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Fecha: 06-Oct-16 « Anterior | Siguiente » en Grandes Relatos

Redención

Ejercicio
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Alexblame nos presenta: No es un buen hombre, no es el más honrado, ni el más creyente, de hecho, no creo que pase jamás por esta iglesia ni por cualquier otra, pero los caminos de Dios son insondables... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

ÍNDICE

 

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1: Un polvo saca otro polvo.

CAPÍTULO 2: Día nuevo, cadáver nuevo.

CAPÍTULO 3: Quien a hierro mata, a la barbacoa muere.

CAPÍTULO 4: Quien mata a un cabrón, tiene cien años de perdón.

EPÍLOGO

 

GUÍA DE PERSONAJES:

 

Reverendo Blame hijo: Narrador de la historia.

John "el loco" Stewart: Viejo minero y fundador de Perdición.

John Strange: Enigmático forastero con un oscuro y torturado pasado.

Suzanne Holt: Bella madame, propietaria del único saloon y prostíbulo de Perdición.

Coronel Davenport: Excoronel del ejercito de la unión y ahora dueño de casi todo el pueblo de Perdición.

Jonas "el tuerto" Donegan: Sheriff del pueblo, colocado en su puesto por el Coronel Davenport.

Mike y Cordelia Jenkins: El doctor y su esposa, dueños del almacén y el servicio de pompas fúnebres a cambio de un porcentaje que se lleva el coronel.

Reverendo Blame: El pastor del pueblo, venido del este.

Philips, Jackson y Rusty: Hombres del coronel Davenport.

Betsy, Xiaomei y Corina: Prostitutas que trabajan para Suzanne.

Lucas y Gunnar: Guardaespaldas de Suzanne.

Fenton y Jewison: ciudadanos de Perdición.

 
 

Prólogo

 

—¡Queridos hermanos, hoy estamos de celebración! Hoy inauguramos la primera iglesia de Redención. ¡Demos gracias al Señor!

—¡Aleluya! —responden todos los feligreses presentes a coro.

—¡Aleluya! ¡Sí Señor! ¡Aleluya! —dice el joven predicador corriendo por el altar extasiado.

—¿Sabéis que hubo un momento en que pensé que esta ciudad no tenía remedio? Tanto yo, como mi padre, estuvimos a punto de darla por perdida y buscar un lugar donde  no imperase la ley del más fuerte, pero entonces llegó él. No es un buen hombre, no es el más honrado, ni el más creyente, de hecho, no creo que pase jamás por esta iglesia ni por cualquier otra, pero los caminos de Dios son insondables.

—¡Aleluya! —Vuelven a exclamar los parroquianos.

—Pero a pesar de todo, ha sido el hombre que ha permitido que hoy estemos aquí participando de la gloria del señor. Y por eso merece que hoy contemos su historia, que es la historia de esta ciudad.

—¡Aleluya!

—¡Aleluya, hermanos! Ahora, que Dios me perdone, porque esta no es una historia agradable. Pero estoy seguro en el fondo de mi alma, de que si Dios permitió este milagro, también quiere que se cuente punto por punto, tal como ocurrió, con las partes más sórdidas y también con las más gloriosas. Y eso voy a hacer.

—¡Aleluya!  —exclama una matrona negra en el fondo de la amplia iglesia que aun huele a pintura fresca.

—¡Aleluya! —responden todos a coro.

 

***

 

AVARICIA

 

Hace tan solo cinco años, este lugar solo era una estepa barrida por el viento, con el valle del Digger al fondo aportando un poco de frescor a este arrasado lugar.

Y allí, John "el loco" Stewart, llegó con su pala y su batea. Había buscado oro en todos los ríos, desde los Apalaches hasta aquí, sin encontrar jamás una sola onza. Cuando llegó se quedó mirando a las colinas arcillosas esculpidas por los elementos en  forma de caprichosas esculturas y algo le dijo que esta iba a ser la buena.

Claro, que siempre se decía lo mismo, pero fuese porque realmente estaba inspirado o porque el sol de agosto en el desierto le había recalentado la sesera, está vez sintió que era especial, que había llegado al fin de su camino y que en aquel riachuelo, mermado por el estío hasta ser apenas un hilo de agua, iba a encontrar su fortuna.

Sin montar la tienda siquiera,  desmontó del caballo, descargó la mula y cogiendo la batea se lanzó sobre el riachuelo.

No sé si es verdad lo que dicen de que el viejo loco  encontró polvo de oro en el primer intento o es solo otro rumor sin sentido más, pero el caso es que lo encontró.  Llevado por el instinto, subió rio arriba hasta lo que hoy es Wall Creek; allí el rio hace un recodo y se ensancha. Stewart hincó allí la pala y en un día saco varias onzas de oro en pepitas de buen tamaño. El viejo loco por fin había tenido éxito. Era rico.

Durante dos semanas estuvo sacando el oro de aquel agujero y cuando la mula no pudo cargar con más, se volvió hacia Dawson City dispuesto a venderlo y hacerse rico.

El viejo Stewart causó sensación  y suscitó la envidia y la admiración de ciudadanos y forasteros. Gastó todo lo que había ganado en Whisky y putas, pero dejó algo para el material con el que pensaba seguir excavando y así volver aun con más oro que en una nueva ocasión.

Lo que pasó en ese segundo viaje nadie lo sabrá con exactitud. La versión oficial es que durante el viaje los indios le atacaron cuando volvía con dos mulas cargadas hasta los topes. El coronel Davenport y su "patrulla" ahuyentaron a los indios, le recogieron, según ellos en las últimas y lo llevaron a Dawson donde llegó muerto.

El coronel Davenport, o El Coronel como todo el mundo le llamaba por aquí, era una figura controvertida. Para unos era un hombre que se dedicaba a cazar forajidos y poner un poco de orden en el salvaje territorio de sur de Nuevo México y para otros era el jefe de otra banda más de ladrones y asesinos.

El caso es que fue realmente un coronel yanqui durante la guerra de secesión. Él y sus hombres se dedicaron principalmente a realizar incursiones de represalia en territorio confederado, robando, saqueando y violando.

El fin de la guerra fue un duro golpe para él. Intentó continuar con la carrera militar, pero lo que en época de guerra era una actividad sucia, pero necesaria, ahora se había convertido en una mancha imborrable en su historial y en el de sus hombres.

Licenciado él y su cuadrilla, decidió hacer fortuna en las tierras fronterizas, dedicándose a la tarea de cazarrecompensas y a matar indios y robarles todo lo que pudiese vender o intercambiar por alcohol para sus hombres.

 

Sin nadie que se atreviese a discutirlo y sin herederos que reclamasen la fortuna que llevaba el viejo consigo, se  apropió del oro del viejo buscador y no conforme con aquella cantidad, la invirtió haciéndose con los derechos de explotación de tres mil acres a ambos lados del río Digger.

La idea de Davenport no era dedicarse a la minería, un trabajo duro y desagradecido en el que la suerte era un factor tan importante como la constancia, sino que dividió su concesión en pequeñas parcelas que vendió a una multitud de hombres cegados por la fiebre del oro. Con el dinero que sacó, construyó un Banco y una tienda de suministros.

A casi seis días de marcha de la ciudad más cercana, por un terreno árido e infestado de indios y alimañas, pocas personas dejaban de vender el  oro a Davenport a un precio más barato y comprar sus suministros bastante más caros antes que hacer el peligroso camino y muchas menos volvían para contarlo, desapareciendo misteriosamente.

Davenport había conseguido, sin que él o sus chicos se rompiesen una uña, la mitad de los beneficios del trabajo de los mineros y cuando montó el saloon pasó a ser casi el total.

En poco tiempo, esta estepa desierta se convirtió en una ciudad de más de mil almas, la mayoría edificada con cabañas de chapa y tiendas de campaña. Davenport le quiso poner su nombre, pero casi desde el primer momento todo el mundo la llamó Perdición.

 

LUJURIA

 

El negocio de Davenport iba viento en popa, pero un día llegó Suzanne y ella tenía también su banda, una banda de prostitutas. Suzanne era menuda y pelirroja, con los ojos verdes la melena larga y rizada y una figura de reloj de arena que siempre había vuelto locos a los hombres. Decían que era de Luisiana, de una pequeña localidad cercana a Baton Rouge. Seducida por un joven mulato, fue rechazada por su familia y se tuvo que dedicar al oficio más viejo del mundo para ganarse la vida.

Pero la joven, además de un cuerpo para el pecado, tenía una mente para los negocios y una voluntad de hierro. En pocos años, antes de que el oficio acabase con su juventud, montó su propio prostíbulo que iba moviendo de pueblo en pueblo, siempre en zonas fronterizas. El riesgo venía compensado por la abundancia de hombres deseosos de sexo y la justicia con la que trataba a sus putas en comparación con los prostíbulos llevados por hombres, hizo que su negocio floreciera.

 La mujer llegó en dos caravanas cargadas con mujeres de todos los colores, todas hermosas y dispuestas para el pecado. Lo primero que hizo nada más llegar fue contratar a los dos hombres más grandes y duros que pudo encontrar y comenzó el negocio en una simple carpa.

En cuestión de días se hizo con el negocio del juego, la prostitución y la bebida. Davenport era avaricioso, pero no era tonto. Podía cargarse un viejo que a nadie importaba, pero si se cargaba a las únicas putas del pueblo, podía provocar una rebelión.

El coronel intentó contratar su propio  grupo de furcias, pero no era nada fácil encontrar mujeres en aquella zona. Las más cercanas estaban en Dawson y ninguna salvo un par de viejas escrofulosas y sin dientes aceptaron venir a trabajar. Además, con la ayuda desinteresada de los mineros, Suzanne montó un bonito saloon en el extremo del pueblo más alejado de los dominios del Coronel al que acudían la mayoría de los ciudadanos de Perdición. Finalmente, Davenport usó su saloon como base para sus hombres y aparentó  rendirse. Pero la rendición  no estaba entre sus planes. Solo decidió cambiar de táctica y empezó a cortejar a la madame a la vez que  presionaba poniéndole trabas en su negocio siempre que podía.

Suzanne optó por darle largas. Estaba harta de moverse de pueblo en pueblo. Aquel era un buen lugar para establecerse definitivamente. Con tanto oro corriendo por la ciudad había suficiente para los dos y pensó que Davenport tarde o temprano se conformaría, pero se equivocaba. La presión era  cada vez más fuerte y llegó a su culminación cuando uno de los matones, encargado de mantener el orden en el saloon, apareció muerto a cuchilladas.

 

PEREZA

 

¿Pero es que no había ley en Perdición? ¿Nadie iba a proteger a la joven madame y su negocio y a hacer justicia al guardaespaldas muerto?

Haber, había un sheriff. Elegido por los ciudadanos de Perdición... más o menos. Jonas "el tuerto" Donegan era un cuarentón de origen irlandés con un solo ojo y una prominente barriga que había llegado atraído por el oro. Enseguida había decidido que aquel trabajo no era para él y había buscado algo más cómodo.  Tras emplearlo Davenport en su Saloon, vio en él la dejadez y la incompetencia perfectas para el puesto y mediante sobornos y amenazas se aseguró de que consiguiese el puesto.

Así,  a primera vista, el sheriff Donegan no era un secuaz del coronel, pero Davenport podía confiar que aquel hombre; mientras tuviese dinero para Whisky y para putas, no le crearía problemas.

Desde el momento de su nombramiento, se empleó a fondo,  sentado en una silla en el porche de su oficina, con una jarra de Whisky al lado, se convirtió en una parte más del mobiliario urbano de perdición. En pocos sitios como en Perdición el desgobierno había estado mejor gobernado.

Cuando Lucas, el guardaespaldas de Suzanne, apareció con varias puñaladas en la espalda, en medio de un gran charco de sangre, nuestro sheriff se limitó a arrastrar el cuerpo hasta la funeraria para que Jenkins se ocupase de él y echar arena sobre la mancha de sangre que ocupaba parte de la polvorienta calle.

 

GULA Y ENVIDIA

 

El doctor Jenkins era el médico y el enterrador del pueblo y además, con la ayuda de su mujer, se ocupaban del almacén del pueblo. Eran un pareja un tanto peculiar, él, gordo como un globo terráqueo, siempre se le veía con una tira de cecina o un vaso de aguardiente de cerezas en la mano. Su mujer, delgada como un junco, se dedicaba a mirarle con reprobación mientras atendía a los clientes.

Los clientes la odiaban, cuando andaban cortos de dinero, ella los trataba con condescendencia y racanería, exigiéndoles intereses altísimos por proporcionar materiales a cuenta y cuando venía algún minero que había tenido un golpe de suerte, lo trataba con suspicacia y una mirada de envidia que no trataba nunca de disimular.

En el fondo era una mujer amargada que se había casado con un médico, pensando que iba a ser una personalidad allí donde instalasen su hogar. Para cuando se dio cuenta de que Mike Jenkins era un glotón y un borrachín irredento era demasiado tarde, ya estaba casada.

Aquella mujer, además era un chismosa, disfrutaba especialmente dando malas noticias, así que la muerte de Lucas pronto fue de dominio público en el pueblo. Atendió a Suzanne cuando vino a reclamar el cuerpo con una fachada de respeto, aunque en el fondo se alegraba de que aquella pecadora tuviese lo que merecía y pensaba que era un lástima que no fuese aquel bonito vestido de seda el que hubiesen encontrado acribillado a puñaladas en el sucio callejón.

Su marido era, pese a sus defectos, un buen hombre. Preparó a Lucas con cuidado y cuando Suzanne lo vio, la ayudó a pasar el trance, le aseguró que su empleado apenas había sufrido y le ofreció el mejor funeral que en Perdición se podía hacer a un precio razonable.

Mike Jenkins pudo ver como corrían libremente las lágrimas por las mejillas de la mujer más dura del pueblo. Bebió un largo trago de aguardiente y se retrasó discretamente para que se despidiese de su empleado.

 

LUJURIA

 

 Todo el mundo sabía quién era el autor de aquel asesinato a sangre fría y por la espalda, pero también sabía que aquel delito quedaría impune y lo único que podía hacer por su amigo era darle un entierro digno. Estaba realmente abatida, su boca estaba contraída en un gesto de desagrado, pero la forma en que fruncía el ceño indicaba que estaba decidida a resistir.

Finalmente, sacó un delicado pañuelo de seda y dijo que estaba cansada de huir. Había elegido este pueblo como destino definitivo y sabía que siempre habría un cabrón esperándola para amargarle la vida en el siguiente pueblo, así que el coronel tenía dos opciones, dejarla en paz o matarla.

Jenkins sabía que aquellas palabras quizás fueran un poco exageradas, pero sabía que aquella mujer era inteligente, las había dicho sabiendo que su esposa estaría escuchando al otro lado de la puerta y por unos medios u otros sus intenciones llegarían a la oficina de Davenport.

Suzanne le pagó generosamente y salió a aquel brillante sol de primavera sin tener ni idea de que aquel día iba a ser el primero de una serie, llena de eventos impredecibles, que acabarían con la transformación total de este pueblo.

 

SOBERBIA

 

La fe es un aliado importante en un lugar como perdición, pero a veces puede embriagarte y hacerte creer que estás por encima de los demás, creer que eres mejor que el resto de los habitantes del pueblo y que solo por el poder de tu fe y la justicia de tus argumentos  conseguirás el arrepentimiento  del pueblo entero de sus pecados.

Así era mi padre, a pesar de su pequeña estatura, sus permanentes gestos acusadores  y su leve cojera era un magnifico predicador. Sus discursos arrobaban a los feligreses de Boston y Richmond, pero cuando enviudó y decidió mudarse al oeste, convencido de que iba a civilizar estas salvajes tierras, pecó de soberbia. Nada de lo que había experimentado le había preparado para lo que le esperaba en Perdición.

Yo apenas tenía dieciséis años y ayudaba a mi padre en los oficios, preparándome para ejercer el ministerio cuando el muriese. Ninguno de los dos pensó que aquello fuese a ocurrir tan pronto.

De pie, allí, ante la tumba de un pecador irredento, como calificó al hombre de Suzanne, no ahorró epítetos a aquella ciudad de pecado y a aquellos habitantes avariciosos y violentos. Mientras los ayudantes de Jenkins terminaban de echar las últimas paladas de tierra, mi padre emplazó a los pocos ciudadanos presentes a que diesen un giro de ciento ochenta grados a sus vidas y convirtiesen aquel pueblo en una ciudad devota y temerosa de Dios.

Yo escuchaba el sermón y observaba a Suzanne con la fascinación que solo puede sentir un adolescente por la presencia del pecado ante sus ojos. Con miradas fugaces recorrí el cuerpo generoso realzado por unos botines de tacón y un apretado corsé y su cara ovalada de tez pálida y suave como la piel de un melocotón con unas pocas pecas alrededor de la nariz pequeña y unos ojos de un verde tan intenso que traspasaban el oscuro velo que caía del borde de su sombrero.

La madame observaba como el ataúd se iba cubriendo de tierra con un mirada dura y un gesto de determinación. A esas alturas yo no sabía de qué iba todo aquello, pero ya era lo suficientemente mayor  como para saber que aquella era una mirada que reclamaba cuentas pendientes.

 

IRA

 

Dos días después llegó John. Nadie sabe exactamente de dónde venía. Tampoco se sabía hacía donde se dirigía. Como casi todos los habitantes de Redención también tenía un pasado que olvidar. Muchos decían que era un antiguo soldado confederado y que lo había perdido todo en la guerra salvo sus revólveres, otros decían que era un inmigrante irlandés que se había cansado de las peleas de boxeo y había emprendido la marcha al oeste sin poder evitar que la violencia y la muerte se desatasen a su alrededor. Hasta alguno decía que era un bandido mexicano que huía de las autoridades mejicanas que lo buscaban por violaciones y latrocinios varios.

Recuerdo bien la primera vez que vi a John Strange. Nunca olvidaré  aquellos ojos semicerrados por el sol del mediodía, de mirada ruda, grises como el acero del cañón de un Colt. Era alto y delgado, con unos hombros anchos y una cara alargada, dominada por una nariz rota que le daba un aire pendenciero.

La suciedad del camino y la barba de varios días, oscura y rasposa, rodeando unos labios finos y crueles, de los que colgaba un purito a veces encendido, a veces apagado, pero siempre colgando de la comisura de la boca, hacían patente su desdén por las convenciones sociales.

