EL MAESTRO DE LUCHA
NOTA: Este relato está dedicado al escritor anónimo del
relato "La
mili", publicado en todorelatos.com el 18 de mayo de 2003. Sobretodo porque
me hizo ver lo mucho que me queda por aprender del arte de escribir relatos
guarros. Y del arte de escribir bien también. Ojalá te atrevas a mostrarte algún
día. Escríbeme algún día. Disfruté muchísimo de cada palabra del relato, y lo
recomiendo a todos.
NOTA 2: Esta historia es un poco sensiblera. Contiene 2
polvos, 2, pero mezclados con muchas de las cosas no sexuales que creo que hacen
del amor entre hombres algo único y especial. Así que aquellos que busquéis la
paja fácil, leed otro relato. Esto también va para los que busquen realismo
J . En cualquier caso, agradezco la paciencia de
aquellos que lleguen hasta el final sentimental de esta pequeña broma.


En el vestuario, ante su taquilla, Ramón se secaba de los
hombros las últimas gotas de agua tras la ducha. Le vi mirando un cartel
publicitario pegado junto a su armario que mostraba una foto del Hércules
Farnese. Sus ojos languidecían sobre la imagen como si reconocieran a un viejo
amigo o a un familiar perdido.
En general, Ramón no era muy diferente de aquella
representación de Hércules. Ramón era más pequeño, claro, pero su cuerpo ya
maduro mostraba la misma determinación marcial en cada expresión de sus
músculos. Su rostro barbudo y su mirada serena y decidida eran casi un reflejo
del busto de aquella escultura. Sólo su cabello cortado a máquina le situaba en
nuestro tiempo, en lugar de aquella época en la que se supone que vivió
Hércules. Durante años habíamos practicado juntos el noble arte de la lucha
greco-romana pero, mientras yo la había puesto en segundo plano para vivir otros
aspectos de mi vida, Ramón no la había abandonado ni un solo día. Había pulido
esa disciplina hasta la maestría. Y su cuerpo había acompañado ese esfuerzo
creciendo y definiéndose en las hermosas formas inscritas por los dioses en el
cuerpo de cada hombre, y que sólo el tiempo puede revelar. Viejo amigo ¿Hasta
donde querías llegar?
Me acerqué a la armoniosa fortaleza de músculos que era Ramón
y le cogí por el hombro, cerca de su cuello ancho. Se volvió alzando las cejas
para atenderme, todavía recién salido de una ensoñación.
- Dentro de poco serás como él – le dije indicándole el
cartel.
Ramón sonrió. Sus ojos marrones volvieron a la realidad y me
contestó.
- No lo creo… Tu hijo sí que llegará lejos.
Aquel comentario me sorprendió.
- No te habrás dado cuenta… - continuó -. Cuando Marcos tenga
nuestra edad será diez veces mejor que yo.
Se me llenó el pecho de orgullo; una sensación cálida que me
erizó los cabellos de todo el cuerpo. Ramón dosificaba muy bien sus palabras y
si un maestro tan diestro como él hablaba así de mi hijo, entonces no había
lugar a dudas.
- Has criado un buen cabroncete – terminó.
Por el pasillo hacia las duchas del vestuario se acercaba el
aludido, humeando todavía mientras el agua caliente se evaporaba sobre su
cuerpo. Era verdad que el pequeño me había salido bien. Aunque ya no era tan
pequeño, tenía veinticinco años. No sé cómo conseguí interesarle por la lucha,
pero desde bien pequeño se unió a mí y a Ramón en nuestras prácticas. Había
desarrollado un cuerpo estilizado de hombros anchos y cintura estrecha. Con los
músculos todavía hinchados por el esfuerzo en la clase que habíamos terminado,
parecía exactamente lo que era: una máquina fuerte y veloz de reducir oponentes.
Su sonrisa confiada era sólo uno de los encantos de su hermosa cabeza, que lucía
casi afeitada desde que volvió del servicio militar. Su vanidad juvenil y su
físico le habían empujado a dejarse una perilla que le diera un aspecto
agresivo, para compensar su mirada tierna.
- ¿Qué tramáis, vejestorios? – nos dijo sin ningún reparo en
mostrar su orgullosa desnudez a nosotros y al resto de deportistas del
vestuario.
- Estábamos hablando del campeonato nacional – mentí -. Ramón
piensa que estás preparado para participar.
Ramón me lanzó una mirada de censura, como cuando éramos
jóvenes y le avergonzaba bromeando a su costa delante de otros conocidos.
- ¿Me equivoco? – me dio la impresión de que había revelado
algo que Ramón pretendía confiarme sólo a mi.
Ramón se retiró al banco donde tenía su ropa de calle y
comenzó a vestirse.
- El chaval estará preparado cuando aprenda a esforzarse más
– dijo, manteniendo su tono grave.
Marcos se rió.
- Ya puedo ganaros a los dos, claro que estoy preparado –
alardeó mi hijo.
Ramón le miró directamente, con esos ojos implacables y a la
vez compasivos que se ganaron mi amistad durante toda mi vida. Bastó con eso
para hacerle callar.
- No le he dicho a tu padre que estés preparado – le cortó
Ramón -. Le he dicho que podías ser mejor que nosotros a nuestra edad. No he
hablado del campeonato. Por mi puedes participar, pero todavía no estás
preparado.
- ¿Y cuándo crees que estaré preparado? – le retó mi hijo.
- ¿Quieres estar preparado? – contestó Ramón.
- Demuéstrame que no lo estoy.
- Ven el próximo miércoles dispuesto a luchar con todas tus
fuerzas.
Marcos se extrañó por aquel desafío lanzado. Ni él ni yo
estábamos acostumbrados a escuchar esa clase de retos de boca de Ramón. No era
de los que medían su valía como luchador a través de las victorias. Pero aquella
vez mi viejo amigo se mostraba muy severo.
Recogimos las cosas y marchamos a casa Marcos y yo. Mi hijo
todavía vive con mi mujer y su hermano pequeño en casa. De camino, charlamos un
poco sobre Ramón. Marcos parecía divertido por aquella extraña salida de su
maestro en el vestuario. Confieso que yo también estaba algo sorprendido, pero
no eché más leña al fuego. Ramón comprendía mucho mejor que yo la lucha y cómo
enseñarla, y tendría sus razones.
Cuando llegamos a casa, una de las novias de Marcos estaba
montando guardia delante de la puerta del edificio. Siempre había alguna. Mis
amigos y yo bromeábamos sobre que a mi hijo nunca se le secaba el jugo de hembra
del rabo. Era natural. Con aquel cuerpo y esa sincera jovialidad en su carácter,
era irresistible. Condenado… Marcos se quedó en la calle hablando con su próxima
presa.
Yo subí a casa. Cené algo suave y vi con mi mujer la película
de la tele de aquella noche. Era aburrida, así que decidí llamar a Ramón para
intentar adivinar las raíces de su comportamiento. Ramón me comentó que era
verdad que le podía enseñar muy poco a Marcos, que lo que le faltaba por
aprender era algo decisivo que el estudiante debía alcanzar por si mismo. Le
pregunté qué era aquello que le faltaba por aprender. Como respuesta, Ramón me
recordó que yo no había competido nunca y no podría entenderlo. A pesar de todo,
me explicó que había una forma de acelerar aquel aprendizaje. Dijo que no era
fácil y me preguntó si estaba dispuesto a preparar a su hijo para aprender
aquella lección. Por mi orgullo paterno le adelanté que haría lo que fuese
necesario para que mi hijo llegase a ser todo lo que podía ser.
- ¿Cueste lo que cueste? – me preguntó Ramón.
No supe que responder a eso. Sencillamente le dije que no
hasta el punto de amenazar su vida o su integridad, pero que bien le había dado
un par de cachetes cuando era pequeño, y tenía el derecho de padre de seguir
dándoselos, aunque fueran otra clase de cachetes.
- Bien – concluyó Ramón -. No faltes el miércoles.
Aquella conversación me dejó intranquilo.
