"A todos aquellos hombres a los que les ha pasado lo mismo"
- Amador.
- Perdón. ¿Pero cómo dijiste que te llamabas?
- Amador. Sé que no es un nombre muy común. Nací en España, y
vine a la Argentina cuando era adolescente. Fue mi padre quien eligió ese nombre
para mí, también mi abuelo se llamaba Amador. ¿Y vos?
- ¿Yo qué?
- Tu nombre...
- Ah, sí, perdoname, me llamo Teo.
- ¿Te pusieron ese nombre como homenaje a Van Gogh?
- Nada de eso. El hermano de Vincent nada tuvo que ver con la
elección de mi nombre, en realidad me llamo Teodoro, y como vos, acarreo ese
nombre gracias a mi abuelo materno.
- Ya ves, Teo, ya tenemos algo en común. Hace un rato, en la
reunión de padres, parecía ser que no... y que te me ibas a venir encima cuando
no estuvimos de acuerdo con ese asunto de la cooperadora del colegio. Pero
ahora, no sé porque, intuyo que nos llevaremos muy bien.
- Mucho gusto, Amador.
- Encantado, Teo.
Y ambos hombres se dieron la mano. Salían de aquella reunión
del Colegio al que asistían sus hijos, ambos de 8 años. Eran los únicos varones,
pues el resto de la concurrencia estaba formada por madres que no dejaban de
hablar y cotorrear entre ellas.
- Se ve que los padres nunca vienen a estas reuniones, me
alegro de que estés aquí y no me hayas dejado solo.
- Te pido disculpas, Amador, si te he gritado un poco.
- ¿Que si me has gritado? Pues más bien parecía que me ibas a
pegar...
Los dos rieron, y terminaron haciéndose chistes el uno al
otro. Era mediodía y ambos se quedaron charlando animadamente parados en el
umbral del Colegio, en medio de aquel día otoñal y algo frío. Era evidente que,
después de haberse visto sólo un par de oportunidades cuando llevaban a sus
hijos a clases, ahora habían simpatizado rápidamente.
- Te invito un café en el bar de la esquina, Teo.
Teo miró su reloj, y lamentó cerciorarse de que se le hacía
tarde.
- Disculpame, Amador, me gustaría mucho, pero tengo que
volver a mi trabajo.
- Está bien, lo dejamos para otro día entonces.
- Será un placer.
- ¡Hasta luego!
- ¡Chau!
Los dos hombres se despidieron y se alejaron en direcciones
opuestas. Al día siguiente, Amador y Teo volvieron a encontrarse a la entrada
del Colegio. Llevaban a sus respectivos hijos de la mano, y al verse se
sonrieron afablemente. Se observaron mutuamente mientras ambos despedían a sus
hijos, conduciéndolos hacia el interior del Colegio. Era esa descuidada mirada
que los varones que habitan Buenos Aires suelen tener entre sí. Una mezcla de
reconocimiento entre pares, u observación casi tribal, o simplemente curiosidad
entre los del mismo sexo que hace que en un momento determinado el sutil hilo
que divide simple casualidad y seducción (no necesariamente de tipo sexual,
claro está) casi desaparezca por completo. En esa circunstancia se encontraban
ahora esos hombres casi sin saberlo, pero desde ese momento, y por alguna razón
que todavía desconocían, sabían que no sería fácil mantenerse indiferentes uno
del otro. Tal vez por eso, o por razones que querían desentrañar ellos mismos,
terminaron esa mañana yendo a tomar ese frustrado café que había quedado
pendiente del día anterior.
En el bar de la esquina, pocos minutos después de las 8 de la
mañana, Amador y Teo estaban sentados frente a frente en una mesa junto a la
ventana detrás de sendos pocillos de café humeante y aromoso. Empezaron a
charlar y pronto se sintieron muy a gusto, como si se hubieran conocido de toda
una vida. Amador era un tipo alto, de unos 39 años, no era corpulento, pero su
cuerpo era perfectamente ancho para la altura que tenía. De hombros y pecho
amplios, su persona impresionaba como la de un hombre seguro de sí mismo. De
pelo castaño, ondeado y algo largo, tenía rasgos nobles y agradables, enmarcados
por una barba de cuatro días que él mismo se encargaba de cuidar cotidianamente,
dándole una apariencia de notoria virilidad. Tenía ojos grandes y expresivos.
Debajo de sus anchas cejas, esos ojos transparentaban sensibilidad e
inteligencia. Amador movía animadamente las manos mientras hablaba. A Teo le
llamaban la atención. Y se preguntaba porque. Eran manos grandes. El vello que
emergía por entre las mangas de su camisa se prolongaba tenuemente sobre dorsos
y dedos, y él tomaba delicadamente el pocillo con esos dedos hábiles y largos.
Teo, en cambio, era un hombre algo más bajo. Tenía 35 años y
tenía el cabello mucho más claro que Amador. También sus ojos, de un celeste
intenso. A diferencia de su amigo, su rostro estaba perfectamente rasurado. Teo
era un hombre atractivo. De rasgos finos, aunque fuertes. Su nariz recta, su
boca grande, su mentón prominente y su cuello ancho, intimidaban un poco, pero
después de esa primera impresión y su trato amable, hacían que cualquier persona
se sintiera muy bien junto a él.
Ninguno de esos detalles físicos pareció escapárseles,
mirándose mientras hablaban en aquella mesita cuadrada. Hablaban de muchas
cosas. La charla había partido de sus trabajos, de sus hijos, del Colegio, y
estaban llegando a ellos mismos. Cuando Amador le preguntó por su esposa, Teo se
apresuró a decir:
- Hace un año que estoy separado
- ¿De veras?. Pues te voy a mostrar algo – y alzando su mano
izquierda, Teo pudo advertir la ausencia de alianza en el dedo anular.
- ¿Vos también?
- Divorciado, hace seis meses y medio.
- Hombre... así que estamos iguales...
- Así es, Teo.
- ¿Y estás solo?
- Demasiado solo. Bueno... la verdad es que así estoy bien
por ahora. Todo el tema de la separación primero, y el divorcio después, con
todo lo que ello significó, fue una cosa de la que todavía no me repongo.
Pero... te decía que estoy "demasiado" solo porque tampoco tengo muchos amigos.
- Te entiendo. Yo tenía amigos, ya sabés, uno cree tener
amigos, pero cuando uno se separa, esos amigos se separan al mismo tiempo que la
pareja... y muchos deciden quedarse de un lado o del otro... pues bien, la
mayoría de mis amigos decidió quedarse del lado de mi esposa, de ella siguen
siendo amigos, mientras que conmigo han dejado de verse.
- ¿Y tenés novia?
- No. Yo también prefiero estar solo por ahora. Tengo una
amiga que... – de pronto Teo se sonrojó, cosa que no pasó inadvertida por
Amador.
- Que está muy bien...
- Nada de eso. Bueno sí... pero... digo, que cada tanto nos
vemos, salimos, tenemos sexo, pero nada formal ni continuo.
- Pues yo, ni eso, Teo. Te envidio un poco. Pero tiempo al
tiempo...
- Sí. El tiempo decide muchas cosas que nos van a pasar,
Amador.
Por un momento quedaron silenciosos. Permanecieron un rato
mirándose a los ojos. Luego, sin poder sostener esa franqueza, alguno miró por
la ventana. Luego, Amador, acariciando el pocillo de café con sus largos dedos,
exclamó:
- Y, decime, Teo. ¿te gusta hacer deportes?