Vestía  una camisa que en algún momento, en un pasado lejano, había sido blanca, un chaleco de cuero y unos vaqueros ceñidos por dos cartucheras, una a cada lado de sus caderas, en las que reposaban dos Colt 45 con cachas de nácar. El único toque de color era un pañuelo rojo que tenía atado a un cuello largo y demacrado.

Yo llevaba un par de bolsas del almacén cuando le vi aparecer montado en su caballo, negro como el alma de nuestra desgraciada ciudad, ambos cubiertos de polvo hasta el punto de no saber dónde  acababa el hombre y dónde comenzaba la bestia.

A medida que pasaba a mi lado nuestras miradas se cruzaron, me sentí escudriñado hasta el fondo del corazón. En ese momento me convencí de que, de parte de Dios o de Satanás, aquel hombre era un enviado de poderes sobrenaturales para acabar con aquel poblacho inmundo.

Tras lo que me pareció una eternidad, el hombre dirigió su vista al frente y sin apresurarse se acercó al Saloon.

Congelado como una estatua, con los paquetes aun en mis brazos, le observé hasta que descabalgó y atando el caballo entró en el local de Suzanne.

 

Capítulo 1: Un polvo saca otro polvo

 

LUJURIA

 

El Saloon era el edificio más grande de la ciudad, con la excepción de la mansión de Davenport. La planta baja era rectangular y muy amplia. En uno de los laterales, una barra de teca con apliques de latón brillaba bajo las constantes atenciones de Suzanne. En el fondo, un escenario con una pianola a  uno de los lados era utilizado por sus chicas para hacer sus numeritos y calentar a la parroquia. El resto estaba ocupado por mesas en las que un par de grupos de hombres se jugaban sus ganancias al póquer. Las dos plantas superiores estaban ocupadas por habitaciones para sus chicas y para los pocos viajeros que llegaban a este lugar dejado de la mano de Dios.

Suzanne frotaba la barra con energía. Le ayudaba a pensar. Ahora que Lucas no estaba, se veía obligada a atender ella misma a los pocos clientes que había a esas horas de la tarde. El cabrón de Davenport la había jodido bien y a pesar de que tenía suficiente poder para hacerlo en pleno día, lo había hecho por la noche y por la espalda, dejando que la gente pensara, pero negando ser el responsable cada vez que le preguntaban.

El muy hijoputa, incluso se había atrevido a darle el pésame y seguir con su extenuante labor de acoso. Sin arredrarse por sus desplantes y sus insultos, el Coronel acudía cada día a tomar una copa al bar y a proponerle matrimonio, dorándole la píldora y explicándole que juntos en cuatro o cinco años tendrían suficiente para retirase a una mansión en la costa este.

Ella sabía perfectamente que lo único que Davenport quería era hacerse con las putas y el Saloon y encargarse de que tuviese un buen funeral después de que sufriese un desgraciado accidente.

Lo que necesitaba era alguien que sustituyese a Lucas. Gunnar, el sueco, era una gran mole de carne y a la hora de deshacer peleas era un tipo muy competente, pero pensar no era lo suyo y cuando las cosas se ponían realmente feas no era un tipo en el que se pudiese confiar.

En fin, de no ser por el apoyo de sus chicas y sus suplicas para que continuase al frente del negocio, aterradas por la sola idea de que Davenport y su pandilla de facinerosos se convirtiesen en sus chulos y lo cansada que estaba de moverse de un lugar a otro cada poco tiempo, quizás hubiese vendido todo a un buen precio y empezado de nuevo en un lugar donde pudiese pasar por una mujer decente.

Volvió a pasar la mano por la barra y  aprovechó para matar una araña que se desplazaba por la brillante madera ajena a su mirada de odio. Soltó un juramento y sacudió con asco el trapo dejando que los restos cayesen en el suelo.

—Alguien tendría que limpiar esos ventanales— estaba pensando cuando las puertas del saloon se abrieron.

—Un Whisky —dijo el forastero entrando en el local con gesto cansado y unas alforjas sobre el hombro por todo equipaje.

—No sé de qué agujero sales, forastero, pero en este lugar se dice buenas tardes y uno se quita el sombrero cuando habla con una señorita. —dijo Suzanne sacando la botella de bourbon un poco cansada de paletos maleducados y exigentes.

—Perdón señorita. —dijo el hombre con sorna sacándose el sombrero y sacudiéndose tres días de polvo de su ropa con él— He sido un insensible, madame. Buenas tardes. Un sol espléndido, señorita, ¿Verdad que sí?

—Buenas tardes. —replicó Suzanne mirando con furia la barra cubierta de nuevo con una gruesa capa de polvo.

—Llevo cinco  días en esa mierda de desierto. Los indios me atacaron e hirieron de gravedad mi odre que murió desangrado rápidamente. Necesito urgentemente un baño, una botella de Whisky y la puta mas gritona y rolliza que encuentres, estoy harto de pasar privaciones. —dijo poniendo uno cuantos dólares de plata ante la mujer— ¡Ah! Y que alguien se ocupe de Viejo Cabrón, no le deis mucha avena, no le sienta muy bien.

—Toma el whisky, —dijo Suzanne mientras llamaba a una de sus fulanas a gritos— Betsy se encargará de lo demás, pero si tienes hambre no te la comas, hay jamón frío en la cocina.

La puta apareció por las escaleras que había justo enfrente de la barra. Era tan morena como alta y la opulencia de sus carnes era realzada por un corsé tan apretado que parecía a punto de reventar. Sus ojos grandes y oscuros, sus labios gruesos pintados de rojo sangre al igual que sus uñas y su melena larga, brillante y negra como el carbón, hacían que fuese una de  sus chicas más solicitadas, capaz de ocuparse incluso de tres clientes a la vez.

Suzanne les observó mientras se alejaban. El forastero hablaba a la joven con naturalidad, haciendo que Betsy sacase a relucir sus risitas chillonas, mientras palpaba su trasero sin disimulo con una mano y sujetaba la botella de Whisky con la otra. Vio los revólveres y se preguntó si aquellos brillantes instrumentos de muerte eran solo parte de una pose o aquel desconocido sabía utilizarlos.

Un juramento de uno de los parroquianos tras perder una mano que creía ganada, la sacó de sus pensamientos y sacudiendo el trapo  comenzó de nuevo a limpiar el polvo que el forastero se había traído consigo.

 

IRA

 

El viaje desde Dawson había sido una pesadilla. Aquella parte del territorio era poco más que una estepa desértica dónde el sol del verano caía a plomo, el viento soplaba ardiente envolviéndole a él y a su caballo en una nube de polvo y los indios desplazados a aquel lugar inhóspito aprovechaban cualquier oportunidad para matar robar y violar.

Afortunadamente aquellos pobres pieles rojas famélicos no eran rival para su Winchester y bastó con agujerear a un par de ellos para que se retirasen a una distancia razonable mientras le vigilaban,  esperando como coyotes que un accidente les diese la oportunidad de atacar a aquel vaquero solitario.

Afortunadamente el incidente del odre no había sido tan grave como lo había contado y se había vaciado solo hasta un tercio de su capacidad, lo que le había permitido llegar a Perdición con la lengua echa un estropajo, pero en unas condiciones razonables.

Aquel pueblo era la letrina que en Dawson le habían anticipado. Una polvorienta calle central flanqueada por unos pocos edificios de madera, al fondo una plaza con una gran mansión que parecía haber sido trasladada desde el este piedra a piedra y a su alrededor un montón de barracones, tiendas y chabolas rodeándolos sin orden ninguno como un cáncer que amenazaba con absorber y destruir aquel remedo de civilización.

Pero no había venido allí para criticar el plan de urbanismo de aquel poblacho, venía tras un hombre. Lo había perseguido por todo el continente desde Richmond, pasando por Washington. Había estado a punto de cogerle una vez en Kentucky y otra vez en Colorado, pero había llegado tarde por cuestión de días. Ahora, sin embargo, el hombre que había destruido su vida se había asentado y no tenía intenciones de seguir vagabundeando. Tenía tiempo de sobra para borrar su asquerosa presencia de este mundo.

La ciudad estaba desierta a aquellas horas de la tarde, solo un chico de unos quince años, que salía del almacén, se cruzó con él e intercambiaron una larga mirada. John vio  algo más que miedo en las dilatadas pupilas  de aquel chico. Tras unos instantes apartó la mirada y se dirigió al Saloon, unos metros más adelante, mientras observaba aparentando desinterés la enorme casa del coronel, al final de la calle, protegida por varios de sus esbirros que apenas se fijaron en él.

Aquellos ojos verdes y aquella melena pelirroja le golpearon como un mazo, despertando recuerdos dulces y amargos, vida y muerte, amor y destrucción. Se tomó unos segundos manteniendo la mirada oculta bajo el ala de su sombrero hasta que los recuerdos dejaron de golpearle y la joven que estaba tras la barra le llamó la atención.

Dos minutos después estaba subiendo las escaleras del Saloon agarrado a Betsy con una mano y la máquina de olvidar con la otra.

Para ser aquel lugar el culo del mundo, había visto pocos burdeles tan limpios y putas tan atentas y sonrientes. En cuestión de segundos la fulana le había preparado una tina de agua humeante. Después de la travesía de aquel erial, aquello le parecía el paraíso.

Antes de que hiciese ningún gesto, la joven se acercó a él y le besó. Un beso suave, limpio y fragante, de aquellos que te gusta recordar cuando estas durmiendo al raso, en las frías noches del desierto, con la única compañía de tu caballo.

Las manos pequeñas, de dedos gordezuelos, le retiraron el chaleco con cuidado de no levantar demasiado polvo y continuaron desabotonando la camisa hasta llegar a su cintura, dejando a la vista su pecho sudoroso cubierto por una rala mata de pelo oscuro.

John reprimió un gesto de enfado cuando la joven le quitó con habilidad sus cartucheras y las colocó encima de una silla para a continuación acabar de quitarle la camisa. La joven no se apresuró y acariciándole con la punta de sus largas uñas le rodeó, observando su torso musculoso y cruzado por casi una docena de cicatrices.

—Eres un hombre prevenido. —dijo la joven sacando una pequeña Derringer acomodada en la parte trasera de la cintura del pantalón vaquero.

Sin decir nada él se sacó el enorme cuchillo de la bota y se lo dio a la  puta que lo miró unos instantes con temor y lo depositó rápidamente con el resto de las armas.

—¿Cómo te llamas, corazón? —preguntó la mujer volviéndose de nuevo hacia él.

—Me gusta lo de corazón, pero también puedes llamarme John —respondió él observando el culo grande y redondo tensar la seda del vestido cuando la mujer le dio la espalda y se agachó para sacarle las botas.

Con un gesto, cientos de veces repetido, la mujer le agarró la bota con firmeza por el talón mientras que él, con el otro pie, empujaba su culo para sacarla. Repitió el divertido ejercicio, esta vez palpando el tierno culo de la puta con su pie desnudo unos instantes más de lo necesario.

Sonriendo, la puta se dio la vuelta y arrodillándose, le quitó los vaqueros y los calzoncillos, sin apresurare, dándole de paso una espléndida vista de sus enormes pechos apretados y realzados por el corsé.

Tras tenerle totalmente desnudo, salvo por el pañuelo, la joven se apartó un poco y lo observó unos instantes más antes de indicarle el agua caliente que le esperaba. La líquida calidez le envolvió haciendo que todos los sufrimientos se diluyeran con el polvo que le cubría. La puta, atenta a todo, cogió un cigarrillo, lo encendió y se lo tendió con una nueva sonrisa antes de dejarle que disfrutase del baño en soledad.

Dio una calada al cigarrillo y dejó que su mente vagase mientras largas jornadas de suciedad se iban ablandando en el agua jabonosa. Sin desearlo, su mente volvió a los ojos color esmeralda de la madame. Había permanecido apenas un minuto en la planta baja, pero su belleza y su presencia de ánimo ante un desconocido armado, unido al parecido con Abigail, había conseguido impresionarlo más de lo que le gustaría reconocerlo.

Sacudió la cabeza y pegó un trago a la botella. Tratando de no pensar, miró a su alrededor. La habitación era amplia, con una cama de bronce, un aparador y un gran mueble con un enorme espejo en una de sus puertas.

Su mente inevitablemente se volvió hacia Abigail y a su hijo Sam y con ello a su muerte en aquella aciaga noche, en aquella absurda  guerra. No quería, pero su mente se la volvió a jugar propinándole con unas imágenes de su mujer siendo violada y asesinada junto con su hijo por aquellos animales a quiénes había venido a matar.

Pensaba matarlos como a perros, dejando al cabrón de Davenport para el final. Quería que sintiese el mismo terror que había sentido su hijo de diez años al conocer la inminencia de su muerte, quería...

—Cariño, deberías tirar ese cigarro, te vas a quemar los labios. —dijo Betsy que volvía con un frasco de sales y una enorme esponja.

Sin esperar respuesta la hermosa joven se quitó el aparatoso vestido quedando únicamente con el corsé y unas enaguas y cogió la colilla apagándola en el agua y tirándola al suelo. A continuación vació un cuarto del frasco de sales y con la esponja comenzó a enjabonar los hombros, el cuello y la cara del forastero mientras cantaba suavemente.

Por fin su mente se relajó y se dejó hacer. Sintió los dedos agitar su pelo y masajear su cuero cabelludo y a punto estuvo de cerrar los ojos. Aquella mujer era la gloria. Con un gesto le invitó a levantarse y siguió cantando y enjabonando su cuerpo hasta que sus delicadas manos se posaron sobre sus ingles.

La furcia tiró la esponja y acarició con suavidad su polla que se endureció inmediatamente. En ese momento se dio cuenta de que hacía varias semanas que no estaba con una mujer. Con un movimiento apresurado, se sumergió en la tina un instante para aclarar el jabón y aun chorreando, cogió a la mujer en brazos y la llevó a la cama.

Pataleando y soltando grititos de placer mientras frotaba el culo contra su erección Betsy se dejó llevar. Con una sonrisa lujuriosa la tiró sobre la cama y le sacó las enaguas a tirones, descubriendo un pubis cubierto por un triangulo de lustroso vello negro. Como un naufrago sediento, se lanzó entre los generosos jamones de la puta. El sexo cálido y perfumado de la joven hirvió bajo sus atenciones. En pocos segundos la mujer estaba retorciéndose y respondiendo a cada beso y cada lametón con gritos y gemidos.

Sin darle cuartel, la agarró por el corsé y levantándola la puso de espaldas a él, de cara al espejo del armario. Durante unos instantes acarició aquel culo gordo y redondo. Hundió sus dedos en aquella enorme masa turgente y separó las dos nalgas para poder penetrarla. El placer y el alivio le envolvieron cuando su polla penetró con suavidad el lubricado coño de Betsy. Cogiendo a la joven por la espesa melena, comenzó a penetrarla suavemente, tomándose su tiempo entre empujón y empujón.

Con la mano libre, fue aflojando los cordones del corsé hasta que logró deshacerse de la incómoda prenda. Volviendo a penetrarla, acarició y magreó aquel cuerpo generoso y amasó  aquellas enormes tetas, pellizcando los pezones mientras observaba por el reflejo del espejo las expresiones de placer y dolor de la joven.

Retrasándose y tirando de la mujer se sentó de la cama y la obligó a ser ella la que se ensartase sobre su polla mientras acariciaba su cabello y su espalda. Betsy continuó unos instantes, sin dejar de mirarse al espejo, antes de separarse con un suspiro y darse la vuelta.

De pie, como Dios la trajo al mundo, la zorra se  acarició los pechos y el vientre y se masturbó unos instantes antes de empujar al hombre para que se tumbase en la cama y montarse a horcajadas. La joven se empaló con su polla y comenzó a saltar sobre él cada vez más deprisa. El sudor corría entre sus pechos y empapaba su cabello. Betsy jadeaba ruidosamente, pero continuó sin descanso hasta que John no pudo más y estrujando los pechos de la mujer eyaculó en su coño, provocando con el calor de su semen un potente orgasmo en la hembra, o eso le pareció.

La mujer se desplomó sobre él, jadeando y sonriendo, pero la sed del forastero no se había apagado y volteándola se puso sobre ella. La besó con rudeza, lamiendo y mordiendo los apetitosos labios de la mujer mientras  introducía sus dedos en aquel coño rebosante de flujos y la masturbaba con violencia.

Betsy comenzó a gemir de nuevo y pegó un agudo chillido cuando le volvió a meter la polla de un solo golpe. Agarrando sus pechos comenzó a follarla con fuerza mientras le chupaba el cuello y los pezones. Pocas veces había tenido el placer de follarse una meretriz semejante. La joven gemía y se retorcía, acariciándole el cabello y arañándole la espalda con sus rojas uñas. Esta vez ella se corrió primero. Su cuerpo se estremeció y la joven emitió un grito entrecortado que duró unos segundos hasta que los relámpagos de placer cesaron.

Una vez recuperada, la prostituta empujó a John obligándole a tumbarse boca arriba y con una sonrisa traviesa se metió su polla en la boca.

La boca y la lengua envolvieron su verga acariciando y chupando. John sentía su miembro palpitar y hervir dándole la sensación de que iba a reventar de placer. Hundiendo las manos en la melena de la joven comenzó a acompañar los movimientos de su cabeza con su pelvis, haciendo la mamada cada vez más profunda.

La excitación fue cada vez más intensa hasta que no se pudo contener más y alojando su miembro en el fondo de la garganta de Betsy, eyaculó una y otra vez hasta que sus huevos quedaron secos.

—¡Vaya cariño!—exclamó Betsy  entre toses. ¿Cuánto tiempo hacía que no estabas con una mujer? Eres todo fuego.

—En realidad soy como los camellos, puedo pasar sin follar ni beber largos periodos de tiempo, pero cuando llego a un oasis me doy un atracón. —respondió John tanteando el suelo al lado de la cama y cogiendo el whisky— Ahora cariño, hazme el favor de llevar a lavar mi ropa y mis botas y vuelve para que te eche otro par de polvos, aun no me ha pasado la sed. —dijo dando un nuevo trago a la botella y poniéndose el sombrero sobre la cara dispuesto a echar una siesta.

