INFIELES
(Tercera parte: la ejecución del plan)
Si bien no tenía una amante, mi fe en conseguir una era muy
grande. Empecé por plagar la vida cotidiana con pequeños detalles. Me compré
unos calzones tipo tanga y no le avisé a Rebeca. Ella se enteró de su existencia
cuando tuvo que lavar el primero de ellos. Su mente haría el resto del trabajo.
Me preguntó desde cuándo usaba yo ese tipo de calzones que al reverso sólo
tienen un "hilo dental". Le dije que había visto en un programa que éstos
calzones eran más cómodos. Obviamente no me creyó. Tampoco propuse que se los
modelaría.
Compré un perfume nuevo y comencé a afeitarme con mayor
cuidado. Fui a una estética y pedía que me hicieran un corte más juvenil. Me
comencé a tardar en llegar, aunque a veces no me citaba con nadie, sencillamente
me ponía a leer un libro en algún parque, luego llegaba a la casa y daba pocas
explicaciones, a veces contradictorias. Ella, al sentirse inmersa en la
incertidumbre, quería obtener certidumbre a toda costa. Lo mejor que le puede
pasar a una esposa o esposo cornudo es atrapar a su pareja dentro de otra o
empalada por otro, pues así la ira y el desconcierto atienden a una realidad, a
una certeza, a un terreno firme qué pisar, pero cuando lo único que existe es la
sospecha y la duda, eso es peor, pues las aventuras que el esposo o esposa en
cuestión imaginan, siempre son mucho más intensas que la realidad. Ante esto,
daba un poco de lástima ver a Rebeca haciendo esfuerzos por recuperarme.
Sencillamente, hoy por la tarde, llegando del trabajo, noté que la luz estaba
apagada y un camino de velas me conducía hasta nuestra recámara. Yo seguí
obediente las luces y ahí estaba Rebeca tendida sobre nuestra cama, en cuatro
patas, y se metía con la mano derecha un vibrador en el ano. Me volteó a ver,
sacó el vibrador de su culo, lo puso ahí sobre el colchón y con las dos manos,
pero sin dejar de mirarme, se abrió las nalgas con ambas manos, invitando a que
la clavara. Yo me subí a la cama con zapatos, ni siquiera me quité el traje,
sólo me trepé sobre la cama completamente vestido, me desabroché el cierre y la
empalé con mi verga que, sobra decir, estaba durísima. Frente a la cama había un
espejo circular en el que podía tomar santo y seña de cómo me veía yo empalando
por el culo a mi futura ex mujer, completamente vestido, con saco, camisa
blanca, pantalón azul marino, con la corbata como si fuera el péndulo loco de un
reloj que siempre da las doce. El calor de su interior era una verdadera llama.
Ignoro cuánto tiempo se había estado trabajando el ano con el vibrador, pero lo
cierto es que ella apretaba a voluntad el arillo, y gritaba más enérgicamente
que de costumbre. Me volvía loco ver ese amplio culo abierto con sus propias
manos, expuesto a mi trozo que se perdía en el cuerpo como una enorme aguja de
una jeringa letal. Rebeca se alzó de aquella posición de perra avestruz, es
decir, con las nalgas alzadas en cuatro patas, pero con la cabeza hundida en el
colchón y las almohadas, para que le pudiera empalar más ricamente. En otro
tiempo me hubiera apresurado a pasarle las manos hasta las tetas y apresurado
mis embistes , además de morderle la carne de encima de las clavículas, que la
hacía tener un orgasmo inmediato. Con mi boca en sus clavículas, pero sin
morderlas, con los labios bien cerrados como si me quisieran dar a comer una
cucharada de mierda, el mensaje era bien claro. ¿Cómo explicar que aquello no se
estaba disfrutando? Es decir, la falta de amor tornaba todo salvaje. Así, sin
contemplaciones ni consideraciones de ningún tipo podía hacer de Rebeca lo que
me diera la gana, pero el requisito era no quererla, sino tomarla como un
conjunto de carne tirante. Me dieron ganas de ponerme agresivo sólo para ver
hasta dónde aguantaba aquel cuerpo, pero no lo hice. Sin saber por qué, tomé el
vibrador y se lo ensarté en el coño mientras la barrenaba, así, además del
abrazo de aquel culo ya muy distendido, sentía el hormigueo del aparatito a lo
largo de mi falo, que excitado, comenzó a volverse como loco. Comencé a
descargarme con furia, lanzando un alarido de gozo. Tendida sobre la cama, el
rostro de Rebeca portaba una sonrisa de triunfo, segura de haber conseguido su
objetivo de gustarme mucho. En otro tiempo dejaría caer mi cuerpo sobre el suyo
de cuatro patas, que de a poco bajaría al ras del colchón. Yo buscaría su boca y
nos besaríamos, y destilaríamos miel en medio de dos sonrísas lánguidas que
deciden besarse. Durante este encuentro, Rebeca, por primera vez, no movía la
cabeza de un lado como diciendo que no. Por fin su cuerpo entero había dicho que
sí. Pero esta vez no. Me salí del cuerpo de Rebeca y me fui a bañar. Use a
Rebeca como un juguete sexual algunas noches más. Noté que el desencanto se
apoderaba un poco de ella.
