SE BUSCA ASISTENTA QUE HAGA BUENAS COMIDAS...
Cuando entré a mi apartamento, me encontré a mi asistenta
preparando la cena, vestida exclusivamente con una de mis camisas y unos zapatos
de tacón. No me lo creía, ¡mi asistenta! La verdad es que estaba muy buena, y
más de una vez, había soñado con follármela encima de la mesa de la cocina. Ella
me miró por encima de su hombro y pude ver entre su pelo cÓmo se lamía los
labios. Yo aceptando la invitación, me acerqué por detrás y mientras le
abrazaba, ella soltó un remitido propia de una gata en celo al sentir como mi
"pequeño general" llamaba fuerte a su puerta de atrás y sentía como mi pene
frotaba su redondo culo. Mientras le besaba su cabello negro azabache y lamía su
cuello, empecé a acariciarle los pechos enormes por encima de la camisa que
había tomado prestada de uno de mis cajones, de ése donde guardaba los condones
de sabores.
Sujetaba sus tetas y los acariciaba con firmeza y dulzura al
mismo tiempo. Disfruté por unos minutos teniendo ese par de melones en mis
manos, mientras ella movía el culo como si bailara samba en un concurso,
haciendo de mi miembro el jurado más directo. Su lengua no podía contenerse y
deseosa de ser lamida buscaba la mía para juguetear. Mis manos se deslizaron
hasta su ombligo, donde por sorpresa encontré un piercing que me puso todavía
más cachondo, dos bolitas de acero, y mis dedos continuaron hacia abajo para
comprobar si llevaba ropa interior. Sí, sí llevaba. ¡Mejor!. Soy de esos hombres
a los que les gusta desenvolver los regalos... y ese tanga era un buen
envoltorio para su coñito rasurado. Le levanté la camisa por detrás, quería
sentir la presión de mi polla directamente sobre su culo, mi verga buscaba
desesperadamente un sitio caliente entre sus nalgas. Empecé a jugar con las
estrechas tiras de su tanga, pero en ese preciso momento, me cacheteó la mano en
un gesto de desdén, como si yo estuviera haciendo algo que no fuese de su
agrado. Ese cachete me hizo desearla aún más, y dándose la vuelta me acarició el
pecho. Con esos ojos en llamas y esos labios carnosos entreabiertos, tras
morderse el dedo, me dijo: "ESTÁS SIENDO MUY MALO".
Su voluptuoso trasero tomó como asiento la vitrocerámica
todavía caliente y tras desabrocharse la camisa, abrió las piernas y pude ver su
tanga mojado.Tras invitarme a acercarme con un movimiento de su ya húmedo dedo,
disfrutamos de unos minutos besándonos, jugando con nuestros labios, nuestras
lenguas se movían enérgicamente. Empecé a acaricarle las tetas suavemente, pero
de nuevo, me apartó de su alcance con una sutil patada. Conmigo en la distancia,
se chupó el dedo índice, después se metió dos dedos a la vez. Si podía hacer eso
con su mano, no quería ni imaginarme lo que podría hacer con mi polla. Comprobé
que le ponía muy cachonda que yo hiciera de voyeur. Empezó a pellizcarse los
pezones, a jugar con ellos... Después de un rato, me dejó participar del
espectáculo.
Cogió mis manos y las puso sobre sus pechos con resolución.
¡Qué sensación...! Le pellizqué sus arueolas tostadas. Con miradas ardientes,
siguió chupando su dedo, marcando el ritmo de su placer. Los no tan pequeños
volcanes estaban en erupción y pensé en algo para bajar el calor. Abrí el
minifrigorífico y cogí un par de hielos. Restregándoselos primero por sus
rodillas y por la ingle durante unos segundos, los dirigí al punto álgido en
cuestión. Los pezones se estaban poniendo duros, muy duros. Noté como ella se
mordía los labios, gemía y echaba la cabeza para atrás para mostrar su cuello de
diosa. A punto de deshacerse el último hielo, lo cogió y lo lanzó contrá el
microondas en un arrebato de pasión. Agarrándome fuertemente del pelo, me obligó
a chuparle y morderle esos pezonazos rojo ferrari. Ella jadeaba como una perra,
mientras me acariciaba el pelo. Me apretó con sus piernas mientras yo disfrutaba
de esos pezones "magdalenos" en mi boca. Mi lengua resbalaba por su canalillo...
Me desabrochó la camisa, me quito la corbata y me
correspondió lamiédome los pezones. Mi pene necesitaba más espacio. Me bajé los
pantalones hasta los tobillos y ella enseguida lo cogió entre sus manos, arriba
y abajo. Su tanga era una barrera entre su sexo y el mío, lo único que quería en
ese momento era quitárselo, estaba deseoso de ver lo que escondía debajo de él.
