pesar de que la posición dificultaba las cosas, tenía una fuerte erección que no había perdido desde que sentí sus dedos entrar en mi ano. Al contacto de su mano con mi pene sentí como una fuerte descarga de placer viajó por mi cuerpo y no pude evitar un gemido que debió haber animado al muchacho pues incrementó la velocidad de su penetración.

Eso es Juan…disfrútalo!

Y yo debo admitir que lo estaba disfrutando. Que el sexo anal, ese enrome tabú, no era más que una forma intensa, brutal de darle placer al cuerpo. Entendí también que se necesitaba de alguien que supiera hacerlo para que se pudiera disfrutar. Era mi primera vez pero era claro que Sebastián tenía experiencia.

Un poco más de caricias fuertes a mi pene y tuve que admitirle al muchacho que el momento estaba cerca.

Ya casi  - murmuré en medio de mi respiración agitada y mis quejidos por el placer que estaba sintiendo.

Sebastián aumentó tanto su velocidad de penetración como la fuerza de la masturbación que me estaba haciendo. Sentí más fuerza de su cuerpo sobre mí, sentí más de su aliento que bañaba mi pecho en un calor agradable y sentí unas gotas de sudor suyo caer en mí. El acto era totalmente íntimo. Estaba haciendo, con otro hombre, lo más íntimo que dos hombres podían hacer.

Y el momento llegó. Sentí que mi pene iba a estallar cuando desde mi interior y hasta su punta la primera gota de semen se abrió camino. Fue a parar sobre mi pecho y anticipó todo el semen que vino después. Pocas veces había eyaculado con tanta fuerza y con tanta abundancia. Sebastián seguía masturbándome y yo solamente emitía gemidos de placer y deseaba para mí que ese orgasmo que estaba sintiendo en mi pene, en mi ano y por todo mi cuerpo se prolongara por horas. Mientras eyaculaba, sentía como mi ano se contraía alrededor del pene de Sebastián. Eso debió haberle traído más placer y la señal de que yo estaba terminando.

Y él se unió. Un par más de movimientos bruscos de su cadera, que ya para entonces no me causaban molestia alguna, y su pene quedó tan adentro de mi como era posible. Sus gemidos fueron más fuertes que los míos aunque sin ser exagerados. Sebastián relajó su cuerpo y eyaculó tanto como quiso dentro mí. No sé si se vino mucho o poco, solo sé que sentí su semen muy dentro de mí y entendí que me había entregado por completo a un hombre. Cerré mis ojos en ese momento, entendía que todo estaba a punto de terminar y no sabía si podría mirarlo a los ojos. Su cuerpo volvía a tensarse por instantes, igual que el mío. Estábamos viviendo el orgasmo simultáneamente y para los dos se estaba extinguiendo. Sentía más gotas de su sudor caer sobre mí, al mismo tiempo que una fina capa de mi sudor como un rocío mañanero había cubierto toda mi piel.

Tras unos instantes mi orgasmo se había extinguido. No quise pedirle nada a Sebastián y no tuve que hacerlo. El identificó el momento justo para liberar mi pene de su mano. Igualmente y con la misma suavidad con la que me penetró, empezó a retirar su pene de mi cuerpo. Volví a sentir el mismo placer y alivio que había sentido cuando retiró sus dedos de mi ano. Esta vez la sensación iba mezclada del cálido masaje de su semen que sentía como si estuviera regado por dentro de todo mi cuerpo.

Sebastián se retiró completamente de mi cuerpo. Aun jadeaba de cansancio. Lo podía escuchar más no quería verlo. Suavemente soltó mis piernas y yo las apoyé sobre el suelo. Yo era un cuerpo desnudo, acostado sobre la cama con los pies apoyados en el suelo. Con mi pene perdiendo su erección, mi semen, mi semen que siempre quedaba consignado en algún vientre ahora estaba regado por mi pecho, mi abdomen y la cama. Mi cuerpo se sentía aliviado. Mi ano empezaba a cerrarse tras haberse abierto como nunca pensé que pudiera hacerlo. El leve sudor que cubría mi cuerpo empezó a enfriarlo por fuera. Por dentro, aun sentía el calor de Sebastián, de su pene, de su semen. No quise abrir los ojos.

No sé cuánto tiempo pasó. Escuché que Sebastián se vistió sin ducharse y salió de la habitación, lo hizo rápidamente tras haber llegado nuestro orgasmo. Por mi parte me quedé acostado, en exactamente la misma posición por horas, por varias horas sin dormir, sin abrir mis ojos, solo pensando. Sólo. En un trance del que no quiera despertar pues sabía que enfrentaría la realidad. Y esta, sería cruel.