Una de esas veces ella me dijo que estaba muy cambiado, y yo
le espeté el contrataque clave: "¿Estás insinuando que soy un infiel?". "No digo
eso, sólo digo que has cambiado", "Pues no hay más verdad que esta, la única
constante en el universo es el cambio, ya estoy en casa".
Usar la palabra infiel y la palabra verdad eran un coqueteo
abierto a que llamara a los hijos de puta de infieles. El problema es que a
pesar de las miles de apariencias de mi infidelidad no me había podido ligar a
nadie conocido, lo cual no dejaba de ser una sorpresa para mí mismo que me
sentía muy atractivo.
A no haber más tuve que fijarme en Sonia, una chica de la
oficina que se veía a leguas que era una cachonda pero que la verdad no estaba
del todo favorecida físicamente, y no es que fuera fea, sino simplemente
ordinaria, o al menos parecía que no le importaba mucho quedar con los chicos
del lugar, quienes más bien la evitaban porque se creía muy lista. Tal vez lo
era.
Ella vendía armazones de lentes por catálogo y yo me hice el
interesado. Intercambiamos unas cuantas sonrisas bajo el pretexto de que
necesitaba lentes. Ello se prestó para que le prometiera que le compraría los
armazones a ella, aclarándole que si no me gustaba ninguno de los que ella traía
en un catálogo que siempre cargaba, sería de todas maneras ella mi asesora de
armazones, para lo cual cuidé de hacerme no sólo el ignorante, sino en el mucho
muy ignorante en materia de armazones, y reconocerle a ella toda la experiencia
y conocimiento de este tipo de artículos. ¿Qué ganaba yo aclarando esto de que
si no me gustaba ninguno de sus armazones ella sería mi asesora? Muy simple, que
me tendría que acompañar a todas las ópticas de la ciudad hasta que
encontrásemos ese par de gafas. Era obvio que de su catálogo yo descalificaría
todos los modelos para tener que encaminar las cosas a un paseo amplio por la
tarde.
Revisé el modesto catálogo y había unos lentes que realmente
me habían agradado, mismos que tenían una forma muy aguda, sin embargo, era
claro que rechazaría cualquiera de estos diseños para tener que ir al centro con
ella, esto el sábado, que era el día que teníamos libre los dos, ya que nos
cambiaban los horarios de vez en cuando. Le dije que no me agradaba ninguno y
ella se entristeció de verdad, lo cual me hizo sentir una pena que no había
sentido nunca, quizá porque en ese instante fui consciente de que la situación
era una situación alevosa y falsa, que yo estaba participando en esto montado en
una plataforma de deshonestidad mientras ella lo hacía en una plataforma de
ignorancia y buena fe. Hundí sin embargo mi conciencia y proseguí con mi plan.
Me había dado la impresión de que los de infieles ya estarían detrás de mí, así
que había que apurarse. Algo que ella dijo me dio una oportunidad de oro, pues
comentó, tal vez para evadirme o tal vez para coquetear, que el sábado no podría
porque ya tenía planeado desde hacía mucho irse a probar alguna ropa. "Ya
parezco retrato con las mismas prendas, necesito un cambio, y había pensado que
el sábado era el día preciso". Yo le dije que eso podría convenirnos a los dos,
que ella me ayudaría a conseguir los armazones ideales y yo en cambio –si no le
incomodaba- le podría ayudar a elegir la ropa que, imparcialmente, opinara yo
que le quedaba mejor. Ella abrazó las frasecitas como "podría ayudar" o
"imparcialmente", pues le daban a ella todo el poder. Iluminó si rostro y dijo
"Hecho". Lo mismo pensé yo, que ya todo estaba hecho, conforme lo planee.