- Hacía deportes antes de casarme. Ahora, la verdad es que no
practico nada. Hacía un poco de natación y jugaba al tenis.
- ¿Tenis? ¡Yo juego al tenis! ¿Cuándo vamos a jugar un
partido?
- ¡Cuando quieras! El único problema es que estoy fuera de
estado.
- Pero se te ve muy bien
- ¡Amador!... no sabés lo que estás diciendo. Tengo varios
kilos de más... y hace tanto que no hago un solo abdominal...
- Yo salgo a correr bastante seguido. ¿No querés "recuperar"
tu estado y venir a correr conmigo?
- No estaría mal. Podría ser en los días que Dieguito está
con su madre.
- ¡Hecho!. Hablemos, y nos encontramos la semana próxima. Te
dejo ahora, tengo que ir a la oficina – dijo Amador, sacando su billetera.
- No, Amador, yo te invito.
- Ok. Pero mañana, la invitación corre por mi cuenta.
Y así sucedió todos los días. Después de encontrarse en la
puerta del Colegio, Amador y Teo compartían ese café que no podían eludir bajo
ninguna causa, así como sus encuentros para ir a correr juntos. Teo, poco a
poco, fue poniéndose a tono y no le costó demasiado recuperar su agilidad
física. Disfrutaban mucho de esas caminatas, de seguirse y medirse mientras
corrían alrededor del parque cercano, de ir conociéndose cada vez más en esas
charlas cuando paraban a descansar o hacer algunos abdominales en el césped.
También aprovechaban la amistad de sus hijos para salir de paseo, para verse
cuando uno u otro iba a buscar a los niños a sus respectivas casas después de
una tarde de juegos o tareas del colegio, en fin, Amador y Teo comenzaban a
transitar por una creciente y hermosa amistad.
Cuando Teo estuvo preparado, ambos arreglaron ir al campo de
deportes para jugar un partido de tenis. La primera vez ganó Amador, pero hubo
muchas más que siguieron a ese primer encuentro, y eso se había hecho un hábito
para ellos. Entonces Teo pudo tomarse la revancha en reiteradas oportunidades.
Todos los lunes, cuando salían de su trabajo, se encontraban en el club y
disfrutaban de un largo partido de tenis.
Pero un día, después del partido acostumbrado, sucedió algo
que iba a dar un rumbo distinto a la relación de Teo y Amador.
Ese día, alrededor de las nueve de la noche, Amador y Teo
entraron sudorosos al vestuario del club. Cada uno abrió su respectivo locker y
como de costumbre, Amador se envolvió en una toalla para dirigirse a las duchas.
Jamás se desnudaba enfrente de su amigo. Y Teo tampoco. Tenían un raro pudor, a
pesar de que eran muy íntimos amigos ya. Así que ambos se quitaban la ropa de
tenis, quedando en boxers, y entonces se enrollaban en una toalla y entraban a
las duchas. Teo siempre terminaba antes, y tras despedirse de Amador, que solía
demorarse eternamente en las duchas, salía rápidamente rumbo a su casa. No tenía
costumbre de esperarlo. Los dos vivían muy cerca, y después de todo, siempre se
veían a la mañana siguiente, para compartir juntos el infaltable café antes del
trabajo.
Pero esa noche, sin una razón aparente, Teo tardó más de lo
común en ducharse, por lo que salió del agua casi al mismo tiempo que su amigo.
Mojado aún, con la toalla sobre la cintura, fue a vestirse sentándose en el
banco frente a su locker. Al poco tiempo apareció Amador. Abrió su locker,
contiguo al de Teo, y entonces sucedió lo que fue motivo de una extraña
perturbación que ya no lo dejaría tranquilo.
Amador, de pié junto a su amigo, deslizó la toalla de su
cintura para secarse agitadamente su cabeza mojada y chorreante de agua. Teo, al
principio, tomó este movimiento como natural. ¿Cuántas veces en su vida había
visto a hombres desnudos tan cerca de él? Innumerables. Pero... curiosamente,
los ojos de Teo, que veían (por lo menos frontalmente) por primera vez a Amador
completamente desnudo, fueron a posarse, casi involuntariamente, sobre el cuerpo
de su amigo. Ahora, lo que veía, y, sobre todo lo que sentía, no le parecía nada
natural. Teo jamás había experimentado atracción alguna por ningún hombre.
¿Entonces?. El cuerpo desnudo de Amador estaba allí. Teo sintió vergüenza. Temió
que Amador se diera cuenta de que lo estaba mirando. ¡Iba a pensar que...! No.
Amador cubría su cara y cabeza con la toalla. Sí, tuvo otra vez ese temor. Sobre
todo con él mismo. Porque no podía dejar de mirar ese cuerpo delante suyo.
Amador tenía un cuerpo que no podía pasar desapercibido para
nadie. Un oscuro vello, diseminado como con arte por todo su pecho, aumentaba
este atractivo. Los primeros pelos comenzaban allí donde el cuello se une con el
comienzo del pecho, bajo la nuez de Adán, y comenzaban a esbozar una figura casi
pictórica, semejante a un frondoso árbol. La copa de ese árbol de pelos negros
se estiraba por los hermosos pectorales de Amador. El vello se acentuaba en el
centro y en sus dos pequeños frutos, dos pezones redondos, grandes y rojos como
manzanas, y enseguida, incontables "ramas" se entrelazaban y se abrían hacia los
lados formando hermosas líneas circulares; el tronco del árbol era ancho y
descendía ensanchándose aún más hasta dar la idea de una raíz que se extendía a
partir del ombligo. Esa raíz se abría hasta llegar a la otra frondosidad que
emergía en toda la zona del pubis. ¡Y allí...! Allí se encontraba una verga
enorme, larga, gruesa, custodiada por dos pelotas colgantes y también muy
peludas. Como Amador se estaba secando enérgicamente, verga y bolas se
bamboleaban de aquí para allá desafiando la ley de gravedad. Teo pensó: "Pocas
veces vi un tamaño semejante", también pensó que tal aparato estaría en estado
de semi erección. Así que desvió la vista una vez más, avergonzado y sonrojado
de tener tales pensamientos. Pero, tentado de corroborar esta última suposición,
miró nuevamente los genitales de Amador. No. Indudablemente, el pene de su
amigo, estaba en perfecto reposo.
Amador prosiguió secando todo su cuerpo, por lo que Teo tuvo
que disimular su turbamiento. Miles de cosas y cuestionamientos pasaban por su
mente. Pero no era ahora el momento de respondérselas a sí mismo. Se apresuró a
vestirse y volvió a temer que su amigo lo hubiera descubierto. Pero no. Amador
siguió charlando como siempre y no había advertido nada extraño en el
comportamiento de su amigo. Tal es así que cuando Teo fue a ponerse los
pantalones, Amador, que se había puesto nuevamente su toalla sobre la cintura,
lo detuvo con su mano y le dijo sonriente:
- ¿A ver?
Teo, que quería vestirse cuanto antes e irse de ese lugar, lo
miró entre avergonzado e introspectivo.
- ¿Qué pasa?
- Pero mirate un poco. Bajaste de peso... Teo, ¿te diste
cuenta cómo tu cuerpo se ha modelado estas últimas semanas? Ya no están esos
kilos de más que tanto te acomplejaban. Mirá qué bien.
Teo se miró a sí mismo. Tenía un excelente cuerpo, armonioso
y bien definido. Pero no pudo evitar pensar que al lado del cuerpo de su amigo,
el suyo le parecía bastante común y corriente. Teo tenía su cuerpo lampiño. Solo
el sector de sus axilas y su pubis rivalizaban en frondosidad con su amigo, así
como una densa línea de pelos que comenzaba en su ombligo para perderse bajo la
tela del boxer.