Pero eso era tabú para ella. En cuanto me dispuse a quitárselo, me empujó con
tal fuerza que en décimas de segundo, me vi sentado en el sofa que había a tres
metros de la cocina americana. Empezó besándome los huevos por debajo, mientras
agarraba mi pene. Después, siguió mordisqueando mi verga hasta llegar a mi
glande donde se deleitó haciendo círculos con la lengua y después se lo metió en
la boca, eso si que era una garaganta profunda. No dejaba de mirarme
perversamente mientras yo veía sus labios rojos chupándomela sin tregua. Me la
sujetaba con una mano mientras con la otra me acariciaba las bolas y seguía
humedeciendo mi capullo con su saliva, dentro y fuera, dentro y fuera. Ví como
se metía una mano en el tanga y se masturbaba.
De vez en cuando, se chupaba los dedos y se autolubricaba.
Cuanto más excitada estaba ella, mejor me la chupaba, más y más. Su boca, mi
polla y su vulva cerraban un círculo vicioso, muy vicioso. Sentado como un
marqués, podía ver como apretaba los músculos de su culo, el frenesí le
desbordaba y me miraba lascivamente. Yo sentía calor, mucho calor, mi pene
estaba a punto de arder, pero ella no lo permitió. De repente se levantó y
dándome la espalda, se bajó el tanga con el culo en pompa dejándome ver su
coñito moreno y rasurado. Se tumbó en la mesa de cristal y abrió sus piernas
para mostrarme sus grandes labios húmedos a punto de caramelo.
No pude evitar chupar su vulva rosada una y otra vez, su
sabor creaba adicción. Se lo chupé durante un largo rato, metiendo mi lengua
entre sus suaves labios. Mi lengua tenía ganas de entrar. Le mordía las ingles,
le acariciaba el monte de Venus. Mi lengua jugaba con su clítoris, que llegó a
ser como un fresón silvestre, grande, rojo y jugoso, como a mí me gusta. Empecé
a sentir su miel en mi boca, un sabor salado y abundante. Su liquido caía en mi
boca como una cascada y yo bebía de él sin apenas respirar. No podía permitir
que la mesa se mojase, no podía desperdiciar semejante jugo.
Ese chochete, lubricado y dilatado estaba preparado para algo
más. Empecé a jugar con mi pene en sus labios, la golpeaba con mi verga donde
más la gustaba. Abrí sus labios con la cabeza de mi misil, 3 centrímetros de
aperitivo y lo saqué. Me gustaba jugar con ello, ver como su coño carnívoro se
abría ante tan suculenta salchicha.
Con una voz mitad gemido-mitad jadeo, gritó: "PENÉTRAME YA".
Sus labios absorbieron mis 22 centímetros de carne y pude ver cómo ella se
mordía los labios y su respiración se entrecortaba. Dentro y fuera, dentro y
fuera, un millón de veces, a una velocidad de vértigo. Ella quería gozar más y
manipulaba su clítoris mientras yo la penetraba. Yo jugaba con sus pezones,
mientras se la metía una y otra vez, una y otra vez, y otra, y otra... Mi polla
entraba y salía casi sola, porque estaba untada de su libido, la libido de mejor
olor y mejor sabor que jamás he probado. A punto de correrse, me pidíó que la
besara, mi lengua también penetraba su boca. Doblemente penetrada. De repente,
sus pezones se endurecieron apuntando al cielo. Su cuerpo comenzó a
convulsionarse como una posesa, a respirar sólo por la boca. Jadeaba como una
perra, hasta que gritó entre gemidos y otros ruidos animales: " Me... me...
corroooooooo". Notaba la fuerza de su vagina contrayéndose.
Su vulva estaba intentando exprimir mi mango. Incrementé mi
ritmo, golpeando con mis pelotas su periné para hacerla gozar al máximo. Más y
más rápido. Más y más fuerte. Yo también estaba a punto. Tras oirla gritar todas
y cada una de las vocales, mi cuello se tensó y mis piernas me temblaron. Ella
estaba preparada para beber mi leche. Apreté mis gluteos tan fuerte como pude,
saqué el pene y me corrí en su boca. Mi incontrolable manguera manchó sus tetas
y su cara. Su lengua y mi glande se compenetraban a la perfección. Ella seguía
chupándomela, un placer desbordante. "Trágatelo, trágatelo". Mi prepucio entraba
en su boca cubierto de nieve, y salía rosado y húmedo.
Le agarraba de la cabeza y le intentaba marcar el ritmo, pero
ella iba a una velocidad superior y me gustaba. Mmmhh... ¡ Qué placer! Notaba
como sus labios y sus dientes frotaban mi miembro erecto, que ella hacía salir
de su boca y golpeaba en sus mejillas y en su lengua. Le veía disfrutar con ese
cacho de carne en la boca, se deleitaba como quien lame un chupachús. Me la
lamió de arriba a abajo mil veces hasta que, como buena vaquera, acabó de
ordeñarme. El mejor orgasmo de mi vida. Definitivamente, mi asistenta hace las
mejores comidas que jamás he probado.