Amparo abrió sus párpados con pereza y lentitud para luego
cerrarlos. Un segundo intento vino momentos después. Se sentía un poco mareada y
terriblemente cansada. Había pasado una noche llena de lujurioso sexo junto a su
nueva amante. Hacia un calor sofocante dentro de la habitación y las sabanas se
pegaban a su piel marcando el entorno de su agotado y hermoso cuerpo.
El lugar olía a una mezcla de sexo femenino, sudor, perfume
de mujer y a cerrado... aspiró ruidosamente llenando sus pulmones con ese aroma,
le encantaba. Miró a su derecha. El despertador de la mesilla de noche marcaba
las 3 de la tarde. "Aun es pronto" pensó. Estiró todo su cuerpo para luego
girarse a la izquierda.
Allí estaba Ana dando la espalda, tapada hasta el hombro,
dormitando tranquilamente. No la conocía mucho, solo tenían algunos amigos en
común, pero desde siempre se había sentido muy atraída por ella y esa noche, al
fin, había sido suya, y más de una vez. Sonrió. "Que pena que tenga novio", la
sonrisa se extendió aun más, "¿que pasará cuando se entere?", "¿se lo dirá".
Desde luego estaba clarísimo que no era la primera chica con la que se acostaba,
no a tenor de su forma de tocar y lamer... demasiado exquisito para ser
primeriza... o al menos eso sospechaba.
La contempló unos segundos. Luego deslizando el brazo por
debajo de las sabanas, acarició el contorno de su cuerpo con las puntas de las
uñas; el nacimiento de su pecho, luego la curva descendente para llegar a sus
caderas... repitió el proceso pero a la inversa, recreándose un poco en lo que
hacia. Irradiaba calor y le encantaba sentirlo en el nacimiento de sus dedos
mientras los pasaba una y otra vez. Ana ronroneó satisfecha entre sueños.
Por unos instantes dudó amarla de nuevo aunque estuviera
dormida. La idea era muy tentadora, pero también se sentía muy cansada. Se
acercó más a ella, pegando los pechos contra la espalda y el pubis contra el
redondido gluteo. Rodeó con sus brazo las caderas, pasando tiernamente por el
ombligo de su invitada ocasional. Un perfecto acoplamiento. Aspiró el perfume
del pelo de Ana, besó su nuca y recorrió el borde del ombligo adornado con un
pequeñito piercing produciendo deliciosas cosquillas.
A lo lejos, amortiguado por los tabiques, una balada de
Tierra Santa sonaba. "El chaval rebelde del quinto" pensó. "Duerme un recuerdo,
clavado en mi corazón... es el recuerdo de mi amor... en la distancia siempre
añoro volverla a ver..." decía la canción. Últimos pensamientos antes de
abandonarse otra vez a un irregular sueño.
Volvió a despertarse media hora después ahora por culpa de
una sed terrible. Toda ella estaba ligeramente húmeda de sudor por la proximidad
del otro cuerpo; pechos, estomago, muslos... Se levantó a duras penas para
aplacar su sed y de paso darse una ducha tibia. Ropa tirada por el suelo
desordenadamente. Levantó los hombros, ya lo recogería luego...
En la ducha, mientras el agua aliviaba sus maltrechos
músculos, recordó trozos de la noche anterior. Hacía tiempo que nadie la hacia
vibrar de ese modo, y desde luego tenía la intención de repetirlo muy pronto...
siempre y cuando no se arrepintiera su nueva compañera de juegos.
Sin apenas secarse, salió a la cocina solamente con una
vaporosa bata tapándola. Estaba sola a excepción de Ana, y el calor era
agobiante, no había razón para taparse más. Tenía hambre pero no sentía muchas
ganas de comer.
Pero volvió a beber agua copiosamente. Vio como desde la
ventana del comedor entraba una brisa casi playera, meciendo levemente las
cortinas de los ventanales. Se sentó en el pequeño sillón individual del comedor
frente al airecito, entreabrió la bata y dejó que el viento suave y fresco
acariciara toda su epidermis. Suspiros de alivio. Luego tensó todo su cuerpo
para relajarlo de golpe.