- Tonterías – le contestó Teo. Y se vistió rápidamente. Al
salir del vestuario, Amador aún permanecía algo perplejo por la actitud de su
amigo.
Teo tardó mucho en dormirse esa noche. Dio vueltas en la cama
una y otra vez. No podía quitarse la imagen de su amigo desnudo de su cabeza.
Pero aún no deseaba explícitamente nada. Estaba confuso, enojado y sorprendido
consigo mismo. Al día siguiente, se encontró con Amador, como de costumbre, y
decidió no darle ninguna importancia al asunto. Todo transcurrió normalmente y
Teo partió para su trabajo como cualquier otro día.
A los dos días, se encontraron en el parque para ir a correr.
Después de varias vueltas, descansaron un rato dejándose caer en el fresco
césped, a un lado del camino. Amador, entonces, empezó a ensayar unos
abdominales, con ambas manos en la nuca y las piernas flexionadas.
- Ayudame, Teo.
- ¿Qué pasa? ¿Estás flojo hoy? – y entre bromas se le acercó
para sostener firmemente a su amigo por las rodillas.
Inclinado sobre Amador, Teo contaba sonriente cada una de las
flexiones... uno, dos, tres...
Pero de pronto, Teo advirtió nuevamente esa misma sensación
confusa y rara que lo había asaltado en el vestuario el lunes pasado. Amador,
con ambas piernas algo abiertas, llevaba un breve short blanco que ayudado por
esa posición, dejaba entrever por sus perneras la continuación de sus velludos
muslos. Teo ya no sonreía. Ocho, nueve, diez. Teo comenzó a transpirar
como si él estuviera haciendo las flexiones. Esta vez no pudo evitar que su
vista cayera directamente sobre la entrepierna de Amador. Otra vez ese bulto. Ya
conocía perfectamente como era ese tronco magnífico que había debajo de tan
desmesurado paquete, y recordó nítidamente cada detalle de su verga y de su
cuerpo desnudo. Dieciséis, diecisiete, dieciocho... Amador resoplaba.
Cada vez le costaba más mantener el ritmo de sus movimientos, pero no por eso
abandonaba el esfuerzo. Veinticinco, veintiséis, veintisiete... Teo se
fijaba ahora en el amplio pecho de Amador, la tela mojada en sus axilas, el
vello emergiendo por el escote abierto de su buzo, los pezones taladrando su
ropa... y volvía a sus piernas, se adentraba una y otra vez por sus
entrepiernas, fantaseaba con si llegaba a ver o no esas estupendas bolas....
treinta y cinco, treinta y seis....¿Qué le estaba pasando? ¿Porqué no podía
apartar la vista de Amador? ¿Le gustaban los hombres acaso?. Entonces,
intempestivamente, Teo abandonó a su amigo y retomó el camino, tomando carrera.
- ¡Sigo corriendo un poco más, Amador, no quiero
enfriarme...! – le gritó a varios metros de distancia.
En los días que siguieron, Teo, por primera vez, puso
cualquier excusa para no encontrarse con Amador en el club o en el parque.
Necesitaba un poco de tiempo para pensar y apartar de su mente a su amigo, o por
lo menos a una parte de él que lo torturaba cada vez más. Cada vez que lo veía,
sentía una atracción por él que nunca antes había experimentado con nadie. No
obstante, Teo no pudo dejar de ver a Amador por las mañanas. En la mesa del bar
de la esquina del Colegio, frente a frente, charlaban y se contaban sus cosas
antes de iniciar la jornada. Teo empezó a notar que no podía apartar su mirada
de Amador. La boca de Amador, su cuello, su barba siempre perfecta, sus manos,
su perfil, su cabello. Teo se sentía atraído involuntaria, inexorablemente hacia
su querido amigo.
- Teo, me imagino que hoy podrás venir al club...
- ¿Hoy?... ¡cierto!... ¡es lunes!.
- Entonces, ¿venís?
Los ojos de Amador casi eran un ruego que resultaba imposible
de desatender.
- Sí, claro, por supuesto.
- ¡Qué bien, Teo! Pensé que ya no querías jugar conmigo. No
te culpo, creo que me has superado con la práctica y me da la sensación de que
te aburrís conmigo...
- ¿Cómo? – "Aburrirme..." Teo pensó en lo que le había dicho
su amigo y esa paradoja lo hizo sonreir – no seas boludo, Amador, y si he
mejorado mis saques, creo que te lo debo a vos. Ahora disculpame, me voy al
trabajo. Nos vemos esta noche, ¿ok?
Y antes de que Teo saliera del bar, Amador le hizo una seña,
sonriéndole tiernamente:
- ¡Ah, Teo!
- ¿Sí?
- ¡Gracias por estar conmigo! Sos mi mejor amigo.
Teo no pudo contestar. Le hizo una seña de despedida a Amador
y salió rápidamente dando vuelta por la esquina. Sus ojos estaban húmedos. Y
aún, él no entendía el porque. Pero no fue al trabajo. Llamó por teléfono y dijo
que estaba enfermo. Fue entonces a su casa y pasó toda la mañana pensando en
esas cuatro palabras "Sos mi mejor amigo".
Esa noche, en el vestuario del club, Teo demoró
conscientemente su ducha. Después del baño, los dos salieron envueltos en sus
toallas. Teo se sentó y quiso volver a contemplar, esta vez en pleno
conocimiento de sus actos, a su amigo completamente desnudo. Amador, mientras le
contaba algo relacionado con su trabajo, una historia que Teo no pudo seguir;
empezó a secarse con la toalla. Teo también intentaba secarse, aunque estaba más
atento a los movimientos de su amigo. Amador parecía más atractivo que la
primera vez que lo había visto en pelotas. Una y otra vez, sus ojos recaían en
esa verga gruesa. La piel del prepucio cubría totalmente el glande que se podía
adivinar perfectamente. Entonces Teo sintió que su propia pija daba un pequeño
corcoveo. Intentó rápidamente pensar en otra cosa, pero con espanto comprobó que
su pene había comenzado a endurecerse. Tomó su toalla, cubriéndose todo lo que
podía, y escapó a los retretes. Agitado y nervioso, se encerró en uno de ellos.
¡Tenía una erección tremenda!. Descorrió la toalla y se miró, como si tuviera
que corroborar la dureza de su verga, que apuntaba descaradamente hacia el
techo. Su miembro estaba listo para la acción, de su rosado glande chorreaban
unas gotas de transparente líquido y pocas veces se había visto a sí mismo tan
repentinamente excitado. Pero, aún confuso y sin saber qué hacer, permaneció
allí sin conseguir que la erección bajara. Después de unos minutos escuchó la
voz de Amador.
- Teo, ¿estás bien?
- ¡Sí... sí...!
- Bueno, ya me voy... ¿nos vemos mañana?
- Sí, sí, ¡hasta mañana!
El sonido de esa voz volvía a perturbarlo, y de nuevo Teo
imaginó el cuerpo de su amigo, en medio de una dulce tortura. Cerró los ojos y
en su creciente agitación, tragó saliva... entonces instintivamente llevó una
mano a su verga, pero apenas un dedo rozó el enhiesto tronco, un pesado chorro
de semen hizo que casi gritara de placer.