 

LUJURIA

 

El forastero se pasó en la habitación, follando a Betsy y bebiendo Whisky, casi veinticuatro horas seguidas. Cuando finalmente bajó por las escaleras, limpio y afeitado, parecía otro hombre. Suzanne no pudo evitar un ramalazo de envidia al ver la cara de satisfacción que ponía Betsy mientras bajaba las escaleras tras él.

Inmediatamente sintió la necesidad de exhibirse ante él y aunque era un poco pronto para el espectáculo diario y no había demasiada gente,  le dijo a Gunnar que le sustituyese un rato tras la barra y se dirigió al escenario con su vestido de seda verde esmeralda.

John se cruzó con ella lanzándole una mirada fugaz y continuó en dirección a la barra donde pidió una cerveza. Cuando se subió al escenario el hombre le daba la espalda aparentemente concentrado en su cerveza.

Con una sonrisa Suzanne se subió a las tablas y haciendo una señal a la pequeña orquesta formada por un violín y la pianola, comenzó a cantar una melodía de origen irlandés. Con satisfacción vio como el hombre se daba la vuelta y la observaba con una mirada indescifrable. Adelantó una pierna que asomó por la raja del vestido que le llegaba a la cadera. Los presentes silbaron y vitorearon, observando y deseando tocar aquella pierna esbelta y pálida adornada con una provocativa liga profusamente bordada, pero ella no les hizo caso y siguió cantando, fijando su mirada en el forastero, intentando penetrar en su alma con la melodía.

Cuando terminó la canción, un coro de aplausos la obligó a apartar su mirada del forastero y responder con una graciosa inclinación. A pesar de que todos sabían de que su cuerpo no estaba en venta, algunos de los presentes lo intentaron, ofreciéndole incluso una bolsa de pepitas de oro.

Suzanne saludó a unos y rechazó amablemente las invitaciones de otros mientras se volvía a colocar tras la barra.

—Buenas noches, forastero. Me imagino que ha encontrado todo a su gusto, ya que no ha salido de su habitación en más de un día.

—Ha estado todo perfecto, muchas gracias. Y llámame John, por favor. —replicó el forastero mirándola por fin a los ojos.

—¿Una copa? Invita la casa.—dijo la joven sacando una botella con un liquido transparente y dos pequeños vasos.

—¿Tequila? Por qué no. —respondió él echándose el contenido del vaso al coleto de un trago a la vez que la mujer.

Ambos hicieron un mismo gesto y los ojos volvieron a contactar haciendo que Philips, uno de los hombres de Davenport, se fijara y se acercara a la barra con un gesto poco amigable.

—¿Y qué te trae por aquí? —preguntó Suzanne.

—¿Eso, que le trae por aquí, amigo? —añadió el hombre de Davenport.

—Quizás esos ojos verdes, quién sabe...

—No pretendo ofenderle, amigo,  —dijo Philips apoyando las manos en las cachas de sus revólveres— pero esta señorita es la novia del coronel. Así que le sugiero que coja sus cosas y siga su camino, amigo.

 

IRA

 

—Sí, ya veo que está totalmente enamorada. —dijo John al ver como la madame ponía los ojos en blanco—¿Cuándo es la boda?

—No sé quién se cree que es, amigo, pero no le conviene enfadar al coronel Davenport. Este pueblo y todo lo que contiene son de su propiedad.

—Ajá. —dijo encendiendo un fósforo en la rasposa mejilla de Philips y acercando la llama a su  cigarrillo— Me doy por enterado, ahora vete a lamerle la polla a tu jodido coronel.

—¡Puto cabrón! Yo mismo te voy a... —dijo el hombre echando la mano a su revólver.

El silencio se había apoderado del saloon y todos observaron como John sacaba el Colt como un relámpago y lo apoyaba en la sien de aquel paleto, amartillando el arma antes de que pudiese terminar de sacar el arma de su pistolera.

—Adelante, saca un milímetro más ese hierro de su funda y esparciré tus sesos por la barra. —siseó apretando un poco más el arma contra la cabeza de Philips.

Philips no hizo caso e intentó sacar el arma. John, que no quería un muerto delante de testigos, por muy favorables que fuesen, con la mano libre, le sacudió un puñetazo en la barbilla, haciendo que golpease la barra con la cabeza y cayese en el suelo como un saco.

Mientras aquel rufián intentaba despejarse, John se agachó y le cogió la pistolera dejándola sobre la barra.

—Guárdasela hasta que  se le  haya pasado la mona, —le dijo a Suzanne vaciando el revólver y la canana de balas—no quiero que se dispare en un pie por accidente.

 

LUJURIA

 

Aquel hombre no paraba de sorprenderla. Jamás había visto un hombre tan rápido desenfundando. Regodeándose, observó como Philips se acariciaba la mandíbula dolorida e intentaba incorporarse con las piernas aun temblorosas. El forastero no le dedicó ni una mirada siquiera mientras el hombre de Davenport salía del local tambaleándose, humillado ante toda la parroquia.

John le pidió un whisky poniendo un par de monedas sobre el mostrador y cogió el vaso indiferente ante el suceso que acaba de ocurrir y a la atención que había suscitado.

—A esta ronda estas invitado, forastero. —dijo ella— Hacia tiempo que no veía salir a un hombre del coronel con el rabo entre las piernas.

—Cuando un perro sarnoso me gruñe lo pateo. —dijo encogiéndose de hombros y sirviéndose un nuevo trago.

—La verdad es que hace poco me ha quedado un puesto de vigilante vacante, ya sabes, ayudar a Gunnar a deshacer peleas, proteger a las chicas y atender de vez en cuando la barra. He pensado que si decides quedarte, podrías trabajar para mí.

—Cama, Whisky y una furcia cuando me apetezca... —dijo John mirando lujurioso el fino cuello y el pálido busto que asomaba por el escote de Suzanne— ... y diez dólares a la semana.

Aquel tipo no era barato y por la cara que había puesto Betsy, sabía que habría revuelo en el prostíbulo, pero no tenía elección, necesitaba a alguien que la ayudase a contrarrestar el poder de Davenport y estaba convencida de que no encontraría a nadie mejor en cientos de millas a la redonda.

—Está bien, —refunfuñó ella alargando la mano— trato hecho.

John le agarró la mano con suavidad, el contacto fue electrizante, ambos sintieron como los pelos de sus brazos se erizaban y se miraron de nuevo a los ojos. Se le pasó por la cabeza mantenerle agarrado y llevarle a su habitación, pero no parecía una actitud  ni inteligente ni profesional. John pareció sentir lo mismo porque dejó de sonreír como si acabara de evocar una serie de tristes recuerdos.

Cuando apartó la mano, agarró la botella de Whisky y cogiendo una silla se sentó en un rincón desde el que podía vigilar la totalidad del local con aquellos inquietantes ojos grises.

El resto de la noche transcurrió con tranquilidad, los parroquianos, testigos del suceso con Philips, se comportaron anormalmente bien y no hubo problemas, ni en la barra ni en las habitaciones. John se dedicó a observar sentado, quieto como una estatua, solo interrumpiendo su inmovilidad para tomar un trago de la botella de bourbon.

Cuando el último cliente abandonó el saloon, ayudó a recoger las mesas y colocar los taburetes sobre la barra para que un par de criadas negras limpiasen en el suelo y con una inclinación de sombrero se retiró a su habitación.

 

Capítulo 2: Día nuevo, cadáver nuevo

 

IRA

 

El día amaneció tan espléndido como podía esperar. El sol brillaba con fuerza, colándose entre las rendijas de los postigos e iluminando la habitación con su fulgor. Betsy ronroneaba a su lado y apretaba su cuerpo desnudo contra él, tratando de incitarle para que la follara, pero tenía cosas que hacer, así que la despidió con dos sonoros cachetes.

La puta salió corriendo de la habitación indignada y con las manos de John dolorosamente marcadas en sus nalgas.

Tras desayunar unas gachas que le sirvió Big Mama, la cocinera, lo primero que hizo fue visitar a Viejo Cabrón y asegurarse de que todo estaba en orden. Satisfecho tras ver al caballo bien almohazado se dirigió al almacén.

La tienda estaba más limpia y ordenaba de lo que esperaba, con sacos de harina y víveres a un lado, las herramientas en el frente y las armas y el licor detrás del mostrador. La mujer que le miraba con desconfianza desde el mostrador debía tener unos cincuenta años, llevaba el pelo gris en un apretado moño y  estaba seca como un sarmiento. Sus ojos, aumentados por unas gafas metálicas y su nariz larga y puntiaguda le recordaron a un ave rapaz.

—Buenos, días. ¿Qué desea? —preguntó la mujer con una mirada escrutadora.

—Necesito dos cajas de munición del cuarenta y cinco y una caja de cigarrillos, —respondió él mientras observaba a su alrededor con aire desenvuelto.

La corneja posó su pedido sobre el mostrador mientras él ponía unas monedas sobre la pulida madera. La mujer sacó un lápiz de detrás de su oreja y comenzó a hacer la cuenta sobre un papel de estraza cuando un tipo grande como un armario ropero entró ruidosamente en el almacén.

—Hola Cordelia —saludó el hombre cogiendo una manzana del un barril y dándole un mordisco— ¿Cómo va el negocio, vieja harpía?

La mujer le miró con inquina, pero no dijo nada. John siguió a lo suyo ignorándolo a pesar de que el hombre tenía fija su mirada en él.

—¿Qué quieres, Rusty? —le preguntó la mujer con voz agria.

—Oh, nada. En realidad venía por el forastero. —respondió el hombre señalándole con el corazón de la manzana.

—¿Por mí? —preguntó John inocentemente, fingiendo que no sabía que el tipo era uno de los hombres de Davenport.

—Sí, por usted. Si no tiene inconveniente, me gustaría que me acompañase a ver al coronel.

—¿Y si lo tengo?

—Tendría que llevarle a rastras y eso no le gustaría ni a usted ni a mí. Seamos educados y no hagamos de esto un drama.

John asintió y recogiendo su paquete y la vuelta, se acercó a Rusty, dándole a entender que no le iba a dar problemas.

—¡Eh! ¡Que son veinte centavos por la manzana! —dijo la mujer indignada.

Rusty le lanzó una moneda y se dio la vuelta precediendo a John camino del despacho de Davenport.

 

ENVIDIA

 

La mujer recogió la moneda al vuelo y la metió en el cajón refunfuñando. Estaba harta de aquellos bárbaros pretenciosos que se paseaban por el pueblo como si fuese suyo. Observó alejarse al forastero, preguntándose para qué demonios querría tanta munición y por qué había llamado la atención del coronel tan pronto.

Su fino olfato le dijo que aquello solo podía significar problemas. Esperaba que aquello no le afectase, bastante tenía con ocuparse de la tienda, atender a gorrones y loros presuntuosos que se paseaban con enormes pepitas de oro que vendían a Davenport y cuyo beneficios gastaban en alcohol y mujeres antes de acordarse que le debían dinero. Y Mike se obstinaba en atender a todo el mundo, tuviese dinero o no.

Ella no merecía aquello, merecía vivir en una bonita casa, que diablos, en un casa enorme, como la de Davenport, con un par de sirvientes negros con librea. Dios no era justo, le daba todo a prostitutas y forajidos y a las personas como ella, trabajadoras y devotas, solo le enviaba más trabajos.

—Hola Marge. —saludó a la mujer que entraba en ese momento en su establecimiento.

—Buenos días,  querida. ¿Qué tal?

—Bien, bien. El maldito lumbago parece que ya está pasando.

—He visto salir al forastero... —dijo la mujer mientras cogía un cepillo y probaba las cerdas antes de darse por satisfecha y ponerlo sobre el mostrador.

—¡Oh! Sí. No tiene un aspecto tranquilizador, unos ojos grises que parece que te atraviesan como cuchillos y ha comprado munición suficiente para matar a todos los habitantes de esta ciudad dos veces... —dijo Cordelia bajando la voz y dándole un tono conspiratorio.

—¿No sabes lo que pasó anoche? —dijo su vecina reventando por contarle las últimas noticias del pueblo— Freddy me dijo que esa furcia del saloon lo ha empleado y Philips ya tuvo un encontronazo con él del que no salió muy bien parado...

 

IRA

 

La mansión de Davenport parecía el palacio de un gobernador en pequeño con dos columnas de estilo griego aguantando el espacioso porche de la entrada. Rusty subió la escalinata y entró por la puerta vigilada por dos hombres armados hasta los dientes.

El interior era fresco y luminoso. Los muebles eran de caoba de la mejor calidad y eran constantemente bruñidos por un ejército de sirvientes. Fue precisamente uno de ellos, vestido con una impecable librea, el que tomó el relevo a Rusty, después de que este le desarmara y lo llevó por un largo pasillo hasta el despacho de Davenport.

El hombre le estaba esperando, sentado tras un pesado escritorio digno de un rey. Davenport se levantó, debía medir casi uno noventa, era calvo y lucia un abundante mostacho un poco pasado de moda, que evidentemente cuidaba con solicitud. Vestía un traje hecho a medida y del bolsillo de su chaleco emergía una gruesa leontina de oro.

—Buenos días. —dijo fijando sus ojos pequeños y oscuros en John— Me complace que haya aceptado mi invitación. ¿Un coñac?

—Por supuesto —respondió sentándose tranquilamente y encendiendo un cigarrillo.

—Tengo entendido que ha tenido un encontronazo con uno de mis hombres. —empezó el hombre alargándole una copa y sentándose.

—Bueno, me temo que hubo una pequeña confusión. Espero que su hombre no saliera malparado.

—Nada grave. Aun le bailan un par de dientes, pero sobrevivirá. Philips tiende ser un poco vehemente al defender lo que cree que son mis intereses y a veces se pasa. —dijo Davenport con tono melifluo— Espero que lo perdones.

—Respecto a mí no hay nada que perdonar. —respondió John saboreando el añejo licor.

—Perfecto, veo que es un hombre razonable. Lo que me lleva a hacerle una pregunta si me lo permite.

—Adelante, dispare.

—A pesar de que Philips es un idiota, es difícil sorprenderle y por lo que e oído se manejó brillantemente sin tener que derramar una gota de sangre. Eso es una cualidad que raramente se ve por estos lares. Si piensa quedarse una temporada en este lugar, me gustaría que valorase trabajar para mí. Siempre estoy necesitado de hombres resueltos e inteligentes que protejan mis intereses...

—Lo siento mucho, señor Davenport, pero ya estoy contratado. La señorita Suzanne tenía una vacante y he aceptado el puesto.

—Oh, bueno, no se preocupe, yo lo arreglaré con ella. Además yo le pagaré el doble y no tendrá que acostarse tan tarde por la noche. —dijo con una sonrisa cómplice.

—Muchas gracias, coronel. No crea que no estimo su oferta, pero la verdad es que me encuentro bastante bien en el saloon y además la dueña me paga en especie... ya me entiende y una puta nueva cada noche libre de gastos es una oferta difícil de rechazar. —replicó John apurando la copa y levantándose— Ahora, si no desea nada más, tengo algunos recados que hacer.

—Desde luego, —dijo Davenport levantándose y estrechándole la mano— De todas maneras piénselo, la oferta sigue en pie.

John se despidió y salió del despacho mientras el hombre que dejaba a sus espaldas sopesaba si aquel forastero era solo un gilipollas más o una amenaza real.

Acompañado por el sirviente, John aprovechó para escudriñar cada rincón de la mansión determinado los mejores lugares para cubrirse y la cantidad de hombres dedicados a la protección personal de Davenport.

Cuando salió, el calor del mediodía le asaltó con fuerza haciendo que se pusiese inmediatamente a sudar. Deseaba volver al saloon y comer algo antes de echar una larga siesta, pero antes tenía alguna cosa que hacer.

Aparentando vagabundear por la ciudad, se dedicó a examinar la mansión por todos los ángulos, observando con atención los hombres que vigilaban desde la azotea provistos de los mejores rifles que el dinero podía pagar.

A continuación, se dirigió al cuartel de los hombres del coronel. Estaba un poco alejado y no tenía visión directa de la entrada de la mansión ya que en un principio había sido proyectado para ser un saloon y por lo tanto Davenport no lo quería demasiado cerca. Eso era una importante ventaja.

La otra era que allí lo hombres del coronel se emborrachaban y no hacían mucho por protegerse, incluso llegó a entrar un momento en el edificio haciéndose el despistado sin que nadie le llamase la atención.

Tras echar un rápido vistazo, se disculpó y se dirigió de nuevo al saloon. La mañana había sido más fructífera de los esperado.

—Hola, señor Strange. ¿Qué tal lo has pasado?—saludó Suzanne mientras comía al otro lado de la barra— ¿A que es un bonito pueblo?

—Yo no diría bonito. —respondía John encendiendo un cigarrillo y pidiendo a la cocinera otro bocadillo para él— Interesante más bien, y también lo son sus gentes. Incluso he recibido una suculenta oferta de trabajo.

Suzanne interrumpió la improvisada comida solo un instante, lo suficiente para que John se diese cuenta y sonriese con ironía.

—No hace falta que te pregunte, ya se la respuesta. Ese hijo puta nunca se cansa de hacerme la puñeta. ¿Vienes a hacer las maletas?

— ¿En tan poco estimas mi palabra? —respondió aparentando estar ofendido— Para que los sepas, tengo mi corazoncito. Yo soy un tipo muy identificado con esta empresa...

John apartó la mirada de su bocadillo de ternera y miró a su jefa a los ojos largamente antes de deslizarlos por su cuello y fijarlos en el escote y en el profundo canalillo que separaba sus pechos.

—...Siempre que se me pague puntualmente todas las noches. —continuó fijando de nuevo en ella unos ojos hambrientos capaces de hacer estremecer a la hija de un predicador— Por cierto, si no tienes inconveniente, mándame a esa chinita de ojos grandes y gesto hosco cuando haya terminado esta noche, hoy tengo menos hambre.

—Betsy se va a enfadar. —dijo Suzanne sintiendo que ella también lo estaba.

—No te preocupes. —dijo el forastero terminando el bocadillo y calándose el sombrero antes de darse la vuelta y dirigirse a su habitación— Es una puta, lo entenderá.

 

AVARICIA

 

Aquel hombre era un enigma y al coronel no le gustaban los enigmas. Le gustaba tenerlo todo controlado. Si había sorpresas estas tenían una posibilidad de ser desagradables y le daba en la nariz que en esta ocasión solo podía significar problemas.

