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TODORELATOS » RELATOS » CONFESIONES DE UN CHICO DE LA CALLE
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 TODORELATOS.COM Fecha: 22 de Noviembre, 2008.
Fecha: 11-Ago-03 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduras (377 de 1586)

Confesiones de un chico de la calle

BOBY
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La historia de un chico de que a los 16 años, la vida lo tentó a prestar su verga por unos pesos. Sin embargo, hoy su placer fue dar placer gratis... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

CONFESIONES DE UN CHICO DE LA CALLE

Les voy a contar de que forma el pasado verano, sin pensarlo me cogí a una mujer entrada en años siendo yo un adolescente de 16. Y por un par de meses, aun lo soy…

Yo soy un chico de la calle. Vivo en una villa de emergencia que está cerca de la Estación Retiro en Buenos Aires. Durante el día, por la mañana vendo periodicos, a la tarde revistas y algunos otros diarios. Me la rebusco como puedo para no caer en las drogas y en la tentación del raterismo. En este ambiente hay un grupito de chicos que nos hicimos muy compinches y tenemos nuestros códigos. Somos todos de entre 15 y 18 años. Y a los 13, de repente me llegó la hora de debutar, Lo decidimos una vez que nos juntamos a ver unas revistas porno de las que yo tenía que vender y que por supuesto tenía prohibido desenfundar para mirar. Hicimos una banquita entre todos y nos fuimos a una casa de putas de los bajofondos de Buenos Aires. Recuerdo que había uno o dos que eran aún mas chicos que yo.

Somos muy amigos y actuamos como tal. Un día, luego de terminar de trabajar fuimos a sentarnos para comer unos panchos en un lúgubre rincón de la Estación Constitución, y para determinar quien era el que tenía que ir a comprarlos nos desafiamos a una muestra, en la que quien tenía la pija mas grande tendría que ir a buscarlos y el que la tenía mas chica pagaría la cerveza para los ocho.

Para sorpresa de muchos, yo por buena diferencia fui el elegido para ir a comprar los panchos, a pesar de haber en el grupo dos muchachos que tenían dos años mas que yo.

Yo soy un muchacho normal. Como de 1,70 de alto, morocho, de pelo lacio largo atado con colita. No soy ni musculoso ni tilingo. No tengo barba ni pelos en el pecho, aunque me aparece como una sombra de bigote. Soy mas vale delgado y de cintura pequeña y normalmente me visto con pantalón buzo tipo yoggin y una remera. Desde aquel día descubrí que soy mejor dotado que varios. Mi pija comienza muy delgada en la base del tronco y se va engrosando. Termina en una cabeza prominente que siempre está cubierta por un prepucio grueso y abundante que sobresale en la punta. Comienza curva arriba y luego se endereza apuntando hacia abajo y se apoya entre los huevos. Cuando se me para, a penas se endereza en forma horizontal quedando en suspensión y no crece mucho mas. El peso de la cabeza y la delgadez del tronco hace que al usar buzo flojo sin calzoncillo haga un efecto de péndulo de unos 15 centimetros. Esto nunca lo use como arma de seducción. Es totalmente involuntario de mi parte, ya que yo así me siento mas cómodo.

Desde ahí, empezaron a cargarme y a hacerme chascarrillos al respecto. Me decían: "…yo con una poronga como la tuya me voy a levantar putos acá a los baños de Constitución o a Retiro…" y cosas por el estilo.

Tiempo después, mientras hacía un recreo en el trabajo, me fui a echar un meo a los baños del subsuelo. Y para mi sorpresa observé como un tipo se me puso a la par y me la empezó a mirar con cariño. No me sacaba la mirada de encima.

Yo empecé a mear con las manos en la cintura y me hice el que no se dio cuenta. Inmediatamente se empezó a pajear con una mano y con la otra me la manoteo y me empezó a franelear. Yo no entendía nada. Se me cortó la meada y se me empezo a parar de una forma que no hubiera imaginado. Diez segundos después acabó abundantemente. Se limpió, me acarició tiernamente el cabello como a un hijo, me dio un billete gordo y se fue.

Desde esa vez, cuando recién había cumplido los 16, hago algunos trabajos extras fuera de horario, jejej... Muy pocos me pidieron que se la ponga por el culo. Casi todos quieren franeleos, petes, o pajas. O simplemente que escuches sus problemas y poder sentir sin pudor ni prejuicios el olor a macho. Su aliento o acariciar el pelo de un pendejo adolescente. Su dinero lo acepto porque me sirve para mis cosas, pero mi mayor recompensa es sentir sus pulsaciones, observar sus caras y su complacencia. Hay mucha gente que tiene esa única forma de desahogarse. Ya sea por su condición social, su trabajo o su familia.

Eso me permitió cursar en la nocturna, y tambien comprar ropa y comida. Y porque no para pagarme las putas que a mí me gusten.

Los viernes a la tarde, nos juntamos la barra para jugar un picado en un campito que queda bastante lejos, como a una hora de retiro, en el patio de la casa de uno de los pibes, luego tomar unas cervezas y después volver al barrio.

La otra tarde me paso un caso que jamás olvidaré y que he decidido contarles ya que me resulta excitante.