Ramón me había confesado muchas veces que Marcos representaba
para él la posibilidad de darle un futuro a la lucha greco-romana. Que estaba
dispuesto a hacer lo que fuera necesario si el chico quería convertirse en ese
futuro. Durante varios años, cuando Marcos era sólo un adolescente y en las
clases de lucha a penas podía hacer otra cosa que rodar indefenso entre los
brazos y el torso de Ramón, me preocupó que los gustos sexuales de mi amigo
pudiesen afectar al crecimiento de mi hijo. Yo le confesé también mi
preocupación a Ramón.
Él, herido en su amor propio ante mi falta de confianza, me
reveló con los ojos brillantes y la cara enrojecida de ira que ciertamente amaba
a mi hijo, que le quería con locura, física y espiritualmente, con la clase de
amor que profesaban los antiguos filósofos. Y que su peor pesadilla era que ese
mismo amor le separase de su ser querido. Por eso nunca se había tomado ninguna
libertad con él. Marcos no sabía nada de los sentimientos que despertaba en su
maestro. Tomaba su cariño por afecto paternal y por los fuertes vínculos que
nacen entre maestro y alumno. Al fin y al cabo, Ramón y yo compartíamos su
paternidad en la práctica. Éramos sus dos referencias masculinas principales.
Con el tiempo Marcos se hizo mayor y empezó a saber más de la
vida. Me imaginé que no le había pasado desapercibido el hecho de que Ramón
viviese sólo a pesar de su hermosura, incluso en sus cuarenta años, y que tenía
pocas amigas. Decidí que todo aquello debería seguir su curso natural, y que no
me interpondría mientras Marcos no se quejase. Ramón, por su parte, se portó
como el maestro que era, disimulando su interés y ocultando sus erecciones
ocasionales en las duchas o la sauna. Pero ¿A qué se refería con hacer todo lo
necesario?
Para bien o para mal, el miércoles no tardó en llegar.
Me presenté en el gimnasio de Ramón antes de que llegara mi
hijo. Encontré a mi amigo concentrado y serio, sólo en el vestuario. No había
visto ni al recepcionista ni oía voces ni golpes de las otras clases de artes
marciales que se daban en el gimnasio de Ramón.
- Les he pedido que suspendan las clases hoy, por motivos
familiares – me informó Ramón.
También me comentó que había suspendido la clase para otros
luchadores que no fuéramos nosotros, porque la pelea con Marcos no iba a ser una
lucha agradable y prefería que no la vieran. Me asusté un poco al oír eso, pero
Ramón me aseguró que no iba a ocurrir nada que Marcos no quisiera que ocurriera.
Dicho esto, Ramón embutió su generosa dotación viril en unos boxers de malla y
marchó hacia la sala de prácticas.
Al poco rato llegó Marcos de la universidad, como si fuese un
día normal y corriente. Con el tiempo y la confianza, Marcos le había perdido
gran parte del respeto que le tenía a Ramón. Con el entrenamiento y la práctica,
Marcos conocía la forma de luchar de Ramón y sabia bien cómo enfrentarse a él y
hasta derrotarle. Habían llegado al punto en el que Marcos podía ganar más de la
mitad de veces que los dos luchaban. A pesar de todo, yo conocía muy bien a mi
amigo y sabía que ser entrenador no era lo mismo que competir. Supuse que Ramón
quería demostrarle a Marcos que su suficiencia estaba injustificada, que todavía
le quedaban muchos trucos por aprender antes de poder aspirar con dignidad a un
título nacional.
Dejé a mi hijo cambiándose en el vestuario y fui a ver a
Ramón al gimnasio acolchado. Allí, con el torso al descubierto, imponía con su
sola presencia. Sus grandes y densos músculos no estaban allí sólo para hacer
bonito y se notaba en la forma en la que se apretaban los unos contra los otros
mientras los calentaba. La bruma rizada de vello oscuro por todo su torso, que
muchas veces envidié, todavía no mostraba signos de humedad, aunque poco le
faltaba para convertirse en una nueva piel negra y reluciente sobre su carne
morena. Hacía mucho tiempo que no le veía luchar a pecho descubierto. Entonces
le miré la cara y comprendí. Su mirada era la de un hombre concentrado y
resuelto dispuesto a darlo todo. Sólo le había visto mirar así en la última
competición que ganó. Nunca me expliqué por qué después de aquella competición
decidió retirarse. Llevó los colores nacionales a lo más alto del podio en las
competiciones europeas. Todo el mundo creía que el oro de los mundiales y de las
olimpiadas de los próximos ocho años sería suyo. Pero a mitad del campeonato
mundial, se retiró. Y ni siquiera iba perdiendo. Derrotaba a sus rivales en muy
pocos segundos, con una ferocidad que no casaba con la serenidad de su rostro.
Se retiró y se negó a dar explicaciones. La prensa deportiva le olvidó
rápidamente. La lucha no es el ajedrez, no existen Bobby Fischers en ese mundo y
a nadie salvo aquellos que le conocíamos bien y a algún periodista fanático
pareció importarle aquella decisión que dejaba la lucha greco-romana sin uno de
sus grandes nombres.
Pero ese día, el Ramón imbatible había vuelto y Marcos no lo
tendría nada fácil, a menos que mi hijo fuese ya tan bueno como su maestro en
aquella época. Ramón me miró con sus pacíficos ojos, implacables, esta vez, y
supo que yo entendía.
Marcos apareció por la puerta con su sonrisa de héroe de
cómic. Inocente e impoluta. Quizá hasta insolente. Me había costado muchos años
sentirme cómodo con la idea de que mi hijo tenía más éxito con las mujeres que
yo. Qué diablos, el crío me superaba en todo. Había cogido todo lo bueno de su
madre y de mi sólo había sacado los cojones. Me costó reconocer que le envidiaba
mal, con amargura. Pero con el tiempo aprendí a reconfortarme en su propia
fortuna. Sin embargo, aquella sonrisa me devolvió una pizca de ese deseo amargo
de que mi hijo fracasara en aquella prueba desconocida que Ramón le había
propuesto.
- ¿Qué hemos de hacer hoy? – preguntó despreocupado Marcos.
Ramón abandonó sus ejercicios de calentamiento y se irguió
para hablar con su discípulo.
- Hoy luchamos.
- Como siempre – le cortó mi hijo -. ¿Y qué?
- No - le dijo Ramón -, has confundido mis esfuerzos por
hacerte mejorar con una lucha en firme.
- ¿Y crees que no puedo ganar igualmente, es eso? – le retó
mi hijo, creo que sin saber en lo que se metía.
- Cuando te entreno me importas tú y tu progreso – le
respondió Ramón -. En una lucha de verdad sólo me importa mi beneficio y en esas
condiciones los motivos lo son todo.
- Pues vale, pues lucha en serio si quieres.
Me senté fuera del área de combate, esperando que aquello
comenzase como una explosión, inesperada y rápidamente.
- Esto no va así, Marcos – le dijo Ramón -. No voy a luchar
contigo nunca más, ni te voy a entrenar. He estado observándote en las
competiciones que has librado, incluso en las que crees que nadie conocido te ha
visto. Y no he visto a un luchador, sino a una representación de un luchador.
- Bueno, entonces sabrás que representación o no, gané todos
los torneos – se quejó Marcos.
- Porque tienes un buen entrenamiento y buena disposición –
le explicó el maestro -. Pero eso es todo. Para ti la lucha no significa nada y
mientras sea así, nunca serás capaz de ganarme.
- Ponme a prueba a ver.
- Ya te he dicho que no volveré a luchar contigo.
- ¿Entonces a que viene todo esto, si no quieres luchar?
- Es que serás tú quien no querrá luchar conmigo – le dijo
Ramón.
Marcos sacudió la cabeza. Era inteligente y aquella discusión
le llevaba por caminos poco racionales para su estilo.
- ¿Pero qué dices? No te entiendo.
- Verás, yo sí que quiero entrenarte y luchar contigo, pero
tú nunca vas a querer.
- Eso lo decido yo, ¿no? – Marcos empezaba a pisar terreno
desconocido.
- A partir de hoy sólo lucharemos por algo que nos importe –
le aclaró Ramón -. Si no estás dispuesto a arriesgar algo en la lucha, no me
enfrentaré a ti.