Más a gusto y cómoda nuevos recuerdos sobrevinieron, ahora
muchos más nítidos. Las bocas de las dos compitiendo por darse el mayor de los
placeres en largísimos y sofocantes sesenta y nueves, caricias sublimes por todo
su ser, dedos juguetones atreviéndose a entrar entre los recovecos más
ocultos... Amparo se dejó llevar por los apasionantes hechos que ahora recordaba
claramente. Una mano se había deslizado dentro de la bata para agarrar con
perezosa ternura uno de sus pechos mientras se acariciaba el pelo, la cara y el
cuello con la otra.
Su excitación y sus ganas de desahogarse iban creciendo
conforme avanzaba en sus recuerdos. Aun podía sentir la puntita de la lengua de
su amante ocasional abriéndose paso entre su gruta caliente, intentando penetrar
en ella, mientras también castigaba el clítoris entre intento e intento.
Ahora la mano que acariciaba su linda cabecita había pasado
vertiginosamente a recorrer los pliegues de su coño, imitando la lengua de su
querida amiga. Se humedeció rápidamente. Terminó de abrirse la bata para hacer
el proceso más fácil y cómodo. El clítoris ya sobresalía impaciente, dando
muestras que lo ocurrido aquella madrugada no lo había saciado lo suficiente.
Cuando el orgasmo iba avanzando rápidamente por todo su
cuerpo algo enfrente la llamó la atención. Las cortinas del piso del edificio de
enfrente se había movido sospechosamente varias veces. Podría ser el viento o
alguna corriente interna ya que la ventana estaba cerrada, pero habían sido
movimientos demasiado raros, artificiales... o al menos eso parecía. Iba a
volver a darse autoplacer convencida de que quizás eran imaginaciones suyas,
cuando ahora sí, se volvieron a mover. Estaba segura. Alguien la espiaba en la
soledad de sus caricias.
Amparo divertida, pícara y algo excitada por la perspectiva
de que fuera objeto de la fantasía de un desconocido hizo gestos ostensibles a
la persona de enfrente de que se descubriera o pararía de tocarse.
Segundos de duda hasta que su admirador desconocido descorrió
las cortinas con exagerada lentitud... seguramente las dudas y el miedo al verse
descubierto.
En ningún momento Amparo se escandalizó por lo que vio.
Realmente esperaba un hombre ya entrado en años, quizás 50, algo tripón y con
evidentes signos de decadencia, o quizás lo opuesto, un joven lleno de acné de
15 años e imberbe. Y se encontraba cara a cara con un joven de unos 30 años,
guapo, rubio, bien formado y parecido, totalmente desnudo y con destellos
brillantes por todo él, seguramente el sudor producido por sus acciones, porque
se estaba masturbando con un ritmo cansino mientras la observaba.
Curiosa, no pudo evitar mirar hacía la entrepierna del
hombre. Se mordió el labio inferior ante tan estupendo ejemplar. Su verga era
grande y sobretodo muy gruesa, de pigmentación oscura, más que el resto del
cuerpo, y el glande brillaba, totalmente amoratado, sin piel que lo cubriera. Lo
que más la sorprendió es que estuviera depilado en esa zona. Los testículos y el
pubis no tenían ni un solo pelito que molestara a la vista.
El hombre parecía evidentemente nervioso. Quizás esperaba que
ella indignada se fuera, se tapara y cerrara las cortinas y persianas o le
echara la mayor de las broncas, cualquier reacción negativa excepto la que
contemplaba, es decir, ella misma, allí, parsimoniosa, sin dejar de tocarse y
recorriendo cada centímetro de su sedosa piel.
"Vamos a darle un buen show", pensó Amparo. Sin dejar de
masturbarse, le guiñó un ojo y se paso la lengua sensualmente por los labios.
Una invitación que ningún mortal en su sano juicio hubiera rechazado. El vecino
abrió los ojos como platos y siguió recorriendo su miembro con la mano, arriba y
abajo, ahora con algo más de celeridad.
Subió las manos por las curvas de sus caderas, hasta posarlas
en los pechos hinchados y empezó a moverlos en suaves circunferencias imitando
los movimientos de una tórrida cubana. Casi podía sentir la calidez del miembro
de su mirón particular incrustado en el canalillo de sus ubres subiendo y
bajando mientras era masajeado con deleite. El chico de enfrente sigue mirando
extasiado, ha apoyado la mano contra el cristal y arqueado un poquito el cuerpo.
