Zapatos Rojos
Capítulo II
-¡Señorita! –
De inmediato desperté de mi sueño profundo. Aún me hallaba en
el patio, junto a la banca, de dónde no me había movido. No habían transcurrido
mas de 10 minutos desde que me había parado allí. Me sentía aturdida. Estaba
despertando de un sueño, que me había parecido tan real.
-¡Señorita!, ¿está Usted bien?, ¿puedo ayudarla en algo? -.
Voltee despacio y miré sus ojos. Mientras lo miraba aún
intentaba despertar de mi ensueño. Me sentí mareada, y saqué una voz tenue desde
mis adentros:
- Si gracias, me encuentro bien. Dígame, ¿cuándo puedo venir
a retirar mis zapatos?.
- ¿Le parece bien si me deja su número y le llamo cuando los
tenga listos?
- De acuerdo, pero recuerde, los necesito en dos semanas.
Pasamos nuevamente a la trastienda y después de haberme
colocado nuevamente mis sandalias, busqué dentro de mi bolso un porta tarjetas,
de dónde saqué una tarjeta con mis datos y se la entregué a este hombre que
extrañamente me había transportado a un sueño inconcluso.
- Por cierto, ¿cuánto le debo? – pregunté, ya que hasta ese
instante no me había molestado ni siquiera en averiguar el precio de los
zapatos.
- No se preocupe por el precio señorita, no es necesario que
me deje ningún abono por el trabajo. Hablamos de ello el día que los venga a
recoger.
Lo único que atiné a decirle fue Gracias. Regresamos a la
tienda, dónde había un anciano atendiendo a otra cliente. Miré nuevamente los
ojos del tendero, sentí como brotaban los fluidos entre mis piernas, mientras el
seguía inmutable.
- ¿Cómo es su nombre? – le pregunté.
- Vicente, y el suyo?
- Marina.
Nos dimos la mano, y sentimos el calor de nuestras pieles,
nos vimos a los ojos fijamente, nos soltamos y me fui.
Caminé varias calles antes de llegar al estacionamiento donde
tenia parqueado mi coche. No podía dejar de pensar en esa especie de ilusión que
viví con tanta claridad.
Pasaron 4 días y ya comenzaba a impacientarme. Tanto ajetreo
me había impedido seguir recordando aquél episodio. Faltaba un poco mas de una
semana para la fiesta y solo me faltaba completar el atuendo con ese hermoso par
de Zapatos Rojos.
Esa tarde, cerca de las tres, dejé mi oficina y me fui hacia
el callejón Barroco. La tienda parecía sola, desde afuera no podía divisar la
presencia de Vicente o del anciano que había visto antes de irme aquel día.
Toqué la puerta y nadie apareció, por lo que decidí pasar y esperar dentro.
Cuando abrí la puerta, sonó la campana de aviso, y al cabo de esperar 5 minutos
apareció de la trastienda Vicente.
- ¿Cómo está Señorita? -
- Muy bien, gracias – le contesté - ¿Cómo está Usted?.
- Estaba por llamarla en este instante, acabamos de terminar
sus zapatos, pero aún no se los puede llevar ya que la cola de la suela aún esta
húmeda -
-¿Puedo verlos?
- ¡Claro que si!, pase a la trastienda por favor.
Me cedió el paso, y me indicó el camino ya conocido por mi
hacia esa habitación que me traía de nuevo a la mente aquél sueño en que había
caído inexplicablemente.
Durante estos días había pensado mucho en las esposas que
había sentido en mis muñecas y en lo que ellas podían estar simbolizando, puesto
que jamás había pasado por mi mente dejarme esposar por alguien y menos para
hacer el amor. Me estaba dando cuenta que en mi consciente, la idea de estar
atada o esposada me resultada agradable, puesto que detrás de ello había una
obvia sensación de ser domada.
Ni Mariano, que es el hombre con quien había compartido el
mayor número de nuevas experiencias en la cama, me había logrado dominar aún. No
es que yo sea precisamente una niña rebelde, pero definitivamente ese juego de
quien pude mas que quien en la cama, a el no le gustaba mucho, y siempre me
seguía el juego dejándome ganar el dominio, sin haber una lucha real, cuerpo a
cuerpo.