- Ah, ¿y tú que arriesgas? – le preguntó Marcos volviendo a
sonreír.
- Si me vences en un combate en el que los dos nos apostemos
algo importante, yo cerraré mi gimnasio.
- ¿Pero qué dices? – se asustó Marcos – ¿Por qué tendrías que
hacer eso sólo por perder contra mi?
- Porque tú también estarías arriesgando algo esencial en tu
vida en esa lucha. Si mi apuesta no es tan alta como la tuya, la lucha no tendrá
ninguna utilidad.
- ¿Y qué quieres que apueste? – accedió finalmente Marcos.
- Quiero que, si te derroto, me entregues tu cuerpo durante
una hora – le propuso Ramón.
- ¿Qué quieres decir?
- Lo que has oído. Tu absoluta entrega. No has de hacer nada,
sólo entregarte y obedecer.
- ¿Y qué harás?
Mi hijo parecía tonto.
- En una hora destruiré las bases sobre las que sustentas tu
identidad. Me saciaré contigo. Tu cuerpo será mi premio por poner toda mi vida y
mis sueños en peligro.
- Espera – le dijo Marcos - ¿Estás diciendo que quieres
sobarme o algo?
Marcos me miró, casi exigiéndome que interviniese, pero yo
había seguido la conversación y me parecía totalmente lícito.
- Puedes negarte a luchar – le expliqué -. Él no te está
obligando a nada. Sólo te dice que si quieres medirte con él en serio, que si
quieres ganarte su respeto, debes apostar algo esencial para ti en una lucha. Yo
no lo haría, pero quién sabe, igual hasta le ganas.
- El espíritu es la esencia de la lucha – añadió Ramón -.
Serás siempre un luchador hueco si no sabes lo que es darlo todo en una pelea.
- Ya veo…
Aunque Marcos seguía ofreciendo su apostura orgullosa, no en
vano era un excelente luchador, su rostro y su pecho enrojecieron de ira al ver
su habilidad y su compromiso cuestionados.
- Si por mi fuera te haría sentir el terror de tener que
luchar por tu propia vida – le dijo Ramón -. Pero no le deseo esa sensación a
nadie. A pesar de todo, te conozco bien. Sé que la idea de perder apostando tu
cuerpo te aterra igualmente.
Ahora entendía mejor a Ramón. Yo nunca había competido a su
nivel, no sabía la clase de terreno emocional en la que él había desarrollado
sus combates. Me pareció bien que intentase hacerle comprender a mi hijo que la
lucha es algo más que entrenar para tener un cuerpo y un prestigio con el que
atraer a las niñas. Pero lo que pasó a continuación me sorprendió.
- De acuerdo – dijo Marcos -. Pero quiero que lo dejes bien
claro. Si no me ganas, dejarás la lucha. Y nada de árbitros. Se gana cuando el
otro ya no pueda luchar.
- Me parece justo. Lucharé contigo si accedes a las
condiciones que ya te he mencionado – respondió Ramón, respirando profundamente
-. Jura tu compromiso y podemos empezar.
- Lo juro, sí.
Desde el primer momento, Ramón entró en un estado de
concentración todavía más profundo que el que le había observado al entrar en el
gimnasio. Su cerebro parecía atenazado al presente, no había nada más en el
mundo que aquel círculo acolchado y su rival. Pude sentir la intensidad de su
voluntad. Me eché levemente atrás sin advertirlo. Mi hijo también percibió algo
de esa fuerza, pero estaba enfurecido, atrapado entre su orgullo y su miedo.
La lucha duró poco.
La musculatura velluda de Ramón restallaba al chocar con el
cuerpo de mi hijo, que ponía en práctica su habitual despliegue de técnicas.
Marcos conocía perfectamente los puntos débiles de su maestro y, a pesar de eso,
Ramón esquivaba sus trampas por pura fuerza de voluntad. El desaliento hizo el
resto. En cuanto Marcos descubrió que sus recursos técnicos no tenían efecto en
Ramón, ni siquiera pensó que su maestro estaba gastando sus últimas fuerzas y
que podía vencerle si le agotaba durante un par de minutos más. Sencillamente se
bloqueó y sus hombros tocaron la lona. Pero aquello no era un combate al uso y
aquello no terminó ahí. Ramón le estranguló el cuello con sus gruesos brazos,
tensos y venosos, y le hizo sentir la indefensión de una víctima.
Mi hijo gritaba, haciendo fuerza para liberarse, pero era
demasiado tarde. Sus ojos, antes orgullosos, rodaron y finalmente se cerraron,
huyendo de la mirada penetrante de Ramón. Su espíritu se había quebrado y,
aunque no quería reconocer su derrota, su cuerpo le abandonó.
Ramón le dejó caer al suelo para que recuperase el aliento.
Me sobrecogió ver, al caer mi hijo, que Ramón tenía una tremenda erección que
deformaba sus apretados boxer. El maestro aspiró hondo y emitió un rugido
triunfal propio sólo de aquellos que han salvado la vida en el último instante.
Hasta que no oí aquel grito que le salía desde los cojones, no me di cuenta de
lo en serio que se tomaba mi amigo aquel ejercicio. Supe que en realidad se
había apostado lo que daba sentido a su vida.
Marcos seguía en el suelo, casi en posición fetal, respirando
de nuevo, con pocas ganas de saber lo que iba a suceder después.
Ramón estaba exultante, su ancho pecho velludo emitía
destellos de luz robados por su sudor a la estancia. Sus abdominales, macizos y
definidos por el esfuerzo, sacudían la alfombra de vello que los cubría. Ramón
no perdió ni un segundo. No sentía ninguna vergüenza por sus deseos. Se bajó los
pantalones y descubrió su hombría medio erecta con su par de cojones afeitados
que ascendían y descendía mientras él respiraba. Los diecisiete centímetros de
gruesa carne ribeteada de venas gordas y oscuras se curvaban hacia mi hijo,
ganando vigor y altura por momentos.
Marcos no quería mirar lo que Ramón le ofrecía. Rehuía el
contacto visual, cohibido. Ramón aferró el pescuezo de su discípulo con su
manaza derecha, temblorosa por la tensión acumulada y el gozo de la victoria. Lo
reincorporó sobre sus rodillas y le orientó hacia el colchón oscuro de vellos
púbicos que remataban la base de su falo.
- Chúpalo.
Marcos cerró los ojos, haciéndose el sordo.
- Has perdido, mámame el rabo.
Marcos no se movía. Ramón cambió de mano. Le cogió el cuello
con su mano izquierda y le abofeteó con la mano derecha en la mejilla. Marcos
gruñó un poco. Ramón apoyó el grueso prepucio medio descorrido de su bálano
sobre los labios de mi hijo. Al sentir el fuerte olor que el macho adulto
desprendía por su miembro viril, Marcos reaccionó un poco y apartó su mejilla a
medio afeitar. Ramón le volvió a pegar en la mejilla.
- ¡Chupa, cabrón! – le ordenó con urgencia masculina.
Aquello me sacó de mis casillas. Marcos había perdido, sí,
pero aquello iba a terminar en tortura. Me levanté rápidamente, me acerqué a mi
amigo y le empujé con una mano para que dejara en paz a mi hijo. Ramón ni se
inmutó, no se opuso ni mostró sentimientos de queja, se quedó mirándome a mi y a
Marcos, con su hombría reluciente, enhiesta, exhibiendo toda su fortaleza ante
nosotros, sin descender un ápice.
- Levántate – le dije a Marcos –, nos vamos a casa.
Cogí a mi hijo por los tirantes de su traje para ayudarle a
caminar pero, por alguna razón no parecía facilitarme su rescate. Pensé que
estaba todavía aturdido. Los estrangulamientos en el cuello a veces lo dejan a
uno medio inconsciente.
- ¿Estás bien? – le pregunté -. ¿Qué te pasa?
Marcos se puso en pie, todavía con el espíritu sometido, pero
despierto.
- Déjalo papá – me dijo -. Tiene razón. Si no aprendo a
hacerme cargo de mis derrotas, nunca sabré por qué peleo.