Algo que es importante citar es la amplia inexperiencia que
yo tenía para relacionarme con las personas. Es decir, tenía yo muchos
conocidos, pero eso era fácil porque con ninguno intimaba, ni como amigo ni como
amante, ni nada. Mis amigos de verdad, esos que uno atesora en el corazón y les
dedica al menos un par de segundos al día, esos que juegan detrás de nuestra
risa y nos hacen decirnos dentro de la cabeza: "esto le gustaría a..." o "esto
haría reír mucho a...", eran amigos que tenía de hace más de trece años, fuera
de ahí no conocía gente nueva. Mi amistad era un elemento saturado que nada
nuevo admitía. De ahí que intentar hacer surgir hierba de ese desierto que eran
las afinidades mías y de Sonia me resultaba muy difícil. Éramos prácticamente
opuestos.
Esto de elegir lentes traía un beneficio, yo la miraría
muchas veces a los ojos y ella haría lo mismo conmigo, y sobre todo, la
intención misma de nuestro acuerdo implicaba que ella habría cumplido con su
parte al encontrarme guapo con un par de lentes. Otra cosa buena fue que ella
dijo desear comprar unos lentes de contacto cosméticos. No sólo ella me miraría
a mi, sino yo a ella, y claro que le llenaría de halagos.
Ese sábado me esmeré en mi arreglo personal, me bañé muy a
gusto, me rasuré de manera casi artesanal y hasta me di tiempo para teñirme un
poco unas decenas de canas que me habían salido en las patillas, pese a que no
soy un vegete; me había comprado un traje nuevo, con un saco largo, que se me
veía muy bien. Mientras me arreglaba, mi nariz era asaltada por aromas que
harían más estridente mi salida, pues no sé si por amor o por un intento
desesperado de retenerme este domingo –con o sin cita me había ausentado los
cuatro sábados anteriores-, Rebeca había cocinado una crema de espárragos que me
encanta y sólo ella sabe preparar como es debido, además de haber preparado
camarones a la plancha, justo como me gustan. Tuve que rechazarlos porque se me
hacía tarde. Rebeca apretó los labios y se entristeció de verdad, lo cual me
causaba una pena que ya no era nueva, pues la había experimentado ya con Sonia.
Ahora sabía que mi miserabilidad era completa.
Debo admitir que cuando vi llegar a Sonia no la reconocí muy
bien, pues fuera del uniforme de la enorme compañía en la que laborábamos, la
más importante en telefonía móvil, o si no al menos la que más empleados tenía
–éramos como cuatrocientos-, lucía más fresca, aunque no pasaba por guapa
todavía, aunque ya podíamos decir que era linda. Yo iba demasiado formal y ella
con unos pantalones de mezclilla que mataban cualquier figura que pudiera tener,
llevaba una blusa blanca ceñida al cuerpo, de color blanca, que dejaba entrever
que su torso, al menos, si estaba bien proporcionado, pero cubría esta parte del
cuerpo con una blusa de cuadros que se había puesto encima. Llevaba también unas
chanclitas de madera que hacían un ruido insoportable a cada paso que daba, sus
pies si que eran preciosos. Supe que sería un falso integral luego de que llegó
con esos horribles zapatos y yo dije, para abrir empatía "Mira qué simpáticos
zapatos". Ella se rió, que después me daría yo cuenta, de esa risa tan franca y
diáfana si que me podría enamorar al instante, era una risa que resumía en
segundos todo lo que uno pudiera o debiera saber acerca de la risa, que es
violenta, que es alegre, que brota mejor cuando alguien o algo se está jodiendo,
que vive a la vuelta de la desgracia humana, que abre puertas y ventanas, que
hipnotiza, que cuando se integra con dientes tan blancos y grandes como los de
Sonia uno puede abandonarse en entrega caníbal. Su risa me llenó completo, al
grado que me resultó motivo de orgullo ir a su lado por los pasillos del centro
comercial. Sale de sobra decir que, gustándome tanto su risa, me convertí en un
payaso involuntario. Caramba, nadie entendía mis chistes como ella, ni los
vestía de gloria dándoles como trofeo una risa tan encantadora. Me sentí grande
y feliz, me olvidé de que era casado, me olvidé de que aquello que hacía era
ruin.
