Las tetas, cubiertas con un corpiñito naranja, si que eran una extraordinaria obra de la ciencia. El ombliguito al aire pedía besos y lenguas. Vestía una minifalda de cuero negro cortisima. No usaba medias y las piernas, preciosas, parecían tan suave...
Estábamos desnudas, frente a frente, y yo no sabía si íbamos a amarnos o a golpearnos. Sentía la necesidad de refregarme contra ella de una forma tan violenta que dolía y quería besarla y lastimarla por eso.
Eran cuerpos hermosos, de pareja fuerza, que buscan dominarse sexualmente. Quien primero hiciera acabar a la otra, ganaría. El flujo se derramaba a chorros de los calientes agujeros.
Había encontrado su dirección en la agenda de mi mujer y, sin saber muy bien que hacía, fui para allí. No sabía como ella podía reaccionar al verme, no sabía si estaría sola, no sabía que decirle si la encontraba, no sabía nada.
La hembra mayor buscaba dominar a Romina, quien, de las tres, parecía ser la que más tendía a entregarse a las otras. Verónica se apartó para contemplar como las otras dos se cogían, mientras se manoseaba furiosamente.
Podría decirse que Wanda y Jessica eran travestis, pero no era así. Al menos, no para ellas. Ellas eran Reinas. Así se sentían al verse en el espejo. Reinas, autenticas, de mortal belleza, sexo puro y absoluto placer.