En ningún momento la duda o la vergüenza cruzaron por mi cabeza, impidiendo el libre fluir de mis manos sobre mi cuerpo. Lo quería tener a mi merced, caliente por mí y ahora me tocaba jugar, como él lo había hecho tantas veces conmigo.
Estaba tirado en la cama, descalzo y no dejó de mirarme en todo el trayecto que hice hasta el centro de la habitación. Estiró su mano y me acerqué hasta darle la mía...
Logré correr algunos metros hasta que me botó al suelo y se puso sobre mí, mientras me debatía como una poseída para tratar de desembarazarme de él. Era como haber caído en una tela de araña, entre más forcejeaba más atrapada estaba.
Aunque seguíamos amándonos constantemente, una angustia se había alojado en mi garganta y una opresión en el pecho que me dificultaba respirar, sentía la sensación de estar desvaneciéndome a medida que se nos acababa el tiempo.
- Te amo, Nina.- Y el dolor fue como un rayo que traspasó mi columna. Mi grito fue ahogado por su mano en mi boca. Un grito que se ahogo en el silencio de la tarde, entre el canto de las cigarras.
Un escalofrío me recorrió entera, se separó de mi y permaneció unos segundos mirándome a los ojos fijamente, como lo hacía de niño, pero una sonrisa se dibujo en sus labios.