- ¿Qué? – aluciné - ¿Sabes lo que quiere hacerte? ¿Es que no
sabes que lo que lleva toda la vida esperando poder hacerte?
- Si, ya lo sé, y no me gusta. Pero tenía razón en lo que
decía y yo he peleado voluntariamente.
Ramón cruzó los brazos sobre el pecho, ansioso porque
llegáramos a una conclusión, aunque pude leer en él un gesto de satisfacción.
- Si salgo por esa puerta – me dijo Marcos – no podré
volverme a considerar un luchador de verdad nunca más.
Me quedé sin habla. No sólo por lo que decía, sino porque
reconocí en su joven rostro la gravedad de mi amigo de cuando los dos éramos
meros iniciados en la lucha. Entonces me di cuenta de lo parecidos que eran
Ramón y mi hijo.
- Anda, vete a casa – me pidió mi hijo.
- Qué cojones, yo no me voy – le dije, ofendido.
Como si alguna vez hubiese aceptado órdenes de mi propio
hijo.
- Que se quede si quiere – intervino Ramón -. No cambiará
nada.
Marcos me dejó y anduvo cabizbajo hacia su maestro, que le
esperaba con su falo goteando. Un hilo grueso de fluido cristalino colgaba del
ojo de la punta del mástil de carne, vibrando al son de los latidos del corazón
de Ramón.
Marcos llegó a su altura, esperando órdenes. Ramón se acercó
a él, mirándole con orgullo le cogió por las sienes y le dio un beso en la boca.
Marcos cerró los ojos ante la invasión de sus labios. Ramón lamió el bigote y la
perilla de su joven aprendiz, recorriendo su cabello cortado al uno con las
palmas de sus manos. Tras ese leve prólogo, Ramón retiró las tiras de los
hombros del traje de Marcos revelando su torso fuerte y definido, apenas
cubierto de un fino vello desde el centro del pecho hasta el pubis. Luego Ramón
presionó a Marcos por los hombros para comunicarle que debía volver a ponerse
sobre sus rodillas.
Ramón lo situó a la altura de sus genitales y miró a Marcos
con dureza, invitándole a engullir su falo, que volvía a presentarse ante su
cara con su apreciable aura de calor.
Marcos perdió valor y cerró los ojos. Ramón refregó sus
enormes cojones rapados por la barbilla y la nariz de mi hijo. Se los restregó
por las cuencas de los ojos y por sus perfectas cejas rectas mientras se sacudía
el rabo y jadeaba ruidosamente, más por la excitación que por el cansancio del
ejercicio. El contacto del suave escroto del maestro sobre su cara no debía
parecerle desagradable a mi hijo, porque se relajó un poco y se permitió
respirar mientras Ramón le perfumaba la cara con su sudor varonil.
Desgraciadamente para mi hijo, el relax no duró mucho porque
seguidamente su maestro le estaba paseando su pringoso bálano por los labios.
Marcos cerró los ojos con fuerza al notar el fluido viscoso fruto de la
excitación del enorme hombre que manaba de aquella cañería de carne. Ramón le
abofeteó levemente.
- Mírame – le ordenó -. Mírame, te he dicho.
Marcos abrió los ojos. Se apoyó con sus manos en los gruesos
muslos musculosos de Ramón. Vio la mirada de su maestro clavada en él y supo que
tenía que obedecer pese a la repugnancia y el miedo que sentía.
Con timidez, permitió que el miembro viril de Ramón cruzase
el arco de sus labios. Mi amigo tensó sus glúteos peludos y empujó su ariete
palpitante hacia el interior de la cabeza de mi hijo. Una vez dentro, probó la
resistencia de las paredes de esa boca presionando con la punta de su falo. Mi
hijo, que nunca se había metido nada tan grande en la boca, estuvo a punto de
ahogarse y vomitar cuando Ramón le presionó la garganta, pero el maestro
controló muy bien sus envites y lo mantuvo todo el rato poseído y dominado.
Yo me desesperaba desde el borde de la cancha viendo como mi
amigo se follaba por la boca, sin piedad, a mi hijo. Lo que me exasperaba no era
ver como el enorme oso musculoso, como un Poseidón furioso, estrujaba su rostro
barbudo en expresiones de gozo, disfrutando porque su cuerno de mear se rozaba
con la lengua y la garganta de mi hijo. Eran los gemidos ahogados y angustiosos
de cuando Marcos se asfixiaba o sentía que le venía una arcada y Ramón no le
dejaba escupir la polla de su boca.
Mientras embestía, me miró sonriéndome y me dijo entre
espasmos de placer:
- ¿Te pones nervioso? Pues luego me lo follaré por el culo,
vete si no quieres verlo.
Cuando Ramón dijo eso vi que a Marcos se le escapaba una
lágrima por los ojos.
- Muy bien, machito, sigue mamando así, como un ternerito –
le indicaba Ramón -. Ahora no te asustes. No te lo tragues, pero no lo escupas…
Marcos no entendió al principio lo que su maestro le decía,
hasta que del carnoso pistón de carne que le penetraba el rostro surgió zumbando
una nube de esperma dulzón y salado que le llenó la boca. La copiosa semilla de
macho en celo le rodeó la lengua e inundó toda su cavidad bucal mientras el
hombre seguía empujando y retirando su miembro, bufando como un caballo o un
toro.
Los ojos de Ramón se abandonaban al éxtasis mientras los de
mi hijo se abrían de incredulidad, a medida que los disparos de su maestro le
llenaban la boca más y más de leche.
- Ya se acaba… - logró decir Ramón, medio riéndose.
Los pezones del maestro se endurecieron y su rostro se
enrojeció. Estaba claro que hacía meses o años que no se corría de esa manera:
tan temprano y con tanto espesor. Ramón retiró su falo de la boca de su
discípulo, todavía enhiesto y orgulloso, vestido como de clara de huevo. Sus
testículos como mandarinas se bambolearon, ufanos, casi sin acusar el esfuerzo
de la eyaculación, y sin duda produciendo más esperma para un nuevo asalto.
- Así, no lo escupas…
Ramón reincorporó a su discípulo, que le evitaba el contacto
visual. El maestro le besó en los labios e invadió su cabeza con su lengua.
Marcos se veía incapaz de respirar y a la vez retener la semilla de su maestro
en la boca. Ramón recuperaba parte de su semen de la boca de Marcos, pero le
asfixió intencionadamente para notar la angustia de su aprendiz cuando se vio
obligado a tragar el esperma. Observé aterrado como su cuerpo se convulsionaba e
intentaba escapar al notar como la lefa le resbalaba por la garganta hacia el
estómago y le embarraba todo el cuello. Vi su nuez ascender y descender, señal
inequívoca de que Ramón se había impuesto finalmente. En medio de aquella
angustia de asfixia Marcos tosió sin querer algo de la esperma de Ramón, que
quedó atrapada entre el rostro barbudo del maestro y la perilla corta de mi
hijo.
Ramón sonreía con una expresión dulce que no le había visto
jamás. Marcos goteaba semen por su barbilla, colgando de los vellos de su
perilla.
- No te limpies – le ordenó Ramón.
Luego Ramón desnudó a Marcos completamente y le obligó a
sentarse en la cancha. Marcos se puso más nervioso, porque entonces pudo ver que
aquello no iba a terminar con su cara bañada en la lefa de su maestro. En
comparación con los de su maestro, sus huevos grandes y jóvenes colgaban
tímidos, acobardados entre sus grandes muslos depilados que mostraban todos sus
vasos sanguíneos, como enredaderas. Ramón no pudo evitar ponerse a lamer y besar
esas gruesas venas durante unos minutos. Marcos le miraba chupar, aterrado,
vulnerable, con las piernas abiertas exponiendo los órganos que tenía en más
estima. Ramón ascendió hasta raíz de las piernas, donde el olor a macho era más
intenso y lamió el escroto de Marcos. Éste sintió como la fuerte lengua de su
maestro rodeaba y palpaba cada milímetro cuadrado de sus testículos, incluso en
el nacimiento de los conductos que los mantenían unidos a su abdomen. Notaba
algo parecido a dolor, pero no era un dolor que le impulsara a huír.