Entramos a tiendas y tuve que hacer lo que nunca hice con
Rebeca, esperar a las afueras de los vestidores de damas para emitir mi
veredicto acerca de cómo se ve tu chica. En este caso Sonia no era mi chica, y
mi chica estaba en casa, encabronada. Afuera de los probadores habían otros tres
sujetos esperando a que sus novias o amantes salieran. Uno en especial estaba
muy viejo, con su espalda algo jorobada, con una verruga horripilante en el
cuello. Salió una chica de unos veintitrés años, buenísima, mostrándole el culo
enfundado en unos pantalones blancos que dejaban a la vista que traía unas
tangas de hilo dental, como esas que yo traía, aunque en versión masculina, en
ese instante. Me dolió de ver lo buenas que estaban esas nalgas. Se veía a
leguas que la chica era la secretaria y putilla particular del viejo, que
pagaría a precio de oro cada cojida que le diera, tal vez no dándole dinero,
pero sí comprándole ropa, o llevándola a comer a lugares costosos. El señor no
se mostraba muy turbado de que los otros hombres en espera le viésemos el culo a
su putita. Él estaba orgulloso de presumir que su verga vieja se metería más
tarde en aquella boquita y aquel coñito; la secretaria no ocultaba su putedad,
acaso alguno de nosotros, más jóvenes, tuviéramos para ella un mejor sueldo y un
mejor trato, y presumía con todo orgullo esas carnes que Dios le había dado.
Nosotros echábamos de menos lo que no era nuestro, como quien
ve que a diez pasos adelante un desconocido se encuentra tirado un billete de
quinientos y maldice no haber sido él quien lo encontrase, lamentando el billete
que ni tuyo era. De los cuatro sujetos que éramos, sólo uno se veía esposo de la
chica en cuestión. Yo hubiera enfundado a su mujer en unos pantalones tan o más
blancos que los de la putita y la hubiera hecho ponérselos sin calzones. La
esposa estaba muy buena también, pero el marido le escogía pura ropa muy
jodidamente fea, y la tipa le mostraba a su marido su parte más aburrida. Siento
que ambos se lo perdían, el fulano coartando la belleza y sexualidad de su mujer
se la perdía también. La mujer me miró y puede que haya leído mi mente, pues con
sus ojos me dijo "jódeme". Me pulsó la verga con ese mensaje, pero iba con
Sonia. Ello no evitó que fantaseara un poco con que los cuatro fulanos le
metiéramos la verga alternativamente a aquella señora; nos regaríamos en sus
mejillas y ella voltearía a ver al marido preguntándole: "¿Cómo se me ve?" Y el
marido le diría, mirando el batido de semen en la cara se su esposa:"Asquerosa.
Cámbiatela".
Le había yo elegido a Sonia una blusita azul con un cuello
como oriental, y un pantalón de mezclilla elástica. Cuando salió del vestidor y
me preguntó "¿No se me ve feo?" la saliva me ha de haber escurrido hasta el
suelo. Se le veía un culazo de concurso. Sus piernas muy largas, algo llenitas
pero bien, sus nalgas muy paraditas y con una forma riquísima. La blusa realzaba
un par de tetas deliciosas. "Te ves muy bien. Créeme que es difícil que algo te
haga ver fea. Me sorprendes mucho, tenía años de no sorprenderme tan seguido en
un solo día". Ella se rió, segura de que era cierto lo que yo decía.
Llegamos a una óptica, y Sonia me preguntó que cuáles lentes
de contacto se le verían mejor, yo le dije que los que se ponga se le verían
mejor, por una causa muy simple, que el resto de lentes del mundo estarían en el
sitio equivocado. Eso pareció gustarle. Debo admitir que pasamos un incidente de
lo más estúpido. Al final le dije que dado que su piel era blanca con matices de
sol, le vendrían bien un par de lentes de color verde aceituna; yo me encargué
que fueran de esos que no son de un color liso, sino de aquellos que tienen uno
que otro detalle café que les da un realismo impresionante.
La fulana de esa óptica no sabía bien cómo se ponían los
lentes, así que Sonia me pidió que yo se los colocara. Fui a un baño a lavarme
las manos, luego abrí el estuche y coloqué uno en la yema de mi dedo índice. Me
sentí extraño al sentarla en una banca de la óptica y decirle que abriera bien
los párpados. Le puse el lente, pero este tenía burbujas, o se doblaba, o se
enchuecaba, total, un desastre. Encima, cuando se hacían globitos yo intentaba
distender los lentes sobre su globo ocular, como si estuviese planchando un
plástico para forrar un libro escolar. No quedaba bien colocado y en cambio
sucedió que mi primer contacto físico insistente con ella fue de lo más inusual,
pues me dejó tocarle mucho los globos oculares. Sobra decir que no quedaron bien
nunca y sin embargo sí la hice llorar bastante. "Quien iba a decir que tu me
harías llorar" me dijo, y yo me sentí por demás aludido, no por esto desde
luego, sino por las posibles lágrimas futuras que le arrancaría.
