Concluí que ya había sido suficiente, había quedado realmente satisfecho y, al parecer, mi novia había acabado por aceptar de buen grado el desenfreno de aquella tarde. Miré hacia Gemma… ella asintió con una sonrisa cómplice.
Hacía un tiempo que la idea me rondaba la cabeza y no sabía como llevarla a cabo. Abrí la puerta y allí estaba mi novia en el salón, una chica de 23 años, castaña, de piel suave, unos verdes ojos enormes y unos labios muy apetecibles. Su aniñado rost...