EL REENCUENTRO
Siempre creí que lo había superado, que por fin lograra
olvidarme de él, pero no era así. Me llegó una invitación y al leerla el corazón
me dio un vuelco, era para asistir a una reunión en casa de su padre. Hacía
mucho tiempo que no lo veía, siempre había estado evitando que nos encontráramos
pero ahora parecía inevitable. Conocía a su padre desde que era una niña y no
podía rechazar la invitación.
Después de leerla todos los recuerdos que tenía guardados en
el fondo de mi corazón y que creía olvidados volvieron a florecer.
¡Cuánto lo quería!, no comprendía a mi corazón, me había
hecho sufrir mucho, siempre jugando conmigo, sólo era para él una chica más con
la que divertirse.
Sabía que debía asistir pero me asustaba la idea de
enfrentarme a él, su presencia me hacía sentir débil, vulnerable, tenía miedo de
caer en sus brazos una vez más y que volviera a partirme el corazón. Mi cabeza
me decía que me mantuviera alejada pero mi corazón me decía lo contrario y mi
cuerpo lo ansiaba de tal manera que al evocar su recuerdo un escalofrío me
recorría de arriba abajo.
Iría, pero esta vez nuestro encuentro sería diferente, yo
pondría las reglas del juego. Quizás si jugaba bien mis cartas podría hacerlo
mío, pero esta vez para siempre.
Llegó el día, y me puse mi vestido más sexy, quería que me
mirara, que se acercara a mí para demostrarle que ya no era la niña que él había
conocido sino que era una mujer que sabía muy bien lo que quería y deseaba.
Estaba dispuesta a emplear todas las artimañas que el dolor, el sufrimiento y el
tiempo me habían enseñado.
Cuando llegué recorrí todo el salón con la mirada buscándolo
pero al no verlo decidí que lo mejor era ir a saludar primero a su padre y ver
el curso de los acontecimientos, aún no había llegado junto a su padre cuando lo
vi aparecer. Las piernas me temblaban y el corazón me latía a un ritmo
frenético. Esperé unos minutos donde estaba para tranquilizarme, no podía
cometer ningún error, si me veía ansiosa lo perdería para siempre.
Saludé a su padre, siempre me había querido mucho. Hablamos
de cómo me iban las cosas pues hacía mucho tiempo que no me veía, pero antes de
que acabáramos de hablar apareció por detrás de su padre saludándonos a ambos.
Tranquilízate, me dije a mi misma, y le devolví el saludo.
Su padre nos dejó solos, tenía invitados que atender, pero
también quería que nos reconciliáramos. Estuvimos hablando de cosas
superficiales, ninguno quería hacer alusión al pasado, era mejor así, no era el
momento apropiado.
Al cabo de unos minutos me disculpé y fui a saludar a unos
viejos amigos, éstos formaban pare de nuestra antigua pandilla.
Mientras me dirigía hacia ellos noté como me miraba. Siguió
mirándome durante un largo rato, así que me giré y le devolví la mirada.
En la comida me senté a una distancia prudencial de él pero
lo suficientemente cerca para que pudiera ver y oír todo lo que hacía o decía
con mis compañeros de al lado.
Durante toda la comida solo lo miré un par de veces
haciéndome la distraída, él me miraba sin disimulo. Parecía molestarle la
atención que prestaba al chico que estaba sentado a mi lado, así que empecé a
sonreírle pícaramente como si estuviera tonteando con él. Eso le molestaba, se
le notaba en la mirada.
Acabó la comida y una orquesta empezó a tocar. Estaba
bailando con el chico que acababa de conocer mientras me debatía en mi interior
por no acercarme a él y echarlo todo a perder, mi indiferencia y el verme con
otro lo ponía celoso, no soportaba verme con otro, no podía disimularlo, a mi
no, lo conocía demasiado bien.
Ya no podía aguantar más, se acercó diciendo que ahora le
tocaba a él bailar conmigo, que tenía ese baile reservado.
- Eres un mentiroso –le dije:- hizo como si no me oyera y me
preguntó:
- ¿Es tu nuevo amigo?, ¿no sabía que estabas con alguien?,
¿desde cuando le conoces?
- No sabía que te interesara mi vida personal, ¿desde cuándo
te preocupas por mí?