Como a las 9 de la tarde del viernes, luego del partido y las cervezas, me tomé uno de los colectivos que me lleva al barrio. Son líneas que en ese horario van siempre repletos de gente que sale de trabajar en las fábricas, y se dirigen a sus casas en distintos puntos del gran Bs. As. Y Capital

Mi viaje dura unos cuarenta minutos y tuve la suerte de conseguir un asiento en el último sector. Hacía mucho calor y estaba todo transpirado. Solo me había vestido con mi pantalón yoggin y una remera. Sin slip. El pasillo del micro se había puesto repleto de gente apiñada agarrándose de los pasamanos y de donde podían.

Parada como a dos metros de mi hacia delante había una mujer rubia mas vale gorda que no paraba de mirarme. Cuando yo la miraba, ella desviaba la mirada. Luego volvía a mirarme y así varias veces. Luego de unas cuadras seguía repitiendose la misma historia. Parecía completamente embobada conmigo. Por mas que disimulaba, no hacía otra cosa que mirarme a los ojos y la boca.

Decidí iniciar un juego divertido y sensual. En realidad, solo quería calmar sus expectativas, aunque no sabía bien que quería de mi. Me levante de mi asiento y lo cedí a un anciano que estaba alli. Me saqué la remera toda transpirada y me fui acercando lentamente entre la gente hasta ubicarme justo detrás de la ella.

Ella enseguida lo advirtió, ya que me trató de ubicar en mi asiento y no me encontro. Al girar su cabeza su boca se encontró con la mía, ya que había pasado mi mandíbula sobre su hombro. Tuvo una expresión de asombro y vergüenza. Se sonrojó y volvió a mirar en su dirección hacia la ventanilla. Desde esa posición debo haberla impregnado de olores a chivo de mis axilas y a todos los olores que un chango cansado puede tener. A través del brillo de la ventana, podíamos ver el reflejo de nuestras caras. Acerqué mi pelvis contra su culo prominente cubierto por un vestido un poco por encima de las rodillas. Pasé mis brazos a la altura de su cintura y me agarré por la agarradera de una de las butacas donde ella estaba afirmada y empecé a presionar y a frotar mi bulto suelto dentro del pantalón de gimnasia hasta ubicarlo en la profunda zanja caliente. Yo no sacaba la vista de su cara reflejada en el vidrio. Su expresión estaba repleta de asombro y complacencia. Cada vez que me miraba, luego desviaba rápidamente su mirada. En cada barquinazo del colectivo mi poronga se le iba acomodando mas y mas. El roce ya nos estaba poniendo locos a los dos. Creo que todas las minas de mas de treinta alguna vez han soñado con cogerse a un pendejo de 15 o 16. Y si fuera virgo mucho mejor, para enseñarles todo.

Ante la falta de rechazo, decidí no quedarme en los laureles y arremeter en todo lo que pueda. Hoy era el día en que iba a hacer una gran obra de bien. Eso para mi era mucho más que cobrar por un polvo. Le iba a dar letra por mucho tiempo a alguien para que se haga las mejores pajas de su vida.

Estaba bastante oscuro y lleno el colectivo como para que alguien advirtiera algo. Me baje el elástico del joggin, levanté el vestido y hubo contacto directo de piel a piel. Ella tenía todo mojado de transpiración. Y yo tambien. Cuando tire el prepucio hacia atrás, un fuerte olor a genitales masculinos se elevó. Mi pija pugnaba por ir hacia delante mientras que la corona del glande, ya inflamado por los roces, percibía la zanja que dejaban entre sí los labios húmedos de una vagina, que aún estaba cubierta por una floja bombacha. Aprovechando los movimientos bruscos del colectivo, metí mi mano para desplazar a un lado la molesta prenda. Y ya no tuve que hacer mas nada. La sola presión de la cabezota entre los labios hizo que se produjeran contracciones que pronto envolvieron y succionaron como una planta carnívora voráz a mi poronga, que centímetro a centímetro se fue hundiendo suavemente hasta hacer tope en los huevos hinchados de calentura.

No había mas nada que hacer. Las irregularidades del asfalto lo hacía todo y los movimientos y contracciones internas de su vagina.

Todo se transformó en una perfecta maquinaria aceitada. En un par de cuadra, le llené la concha de abundante leche adolescente. Inmediatamente se me aflojó la verga y sola cayó dando un chasquido sobre los huevos mojados y fláccidos. De la misma forma que se desacoplan los padrillos de las yeguas cuando acaban. Ellos no se tocan con las manos. Levanté mi elástico, hice hacia atrás y el vestido volvió a su lugar.

Toqué timbre para bajar en la proxima parada. Bajé, y mientras trataba de ponerme la remera pude ver por ultima vez la cara de quien tenía dentro suyo algo de mí. Tenía una sonrisa complaciente y sus labios estaban entreabiertos. Sus ojos ya no miraban los míos, ahora se fijaban en aquel bulto que hiciera sus delicias por algunos minutos y que aún se mostraba medio brioso. Le guiñe un ojo y con ambas manos abarque todo mi paquete en un gesto de ofrenda. Fue un gesto obsceno, pero lleno de ternura.

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