Fuimos a otra óptica y nos vendieron un estuche para el
cuidado de los lentes, cosa que yo pagué de mi bolsa con gusto, a cambio de que
la señorita, esta sí experta, nos indicara cómo se colocaban. Ya nos dijo que se
ponía con la yema, pero con el ojo mirando hacia arriba, y que una vez puesto se
acomodaba sólo moviendo el globo ocular hacia los distintos puntos cardinales.
Por fin se los puso y me preguntó "¿No se me ve mal?", le contesté, "Se te ven
formidables, pero prefiero tus ojos desnudos". Ella guardó silencio.
Buscamos en ese silencio los armazones para mis lentes,
mismos que se me habían olvidado hace mucho. Comencé a hacer preguntas acerca de
los materiales, el peso y flexibilidad de los armazones, y ella me contestaba
como podía. Luego de un rato me paró el alto y me dijo: "Gonzalo. Escucha. Yo
sólo vendo los armazones, y en realidad sé muy poco de su composición y sus
características, pero a grandes rasgos soy una ignorante del tema. Siento
decepcionarte." Yo me apresuré a remediar este mal giro en el que ella se sentía
de verdad apenada e incómoda, así que espeté "Te es importante no decepcionarme"
diciéndolo con un tono algo íntimo. "Si, un poco".
Le hice entender que me bastaba con que me ayudara a escoger
algunos armazones que le vinieran bien a mi tipo de cara. Internamente supe que
tenía que elegir muy rápido, de lo contrario la sensación de fracaso la alejaría
de mi antes de acercarnos de verdad. Me eligió unos armazones Nike, flexibles
como el ombligo de un recién nacido.
Me mostré raramente humilde al preguntarle cuánto ganaría
ella si me vendía los armazones, a lo que ella confesó que ganaría quinientos
pesos por la venta, ofrecí dárselos para comprarme los armazones que ella había
elegido. "Si estos son los que te gustaron a ti, estos son los que compraré"
"¿Qué importancia puede tener si me gustan a mí o no?"
"Mucha. Soy de la idea que las mujeres bellas y las feas no
miran el mundo de la misma manera. Por alguna razón la chica linda se sentirá
con mayor exigencia respecto de lo bello. Sé que es atroz pensar así, ero es lo
que creo. Por eso, si un encanto como tú gusta de estos lentes, puedo tener la
seguridad de que se ven bien, y ello permitirá que pueda encontrar alguien que
pueda enamorarse de mí, y de quien yo pueda enamorarme".
"¿Pero no eres casado…?"
"Sí, pero eso no funcionó. Si te contara te sorprenderías de
lo mucho que he tenido que soportar. Mi naturaleza es firme, tranquila, me gusta
el hogar. Pero parece que mi mujer, bueno, no mi mujer, Rebeca, no comparte ese
proyecto de vida. Pero ella ya no está, vive en el pasado.".
"Se escucha algo triste"
"Lo es. ¿Sabes que es lo que más me acongoja? Sentirme tan
frágil, tan necesitado de alguien que valga por sí mismo y me valore a mí por mí
mismo."
"Bueno, no ha de ser tan difícil que encuentres a alguien que
estime eso"
Y aquí es donde use mi última carta, la mirada de perrillo
sin hogar, para luego decir "Ay, Sonia, Sonia. No todas las mujeres son como tú.
Chicas como tú son una especie cada vez más exótica. Dichoso aquel que sepa
encontrar esa parte de ti que te vuelve inigualable".
"Es difícil, no todos ven el mundo como tu". Cuando dijo eso
supe que ella estaba perdida.
"Por qué me invitas a todo esto"
"Porque me caes bien"
"¿Sólo porque te caigo bien?" Preguntó con una mirada tan
intensa y sonriente, como si dijera: Ya, dime que te gusto y simplificamos
nuestro camino.
"Supongo que si. ¿Tú cómo te has sentido? Noto que llevamos
cuatro horas juntos."
"Me siento bien. Tu me caes bien también. Justo como mucha
gente. De hecho me es extraño sentirme tan bien a lado de alguien, soy bastante
solitaria."
"Yo también"
"Entonces, ¿De eso se trata?"
"¿De qué?"
"De que te caigo bien" Su tono era como el de quien da una
segunda oportunidad de decir algo importante, así que di la estocada.
"Bueno. En realidad me gustas mucho" Su mirada se llenó de
complacencia. Sonrió. Luego se distrajo en todas direcciones como un ratón que
sabe que se trata de una trampa pero medita en aventurarse o no por el queso.