El destino le había tratado con ironía; si no se hubiese cargado a Lucas, aquel hombre no hubiese llamado la atención de Suzanne y ahora no estaría devanándose los sesos.

Lo que menos le gustaba de aquel tipo era lo poco impresionado que se había mostrado en su presencia. Parecía que todo le diese igual, aquellos ojos fríos y grises ni se inmutaron cuando le ofreció el trabajo, a aquel hombre no le movía la avaricia, y cualquier persona que no tuviese precio era un peligro potencial.

El ritual de preparar el tabaco para disfrutarlo le tranquilizaba. Abrió la caja y sacó un habano, esos malditos cubanos eran unos vagos, pero sabían hacer los puros como nadie. Aspiró el exótico aroma del cigarro, anticipando el sabor y el efecto tranquilizador de la droga en su mente. Cortó un extremo con la guillotina y lo acercó a sus labios, lo chupó con suavidad antes de encender una cerilla y acercar la llama al otro extremo.

Acarició la punta del habano con la llama, sin apresurarse, dejando que se calentase antes de encenderse. Finalmente, una pequeña llama salió del extremo del cigarro y el humo intenso y aromático se extendió por la habitación.

Con una primera bocanada, el puro se encendió completamente y el humo penetró hasta el fondo de sus pulmones. Davenport lo apartó y lo observó mientras contenía la respiración sintiendo como el efecto ligeramente sedante de la nicotina hacia que todas sus preocupaciones resultasen menos acuciantes. En ese momento alguien llamó suavemente a la puerta de su despacho.

—Adelante, Philips, entra.

—Hola, jefe. —dijo el hombre quedándose en pie agarrando nerviosamente su sombrero.

Philips se sentó a una indicación de Davenport y le relató una vez más todo lo ocurrido la tarde anterior en el saloon. Tras cada frase, miraba alternativamente la aromática columna de humo y la caja donde sabía que su jefe guardaba los cigarros.

—Me has fallado. —dijo Davenport con seriedad antes de que hubiese completado su relato.

—Lo sé, señor y no sabe cuánto lo siento, señor. Aquel hombre me sorprendió, pero no lo hará de nuevo...

—Estoy seguro, por eso quiero que le vigiles y seas tú el que lo sorprenda esta vez. No me gusta ese hombre y lo quiero muerto lo antes posible. No me importa cómo. Prefiero que lo hagas sin testigos como hicisteis con Lucas, pero si no tienes la ocasión hazlo a plena luz del día, incluso con esa zorra presente, no me importa mientras esté muerto antes de dos días.

El hombre asintió con frialdad a pesar de saber que no deseaba volver a enfrentarse al forastero. Si de algo se preciaba era de conocer a todos sus hombres y apreciaba especialmente a Philips porque, a pesar de sus estupideces, sabía que haría cualquier cosa por él y por cumplir con sus instrucciones.

—Llévate contigo a Jackson, ya sé que te puedes manejar tú solo, pero un poco de ayuda nunca está de más. —dijo el coronel observando el gesto de alivio de su hombre.

—De acuerdo, jefe, como usted ordene. Delo por hecho.—repuso Philips con gesto adusto.

—Ah y dile a los chicos que si quieren ir a ese burdel a echar un buen polvo pueden hacerlo, pero no quiero que armen ningún escándalo, no quiero tener a esa gente sobre aviso.

Con un guiño cogió un par de habanos y se los lanzó antes de despedirlo. El hombre los aceptó agradecido y se fue cerrando la puerta con delicadeza.

Davenport dio otra calada y lo observó salir entre la niebla de su propio humo, deseando que librarse del forastero fuese tan fácil como su hombre le había prometido.

 

LUJURIA

 

Tras una larga siesta, John había vuelto a bajar para ocupar su puesto de nuevo. Aquel hombre cada vez la confundía más. Desde la barra le observaba allí sentado al fondo del local con la silla recostada contra la pared, el cigarrillo colgando de la comisura de la boca, la botella de whisky a mano y las botas apoyadas en la mesa, sin hacer un solo movimiento, como si se tratase de una parte más del mobiliario.

¿Cómo aquel hombre, aparentemente tan estático e inexpresivo, podía haberla excitado de aquella manera tan solo con una mirada? ¿Habría sentido él lo mismo al mirarla? ¿Por qué había elegido a Xiaomei, la puta que menos se parecía a ella?

Por otra parte, Betsy ya había hablado de sus noches locas con aquel hombre y todas las putas estaban emocionadas y ansiosas por cabalgar al semental menos Xiaomei, que se mantenía tan indiferente como siempre.

La entrada de Davenport vistiendo como siempre su impecable traje blanco le sacó de sus pensamientos.

—Buenas tardes, querida.

—Hola, coronel. ¿Un bourbon? —preguntó ella sacando la botella y un vaso con gesto serio.

—Gracias, Suzanne —dijo el hombre aceptando el vaso que la mujer le tendía— ¿No bebes conmigo?

—Sabes de sobra que solo lo hago con mis amigos.

—Veo que ya tienes sustituto para Lucas. —dijo el coronel acodándose en la barra y echando al forastero una mirada fugaz, que no dio muestras de darse por enterado.

—Sí y tengo entendido que ya has charlado un rato con él.

—En efecto, parece un hombre de talento, intenté contratarlo, pero parece que eso de dos tetas tiran más que dos carretas, en este caso, es cierto.

La joven sonrió, pero no dijo nada.

—Pero no te confundas. —intervino Davenport ligeramente irritado por la actitud de la mujer— Si yo decido hacer desaparecer este garito, ni el mismo diablo, y menos ese vagabundo podrán impedirlo. Créeme si te digo que lo que más te conviene es asociarte conmigo. Juntos, este apestoso lugar pronto quedará a nuestras espaldas.

Suzanne no dijo nada, su mirada fría y cortante era suficiente respuesta. El coronel apuró su copa y tras invitar a una ronda a los parroquianos presentes, se despidió disculpándose por no poder quedarse a ver el espectáculo del día.

Suzanne lo vio alejarse ahogando un suspiro de alivio. Inmediatamente miró a John que permanecía en la misma postura, la única señal de que continuaba con vida era el regular avivamiento de las brasas de su cigarro.

 

IRA

 

Aquella noche había sido inusualmente tranquila. Habían acudido algunos hombres de Davenport, fácilmente reconocibles por sus gabanes de vago aire militar, pero su comportamiento había sido exquisito, ni siquiera se habían atrevido a tocar el culo a las chicas cuando se acercaban a servirles los tragos durante la actuación y eso le hizo pensar que algo estaba tramando aquel viejo cabrón.

Desde su sitio, con el Stetson echado ligeramente hacia adelante, fingía dormir, pero estudiaba a todos sus adversarios, quién se sobresaltaba con un ruido brusco, quién cojeaba o bebía más de la cuenta, todo lo que podía resultar una ventaja para él.

A eso de las dos de la madrugada, llegó el sheriff. No le impresionó demasiado, desde su silla oyó los chistes sobre la proverbial pereza del único agente de orden público de la ciudad, algunos incluso llegaron a insinuar entre risas que cuando se llevaba una puta arriba solamente se tumbaba en la cama y hacia que la chica de turno se la mamase.

Ajeno a los chascarrillos, el hombre se paseó por el local saludando a unos y a otros, parándose y charlando un poco más  con los hombres de Davenport mientras se tocaba el parche de su ojo izquierdo de vez en cuando. Finalmente hizo una señal a una de las furcias y subió con ella al primer piso. Cuando volvió sonreía satisfecho mientras el resto de la parroquia se daba codazos y ocultaban como podían las carcajadas.

A eso de las tres de la mañana el último cliente, medio andando, medio a rastras abandonó el local.

Se estiró, bostezó, inclinó su sombrero hacia Suzanne y subió las escaleras. La madame hizo una señal a Xiaomei que siguió al forastero con un bufido mientras el resto de las prostitutas le lanzaban miradas de envidia mal disimuladas.

—Está bien folastelo, acabemos cuanto antes.

Xiaomei era una mujer china de edad indefinible entre los diecinueve y los cuarenta años. Era pequeña, no debía pasar de uno cincuenta y tenía un cuerpo esbelto con unos pechos pequeños y redondos y un culo respingón.

Su cara era redonda, de ojos grandes, oscuros y rasgados y nariz fina y pequeña. Su boca era pequeña y tenía los labios gruesos pintados de un rojo brillante. La mujer le miró con gesto hosco y se quedó quieta con su vestido largo y entallado de seda oscura y cerrado con unos botones plateados en el hombro izquierdo.

John se sentó en la cama y observó la larga y gruesa trenza de la oriental que le llegaba más allá del culo. La mujer se inclinó ligeramente en muestra de respeto y se desabotonó el cierre del vestido quedando totalmente desnuda frente a él.

Tenía el cuerpo moreno con unos pechos pequeños de pezones diminutos y ni un solo pelo en el cuerpo. John estaba acostumbrado a ver como algunas de las mujeres con las que había tenido relaciones se afeitaran los pelos de las piernas o se los aclararan con agua de camomila, pero nunca había visto un sexo totalmente libre de pelos. La piel suave del pubis y el sexo de la joven eran una irresistible tentación al pecado.

—¿Le gusta lo que ve, mi señol?

—Desde luego —respondió John con un silbido de aprecio.

—Entonces, ¿Podemos empezal de una vez? me gustalia acostalme antes de que amaneciese. —replicó ella sin mutar su rostro.

—Para empezar, deja ese rollo del acento, sé que todos los chinos habláis nuestro idioma correctamente y hacéis eso solo para irritarnos y créeme, solo parecéis más estúpidos.

—Vale forastero, no fingiré que no sé pronunciar las erres, pero tampoco pienso fingir que follarme un paleto salido de la nada me va encantar.

John se levantó y se acercó a ella obligándola a estirar el cuello para poder seguir mirándole a los ojos. La chica intentó retrasarse un par de pasos para no tener que aguantar la incómoda postura, pero John avanzó a su vez evitándolo.

Con un movimiento rápido, la cogió por las axilas y la puso a su altura, besándola con violencia. La mujer cerró los ojos y se resistió, pero la lengua del forastero fue implacable penetrando en su boca profundamente e impregnándose con su intenso aroma a jengibre.

La joven se rindió y agarrándose con sus esbeltas piernas a la cintura de John le devolvió el besó fría y profesionalmente. El hombre apartó las manos de las axilas de la prostituta y acarició y palpó su cuerpo con suavidad mientras se acercaba de nuevo al lecho.

Con un movimiento rápido se separó de la china y la lanzó con violencia, haciendo que rebotara en el colchón. La puta quedó allí tumbada, mirándole con desprecio mientras se quedaba con las piernas abiertas mostrándole su sexo abierto.

John lo acarició unos instantes antes de lanzarse sobre él y envolverlo con su boca. El movimiento fue tan repentino y placentero que la mujer no pudo evitar doblarse en torno a la cabeza de John a la vez que soltaba un largo gemido.

Ignorando los tirones de pelo de Xiaomei, siguió chupando acariciando y mordisqueando, observando como aquella vulva se coloreaba ligeramente y se hinchaba poco a poco abriéndose como una flor.

La mujer, con los ojos cerrados, se retorció y gritó, sintiendo como el placer recorría su cuerpo como hacía tiempo que no recordaba.

Sin darle tregua, comenzó a desplazar su boca por su vientre, en dirección a sus pechos. Se metió uno de ellos entero en la boca, chupando con fuerza mientras con su lengua jugaba con el diminuto pezón. La mujer cerró los ojos y emitió un gemido ahogado, apenas poco más que un suspiro.

Finalmente sus caras quedaron a la misma altura. John le acarició la mejilla con suavidad y la miró haciendo que la mujer temblase con una mezcla de temor y deseo. Él rozó la entrada de su sexo con la punta de su glande provocándole un nuevo gemido.

Rodeando la cabeza de la prostituta con sus brazos, le dio un beso largo, lento y profundo mientras pegaba su cuerpo contra el de la joven.

Xiaomei cogió el miembro con sus diminutas manos y sin esperar más, lo dirigió a la entrada de su coño. Esta vez el quejido fue audible cuando el respetable miembro  entró en el estrecho canal y presionó sin piedad hasta llegar al fondo.

La prostituta hundió los dedos en sus espalda y sus pies se crisparon mientras sus ojos se achicaban y se mordía los labios en un gesto indescifrable.

John se separó y se dejó caer dentro del coño obligando a la mujer a recurrir a toda su fuerza de voluntad para no gritar de placer.

Todo lo que tenía Betsy de voluptuoso y extravagante lo tenía Xiaomei de adusto y controlado. John notaba que sus empujones le producían una mezcla de placer y disgusto al sentirse a merced de un desconocido.

Agarrándole la cabeza para obligarla a mirarlo a los ojos, le dio una serie de brutales y rápidos empujones que terminaron en un monumental orgasmo de la puta. Con un grito agudo todo su cuerpo se paralizó recorrido por oleadas de placer mientras John la agarraba por las caderas y la follaba sin tregua.

Tras unos segundos la mujer recuperó el dominio de su cuerpo y con una expresión que a él le pareció de turbación o vergüenza se separó y se disculpó por haberse corrido antes que él.

Xiaomei le indicó que se tumbara boca arriba y se sentó sobre él, impregnándole el pubis con los jugos de su orgasmo. Con un largo suspiro se metió  la polla de John  y comenzó a mecerse lentamente mientras jugueteaba con su trenza con aire ausente. Alternando los movimientos de vaivén con movimientos circulares, fue llevando a John al borde del orgasmo y en ese momento se paraba para empezar de nuevo un poco después, así una y otra vez poniendo a John al borde de la locura.

Satisfecha, la mujer observó cómo era él ahora el que perdía el control y levantándola como si fuese una pluma la puso a cuatro patas y la penetró con violencia. La joven gimió y sus miembros temblaron ante el desafió de soportar el peso de aquel hombre que resoplaba y sudaba encima de ella, empujando en su coño con fuerza y provocándole un intenso placer.

John cogió la trenza de Xiaomei y rodeando su delicado cuello con ella se irguió y tiro de ella redoblando la intensidad de sus embates.

La prostituta sintió como el aire llegaba con dificultad, el miedo y la falta de oxígeno hicieron que su placer se intensificara haciendo que todo su cuerpo burbujeara justo en el momento en que con un último y violentísimo empujón el forastero se corría en ella. El calor del semen fue el último estimulo que hizo que todo su cuerpo volviese a estremecerse arrasado por un segundo orgasmo.

La joven se estremeció y pugnó inútilmente por ahogar un largo grito de placer mientras él se descargaba una y otra vez.

Se tumbaron exhaustos. John observó como la mujer jadeaba y luchaba por volver a recobrar el control y encendió un cigarrillo, acercándose a la ventana. Allí fuera, intentando pasar desapercibido en las sombras, alguien le vigilaba. Las brasas de un puro le habían delatado. Se giró. La mujer le hizo un signo para que volviese a la cama. Se tumbó a su lado y dejó que Xiaomei le rodeara con sus brazos mientras él daba largas caladas al cigarrillo.

Aquel polvo, unido a la larga jornada aguantando a hombres rudos y sedientos de sexo, habían terminado por extenuarla y en poco minutos la joven dormía profundamente.

Con delicadeza, apartó a la mujer y se vistió en silencio. Cogió los Colt y el enorme cuchillo Bowie y se dirigió a las cocinas. En el fondo de la estancia había una ventana que daba a la parte trasera del edificio y que estaba a poco más de metro y medio del suelo.

Rodeó el edificio y tras apagar su cigarrillo echó un largo vistazo. En un par de minutos descubrió a otro hombre en el porche del edificio que había a su izquierda. Evaluando rápidamente la situación, decidió que debía ser el del otro lado de la calle el que debía morir primero.

Dio un largo rodeo para moverse fuera de la vista de los desconocidos y se acercó por detrás al lugar dónde había descubierto al primer hombre. No había duda, por su altura y la forma que tenía de apoyarse en la pared mientras esperaba, solo podía ser Philips.

En total silencio se acercó con el enorme cuchillo y agarrándole por los hombros le dio tres rápidas cuchilladas en el corazón, tal como había aprendido en el ejército de aquel instructor francés.

El hombre soltó un largo estertor que alertó a su cómplice. El compañero se acercó corriendo. Con el arma preparada, intentó escudriñar las sombras, pero cuando estaba a menos de diez metros John cogió el cuchillo por la punta y se lo lanzó clavándolo hasta la empuñadura en el ojo izquierdo de Jackson y matándolo en el acto.

Mirando a ambos lados cautelosamente arrastró el cuerpo del segundo hombre a la oscuridad y tras dejarlo apilado sobre el de Philips, sacó la hoja del cuchillo del ojo de Jackson y le volvió a apuñalar un par de veces antes de limpiar la sangre y los restos de tejido cerebral en la camisa de franela de la víctima.

Tras asegurarse de que los cadáveres estaban ocultos en las sombras volvió a dar un rodeo antes de entrar de nuevo en el saloon. Cuando se metió de nuevo en la cama, la prostituta seguía durmiendo tranquilamente, ajena a todo lo ocurrido.

 

Capitulo 3: Quien a hierro mata a la barbacoa muere.

 

PEREZA

 

Aquella mañana hubiese preferido no levantarse. No todos los días aparecían dos esbirros de Davenport cosidos a puñaladas en la calle. Apenas había tenido tiempo de comerse unas gachas cuando Davenport apareció en su oficina hecho una furia.

—¡Levanta de ahí ese perezoso culo que tienes y haz algo! —exclamó el coronel— Acaban de matar a dos de mis hombres y tu cebándote como un cerdo.

—La última vez que me encontré con un fiambre en similares condiciones, creo que me dijiste que ese tipo de casos no me incumbían y que me dedicase a comer y fornicar que era lo mío. —respondió el sheriff sin dejar de masticar.

—Sabes perfectamente a que me refería, hijo de perra, ahora es distinto. —replicó Davenport dando un puñetazo en la mesa—Mandé a esos hombres para que se encargaran del forastero y esta mañana han aparecido muertos. Quiero que lo detengas y lo cuelgues del árbol más alto que encuentres.