Al día siguiente, Teo volvió a faltar al trabajo. Por la
tarde, no aguantó más quedarse en su casa y salió con rumbo incierto. En su
mente se repetía la misma imagen de Amador. Desde aquel día en los vestuarios,
Teo sintió tambalear su sexualidad. Caminando por el centro, pasó frente a un
cine XXX y se fijó en la cartelera. "Sala gay". Siguió caminando unos metros.
Dudó. Se detuvo. Siguió caminando. Dio una vuelta a la manzana... y volvió a
pasar por la puerta del cine. Esta vez no lo pensó dos veces, y aunque sentía
que todo el mundo lo miraba, entró tímidamente al lugar. Cuando descendía por
esas oscuras escaleras quiso salir de allí, pero a la vez un impulso infrecuente
en él, lo llevaba hacia ese antro de dudosa apariencia. Si verdaderamente le
atraían los hombres, lo iba a comprobar enseguida, pensó. Traspasó una puerta
con pesados cortinados y esperó a que sus ojos se acostumbraran a esa oscuridad.
Sólo podía ver que en la pantalla, una película mostraba a tres tipos desnudos
cogiendo a un ritmo increíble. ¿Eso lo excitaba? No. Ni indicios de excitación.
Quiso sentarse en una butaca, pero fuera de la pantalla, no veía absolutamente
nada, cegado por el resplandor del día que había dejado afuera. Todo era irreal
ahí, pero no quiso irse hasta poder sentir alguna señal clara para él, a pesar
de no saber a ciencia cierta cuál sería esa señal. A los pocos minutos sus ojos
se fueron habituando a la oscuridad de la sala.
Entonces, lo primero que vio, justo a su lado, fue un hombre
que lo miraba inexpresivamente. Tenía la camisa completamente abierta y su pecho
algo rollizo emergía desnudo. Teo bajó la vista y vio que entre las piernas del
hombre, un tipo arrodillado succionaba en silencio un miembro que no llegaba a
ver bien, pero parecía de dimensiones descomunales. Quiso interesarse en esa
dupla. Le pareció algo patética, pero no dejó de mirar. El hombre que estaba
agachado, y sin dejar de saborear lo que estaba chupando, estiró una mano hacia
Teo. La primera reacción de éste fue apartarse, pero se obligó a sí mismo a
quedarse quieto sin oponer ninguna resistencia. La mano del tipo buscó su
bragueta y comenzó a desabrochar los primeros botones. El otro hombre,
contemplaba toda la escena y miraba fijamente a Teo. Pronto, la mano que había
hurgado en su bragueta, consiguió sacar afuera su pija. Teo no sentía nada, su
verga estaba completamente flácida. Mientras el tipo agachado empezaba a
masajear su miembro, Teo advirtió, no sin poco nerviosismo, que otro hombre se
acercaba a él. Iba vestido de impecable traje y corbata, y en su mano llevaba un
portafolios. Advirtió que tenía bigotes, era algo calvo y que en la mano que
llevaba el portafolios llevaba una alianza matrimonial. Teo no podía creer que
un hombre tan masculino se encontrara en un sitio como ese. El nombre de traje
se le acercó más aún, dejó su portafolios en el piso y enseguida estiró una mano
hacia el pecho de Teo. Estaba tenso a más no poder. El tipo, percatándose de
eso, le dijo a media voz: "Tranquilo, no pasa nada". Pero Teo no podía sentirse
tranquilo ni relajado. Sintió que la mano desabrochaba los botones de su camisa
y que poco después se introducía buscando sus pezones. La mano estaba fría,
temblorosa. Mientras, otra mano seguía vanamente intentando endurecer su verga.
Y ahora, el hombre que estaba con la camisa abierta, acercaba su cara a la de
él. Teo sintió el aliento de ese hombre sobre su cara y se puso todavía más
tenso, pero aún no atinaba a cambiar esa situación. Su vista se perdía en la
pantalla que tenía enfrente.
Allí, la película mostraba a un hombre de color se abría las
nalgas frente a un rubio enorme e imberbe que penetraba su ojete con la lengua.
Se volvió a preguntar si todo eso le gustaba. Pero volvió a contestarse que no.
Toda la situación le parecía sórdida, el sitio horrible, el aire le faltaba y
los olores de ese sitio eran dudosos.
El hombre de traje había conseguido abrirle la camisa por
completo, al ver esto, el otro tipo se inclinó tomando uno de sus pezones con su
boca. Casi al mismo tiempo, el hombre que tocaba su pija, empezaba a lamérsela
ahora, mientras que el hombre de traje y corbata, se apoderaba de su pezón
libre, chupando y lamiendo pausadamente. Entre los tres comenzaron a bajarle los
pantalones y pronto Teo estuvo semidesnudo. Entonces sintió que una mano tomaba
la suya y la dirigía hacía abajo. Teo estaba paralizado, y fue así que su mano
tocó por primera vez una verga erecta. Casi al mismo tiempo, el otro hombre hizo
lo mismo, guiando su otra mano hasta su dura pija. Eran dos aparatos húmedos,
venosos, peludos, duros a más no poder y considerablemente grandes. El único
miembro que no podía levantarse aún era el de Teo. Y por más que los tres
hombres prodigaron extensas caricias al atribulado Teo, éste seguía tan tenso
como al principio. Las lenguas habían pasado de sus pezones a su pecho, cuello,
axilas, y pronto, la tensión se transformó en repugnancia y Teo tuvo que
apartarse de esos tres hombres que olían a tabaco, sudor y sexo. Apenas pudo
poner sus ropas en orden antes de salir de ese sitio inmundo. No. Ese no era su
ambiente, no se sentía atraído por ninguno de aquellos hombres que lo miraban
torvamente desde los oscuros rincones del cine. Tampoco la situación lo atraía.
Y al pensar nuevamente en Amador, no podía más que acelerar los pasos para salir
de ese lugar de deseos sórdidos y eternos personajes anónimos.
A medida que pasaban los días, Teo se sentía cada vez peor.
Se debatía entre esconder lo que sentía o confesárselo todo a su íntimo amigo.
Por otra parte, Amador, estaba muy contento de haber encontrado a un verdadero
amigo en Teo. Cuando estaban juntos, él era feliz, se sentía libre y
comprendido. Salían, se encontraban en el barrio haciendo las compras, iban a
cenar, a veces al cine, y todo indicaba que esa amistad iba a durar mucho
tiempo. Pero, curiosamente, Teo evitaba siempre aceptar cualquier invitación de
Amador para que fuera a cenar o ver un partido de fútbol a su casa. Amador había
percibido esas reiteradas negativas y ante esas inciertas excusas, un día que
iban juntos al parque, se animó a preguntarle porqué no aceptaba sus constantes
invitaciones. Teo, por un momento se paralizó, pero después de unos minutos,
pensó que era ridículo seguir manteniendo un ocultamiento insostenible.
- Amador, tenemos que hablar. Es decir: necesito hablarte.
Amador, conocedor de los tonos de voz de su amigo, advirtió
la preocupación en su cara y le dijo:
- Claro, Teo, hablemos cuando quieras.
- Ahora, necesito hablarte ahora.
El mismo Teo no podía creer lo que escuchaba en su propia
voz. ¿Iba a poder decirle a Amador todo lo que le pasaba? Por otra parte ¿a
quién más sino a su íntimo amigo Amador?
- Está bien, Teo, entremos al próximo bar.
Cuando estuvieron sentados en la mesa, Amador estaba
expectante y Teo nervioso y angustiado.
- Pero, hombre ¿Qué te pasa? Estás pálido y serio como
nunca... ¿Sucedió algo con tu ex?
- No, nada de eso.
- ¿Dieguito está bien?
- Perfectamente.