No se esperaba esa respuesta y fue como si le hubiera tirado
un jarro de agua fría.
Acabamos el baile sin decir nada más, sólo nos miramos y creo
que con eso llegaba para decirlo todo. Notaba mi desinterés por él, fingido,
pero eso no podía saberlo, para él era sólo eso, que ya no me interesaba y eso
lo consumía. Decidí salir al jardín a tomar un poco el fresco y poner en orden
mis ideas.
Estaba sumida en mis pensamientos cuando note que me tocaban
el hombro, me giré y ahí estaba mirándome, con expresión sombría, intentaba
disimularlo pero no podía, a mí no, conocía muy bien la mirada de esos ojos
color topacio que me habían hipnotizado desde la primera vez que los vi, era una
mirada tan profunda que sentía como si pudiera ver en mi interior, al mismo
tiempo denotaban tristeza.
Nos miramos intensamente como si cada uno de nosotros
estuviera analizando al otro esperando descubrir su secreto mejor guardado.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que por fin se rompió ese
incómodo silencio, al mismo tiempo tan mágico. Había llegado el momento de los
reproches, acusaciones y demás, era inevitable.
Noté sus dudas, sus miedos, no sabía como empezar así que
tomé la iniciativa. Le recordé todas aquellas veces en las que me había usado a
su antojo y después me había dejado a un lado como si fuera un niño que ya se ha
cansado de ese juguete y busca uno nuevo con que entretenerse. También le
recordé aquellas noches en las que me decía que yo era lo más importante para él
pero al despertar por la mañana solamente me quedaba de él una nota diciendo
adiós y que algún día me lo explicaría. Explicación que nunca llegó. Ni una
llamada ni una carta. Nada. Sólo el vacío que en mi dejaba.
Había pasado un año desde la última vez que nos vimos, así
que le dije que era el momento de esa explicación, de poner todas las cartas
sobre la mesa.
Por fin empezó a hablar, diciendo que nunca pretendió jugar
conmigo, que no había utilizado y que aquellas notas eran la prueba de su
cobardía, sus miedos.
Le asustaba la pasión que emanaba cuándo estábamos juntos,
las sensaciones nuevas que florecían con cada beso, con cada caricia. Tenía
miedo de lo que sentía, vivía en aquellos momentos, temía enamorarse.
Pero ya era tarde –me dijo.- la última vez que estuvimos
juntos me dije a mí mismo que si no me iba inmediatamente nunca sería capaz de
abandonarte porque ya me había enamorado, era algo nuevo para mí, yo que siempre
lo tenía todo controlado, eso no lo podía controlar y me aterraba, cuánto más
estaba contigo más quería de ti, más te necesitaba..... No podía seguir
escuchando todo eso, no quería que me embaucara, otra vez no.
Le grité que no me mintiera que por una vez en su vida fuera
sincero conmigo que lo superaría, que ya lo había superado. Mientras le decía
esto miraba sus ojos, aquellos ojos que conocía tan bien y ya no tenían secretos
para mí, me decían que todo era verdad pero no podía, no quería creerlos. Esta
vez era yo quien tenía miedo.
Allí lo dejé, solo, sin darle tiempo a decir nada más.
Volví a la fiesta con la intención de irme, debía continuar
con mi vida.
Fui a despedirme de su padre pero esto hizo cambiar mis
planes. Me convenció para que me quedara a pasar allí la noche, teníamos mucho
de que hablar, no pude decir que no, era como un padre para mí.
Empezó a anochecer y la gente se marchaba, no lo había vuelto
a ver desde que lo dejara en el jardín.
Cené con su padre. La cena fue un calmante para mí, hablamos
de muchas cosas, sobre todo de mi vida, quería ponerse al día sobre mí, siempre
tan preocupado porque yo estuviera bien. Cuándo acabamos de cenar se despidió,
pero antes de marcharse me pidió disculpas porque su hijo no se había presentado
para cenar con nosotros alegando que no se encontraba bien y cenaría arriba.
Estaba en su habitación. El corazón me dio un vuelco más, no
se había marchado como supuse que haría, estaba allí, a unos pasos de mí.