—No nos engañemos, coronel. —respondió el sheriff tocándose nerviosamente el parche que tapaba su ojo—Cuando hiciste que me nombraran sheriff de este cochino lugar lo hiciste para que me ocupase de las peleas de borrachos y los robaperas, ahora no pretendas que me juegue el pellejo...

—Yo fui el hombre que te ha puesto en esa silla y yo te puedo quitar cuando quiera. —le interrumpió el coronel.

—No lo dudo. ¿Y a continuación qué harías? Sabes perfectamente que no hay nadie en este lugar que quisiese mi puesto en estas circunstancias. —dijo el sheriff limpiándose el mostacho con la manga de la camisa— No voy a detener a nade, sin embargo iré allí, echare un vistazo y le haré unas cuantas preguntas al forastero.

Davenport le miró, pero no dijo nada. Podía sentir como la ira y el deseo de venganza ardían en el corazón de aquel despiadado hombre. Donegan sabía que su margen de maniobra era estrecho, no debía ofender a su amo, pero tampoco estaba dispuesto a enfrentarse a un tipo tan peligroso como Strange. Le habían contado la paliza que le había dado a Philips sin despeinarse y sabía que no tenía ninguna oportunidad contra él.

—Coronel, sabe de sobra que si ese tipo es el asesino, no se dejará detener así como así.  Sin embargo si descubro pruebas o testimonios fiables de que él acabó con ellos sin darles oportunidad a defenderse, nombraré ayudantes a los dieciocho hombres que te quedan y les dejaré matar a ese tipo como un perro amparados por la ley.

—¡Te basta con mi palabra!  —exclamó Davenport cada vez más soliviantado— ¡Mi palabra en este pueblo es la ley!

—Esto es todo lo que estoy dispuesto a hacer,  —dijo el sheriff levantándose y dirigiéndose a la puerta— ahora si me permite, coronel, he de trabajar, tengo entendido que se ha cometido un asesinato.

 

SOBERBIA

 

La verdad es que no sabía muy bien que hacia allí. Era obvio que por mucho que hiciese por aquellos tipejos, nada impediría que ardiesen en el infierno por toda la eternidad. Jenkins le había avisado de lo que había pasado y se había visto obligado a acudir.

Los dos hombres yacían apilados como dos maderos y rodeados por un charco de sangre. Las moscas, pese a que apenas eran las diez de la mañana, ya revoloteaban en gran número alrededor de ellos, entrando en las heridas correteando por la cara y zumbando alrededor de los ojos y la boca de los cadáveres, provocándole nauseas con su ansia de sangre.

El doctor Jenkins se agachó y empujó el cadáver que estaba encima de modo que los dos cuerpos quedaron tumbados boca arriba con la expresión de sorpresa aun marcada en sus rostros yertos.

Él hizo lo mismo a su lado y murmurando una oración les cerró los ojos, provocando con el gesto que una espesa nube de moscas se levantara indignada. Asustándolas con su sombrero se apartó y siguió murmurando sus oraciones.

—¡La leche, reverendo! Es peor de lo que me imaginaba. —exclamó  el sheriff al llegar al lugar del delito— ¿ Y usted qué opina, Jenkins?

—Que están muertos y bien muertos. —dijo el médico pegando un trago a una petaca que llevaba consigo y ofreciéndosela a los demás.

—Vamos, hombre. Sé que puede hacerlo mejor. Son hombres de Davenport y si no aclaramos esto rápidamente la ciudad se va a convertir en un avispero.

El predicador vio como Jenkins le miraba y  hacia una  mueca, pero no decía nada. El sheriff tenía razón así que decidió hacer su trabajo, aunque solo fuera por evitar que se produjese un baño de sangre.

—Parece que llevan varias horas muertos. El rigor mortis ha comenzado a establecerse, —dijo el médico señalando una pierna de uno de los cadáveres grotescamente retorcida— pero no está totalmente instaurado. —continuó forzando la vuelta del miembro a su lugar original sin demasiado esfuerzo— Por la pinta yo diría que entre cuatro y ocho horas.

—Ya veo y por esas marcas de ahí se nota que a uno de los cuerpos, probablemente el de debajo, le mataron ahí mientras que al de arriba lo mataron en plena calle y lo arrastraron hasta aquí para que quedase oculto a la vista. —añadió el predicador.

—Tienes razón, por la forma de las cuchilladas, a este le sorprendieron por detrás y le clavaron un cuchillo con un filo enorme. —dijo Jenkins señalando las terribles heridas— Al otro sin embargo, lo acuchillaron de frente, probablemente le lanzaron el cuchillo desde corta distancia y luego le dieron otro par de cuchilladas para asegurarse, aunque debió de caer muerto tras la primera.

—Así que tenemos a un virtuoso del cuchillo... No sé... —dudó el sheriff.

—Entiendo lo que estáis pensando, —intervino el reverendo— un ataque por sorpresa, un asesino silencioso y que maneja las armas blancas con una precisión pasmosa. Si no fuese porque nunca se han atrevido a aparecer por aquí, juraría que era cosa de los indios. Esos desalmados son especialistas en este tipo de acciones.

—Sí y además el atacante se paró a borrar sus huellas cuando terminó. ¿Veis esas marcas? Es evidente que a medida que se iba borraba sus huellas. Indio o no, es un tipo listo. —sentenció el sheriff— En fin, puedes llevarte los cuerpos, Jenkins. Haz un buen trabajo con ellos, Davenport está de un humor de perros.

—De acuerdo Sheriff. —dijo Jenkins tomando medidas para los ataúdes— Ya he mandado avisar a mi ayudante, vendrá en unos minutos con la carreta.

—Yo voy a hablar con mi único posible sospechoso.

El reverendo Blame observó al Sheriff dirigirse con su típico paso cansino al saloon. No tenía ni idea del por qué, pero estaba seguro de que el sospechoso era aquel forastero del que su hijo le había hablado. Su hijo siempre había tenido una sensibilidad especial a la hora de predecir acontecimientos y cuando le había dicho que el desconocido tenía los ojos de un arcángel o los de un demonio se lo había tomado en serio.

Estuvo a punto de preguntarle si podía acompañarle. Tenía curiosidad, pero al final decidió que si Dios creía que era necesario que conociese aquel hombre, se encargaría de ponerlo en su camino. Murmurando una última plegaria se despidió y volvió a casa, tenía que pensar en un responso adecuado para aquellos dos facinerosos. Le iba a costar encontrar algo amable que decir en su favor.

 
 

IRA

 

Estaba terminando los el desayuno cuando Donegan apareció por la puerta con su estrella brillando en el pecho.

—¡Vaya! ¡Qué sorpresa! el Sheriff Donegan madrugando. —exclamó Suzanne desde la barra— ¿A qué se debe el honor?

—Hola Suzanne. —respondió Donegan sin darse por aludido— Ponme un Whisky.

—Así que la sed ha sido la que te ha obligado a levantar el culo de esa silla. —dijo la mujer con sorna mientras le servía un trago.

—No es eso. Philips y Jackson han aparecido asesinados ahí enfrente y no ha sido muy agradable, necesito algo fuerte para quitarme este hedor de la nariz.

John notó la mirada escrutadora del sheriff, pero lo esperaba así que se limitó a seguir comiendo los cereales tan inexpresivo como siempre.

—No parece haberle sorprendido la noticia. —le dijo el sheriff tuerto.

—Solo conozco a uno de ellos, pero si el otro era igual de estúpido, yo valoraría la posibilidad de que se hubiesen matado entre ellos. Independientemente de lo que haya pasado, este mundo es un lugar duro y que dos personas acostumbradas a usar la violencia como herramienta de trabajo mueran asesinadas no tiene por qué extrañarme.

Imágenes del asesinato pasaron por su mente, al igual que las imágenes de su mujer y su hijo atados y amordazados en medio de un infierno de humo y llamas. En cualquier persona aquel recuerdo le hubiese conmovido, pero  hacía tiempo que las lágrimas se  habían secado en sus ojos y tenía el corazón seco y duro como una piedra. Así que el sheriff solo pudo ver unos ojos fríos, duros y muertos...

—Entonces, ¿No ha tenido nada que ver con este suceso? —preguntó "tuerto" Donegan yendo directamente al grano.

—No, por supuesto. Yo no tenía nada contra esos hombres. A Philips le dejé claro que no se debía jugar conmigo y no lo volví a ver desde que tuve ese encontronazo del que probablemente se habrá enterado. Si no, no estaría aquí.

—¿Dónde pasó esta noche? —preguntó el sheriff.

—Estuve en mi habitación. Me follé a la chinita y dormimos hasta hace un rato.

—Sabes que no puedo fiarme de la palabra de una puta.

—Me importa un huevo si te fías o no. Esa es la verdad, puedes ir y preguntarle o puedes ir a la oficina de Davenport e inventarte una historia mejor.

—¿Tienes un cuchillo de caza?

—Sí, como todo aquel que se ve obligado a vivir de lo que encuentra, ¿O tú despellejas las ardillas con los dientes?

El sheriff le miró largamente intentando evaluar las respuestas, sin hacer ninguna pregunta más. El coronel le había presionado, pero tampoco estaba dispuesto a intentar acusar sin pruebas ni apoyo a un tipo tan peligroso. Es más, le daba la impresión que quería creer la historia que le estaba contando con tal de que en el pueblo se desatase una tormenta que solo podía acabar en un baño de sangre.

—Está bien, hablaré con la puta china. Si es cierto lo que has dicho te descartaré como sospechoso. Yo también me he follado esa tipa en alguna ocasión y estoy seguro de que si me has mentido esa perra insensible me lo contara sin vacilar un instante.

John se encogió de hombros. En realidad le daba igual lo que ese hombre hiciese. Sabía perfectamente que Davenport no dejaría de sospechar de él, independientemente de lo que Donegan le dijera.  En unos días el sheriff tendría que apartarse de su camino o morir como el resto de los hombres de Davenport y todo aquello no importaría.

Suzanne llamó a Xiaomei y el sheriff habló un rato con ella. Tras confirmar que no se había movido de su lado se despidió obviamente aliviado y salió del establecimiento apresuradamente.

 

LUJURIA

 

Siempre se le había dado bien leer la mente de la gente. Es más, eso le había ayudado en el principio de su carrera cuando solo era una puta más. Adivinando los deseos de sus clientes y anticipándose a ellos, se había ganado una reputación y había ganado suficiente dinero para montar su propio negocio y dejar de vender su cuerpo antes de que lo carcomiesen las enfermedades.

Sin embargo ese hombre había creado una coraza tan gruesa en torno a su persona que no podía detectar nada. La única pista que le dio de su estado de ánimo fue una ligera contracción de sus pupilas cuando el sheriff había mencionado el asesinato, pero nada más.

El sheriff era un vago, pero no un estúpido, si había venido era porque tanto él como Davenport tenían razones para creer que John Strange tenía algo que ver.

Lo más jodido de asunto es que todo aquel misterio y el evidente poder que emanaban aquellos ojos le atraían como no lo había hecho ningún hombre en su vida. Cada vez que elegía una mujer para yacer con ella una oleada de celos y resquemor hacia sus empleadas le invadía. Afortunadamente el forastero no era el único que sabía ocultar sus sentimientos.

—No está mal. Llevas apenas tres días aquí y ya has recibido la visita del sheriff. —dijo solo para apartar de su mente aquellos pensamientos.

John la miró un instante, de nuevo sus pupilas se contrajeron y creyó entrever un fugaz gesto de ira.

—Es normal que Donegan se haya acercado a preguntarme por Philips, no hace falta que te diga por qué. Si crees que esto puede influir negativamente en tu negocio lo entenderé y me despediré...

—No digas tonterías. —se apresuró a intervenir— Solo digo que tengas cuidado. Cuando alguien incómoda a Davenport la cosa suele ponerse fea. No me gustaría que acabaras como esos dos de ahí fuera.

—No te preocupes, si Davenport viene a por mí me ocuparé de él. —replicó el inclinándose sobre  la barra y cogiendo una botella de Whisky.

Al hacerlo sus cuerpos entraron en contacto, un segundo nada más, pero eso bastó para que el deseo abrumara a la joven. Para tener las manos ocupadas sacó dos vasos y los puso sobre la bruñida madera de la barra.

John  llenó los vasos. Cogiendo el suyo, Suzanne lo entrechocó con el del forastero y se bebió el contenido de un trago.

Suzanne fue ahora la que llenó los vasos y sus miradas se volvieron a cruzar mientras brindaban y apuraban sus vasos.

—¿Dónde aprendiste a beber así? —preguntó el forastero.

—A cientos de millas al este, hace ya lo que me parece una eternidad, —respondió rezando para que John achacase el rubor de sus mejillas a los efectos del whisky— pero no es una gran historia. Mi primer trabajo consistió en cantar en un antro de mala muerte y dejarme invitar por los clientes. Pronto descubrí que si quería dejar aquella vida algún día debería hacer algo más y empecé a prostituirme. No estoy orgullosa, pero tampoco tenía muchas opciones habiéndome criado en un orfanato de dónde escape tan pronto como pude.

—No te juzgo. Tampoco yo estoy orgulloso de algunas cosas que he hecho en mi vida... y de otras que pienso hacer. —dijo John cogiendo la botella y subiendo a su habitación.

La mujer observó aquella espalda alejarse de ella, pensando que en otra vida, en otras circunstancias, tal vez...

Con un suspiro salió de la barra y cogió una sombrilla. Tenía que  dar un paseo y despejarse un poco.  En cuanto salió del saloon el sol hirió sus ojos y el viento del este, seco y cargado de polvo maltrató su delicada piel.

Jenkins ya se había llevado los cadáveres, así que no pudo ubicar exactamente el lugar del crimen. Si de algo estaba segura es de que Davenport había mandado vigilar al forastero y que al forastero no le había gustado. Sintió como un escalofrío recorría su cuerpo. Estaba segura de que John Strange se había cargado a aquellos hombres. Y estaba segura de que Davenport lo sabía y no se iba  a quedar de brazos cruzados.

Fenton, un viejo minero, cliente asiduo de sus chicas, se cruzó con ella y la saludó respetuosamente. Sus largos y colgantes bigotes se movieron cómicamente cuando el murmuró un buenos días y ella no pudo evitar una sonrisa al saludarle a su vez antes de continuar su camino.

Al parecer la noticia había corrido por la ciudad porque esta parecía desierta como si estuviese dominada por una calma expectante, la calma antes de una tormenta.

Inevitablemente, su mente volvió a centrarse en el forastero. Cada vez estaba más segura de que aquel hombre no había llegado allí por casualidad. Estaba casi convencida de que su objetivo eran Davenport y sus hombres, lo que no entendía era como pensaba acabar él solo con dos docenas de hombres armados hasta los dientes y cuyo oficio era la violencia.

Lo que estaba claro es que pasase lo que pasase, cuando todo aquello terminase, el pueblo cambiaría para siempre.

 

ENVIDIA

 

La señora Jenkins tuvo que tragarse una mueca de disgusto al ver aparecer a aquella meretriz en el umbral de su establecimiento y sonreírle mientras la observaba intentando inútilmente sacar defectos a aquel cuerpo joven y voluptuoso y al vestido de seda verde que le sentaba como una segunda piel.

—Buenos días, señora Jenkins. —saludó la joven cerrando su sombrilla y permitiéndole a la vieja harpía observar un rostro bello de tez pálida, con unas pocas pecas recorriendo sus pómulos.—Va a ser un día caluroso

—Como el infierno, señorita Holt. —dijo la mujer intentando recordarle a la joven que eso era lo que le esperaba tras una vida dominada por la vileza y la lujuria.—¿Qué le trae por aquí?

—Me preguntaba si han llegado los encajes que encargué. —respondió la joven echando un vistazo a la mercancía y cogiendo un poco de fruta y unos caramelos para sus chicas.

—Lo siento, aun no han llegado, —dijo Cordelia a pesar de que le habían llegado hacia casi una semana— pero estoy segura de que no tardaran.

—Está bien. No corre prisa. —repuso la joven paseándose por el almacén y curioseando entre el género.

Como siempre, Cordelia no le quitó ojo. Observó cómo las manos finas y suaves con las uñas largas y pintadas de dolor rosa acariciaban y sopesaban, eligiendo unas cosas y descartando otras. Unas manos que no se habían roto jamás una uña realizando un trabajo honesto.

La joven levantó la cabeza y la pilló mirándola fijamente. Sonrió y Cordelia, para evitar el apuro, comenzó a hablarle de las bonanzas de aquella simiente de maíz que la joven inspeccionaba con curiosidad, a pesar de que sabía perfectamente que la joven no iba a comprarla.

Un golpe en la parte trasera las sobresaltó. Un "perdón" surgió de las profundidades de la tienda mientras la tendera fruncía el ceño.

—Es Mike. Está preparando a los hombres de Davenport.

—¿Se sabe algo? —preguntó Suzanne sin  poder ocultar un ligero escalofrío.

—Poca cosa. Mi Mike dice que, por la habilidad que mostró el asesino con el cuchillo, no deberíamos descartar a los indios...

—¡Que indios ni que cojones! —exclamó Davenport con voz estentórea mientras entraba en la tienda como un huracán— El culpable de todo esto es ese maldito forastero que acoges bajo tu techo. —añadió señalando a Suzanne con su dedo índice y provocando un nuevo escalofrío en la joven.

—Strange pasó toda la noche en una de mis habitaciones en el saloon. —intentó Suzanne defenderle y de paso a sí misma.

—Sí, puede ser verdad o puede que una de tus asquerosas furcias este defendiéndole. Que no me entere de que ninguna de tus chicas está ayudando a esa alimaña o no voy a ser tener misericordia con ellas.

Después de la funesta advertencia hizo una ligera inclinación de cabeza y desapareció tras el mostrador para hablar con el médico.

Sin poder evitar el placer de ver el terror en los ojos de aquella joven prostituta, Cordelia empaquetó con habilidad  las compras de la joven y la despidió diciéndole que solo era el cabreo del momento y que si realmente habían sido los indios, ella no tenía nada que temer mientras en su interior se regocijaba. Davenport no era un hombre al que se podía manejar solo con un chocho y cabreado era un enemigo muy peligroso. Aquella puta estaba metida en un serio problema.

