EL TREN
Íbamos en un tren, un tren de compartimentos, junto con dos
personas más, era la hora en que el atardecer cubre el sol y deja una cómplice
semipenumbra donde los rostros se ven difuminados, ella a mi lado charlaba
alegremente, se encendió una pequeña bombilla que apenas dejaba ver el final del
asiento, empezó a parpadear hasta que su exigua luz se extinguió, en ese momento
me miró con una particular cara de lujuria que me hizo estremecer para a
continuación dar un bostezo forzado.
Hábilmente se tumbó sobre mi como para dormir alargada en el
asiento y su cabeza sobre mis piernas, te tapé con mi abrigo marrón claro con
tonos burdeos que ella lo estiró hasta que su cabeza quedó cubierta
parcialmente, rápidamente empezó a mordisquear con sus labios mi entrepierna
cosquilleándome , me desabrochó el cinturón y a continuación me bajó cremallera
del pantalón, luego con sumo disimulo, me levanté un poco y me bajé el pantalón
y los slips con su nerviosa ayuda, volví a sentarme y sin tregua sentí sus
labios, sin derrochar un solo segundo, como se posaban y acariciaban mi pene en
completo reposo, acarició con sus labios todo lo que alcanzaba, y serpenteando
bajó su inquieta lengua hasta las mismísimas esferas masculinas , súbitamente
cambió de rumbo y engulló, sin pauta alguna, toda mi polla, sentí el calor de su
boca debo confesar que era deliciosa la calidez de su boca, mi polla fue
creciendo en tan cálido y húmedo lugar, hasta tomar una consistencia insólita.
Ya era una buena pieza en su magistral boca, realmente era
una polla desaparecida en su boca, pasó un brazo por mi espalda y se acomodó sin
perderla nunca su habilidad para mantenerla era digna de acta notarial, Dios!
que magistral dominio. Nadie se apercibía de su juego, únicamente yo algo
nervioso lo disfrutaba, los otros dos dormitaban. Era un sueño dentro de otro
sueño, su boca de seda me tenia sumido en el mayor de los limbos, su lengua
aterciopelada, ligera y atrevida me hacía estremecer, estaba a su completa
merced. Levanté ligeramente el abrigo y pude ver su cara maliciosa con mi
pollita desaparecida en su boca, me miró y me sonrió como pudo luego me pidió
que le tapase de nuevo, deseaba intimidad en su placer.
Sentía como su lengua me traspasaba el placer que ella sentía
a mi glande, no cesaba ni un segundo, mis huevos completamente mojados por la
saliva que resbalaba, era una mamada tremendamente placentera, lenta pero
intensa, la mejor que había sentido, al tiempo que dosificaba su placer y el mío
para que no me corriese y pudiese hacer eterno el placer. Estaba muy excitado
así que le pedí que se sentara sobre mi para que se penetrase mi excitada polla
puesto que la gente dormitaba y no se apercibirían, obedientemente levantó su
falda e hizo a un lado sus elásticas braguitas blancas, se tapó con el abrigo y
noté como se deslizaba mi polla por las paredes finas y húmedas de su coño hasta
que sus nalgas tocaron mis piernas. Un suspiro al unísono determinó que el
acople estaba hecho con éxito.
Pasé mis manos por su cintura hasta su coño, con una le
separé las braguitas , con la otra le empecé a masturbar el clítoris, de tamaño
medio, tenso y duro que humedecía con los dulces jugos que se le escapaban en
cada embestida de su coño. No movía el cuerpo sólo las contracciones vaginales
eran las encargadas de hacer vibrar mi sexo, lo apretaban con furia y lo
soltaban con delicadeza, de súbito un tren pasó por el lado nuestro en sentido
contrario, eso debió asustarle, con un salto salió de mi regazo, oí un ¡chop!
típico y acuoso, era la salida instantánea de mi polla de su acogedor sexo.
Una vez sosegada me pidió de nuevo volver a la posición
anterior, ella misma se recostó sobre mis piernas y volvió a engullir mi polla
semiflácida, venida a menos por el sopetón anterior, pero pronto lo recuperó en
su esplendor. Reclamó mi mano en su sexo y así lo hice, empecé a masturbar de
nuevo su agradecido clítoris y en breves instantes sentí como su cuerpo se
estremecía, como su boca se entraba hasta el mismo nacimiento de mi polla y la
apretaba con sus labios, su coñito se derramaba en jugos acaramelados sobre mi
mano, era su orgasmo, precioso, intenso, armonioso, muy húmedo ¡prácticamente
líquido!
Mi mano seguía en su sexo extremadamente mojado, subí mis
dedos a través de su rajita hasta llegar a su mismo ano, me paré un momento y
esperé hasta que unas contracciones suyas en la zona me invitaran a jugar con
tan delicioso agujerito, no me demoré así que introduje mi dedo corazón, luego
el anular, ante su excitación metí los dos al mismo tiempo, su ano apretó con
fuerza mis dedos, sentí que sus chupadas en mi polla se aceleraban, su mano se
iba a sus nalgas y desde un lado intentaba abrirlas más como ofreciendo más
espacio.
Seguí intensamente mi pajita en su culito, pero no estaba
dispuesta a perderse nada, volvió a sentarse sobre mi hasta que depositó su sexo
sobre mi polla y se la entró sin dilación, dio un gran suspiro, me besó muy
fuerte y cambió mi polla de sitio, con habilidad la cogió con la mano , se la
encaró a su culo deseoso, lo descansó sobre mi polla lubricada por sus humedades
hasta que desapareció completa y lentamente, era una visita a sus tesoros
simultánea, excitantemente placentera, con una excitación tal que ya no sabía en
cual de los dos agujeritos me encontraba, mi orgasmo no se hizo esperar, en un
momento determinado no le dejé salir de mi polla la apreté contra ella
cogiéndola de las nalgas y me corrí abundantemente, sin poder precisar en que
sitio lo hice, pues las dos cavidades estaban igual de húmedas y hospitalarias,
lo único que recuerdo es que estuve largo rato dentro de ella, sin tregua, como
una electricidad que me producía cuando apretaba su coño o su ano contra mi
polla vencida por sus dos grutas que seguían orgasmándose cada cierto tiempo.
Disimuladamente metí la mano en el bolsillo de mi abrigo y
saqué un paquete de Kleenex, le ofrecí uno, ella lo rechazó, me dijo que
prefería llevar la humedad en su coño como prueba de que no había sido un sueño,
se recostó sobre mi y me pidió que siguiera jugando con mis dedos en sus
anegadas cavidades, así lo hice, ahora el placer era inmenso, las suavidades,
las humedades transportaban por las yemas de los dedos unas sensaciones únicas.
Ya era la noche entrada. La gente seguía durmiendo. Ella también dormitaba su
gozo, yo me relajaba y sostenía su cabeza que seguía buscando inconscientemente
mi sexo.