Finalmente Ramón se levantó. Me miró y me dijo sin piedad:
- Voy a abrirle el culo después. Si quieres puedes prepararle
para que no sangre.
Dicho esto se levantó, fue a buscar su bolsa de deporte que
estaba en una esquina del gimnasio. Sacó un tubo de crema y lo lanzó cerca de
Marcos, que no entendió nada.
Mientras Ramón recuperaba fuerzas tras el combate y su
primera corrida, tomando un refresco, me quedé mirando a Marcos, yaciendo en el
suelo, que todavía luchaba con la extraña sensación que le había dejado el semen
en su boca.
Me acerqué a él y le dije que se estirara boca abajo. Sabía
bien lo que es ser penetrado. Antes de que naciera Marcos ya había probado
alguna vez todos los placeres que el cuerpo puede ofrecer y recordaba bien lo
doloroso que podía ser si no te preparaban bien la primera vez.
Marcos yacía tendido, inerme, sollozando aunque no quería que
lo viera, mientras mis dedos enguantados en lubricante separaban sus glúteos
buscando su ano. Vencí la leve resistencia de su culo y me abrí paso en su recto
con dos dedos, notando un estremecimiento alrededor de mi mano. Toda aquella
armadura de músculos forjada tras tantos años de entrenamiento no le habían
servido para vencer a su maestro. Ya no le quedaba el mínimo orgullo para
levantarse y defender su virilidad. Ramón dispondría de su cuerpo como un león
que tras una lucha a muerte con su presa se da un festín. Aquel orgulloso cuerpo
que había sido cabalgado por tantas hembras, sería violado sin piedad y sin
posibilidad de retribución. Le metí lubricante hasta en el interior del recto.
Su culo era un hoyo mucoso y resbaladizo. Eso era todo lo que pude hacer por él.
En seguida noté el olor ácido del sexo de Ramón cerca de mí y su mano me indicó
que ya era suficiente. Por el aura de calor que emanaba de su cuerpo peludo,
supe que mi amigo estaba disfrutando de aquello.
- Sal de la cancha – me ordenó.
Le obedecí a regañadientes. Le vi arrodillarse entre las
piernas separadas de mi hijo. Le cogió las piernas por los tobillos y le dio la
vuelta. Marcos se tapaba los ojos con sus fuertes brazos, intentando ocultar sus
lágrimas. Ramón lo trajo hacia si, cogiéndole de las rodillas, como quien maneja
un fardo. Le apartó los brazos de la cara, inmovilizándolos por encima de su
cabeza. Marcos volvía a mirar como un niño pequeño que se ha lastimado y sangra
por primera vez, buscando a su madre para que le lama la herida. Sobre él, el
inmenso continente de virilidad que era el cuerpo de Ramón, con sus valles y
bosques de vello sombrío, pendía sobre su joven cuerpo. Ramón permanecía serio,
nada en su expresión negaba lo que iba a ocurrir. Sin embargo, en su mirada
paternal sí había un brillo de cariño. El rostro barbudo de Ramón descendió
sobre la cara de Marcos y le lamió las lágrimas y los ojos cerrados.
- Tranquilo, hermoso cachorro, sólo te dolerá al principio… –
le dijo en una voz firme pero que a penas alcancé a oír.
Marcos lloró un poco al oír eso. Ramón le separó las piernas
con su propia cintura e hizo que el voluminoso saco de su escroto se deslizara
con el contenido del escroto de mi hijo. Así restregó también su miembro viril
completamente desplegado por el bajo abdomen de mi hijo, empapándolo de jugos
seminales. El suave mecerse del contoneo pélvico del maestro tranquilizó a
Marcos, que normalizó su respiración y la acompasó con los ensanchamientos de la
caja torácica de Ramón. El contacto de sus testículos con los de su maestro
parecía hipnotizarle. La abrumadora virilidad de Ramón extendida sobre su
abdomen, que le presionaba hasta el ombligo, ya no le hacía revolverse.
- Tranquilo… - le volvió a susurrar -. No es un deshonor…
Ramón abrazó a Marcos por todo el torso, cubriéndole con su
calor y levantó su musculoso culo velludo para posicionar su tronco viril de
camino a su objetivo. Ramón se irguió un poco sobre sus brazos para facilitar su
maniobra. Marcos sintió como la punta del ariete de Ramón presionaba contra su
ano y casi se colaba por efecto del lubricante. Al notar el cuerpo extraño
intentando introducirse en él, Marcos reaccionó y cerró su esfínter, lo que le
proporcionó un aguijonazo de dolor que le arrancó un gritito.
- Shh… - le tranquilizó Ramón – Ábrelo… Ábrelo bien…
Ramón dio su primer síntoma de clemencia penetrando a mi hijo
con suavidad y paciencia. Empujaba con ritmo lento y aumentando la profundidad
milimétricamente en cada asalto. Marcos abrió los ojos como platos, sintiendo
por primera vez que aquello le estaba ocurriendo a él. Que le estaban reventando
el culo y no se detenían. Como un joven soldado que orgulloso se ha entrenado y
entregado, que ha jurado toda su sangre a la patria sin tomar conciencia de su
propia muerte hasta notar la primera puñalada del enemigo en sus entrañas.
Demasiado tarde para pensar en dedicar su vida a algo más constructivo. Marcos
emitía unos aullidos breves de verdadero dolor cada vez que era ensartado. De
repente todos los chistes de maricones que había oído o contado viraban hacia
él, como veletas acusatorias del cambio del viento. Su hombría sangró dos
últimas lágrimas hasta que Marcos comprendió que aquel era su propio fin, que no
volvería a erguirse orgulloso sobre sus talones. Ramón, implacable se abría paso
en su cuerpo ultrajando sus entrañas y su honor en un mismo movimiento.
- Shh… Calma… Ya está…
Un sonoro palmeteo anunció que finalmente los gruesos cojones
del maestro de lucha habían topado con el firme trasero de Marcos. Ramón retiró
completamente su falo del interior de mi hijo embistió fuertemente sin
penetrarlo un par de veces y volvió a hendirse en el cuerpo de Marcos,
lentamente. El siguiente grito de Marcos fue grave. Marcos se quedó paralizado.
Ramón se tumbó encima de él y le abrazó por la cabeza mirándole fijamente con
sus ojos, marrones y sinceros, emanando orgullo.
- Cachorro valiente… - le dijo.
Marcos permanecía con los ojos abiertos, con la respiración
entrecortada mientras sentía la enorme hombría de Ramón alojada en lo más hondo
de sus entrañas.
- ¿Así está bien? – le preguntó Ramón.
Marcos no respondió con voz pero sus ojos se cruzaron por
primera vez con los de Ramón, y él lo notó y su abrazo se volvió más tierno.
Hasta los muslos del joven se relajaron y cayeron a los lados, facilitando la
invasión del maestro.
Los envites de Ramón se hicieron más poderosos y exigentes
hasta el punto de alzar la cintura de Marcos en cada empuje. Los gemidos agudos
habían sido substituidos por resoplidos viriles. Ramón entregaba toda su hombría
en su cópula, lastimándose sus propios huevos, encadenado al placer que le
sumergía con su peso en los esfuerzos más varoniles. Marcos acusaba la sensación
de estar siendo empalado y sus pulmones se vaciaban como si la presión en su
interior le llegara hasta el estómago. Ramón miraba con orgullo a su discípulo,
sin detener su asedio, vertiendo desde todo su busto gotas de sudor sobre el
pecho calvo y la cara de Marcos. Ramón se había dado cuenta de que Marcos estaba
disfrutando de la penetración. Retiró por completo su falo y Marcos gimió
desesperado al notar el vacío en su interior. Con sus ojos le imploró que
volviese a llenar aquel hueco que poco a poco se iba cerrando. Ramón le premió
con lo que deseaba. Se introdujo de nuevo en su discípulo con un fuerte empellón
y repitió la maniobra.