Luego dijo:
"¿Podríamos andar a gusto unas horas más antes de que vuelva
yo a hablar del tema? Es decir. Vamos a terminar nuestras compras y reírnos tan
en confianza como lo hemos hecho. Me pruebo unos vestidos más y tu me miras con
algo de vergüenza de propasarte y ver de más, nos tomamos una malteada y te
cuento algunas cosas como si éstas no te interesaran, y luego, sólo hasta
entonces, retomamos esto de que te gusto mucho. No me molesta. Me agrada."
Cuando dijo me agrada supe que estaba por olvidarse de algunos recuerdos que le
impedían aceptar la situación por completo. Fue a partir de ese entonces que dio
la impresión de que ella se inauguraba como mujer. Su indumentaria diaria, algo
desarrapada, la hacía ver poco femenina; si a eso agregamos que su cabello era
muy corto y rara vez se maquillaba, daba la apariencia de un chico; pero luego
de este intercambio de opiniones fue como si se convirtiera en toda una
mujercita. Vio que en una tienda departamental estaban haciendo pruebas de
cosméticos y necesitaban alguien sin maquillar, la eligieron a ella para que
fuera conejillo de indias, después de todo su cutis era perfecto, ahora lo
notaba.
La estilista obró magia en su cara y emergió en su rostro una
verdadera flor exótica de belleza. Compró una revista. Tomamos un taxi para ir a
otras tiendas. Abrió la revista y dijo que por el momento le era difícil leer
con los lentes de contacto, así que me pidió que le leyese los horóscopos.
Siempre fueron para mi una idiotez, pero se los leí. Era Leo. Su horóscopo decía
"Cuidado. Estás a punto de enamorarte de un desconocido. Disfruta la entrega,
pero sé cuidadosa." Mi boca temblaba. Ella miraba por la ventanilla. Me pidió
que le pusiera unas gotas en los ojos. La recargué en el asiento del coche y le
jalé la cabeza hacia atrás. Su cuello era tan hermoso. La torsión del cuello
hacia atrás le hacía abrir la boca. Vi sus dientes, vi su lengua, vi su
garganta. De su boca y nariz emanaba un olor salvaje a saliva. Conforme
destapaba el botecito de las gotas noté que respiraba más deprisa, luego tragaba
saliva. Le puse una gota, cayó fuera y rodó como una lágrima mal ubicada, la
segunda gota dio en el blanco. Dios, qué bella era. Le puse la segunda gota y su
aliento me atrajo de una manera irresistible. Ella ya había recibido sus gotas
de lubricante, pero seguía tiesa con la cabeza hacia atrás. Con sus ojos me
volteaba a ver, pero no se enderezaba. Al instante me percaté que para ponerle
las gotas, abriéndole los párpados con la mano izquierda mientras se las
colocaba con la derecha –ella estaba a mi derecha- la estaba prácticamente
abrazando. Su lengua retozó en su boca y tragó saliva justo como lo hace un
condenado a la guillotina segundos antes de ser ejecutado. Cerró los ojos y alzó
los labios. Entendí el mensaje.
Caí sobre su boca, muy suavemente, besándola muy tiernamente
como si no fuesen dos labios los de su boca, sino primero uno y luego el otro.
Su cuerpo seguía tieso. Intenté darle un beso de lengua pero agitó la cabeza
como diciendo que no todavía. La besé muy dulcemente. Le besé las mejillas, los
ojos, las orejas. Al besarle las orejas exhaló un gemido casi mudo pero muy
intenso. Se relajó y comenzó ella también a besar. Sus besos guardaban una
mezcla de dulzura, ternura y terror.
"¿Nunca habías besado un chico?" Le pregunté, pecando de
modesto al llamarme a mi mismo chico, ya que no era precisamente un muchacho.
"No" Dijo con algo de pena "Sé que te sonará a mentira, pero
es mi primera vez que beso... a un chico.
"¿Quieres comentar algo?"
"Tu también me agradas" Dijo. Me hubiera gustado que
recordara que yo usé el verbo gustar en vez de agradar.