No me puedo quejar, Mariano es un amante excelente, que ha
sabido darme las caricias mas fogosas y su lengua se ha convertido en la mejor
arma para acariciar mi clítoris y mis labios vaginales. Mis orgasmos han sido
fuertes, múltiples. Eso sin mencionar que sentir su verga en mi culo,
penetrándome, haciéndome vibrar, mientras introduce un vibrador en mi vagina me
ha hecho sentir el sexo como una experiencia única. Pero vaya, sueno tal vez
egoísta en decirlo, nunca me ha domado.
Me encontraba de nuevo en esa habitación, igual de blanca y
clara que el otro día, esperaba sentada de nuevo en el mismo sillón, esta vez
mas cómoda, me sentía mas a gusto que la primera vez. En esta ocasión pude
recorrer mas detalladamente con mi mirada cada repisa, ver cada foto.
Había algo nuevo en ese cuarto, que llamaba mi atención,
sobre la mesa habían dejado una correas de cuero, en color negro y con púas. Se
parecían mucho a las que usaban los practicantes del sadomasoquismo y los juegos
de dominación. Mi curiosidad estaba encendida, al tope.
Me levanté del sillón y me acerqué hasta la mesa y tomé
cuidadosamente una de las correas. Parecía ser una muñequera, sus púas eran
afiladas y aunque las puntas eran romas, se notaba que podían causar dolor. Mi
curiosidad fue creciendo. ¿Qué hacían estas piezas acá?. Seguramente
–especulaba- se trataba de algún encargo de un cliente y estaban esperando a que
las viniera a retirar.
Decidí probarme una y la coloque en mi muñeca derecha,
dejando las púas hacia fuera. Me coloqué la otra en la muñeca izquierda y miré
detenidamente como lucían en contraste con mi piel blanca. Había sobre la mesa,
además, lo que parecía ser una correa de perro, lo que me hizo suponer que esa
iba colocada en el cuello. Quería saber que se sentía tener una correa así asida
a mi cuello, por lo que también me la puse.
No lo había notado, pero Vicente estaba en la habitación.
Cuando noté su presencia me sobresalté y comencé a temblar. Me sentía como una
niña que había estado jugando con los juguetes prohibidos de papá.
- No imaginaba que le gustaran tanto como para ponérselas –
me dijo Vicente.
Sólo lo vi y con palabras entrecortadas le pedí disculpas por
haberme puesto aquello sin haberle pedido permiso.
- No se preocupe. ¿Le gustan?
- Si. La sensación de llevarlas puestas es... – no pude
culminar la frase. Simplemente mi boca se quedó sin palabras.
Vicente me seguía mirando, esta vez en sus ojos se notaba un
brillo diferente, esta vez no era un sueño, era real.
Comencé a retirarme aquellas correas de mis muñecas, y
Vicente se me acercó. Pensé que me iba a ayudar a retirarlas para colocarlas de
nuevo en el sitio de dónde las había tomado. Al contrario, las ajustó mas,
frente a mi mirada curiosa, casi de espanto.
Sentí como de nuevo mis pezones comenzaron a luchar contra
las fibras que componían mi brassier. Estaban turgentes, mis senos delataban mi
excitación y sin lugar a dudas era la alarma de la que se valía Mariano para
comenzar a hurgar con sus manos mas allá de la blusa y desabotonar cualquier
pantalón o levantar cualquier falda, solo para sentir con sus dedos como mis
jugos fluían de entre mis labios vaginales para convertirse mas luego, en los
jugos que calmaban la sed de ese hombre que tanto me amaba.
- ¡Vicente!. ¿Qué haces?.
- Te hago mía. Tu misma, pequeña zorra, te colocaste los
símbolos de sumisión. Ahora eres mi esclava y yo tu amo.
De inmediato mi cuerpo comenzó a sentir como esas palabras se
convertían en el condimento erótico que me llevaban a la mayor excitación que
había sentido en algún tiempo.
Vicente sacó de la gaveta de la cómoda tres cadenas. Eran
delgadas, livianas y parecían de plata. Una la usó para unir mis manos, la otra
la uso para unir mi cuello a la cadena que juntaba mis manos y la tercera la
colocó también en el cuello y la usó para indicarme que de ahora en adelante
sería su perra.
-Vicente, suéltame, por favor.
El no pronunció una sola palabra, simplemente haló la cadena
y me hizo seguirlo a través de la puerta que conducía al patio y de allí
caminamos hasta el fondo del mismo y entramos a la casa que estaba edificada
allí.
- Quítate la ropa y déjala en aquel armario, no dejes nada
sobre tu piel – me dijo con voz muy seca.
Simplemente obedecí. Quedé completamente desnuda, ante sus
ojos. Estaba muy excitada como para detenerme.