- Putito… - le decía, enardecido por su triunfo – Te gusta…
No luches… Sé que te gusta…
Ramón notó algo en su vientre y se irguió sobre sus rodillas,
todavía empalando a Marcos y me dijo desde el fondo del abismo de placer en el
que se encontraba:
- Mira a tu hijo lo macho que es…
Efectivamente, el miembro de mi hijo desplegaba sus viriles
dimensiones y sus cojones, tan grandes y obedientes, ascendían a ambos lados del
mástil dispuestos para destilar su fértil esperma.
- No puedes escapar del placer, putito… - le decía Ramón -.
Estamos diseñados para esto también…
Ramón repetía sin parar sus tremendas puñaladas. Se retiraba
completamente de Marcos y lo volvía a ocupar clavándose con todas sus fuerzas
hasta que sus testículos le dolían. Ramón volvió a tenderse sobre su presa y
reinició su mete y saca violento, dispuesto a llegar al final inevitable de
aquellos esfuerzos. Marcos recibió aquel nuevo asalto con los ojos muy abiertos,
implorantes. Ramón le pasaba la barba por toda la cara mientras le follaba.
Supe más adelante que en aquellos momentos a Marcos le
parecía estar siendo violado por un poderoso dios griego y que su semilla
ardiente iba a ser un regalo, un premio que quedaría siempre dentro de él. El
voluminoso y cuadrado culo velludo de Ramón amartilló la pelvis de Marcos
mientras su vigorosa espalda se arqueaba. El valle de su columna vertebral
evacuaba un río de gotas de sudor hacia sus glúteos peludos. Ramón empezó a
proferir obscenidades mientras su cuerpo se estremecía ante el inminente
orgasmo.
- Mi cachorro… Toma leche de papá…
La naturaleza tomó el control del organismo del maestro y
supe al verle temblar que mientras embestía estaba inyectando en el interior de
Marcos, a trallazos, litros de esperma. Marcos gimió al notar como el cuerno
dentro de sus tripas se ensanchaba rítmicamente para bombear el semen. El ruido
que hacía ahora Ramón al entrar en mi hijo era el de un chapoteo sordo. El
cuerpo del maestro, reluciente por el sudor, se detuvo al fin para recuperar
aire. Ramón abrazó a Marcos, sin salir de él, abrigándole con su enorme torso
velludo y duro. Ramón le besaba el arco de las cejas, agradecido por aquella
entrega, pero Marcos le dijo algo al oído, algo que no escuché bien. Entonces
fue cuando por primera vez vi a Ramón sorprendido. Fue él quien abrió los ojos
e, inmediatamente, se irguió sobre las rodillas y continuó su follada. Observé
aterrado como el ano de mi hijo, completamente abierto, evacuaba goterones de
semen mientras era bombeado por la polla de Ramón. El maestro le puso esfuerzo y
nervio. Su falo, todavía duro, seguía horadando las vísceras de mi hijo, que
gemía como un niño mientras su miembro viril, caído como una morcilla sobre su
vientre terso y abombado por el esfuerzo, palpitaba anunciando tormenta…
Efectivamente, los testículos de Marcos ascendieron antes de que de su polla
surgieran varias cuerdas de leche que se extendieron por todo su pecho, hasta la
garganta, empapándole de semen.
Ramón detuvo su asedio y se volvió a tumbar encima de su
discípulo, pringándose todo el vello pectoral con la corrida de Marcos.
Permaneció un rato así y luego desenvainó su miembro todavía amorcillado, del
trasero de Marcos que, tras la violación, pudo al fin descansar sus rodillas.
Ramón estuvo abrazado a él un buen rato acariciándole la
espalda con sus manazas. Tras la corrida, Marcos había recuperado la consciencia
de si mismo y permanecía quieto, con los ojos cerrados, sollozando. De sus
generosos glúteos apretados manaba aún la esperma de Ramón manchando la cancha
azul. Las manos del maestro aprovechaban para sobar todos los músculos de su
alumno, recreándose en su redondo culo macizo, que separaba para poder mancharse
las manos de su propia semilla.
Ramón agotó lo que le quedaba de hora acariciando y
masajeando a Marcos, limpiándole el cuerpo de los jugos de macho con los que se
habían cubierto, sudor, semen, saliva…
Marcos luego se duchó con Ramón y luego marchamos a casa.
Ramón le dijo que había cumplido su palabra como un hombre, y que no esperaba
que él y Marcos fueran amigos después de aquello, pero que se había ganado su
respeto.
A pesar del calibre de Ramón, gracias al lubricante y a la
paciencia del maestro, Marcos no tuvo ningún dolor posterior. Marcos se quedó
varios días encerrado en su habitación. No hablaba con casi nadie y temí que su
sonrisa se hubiera esfumado para siempre. Mi hijo sabía que no asistir a los
entrenamientos sería una cobardía, así que volvió al gimnasio como si nada
hubiera ocurrido. Ramón y él se mantuvieron distantes, intentando adivinarse el
pensamiento el uno al otro. Las chicas que montaban guardia en la puerta de casa
no llegaban a entrar en la habitación de Marcos, y si lo hacían, salían
frustradas y confusas. Entendí que Marcos había perdido su potencia juvenil.
Había algo que le poseía y le impedía disfrutar de la vida.
Hablé con Ramón, le comenté cómo estaban las cosas y me dijo
que no hiciera nada, que el chaval estaba reconstruyéndose a si mismo y no era
bueno intervenir en un momento tan voluble. Le di a mi amigo el beneficio de la
duda. A pesar de todo, siempre sabía lo que se hacía cuando se trataba de educar
luchadores y Marcos no podía ser tan frágil como para romperse por aquello. Me
enfadé un poco con mi amigo, pero él me recordó que todo aquello había ocurrido
con mi aprobación y, más importante, con la aprobación de Marcos. Pero yo me
preguntaba qué clase de frutos daría aquello.
Tres semanas después, Marcos se clasificaba para el
campeonato de España. No lo vi, y Marcos no me habló de cómo le fue. Sólo me
dijo que se había clasificado. Sin embargo Ramón, que se había colado en la
competición como espectador, me comentó por teléfono que Marcos se había
convertido en un verdadero luchador. Tuve que esperar hasta el verdadero
campeonato para ver lo que quería decir Ramón con aquello.
Efectivamente Marcos luchaba con una ferocidad inédita. Nunca
le había visto tan concentrado en sus movimientos. No había ni asomo de ego en
su forma de tratar al contrario, sólo pura técnica y una voluntad inquebrantable
de vencer. Siempre le había visto luchar con cierta chulería, como si
interpretara un papel. Pero esta vez no se preocupaba por lo que la victoria
significaba para él. Sencillamente buscaba vencer. No perdía ninguna oportunidad
que le dieran sus rivales. Estaba en un estado de trance. Derrotó al último de
sus rivales con facilidad y fue proclamado campeón nacional. A pesar de su
triunfo, volvió confuso a su lugar, con su entrenador.
- Ahora entiendo por qué lo hiciste – le dijo a su maestro.
Al principio pensé que aquello lo dijo por aquella apuesta
que Marcos perdió. Años más tarde descubrí que se refería a por qué Ramón
abandonó la lucha.
Tras aquel campeonato Marcos recuperó su vigor. Las chicas
volvieron a empapar sus sábanas y a cabalgar en su polla dura. Un mes después
Marcos se atrevía a retar de nuevo a Ramón. Quería la revancha. Volvieron a
apostarse cosas. Marcos exigió que Ramón se apostara su cuerpo para poder
vengarse violándole. Ramón le dijo:
- No sería justo. Eso quiero que lo hagas sin necesidad de
luchar.
Las apuestas fueron las mismas, el cuerpo de Marcos contra el
gimnasio de Ramón. La lucha fue épica. Yo esperaba que, con su nuevo talento,
Marcos derrotaría a Ramón, pero la cosa no fue así. Lucharon con muchísima
concentración y una fuerza jamás vista. La cancha quedó encharcada de sudor.
Pero en el último momento Ramón consiguió imponer su estilo y tuvo que
estrangular a Marcos hasta la inconsciencia para vencerle. Cuando reanimamos a
Marcos volvió a su estado anterior a su victoria en el campeonato nacional.