- Problemas en el trabajo, entonces.
- No. Nada que no pase todos los días.
- ¿Entonces?
Teo tragó en seco, ante la mirada atenta de su amigo. Miró a
Amador. Llevaba su ropa de gimnasia. Una vez más contempló la entrada de su
cuello por esa vertiginosa y suave vellosidad que se perdía debajo de su remera,
miró esos fuertes y anchos brazos. Cuando pudo reponerse, cuando pudo sentir que
podía hablar, con el corazón golpeando en su garganta, por fin pudo decirle:
- ¡Entonces, Amador, sucede que mientras te tengo aquí,
enfrente de mí, y como otras veces me ha pasado mientras te miro, en este mismo
momento tengo una erección que está a punto de romperme el pantalón!
Amador quedó petrificado en su asiento y no pudo pronunciar
palabra. ¡Jamás habría esperado semejante declaración de su mejor amigo!.
Entonces Teo siguió hablando a borbotones, mientras Amador apenas podía
pestañear, tumbado en el respaldo de su silla.
- No tengo idea de lo que producirá esto que te digo, pero no
puedo ya ocultártelo. Verte desnudo en el vestuario del club, ocasionó en mí un
caos que me tortura desde entonces. Quisiera que eso no hubiera ocurrido nunca,
pero pasó. Me pasó a mí. A mí, que me separé porque no podía concebir mi vida
con una mujer solamente y que lo hice porque me parecía honesto no engañar a mi
mujer mientras tenía ganas de acostarme con otras. Pero... después de verte
desnudo... pienso todo el tiempo en aquella visión y en tu cuerpo. Quiero estar
sólo con vos, pero a la vez necesito alejarme también.... porque no me soporto a
mí mismo. No se quién soy, ni sé lo que quiero. Podés pegarme una trompada,
podés irte, despreciarme, insultarme, lo que quieras. Yo te puedo comprender
perfectamente, pero entre nosotros no hubo más que sinceridad, siempre, por eso
no hago más que seguir siendo sincero con vos. A costa de perderte para siempre,
que es seguro lo que va a suceder ahora, pues Amador, sé conscientemente que
jamás me diste indicio alguno de insinuación, de ambigüedad, tampoco me diste a
entender nada que no fuera una honesta amistad entre dos tipos que se sentían
solos. Ya ves, hasta esto me confunde, pues en este momento no sé que clase de
relación tendría con vos.
Cuando Teo dejó de hablar, emocionado por todo lo que había
salido de su interior, ambos permanecieron en silencio. Teo miró expectante a
Amador, que bajaba sus ojos hacia el pocillo de café a medio terminar. Entonces,
Amador se levantó, intentó esbozar una sonrisa, y apenas pudo decir:
- Te llamo, Teo, lo siento mucho, pero ahora tengo que ir a
buscar a mi hijo, se me hace tarde.... yo... bueno, nos vemos.
Teo quedó hecho añicos. No pudo reaccionar ni atinar a nada.
Amador salía del bar rápidamente, y él presentía horrorizado que en realidad así
también salía de su vida, sin decirle nada, ni una palabra, ni siquiera un
insulto, alguna reacción de amor o de odio...
Al día siguiente, Teo no encontró a Amador. La madre llevó
ese día al hijo de su amigo. Tampoco Amador lo llamó, y pese a los mensajes que
Teo había dejado en su contestador, el contacto entre ellos se había
interrumpido. Cada tanto se topaban uno con el otro a la salida o entrada del
Colegio, pero salvo el saludo de rigor, el hilo de comunicación entre ellos ya
no existía, ni siquiera había rastros de lo que había llegado a ser.
No obstante, Teo, que no sabía si arrepentirse o no de haber
hablado, siguió pensando en Amador constantemente. Un día se sorprendió diciendo
en voz alta su nombre. Y comprendió que estaba enamorado en un hombre.
Amador también pensaba mucho en Teo. Desde que él le había
confesado todo, en realidad pensaba en Teo mucho más que antes. Echaba de menos
a su amigo del alma. Pero a la vez no podía menos que pensar que Teo se había
vuelto loco. Varias veces había tomado el teléfono dispuesto a discar el número
de Teo, pero siempre abandonaba el auricular sin poder continuar. Pronto, el
pensamiento hacia Teo se hizo constante, y no entendía porque no se lo podía
sacar de la cabeza. No quería atender el teléfono, por temor a encontrarse con
la voz de Teo.
Y un día encontró un mensaje de él en el contestador. Sólo
había dos palabras "te extraño". Al escucharlas, Amador ablandó su rostro y sus
ojos se humedecieron. "Yo también", se dijo en voz baja. Entonces, tomó el
teléfono y finalmente se decidió a discar el número de Teo.
- ¿Teo...?
- ¡Amador!
- Hola. Sí, soy yo. Escuchame... no quiero que .... bueno, en
fin... yo solo llamaba porque tengo ganas de verte, y ... también quiero
disculparme por haberme borrado de tu vida todo este tiempo.
- No es mucho tiempo – contestó el asombrado Teo – sólo
pasaron unos meses.
- ¿Tanto?
- Tanto. Pero, insisto, no me parece mucho.
La voz de Teo se escuchaba calma y tranquila, era Amador el
que se sentía algo tenso.
- Bueno, Teo, lo que quiero decirte es que, yo no quiero que
me malinterpretes. Solo quiero que nos veamos como amigos, ¿entendés?
- Entiendo perfectamente, creo que siempre lo fuimos.
- Sí, claro, pero, yo no siento lo que vos sentís. No puedo
sentirlo, y quiero que lo sepas. Pero... me gustaría invitarte a mi casa, y
charlar personalmente, salvo que...
- ¿Salvo que?
- Bueno. Voy a entender que no quieras venir después de lo
que te dije.
- Amador. En este tiempo que pasó, puse en orden mis ideas.
Sigo sintiendo lo mismo, pero estoy más tranquilo. Cuando nos veíamos más
seguido me invitabas siempre a tu casa y yo no quería ir. Bueno, ahora siento
que estoy en condiciones de visitarte.
Amador escuchó esas palabras y sintió cierta tranquilidad. Lo
que siguió de la charla, fue apenas lo necesario para ponerse de acuerdo en el
día.
Esa noche, Teo llegó algo tarde. Amador había puesto la mesa
y al mirarla no dejaba de sentirse algo nervioso. Tampoco pudo evitar
sobresaltarse al oír que llamaban a la puerta.
Teo estaba allí, trayendo en sus manos una botella de vino.
Amador, balbuceando algunas palabras de bienvenida lo invitó a pasar. Después de
algunas risas y algunas frases algo forzadas, ambos se sentaron en el sofá en el
cálido living iluminado por lámparas estratégicamente dispuestas en la
habitación. Esa luz caía sobre el rostro de Amador, haciéndolo aún más bello y
tentador. Teo no podía dejar de observarlo, pero ahora tenía muy presente las
reglas del juego, y se cuidaba de que su amigo no se sintiera incómodo en ningún
momento. Amador llevaba puesto un pantalón oscuro y una camisa abierta en sus
dos primeros botones. Al arremangarse, Teo miró una vez más esos brazos
varoniles y perturbadores, él vestía un jean algo ajustado y una remera que
marcaba sus pectorales. Ahora podía usar esas prendas, su talle se había
estilizado y se sentía cómodo con esa ropa. Amador también miraba mucho a su
amigo. Tal vez ahora se estaba fijando mucho más en él, mucho más que antes. El
cabello claro, ondulado, estaba algo más largo, y un mechón rebelde caía sobre
su frente. Mientras Teo charlaba, Amador siguió bajando la vista y encontró de
nuevo a su amigo, solo que parecía la primera vez que reparaba en su físico. Y
como si estuviera retomando una conversación interrumpida, le preguntó:
- ¿Seguís yendo al club?