Aquella noche volví a tomar una ducha. Al levantarme de la cama sentí una leve molestia en mi ano, pero nada de importancia, Nada comparado con el placer tras el orgasmo que aún se sentía, leve. Me paré bajo el agua y empecé a dejar que se llevara consigo todo lo que pudiera recordarme a aquel acto. Poco a poco bajo la ducha llegaba a mí un sentimiento de culpa que desconocía. Era mayor que cualquiera que hubiera sentido antes. Y nada podía hacer, nada. Solamente agachar mi cabeza y llorar. Lloré un poco en la intimidad de aquella ducha. Lloré para liberarme de mis temores y del tedio de mis días de soledad. Lloré porque sabía que llorar era el único escape que tenía en ese momento. Lloré esperanzado en que algún día solo me quedarían recuerdos sin dolor, sin culpa, de la noche en la que un muchacho 13 años menor que yo me llevó a la cama y me penetró como si yo hubiera sido su mujer. Me mostró una faceta del sexo a la cual jamás me hubiera animado a asomarme. Me hizo suyo literalmente y quedó unido a mí por el secreto más íntimo de mi vida.

Epílogo

Tras la intensa experiencia con Sebastián, decidí abandonar mi proyecto en aquella ciudad y regresar tan pronto como fuera posible a la capital. Una vez allá, presenté mi renuncia a mi empleo para buscar otro que no me obligara a ausentarme de mi familia. En la empresa me convencieron de no renunciar, y en lugar de ello tomar otro cargo dentro de la misma compañía. Uno que no exigiría viajar tanto.

Así empezó una nueva etapa en mi vida. Una etapa en la que poco a poco logré olvidar lo sucedido. Nunca lo hablé con nadie. Nunca busqué ayuda para superar mis temores al respecto. Y, poco a poco, recobré mi felicidad y la felicidad de estar al lado de mi familia. Disfrutaba mi vida, mi trabajo. Había vuelto a ser el mismo de antes y nunca más volví a saber de Sebastián. Eventualmente dejé de pensar en él y en lo que sucedió. Nada puede vencer al tiempo que se va llevando todo lo que quieres que muera en tu alma y en tu mente.

4 años después, actualmente…

Una mañana, sentado en mi oficina recibí una llamada de Adriana, una de las eficientes y atractivas psicólogas del departamento de recursos humanos de la empresa:

Juan Enrique, quería recordarte que vamos a iniciar las entrevistas en media hora. Los candidatos están en la charla inicial sobre la empresa.

Perfecto. Ya estoy preparado. Iré pronto.

No era cierto, no estaba preparado. Entrevistar a quienes aspiraban a las vacantes de estudiante en práctica era una de mis responsabilidades, pero debo admitir que no le prestaba la atención necesaria. Estaba lejos de ser una de las prioridades en mi cargo.

Inmediatamente dejé de hacer lo que estaba haciendo. Tenía media hora para repasar las hojas de vida de los candidatos y preparar las entrevistas. En mi correo electrónico busque un mensaje que Adriana me había enviado una semana antes con las hojas de vida de cada uno de los ellos.

“Hola Juan Enrique, adjuntas encuentras las hojas de vida de nuestros 3 candidatos de la próxima semana….”

Perfecto, eran solo 3. Tendría tiempo suficiente para preparar las entrevistas. Sin mirarlas, envié las hojas de vida directamente a la impresora. Las tomé ya impresas y me senté en el cómodo sofá de mi oficina para leerlas y prepararme.

Tomé la primera hoja de vida. Mi primera impresión fue poco ética, pero humana. Era la hoja de vida de una joven estudiante de último semestre de Universidad. Bastante atractiva en su foto. Me agradó pensar que ella estaría esperándome en media hora para entrevistarla, la leí rápidamente.

Tomé entonces la segunda hoja de vida y en ese momento mi armoniosa vida se detuvo. Dejé de escuchar los sonidos a mí alrededor. Dejé de respirar y sentí que mi corazón se detuvo por un momento. Tuve que ponerme de pie y caminar por mi oficina para tratar de calmarme. En mis manos tenía la hoja de vida de Sebastián Arce. El mismo Sebastián que yo muy bien conocía. El mismo que a estas alturas debería estar terminando su carrera y buscando una práctica profesional. El mismo que, sin haber cambiado mucho, aparecía en esa foto y volvía a aparecer en mi vida. Sentí un escalofrió al pensar que él estaría esperándome en media hora para entrevistarlo… Comprendía con temor que el pasado viaja con un uno por la vida.

Les agradezco por haber leído mi relato y me gustaría conocer sus comentarios. Los pueden enviar a esteban986b@yahoo.com



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