- ¿Por qué no te he ganado? – le preguntó Marcos, temiendo
que volvería a tener que entregarse.
- Pues porque tengo más experiencia y sé sacarle provecho –
le contestó Ramón -. Pero estoy satisfecho. No te has rendido en ningún momento
y has peleado al máximo. Serás el mejor de tu generación, lo demuestres o no. Te
dispenso de tu promesa.
Ramón ayudó a levantarse a su alumno.
- Ahora ya no necesitas más clases – le dijo Ramón.
- ¿Y con quién ibas a pelear tú si me voy? – le preguntó
Marcos - ¿Con mi padre?
Los dos se rieron a mi costa sabiendo que yo ya no
representaba un reto para ninguno de los dos. Podían ganarme con la décima parte
de la concentración que empleaban cuando luchaban entre ellos. Cuando se
enfrentaban llegaban a un territorio que sólo conocían ellos. Alumno y maestro
se abrazaron como si fuera la primera vez que se veían tras un largo viaje.
Ya en la ducha todos reímos como de costumbre. Marcos y Ramón
se tropezaban entre las duchas, molestándose y cerrándose el paso, consciente o
inconscientemente. Al final Marcos se atrevió y metió una mano entre las nalgas
cuadradas de Ramón. El maestro no se asustó. Se siguió enjabonando mientras
Marcos le buscaba el ano con los dedos. Ramón le miró con ojos brillantes,
animándole a seguir.
- ¿Decías en serio lo de que me dejarías vengarme? – le
preguntó Marcos, tenso.
Ramón le asintió con su expresión más severa.
- Pues chúpamela.
Ramón sonrió a su alumno y llevó una mano al paquete expuesto
de Marcos, cuyos testículos pendían suaves como dos frutas maduras por efecto
del agua caliente. Ramón se arrodilló y se los comió con voracidad.
- No, la polla. Cómeme la polla – se rió Marcos.
Ramón obedeció. Un dios arrodillado para comerle la polla a
un héroe. Eso me parecían los dos. Los dieciocho centímetros de gruesa carne
joven que henchidos de la virilidad de Marcos aparecían y desaparecían en la
boca de Ramón. Mi hijo intentaba ahogarle con su hombría, pero Ramón también era
maestro en aquellas maniobras y no le costó albergar todo el calibre de su
alumno en su garganta. Al mismo tiempo, con la mano derecha masajeaba los huevos
sensibles de Marcos, estimulándolos a eyacular su esperma. Marcos se vio
sobrecogido por el placer y apoyó la espalda en la pared de la ducha.
- Basta, quiero follarte el culo – le pidió Marcos.
- Dame tu leche – le pidió Ramón desde su entrepierna.
- Por el culo primero.
Ramón se rió y le ofreció el culo a Marcos, inclinándose y
mirando hacia atrás con curiosidad. Marcos cogió su miembro duro y lo usó como
látigo contra el culo peludo de su maestro. Ramón sonrió y le apremió:
- Anda, fóllame ya, soldado ¿A qué esperas?
- Vamos delante del espejo, quiero verte la cara mientras te
rajo en dos.
- No – le retó el maestro.
Marcos ni siquiera intentó discutir con él. Le clavó de una
estocada su vigorosa morcilla y lo levantó del suelo abrazándole por la cintura.
Ramón rugió como una fiera herida, cerrando los ojos y escupiendo saliva en su
agonía. Al ser alzado todavía se empaló más profundamente en la polla de su
estudiante. Marcos lo llevó hasta los espejos del vestuario donde Ramón pudo
apoyar las manos mientras Marcos lo reventaba sin piedad. Le empaló dos
dolorosas veces más, haciendo aullar al curtido semental que el joven tenía por
maestro y le dijo:
- ¿Qué dices ahora del cachorro eh?
- Vas a tener que esforzarte más que con tus putitas para
joderme – le retó entre dientes el maestro.
Marcos intensificó sus empellones, hinchando su miembro antes
de traspasar el ano de Ramón en cada embestida.
- Lo que tú quieres es que te folle como a una putita – le
dijo jadeando Marcos -. Te voy a preñar como a una puta barata, violador.
Ramón rugió de gusto mientras aquellas palabras circulaban
por su cabeza al mismo tiempo que el dolor traspasaba su cerebro. Alcanzó a ver
en el espejo su propio rostro agonizante seguido por el de su alumno más
querido, retorcido en expresiones de placer y satisfacción por la venganza
conseguida. Ramón se entregaba al dolor de ser empalado brutalmente por su
alumno, recordando cuánto había deseado ser poseído por aquel regalo de los
dioses que era Marcos, desde que la virilidad empezó a imprimirse en su joven
cuerpo.
Los ojos de Ramón se ponían en blanco intermitentemente, no
sabía si de dolor o placer, pero empezó a sangrar por la nariz, por los dos
agujeros, de excitación.
- Lléname como a una puta… - decía -. Fó… Fóllame
Su voz entrecortada me hizo mirarle entre las piernas. Su
gran falo pendía morcillón, temblequeante como gelatina, mientras grandes
goterones de semen se precipitaban desde la punta de su nabo, entre sus piernas
hasta el suelo del vestuario.
- Toma leche de macho – le gritó con autoridad Marcos –
Trágala por el culo.
Ramón gimió al notar finalmente como su amado alumno le
volaba las tripas con su explosiva corrida juvenil que desbordó de su culo
abierto, recorriendo sus cojones, haciéndole cosquillas por detrás y chapoteando
pesadamente contra el suelo.
- ¿Te has corrido ya? – le preguntó Marcos resollando.
Ramón estaba en la gloria, con los ojos entornados, incapaz
de articular palabra. Marcos deslizó su mano por entre las piernas de Ramón y
atrapó la cabeza de su falo, haciendo que Ramón brincara de gusto. Al
encontrarla pringosa de leche, comprendió que su maestro había disfrutado
mientras era humillado y rajado por la carne de otro hombre.
- Te has corrido, so cerdo – apreció Marcos -. Tanto músculo
y tanta polla y resulta que disfrutas dejándote violar por machos.
- Si… - mugió Ramón.
Marcos entonces se dio cuenta de que su maestro sangraba por
la nariz y acudió en su ayuda.
- ¿Estás bien? – le dijo, suspendiendo el juego.
Ramón medio atontado, le aseguró que si, que estaba
perfectamente y que le ocurría a menudo.
- Deja que sangre, quiero que me veas sufrir por ti.
Marcos le dejó respirar hasta ver que los ojos de su maestro
se recuperaban de la experiencia. Mientras, Ramón limpiaba con agua del
lavamanos la polla morcillona y los huevos de su discípulo antes de
introducírselos de nuevo en la boca. Marcos estaba medio hipnotizado con la
pericia de su maestro en el masaje oral, pero Ramón de vez en cuando miraba
hacia mí, que observaba sentado en el banco, excitado pero un poco avergonzado
de aquel despliegue de lujuria homosexual de mi amigo y mi hijo. Me di cuenta de
que Ramón quería que fuéramos más duros con él. Me pareció raro que se entregara
de esa forma tan humillante pero pensé que probablemente toda su vida era el que
se imponía, y que rara vez encontraba buenos machos que tomaran la iniciativa
por él y le ofrecieran variedad. Decidí que yo también merecía una pequeña
venganza, me bajé los pantalones me masturbé hasta ponerme duro entre las
piernas de Ramón. Él empezó a respirar ruidosamente, excitado. No podía decir
nada porque la polla de mi hijo le llegaba hasta la nuez, pero por su expresión
supe que estaba deseando ser empalado por los dos extremos.
Imitando a Marcos le ensarté sin cuidado, colándome en un
agujero ardiente y cremoso, que me acogía ya relleno con la generosa lefa de mi
hijo. Ya no recordaba lo placentero que podía sentirse un culo prieto de hombre
y la recompensa sádica de escuchar los gemidos de dolor del hombre al ser
violado. Como placer añadido, podía hacer sufrir a un hombre que casi siempre me
humillaba en combate y esa sensación me produjo una erección de veinteañero
hasta el punto de que hasta Ramón se molestó en felicitarme.