No entró en detalles, pero alcancé a suponer que no era de
esta ciudad y se había venido a vivir con unos tíos. Luego tuvo problemas en
casa de sus tíos y decidió vivir sola. El chiste es que, para mi sorpresa,
comentó que las relaciones personales eran a veces una pérdida de tiempo, y que
no estaba dispuesta a perder el suyo. Que para ella esperar a conocer mejor a
alguien se le hacía una idiotez, porque uno nunca conoce a nadie. En pocas
palabras, y para mi fortuna, aquello significaba que hoy mismo me habría de
entregar su cuerpo, pues, según dijo, hacían más de cuatro años que nadie le
dedicaba tantas horas a ella sola. Yo quise subestimar el mérito de aquellas
nueve horas de compañía, pero ahora que lo pienso, yo tampoco había estado junto
a alguien por un periodo similar –sin contar a Rebeca y la compañía que nos
dábamos por las noches al dormir, que no cuentan-. Llegamos a su casa y colocó
un disco de una cantante que no me gustó del todo, de nombre K.D. Lang. Fue al
frigorífico y sacó una botella de crema de café con brandy. Echó en una
licuadora unos hielos y molió los cubos mezclándolos con el licor. Se fue a su
cuarto y, tardando sólo un par de minutos, regresó con un pijama de franela de
color rojo puesto. Noté al instante que ya no llevaba ni sostenes ni pantaletas.
Su frescura y naturalidad me tenía asombrado, la verdad. Iba descalza y sus pies
blancos se veían preciosos sobre su alfombra guinda. Me senté yo en un sofá para
dos y ella se sentó a mi lado, subiendo sus pies al asiento.
Nos tomamos el primer vasito, algo cargado. No dijimos nada.
Ella no dejaba de mirarme como si me fuese a comer en medio de un rito caníbal.
No estaba a esas alturas, luego de ver su rostro tornado en perverso una vez que
cruzamos el umbral de su puerta, seguro de quien era la víctima y quien el
victimario. Preguntó:
"¿Qué te gusta de mi?"
"Todo"
"¿No me digas?" Su tono fue irónico, como si no me advirtiera
que en ella había mucho más de lo que yo alcanzaba a ver.
"Bueno. No te conozco, pero creo que me gustaría descubrir y
vivir todo aquello que desearas"
"¿Y si deseo locuras?"
"Me pondría loco contigo"
"¿Seguro?"
"¿Qué puedes proponer que no tenga yo agallas para
acompañarte?"
Ella no contestó nada.
Yo no sabía lo que me esperaba. Me mandó a bañar en un gesto
que más que excitarme me desconcertó. Me dio una toalla de esas que tienen un
broche para usarse como falda para salir del baño. Conforme terminaba de
bañarme, mi verga se comenzó a levantar. Cuando salí, la toalla ajada a la
cintura ostentaba una enorme carpa. Salí y me llevé la sorpresa de mi vida al
ver vestida a Sonia con un traje de látex con máscara de gatúbela. Mi sexo se
agitó como salmón recién sacado del agua.
Su figura se veía tan agresiva.
"¡Vaya trajecito!" Expresé, buscando por respuesta la
aclaración de por qué lo tenía en su guardarropa y por qué se lo ponía justo
ahora. No es usual que esto te pase en tu primera cita.
Ella, sin que yo hubiese formulado la pregunta directamente,
me contestó la pregunta oculta diciendo "Porque me gusta cómo se me ve"
"Si, se te ve espléndido.
Ella no habló más. Con ese traje de látex negro tan ceñido a
sus carnes, con la figura perfectamente presa, daba la sensación de expandirse a
todas partes. Su risa, envuelta en esa máscara, me causó pavor, pues la sospeché
caníbal. Su silueta era un hoyo negro de látex que me atraía poderosamente y sin
remedio. Sonia estaba a lado de la mesa de su comedor, que era una mesa de base
tubular blanca, tipo tornillo que permitía ajustar la altura de la mesa, y con
una superficie de un vidrio muy grueso. Extendió su mano y con el índice,
agitándolo como un gusano, me ordenó acercarme. Ya que estuve frente a ella,
giró unas tres veces la mesa, poniéndola alta. De un jalón me arrancó la toalla
y me puso con la pelvis pegada a la orilla del cristal de su mesa. La altura que
ella había elegido era justo la adecuada para que, al pararme a la orilla y de
cara al centro de la mesa, mi verga tiesa quedara debajo del cristal, visible
desde arriba, obviamente. Entre mi verga y mi mirada estaba un cristal. Ella se
arrodilló y como si fuera la gata de la casa se restregó en mis piernas. Pasando
incluso a gatas por debajo del arco que éstas hacían. Ya abajo, se acostó en el
suelo justo debajo de mis piernas. Desde mis ojos veía el vidrio, luego mi verga
pegada a la parte posterior del vidrio, obligada a permanecer en noventa grados,