 

LUJURIA

 

Aquella situación se estaba volviendo explosiva. El coronel jamás la había amenazado y temía que utilizase aquel incidente para intentar hacerse que su saloon por la fuerza.

Si de algo estaba segura es de que el forastero se había cargado a los dos hombres de Davenport. No sabía cómo ni por qué, lo que le ponía a ella en una situación extremadamente delicada. Tenía a John de su lado pero, ¿Podía fiarse de su lealtad o escaparía como un conejo a la primera señal de peligro?

Su instinto le decía que el forastero tenía cuentas pendientes con aquel hombre y en sus ojos fríos y grises podía ver una determinación que la atemorizaba, pero Davenport tenía veintidós... Bueno, ahora veinte hombres. No sabía si aquel hombre solo, por muy hábil que fuera, sería capaz de acabar con el tirano.

El sudor comenzó a correr por su pecho y sus muslos humedeciendo su cuerpo, entorpeciendo sus movimientos dentro del pesado y caluroso vestido y sofocándola. El calor había sido intenso ese día y no dudaba que también lo sería durante la noche.

Cuando entró en el saloon, Strange, que ya había ocupado su puesto, se levantó y le ayudó con los paquetes. Sin que ella dijese nada fue tras la barra y le sirvió una limonada fresca.

Suzanne cogió el vaso agradecida y apartándose un mechón húmedo que tenía pegado a la frente inclinó la cabeza hacia atrás y de varios tragos vació el recipiente consciente de que John observaba su cuello y su escote moverse mientras lo hacía.

—Acabo de encontrarme con Davenport. —dijo ella posando el vaso en la barra— Esta hecho una furia y te culpa de todo. Yo que tú cuidaría tus espaldas.

—No te preocupes por mí. —dijo el hombre sin cambiar la mortecina expresión de sus ojos— Se cuidarme.

—No solo tú me preocupas. Soy responsable de un negocio y tampoco quiero que les pase nada a mis chicas.

—Tranquila ese hombre no os hará nada. Os necesita para mantener el pueblo tranquilo. Además yo no me moveré de aquí.

La respuesta del forastero le confortó y le inquietó a la vez. Le había visto en acción y aquel hombre era rápido como una serpiente de cascabel, pero estaba casi segura de que si él no hubiese aparecido en su vida se las hubiese arreglado para lidiar ella sola con el coronel, al menos por un tiempo.

John lavó el vaso, lo colocó en un estante y se volvió a su sitio. Ella lo siguió con la vista admirando sus pasos seguros y tranquilos y por su puesto la forma en que su culo llenaba los raídos vaqueros.

En ese momento se dio cuenta de que hacia una eternidad que no echaba un polvo.

 

SOBERBIA

 

En aquel lugar dejado de la mano de Dios los muertos se enterraban lo antes posible. El calor hacia que en pocas horas la corrupción hiciese presa en ellos y no permitiese una vigilia adecuada.

Los dos hombres de Davenport yacían en sendos ataúdes de madera al lado de sus correspondientes agujeros en el atestado cementerio de Redención. El coronel y todos sus hombres echaron un último vistazo a los finados y los hombres de Jenkins cerraron la tapa mientras él se preparaba para darles una despedida adecuada.

Todo el pueblo se había dado cita en el funeral. Nadie se atrevería a afrentar a Davenport ausentándose. Las bateas dejaron de separar barro y oro, el saloon y el almacén cerraron y todos los habitantes del pueblo se presentaron de riguroso luto en el cementerio, fingiendo que no se alegraban de la muerte de  aquellos dos facinerosos.

Cuando miraba a la gente allí reunida se daba cuenta de lo lejos que quedaba Boston. Ahora sus sermones no trataban de conmover y exhortar como antes, si no que lo único que podía hacer con aquella caterva era atemorizarlos y amenazarlos con el fuego eterno.

Entre todos ellos, vestido con el uniforme de gala de coronel de La Unión, imponiéndose a todos con su corpulencia, estaba el coronel Davenport, mirándoles altanero con el ceño fruncido y su cara contraída en un gesto de furia.

Sus charreteras doradas y su sable probablemente teñido de la sangre de innumerables victimas intimidaba a los habitantes del pueblo, pero no a él. Miró un instante a su hijo, atento en primera fila a sus palabras y carraspeando ligeramente para llamar la atención de los presentes comenzó su sermón.

—Queridos conciudadanos, estamos aquí para despedir a Philips y a Jackson. Todos los conocíamos, eran grandes camaradas y grandes amigos, vivieron juntos la guerra de secesión y sufrieron juntos sus penalidades... y juntos aprendieron que el asesinato y el crimen podían ser rentables. —comenzó mirando fijamente a Davenport que no apartó su mirada.

—Pero no os equivoquéis, hermanos, el crimen y la violencia pueden ser rentables en este mundo pero tienen consecuencias... ¡Quién a hierro mata a hierro muere! La violencia solo engendra más violencia y puede convertir una población en un infierno y a los habitantes que miran a otro lado mientras el crimen campa a sus anchas, los condena a un infierno en vida. —dijo mirando esta vez al sheriff y luego al resto de los comparecientes.

—Nada de lo que diga en su favor servirá para salvar estas dos almas pecadoras. El infierno les espera para que den cuenta de todos los males que han causado en este mundo. ¡Dios no perdona a los asesinos ni a los impíos y tampoco a aquellos que los amparan y los disculpan!

—Esta es una ciudad de pecado. —continuó sin dar tregua a los allí reunidos— El diablo campa por aquí a sus anchas. El diablo del oro, el diablo de la corrupción, el diablo de la fornicación... —dijo fijando la vista en la joven dueña del saloon—Pero al igual que Dios en su infinita sabiduría puede salvar y redimir los pecados de estos hombres, esta ciudad aun puede salvarse. Pero debemos dar una giro de ciento ochenta grados a nuestras vidas, debemos devolver la dignidad a esta ciudad.

Calló unos instantes y observó a todos y cada uno de los presentes, intentando fulminarles con la mirada y transmitirles la trascendencia de sus palabras. Vio todo tipo de rostros, el despreció de Davenport y sus hombres, las miradas huidizas y nerviosas de la mayoría de los vecinos y las de vergüenza de los más piadosos.

—Ahora ruego una oración por las almas condenadas de estos hombres, para que Dios, en su infinita misericordia, les muestre el camino y salve  a estos hombres del fuego eterno.

Todos los presentes, menos el coronel, bajaron la cabeza y murmuraron unas últimas palabras en recuerdo de los finados. El reverendo Blame y el coronel Davenport cruzaron sus miradas, el odio que destilaban aquellas oscuras pupilas no le generaba ninguna duda, el discurso no le había gustado nada al coronel.

Estaba la gente a punto de abandonar el lugar cuando Davenport se adelantó y colocándose frente a ellos hizo un gesto para que todos le escucharan.

—Gracias por el sermón reverendo, lo tendré muy en cuenta en el futuro. —dijo de forma que a nadie le cupiese ninguna duda de la intención de sus palabras.

 

AVARICIA

 

—Philips y Jackson eran mis hombres. No eran perfectos, lo reconozco, pero estaban a mis órdenes y como empleados míos, quién los ha atacado, me ha atacado directamente a mí. —dijo golpeándose el amplio pecho con el dedo índice—El doctor Jenkins especula con que todo esto ha sido obra de esos harapientos pieles rojas que viven a dos días de aquí, pero todos sabemos que esto es obra de uno de los habitantes de este pueblo que actuó en las sombras, a traición y cuando lo encuentre pienso agarrar a esa sabandija y hacerla sufrir mucho antes de morir. —dijo el coronel con voz ronca y profunda.

—Ese asesino actuó en el centro el pueblo. Alguno de vosotros tiene que haber visto algo. —continuó señalando con el dedo a los presentes.—Ofrezco mil dólares a cualquiera que me pueda dar información por el asesinato de mis hombres. —dijo sacando un fajo de billetes y mostrándolo a los presentes para despertar la codicia de la gente— Y los daré con gusto, pero si alguno de vosotros me miente u oculta al asesino no tendré piedad con él. —continuó fulminando a Suzanne con la mirada— ¡La justicia en este pueblo soy yo! ¡Ni Dios, ni el mismo Lucifer, pueden quitarme ese privilegio!

Satisfecho vio como la gente bajaba la mirada dócilmente mientras él los interrogaba con la suya uno a uno. Todos menos esa maldita puta. Sabía que estaba aterrada de miedo, pero se mantenía firme vestida con un ceñido traje de luto que le gustaría arrancar a mordiscos antes de violarla. No pudo por menos que admirar su frialdad mientras se preguntaba si ese cabrón de Strange se la follaba.

—¿Y bien? ¿Alguien sabe algo?

—Lo único que sé, coronel, es que vi a Philips toda la tarde vigilando la entrada del saloon de Suzanne. —dijo el viejo Jewison.

Varios de los presentes asintieron y comentaron en voz baja la intervención del anciano pero no añadieron nada más.

—Eso ya lo sé. Estaba allí porque yo se lo ordené. —replicó el coronel — ¿Algo más?

Nadie dijo nada más. Por los rostros atemorizados era evidente que ninguno de los presentes había visto nada. Si supiesen algo lo habrían contado todo. Contrariado, se giró y se alejó del cementerio sin ver como les enterradores ponían las ultimas paladas de tierra sobre los ataúdes de sus hombres.

A pesar de todo no importaba. Sabía perfectamente quién era el culpable. Ese hijo de puta había llegado hacia menos de tres días y ya había matado a dos de sus hombres. Aun no sabía si quería llamar su atención o poner claro que no se podía jugar con él, pero lo que estaba claro es que John Strange había cometido un error de cálculo. No permitiría que nadie socavase su autoridad y menos un vagabundo con un par de revólveres como único patrimonio.

 Cuando terminase con él, ajustaría también cuentas con Suzanne y el reverendo Blame. Se habían acabado las buenas maneras. Se apoderaría del saloon y de aquellas putas por la fuerza, haría esclava a Suzanne, la follaría y la sodomizaría, dejaría que todos sus hombres se la pasasen por la piedra y luego le pegaría un tiro. Al reverendo lo compraría y si no aceptaba la plata, tendría que tragarse el plomo.

Subió al caballo, orgulloso de poder aun hacerlo sin ayuda de nadie a sus casi sesenta años y al paso se dirigió  a su casa. Tenía que planear sus próximos movimientos, había tiempo hasta que el forastero hiciese su siguiente movimiento...

O eso creía.

 

LUJURIA

 

A pesar del intenso calor vespertino, un sudor frío recorría su espalda. No cabía ninguna duda de a quién había dirigido el coronel sus amenazas. Tenía la sensación de haber apostado su vida y  sin tener siquiera una mano decente.

El Saloon estaba desierto. Sus chicas estaban escondidas en sus habitaciones con distintos grados de miedo mientras John estaba en su silla sentado, con el ala del sombrero tapándole los ojos, el cigarrillo en la boca y la botella de whisky en el suelo, a su lado.

Suzanne fue directamente a la barra y se sirvió un vaso de bourbon que bebió de un trago. Casi sin respirar se lo volvió a llenar y lo apuró de nuevo.

—No sé si has tenido algo que ver con todo este lío, pero Davenport va a por ti. —dijo la joven por fin un poco más tranquila.

John levantó el ala del sombrero y la miró un instante, pero no dijo nada.

—¿Es que no vas a decir nada? ¿Sabes que solo por estar tú aquí Davenport me ha amenazado directamente?

—¿Quieres que me vaya? —preguntó el observando la columna de humo de su cigarrillo subir hacia el techo.

Suzanne lo pensó un instante y el miedo estuvo a punto de paralizarla. Aunque quisiese, ya era demasiado tarde. Estaba segura de que Davenport ya había cambiado de estrategia con respecto a ella y el forastero solo era una excusa. Si John se fuese, nada cambiaría y su intuición insistía tercamente en que ese hombre era el que había estado buscando toda su vida.

—No, por supuesto que no quiero que te vayas. Primero porque nadie ha demostrado que hayas sido tú. Segundo porque Davenport no se va a detener aunque tu desaparezcas y tercero...

—Sí, ¿Cuál es el tercer motivo? —dijo Strange acercándose a la barra, poniéndose frente a ella y sonriendo socarronamente.

—Yo...

Aquellos ojos grises la miraron con tal intensidad que todas sus ideas se esfumaron y se encontró tartamudeando. Suzanne cerró sus labios sintiendo como la intensidad de la mirada de John hacia que todo su cuerpo despertara. Sus labios se acercaron desde ambos lados de la barra con una lentitud torturante. La distancia entre ellos fue disminuyendo. Incómoda con el sombrero se lo quitó dejando que una cascada de pelo rojo cayese sobre sus hombros.

En ese momento los ojos de John cambiaron, durante un instante pareció que se anegaban en lágrimas para a continuación congelarse convirtiéndose en la mirada fría y muerta de siempre.

Suzanne se sintió entre triste y desesperada. Aquel hombre era tan evasivo como el humo de su cigarro. Cada vez que creía tenerlo se esfumaba como un fantasma...

—Creo que hoy no va a atreverse nadie a salir de casa. Así que si no me necesitas...

Sin pedir permiso cogió cuatro botellas de bourbon y se las llevó escaleras arriba, seguramente a buscar una de sus putas para pasar la noche. Suzanne le observó pugnando por controlar las lágrimas de frustración.

 —La tercera es porque te quiero, maldito gilipollas —susurró la joven mientras tiraba el sombrero con furia contra el suelo.

 

IRA

 

¿Qué coños estaba haciendo? La ventaja que tenía sobre Davenport es que no tenía nada que perder. Todo lo que apreciaba en este mundo se lo había arrebatado aquel cabrón, pero si se enamoraba sería de nuevo vulnerable. Gracias al Diablo, la visión de aquel cabello rojo cayendo sobre los hombros de Suzanne, despertó en él recuerdos de su mujer y le devolvió a la realidad.

Aquella mujer era otra furcia más. No le importaba lo que le pasase. No importaba lo que le sucediese a aquel jodido pueblo mientras el coronel y sus hombres acabasen todos en el infierno. Subió las escaleras y pegó un largo trago a una de las botellas mientras que con la  mano libre llamaba a la habitación de Corina.

—¡Vaya! Parece que hoy toca fiesta. ¿Pero no crees que te pasas un poco con el alcohol, cariño? —preguntó Corina a modo de saludo.

Sin responder, empujó  a la puta dentro de su habitación y dejando las botellas en el suelo se abalanzó sobre ella.

Corina era una de las putas más guapas de Suzanne, con un pelo fino, rubio y lacio que le llegaba un poco por debajo de los hombros, unos ojos grandes y azules como el mar y un rostro angelical que le recordaba un poco al de la dueña del saloon. Sus piernas eran largas y esbeltas, sus caderas generosas y su pechos exuberantes le daban una forma de reloj de arena irresistible que ella no dudaba, como el resto de sus compañeras en exagerar apretándose el corsé al máximo.

Además tenía fama de ser la más viciosa de todas y aquella tarde necesitaba ser odioso y repugnante. Antes de que la puta pudiese incorporarse, le quitó las enaguas y separándole las piernas le metió la polla de un golpe.

—¿Estás hambriento, vaquero? —preguntó Corina confundiendo su ansia por olvidar a Suzanne con  deseo por ella.

John no respondió y agarrando a la mujer por las caderas comenzó  a follarla con dureza haciendo temblar la cama con cada embate.

La joven pronto estuvo gritando y pidiéndole que le diera más y más fuerte mientras se soltaba la parte superior del corsé mostrándole unas tetas gruesas y pálidas con los pezones rosados y las areolas del tamaño de un dólar de plata.

El forastero se inclinó y chupó y mordió aquellos enormes y blando pechos dejando redondos chupetones en la delicada piel de la mujer y obligándola a alternar los gemidos de placer y los gritos de dolor.

Corina apenas tardó un par de minutos más en correrse; la joven se estremeció de arriba abajo y pegó un grito salvaje con sus piernas temblando descontroladamente.

Con la mujer indefensa, John le arrancó a tirones el resto de la ropa quedando totalmente desnuda. Ella, consciente de su belleza, se retorció exhibiéndose con lascivia, agarrándose los pechos  temblorosos y abriendo su piernas para mostrarle su pubis y su sexo cubiertos por una fina capa de vello rubio, impregnado de sudor y flujos.

John permaneció de pie, impasible, con su miembro erecto apuntando a la prostituta. Esta sonrió y se acercó arrodillándose frente a él. Con exquisito cuidado, como si se tratase del más preciado manjar, cogió la polla entre sus largos dedos y lamió la punta con suavidad antes de metérsela en la boca.

Hundió las manos en el cabello rubio de la joven y comenzó a acompañar sus chupetones con el vaivén de sus caderas, introduciendo su miembro cada vez más profundamente en su garganta hasta encajarlo en el fondo.

Corina mantuvo obediente la polla en el fondo de su garganta hasta que la falta de aire le obligó a separarse entre toses y arcadas. La prostituta recogió los gruesos hilos de saliva que colgaban de su barbilla para embadurnar la polla de John y comenzar a meter y sacar aquel miembro de su boca tan rápido como podía.

John sintió la boca y la lengua de la mujer haciendo diabluras con su polla mientras le clavaba las uñas en su vientre hasta que, a punto de correrse, se apartó.

Dándole la mano la ayudó a levantarse y le dio la vuelta obligando a la prostituta a ponerse a  cuatro patas en el borde de la cama.

Acarició las piernas y los muslos de la joven y tras un par de cachetes cogió las nalgas con ambas manos, se las separó y enterró su boca en el tumultuoso sexo de Corina.

La joven gimió e inclinó el torso para facilitarle la tarea. Cuando comenzó a gemir John fue desplazándose hacia el delicado agujero de su culo. La chica pegó un ligero grito de placer cuando la lengua de John penetró en su interior calentando y humedeciendo su esfínter.

—Hay que ver que tipo más travieso. —dijo la puta volviendo la cabeza y mostrándole una fila de dientes pequeños y blancos como perlas en una amplia sonrisa.

Poco a poco y con la ayuda de sus dedos fue dilatando el ojete de la joven mientras esta gemía y le suplicaba que le follase el culo de una vez.

Separando un poco más las piernas de la mujer, se cogió el rabo y con él presionó con firmeza contra el pequeño orificio hasta que este finalmente cedió y permitió que John lo enterrase hasta el fondo.