- Sí. Estoy nadando y sigo jugando al tenis.
- Yo no fui más. Creo que tenía miedo de encontrarme con vos
– dijo con una risa nerviosa.
- ¿Porqué?
- Porque siempre me quedaron muchas preguntas por hacerte. Y
no estaba seguro de querer hacértelas.
- ¿Que me hayas llamado significa que ahora sí querés hacerme
esas preguntas?
- Creo que sí, pero no sé si este es el momento.
- Pero Amador, ¿cuándo si no? ¿Cuáles son esas preguntas?
- Bueno. Vos y yo... yo... yo comenzaba a sentirme muy bien
con vos. Como amigo, se entiende – se apresuró a decir – y siempre, después de
aquella confesión tuya, me pregunté si antes habías sentido eso... entendeme
bien, no quiero molestarte con lo que te diga... en fin, me preguntaba también
si algunas vez... vos... con algún hombre...
- ¿Si había tenido relaciones homosexuales? – Teo sonrió con
mucha ternura – pues no, Amador. Nunca me había fijado en ningún hombre en toda
mi vida. Ni siquiera pasé por esas cosas de adolescentes de masturbaciones en
grupo ni nada de eso. No tengo ningún registro ni en mi infancia ni en mi
adolescencia con esas cosas. Además recuerdo que el cura con quién me confesaba
de niño, y a mí y a mis amigos, nos perseguía porque "tocarse" estaba prohibido,
y ni hablar de hacerlo en grupo, aunque eso era práctica común. No respetar esas
prohibiciones nos llevaría al estado máximo de la depravación humana, y te diré
que no sé si habrá sido por eso no, la cosa es que jamás se me pasó por la mente
ni me interesó tener nada sexual con un hombre. Y te juro que yo todavía no sé
que "me sucede" con vos. Ya soy adulto y esto no es un juego de niños. No hay
ningún cura a quien confesar lo que siento.
Amador lo escuchaba atentamente. Había oído agudamente que
Teo había dicho "me sucede", en tiempo presente. Su mente voló por un instante a
aquel bar y por un momento sus ojos recorrieron disimuladamente el pantalón de
Teo. Bajo ese bulto considerable ¿tendría Teo una erección? ¿su amigo aún
tendría esa reacción con sólo verlo? Se sorprendió de estar pensado eso, pero no
podía evitarlo, y en verdad estaba muy intrigado de saberlo, aunque jamás le
hubiera preguntado semejante cosa a Teo. No. Definitivamente – pensó – a él
nunca le atraería sexualmente un hombre. Quería mucho a Teo, pero de ahí a
querer acostarse con él... ¿cómo podría?
Amador sirvió dos copas de vino.
- Vení, Teo – dijo algo perplejo y a la vez conmocionado por
lo que acababa de escuchar – acompañame a la cocina así seguimos charlando
mientras vigilo la carne.
Amador, munido de un repasador abrió el horno para controlar
la cocción mientras le pedía a Teo que le alcanzara un tenedor. Al hacerlo, Teo
se acercó tanto a Amador, que sin querer, se chocaron involuntariamente. Teo
miró a Amador. La atracción que sentía era irresistible, por más que él se
esforzara en controlarse. Amador cerró el horno, perplejo e incómodo. Entonces
Teo, en vez de apartarse, fijó sus ojos en su amigo y posó una mano en su
hombro. Amador, sobresaltado, temblando casi, quedó por un rato paralizado.
Luego, miró a su amigo, que imploraba con la mirada, comprendió que Teo no era
dueño ya de sus propios actos, y con infinita ternura tomó la mano de su amigo.
- No, Teo – le dijo con una dulcísima sonrisa, sin dejar de
tomar su mano – no, no puedo. Yo no soy gay, no siento la misma atracción que
vos sentís por mí. Lo siento, perdón pero no hagas de esto una situación muy
incómoda para mí, para ambos... – y diciéndole eso, llevó su mano piadosamente a
sus labios y la besó. Teo cerró tristemente los ojos, intentando atesorar en su
interior todo lo que estaba sintiendo en ese momento.
- De acuerdo, no te preocupes, soy más razonable de lo que
parezco. Prometo no molestarte nunca más, y hasta te puedo decir que me iré
ahora mismo de aquí sin volver a aparecer en tu vida, pero... quiero pedirte
algo.
- Lo que sea, Teo.
- ¿Lo que sea?
Amador sintió un pequeño temor, pero firmemente repitió:
- Lo que sea, amigo.
- Gracias. Sólo un momento. Solo por un instante, quisiera
besarte... Un beso. Un beso sobre tus labios. Sólo quiero por una única vez
posar mi boca sobre la tuya.
Amador lo escuchaba casi horrorizado, no podía creer que un
hombre le dijera todo eso, y que él, apenas pudiera oponer resistencia. Pero él
se lo había prometido, y cumpliría.
- Está bien, Teo. No puedo negarte eso.
Teo lo miró con infinita gratitud y se acercó a él. Amador
retrocedió unos centímetros. Pero Teo avanzó. Sus bocas se iban a tocar en
cualquier momento. Las caras se acercaron, los alientos se confundieron, más
cerca, más, más.... y entonces, tenuemente, Amador sintió los labios de un
hombre sobre su boca por primera vez en su vida. No era cualquier hombre. Era
Teo, el mejor amigo que había tenido, pero ¿Porqué tenía que pasar eso?. En ese
beso sintió la agonía de esa amistad... y sintió mucha pena. Teo intentó alargar
todo lo posible ese mágico momento. En ese instante comprendió cuanto amaba a su
amigo y una vibración intensa lo sacudió de pies a cabeza. Su verga respondía a
esa vibración y sentía como cobraba vida bajo sus pantalones. Ambos estaban con
los ojos cerrados.
Cuando se separaron, Amador estaba quieto, mudo, apoyado
sobre la mesada de la cocina. Teo lo miró. Sus miradas se cruzaron. Entonces Teo
le tocó una mejilla con la mano.
- No, Teo, por favor, no sigas...no insistas más... porque no
vas a lograr que yo sienta...
Teo, casi sin escucharlo, se acercó nuevamente y buscó la
boca de Amador.
- Teo, ¡No!, por favor, te pido que... – pero Amador no pudo
continuar, porque Teo apoyaba nuevamente su boca sobre él. Lo besó. Otra vez. Y
otra, y de nuevo repitió el beso, y en cada repetición, su ternura aumentaba.
Amador quería, intentaba tomar a su amigo por los brazos para apartarlo. Pero su
resistencia parecía cada vez más débil. Pudo llegar a decirle pausadamente:
- Teo, siempre te quise mucho, pero no de este modo, por
favor... yo no quiero otra cosa que salvar nuestra amistad... yo...