luego espacio, y en el suelo, su cara. Ella me mostró una verga de hule muy
realista. Yo miraba la función, como si no fuese mi miembro el que estaba del
otro lado del cristal. Colocó la palma de su mano contra mi verga,
aprisionándola contra el cristal y, acercando el fetiche sexual, colocó la punta
de esa verga artificial contra la punta de la mía, muy real. Oprimió alguna
parte del aparato y me empezó a manar con un lubricante tibio que tenía toda la
apariencia del semen, y un calor similar. Fue como si un cabrón muy lechoso me
hubiese dado un baño de esperma. Ella arrojó el juguete muy lejos, cosa que
agradecí, y comenzó a masturbar mi verga bañada de leche. Se alzó un poco y
comenzó a lamer mi miembro enlechado. El líquido caliente producía mucho placer
en mi miembro, pues ella encima había comenzado a lamer de manera muy sucia mi
verga. Como estaba actuando pegada al cristal, veía cómo su mejilla se
distorsionaba un poco al pegarse al vidrio. Su lengua la veía pegarse y cubrir
de humedad el vidrio. Me puso muy caliente verla tan cerda, bañada en eso que
parecía semen pero olía a coco, con su lengua lamiendo con fruición la fría
superficie del cristal, como si se tratara de un plato pegado del techo y ella,
a lenguetazos quisiera lamer todo el betún seminal. Mi verga se interponía muy
frecuentemente entre su lengua y el vidrio. Comenzó a masturbarme con mucha
maestría, como si ella misma hubiese tenido pene alguna vez. Se alzó un poco del
suelo y se hincó detrás de mi. Yo sonreí de ver muy lejos el consolador, pues me
quedaba claro que Sonia estaba medio loca. Me hizo acostarme sobre el frío
vidrio de la mesa y me dijo:
"Mira que ano tan bonito tienes"
Soporté estoicamente ese halago tan inusual. Ella comenzó a
comerme el culo. Yo a las primeras lamidas cerraba instintivamente las nalgas,
pues me daba una suerte de cosquilla muy fuerte, o bien la sensibilidad era
tanta que me causaba aprehensión, o los siglos de machismo me impedían disfrutar
de aquello con la libertad que quisiera. Pero ella era terca, y mientras más
reto le presentaban mis nalgas, ella más encajaba la cara y la lengua en mi
agujero. Luego, cansado de esa resistencia inútil, me abandoné un poquito a la
experiencia. Tuve que imaginarme un poco puto para comenzar a disfrutar. Su
lengua era maravillosa y mientras lamía me masturbaba con gran talento. Dejó de
lamerme y pasó a morderme las nalgas, como si quisiera arrancarles un pedazo,
luego puso su lengua muy puntiaguda y me la encajó sin misericordia en pleno
culo, y al hacer eso me empuñó la verga muy fuerte. Mi verga comenzó a llorar
leche, de una forma tan violenta que trazó una línea gruesa y blanca por la
parte inferior del vidrio, línea que comenzó a caer pesadamente al suelo, y
ella, satisfecha, lamió mi culo como una leona que baña a su cachorro. Me
volteó, la besé.
Salí de su casa sin saber todavía qué había ocurrido. Aquí,
al igual que con Rebeca, no había habido amor. Acá no había usado yo a nadie,
sino que había sido usado yo, y me había gustado. Pero me sentía drogado,
narcotizado. El sexo es el único vicio en el que el dealer es también la
mercancía. Era la primera cita con esta enferma que era Sonia. Me había sentido
tan libre. ¿Quién imaginaría lo que se cuece en esta casita?. Quedamos de vernos
de nueva cuenta en la oficina pasado mañana, ella descansaba mañana. Tomé el
coche sin saber bien nada en absoluto. No estaba seguro de querer volver a estar
con Sonia, pese a que me había puesto muy caliente. Me dirigí a casa, cuidando
de pasar primero por la oficina, donde se me habían olvidado algunas cosas. Para
mi decepción, la camioneta de Infieles estaba afuera del edificio de la
compañía, probablemente no se habían dado cuenta que nos habíamos salido por el
estacionamiento de atrás. Era bueno que ya anduvieran tras mis huesos. Pero era
malo que estuvieran tan estúpidos. Una cosa era cierta, toparme con ellos me
confirmó que, aunque quisiera evitar a Sonia –por lo adictiva que parecía ser-
no podría hacerlo. Ahora más que nunca tenían que atraparnos estos de Infieles.
Antes de dormir, Rebeca me dijo entre unas lágrimas que no le
había visto y unos sollozos que no le había escuchado: "Hueles a coco".
Yo, insensible, contesté: "Pues claro"
"¿Pues claro qué?"
Ya no contesté. Sólo era cuestión de días; me filmarían, le
darían a Rebeca las imágenes y ella me confrontaría, mandando todo al carajo.