- ¿De dónde has sacado esa fuerza, cabrón? – me dijo con la
polla de mi hijo sobre su mejilla.
- Cállate puta maricona – no sé si lo dije bien, sólo estaba
imitando a Marcos.
Redoblé mis empellones recreándome en cómo mis cojones se
bamboleaban contra los suyos mezclando dolor y placer en proporciones gloriosas,
en un palmeteo que sólo se da entre hombres. Ramón entornaba los ojos
completamente entregado y agradecido. El muy cerdo encontró la forma de atrapar
mis tobillos con sus piernas para forzarme a entrar más a fondo en sus
intestinos, y con las manos cogía y masajeaba los glúteos de Marcos para
empujarle más a dentro en su laringe.
- Nos está violando el muy cabrón – le dije a Marcos
mirándole -. Asfíxiale con tu leche, que se lo está pasando demasiado bien.
Ramón al oír esto rugió como un animal. Su musculosa espalda
fluía contrayéndose y expandiéndose para encajar nuestras hombrías más
profundamente. El orgasmo me arrebató cualquier síntoma de racionalidad y empecé
a insultar a Ramón mientras le apuñalaba el bajo vientre con mi descomunal
miembro.
- Muere hijo de puta, me has amariconado a mi hijo, jódete,
cabrón…
Me zumbaron los cojones de lo fuerte que me corrí. Me clavé
profundamente en mi amigo, regándole con mi semilla. Él notó mis abundantes
descargas de hombría, (y aquí no estoy dándomelas de macho) y se puso a gemir y
mugir. Pero sus mugidos se convirtieron casi en súplicas burbujeantes al
inundarse sus cuerdas vocales con el esperma espeso de mi hijo.
- Ahógate en semen – le dijo Marcos mientras volcaba su
hombría en su garganta, apretando su cabeza contra su bajo vientre.
Ramón enrojeció gorgojeando agonizante, y las venas de su
cuello se hincharon exageradamente. Retiró su cabeza como pudo y tosió un enorme
y viscoso grumo de esperma y saliva. Se irguió sin desacoplarse de mí y empezó a
masturbar su grueso nabo, púrpura ya, mientras de su boca y entre sus piernas
manaban cuerdas de esperma y saliva que le manchaban su pecho cuadrado y peludo
y los enormes muslos. Se masturbaba con fervor, mirando a mi hijo, ofreciéndole
su cuerpo.
- Destrózame los huevos, Marcos – le rogó entre jadeos.
Marcos obedeció. Le cogió los cojones húmedos, pringosos y
duros con una mano y se los apretó y tiró de ellos, torturándole. Ramón se quedó
sin aliento, se sacudió dos veces y su cuerpo entró en una serie de espasmos.
- ¡La puta! – grité al notar como su culo se cerraba
rítmicamente sobre mi polla más fuerte que ningún coño o culo que me haya
follado en mi vida.
Ramón estalló y lanzó varios trallazos de leche que cruzaron
la cara y el abdomen de Marcos, que sonreía frente a él, divertido. Todo terminó
y Ramón se desencajó de mí cuidadosamente. Aproveché para palmearle el abdomen
dándole la enhorabuena por el poderío demostrado. Ramón, resollando, se apoyó en
el lavamanos mirándonos a los dos, con la barba empapada de sudor y gotas de
esperma grisáceo. Olíamos a sudor de macho en celo y a mierda de los intestinos
de Ramón, pero estábamos completamente radiantes de satisfacción.
- Así que esto es lo que haces los fines de semanas, so
cabrón – le dijo Marcos riéndose.
Ramón, como única respuesta le guiñó un ojo, ya con su
expresión severa y viril enternecida por la gratitud.
No repetimos aquel trío, lo que significa que en este relato
no va a haber más sexo, aunque recuerdo que muchas veces llamé a casa de Ramón
para proponerle sin decírselo, que me dejara torturarlo un poco más. Pero me
resultaba muy difícil proponérselo y sencillamente me hacía una paja y me
quitaba la necesidad.
El que si volvió a ver a Ramón fue Marcos. Una tarde se pasó
por su casa y se quedó a dormir allí. Le pregunté con miedo si habían estado
follando y Marcos se rió y me dijo que sólo habían estado viendo el fútbol en
pelotas y que habían bebido demasiado. Sin embargo, las visitas de mi hijo a
Ramón se hicieron más frecuentes, y yo empezaba a preocuparme por la sexualidad
de mi hijo.
- ¿Es que te has vuelto maricón? – le pregunté, un poco
celoso.
- No lo sé – me contestó indiferente –. Quizá un poco
Ramonsexual.
Más adelante me enteré de que Marcos quería conocer más a
Ramón. Que siempre lo había conocido como maestro, y desde que éste le reveló su
amor, quería conocerle más a fondo. Sencillamente quería estar con aquel gran
oso al que no tenía que ocultarle nada. Se pasaban las tardes en pelotas, el uno
en el regazo del otro abrigados por su propio vello, y a Marcos le encantaba
quedarse dormido con una de las manos de su maestro protegiéndole los huevos con
sus caricias.
Supe todo esto cuando leí el diario de Marcos tras su muerte.
El pobre cabrón desarrolló un cáncer de hígado que lo mató en menos de un mes
seis años después de los sucesos que he relatado. Al principio no entendí como
alguien podía morir tan joven y estar tan tranquilo, pero Ramón me dio su diario
donde todo estaba explicado. No sabía que Marcos llevara un diario.
- Yo le enseñé – me dijo él.
Y supe que a lo largo de aquellos años había llevado una
relación muy abierta sin ningún compromiso con su maestro. A veces dormían
juntos, pasaban muchas tardes encerrados en casa, viendo la tele o leyendo, o
simplemente en silencio, abrazados, examinando sus propios cuerpos tras los
entrenamientos. Un poco avergonzado descubrí que Marcos disfrutaba de pasarse
horas enteras empalado en el rabo de Ramón. En fin, que se lo pasaban muy bien.
También había anotaciones sobre la filosofía que estudiaba Ramón, en el aspecto
en el que en la antigua Grecia, cuna de la lucha de la que era maestro, se
consideraba que el mayor placer que un hombre podía conseguir en su vida era
tener el amor de un joven. Y que el mayor placer de un joven era tener el amor
de un adulto valiente. Ramón y Marcos parecían vivir en esa época en la que los
hombres únicamente tenían sus cuerpos y la naturaleza a su alrededor, y lo más
valioso que tenían para compartir era su cariño. Los dos se entendían muy bien,
tanto en la cancha como fuera de ella. Siempre supe que Ramón nunca había
encontrado a nadie con quien compartir todo lo que sabía, lo que me sorprendió
fue que fuera mi hijo aquel que logró abrirle.
Tras la muerte de Marcos tanto Ramón como yo nos sentimos
extrañamente reconfortados. Como cuando ves una película de esas que te
devuelven la fe en la vida. Marcos se fue con tanta dignidad y tan feliz que nos
quitó un poco de miedo a la muerte a todos. Él pensaba que al final todas las
historias debían terminar, y que él no podía imaginar una historia mejor para él
mismo que haber conocido el amor de su maestro durante los últimos años de su
vida. En ningún momento mencionó todas aquellas medallas y trofeos de lucha que
ahora acumulan polvo en la estantería del comedor, en mi casa. En el diario no
venía explicado cómo Marcos entendió que Ramón abandonara las competiciones en
su mejor momento, pero estaba claro que los dos se comprendían profundamente.
En cualquier caso, Marcos seguía allí en el gimnasio, en la
sonrisa de Ramón que antes ocultaba siempre en su rol de maestro seco y severo,
y ahora compartía, encandilando a todos sus alumnos. Aquella luz que Marcos
encendió en Ramón se propagó rápidamente entre el resto de sus estudiantes y ya
nadie pudo decir que viviría sin disfrutar de una pizca de aquel chaval joven.
Esa fue la única descendencia que dejó mi hijo.
Todo lo demás que no he contado, para mi siempre será un
misterio.
Koguma