La respuesta de Teo fue un nuevo beso. Y esta vez, abriendo
su boca, introdujo la lengua por entre los labios de Amador, al tiempo que éste
bajaba los brazos, y su oposición era cada vez menor. Entonces Teo, inflamado
por la situación, no pudo evitar llevar sus manos a los primeros botones de la
camisa de Amador, comenzando a desabrocharlos. Un botón, luego el otro, tres,
cuatro... por fin, Teo pudo apartar la camisa a los costados del pecho de
Amador, que permanecía sin poder hacer nada con los ojos entrecerrados. Las
manos de Teo entraron en ese velludo pecho entonces. Su boca acariciaba muy
suavemente el cuello mientras las manos se perdían en esa selva de pelos
sedosos. ¿Está pasando esto realmente? – pensaba Teo - ¿Amador permite que yo
siga adelante?. Y encorajinado por esa increíble pasividad del amigo, Teo empezó
a desajustar el cinturón de Amador. Él mismo no daba crédito a lo que estaba
haciendo, pero siguió adelante. Siguió abriendo ahora la bragueta, bajó
lentamente los pantalones y se apartó para contemplar los encantos descubiertos.
Amador estaba semidesnudo, con la camisa completamente abierta, los pantalones
por el piso y su encantador bulto formándose en sus boxers. Los pelos de su
pubis escapaban por sobre el elástico y los costados de la prenda interior.
Esperó lo peor, pues pensó entonces que su amigo lo apartaría, se vestiría
nuevamente y lo echaría a la calle, pero nada de esto ocurrió. Entonces tomó el
boxer por los extremos superiores con la intención de deslizarlos hacia abajo.
Amador tomó las manos de Teo e hizo un último esfuerzo para impedir que su amigo
siguiera adelante.
- No, Teo, te lo pido por lo que más quieras... no sigas, no
quiero que me veas... tengo miedo de...
- ¿Miedo de qué, Amador?
Amador dudó unos segundos lo que iba a decir... miró
fijamente a Teo y susurró...:
- Tengo miedo de que me guste...
Teo bajó sus brazos y retrocedió, resuelto a cortar la magia
que él creía posible.
- Está bien – dijo apartándose, bajando la vista al suelo y
suspirando pesadamente – tenés razón, perdoname, fui un tonto. Olvidemos todo
esto. Me voy.
Entonces Amador, sin querer volver a dudar nuevamente, lo
detuvo tomándolo por un hombro. Lo atrajo suavemente hacía él. Quedaron frente a
frente.
- No, esperá. No te vayas... – dijo Amador. Tomó el extremo
de su boxer y de un solo movimiento se lo bajó hasta las rodillas. ¡El miembro
estaba completamente erecto!. Amador, aún con movimientos inseguros, terminó de
quitarse la camisa, sacarse los zapatos, y el resto de ropa que le quedaba,
quedando totalmente desnudo delante de su amigo, que no podía moverse de la
emoción. Lentamente, Amador se acercó a él y tomando la remera de Teo, se la
deslizó por sobre su cabeza, dejando su torso desnudo. Teo quiso ayudarlo a
quitarse el jean, pero Amador se lo impidió tiernamente, llevando sus manos a
los botones del pantalón. Amador desnudó suavemente a Teo, cuyo asombro le
cortaba la respiración. Cuando su amigo le bajó los calzoncillos, su verga saltó
liberándose de la prenda en un potente movimiento, golpeando la punta contra el
abdomen y quedando enhiesta y bella, endurecida y levantada.
- ¿Y ahora? – preguntó Amador emocionado.
- Ahora podemos hacer el amor.
- ¿Y cómo se hace el amor entre hombres?
- No lo sé. Pero creo que vamos a aprender bien rápido.
- Tengo miedo, Teo.
- Yo también. Tengamos miedo juntos. ¿te animás?
- Sí. Me animo.
Teo se acercó muy despacio y sus brazos se abrieron para
recibir a Amador, que se dejó caer en él presa de una profunda emoción. Iban a
pasar por un umbral del que no estaban seguros de franquear. Pero tampoco podían
retroceder ahora.
Amador tomó la cara de su amigo entre sus manos y ofreció su
boca abierta, Teo la aceptó y se fundieron en un largo y húmedo beso. Sus vergas
se juntaron por vez primera y se estremecieron con ese contacto. Amador avanzó
sobre Teo, quien fue retrocediendo hasta la mesa que había en el centro de la
cocina, apoyándose en su borde. Las manos se dirigieron ávidas a acariciar
sendos miembros. La verga de Amador era más grande que la de Teo. Era inmensa,
gruesa, ancha, recta en su pétrea dureza y llena de serpenteantes venas. El
vello negro que la rodeaba por completo bajaba también hasta sus suaves bolas, y
ahora, gracias a la tensión de la fenomenal erección, el glande salía a la luz,
brilloso, rojo y completamente húmedo. Teo contemplaba y sentía entre sus dedos
esa imponente tranca:
- Amador, ¡Cómo te has puesto! ¡Tu pija es una roca... nunca
pensé que te iba a ver así...!
- Ni yo mismo sé todavía lo que me pasa – dijo entre los
labios de Teo – Pero, querido amigo, no quiero averiguarlo. No ahora. ¿puedo ver
la tuya?
- Claro – contestó Teo, y abrió bien sus muslos para mostrar
aquella parte tan suya a su íntimo amigo.
- Creo que nunca vi una verga parada.
- ¿Y...?
- Bueno... tengo que acostumbrarme – dijo tomando con su mano
la verga dura. Teo sintió un cimbronazo al ver posar esos dedos largos sobre su
miembro. Amador acarició primero tímidamente el tronco, y después, tomando
confianza, empezó a bajar y subir su mano, jugando con sus bolas, con el
prepucio, el glande y el abundante vello púbico de su amigo. Era una
exploración, a la vez que un descubrimiento muy interesante y excitante para él.
Teo se subió a la mesa, para que Amador pudiera ver mejor su erección. Y Amador,
se agachó para tener el sexo de su amigo a la altura de sus ojos. La luz de la
cocina daba de pleno sobre la entrepierna y separando bien los muslos, Teo
susurró a su amigo: "Es toda tuya". Amador tomó a Teo por sus pelotas y balanceó
el pene erecto desde su base, como queriendo probar los distintos movimientos
que el miembro era capaz de hacer. Unas gotas de presemen bajaron entonces por
el tronco de Teo. Con la otra mano, Amador las recibió, jugando con su textura y
haciendo que su amigo se retorciera de placer. La verga de Teo palpitaba y
temblaba con cada caricia nueva. Amador también subió a la mesa, y ambos se
arrodillaron uno frente al otro con las piernas bien abiertas. Teo tomó las
tetas de Amador y empezó a tocarlas, a jugar, a pellizcarlas, sobarlas, y
rozarlas con el dorso de su mano. Enseguida, los pezones se endurecieron.
- ¡Nunca me hicieron eso!
- Y yo nunca se lo hice a un hombre antes... ¿Qué se siente?
- ¿Querés ver lo que se siente?
Y entonces también Amador tomó entre sus dedos los pezones
enhiestos de Teo, prodigándole las mismas caricias que sentía él mismo
simultáneamente. Mientras hacían esto, se miraban las pendulantes vergas, duras,
rígidas a más no poder y chorreantes de líquido transparente.
- Es hermoso. Esto es hermoso, Amador. Nunca pensé que esto
sería así.
- Sí, Teo, quiero probar más – dijo, abalanzándose con su
lengua sobre los pezones enrojecidos de Teo, que ya no pudo sostenerse más y
cayó sobre la mesa recostándose sobre su espalda. Amador succionaba sus pechos
como los de una mujer, pero no era una mujer, lo sentía muy bien, pues entre sus
manos había vuelto a tomar el sexo de Teo, comenzando un suave y firme bombeo.