Su cara denota placer ante lo que ve y en ningún momento ha dejado en
masturbarse. A cada segundo parece que su polla desaparece más rápido en la
palma cerrada del individuo.
Amparo satisfecha con las reacciones del chico de un pasito
más y flexiona un poquito el cuello hacia dentro, saca la lengua y da un
lametazo al aire dirigido en realidad a la verga ficticia que imagina y a la vez
tan real que tiene a escasos 10 metros. Luego otro lametazo, y otro más...
disfruta provocándolo. Finge mordisquear el glande que tiene aprisionado entre
sus tetas. Mientras, sin abandonar su propio placer acaricia sus pezones con las
sudorosas yemas de los dedos.
El chico ahora parece un pez al que han sacado del agua en
contra de su voluntad. Da largas bocanadas, como si le faltara el aire y su
pecho varonil sube y baja al ritmo de su masturbación. "jaja, espero no
matarle", piensa casi riéndose Amparo.
Decide dar otro paso más grande. Se levanta muy sensualmente
sin dejar de mirar al tío directamente en ningún momento, se da la vuelta,
arquea el cuerpo y apoya las manos en el respaldo del pequeño sillón. La bata
cae al suelo. Abre las piernas mostrando todo su sexo como una flor que se abre
en primavera y con delicadeza empieza a mecer las caderas. Se imagina que la
están penetrando con fuerza, ese desconocido o cualquier de sus anteriores
amantes varones. Los movimientos son cada vez más descarados y sexuales. Nota
como la mirada de su vecinito se ha clavado en el culo y el coño. Se pone a 100.
Deja de apoyar una mano para bajarla rápidamente hasta su sexo deseoso de más
caricias y atenciones. Mete el dedo corazón, siente como arde por dentro, le es
insuficiente y enseguida le acompaña el índice y segundos después el anular.
Cuando gira la cabeza para ver lo que hace el espía curioso
se queda gratamente sorprendida. El vecino ha perdido toda la poca vergüenza que
le quedaba. Ahora esta completamente pegado al cristal, embistiendo contra la
pared de vidrio, golpeando una y otra vez su miembro, fingiendo que están
haciendo el amor apasionadamente. El vaho formado por las respiraciones
aceleradas tapa la cara parcialmente del chico. Restriega su verga por todo el
cristal casi con placer masoquista y luego vuelve a embestir.
El orgasmo baja en oleadas por toda ella. Contiene sus jadeos
como puede, no es cuestión de despertar a su amiga todavía, pero no puede
reprimir pequeños gemidos y suspiros. Se deja cae r en el sillón de cabeza,
manteniendo el culo en pompa mientras el placer la invade. El orgasmo es largo y
intenso, llenando de jugos todo a su paso, empapando su mano y gran parte de su
entrepierna e interior de sus muslos.
A pesar de la incomoda posición en la que ha quedado, ve como
el curioso mirón se separa un poco del cristal y sin apenas tocar su miembro
también se corre. Espesos y grumosos chorros de semen se estrellan con violencia
contra la ventana mientras su cuerpo se convulsiona. Luego se deslizan
pesadamente hacia el suelo.
Tardan varios minutos en recuperarse. El orgasmo ha sido
realmente intenso para los dos. Amparo se quita como puede las perlitas de sudor
que cubre su cara y parte de su cuerpo. El comedor a pesar de la brisa que sigue
entrando huele a ella.
Cuando recupera el ritmo normal, el chico, se acerca a la
ventana y le planta un beso largo que plasma su forma en el cristal y luego,
despreocupándose de las manchas de semen, desaparece en el interior de la casa.
"Vaya vaya con el vecinito", murmura para sí, "algún día tendré que hacerle una
visita".
Se levanta y ahora si va hambrienta a la cocina a comer algo.
El ruido de la ducha llama su atención. Su compañera nocturna se ha despertado
por fin. "Bueno", piensa, "la comida puede esperar" y pone camino hacia el
cuarto de baño...
Para cualquier crítica o comentario no dudéis en escribir. Un
beso.