Había pasado mucho tiempo, quizá meses, desde que dos de mis acólitas, Lady Daelin y Lady Mara, me tendieron una trampa para retenerme y así poder tomar ambas el poder sobre mi religión, la religión del dios Eleir, dios de la fuerza...
Fabio había estado todo el día jugando al baloncesto con sus amigos en una de las canchas particulares de la urbanización, por lo que no tardó mucho en llegar a su casa aquél día totalmente cansado.
Dealin iba a ser castigada por muchas razones, había desobedecido a su obligación de rezos como acólita de Eleir, había compartido el baño con alguien de otro rango...
No me crucé en mi camino con ningún otro clérigo a pesar de que mis pisadas hacían un eco espantoso por todo el pasillo, con velocidad y tras mirar que nadie estuviera mirando a escondidas descorrí uno de los tapices del templo...
Desde pequeña había sido educada para aprender los secretos de la magia, no tenía otra opción dado que mis padres eran archimagos y yo era su única hija, nunca me había gustado la magia y mucho menos cuando mi propio padre me castigaba físicamente...
Al día siguiente me levanté temprano para preparar “las pruebas” de ese día, por suerte Mara aún dormía y pude así dar las ordenes pertinentes a mis subordinados para dejar vacía la sala de baño...
Había llegado a ser el alto clérigo de Eleir hacía poco, educado desde pequeño para esta labor por un enano de la orden, no me dio apenas tiempo para disfrutar de mis veinte años...