Corina soltó un quejido y mordió las sábanas con fuerza mientras John se movía con suavidad dentro de ella.

Poco a poco las entrañas de la joven fueron adaptándose a aquel cuerpo cálido que les invadía y el dolor fue dejando paso a un oscuro placer. Al percibirlo, John agarró a la mujer por las caderas y comenzó a sodomizarla con más fuerza disfrutando de aquel conducto cálido y palpitante.

Entre gemidos, Corina se irguió y cogiendo una de las manos de John  la guio hasta su pubis. Sin dejar de penetrarla le acaricio el clítoris y la vulva haciendo que sus gemidos se intensificaran hasta que un nuevo orgasmo la derrumbó. John aprovechó para darle dos salvajes y últimos empujones antes de tumbarla boca arriba y correrse en su cara.

Corina recibió aquella lluvia pegajosa y caliente con una sonrisa jugueteando con el semen y metiéndoselo en la boca hasta que no quedo nada. John se derrumbó a su lado y encendió un cigarrillo.

—¡Buf! Hacía tiempo que no me follaban tan duro. Me encanta correrme cuando me dan por el culo es tan... pecaminoso. —dijo Corina sonriendo y robándole una calada.

John no dijo nada y al terminar el cigarrillo se levantó y cogiendo las botellas se dirigió  a la puerta.

—¿No me vas a dar ni un trago? —dijo la joven prostituta haciendo un mohín.

—Lo siento, pero voy a necesitar hasta la última gota...  y también necesitaré esto. —dijo cogiendo las enaguas y saliendo de la habitación.

La mujer rio y le dejó ir. John se fue directamente a su habitación y tras dejar las botellas y la prenda en el suelo, se dejó caer en la cama quedando casi inmediatamente dormido.

La imagen de su mujer y su hijo en medio de las llamas le obligaron a despertarse sobresaltado. Miró el reloj; las tres de la mañana, era hora de ponerse en movimiento. Apresuradamente cogió las tres botellas que aun no había empezado y le pegó un largo trago a cada una para, a continuación, tras arrancar varios girones de tela de las enaguas de Corina y empaparlas en el bourbon, los introdujo en las botellas, dejando un extremo asomando fuera del recipiente.

La noche era oscura y sin luna, perfecta para sus planes. Avanzó en silencio por las calles, amparándose en la oscuridad, solo delatado por la brasa de su  cigarrillo. Cuando llegó frente al cuartel de los hombres del Coronel, se colocó tras la columna y sus ojos escrutaron la oscuridad.

Como esperaba ningún ruido emergía del edificio salvo el ronquido del hombre que hacía guardia sentado al lado de la puerta. John dejó las botellas en el suelo y se acercó al hombre con el enorme cuchillo Bowie en una mano y un revólver en la otra.

Cuando aquel cabrón abrió los ojos el cuchillo ya había entrado bajo su mandíbula y atravesando su boca se había clavado profundamente en su cerebro.

Mirando a ambos lados de la calle, retorció un par de veces el cuchillo dentro de la herida y tras sacarlo, limpió la hoja en los pantalones del cadáver. Volvió a recoger las botellas y acercó la brasa del cigarrillo a los trapos empapados en whisky que prendieron inmediatamente. Con un gesto rápido, lanzó las botellas por distintas ventanas del primer y segundo piso y esperó a la puerta con los revólveres desenfundados.

En cuestión de segundos la llamas comenzaron a extenderse por el edificio y los gritos de sorpresa y dolor de los hombres llegaron claramente a sus oídos.

No sabía cuántos hombres quedarían dentro, pero los tres que intentaron salir por la puerta principal, antes de que el edificio se convirtiese en un infierno de fuego y humo, cayeron derribados por las balas de sus Colts.

Convencido de que nadie podía salir ya por la parte delantera, donde las llamas impedirían que nadie atravesase la puerta ni las ventanas se dirigió a la parte trasera. Dos hombres más, medio cegados por el humo y tosiendo, salieron en calzoncillos por una de las ventanas traseras. John no tuvo misericordia y los derribó desintegrando sus cabezas de sendos disparos. Los gritos de los vecinos, que empezaban a percibir el olor a quemado le alertaron y sin volverse para ver si escapaba alguien más, se escurrió de nuevo entre las sombras, camino del saloon.

La madrugada fue de locos, los gritos y las carreras  se escucharon durante el resto de la noche hasta que por fin, cerca del amanecer, los habitantes de perdición consiguieron controlar el incendio sin que se extendiese más que a un granero colindante.

 

LUJURIA

 

La conmoción en el pueblo le despertó cerca de las cuatro de la mañana. Poniendo un chal sobre sus hombros para combatir el frío nocturno se acercó al lugar del incendio. La edificación ardía por los cuatro costados y los vecinos dándola por perdida, se esforzaban por evitar que las llamas se extendiesen a los edificios colindantes.

Miró hacia su izquierda hacia la figura de Davenport, recortada por  las llamas, rígida y pensativa. Dio una patada al suelo con rabia y se giró dispuesto a volver a casa. Al hacerlo sus miradas se cruzaron el odio que destilaba la del coronel era inconfundible. Suzanne dudó en acercarse un instante y decirle que no tenía nada que ver con todo aquello, pero el miedo era tan intenso que se quedó allí congelada como una estatua, iluminada por el resplandor de las llamas.

 
 
 

Capítulo 4: Quien mata a un cabrón tiene cien años de perdón

 
 

AVARICIA

 

—¡Malditos gilipollas! ¡Os dije que mantuvieseis los ojos bien abiertos! ¿Y vosotros qué hacéis? Emborracharos como idiotas y dormir la mona mientras ese hijo puta hace una barbacoa bajo vuestros culos. Te mataría si no fuese porque necesito hasta el último de vosotros.

John les había pillado con los pantalones bajados. De la docena de de hombres que dormían en el cuartel solo había logrado escapar aquel idiota que apestaba a pollo quemado. Solo le quedaban seis hombres. La idea de entrar a saco en el salón y cargarse a ese cabrón había quedado totalmente descartada.

Estaba claro que lo había subestimado, pero no volvería a pasar, esta vez lo iba a pagar muy caro.

 

GULA Y PEREZA

 

El olor a carne socarrada era tan intenso que incluso con los pañuelos tapando su rostro no pudieron evitar las nauseas. Jenkins y "tuerto" Donegan se acercaron a los rescoldos humeantes intentando buscar restos de los hombres de Davenport. A parte de los cinco que murieron fuera a balazos, dos de ellos, que dormían la mona en la parte trasera habían muerto intoxicados por el humo y estaban casi intactos, pero del resto solo quedaron los huesos que acabaron todos juntos en un saco.

—Creo que primero se cargó al del porche. —dijo el sheriff señalando el cadáver que aun permanecía sentado con un charco de sangre en su regazo— Luego lanzó algo por las ventanas para incendiar el edificio y terminó practicando el tiro al blanco con los pocos que lograron escapar.

—Una puntería perfecta, por cierto. —añadió Jenkins señalando las cabezas reventadas y los torsos agujereados justo a la altura del corazón.

—¿Sigue pensando que puede ser obra de los indios? —pregunto Donegan sin esperar respuesta— Todo el mundo sospecha quién ha sido, Davenport estará hecho una furia y tarde o temprano esto se va a convertir en un baño de sangre.

—¿Vas a hacer algo por evitarlo? —preguntó Mike indicando a sus ayudantes que acercasen la carreta.

—¿Qué quieres que haga? ¿Intentar detener al forastero y recibir un balazo? ¿Intentar convencer a Davenport de que debe dejar el pueblo y me pegue un balazo después de despellejarme como un conejo? No te equivoques, ni Davenport me ha puesto aquí para inmiscuirse en sus asuntos, ni yo no acepté este trabajo pensando en sacrificar mi vida por la chusma que habita este agujero.

El médico se encogió de hombros y ayudó a sus hombres a subir los cuerpos a la carreta. Si la gente seguía muriendo con esa frecuencia, tendría que acabar enterrando los cuerpos envueltos en el papel que usaba su mujer para empaquetar los pedidos.

Mientras resoplaba y sudaba bajo un sol inclemente se preguntó qué razones podía tener el forastero para meterse con Davenport. En su opinión era una misión suicida. Hasta ahora los había pillado desprevenidos, pero aun le quedaban al coronel suficientes hombres para acabar con John Strange.

Esta vez Davenport tendría un plan y no le gustaría estar en el pellejo del forastero.

Donegan miro la pila de cadáveres y el saco con los restos carbonizados que ocupaban la caja de la carreta y un súbito temor le invadió. Esta vez el coronel no solo se lo haría pagar al forastero, todo el pueblo tendría que rendir cuentas ante él.

—Tengo en la oficina un bourbon de Kentucky de doce años. Lo reservaba para una ocasión especial, pero me parece que será mejor emborracharse antes de que este pueblo se vaya al carajo. —dijo rodeando al médico por los hombros.

—De acuerdo, va a ser un día muy duro, —dijo Jenkins incapaz de rechazar una invitación— pero será mejor acompañarlo con algo, yo también tengo un poco de cecina ahumada de primera calidad, traída del este, nada de mula vieja.  Nos vemos en quince minutos en tu oficina.

 
 

SOBERBIA

 

El doctor Jenkins tenía que haber trabajado como un esclavo para preparar todos aquellos cadáveres y tenerlos listos justo al anochecer. El sol era una gran bola anaranjada que se  ocultaba en el horizonte raso, difuminada por el aire caliente que se elevaba de la arrasada planicie.

Aquel altozano barrido por el viento, donde apenas se habían reunido unos cuantos vecinos amedrentados, era el único lugar sagrado de aquel desgraciado lugar así que cuando los hombres de Davenport flanquearon a Suzanne no pudo evitar un gesto de disgusto.

Lanzando una severa mirada al coronel comenzó el rito, ungió los cadáveres y tras un teatral silencio comenzó el sermón. Fue una pena, aquel día estaba realmente inspirado y su sermón hubiese causado sensación en una bonita iglesia llena de fervientes feligreses, pero ante el estaba una banda de asesinos irredentos y unos pocos ciudadanos que habían acudido, más por miedo al coronel, que por temor a Dios. Solo su hijo, mirándole con los ojos bien abiertos, entendía la trascendencia del mensaje que les estaba comunicando.

Miró a Davenport y le recordó que el camino era el perdón y la misericordia. Davenport sonrió y apoyó las manos en las cachas de sus revólveres. Nunca había sentido una mirada de desprecio semejante.

El no era ningún minero analfabeto. Mantuvo su mirada acusadora en él y le culpó de ser uno de los causantes de que aquella ciudad estuviese sumida en el caos. Cuando terminó, un silencio se enseñoreó unas instantes hasta que el coronel con una estentórea carcajada lo rompió.

Con una señal, aquel pérfido les indicó a los hombres que le acompañaran llevándose a Suzanne, que aterrada, no oponía ninguna resistencia. No era más que una pecadora que vendía su cuerpo al mejor postor, pero no estaba dispuesto que nadie profanase el único lugar sagrado del pueblo con un acto de vileza semejante.

—¡Alto! —les interpeló— Esto es un lugar sagrado, no podéis llevaros a esa mujer contra su voluntad.

—Esta asquerosa furcia es cómplice del asesino de más de una docena de mis hombres y me la llevo para interrogarla y hacerle saber que en esta ciudad también se paga por los delitos cometidos. —replicó el coronel.

No podía permitirlo, si lo hacía, sus sermones serían palabras huecas, así que se puso frente al grupo e interrumpió su camino con una mano en alto.

—¡Deteneos, impíos! ¡Estáis en terreno sagrado!

En ese mismos instante se dio cuenta de su error. Al mirar a los ojos de Davenport no vio arrepentimiento, solo encontró un vacio aterrador. Lo último que vio fue el interior del cañón del revólver del Coronel y luego un terrible dolor en el pecho.

Cayó al suelo sintiendo como la vida se le escapaba en forma de un liquido espeso y cálido que empapaba su camisa. Su hijo se acercó corriendo con las lágrimas en los ojos. Elevó un brazo intentando decir unas palabras tranquilizadoras, pero la oscuridad se hacía más intensa a cada latido de su mortecino corazón.

Con un último esfuerzo abrió sus ojos para ver como su hijo se arrodillaba junto a él y rezaba una oración por la salvación de su alma.

 

AVARICIA

 

Ahora solo tenía que sentarse a esperar. Estaba seguro de que esa zorra era el cebo perfecto para atraer a aquella sabandija y matarla como la chinche que era. Se acomodó en el sillón de su despacho con la  joven sentada frente a él, rígida de terror.

—Tranquila, pronto terminara todo, —dijo preparándose un puro— ese gilipollas será hombre muerto en cuestión de horas.

Había que ver la de vueltas que podía dar la vida, en tres días había pasado de cortejar a la joven a tenerla presa e indefensa frente a él. Cuando todo aquello acabase no habría perdón para ella. Se la follaría y luego se la entregaría a sus chicos antes de colgarla por cómplice de asesinato.

Con el reverendo Blame y ella fuera de circulación, nadie se atrevería a levantarse de nuevo contra él. Perdición entera sería suya, todos sus habitantes trabajarían para él, para aumentar su fortuna. Incluso le cambiaria el nombre de una vez por el suyo propio. Davenport era un nombre adecuado para una ciudad que viviría bajo la suela de su bota.

 

IRA

 

Pronto se enteró de que Davenport había matado al reverendo Blame y secuestrado a Suzanne. Las imágenes de su esposa y su hijo volvieron a su mente. Aunque se dijo para sí mismo que una puta más o menos en este mundo no importaba, sabía que se estaba mintiendo a sí mismo. Nunca había conocido a una mujer tan bella y segura de sí misma. Había estado engañándose, convencido de que su única misión era la venganza y ahora se daba cuenta de que el destino le había traído allí para conocerla, no para matar a Davenport.

Limpió con detenimiento los revólveres y el rifle, preparado para terminar un guerra que no debía haber empezado y que ahora se veía obligado a terminar.

Intentó alejar todas esas preocupaciones, se dedicó a montar y desmontar sus armas y meditar sobre la mejor forma de salvar a la joven. Decididamente solo había una manera y para ello necesitaba ayuda.

La mansión de Davenport se encontraba aislada del resto de los edificios del pueblo, enfrente de la oficina del sheriff. Solo tenía entrada delantera y era más alta que cualquier otro edificio del pueblo. Estaba seguro de que habría al menos un hombre en el tejado y el tenía que pasar por delante de él si quería entrar, necesitaba alguien que le cubriera.

Pensando que era una idea desesperada y que estaba loco por intentarlo siquiera, salió del saloon dispuesto a que todo acabase aquella misma noche.

 

PEREZA

 

—Me preguntaba cuanto tardarías en venir. —dijo el sheriff al ver aparecer al forastero por la puerta.

—Entonces sabes por qué vengo.—dijo John sin alterar el gesto— Suzanne no es culpable de nada y sabes que no merece morir. Si Davenport me mata, ella morirá y tú serás responsable directo.

—Sabes quién me puso en el puesto. ¿No?

—Claro que lo sé. Pero también sé que no deseas que este pueblo siga siendo el agujero putrefacto que es ahora y para ello no tendrás mejor oportunidad. Davenport esta mermado. Apenas le quedan media docena de hombres y lo único que quiero es que me cubras desde el tejado. —dijo John alargándole el rifle.

—Si dejas pasar esta oportunidad no volverás a disfrutar de otra parecida. —continuó el forastero—Conmigo muerto, dentro de una semana habrá reclutado otros veinte hombres y continuará con su reinado de terror indefinidamente.

—No sé. Tengo que pensarlo.

—Te daría tiempo para hacerlo, pero no lo hay, ese cabrón podría impacientarse y matar a Suzanne. Ten en cuenta que solo tienes que vigilar el tejado de la mansión de Davenport y disparar a todo el que asome el hocico por el borde, si la cosa sale mal, nadie tiene porque enterarse de que me has ayudado. Del resto me ocupo yo. Ha llegado el momento de tomar partido.

Donegan evaluó al hombre que tenía delante. Es verdad que los había pillado desprevenidos, pero aquel hombre se había cargado en dos días más de la mitad de los hombres del coronel. No dudaba de que el forastero, con un poco de suerte, podía librar a Perdición de aquella garrapata.

—¿Cómo sabes que cuando estés ahí fuera no te pegaré un tiro en la espalda y  entregaré tu cuerpo a Davenport? —preguntó Donegan cogiendo el Winchester que el forastero le ofrecía.

—No lo sé. Pero  tienes cinco minutos para subir ese culo al tejado de tu oficina y sacarme de dudas.

 

IRA

 

El sol ya se había puesto y las primeras estrellas se atisbaban en el cielo cuando salió de la oficina del sheriff, por la puerta trasera, para que los hombres de Davenport no lo vieran. Esperó unos minutos, aprovechando para encender un cigarrillo, mientras esperaba a que Donegan tomase posición y salió a la calle.

Ni siquiera miró una vez al tejado. Pasara lo que pasara, contra un hombre en un tejado con un rifle, sus revólveres no tenían nada que hacer. Esperaba que el sheriff tuviese buena puntería, si no, estaba listo.

Justo cuando estaba en mitad de la calle un hombre se irguió en el tejado de la mansión y apuntó su rifle contra él. John miró a la muerte, cara a cara, pero esta pasó de largo, como muchas otras veces lo había hecho en su vida; "tuerto" Donegan realizó un tiro perfecto y el hombre calló a la calle con un ruido sordo.

En ese momento echó a correr y en menos de diez segundos estaba a la puerta de la mansión. Como esperaba, dentro de la casa oyeron el disparo de un rifle y creyendo que era él el que había caído, uno de los hombres del coronel abrió la puerta y salió a echar un vistazo.

A pesar de que iba con el revólver amartillado, no tuvo ninguna oportunidad. Antes de que supiese lo que pasaba, Rusty recibió un tiro en la sien y se desplomó en el mismo umbral impidiendo que la puerta se cerrase.

Sin pensárselo dos veces y aprovechando la conmoción entró en el recibidor donde otros dos hombres sacaban sus armas apresuradamente. Lanzándose al suelo para evitar las balas de los dos adversarios y disparando los revólveres los despachó con varios tiros al pecho de ambos.

