EL VIAJE
Parecía mentira, pero mi novia iba a hacer un viaje de 300
kilómetros solo para echar un polvo; no podía creérmelo, pero así era. Un
antiguo amigo le había llamado y ella, sin poner ningún reparo, le dijo que iría
a verle y recordarían viejos tiempos. Yo le dije que me parecía una barbaridad,
pero ella se rió, y por bocazas, le tendría que acompañar. Ante mi rabieta me
soltó una bofetada que me tiró al suelo y me dijo que revisara el coche, pues
salíamos en media hora.
Enfadado me fui al garaje particular que tenía en mi casa, pues ella aún no
vivía conmigo, y miré los niveles, limpié un poco y calenté el coche; cuando ya
estaba acabando apareció ella, espectacular, lista para matar, como diría el
James Bond ese, pues iba con una minúscula minifalda que mostraba más que tapaba
y una camiseta con un escote exagerado, sin sujetador debajo. Unas altas botas
de cuero negro realzaban sus largas piernas. Me quedé boquiabierto
contemplándola, pero ella me espetó a que comenzáramos el viaje. Fui a meterme
en el coche, para hacer de chófer, pero ella me dijo que le apetecía conducir,
lo que indicaba que mi posición iba a ser distinta a la imaginada.
Como alguna vez habíamos hecho, me tuve que desnudar completamente; ella se puso
detrás de mí y me ató las manos a la espalda, me metió un pequeño consolador que
llevaba en la mano y me lanzó dentro del maletero del coche. Me miró divertida y
cerró el capó.
La oscuridad se hizo intensa y noté como el coche comenzaba a moverse en el
atardecer de aquel día; ya me había llevado alguna vez en el maletero, pero
nunca cuando iba a follar con otro hombre, cosa que me tenía algo intrigado,
pero muy excitado. Mi situación encogida y mi desnudez hicieron que mi polla se
endureciese, y los vaivenes y botes del coche hacían que el consolador se fuese
clavando en mi culo.
Yo no tenía clara la noción del tiempo, pero al rato, lo que a mí me parecieron
dos horas, el coche aminoró la marcha y terminó por pararse; sentí cómo mi novia
se bajaba del coche y el repiqueteo de los tacones de sus botas se acercaban al
maletero. Efectivamente se abrió la portezuela y contemplé, en la oscuridad de
la noche, el bello rostro de Isabel; "ya casi estamos llegando, no te apures,
pero es que me ha entrado un apretón en la vejiga que no puedo contener, así que
ya sabes", me dijo tirándome del pelo y sacando mi cabeza del maletero.
Estábamos en una zona desierta, no se oían coches ni se veía a nadie; mi cabeza
quedó colgando fuera del coche, pero ella me instó a que forzara mi cuello y lo
mantuviese paralelo al suelo.
Se puso con mi cabeza entre sus muslos y pude comprobar que se había puesto
braguitas; "menos mal", pensé, "algo de pudor le queda aún", pero cuando bajó su
cuerpo y colocó su coño justo sobre mi boca y comenzó a mear cambié de opinión.
El líquido ácido y amarillento corrió por mi garganta, saboreando ese licor que
me embriagaba, a pesar de que las braguitas hacían que la orina resbalase
también por mi cara. Cuando hubo finalizado se quitó la íntima prenda y me hizo
lamerla para limpiar todo resto de la meada. Lo hice encantado, y cuando terminé
se giró y me metió la braguita en la boca; así no la molestaría.
Con un "gracias cariño" se bajó la minúscula falda y cerró el capó al tiempo que
me guiñaba el ojo; volvió a montarse en el coche y partimos de nuevo. Ahora, a
la sensación de cautiverio y de penetración anal, se unía el ácido sabor de la
orina en mi boca y la mordaza que sus bragas efectuaban en mi boca. Pero por fin
pareció que llegábamos a nuestro destino.
En el exterior se oía bullicio, el ir y venir de gente, los coches al pasar, y
solo deseé que ella no abriese el maletero y alguien pudiese verme; no fue así,
bajó del coche y pasaron unos minutos hasta que volvió, acompañada de su amigo.
Se subieron al coche y éste volvió a arrancar. Pude escuchar cómo hablaban de
banalidades, de recuerdos, y pude escuchar cómo se dirigían a cenar a un
restaurante. Efectivamente al rato el coche paró y ambos se bajaron.
Pasaron dos, tres horas, no lo sé, hasta que regresaron; Isabel iba bastante
bebida, pero insistió en conducir ella. Parecía que ya habían intimado bastante,
pues escuché como se besaban en algún semáforo, cómo ella le decía que no le
tocara cuando conducía y cosas así. ¡Y yo en el maletero!. ¿Qué habría pensado
aquel chico si hubiera descubierto mi presencia allí?.
Volvió a parar el coche y esta vez no se oía nada; estaba claro que estabamos en
una zona solitaria, resguardados de las miradas indiscretas. Entonces comenzaron
a besarse con más pasión, se acariciaron y terminaron follando. Yo oía cada
gemido, notaba cada empujón del ariete del macho, y gozaba con el goce de mi
novia, pero seguía pareciéndome excesivo aquel viaje.
El chico se corrió rápido, más pronto de lo que Isabel hubiera deseado, y todo
acabó allí; ni una palabra, ni un beso, el coche arrancó de nuevo y tras un
breve trayecto se despidieron y comenzamos el viaje de regreso. Mi novia declinó
la invitación de quedarse a dormir con él, el chico parecía apurado con su poco
aguante, pero mi novia le dijo que en otra ocasión.
Casi en el mismo sitio en que habíamos parado para que ella me meara se volvió a
detener; abrió el capó y la noté visiblemente enfadada. Me soltó las manos y me
hizo salir del maletero, me arrancó las bragas de la boca, me metió el condón
lleno de esperma del reciente polvo, me volvió a meter las bragas y me dijo que
condujese. Así lo hice, desnudo y penetrado aún con el consolador mientras ellas
dormía un poco. ¡Qué loca estaba!.
Poco antes de llegar despertó, me dijo que quería conducir hasta mi casa y me
metió de nuevo en el maletero; al llegar a la casa pensé que todo había acabado,
pero su enfado le llevó a dejarme dentro del maletero toda la noche, mientras
ella se iba a descansar en mi cama.
Al día siguiente bajó a sacarme; yo estaba entumecido por la posición, pero ella
me ayudó a subir. Estaba melosa, cariñosa, me besó en la cara, me sacó las
bragas de su boca y el condón, que para entonces ya estaba limpio y seco. Me
dijo que le jodía mucho haberse quedado así, a medias, que tratara de ayudarla a
terminar un orgasmo. Me colocó en el sofá, se sentó en mi cara y me la folló
literalmente, alcanzando un poderoso orgasmo con mi nariz metida en su coño.
La había complacido una vez más su novio, o sea, yo.
exclav