Teo gemía de placer y acompañaba todo lo que hacía su amigo con unos continuos
movimientos de pelvis. La lengua de Amador bajó por sobre su pecho y fue
recorriendo su abdomen, su ombligo, hasta que la punta de esa pija palpitante
rozaba ya su mentón. Entonces, como si fuera lo más familiar del mundo, miró la
verga que apuntaba hacia su boca, miró por un momento a los ojos a su compañero,
y bajando nuevamente la cara hacia ese cetro de placer, estiró la lengua como
cuando uno prueba la temperatura del agua para entrar al mar. Degustó tenuemente
el sabor del líquido que salía del meato urinario del pene de Teo, se animó un
poco más, casi oliendo los efluvios calientes que emanaba ese bello mástil, y
avanzó aún más, deseoso de probar algo nunca probado antes. Entonces Teo le
acarició la cabeza, entrelazando sus dedos entre el cabello oscuro, y Amador
abrió bien su boca. La pija de Teo desapareció dentro de Amador, que empezó a
succionar ese sexo golosamente. No sabía que eso podía ser tan placentero, tan
erótico y tan sabroso. Así estuvo hasta no dejar sitio o pliegue por mojar con
su saliva.
Después de un rato, Amador quedó agobiado por tanta
experiencia nueva y cayó de espaldas sobre el costado de la mesa. Entonces Teo
se incorporó y sentado sobre sus propias piernas empezó a explorar el cuerpo de
su amigo, que se abrió completamente a él.
- Amigo – le dijo Amador – creo que el sexo entre hombres
puede llegar a ser maravilloso.
- Y muy fuerte.
- Sigamos aprendiendo, siento que contigo estoy descubriendo
todo un mundo nuevo...
Teo tenía ahora ante sus ojos, el bellísimo cuerpo desnudo de
su Amador.
- Amador. Siempre, aunque ahora más que nunca, pensé que ese
nombre era perfecto para vos – susurró tomando el inmenso pene erecto entre sus
manos. Acarició su base, recorrió la extensión interminable de su tronco, apartó
los pelos de sus bolas, jugó con ellos, haciendo que Amador involuntariamente
abriera aún más las piernas. Al tomar ese pene duro por la base, el mastil se
levantó desafiante hacia el techo, rojo y durísimo. Teo lo apretó entre sus
dedos, y por arriba de su mano que se cerraba alrededor de la base, sobresalían
unos 12 a 15 centímetros más de sexo. Amador miraba embelesado todo lo que Teo
hacía y no podía sentir más placer. Mientras Teo aferraba firmemente su miembro
y apenas subía y bajaba por esa estaca, su otra mano amasaba ávidamente sus
pelotas.
- Nunca me han acariciado de esa manera.
- ¿De veras?
- Ninguna mujer puede acariciar el pene de esa forma.
- Es porque sólo un hombre conoce lo que le gusta a otro
hombre, cada punto, cada lugar... es lógico después de todo.
Teo acercó su cara para ver mejor cada detalle de la verga de
Amador. Y quiso probarla. Abrió la boca y se tragó esa pija, sintiendo por
primera vez una sensación deliciosa y que lo calentaba al máximo. Entonces
Amador giró sobre sí mismo y cambiando de posición quedaron en un perfecto 69
- ¡Yo también quiero comerte, Teo. Así, juntos, al mismo
tiempo. Esto es increíble! – dijo entrecortadamente, y estiró su boca hasta
apresar con sus labios la polla de Teo. En esa posición pudieron sentirse
enteramente entregados uno al otro. Aún no se habían saciado del todo en esa
postura que los maravillaba, pero decidieron cambiar porque no aguantaban tanta
ansiedad, tanto deseo de probar nuevas experiencias entre los dos.
Amador se incorporó nuevamente y poniéndose en cuatro patas,
ofreció su trasero enteramente entregado. Teo, tomando con sus dos manos los
abultados glúteos, los separó bien, dejando al descubierto un valle peludo y un
rosado hoyo que se contraía y descontaría casi rítmicamente. Sin pensarlo acercó
su boca y empezó a lamer. Lenta, pausadamente. Amador creía morir con cada
lengüetazo. Su amigo le estaba comiendo la parte más íntima, la más reveladora
de su debilidad viril. Y mientras esto pasaba, no podía evitar llevar su mano a
su dura verga para masturbarla. Teo, dándose cuenta de esto, se adelantó e
impidiendo eso, ya se apoderaba de la pija de Amador, bombeándola suavemente. Su
boca atrapó los dos grandes huevos. Nada quedó sin chupar. Amador sintió un
deseo incontenible de abrirse a su amigo. Separó a más no poder las piernas y
levantó más aún su culo. Él mismo ayudaba a su amigo a separarse bien las
nalgas. Teo lo penetraba con el filo de su lengua, entrando y saliendo.
- ¡Meteme los dedos!
Teo, sin dar crédito a lo que oía, dejó la pija de Amador
para llevar un dedo al humedecido agujero. Fue horadando ese ojete que se le
ofrecía tan confiadamente. Amador respondió con un gemido largo y casi salvaje.
- ¡Más!
Teo entonces, introdujo otro dedo, y luego otro, hasta que la
base de su mano chocó contra el contorno del ano. Con tres dedos introducidos en
su culo, Amador estaba gozando como nunca él había imaginado.
- ¡Más, quiero más! ¡Quiero tu verga, Teo...!
- Amador.... ¿estás seguro? ¿de veras querés que te penetre?
- No, no estoy seguro, pero no me voy a detener a pensarlo
ahora ni por un instante. Soy tuyo. ¡Cogeme!
Entonces Teo se arrodilló frente al culo de Amador y tomando
su pija enhiesta, la apuntó directamente a su objetivo. Cuando apoyó el glande
en el ano, Amador aulló de placer. Toda la zona estaba sensibilizada, ansiaba
más, y ahora no podía detenerse. Él mismo retrocedió hasta sentir que la punta
dura de Teo entraba unos centímetros en su lubricado agujero. Entonces sintió un
dolor incontenible. Se detuvieron. Pero su excitación no bajó ni un ápice. Lejos
de eso, Amador tenía un hambre insaciable por tragarse por el culo ese miembro
tan temido y deseado a la vez. Entonces Teo avanzó firmemente, pero sin dejar de
ser tierno, con movimientos muy lentos y precisos. El ano de Amador, pese al
dolor desgarrador, fue adaptándose y dilatándose perfectamente hasta que luego
de unos largos minutos, toda la pija de Teo estuvo metida hasta el final. Se
emocionaron tanto que algunas lágrimas empezaron a correr por sus rostros. Y,
unidos en esa masculina cópula, hicieron el amor hasta desfallecer. Teo se
derramó en el interior de Amador al mismo tiempo que éste descargaba su semen
sobre la mesa, sin casi tocarse, y por el solo estímulo del constante movimiento
que sentía dentro de sí.
Estaban completamente sudados, agitados.... y felices.
Se abrazaron tiernamente y se miraron profundamente. Esta
vez, tenían la impresión de que se miraban por vez primera.
Entonces, volvieron a la realidad. Los sorprendió al olor y
la humareda que despedía el horno. La carne se había quemado por completo.
Amador corrió a poner las cosas en orden ayudado por Teo. La situación era
cómica, ambos corriendo desnudos por toda la cocina, con sus vergas algo más
blandas pero levantadas todavía. Riendo a carcajadas, se abrazaron nuevamente.
- Creo que nuestra primera cena fue un desastre – dijo riendo
Teo.
Amador lo tomó por la barbilla dulcemente y estampó un nuevo
beso a su amante.
- ¿De veras?, a mi me parece que fue un completo éxito.
Volvieron a besarse, volvieron a endurecerse.... volvieron a
amarse.
Franco.
francodellavalle@hotmail.com