Cuando se volvió a erguir, se acercó y le dio un par de patadas a los cuerpos para asegurarse de que estaban bien muertos. Se cubrió tras una de las columnas y recargó sus armas. Dio una última calada al cigarrillo y lo tiró al inmaculado suelo.

Solo quedaban dos hombres y probablemente estarían custodiando la puerta de Davenport. Subió las escaleras procurando hacer el menor ruido posible y se apostó en la esquina que daba al pasillo donde Davenport tenía la oficina.

Asomó la cabeza y la retiró  rápidamente antes de que una lluvia de balas se clavase en la pared  levantando una nube de yeso.  Sujetando los revólveres con firmeza, respiró hondo y se lanzó al pasillo intercambiando balas con los dos hombres de Davenport que quedaban. Una bala le rozó le muslo y otra hizo un profundo surco en su hombro izquierdo, pero las primeras balas de John se alojaron en el pecho de los dos hombres derribándolos y acabando el tiroteo en pocos segundos.

 

AVARICIA

 

Sus hombres tenían órdenes de anunciarle cuando Strange cayera abatido. Los tiros tras la puerta y el silencio subsiguiente no le dejaron lugar a dudas. Con rapidez sacó su revólver y cogiendo a Suzanne por el pelo la obligó a girarse en dirección a la puerta. Abrazándola por el cuello y colocando el cañón del revólver sobre su sien esperó la entrada del forastero.

Sintió el cuerpo cálido de la mujer temblar de terror y eso le provocó una enorme erección. El coronel atrajo el frágil cuerpo un poco más hacia el procurando que la joven notase lo que le esperaba. Deseaba que apareciese de una vez ese hijo de perra para matarlo y luego follarse a aquella furcia de una puta vez, con el cadáver de su hombre aun caliente estremeciéndose a su lado.

Alguien disparó a la cerradura de su despacho volándola en pedazos. La puerta se abrió y una sombra apareció en el umbral. Davenport no se lo pensó y apretó el gatillo. Afortunadamente no vació el tambor del revólver ya que la figura era el cuerpo muerto de uno de sus hombres con el que el forastero se había escudado.

Inmediatamente, el coronel volvió a acercar el revólver a la sien de la joven mientras John soltaba el cuerpo de Maddock y le apuntaba con sus dos Colts.

—Buenas noches, Strange, te estábamos esperando.

—Hola, coronel. ¿Cómo va eso? —dijo guardando los revólveres en la pistolera para evitar que el coronel se pusiese nervioso y disparase a Suzanne.

—Bien, bien. De hecho me estoy divirtiendo, has demostrado ser un hombre con recursos. No hay muchas personas con esa capacidad de matar. Con gusto te contrataría, pero la verdad es que llevaba tanto tiempo con estos hombres que uno termina por cogerles cariño, así que tendré que matarte, es una cuestión de prestigio.

—Lo entiendo.

—Sí, lo imagino, pero yo no. ¿Podrías explicarme por que la has tomado conmigo? Estoy seguro de que no fue por el incidente del saloon.

—En efecto, no fue la causa. Usted no sabe quién soy, pero yo sí sé quién es usted. Al principio de la guerra yo solo era un granjero en Luisiana que había rechazado el reclutamiento. Un día fui a Charlotte, a vender parte de mi cosecha y cuando volví   encontré mi casa ardiendo y mis animales muertos, cuando pude acercarme a los restos, a la mañana siguiente, descubrí a mi mujer y a mi hijo atados a sendas sillas con alambre de espino y totalmente carbonizados. Al  preguntar por los alrededores, unos vecinos me dijeron que habíais sido vosotros.

—Sé que no te servirá de consuelo, pero no era nada personal... —replicó el coronel sujetando con fuerza a una Suzanne que no paraba de revolverse.

—Para mí sí lo es. Aquel mismo día me apunté como explorador en el ejercito confederado y os he perseguido por todo el continente hasta que os he encontrado en este agujero. Ahora vas a pagar por todo lo que has hecho.

—No te atreverás, mataré a esta furcia. —dijo Davenport pegándose al cuerpo de la joven para hacer más difícil la puntería del forastero.

John no respondió y miró a los ojos de Suzanne, no sabía por qué, pero la mujer se había calmado y con sus ojos le decía que confiaba totalmente en él.

En ese momento Davenport separó el arma de la sien de Suzanne y apuntó a la cabeza de John, pero este le estaba esperando y como un relámpago sacó la pistola de la cartuchera y disparando desde la cadera le descerrajo dos tiros entre los ojos, lamentando no poder hacerle aullar de dolor durante días antes de acabar con él.

 

SUZZANE

 

Sintió la turbulencia provocada por las balas de John al pasar al lado de sus mejillas y luego el sonido sordo cuando estas se alojaron en la sesera de aquel hijoputa. Sintió como las garras de Davenport se aflojaban y la soltaban antes de caer al suelo inerte, produciéndole una sensación de alivio como nunca antes había experimentado.

Sin pensarlo, se lanzó sobre John, que aun mantenía el revólver humeante a la altura de la cadera y lo besó.

John soltó el arma y la abrazó devolviéndole el beso con intensidad, pero sin violencia. El sabor a tabaco y a muerte invadieron su boca haciendo que los pelos de su nuca se erizaran. Deseaba a ese hombre como no lo había deseado nunca en su vida. Se apartó un instante y miró a aquellos ojos grises que por fin parecían descongelarse poco a poco.

Con las piernas aun temblorosas lo cogió de la mano y tras besarle de nuevo, lo sacó del edificio.

El pueblo parecía desierto, un súbito y profundo silencio, como si todos sus habitantes hubiesen dejado de respirar, se había extendido por él. Suzanne recorrió el camino que le separaba del saloon cogida del brazo de John mirando a un lado y a otro de la calle.

Cuando pasaron frente a la oficina del sheriff este salió al porche y con el rifle aun humeante, se llevó la mano al Stetson y les saludó con una sonrisa torcida, incapaz de guiñar un ojo. John le devolvió el saludo y continuó su camino con la mirada perdida en el final de la calle.

El saloon estaba desierto, parecía que todos los habitantes de perdición se hubiesen quedado en casa presintiendo la batalla. Las chicas estaban en la barra bebiendo y hablando en voz baja preguntándose cuál sería su futuro ahora.

Cuando entraron, el alivio de todas las presentes fue palpable. Hasta la cocinera soltó un suspiro. Suzanne le pidió una jofaina con agua caliente y unos trapos  y subió las escaleras con John, seguida por las miradas cargadas de envidia de las jóvenes.

Su habitación era totalmente distinta a la de sus prostitutas. Como ella no tenía que atender a los clientes, la había decorado como un pequeño hogar.  Las cortinas eran de vivos colores y la cama, aunque no era demasiado grande, tenía un colchón mullido y un edredón de pluma que le  aislaba de las frías y solitarias noches del desierto.

Sentó a John en un taburete y le quitó la camisa manchada de sangre. La cocinera entró un par de minutos después con lo que le había pedido y una botella de Whisky de propina. Tras echarle un buen vistazo al torso desnudo de Strange, se retiró y les dejó por fin solos.

La bala había producido un profundo surco en el hombro izquierdo de John, justo por encima de su clavícula a  pocos centímetros de su cuello. Con un escalofrió escurrió el trapo y limpió el pecho de John de sangre coagulada.

John sacó el tapón de la botella con los dientes y pegó un largo trago. Suzanne acarició con suavidad el torso del forastero, recorrió sus pectorales y su vientre, arrastrando con el trapo sangre y polvo.

Cambiando de trapo, miró a los ojos de John antes de centrarse en  la herida y limparla con todo el cuidado que pudo. A pesar de todo el forastero soltó un gruñido y le pegó otro trago al bourbon mientras ella trataba de limpiarla lo mejor que sabía.

—Esto será lo peor, —dijo ella arrebatándole la botella de Whisky— pero es necesario.

Sin darle tiempo a pensar derramó un buen chorro de licor sobre la herida mientras John soltaba un bramido y cerraba los puños para intentar aislarse del escozor.

Cuando hubo pasado, cogió el resto de los trapos e improvisó un burdo vendaje.

—No es una obra de arte, pero aguantará hasta que mañana te vea el doctor Jenkins y te haga una cura mejor. —dijo ella acariciando el pecho del hombre con sensualidad.

John la miró con una intensidad que hizo que todo su cuerpo despertara excitado. Desde que había dejado de venderse no había vuelto a sentir atracción por un hombre. Creía que las noches de sexo sórdido y violento habían acabado con el deseo que sentía por los hombres, pero se había equivocado.

John se levantó y la desvistió con lentitud aprovechando para acariciar su cuerpo y provocarle continuos escalofríos. Cuando estuvo totalmente desnuda se preguntó si le parecería bonita. Siempre había pensado que tenía las caderas demasiado anchas y la piel tan pálida y llena de pecas que parecía una especie de animal exótico.

Un largo beso de John interrumpió sus pensamientos. En ese momento el forastero la cogió en brazos y la deposito sobre la cama. Las manos de John se deslizaron por su cuerpo desnudo y, sin dejar de besarla, acariciaron sus pechos y jugaron con la mata de pelo rojo que cubría su pubis.

John se desnudó y se tumbó a su lado. Sintió el calor de su cuerpo y la dureza de su miembro presionando contra su muslo. Vio el fino rasponazo que había causado la otra bala en su muslo e intentó alejarse a por otro trapo, pero John se lo impidió atrayéndola hacia él.

Se acurrucó en sus brazos y separó levemente las piernas, dejando que los dedos de John jugueteasen con su sexo provocándole los primeros gemidos de placer.

Finalmente, John se colocó encima de ella, entre sus piernas. Notó la polla de John presionando contra su pubis y se sintió temerosa e insegura, como si fuese la primera vez que lo hacía. Deseaba disfrutar y que él lo hiciese también. Deseaba tenerle el resto de sus días en su lecho. Deseaba hacer el amor con él todas las noches y todas las mañanas también...

El miembro de John entró en su coño haciendo que todos sus pensamientos se esfumaran sustituidos por un intenso placer...

 

JOHN

 

John observó el cuerpo de la joven y su cara de ángel de fuego con aquellos cabellos rojos, esos ojos verdes y la nariz pequeña y pecosa dilatada por efecto de la excitación. Su cuello sus pechos, sus caderas, todo era generoso y firme.

Sin poder contenerse más, la cogió en brazos y depositando su cuerpo sobre la cama la beso, entrelazando su lengua con la de de Suzanne. Quería abrazarla, quería saborearla, quería poseerla y que ese momento durase para siempre. Se desnudó y se tumbó a su lado sintiendo la tibieza de su cuerpo y acariciando aquel cuerpo pálido y pecoso, recorriendo con sus dedos las finas venas que recorrían sus apetitosos pechos.

John deslizó sus dedos por el vientre de la joven hasta llegar a su pubis. Enterró sus dedos en aquella mata de pelo ardiente y tras juguetear unos instantes, deslizó las manos entre sus muslos acariciando la entrada de su sexo. Suzanne gimió excitada y abrió ligeramente las piernas para que el pudiese entrar en su coño hirviente.

Excitado, se colocó sobre ella. Suzanne abrió un poco más la piernas y le miró. Estaba acostumbrado a ver el miedo y la incertidumbre en los ojos de la gente, pero no esperaba detectarlo en la joven. Se suponía que ella era la experta. John le acarició la mejilla unos instantes y a continuación deslizó su pene en el cálido interior de la joven.

Suzanne gimió y se agarró a él con brazos y piernas mientras  la penetraba con movimientos lentos y profundos, sin apresurarse, disfrutando de cada chispazo de placer que le proporcionaba aquel delicioso coño.

Suzanne gimió e hincó las uñas en su espalda temblando con cada embate. John se agarró a su muslos y sin dejar de penetrarla besó su cara, sus labios y sus pechos, jugueteando con sus pezones y volviéndola loca de placer.

Dándose la vuelta colocó a Suzanne encima de él.

 

SUZZANE

 

Todas sus inseguridades se esfumaron en cuanto John comenzó a apuñalarla con su miembro, lenta y profundamente, haciendo que todo su cuerpo se estremeciera de placer. Gimió y se agarró a él desesperadamente, sintiendo como sus boca y sus manos se multiplicaban acariciando y chupando, llevándola al borde del orgasmo.

Con un movimiento brusco, John se giró y la puso sobre él. Llevada por el deseo se irguió y comenzó a mecerse con aquel miembro ardiente dentro de sí, levantando la melena por encima de su cabeza y exhibiendo su cuerpo.

John acarició sus pechos y pellizcó suavemente sus pezones provocándole un escalofrío y un pequeño gritito de dolor. Apartándole las manos, comenzó a acariciarse ella misma mientras comenzaba a saltar suavemente sobre el pubis de John.

 

JOHN

 

John vio a la mujer acariciarse sensualmente sus pechos pesados y turgentes mientras subía y bajaba por su polla con lentitud. Observó su respiración agitada y escuchó sus gemidos ahogados por el esfuerzo. Poco a poco fue aumentando el ritmo hasta que terminó convirtiéndose en una cabalgada salvaje que acabó con un monumental orgasmo de la joven que se derrumbó agotada y sudorosa sobre él.

John la empujó tumbándola boca arriba y la besó unos instantes antes de comenzar a lamer y saborear su cuerpo. Sabía a deseo y a sal.

Aun hambriento, enterró la cara en el sexo de Suzanne besándolo y saboreando los flujos orgásmicos que escurrían de él.

En pocos segundos la joven empezó a gemir y antes de que John la penetrara, su amante se dio la vuelta y agarrándose al cabecero de la cama meció sus nalgas atrayéndolo hacia él. John acaricio el culo redondo y firme de la joven y sus muslos y tras separarlos ligeramente la penetró.

Envolviendo su cintura con los brazos, comenzó a follarla con fuerza, besando su nuca y mordisqueando sus cuello y sus hombros.

Suzanne gemía y volvía de vez en cuando la cabeza para devolverle los besos. Sin poder aguantarse más John agarró los pechos de la joven y con unos últimos y salvajes empujones se corrió en su interior.

 

SUZZANE

 

Suzanne se quedó quieta mientras John tras correrse siguió penetrándola hasta que un segundo orgasmo la obligó a tumbarse arrasada por el placer. John se dejó caer a su lado abrazándola y atrayéndola contra él hasta que sintió que no quedaba una molécula de aire entre ellos. Sintió sus manos ásperas acariciar su piel aun electrizada. Ronroneó satisfecha sintiendo como el miembro de John menguaba dentro de ella. Jamás se había sentido así tras un polvo, sentía que había hecho algo más que follar. Cuando John finalmente sacó su polla, no pudo evitar una sensación de pérdida.

Inmediatamente se dio la vuelta,  cogió aquellas ásperas mejillas sin afeitar con sus manos y lo besó con toda la ternura de la que fue capaz. No hizo falta una elaborada declaración de amor, con aquel hombre rudo y silencioso sobraban las palabras, sabía que aquellos días se había forjado entre ellos un vinculo que ni el tiempo lograría socavar.

Esos ojos fríos y peligrosos se habían vuelto dulces y protectores. El forastero se había resistido y la había hecho sufrir, pero ahora era suyo para siempre.

—Dicen que han encontrado oro en California... —dijo ella mirando a John a los ojos.

—¿Quieres hacer de mí un minero ahora? —preguntó el sonriendo y acariciando su melena húmeda pegada a la frente.

—¡No , idiota! —respondió sonriendo—Se ha desatado la fiebre del oro y la gente vende todas sus pertenencias a cualquier precio para ir en su busca. He ahorrado suficiente para comprar un buen rancho, dicen que las tierras son muy buenas en el valle de San Fernando. —respondió ella pegando su cuerpo contra el de él— Quiero empezar una nueva vida, lejos de aquí, donde nadie nos conozca. Quiero que tengamos hijos y quiero verlos crecer en paz, lejos de la violencia y la avaricia que genera el oro.

John la miró un instante y la besó de nuevo, con ternura, firmando un trato que acababa con una vida de pecado e inauguraba una vida de  esperanza y felicidad.

 

SHERIFF DONEGAN

 

Había que ver, él había hecho lo que nunca pensó que haría en su vida, una acción desinteresada por el bien de su ciudad. Por primera vez en mucho tiempo había dormido como un angelito sin tener que beber una gota de alcohol.

Se levantó al mediodía sintiéndose otro y se desperezó rascándose las pelotas como un perro satisfecho. En la calle vio al doctor,  ocupándose de los cadáveres, esperaba que fuesen los últimos en mucho tiempo.

Era evidente de que ya se había corrido la voz, porque la gente paseaba por la calle sin esa sombra de miedo o preocupación que imperaba bajo la tiranía de Davenport. Cuando pasaban a su lado, los hombres le saludaban tocándose el sombrero con respeto y las mujeres le sonreían.

Se dirigió al saloon para hablar un rato con el forastero, pero cuando llegó, las chicas le dieron la noticia de que Suzanne les había vendido el local y se había marchado con John al oeste.

Le hubiese gustado despedirse, pero así también podía dejarlos ir sin tener que someterlos a un embarazoso interrogatorio. Con un suspiro les deseó suerte y se volvió hacia Corina, no se le ocurría nada mejor que hacer aquella esplendida mañana que echar un buen polvo para celebrarlo.

 

Epílogo

 

—Han sido dos años plenos en acontecimientos. Algunos dirán que el pueblo cambió cuando se acabó el oro y llegó el ferrocarril, otros cuando los indios nos atacaron, los más cuando la ciudad cambió de nombre.

—Pero yo os digo, hermanos que  cuando el tirano murió, el alivio  cubrió este pueblo como un acogedor manto convirtiéndolo en una verdadera ciudad.

—¡Aleluya! —gritan los feligreses.

—Ignoro dónde se encuentra el hombre que Dios nos envió para salvarnos y redimirnos de nuestros múltiples pecados. Pero todos los días le doy las gracias por haberlo traído hasta nosotros.

—Sabemos que no somos la ciudad perfecta, hermanos. El pecado sigue entre nosotros y yo mismo, humildemente, admito que soy el primero en caer en la tentación, por esto y porque allí donde este John Strange, haya encontrado la paz y la felicidad, entonemos este salmo...

Ejercicio de Autores XXVIII, autor Alexblame

 

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