Entré en mi cuarto, aunque sabía que no podría dormir, él
estaba al fondo del pasillo, otra vez me asaltaban los recuerdos. Aquellos ojos
no mentían, esta vez no, o quizás serían los míos los que me engañaban y veían
las cosas como yo las deseaba. No, esa mirada era real.
Por qué me atormentaba así.
Decidí jugar mi última carta, si no me salía bien daba igual,
no tenía nada más que perder, ya lo había perdido todo hacía tiempo.
Me dirigí a su habitación con pasos temblorosos, una vez ante
la puerta dude y di un paso atrás dispuesta a salir corriendo, pero no lo hice.
La puerta no estaba cerrada por dentro, la abrí y entre sigilosamente, recorrí
la habitación con la mirada pero no lo vi, entonces me di cuenta que había luz
en el baño y que se oía caer agua. Estaba en la ducha.
Noté que estaba temblando pero tenía que seguir adelante. Me
paré ante la puerta que no estaba cerrada del todo y pude ver su reflejo en el
espejo. Me quité la ropa allí mismo, entré sin hacer ruido, corrí la mampara y
me metí en la ducha.
Cuando se giró sus ojos me miraban con una calidez que nunca
antes había visto en ellos, sus labios se tornaron en una sonrisa mientras que
sus brazos se ciñeron a mí para abrazarme fuertemente como si temieran que fuese
a desaparecer. Mi cuerpo al notar su contacto empezó a temblar aún con más
fuerza.
Nos miramos durante unos minutos sin decir nada, no hacía
falta, nuestros cuerpos ya lo decían todo, sustituían las palabras. Sin dejar de
mirarme me besó como nunca nadie me había besado antes, fue un beso tan profundo
tan cálido que un escalofrío recorrió todo mi cuerpo sin que se le escapase un
centímetro de piel.
Estaba algo tensa, pero cuando note su cuerpo contra el mío
tan estrechamente unido, sus caricias, sus besos empecé a relajarme y le
correspondí de igual manera.
Cuánto había echado de menos aquellos brazos fuerte, aquel
torso con sus músculos bien definidos, aquella boca con sus labios tan
sensuales, aquellos ojos de mirada profunda y penetrante. Mientras pensaba todo
esto me dejé llevar por él y por todas esas sensaciones que me estaba haciendo
vivir y así poco a poco nos fuimos fundiendo en uno.
Exhaustos por todo lo que estábamos viviendo en esos momentos
nos dirigimos a la habitación, nos echamos sobre la cama sabiendo que aquello
sólo acababa de empezar, queríamos más el uno del otro y deseábamos que no
acabara nunca.
No se cansaba de recorrer mi cuerpo una y otra vez, cada
centímetro, cada poro de mi piel ardía al notar su contacto y mi boca no se
cansaba de sus besos, quería más y más hasta embriagarse totalmente de él.
Así pasamos gran parte de la noche, amándonos sin descanso,
sin tregua alcanzando el clímax tan deseado hasta que el cansancio nos venció.
Fue maravilloso, había valido la pena esperar la llegada de este día, nunca nos
habíamos amado con tanta pasión.
Se quedó dormido. Lo observé durante un rato, sus músculos
estaban relajados al igual que sus facciones, en sus labios aún podía atisbar un
resquicio de lo que había sido aquella sonrisa hacía tan solo unos instantes.
Estaba absorta mirándolo y sin previo aviso mis temores volvieron a apoderarse
de mí. Y si cuando me despertara no estaba a mi lado, y si se marchaba dejándome
una de esas odiadas cartas. Me quedaré despierta –me dije a mi misma, así lo
veré partir y podré decirle adiós, o intentar retenerle. Pero el cansancio y el
sueño se apoderaron de mí. Me quedé dormida.
Cuando desperté no me atrevía a abrir los ojos ni a mover un
solo músculo de mi cuerpo, no quería encontrar una nota en el lecho vacío.
Intentaba calmarme y reunir el coraje suficiente para
afrontar la situación cuando sentí que me abrazaban y me susurraban al oído un
Te Quiero. No se había marchado, seguía a mi lado, entonces comprendí que ya no
me dejaría, se quedaría junto a mí y seríamos felices amándonos hasta quedar
extasiados como la pasada noche.
El reencuentro tan evitado y al mismo tiempo tan deseado
había sido todo un éxito.
Ahora podía gritar, por fin, que era feliz.